Ortega y Gasset

Abstract

On Azorín’s aesthetic: his characters matter not in themselves but because each is the end of an unlimited series of identical elements, the pleasure being that of sheer repetition. He sets beside it the biology of Semon and Hering, for whom mneme is the elementary force of life, and notes that such art has no room for the heroic, since heroism is a break with habit.

Connections

Concetti: abitudine, bellezza
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

La nubecilla poética en que nos llegan envueltos los personajes, las acciones, las cosas mentadas por Azorín, emana siempre de que, al presentársenos, nos dejan ver, como en una galería de espejos, repetida indefinidamente su fisonomía. Este placer estético de la mera repetición que aquí toma un contenido más sutil y complicado, es el mismo que creó las estelas orientales, donde una larguísima hilera de ángeles-toros multiplica la misma postura.

Ningún personaje de Azorín, ninguna acción, ningún objeto tienen valor por sí mismos. Sólo cobran interés cuando percibimos que cada uno de ellos es sólo el cabo de una serie ilimitada compuesta de elementos idénticos. No ser lo que son, sino meramente ser igual a otros cien y a otros mil, y a otros sin número, les presta poder sugestivo. El propio origen tiene la suave gracia de las alamedas; no nos importa cada árbol, sino el que, siendo muchos, parezcan uno mismo, repitiéndose en serie.

Cada uno de nosotros se cree una realidad incomparable donde ha venido a hacer crisis la Naturaleza. Por lo mismo, nos inquieta con poética inquietud el artista que, cual Azorín, nos revela la Naturaleza como una alfarera tradicional que de unos pocos moldes produce innumerables figuras equivalentes. Esos moldes vienen a ser aquellas misteriosas Madres que con religioso pavor bajó Fausto a mirar en el seno del mundo.

Para algunos biólogos contemporáneos la función mínima de la vida consiste en la capacidad de repetir. En un cuerpo mineral una impresión es tan nueva la segunda como la primera vez que se recibe. En un cuerpo vivo la impresión renovada encuentra aún vivaz su anterior influjo y traba con él una irrompible solidaridad, merced a la cual la impresión pasada se reconoce en la presente, y ésta atrae, resucita a aquélla. Así se forma el hábito, acumulación de modificaciones pretéritas que reviven en todo momento y operan sobre la actualidad. Así se forman las especies, repitiéndose en los hijos las formas orgánicas de los padres. Semon, que amplía excesivamente una idea de Hering, considera a la mneme, a la memoria, como la fuerza elemental de la vida. Según esto, engendrar un hijo vendría a ser un rememorar la propia existencia.

Tal vez no haya en esta teoría de Semon más que una metáfora errabunda que se ha deslizado dentro de la biología. Sin embargo, es curioso notar su coincidencia con la opinión poética de Azorín: «vivir es ver volver». Por lo menos, estéticamente vivo, emocional, es en su obra sólo aquello que ha existido ya una vez o muchas y va a existir otras tantas.

No se busque, pues, en este arte tema alguno de heroísmo. Lo heroico de todo héroe radica siempre en un esfuerzo sobrenatural para resistirse al hábito. La acción heroica es, en todo caso, una aspiración a innovar la vida, a enriquecerla con una nueva manera de obrar. Heroísmo es rompimiento con la tradición, con lo habitual, con la costumbre. El héroe no tiene costumbres; su vida entera es una invención incesante…

Al llegar aquí acuden tantos motivos ideológicos en torno al meditador de El Escorial, que no sabe bien dominarlos. Son gérmenes de ideas que vienen en confuso enjambre, como abejuelas temblorosas y doradas, a punzar la superficie del alma, urgiéndoles penetrarla para labrar dentro su dulce edificio. ¿Quién no ha conocido esta misma perplejidad? Sabe uno de cierto que ideas innumerables están ahí fuera, revolando en derredor; percibe uno sus pinchazos y distingue cuáles son de ésta y cuáles de aquélla; oye uno estremecerse el aire bajo sus alitas translúcidas. Pero no hay modo de aprehenderlas, de expresarlas… Es preciso hacer una pausa, dejar que se organicen por sí mismas y, dispuestas en buen orden, vayan entrando en el odrecillo del espíritu.

Aprovecho este instante de inacción para descansar la vista sobre la ancha espalda de la llanura. Cúbrenla los espacios vagamente amarillos de las dehesas entreverados de manchas oscuras que forman los chaparrales. En medio se abren dos como ojos suaves que miran quietos el firmamento, dos ojos dulces, serenos, de vaca o de mujer. Son las lagunas de la Granjilla que en otoño e invierno llenan de fiebres el paisaje.

The little poetic cloud in which the characters, the actions, the things mentioned by Azorín reach us wrapped, always emanates from the fact that, in presenting themselves to us, they let us see, as in a gallery of mirrors, their physiognomy repeated indefinitely. This aesthetic pleasure of mere repetition, which here takes on a more subtle and complicated content, is the same one that created the Oriental stelae, where a very long row of angel-bulls multiplies the same posture.

No character of Azorín, no action, no object has value by itself. They only acquire interest when we perceive that each one of them is only the end of an unlimited series composed of identical elements. Not being what they are, but merely being equal to a hundred others and a thousand others, and to others without number, lends them suggestive power. The origin itself has the gentle grace of the poplar avenues; each tree does not matter to us, but rather that, being many, they seem one and the same, repeating themselves in series.

Each one of us believes himself an incomparable reality where Nature has come to crisis. For that very reason, the artist who, like Azorín, reveals Nature to us as a traditional potter who from a few molds produces innumerable equivalent figures, disquiets us with poetic disquiet. Those molds come to be those mysterious Mothers which Faust, with religious dread, descended to look upon in the bosom of the world.

For some contemporary biologists the minimal function of life consists in the capacity to repeat. In a mineral body an impression is as new the second time as the first time it is received. In a living body the renewed impression finds its previous influence still vivacious and ties with it an unbreakable solidarity, by virtue of which the past impression is recognized in the present one, and this attracts, resuscitates that one. Thus habit is formed, an accumulation of past modifications that relive at every moment and operate upon the actuality. Thus the species are formed, the organic forms of the parents repeating themselves in the children. Semon, who excessively amplifies an idea of Hering, considers the mneme, memory, as the elemental force of life. According to this, begetting a child would come to be a recalling of one’s own existence.

Perhaps in this theory of Semon there is nothing more than a wandering metaphor that has slipped into biology. Nevertheless, it is curious to note its coincidence with the poetic opinion of Azorín: «to live is to see things return». At least, aesthetically alive, emotional, is in his work only that which has already existed once or many times and is going to exist as many times again.

Let one not seek, then, in this art any theme of heroism. The heroic of every hero always lies in a supernatural effort to resist habit. Heroic action is, in every case, an aspiration to innovate life, to enrich it with a new manner of acting. Heroism is a breaking with tradition, with the habitual, with custom. The hero has no customs; his whole life is an incessant invention…

On arriving here so many ideological motives flock around the meditator of the Escorial that he does not well know how to master them. They are germs of ideas that come in a confused swarm, like trembling, golden little bees, to sting the surface of the soul, urging to penetrate it in order to build within it their sweet edifice. Who has not known this same perplexity? One knows for certain that innumerable ideas are out there, fluttering about; one perceives their pricks and distinguishes which are of this one and which of that one; one hears the air shudder beneath their translucent little wings. But there is no way of apprehending them, of expressing them… It is necessary to make a pause, to let them organize themselves by themselves and, arranged in good order, go entering the little vessel of the spirit.

I take advantage of this instant of inaction to rest my gaze upon the broad back of the plain. The vaguely yellow spaces of the pasturelands cover it, interwoven with the dark patches formed by the scrub. In the middle open two like gentle eyes that look quietly at the firmament, two sweet, serene eyes, of a cow or of a woman. They are the lagoons of the Granjilla, which in autumn and winter fill the landscape with fevers.

La nuvoletta poetica in cui ci arrivano avvolti i personaggi, le azioni, le cose mentovate da Azorín, emana sempre dal fatto che, presentandosi a noi, ci lasciano vedere, come in una galleria di specchi, ripetuta indefinitamente la loro fisionomia. Questo piacere estetico della mera ripetizione, che qui prende un contenuto più sottile e complicato, è lo stesso che creò le stele orientali, dove una lunghissima fila di angeli-tori moltiplica la stessa postura.

Nessun personaggio di Azorín, nessuna azione, nessun oggetto hanno valore per se stessi. Acquistano interesse solo quando percepiamo che ciascuno di essi è soltanto il capo di una serie illimitata composta di elementi identici. Non essere ciò che sono, ma meramente essere uguali ad altri cento e ad altri mille, e ad altri senza numero, presta loro potere suggestivo. La loro stessa origine ha la soave grazia delle alberate; non ci importa ogni albero, ma che, essendo molti, sembrino uno stesso, ripetendosi in serie.

Ciascuno di noi si crede una realtà incomparabile dove la Natura è venuta a fare crisi. Per ciò stesso, ci inquieta con poetica inquietudine l’artista che, come Azorín, ci rivela la Natura come una ceramista tradizionale che da pochi stampi produce innumerevoli figure equivalenti. Quegli stampi vengono a essere quelle misteriose Madri che con religioso terrore Faust discese a guardare nel seno del mondo.

Per alcuni biologi contemporanei la funzione minima della vita consiste nella capacità di ripetere. In un corpo minerale un’impressione è tanto nuova la seconda come la prima volta che si riceve. In un corpo vivo l’impressione rinnovata trova ancor vivace il suo influsso precedente e stringe con esso una solidarietà infrangibile, mercé la quale l’impressione passata si riconosce nella presente, e questa attira, risuscita quella. Così si forma l’abitudine, accumulo di modificazioni passate che rivivono in ogni momento e operano sull’attualità. Così si formano le specie, ripetendosi nei figli le forme organiche dei padri. Semon, che amplia eccessivamente un’idea di Hering, considera la mneme, la memoria, come la forza elementare della vita. Secondo ciò, generare un figlio verrebbe a essere un rimemorare la propria esistenza.

Forse in questa teoria di Semon non c’è più che una metafora errabonda che si è insinuata dentro la biologia. Tuttavia, è curioso notare la sua coincidenza con l’opinione poetica di Azorín: «vivere è vedere tornare». Per lo meno, esteticamente vivo, emozionale, è nella sua opera solo ciò che è già esistito una volta o molte e esisterà altrettante volte.

Non si cerchi, dunque, in quest’arte tema alcuno di eroismo. L’eroico di ogni eroe radica sempre in uno sforzo soprannaturale per resistere all’abitudine. L’azione eroica è, in ogni caso, un’aspirazione a innovare la vita, ad arricchirla con una nuova maniera di agire. Eroismo è rottura con la tradizione, con l’abituale, con il costume. L’eroe non ha costumi; tutta la sua vita è un’invenzione incessante…

Giungendo a questo punto accorrono tanti motivi ideologici intorno al meditatore dell’Escorial, che non sa bene dominarli. Sono germi di idee che vengono in confuso sciame, come apeoline tremolanti e dorate, a pungere la superficie dell’anima, premendo loro di penetrarla per fabbricare dentro il loro dolce edificio. Chi non ha conosciuto questa stessa perplessità? Si sa per certo che idee innumerevoli sono lì fuori, svolazzando in giro; si percepiscono i loro pizzichi e si distingue quali sono di questa e quali di quella; si ode l’aria tremare sotto le loro alucce traslucide. Ma non c’è modo di apprenderle, di esprimerle… È necessario fare una pausa, lasciare che si organizzino da sé e, disposte in buon ordine, vadano entrando nell’otre dello spirito.

Approfitto di questo istante di inazione per riposare la vista sull’ampia schiena della pianura. La coprono gli spazi vagamente gialli delle dehesas, intramezzati di macchie scure che formano i chaparrales. In mezzo si aprono due come occhi soavi che guardano quieti il firmamento, due occhi dolci, sereni, di vacca o di donna. Sono le lagune della Granjilla che in autunno e inverno riempiono di febbri il paesaggio.