Ortega y Gasset

Abstract

The 1922 preface to the Spanish Freud: psychoanalysis is born of clinical urgency, since Freud had the audacity to try to cure by taking seriously the mental, non-somatic character of certain disorders, as though the psyche could suffer hernias needing surgery. He judges ‘repression’ likely to stay in science, and the sexualism an excessive but fruitful hypothesis.

Connections

Concetti: anima

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

La «Biblioteca Nueva» se propone publicar, vertidas al castellano, las obras completas del gran psiquiatra vienés Sigmundo Freud. La empresa me parece sobremanera acertada y contribuirá enérgicamente a atraer la atención de un público amplio sobre los asuntos psicológicos. Han sido, en efecto, las ideas de Freud la creación más original y sugestiva que en los últimos veinte años ha cruzado el horizonte de la psiquiatría. Su aparición motivó ardientes y dilatadas polémicas. En torno a Freud se fue formando un tropel cuantioso de discípulos y fieles, que propagaron por todo el mundo la nueva fe, fundaron revistas, anuarios y bibliotecas. La claridad, no exenta de elegancia, con que Freud expone su pensamiento, proporciona a su obra un círculo de expansión indefinido. Todo el mundo —no sólo el médico o el psicólogo— puede entender a Freud y, cuando no convencerse, recibir de sus libros fecundas sugestiones.

Como en el orden de la funcionalidad corporal o fisiológica casi todos los grandes progresos durante el siglo XIX han sido debidos a los médicos, esto es, a la necesidad inaplazable de curar al enfermo, así estas teorías psicológicas se han originado en la urgencia clínica del psiquiatra. Los laboratorios aprontaron escasísimos recursos al médico para actuar sobre las enfermedades propiamente mentales, a las que no se ha logrado descubrir una base de perturbación somática. Muy cuidadosa la investigación de la exactitud en los métodos que empleaba, prefería ser fiel a ellos que ensayar audazmente procedimientos empíricamente eficaces. Así quedaba demorado todo avance clínico hasta las calendas griegas.

Freud tuvo la osadía de querer curar, cualquiera que fuese la castidad lógica de los procedimientos. Para ello se decidió a tomar en serio el carácter de «mentales» y no somáticos, que se atribuye a ciertos trastornos. Pensó que, en verdad, la psique, como tal, podía hallarse valetudinaria, sufrir heridas psíquicas, padecer como hernias espirituales, a que sólo podía aplicarse una cirugía psicológica. De aquí nació la psicoanálisis, terapéutica de sesgo extraño y dramático que en tomos sucesivos hallará expuesta el lector.

De tal propósito surgió para Freud la necesidad de elaborar todo un sistema psicológico, construido con observaciones auténticas y arriesgadas hipótesis. No hay duda de que algunas de estas invenciones —como la «represión»— quedarán afincadas en la ciencia. Otras parecen un poco excesivas y, sobre todo, un bastante caprichosas. Pero todas son de sin par agudeza y originalidad.

Lo más problemático en la obra de Freud es, a la vez, lo más provechoso. Me refiero a la atención central que dedica a los fenómenos de la sexualidad. Para Freud, neurosis y psicosis son perturbaciones engendradas por conflictos sexuales de la infancia. Freud amplía notablemente el concepto de la sexualidad que suele llamar libido, pero aun así, ¿no deja su obra siempre la inquietud de que se nos invita a aceptar una hipótesis desmesurada? Sin embargo, cualquiera que sea la medida dentro de la cual este sexualismo psiquiátrico de Freud pueda considerarse verídico, ha servido para que, al cabo, entre la ciencia a ocuparse seriamente del erotismo, tradicionalmente cerrado a la investigación. Lo que hasta ahora podía decirse de la libido era tan poco, que contrastaba absurdamente con la innegable importancia de esta función biológica dentro de la vida psíquica.

La necesidad de descubrir los escondrijos del «alma» donde vienen a ocultarse esos tumores afectivos, generadores según Freud de las enfermedades mentales, le llevó a penetrar en el territorio de los sueños. Su libro sobre la vida de los sueños es una de las producciones más interesantes del pensamiento contemporáneo. En él desarrolla Freud la idea de que nuestra conciencia fabrica constantemente símbolos de la sexualidad, a veces de una pureza sublime y de una inmaterialidad platónica inefable.

El descubrimiento de este simbolismo permitió al médico de hoy extender su clínica a los tiempos pasados y ampliar la psicoanálisis a los genios del pretérito, a las mitologías, religiones y formas sociológicas.

El libro presente es el más adecuado para introducir en el pensamiento freudiano a las gentes curiosas que hasta ahora lo desconocían. Poco a poco se va viendo en él el ingenioso edificio de observaciones y supuestos con que Freud pone cerco al secreto palpitante de nuestra intimidad psíquica.

1922

The «Biblioteca Nueva» proposes to publish, rendered into Castilian, the complete works of the great Viennese psychiatrist Sigmund Freud. The undertaking seems to me exceedingly felicitous and will contribute energetically to drawing the attention of a wide public to psychological matters. Freud’s ideas have been, in effect, the most original and suggestive creation to have crossed the horizon of psychiatry in the last twenty years. Their appearance gave rise to heated and protracted polemics. Around Freud there gradually formed a numerous throng of disciples and faithful, who propagated the new faith throughout the world, founded journals, yearbooks and libraries. The clarity, not devoid of elegance, with which Freud expounds his thought, affords his work an indefinite circle of expansion. Everyone —not only the physician or the psychologist— can understand Freud and, if not be convinced, at least receive from his books fruitful suggestions.

Just as in the order of bodily or physiological functioning almost all the great advances during the nineteenth century have been due to physicians, that is, to the urgent need to cure the sick, so these psychological theories have originated in the clinical urgency of the psychiatrist. The laboratories furnished the physician with the scantiest resources for acting upon properly mental diseases, for which no basis of somatic disturbance has been discovered. The investigator, most careful of exactness in the methods he employed, preferred to remain faithful to them rather than audaciously to try empirically effective procedures. Thus every clinical advance was postponed to the Greek calends.

Freud had the boldness to want to cure, whatever the logical chastity of the procedures. To that end he resolved to take seriously the «mental» rather than somatic character attributed to certain disorders. He thought that, in truth, the psyche, as such, could be ailing, suffer psychic wounds, labour under what were spiritual hernias, to which only a psychological surgery could be applied. Hence psychoanalysis was born, a therapy of strange and dramatic cast which the reader will find expounded in successive volumes.

From such a purpose arose for Freud the need to elaborate a whole psychological system, constructed with authentic observations and hazardous hypotheses. There is no doubt that some of these inventions —such as «repression»— will remain firmly established in science. Others seem a little excessive and, above all, somewhat capricious. But all are of matchless acuity and originality.

The most problematic thing in Freud’s work is, at the same time, the most profitable. I refer to the central attention he devotes to the phenomena of sexuality. For Freud, neurosis and psychosis are disturbances engendered by sexual conflicts of childhood. Freud notably broadens the concept of sexuality which he is wont to call libido; but even so, does his work not always leave the uneasiness that we are being invited to accept a disproportionate hypothesis? However, whatever the measure within which this psychiatric sexualism of Freud may be deemed true, it has served so that, at last, science may come to deal seriously with eroticism, traditionally closed to investigation. What could until now be said of the libido was so little that it contrasted absurdly with the undeniable importance of this biological function within psychic life.

The need to discover the hiding-places of the «soul» where those affective tumours, generators according to Freud of mental disease, come to conceal themselves, led him to penetrate the territory of dreams. His book on the life of dreams is one of the most interesting productions of contemporary thought. In it Freud develops the idea that our consciousness constantly fabricates symbols of sexuality, at times of a sublime purity and of an ineffable Platonic immateriality.

The discovery of this symbolism allowed the physician of today to extend his clinic to past times and to broaden psychoanalysis to the geniuses of yore, to mythologies, religions and sociological forms.

The present book is the most suitable for introducing to Freudian thought those curious people who until now were ignorant of it. Little by little one sees in it the ingenious edifice of observations and suppositions with which Freud lays siege to the palpitating secret of our psychic intimacy.

1922

La «Biblioteca Nueva» si propone di pubblicare, tradotte in castigliano, le opere complete del grande psichiatra viennese Sigmund Freud. L’impresa mi sembra oltremodo azzeccata e contribuirà energicamente ad attirare l’attenzione di un vasto pubblico sulle questioni psicologiche. Sono state, in effetti, le idee di Freud la creazione più originale e suggestiva che negli ultimi vent’anni ha attraversato l’orizzonte della psichiatria. La loro comparsa motivò ardenti e prolungate polemiche. Attorno a Freud si andò formando una folla copiosa di discepoli e fedeli, che propagarono per tutto il mondo la nuova fede, fondarono riviste, annuari e biblioteche. La chiarezza, non priva di eleganza, con cui Freud espone il suo pensiero, procura alla sua opera un cerchio di espansione indefinito. Tutti —non solo il medico o lo psicologo— possono capire Freud e, quando non convincersi, ricevere dai suoi libri feconde suggestioni.

Come nell’ordine della funzionalità corporea o fisiologica quasi tutti i grandi progressi durante il XIX secolo sono stati dovuti ai medici, cioè alla necessità improrogabile di curare l’ammalato, così queste teorie psicologiche sono nate dall’urgenza clinica dello psichiatra. I laboratori fornirono al medico risorse scarsissime per agire sulle malattie propriamente mentali, alle quali non si è riusciti a scoprire una base di perturbazione somatica. La ricerca, molto attenta all’esattezza nei metodi che impiegava, preferiva esser fedele a essi piuttosto che provare audacemente procedimenti empiricamente efficaci. Così ogni progresso clinico restava rimandato alle calende greche.

Freud ebbe l’audacia di voler curare, qualunque fosse la castità logica dei procedimenti. Per questo si decise a prendere sul serio il carattere «mentale» e non somatico che si attribuisce a certi disturbi. Pensò che, in verità, la psiche, come tale, potesse trovarsi valetudinaria, soffrire ferite psichiche, patire come di ernie spirituali, a cui solo una chirurgia psicologica poteva applicarsi. Di qui nacque la psicoanalisi, terapia di taglio strano e drammatico che il lettore troverà esposta in volumi successivi.

Da tale proposito nacque per Freud la necessità di elaborare tutto un sistema psicologico, costruito con osservazioni autentiche e ardite ipotesi. Non c’è dubbio che alcune di queste invenzioni —come la «rimozione»— resteranno stabilmente radicate nella scienza. Altre sembrano un po’ eccessive e, soprattutto, alquanto capricciose. Ma tutte sono di impareggiabile acutezza e originalità.

Il lato più problematico dell’opera di Freud è, insieme, il più proficuo. Mi riferisco all’attenzione centrale che dedica ai fenomeni della sessualità. Per Freud, nevrosi e psicosi sono perturbazioni generate da conflitti sessuali dell’infanzia. Freud amplia notevolmente il concetto della sessualità che suole chiamare libido, ma anche così, la sua opera non lascia forse sempre l’inquietudine che ci si inviti ad accettare un’ipotesi smisurata? Tuttavia, qualunque sia la misura entro la quale questo sessualismo psichiatrico di Freud possa considerarsi veridico, è servito a che, alla fine, la scienza si metta a occuparsi seriamente dell’erotismo, tradizionalmente chiuso alla ricerca. Quello che finora poteva dirsi della libido era così poco, da contrastare assurdamente con l’innegabile importanza di questa funzione biologica nella vita psichica.

La necessità di scoprire i nascondigli dell’«anima» dove vengono a celarsi quei tumori affettivi, generatori secondo Freud delle malattie mentali, lo portò a penetrare nel territorio dei sogni. Il suo libro sulla vita dei sogni è una delle produzioni più interessanti del pensiero contemporaneo. In esso Freud sviluppa l’idea che la nostra coscienza fabbrichi costantemente simboli della sessualità, a volte di una purezza sublime e di una immaterialità platonica ineffabile.

La scoperta di questo simbolismo permise al medico di oggi estendere la sua clinica ai tempi passati e ampliare la psicoanalisi ai geni del passato, alle mitologie, alle religioni e alle forme sociologiche.

Il presente libro è il più adatto per introdurre nel pensiero freudiano le persone curiose che finora lo ignoravano. Poco a poco si va scorgendo in esso l’ingegnoso edificio di osservazioni e supposizioni con cui Freud pone l’assedio al segreto palpitante della nostra intimità psichica.

1922