Ortega y Gasset

Abstract

A 1940 preface: after five wandering years of poverty and illness he cannot finish his two big books, Aurora de la razón histórica and El hombre y la gente, and meanwhile publishes the first chapter of the former, ‘Ideas y creencias’, along with the Granada address, pages on Hegel, ‘Miseria y esplendor de la traducción’ and the memoirs of Gaspar de Mestanza. It includes a recollection of Unamuno.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Desde hace cinco años ando rodando por el mundo, parturiento de dos gruesos libros que condensan mi labor durante los últimos dos lustros anteriores. Uno se titula Aurora de la razón histórica, y es un gran mamotreto filosófico; el otro se titula El hombre y la gente, y es un gran mamotreto sociológico. Pero la malaventura parece complacerse en no dejarme darles la última mano, esa postrera soba que no es nada y es tanto, ese ligero pase de piedra pómez que tersifica y pulimenta. He vivido esos cinco años errabundo de un pueblo en otro y de uno en otro continente, he padecido miseria, he sufrido enfermedades largas de las que tratan de tú por tú a la muerte, y debo decir que si no he sucumbido en tanta marejada ha sido porque la ilusión de acabar esos dos libros me ha sostenido cuando nada más me sostenía. Al volver luego a mi vida, como pájaros anuales, un poco de calma y un poco de salud, me hallé lejos de las bibliotecas, sin las cuales aquella última mano es precisamente imposible, y me encuentro con que ahora menos que nunca sé cuándo los podré concluir. Nunca había yo palpado con tal vehemencia la decrépita verdad del Habent sua fata libelli. En vista de ello, y movido por la conveniencia de dar un complemento a mis actuales lecciones en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, me he resuelto a publicar el primer capítulo del primero de los libros nombrados, bien que en su redacción más primitiva. Lleva el título de Ideas y creencias. La porción primera de él apareció traducida al alemán hacia 1936 en la Europäische Revue.

A él sigue en este tomito un discurso pronunciado en 1932 en el paraninfo de la Universidad de Granada, con ocasión de su cuarto centenario. En él anunciaba que la Universidad se había acabado por ahora en el mundo precisamente cuando los que me escuchaban creían que había triunfado más. Sólo el viejo zorro que era Unamuno —decía de sí mismo que todo vasco lleva un zorro dentro, pero que él llevaba dos—, percibió el larvado vaticinio y dedicó a este trabajo mío unos artículos. Unamuno, de quien había vivido durante veinte años distante, se aproximó a mí en los postreros días de su vida, y hasta poco antes de la guerra civil y de su muerte recalaba a prima noche en la tertulia de la Revista de Occidente, con su cuerpo prócer ya muy combado, como el arco próximo a disparar la última flecha. Algún día contaré la causa de esta aproximación que nos honra a ambos.

Añado unos papeles leídos en la fecha del centenario de Hegel, 1932, ante un público formado principalmente por muchachas más florecientes que meditabundas, y a quienes era forzoso evitar la impudorosa dificultad de la filosofía —la verdad desnuda. Mezclo con ello otros papeles que creo de cierto interés sobre lo que es la geografía en el pensamiento histórico de Hegel. Van también «Miseria y esplendor de la traducción», publicado en La Nación, de Buenos Aires, y «Defensa del teólogo frente al místico», trozo de un curso.

Termino con unos artículos donde hace tiempo di a conocer unos trozos de las más curiosas memorias que en seis gruesos volúmenes escribió don Gaspar de Mestanza, por las cuales pasan como bajo un microscopio los diez años últimos del siglo XIX y los treinta primeros del XX. Espero no tardar mucho en publicar, ya que no toda la obra manuscrita, que es ciclópea por su tamaño, una selección más amplia. En ella se verá lo que fue aquel claro espíritu español que nadie supo descubrir, tal vez porque siempre siguió el otro viejo y prudente lema: Bene vixit qui latuit.

Buenos Aires, octubre de 1940

For five years now I have been roaming the world, in labor with two thick books that condense my work during the last two previous lustra. One is entitled Aurora de la razón histórica, and it is a great philosophical tome; the other is entitled El hombre y la gente, and it is a great sociological tome. But ill-fortune seems to delight in not letting me give them the last hand, that final finishing that is nothing and is so much, that light pass of pumice stone that makes smooth and polishes. I have lived these five years wandering from one town to another and from one continent to another, I have suffered misery, I have suffered long illnesses of the kind that are on familiar terms with death, and I must say that if I have not succumbed in so much swell it has been because the illusion of finishing those two books has sustained me when nothing else sustained me. Returning afterward to my life, like annual birds, a little calm and a little health, I found myself far from the libraries, without which that last hand is precisely impossible, and I find that now less than ever I know when I shall be able to conclude them. Never had I palpated with such vehemence the decrepit truth of Habent sua fata libelli. In view of it, and moved by the convenience of giving a complement to my present lessons in the Faculty of Philosophy and Letters of Buenos Aires, I have resolved to publish the first chapter of the first of the books named, albeit in its most primitive redaction. It bears the title Ideas y creencias. Its first portion appeared translated into German around 1936 in the Europäische Revue.

After it follows in this little volume a discourse pronounced in 1932 in the great hall of the University of Granada, on the occasion of its fourth centenary. In it I announced that the University had finished, for now, in the world precisely when those who listened to me believed that it had triumphed most. Only the old fox that Unamuno was —he said of himself that every Basque carries a fox within, but that he carried two—, perceived the latent vaticination and dedicated to this work of mine a few articles. Unamuno, from whom I had lived distant for twenty years, drew near to me in the last days of his life, and until shortly before the civil war and his death he would call in at nightfall at the tertulia of the Revista de Occidente, with his towering body already much bent, like the bow about to shoot the last arrow. Some day I shall tell the cause of this drawing near that honors us both.

I add some papers read on the date of the centenary of Hegel, 1932, before a public formed mainly of girls more flourishing than meditative, and to whom it was necessary to spare the shameless difficulty of philosophy —the naked truth. I mix with them other papers that I believe of a certain interest on what geography is in the historical thought of Hegel. There also go ‘Misery and Splendor of Translation,’ published in La Nación, of Buenos Aires, and ‘Defense of the Theologian before the Mystic,’ a fragment of a course.

I end with some articles in which, some time ago, I made known some fragments of the most curious memoirs that don Gaspar de Mestanza wrote in six thick volumes, through which the last ten years of the nineteenth century and the first thirty of the twentieth pass as under a microscope. I hope not to take long in publishing, if not the whole manuscript work, which is cyclopean in its size, a broader selection. In it will be seen what that clear Spanish spirit was that nobody knew how to discover, perhaps because it always followed the other old and prudent motto: Bene vixit qui latuit.

Buenos Aires, October 1940

Da cinque anni vado girando per il mondo, partoriente di due grossi libri che condensano la mia opera durante gli ultimi due lustri anteriori. Uno si intitola Aurora de la razón histórica, ed è un grande mammut filosofico; l’altro si intitola El hombre y la gente, ed è un grande mammut sociologico. Ma la malaventura sembra compiacersi nel non lasciarmi dare loro l’ultima mano, quell’ultima rifinitura che non è nulla ed è tanto, quel leggero passaggio di pietra pomice che tersifica e leviga. Ho vissuto questi cinque anni errabondo di un popolo in altro e di uno in altro continente, ho patito miseria, ho sofferto malattie lunghe di quelle che danno del tu alla morte, e devo dire che se non sono soccombuto in tanta mareggiata è stato perché l’illusione di finire quei due libri mi ha sostenuto quando nient’altro mi sosteneva. Tornando poi alla mia vita, come uccelli annuali, un po’ di calma e un po’ di salute, mi trovai lontano dalle biblioteche, senza le quali quell’ultima mano è precisamente impossibile, e mi trovo che ora meno che mai so quando li potrò concludere. Mai avevo io palpato con tale veemenza la decrepita verità dell’Habent sua fata libelli. In vista di ciò, e mosso dalla convenienza di dare un complemento alle mie attuali lezioni nella Facoltà di Filosofia e Lettere di Buenos Aires, mi sono risolto a pubblicare il primo capitolo del primo dei libri nominati, sia pure nella sua redazione più primitiva. Porta il titolo di Ideas y creencias. La prima porzione di esso apparve tradotta in tedesco verso il 1936 nella Europäische Revue.

A esso segue in questo tometto un discorso pronunciato nel 1932 nel paraninfo dell’Università di Granada, in occasione del suo quarto centenario. In esso annunciavo che l’Università si era finita per ora nel mondo precisamente quando quelli che mi ascoltavano credevano che avesse trionfato di più. Solo la vecchia volpe che era Unamuno —diceva di se stesso che ogni basco porta dentro una volpe, ma che lui ne portava due—, percepì il vaticinio larvato e dedicò a questo mio lavoro alcuni articoli. Unamuno, dal quale avevo vissuto per vent’anni distante, si avvicinò a me negli ultimi giorni della sua vita, e fino a poco prima della guerra civile e della sua morte approdava a prima sera nella tertulia della Revista de Occidente, col suo corpo procero già molto incurvato, come l’arco prossimo a scoccare l’ultima freccia. Un giorno racconterò la causa di questo avvicinamento che ci onora entrambi.

Aggiungo alcune carte lette in occasione del centenario di Hegel, 1932, dinanzi a un pubblico formato principalmente da ragazze più fiorenti che meditabonde, e alle quali era forzoso evitare l’impudorosa difficoltà della filosofia —la verità nuda. Mescolo con esse altre carte che credo di un certo interesse su ciò che è la geografia nel pensiero storico di Hegel. Vanno anche «Miseria e splendore della traduzione», pubblicato in La Nación, di Buenos Aires, e «Difesa del teologo di fronte al mistico», brano di un corso.

Termino con alcuni articoli dove tempo fa diedi a conoscere alcuni brani delle più curiose memorie che in sei grossi volumi scrisse don Gaspar de Mestanza, attraverso le quali passano come sotto un microscopio gli ultimi dieci anni del secolo XIX e i primi trenta del XX. Spero di non tardare molto a pubblicare, già che non tutta l’opera manoscritta, che è ciclopica per la sua dimensione, una selezione più ampia. In essa si vedrà ciò che fu quel chiaro spirito spagnolo che nessuno seppe scoprire, forse perché seguì sempre l’altro vecchio e prudente lema: Bene vixit qui latuit.

Buenos Aires, ottobre 1940