Abstract
A catalogue note for the painter Gustavo Bacarisas, ‘a painter of pictures, not of aesthetic programmes’: his painting is the western Mediterranean, burning air and woven reflections, yet beneath the splendour one hears a radical melancholy, the sadness of light. Occasional art criticism, with the remark that the poet prefers to the palace its image fallen into the pool.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Gustavo Bacarisas es un pintor de cuadros y no de programas estéticos. Debemos felicitarnos de ello, porque no parece lejana la hora en que el buen aficionado a las cosas artísticas vuelva definitivamente la espalda a esos súbitos descubrimientos que, una o dos veces al mes, se hacen ahora del secreto del arte. Intentos los aludidos donde no es lo peor que se crea, en efecto, haber descubierto ese arcano, sino que se ignore haber sido revelado hace milenios y hallarse ya patente en las exposiciones de bisontes al galope y renos en fuga que hicieron los hombres cavernarios.
La terca incomprensión que opone el público a toda novedad ha provocado justamente en los artistas una actitud compensatoria, que les lleva a confundir la innovación con el acierto. ¿Pero no va siendo ya buen tiempo para que se abandonen como criterios de belleza la vejez o la adolescencia de un estilo?
Bacarisas, oriundo de las islas Baleares, educado en Gibraltar y avecindado en Sevilla, resume en su sensibilidad el Mediterráneo occidental. Y esto es su arte: un anhelo tenaz y fervoroso de apresar la mágica reverberación esparcida entre Rosas y Calpe. La realidad levantina no es plástica como la de Grecia o Italia; antes bien, hace reventar las formas de las cosas, y, fluidificando su sustancia, la transmuta en pura palpitación luminosa. Cualquiera que sea el tema, y siguiendo el destino pictórico de su raza, el objeto que pinta Bacarisas es siempre un aire incendiado, un suntuoso tejido de reflejos, una joya impalpable y rutilante, donde la retina encuentra su hora de fiesta y embriaguez.
Sin embargo, es curioso advertir en la obra de Bacarisas bajo este esplendor atmosférico una emoción lírica, íntima, de rara calidad que pulsa latente como un corazón dolorido. Sobre todo en los morados y los densos azules de ultramar que le son tan predilectos, nos parece escuchar un rumor de melancolía inagotable e irremisible, una tristeza radical ante ese mismo festival de fuego que es la vida en sus cuadros. Esta pena, brotando tras la luz radiante, es la que solemos hallar en el gesto del moro cuya figura vemos sumida en los resplandores del sol tórrido. Así completa dentro de sí Bacarisas todo nuestro Mediterráneo, incluyendo en el febril cromatismo de Levante una víscera de amargura agarena. Pinta la tristeza de la luz, el desconsuelo que la luz siente de no ser sino luz.
Esta dualidad entre la alegría del color y su ceniza de melancolía, queda subrayada en otros lienzos donde nos encontramos con la fachada de un palacio granadino reflejada en un aljibe. La idea es del más sutil romanticismo, no exento de sabor oriental. El palacio primoroso y decrépito parece haberse ausentado incapaz de prolongar su fastuosa existencia, y de él queda sólo la centenaria imagen prisionera del agua fiel. Así en nuestra memoria quedan de las horas mejores imágenes estremecidas y evanescentes. Esta actitud de preferir a la realidad de las cosas sus residuos sentimentales, sus fantasmas inválidos, me parece la más adecuada a un verdadero artista. Las cosas son para el hombre de acción: el poeta prefiere al palacio su irreal imagen, que ha caído en el estanque; prefiere al sonido su eco, y cuando navega es más bien que por ir a parte alguna para contemplar, inclinado sobre la borda, la estela que deja el navío.
1921
1922