Abstract

Prologue-essay on travel: when one life meets another a vital exaltation occurs; travel intensifies existence by seeking different ways of life, and Spain remains the West’s last country not standardised to reason.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El campo de España me ha dejado una rica cosecha de imágenes. He aquí una. Un prado pajizo con un charco rojo de sangre. Sangre de un toro que acaba de pasar herido. Poco después, en la soledad, aparece otro toro que cruza el área tórrida y husmea el líquido aún caliente. El ojo del animal se enciende. Su cuerpo se estremece, retiembla de los morros a la cola, patea el suelo y alarga el cuello en un largo mugido. Aquella manera casi eléctrica de reaccionar el animal ante las huellas vitales de un semejante me hizo una profunda impresión. Por lo visto, cuando una vida encuentra en el espacio del mundo otra vida —o simplemente sus vestigios— se produce siempre una especie de corriente inducida, una sacudida frenética de la vitalidad; es decir, que la vida se exalta al entrar en su presencia otra vida.

Lo mismo acontece al hombre. He aquí que caminamos por la gran ausencia inmóvil que tierra y vegetación depositan sobre el paisaje. De pronto un ave rompe el vuelo a nuestros pies. Nos estremecemos. En la lejanía aparece un hombre. La ausencia afirmada por los elementos botánicos queda ahora habitada por un ingrediente de inquietud. Y eso que estamos habituados a la proximidad del prójimo. Se ha hecho notar que en los albores de nuestra especie el hombre era un animal raro. Minúsculos grupos humanos vagaban sobre el inmenso escenario geológico. De tarde en tarde, con larguísimos intervalos, se producía el terrible acontecimiento: que un grupo de hombres encontraba en el universo a otro grupo de hombres. Este encuentro debía de suscitar fabulosos estremecimientos. ¡Qué ardores, qué terrores, qué trepidación prolongada debía dejar en las imaginaciones este choque de un grupo de hombres con la imagen pasajera de algunos otros hombres!

La convivencia demasiado estrecha y constante a que el progreso de la especie humana nos obliga ha embotado nuestra sensibilidad para la emoción radical del descubrimiento de otra vida humana. Y si queremos de alguna manera volver a sentir esta emoción, tenemos que recurrir al subterfugio de los viajes y tomar contacto con vidas de cualidad distinta de la nuestra. La diferencia aquí sustituye a la novedad y a la infrecuencia. Por eso los viajes potencian la vida y se sale de ellos aumentado.

Pero no es tan fácil ya encontrar modos de vida humana distintos de los nuestros. Desde hace tres siglos nuestra existencia se uniformiza cada vez más. Ya quedan pocos pueblos que vivan a su modo. En Occidente ya no queda más que España. Francia, Inglaterra, Alemania viven razonablemente y esto es haber dejado de vivir de sí mismo. Viven de la razón y para la razón. Claro que esto no es radicalmente verdad. Por fortuna, ese servicio a la razón deja aún algunos intersticios practicables por los que el hombre razonable de Europa puede escaparse y respirar un poco de irracionalidad, de la que se nutre a modo de compensación. Viaja. Viaja a países donde no tiene nada que hacer. Soltando provisionalmente el lastre de sus raíces, vuelve a sumergirse, gracias a ello, en una nueva infancia. El viajero se va a vivir a su propia pupila —que los españoles llaman la «niña del ojo». Pero detrás de los ojos se aloja la fantasía, donde repercute en primer lugar la visión y que es la facultad elemental del hombre, la que posee el hombre cuando no posee ninguna otra. Por eso es la fantasía el talento de la infancia.

La fantasía es la única potencia automáticamente generosa de la especie humana. Su manera de reaccionar ante un objeto consiste siempre en forjar su leyenda. La imaginación magnifica las cosas, las exalta, las estira, las recubre de fulgurantes bordados. Decid a un niño que habéis visto en la calle a un hombre muy grande; la imaginación del niño se pondrá en seguida en marcha y no parará ya hasta haber transformado al hombre en gigante. Las demás facultades del adulto parecen no tener otro papel que poner límite y freno a la generosidad de la imaginación.

El viajero ha dejado el buen sentido en su casa y, liberado de ese lastre, se eleva, sin darse cuenta, a la estratosfera de la infancia. Viaja para adquirir el derecho a exagerar. No es casualidad que los primeros libros de viajes, escritos en Grecia, no contengan sino magníficas mentiras y se llamen «teratologías». Se viaja para ver monstruos.

Situada en el extremo de Europa, como un callejón sin salida, España posee la virtud que Hegel, muy finamente, descubría en los márgenes de todos los continentes: recoger y dar cobijo a las especies extremas que el centro ha empujado hacia la periferia. Nuestra España es una instantánea sacada de un estilo de vida caído en desuso. Vista por un hombre del interior, la vida parece aquí crispada. Los paisajes, las aldeas, las iglesias caducas, las ruinas belicosas invitan por sí mismas a la exageración. España corre al encuentro del viajero y suscita fácilmente su entusiasmo o su irritación.

Este rincón del mundo, a no dudarlo, conserva al menos el gesto de una civilización que era aún vegetal, que nacía condicionada por la espontaneidad de la tierra, cuando la tierra no había sucumbido todavía a la razón, a la geometría. Por eso una ciudad de Europa, cualquiera, comparada con el pueblecito español, aferrado a la roca, parece siempre una abstracción. Aquí la vieja ciudad se conserva en su status nascens y perpetúa el gesto de surgir sobre la gleba. Es áspera y desmesurada, como la planta original.

Por fortuna España es todavía todo lo contrario de un Hotel Ritz. España es incómoda e inverosímil. Tiene siempre el aspecto de una vida a la deriva. Pero ahí está justamente su fuerza y su más fecunda admonición a los hombres de Europa. Porque la sustancia de la vida consiste en ser algo que, continuamente, a cada instante, puede fracasar. La edad moderna —que España ha eludido— se ha extenuado en el fatal esfuerzo de fingir que la vida es compatible con la seguridad. Pero ese esfuerzo la ha alejado de la vida, de la verdad de la vida, que en su raíz más honda no es sino trémula incertidumbre.

1934

1935