Abstract
Against the course the Republic has taken: the evil is not its size but its unnecessariness. Had the provisional government given public power the firmness and seriousness of a state—‘the Recourse, the civil Providence’—an even more advanced policy could have been carried through without capital flight. Situational political analysis.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Optimistas somos los que creemos que la vida pública de España puede ser, podría ya haber sido a estas horas, incomparablemente mejor de lo que es. En cambio, es pesimista quien acepte como cosa irremediable el cariz que durante estos meses se ha dado a la República. Porque éste es evidentemente deplorable, y aceptarlo supone triste y desolada resignación. Yo no me resigno, y sospecho que tampoco se van a resignar los jóvenes. Pensar que éstos van a soportar mucho tiempo el ambiente de estulticia que asfixia la existencia actual de los españoles es no haberse asomado medio segundo al alma secreta, aún muda, de la nueva generación.
Cuando digo que es deplorable el cariz de la República no sugiero que hayan pasado cosas tremendas, porque la verdad es que no han acaecido. Pero han acaecido muchas cosas torpes, perturbadoras, «sin sentido beneficioso para nadie», y que no tenían por qué haber acontecido, que no eran necesarias, no venían impuestas por ninguna fatalidad histórica. Esto es lo deplorable: no el tamaño del mal, sino su falta de necesidad. He dicho deplorable, podía haber dicho irritante.
Si el Gobierno provisional hubiera situado desde luego el Poder público en un nivel de firmeza y seriedad propias de un Estado ungido por la voluntad nacional, como era el que nacía, no se habría producido la vana agitación, sin consigna ni programa, de los obreros campesinos, que desmoralizó toda la gobernación de España. Con firmeza y seriedad de Estado se habría podido iniciar una política mucho más «avanzada» de la que se ha puesto en práctica sin que, no obstante, suscitase desconfianza. Al contrario: la impresión de plena consciencia y decisión en los actos gubernamentales hubiera animado a todo el país, incluso a los que se sintiesen particularmente mermados en el beneficio y desalojados del favor. Bastaba con que percibiesen sobre sus cabezas la garantía del Estado. Porque éste, cuando lo es, significa siempre amparo supremo, que es cosa, a la postre, mucho más tranquilizadora que el favor. Lo que desmoraliza a las gentes cuando se sienten en peligro de naufragio es no tener a quién recurrir. El Estado es, por excelencia, el Recurso —la Providencia civil. Esto se ha podido hacer —durante semanas fue sobremanera fácil decidir, para siempre, la altitud en que había de moverse la nueva vida republicana. Porque ni siquiera era forzoso que se hiciesen bien las cosas. Bastaba con que se advirtiese la profunda y enérgica «intención» de hacerlas bien. Pero esto es precisamente lo que ha faltado en el conjunto de las actuaciones republicanas. Lo que ahora tímidamente y ya un poco tarde empieza a sentirse —un deseo de seriedad y de formalidad en el Gobierno— pudo imponerse desde el principio con mucha más facilidad que ahora. Y entonces, por ejemplo, habría acontecido lo siguiente: 1.º, no habría habido fuga de capitales; 2.º, por el contrario, se habría inundado España de dinero forastero, que, como saben cuantos andan cerca de estas cuestiones, estaba deseando penetrar en nuestro país; 3.º, no habría menguado la recaudación; 4.º, se habrían hecho los empréstitos exteriores que se hubiera querido; 5.º, estarían con ellos pagados los retrasos de la Dictadura y del Gobierno subsecuente; 6.º, podría en diciembre haberse presentado un presupuesto en aproximado equilibrio; 7.º, no sería cuestión, por lo menos en algún tiempo, el tipo de nuestro cambio, y 8.º, a estas horas el Estado podría haber largado el velamen a unas cuantas empresas de alta mar que absorberían el único paro en tales circunstancias probable: el consecuente de una mala cosecha. Ahora bien; todo esto habría permitido que, no mañana, sino hoy mismo, los obreros españoles gozasen de condiciones de trabajo y de mejoras jurídicas, firmes unas y otras, incomparablemente superiores a las que al presente han logrado, que no son buenas y mucho menos son firmes. A un Estado serio se le entrega todo el mundo. ¡Cuando se piensa en lo que, a estas fechas, podían haber conseguido los obreros de los capitalistas, sin necesidad de que éstos se sintiesen atropellados, al contrario, con su anuencia y positiva colaboración, no sabe uno cómo contener la indignación! Bastaba con que el Estado hubiese sido Estado, es decir, que hubiese contado con todo el mundo.
Pero se ha hecho lo contrario. No se ha contado más que con unas cuantas gentes. Y por eso el Poder público se ha ido quedando solitario, ¡y esto en sazón que obliga precisamente y nada menos que a crear un nuevo Estado!
Se pregunta uno cuál es la causa decisiva, la que directa o indirectamente resume o simboliza todas las demás que han producido tan increíble resultado. Y sin que yo pretenda convencer a nadie de mi opinión, creo debido declararla. Es ésta.
Si las cosas se hubieran —por ejemplo, y para que se entienda bien lo que quiero decir téngase presente el proceso de la discusión constitucional en el Parlamento—, si las cosas se hubieran hecho tal y como los directores de los grandes grupos políticos deseaban, yo creo que todo habría ido bastante bien. Pero esos hombres se han dejado atropellar —ésta es su culpa— por los grupos mismos que representaban. No por las masas, cuya inquietud ha sido una derivación de la falta de cordura en los grupos políticos, sino por estos mismos. Todo el que haya asistido a los debates constitucionales, que son representativos de este capítulo poco glorioso abierto en la historia de España, ha podido percibirlo. Había en el Gobierno y sigue habiendo hoy algunos hombres excelentísimos —intelectual y moralmente excelentísimos—, pero eran, y en parte son, prisioneros de unos tropeles irreflexivos que no saben adónde van, que no tienen ideas claras y ordenadas sobre tema alguno de Estado.
Ésta es la causa.
No es, pues, cuestión de «izquierdismo» ni «derechismo». Es otra cosa, es otra cosa…
Luz, 29 de enero de 1932