Ortega y Gasset
Abstract
The first part of a series on classical teaching, starting from the league of Richepin, France and Barrès in defence of the French language. Its core thesis: languages are living channels of thought, and not every thought can be thought in a given tongue; against the mystics, the human is the articulate and the inexpressible is the infra-human.
Connections
Concetti: educazione
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
SOBRE LA LENGUA FRANCESA
Hay una grave cuestión que se agita hoy en todos aquellos lugares donde fermenta y se prepara el porvenir de una manera concisa: la cuestión de la enseñanza de los idiomas clásicos en los liceos, gimnasios o institutos. Espíritus frívolos de uno y otro bando acostumbran a trazar el problema de un modo caprichoso, y no suelen saber bien por qué defienden lo que defienden y atacan lo que atacan. Por otra parte, la masa, la masa del público, ese tremendo, monstruoso animal primitivo que se llama la opinión pública, no suele hallarse bien dispuesta para tomar posiciones en tan difícil pendencia, y, como no es la modestia su virtud, aquello que no entiende lo juzga insignificante.
Ahora bien, sobre toda duda debe estar que en la solución de este problema de la enseñanza clásica va una carta decisiva para el porvenir del porvenir, para el futuro de la cultura y de la democracia.
Sé que en la República Argentina existe cierta sensibilidad para estos menesteres de la educación, de la alta pedagogía, y que ha sido y es la cuestión del clasicismo tema de discusión reiterada. Creo, pues, oportuno tocar con algún detenimiento el asunto.
Mas, antes de entrar en materia, demos una vuelta preparatoria en torno a un suceso reciente; de él veremos salir el problema por sí mismo, vivaz e inexcusable.
Bajo la presidencia de Richepin se ha formado una liga de defensa de la lengua francesa. En su estado mayor —el de la liga y el de la lengua— figuran Anatole France y Maurice Barrès. Se trata, pues, de una cosa seria. Mejor dicho, de dos cosas serias: que la lengua francesa periclita y que unos hombres de la mejor voluntad se aperciben a defenderla.
Vamos a ver, vamos a ver… El asunto es de gravedad extrema: si el idioma francés fenece o se borran sus delicadas irisaciones, la humanidad habría perdido una de sus facetas, de sus facciones, de sus gestos fundamentales: un mundo de pensamientos, de metáforas, de emociones, quedará nonato, porque no podría ser expresado. Como no se abren todas las puertas con la misma llave, no todos los pensamientos se pueden pensar en una lengua, ni todas las metáforas florecen en un solo vocabulario, ni todas las emociones son compatibles con una gramática única.
Los idiomas son como cauces de la actividad espiritual que en ellos se pone a fluir, pero cauces vivos y dotados de un oscuro poder de orientación que les hace conducir la líquida energía hacia campos sedientes e ignorados.
No creáis a quien os diga que lo que vale más en el hombre es lo inexpresable. Eso es una viejísima mentira de los místicos y los confusionarios enemigos del hombre.
Es, a veces, también una perdonable hipocresía de los enamorados. Lo que se mueve torpemente dentro de nosotros sin que pueda ser expresado, no es cosa humana, pertenece a la vida instintiva del orangután interior que todos llevamos montado sobre nuestro esqueleto. Suyas son las conmociones inarticuladas que en horas de pasión ardiente o en frías horas de egoísmo se levantan del fondo sombrío de nuestra vida orgánica. Lo humano es lo articulado, lo expresivo; lo inexpresable es lo infra-humano. Y cuando el amante llega al punto del amor en que murmura al oído de la amada: «No puedo expresar lo que siento», debe la amada ponerse en sospecha, porque el amado anda muy cerca de sentir alguna barbaridad. Y cuando el temperamento religioso, penetrando en las soledades extáticas, hace camino por las vías de la oración, odorantes de mirtos, de lirios, de florecicas blancas, y llega a percibir una realidad esplendente que él llama lo inefable, debemos recordarle que algo inefable debían sentir también los cinocéfalos de Egipto, cuando saludaban al sol naciente con brincos sobre las dunas rosadas del desierto, pues los sacerdotes de Isis los diputaron como ejemplo de fervor y de religiosidad y los propusieron a la imitación de las gentes.
Las cosas verdaderamente humanas son claras, precisas, expresas, comunicables, o, de otro modo, el pensar, el sentir, el querer sólo llegan a aquella buena sazón y madurez que llamamos cultura merced a la expresión. Un espíritu de gran potencialidad se creará un idioma multiforme y sugestivo; un espíritu pobre, un idioma enteco, reptante, sin moralidad ni energía.
II
LOS TONOS DE LA LENGUA FRANCESA
¿Qué puede querer decir, en vista de esto, esa mengua del idioma francés que unos cuantos hombres ilustres intentan ahora corregir y curar? Era un maravilloso instrumento, un viejo violín rubio, de cuya caja estrangulada y barroca había extraído la humanidad muchos tonos ejemplares.
Recuérdese: el tono Montaigne, variaciones maliciosas sobre la reducida condición de toda existencia, en un estilo suculento y nervioso. El tono Rabelais: la alegría incontinente del Renacimiento, la emergencia de una nueva vida con su perspectiva, al parecer inagotable: frente al ascetismo que había retenido el alborozo durante siglos, ahora se proclama la plenitud de la vida. El centro de gravedad espiritual se transfiere del otro mundo al presente. Hay que vivir absolutamente; en las presas se rompen las compuertas, la alegría almacenada se desborda. Pantagruel es este desbordamiento, es el exceso de todo, es la fecundidad de lo excesivo. El tono Descartes: la nueva expansión de energías siente necesidad de nueva continencia: un río sin parapetos es un pantano, una fuerza sin régimen ni mesura se desvanece. Hay que vivir plenariamente, pero sin turbulencia, con orden, con método, con claridad. El idioma torrencial de Rabelais se serena, se esclarece, se precisa y penetra en un estuario geométrico: el Discurso del método. Pantagruel aprende matemáticas —energía bien administrada: comienza el clasicismo francés.
Pero el clasicismo francés es el rey absoluto, el catolicismo, la realidad compacta del espacio geométrico, y mientras estos tres bloques gravitan sobre el siglo XVII continental, la isleña audacia de los ingleses prepara el corrosivo intensísimo decapitando a un rey, inventando una religión natural o deísmo y disolviendo la rigidez del espacio geométrico en realidades fluentes, en movimientos, en fuerzas: Cromwell, Locke, Newton. Hay en Francia una ampolluela de vidrio que recibe estas tres substancias deletéreas: el alma nítrica de Voltaire va a caer, gota a gota, sobre el clasicismo francés.
El tono volteriano, la espiritualidad corrosiva, la negación creadora que, penetrando por los intersticios de todas las formaciones dogmáticas —en política, en religión, en arte, en ciencia—, las hace reventar en una lluvia de estrellas, en polvo de oro, en átomos brilladores. La energía enorme del Renacimiento francés, la razón severa, solemne, del cartesianismo se atomizan; y ambas substancias, energía y razón, cambiadas en átomos, son: l’esprit de monsieur Voltaire. ¿Qué ocurre al idioma? Muy sencillo: el párrafo clásico, bien construido, de amplios miembros organizados, se rompe en frases sueltas. Voltaire ha pulverizado el mundo y empolva con él su peluca; ya no queda nada en pie, todo se ha derrumbado. Sólo queda el porvenir, el futuro humano, y es menester una grande voz sonora, una voz de profeta que lo suscite. El tono Mirabeau: la elocuencia, estilo de las democracias, entrevé y profetiza el porvenir democrático de Europa.
Pero el porvenir se hace con el pasado, como las nuevas plantas nacen de humus que han formado las plantas muertas. Hay que recoger el humus histórico, la tradición: hay que reconstruir el pasado para afianzar el futuro. El tono de Chateaubriand: la literatura conservadora, el romanticismo, la palingenesia. Thierry y Michelet y Víctor Hugo. La lengua ensaya el nuevo período magnificente, pero se advierte que ya no puede enarcarse por propia fuerza: se apoya en el recuerdo, en la leyenda. El idioma deja de ser original: vive en gran parte de la memoria: romanticismo es arcaísmo.
III
FRANCIA, PODER CONSERVADOR
La memoria es un elemento básico de la vida espiritual, pero no es toda ella. Espíritu es fuerza, y como en la física hay una fuerza inerte que sirve de apoyo a la fuerza viva que se llama materia, es la memoria la inercia espiritual, el peso del alma, la materia mental. Sobre ella actúa el elemento verdaderamente vivo, el poder inventor, creador, anticipador, el intelecto. Dentro, pues, de esa vitalidad omnímoda que caracteriza al espíritu, podría decirse que es la memoria lo muerto de lo vivo.
I
ON THE FRENCH LANGUAGE
There is a grave question agitating today in all those places where the future ferments and is prepared in a concise manner: the question of the teaching of the classical languages in the lycées, gymnasia, or institutes. Frivolous spirits of one and the other side are wont to trace the problem in a capricious way, and do not usually know well why they defend what they defend and attack what they attack. On the other hand, the mass, the mass of the public, that tremendous, monstrous primitive animal called public opinion, is not usually well disposed to take positions in so difficult a quarrel, and, since modesty is not its virtue, what it does not understand it judges insignificant.
Now then, beyond all doubt it must be held that in the solution of this problem of classical teaching there goes a decisive card for the future of the future, for the future of culture and of democracy.
I know that in the Argentine Republic there exists a certain sensibility for these matters of education, of high pedagogy, and that the question of classicism has been and is a theme of reiterated discussion. I believe, then, it opportune to touch the matter with some care.
But, before entering into matter, let us take a preparatory turn around a recent event; from it we shall see the problem come out by itself, vivacious and inexcusable.
Under the presidency of Richepin a league for the defense of the French language has been formed. In its general staff —that of the league and that of the language— figure Anatole France and Maurice Barrès. It is, then, a serious thing. Better said, two serious things: that the French language is in peril and that some men of the best will are preparing to defend it.
Let us see, let us see… The matter is of extreme gravity: if the French idiom perishes or its delicate iridescences are erased, humanity would have lost one of its facets, of its features, of its fundamental gestures: a world of thoughts, of metaphors, of emotions will remain unborn, because it could not be expressed. As not all doors open with the same key, not all thoughts can be thought in one language, nor do all metaphors flourish in a single vocabulary, nor are all emotions compatible with a single grammar.
Languages are like channels of the spiritual activity that sets itself flowing in them, but living channels endowed with an obscure power of orientation that makes them conduct the liquid energy toward thirsty and unknown fields.
Believe not him who tells you that what is worth most in man is the inexpressible. That is a very old lie of the mystics and of the confusionists, enemies of man.
It is, at times, also a pardonable hypocrisy of lovers. What moves clumsily within us without being able to be expressed is not a human thing; it belongs to the instinctive life of the inner orangutan that we all carry mounted on our skeleton. Its are the inarticulate commotions that, in hours of ardent passion or in cold hours of selfishness, rise from the somber depth of our organic life. The human is the articulated, the expressive; the inexpressible is the infra-human. And when the lover reaches the point of love at which he murmurs in the ear of the beloved: «I cannot express what I feel», the beloved ought to put herself on suspicion, because the lover is very near to feeling some barbarity. And when the religious temper, penetrating into the ecstatic solitudes, makes its way along the paths of prayer, fragrant with myrtles, with lilies, with little white flowers, and comes to perceive a resplendent reality that he calls the ineffable, we must remind him that something ineffable the cynocephali of Egypt must also have felt, when they saluted the rising sun with leaps over the rosy dunes of the desert, for the priests of Isis appointed them as an example of fervor and of religiosity and proposed them to the imitation of peoples.
Truly human things are clear, precise, expressed, communicable, or, otherwise, thinking, feeling, willing arrive only at that good ripeness and maturity that we call culture by virtue of expression. A spirit of great potentiality will create for itself a multiform and suggestive idiom; a poor spirit, a sickly, creeping idiom, without morality or energy.
II
THE TONES OF THE FRENCH LANGUAGE
What can that dwindling of the French idiom mean, in view of this, which a few illustrious men now attempt to correct and cure? It was a marvelous instrument, an old blond violin, from whose strangulated and baroque body humanity had drawn many exemplary tones.
Recall: the Montaigne tone, malicious variations on the reduced condition of all existence, in a succulent and nervous style. The Rabelais tone: the incontinent joy of the Renaissance, the emergence of a new life with its perspective, seemingly inexhaustible: against the asceticism that had held back delight for centuries, now the plenitude of life is proclaimed. The spiritual center of gravity transfers itself from the other world to the present. One must live absolutely; in the dams the sluices break, the stored-up joy overflows. Pantagruel is this overflowing, is the excess of everything, is the fecundity of the excessive. The Descartes tone: the new expansion of energies feels need of a new continence: a river without parapets is a swamp, a force without regimen or measure vanishes. One must live plenarily, but without turbulence, with order, with method, with clarity. The torrential idiom of Rabelais calms itself, clarifies itself, makes itself precise, and penetrates into a geometrical estuary: the Discourse on Method. Pantagruel learns mathematics —well-administered energy: French classicism begins.
But French classicism is the absolute king, Catholicism, the compact reality of geometric space, and while these three blocks gravitate over the continental seventeenth century, the insular audacity of the English prepares the most intense corrosive, beheading a king, inventing a natural religion or deism, and dissolving the rigidity of geometric space into fluent realities, into movements, into forces: Cromwell, Locke, Newton. There is in France a little glass vial that receives these three deleterious substances: the nitric soul of Voltaire is going to fall, drop by drop, upon French classicism.
The Voltairian tone, the corrosive spirituality, the creative negation that, penetrating through the interstices of all dogmatic formations —in politics, in religion, in art, in science—, makes them burst in a rain of stars, in gold dust, in gleaming atoms. The enormous energy of the French Renaissance, the severe, solemn reason of Cartesianism atomize themselves; and both substances, energy and reason, changed into atoms, are: l’esprit de monsieur Voltaire. What happens to the idiom? Very simple: the classical paragraph, well built, of ample organized members, breaks into loose sentences. Voltaire has pulverized the world and dusts his wig with it; nothing remains standing anymore, everything has collapsed. Only the future remains, the human future, and there is need of a great resonant voice, a prophet’s voice that may summon it. The Mirabeau tone: eloquence, the style of democracies, catches a glimpse of and prophesies the democratic future of Europe.
But the future is made with the past, as new plants are born from the humus that the dead plants have formed. One must gather the historical humus, the tradition: one must reconstruct the past to secure the future. The tone of Chateaubriand: conservative literature, romanticism, palingenesis. Thierry and Michelet and Victor Hugo. The language essays the new magnificent period, but it is noticed that it can no longer arch itself by its own force: it leans on memory, on legend. The idiom ceases to be original: it lives in great part on memory: romanticism is archaism.
III
FRANCE, CONSERVATIVE POWER
Memory is a basic element of spiritual life, but it is not the whole of it. Spirit is force, and as in physics there is an inert force that serves as support to the living force called matter, so is memory the spiritual inertia, the weight of the soul, the mental matter. Upon it acts the truly living element, the inventive, creative, anticipating power, the intellect. Within, then, that all-embracing vitality that characterizes the spirit, it could be said that memory is the dead part of the living.
I
SULLA LINGUA FRANCESE
C’è una grave questione che si agita oggi in tutti quei luoghi dove fermenta e si prepara l’avvenire in maniera concisa: la questione dell’insegnamento delle lingue classiche nei licei, nei ginnasi o negli istituti. Spiriti frivoli dell’uno e dell’altro bando sogliono tracciare il problema in modo capriccioso, e non sogliono sapere bene perché difendono ciò che difendono e attaccano ciò che attaccano. D’altra parte, la massa, la massa del pubblico, quel tremendo, mostruoso animale primitivo che si chiama l’opinione pubblica, non suole trovarsi ben disposta a prendere posizioni in così difficile pendenza, e, siccome la modestia non è la sua virtù, ciò che non intende lo giudica insignificante.
Ora, fuor di ogni dubbio deve stare che nella soluzione di questo problema dell’insegnamento classico va una carta decisiva per l’avvenire dell’avvenire, per il futuro della cultura e della democrazia.
So che nella Repubblica Argentina esiste una certa sensibilità per questi mestieri dell’educazione, dell’alta pedagogia, e che è stata ed è la questione del classicismo tema di discussione reiterata. Credo, dunque, opportuno toccare con qualche diligenza l’assunto.
Ma, prima di entrare in materia, facciamo un giro preparatorio intorno a un avvenimento recente; da esso vedremo uscire il problema da sé, vivace e inescusabile.
Sotto la presidenza di Richepin si è formata una lega di difesa della lingua francese. Nel suo stato maggiore —quello della lega e quello della lingua— figurano Anatole France e Maurice Barrès. Si tratta, dunque, di una cosa seria. Meglio detto, di due cose serie: che la lingua francese periclita e che alcuni uomini della migliore volontà si apprestano a difenderla.
Vediamo, vediamo… L’assunto è di gravità estrema: se l’idioma francese perisce o si cancellano le sue delicate iridescenze, l’umanità avrebbe perduto una delle sue facce, delle sue fattezze, dei suoi gesti fondamentali: un mondo di pensieri, di metafore, di emozioni resterà non nato, perché non potrebbe essere espresso. Come non tutte le porte si aprono con la stessa chiave, non tutti i pensieri si possono pensare in una lingua, né tutte le metafore fioriscono in un solo vocabolario, né tutte le emozioni sono compatibili con una grammatica unica.
Le lingue sono come letti dell’attività spirituale che in esse si mette a fluire, ma letti vivi e dotati di un oscuro potere di orientamento che fa loro condurre l’energia liquida verso campi assetati e ignorati.
Non credete a chi vi dica che ciò che vale di più nell’uomo è l’inesprimibile. Questa è una vecchissima menzogna dei mistici e dei confusionari nemici dell’uomo.
È, a volte, anche una perdonabile ipocrisia degli innamorati. Ciò che si muove goffamente dentro di noi senza che possa essere espresso, non è cosa umana, appartiene alla vita istintiva dell’orango interiore che tutti portiamo montato sul nostro scheletro. Sue sono le commozioni inarticolate che in ore di passione ardente o in fredde ore di egoismo si levano dal fondo cupo della nostra vita organica. L’umano è l’articolato, l’espressivo; l’inesprimibile è l’infra-umano. E quando l’amante giunge al punto dell’amore in cui mormora all’orecchio dell’amata: «Non posso esprimere ciò che sento», deve l’amata porsi in sospetto, perché l’amato è molto vicino a sentire qualche barbarità. E quando il temperamento religioso, penetrando nelle solitudini estatiche, si fa strada per le vie della preghiera, odoranti di mirti, di gigli, di fiorellini bianchi, e giunge a percepire una realtà splendente che egli chiama l’ineffabile, dobbiamo ricordargli che qualcosa di ineffabile dovevano sentire anche i cinocefali d’Egitto, quando salutavano il sole nascente con salti sulle dune rosate del deserto, poiché i sacerdoti di Iside li deputarono come esempio di fervore e di religiosità e li proposero all’imitazione delle genti.
Le cose veramente umane sono chiare, precise, espresse, comunicabili, o, altrimenti, il pensare, il sentire, il volere giungono solo a quella buona stagione e maturità che chiamiamo cultura mercé l’espressione. Uno spirito di grande potenzialità si creerà una lingua multiforme e suggestiva; uno spirito povero, una lingua stenta, strisciante, senza moralità né energia.
II
I TONI DELLA LINGUA FRANCESE
Che può voler dire, in vista di ciò, quella diminuzione dell’idioma francese che alcuni uomini illustri tentano ora di correggere e curare? Era un meraviglioso strumento, un vecchio violino biondo, dalla cui cassa strozzata e barocca l’umanità aveva estratto molti toni esemplari.
Si ricordi: il tono Montaigne, variazioni maliziose sulla ridotta condizione di ogni esistenza, in uno stile succulento e nervoso. Il tono Rabelais: l’allegria incontinente del Rinascimento, l’emergenza di una nuova vita con la sua prospettiva, a quanto pare inesauribile: di fronte all’ascetismo che aveva trattenuto l’esultanza per secoli, ora si proclama la pienezza della vita. Il centro di gravità spirituale si trasferisce dall’altro mondo al presente. Bisogna vivere assolutamente; nelle dighe si rompono le cateratte, l’allegria immagazzinata si riversa. Pantagruele è questo riversamento, è l’eccesso di tutto, è la fecondità dell’eccessivo. Il tono Descartes: la nuova espansione di energie sente bisogno di nuova continenza: un fiume senza parapetti è una palude, una forza senza regime né misura si dilegua. Bisogna vivere pienariamente, ma senza turbolenza, con ordine, con metodo, con chiarezza. L’idioma torrentizio di Rabelais si serena, si chiarisce, si precisa e penetra in un estuario geometrico: il Discorso sul metodo. Pantagruele impara matematica —energia ben amministrata: comincia il classicismo francese.
Ma il classicismo francese è il re assoluto, il cattolicesimo, la realtà compatta dello spazio geometrico, e mentre questi tre blocchi gravitano sul Seicento continentale, l’audacia insulare degli inglesi prepara il corrosivo intensissimo decapitando un re, inventando una religione naturale o deismo e dissolvendo la rigidità dello spazio geometrico in realtà fluenti, in movimenti, in forze: Cromwell, Locke, Newton. C’è in Francia un’ampollina di vetro che riceve queste tre sostanze deleterie: l’anima nitrica di Voltaire sta per cadere, goccia a goccia, sul classicismo francese.
Il tono volteriano, la spiritualità corrosiva, la negazione creatrice che, penetrando per gli interstizi di tutte le formazioni dogmatiche —in politica, in religione, in arte, in scienza—, le fa scoppiare in una pioggia di stelle, in polvere d’oro, in atomi brillanti. L’enorme energia del Rinascimento francese, la ragione severa, solenne, del cartesianismo si atomizzano; ed entrambe le sostanze, energia e ragione, cangiate in atomi, sono: l’esprit de monsieur Voltaire. Che accade alla lingua? Molto semplice: il paragrafo classico, ben costruito, dagli ampi membri organizzati, si rompe in frasi sciolte. Voltaire ha polverizzato il mondo e ne incipria la sua parrucca; non resta più nulla in piedi, tutto è crollato. Resta solo l’avvenire, il futuro umano, ed è necessaria una grande voce sonora, una voce di profeta che lo susciti. Il tono Mirabeau: l’eloquenza, stile delle democrazie, intravede e profetizza l’avvenire democratico dell’Europa.
Ma l’avvenire si fa col passato, come le nuove piante nascono dall’humus che hanno formato le piante morte. Bisogna raccogliere l’humus storico, la tradizione: bisogna ricostruire il passato per assicurare il futuro. Il tono di Chateaubriand: la letteratura conservatrice, il romanticismo, la palingenesi. Thierry e Michelet e Víctor Hugo. La lingua prova il nuovo periodo magnificente, ma si avverte che non può più inarcarsi per forza propria: si appoggia al ricordo, alla leggenda. L’idioma cessa di essere originale: vive in gran parte della memoria: romanticismo è arcaismo.
III
LA FRANCIA, POTENZA CONSERVATRICE
La memoria è un elemento base della vita spirituale, ma non è tutta essa. Spirito è forza, e come nella fisica c’è una forza inerte che serve di sostegno alla forza viva che si chiama materia, è la memoria l’inerzia spirituale, il peso dell’anima, la materia mentale. Su di essa agisce l’elemento veramente vivo, il potere inventore, creatore, anticipatore, l’intelletto. Dentro, dunque, di quella vitalità omnimoda che caratterizza lo spirito, si potrebbe dire che è la memoria il morto del vivo.
Esta metáfora puede servirnos para descubrir en el arcaísmo la forma de producción literaria y científica que escoge un pueblo cuando su vida interna decae y se orienta hacia la muerte. Es cierto que del pasado, cantera maternal, han de extraerse los materiales para lo nuevo, pero el arcaísmo consiste precisamente en querer retener el pasado galvanizándolo, dotándole de una falsa actualidad y vigencia. Así es arcaico Chateaubriand cuando ensaya la reviviscencia del cristianismo como actividad o actualidad poética, y es Víctor Hugo arcaizante cuando ve en la reconstrucción de lo histórico el tema propio de la fantasía novelesca y dramática. Lo es Renan cuando busca la reforma intelectual y moral de Francia, y la vuelta al feudalismo galo; y se deja llevar de Gobineau, que ve en la idea de la raza —raza es la condensación de un pasado milenario en los caracteres anatómicos— el motor de las variaciones históricas. Lo es Taine, porque también busca el secreto de la cultura de la raza, en el medio, que es la condensación de un pasado centenario en los caracteres jurídicos y sociales, en el momento, que es la intersección de la raza y el medio. Es curioso observar cómo, a despecho de las apariencias, el movimiento intelectual de Francia durante el siglo XIX, al menos en sus figuras representativas, ha sido profundamente conservador. De aquí que la democracia política francesa haya vivido durante esa época una existencia gris y enervada que contrasta con el heroísmo luminoso e inquieto de los hombres de la gran Revolución.
La lengua del arte francés ha acompañado, como no podía menos, este descenso del alma francesa por la pendiente del arcaísmo y del conservadurismo. Ella misma ha sabido dar un nombre a su mengua, y la ha llamado decadentismo.
El hombre inactual que camina por la existencia merced a un impulso que queda atrás de él no puede tener tampoco sensibilidad para la actualidad circundante. Es un espectro para quien todo es espectro. El poeta decadente no puede cantar la vida: para él vida es recordación, vida pasada, es decir, las formas de la vida histórica. El poeta decadente administra la poesía creada por los antiguos poetas.
IV
LA DISCIPLINA DE LO ESENCIAL
Tanto los argentinos que me leen, como yo, español que escribo, hemos sido educados en ese ambiente de la decadencia francesa y corremos, por lo mismo, el peligro de aceptar como evidentes virtudes, como la cultura normal, lo que es más bien vicio, anomalía y debilidad. La Argentina por demasiado joven, España por harto cansada y vieja, han aceptado las pretensiones de hegemonía literaria e intelectual que Francia se atribuía como un ornamento de la hegemonía política a la que la Revolución y el esfuerzo napoleónico le daban, sin duda, derecho. Precisamente por esto, porque hemos nacido y pervivimos en una atmósfera francesa es menester que la pongamos en crisis y reaccionemos contra ella, si descubrimos, como acontece, que no nos alimenta.
La extrema juventud de los pueblos sudamericanos y la extrema caducidad, necesitada de renovación, de la histórica metrópoli, hacen para españoles y argentinos un problema agudo del sometimiento a una atmósfera más tónica. No basta, pues, que una nación haya sido grande y aún lo sea para que nos parezca benéfico su influjo: es menester que esa grandeza se halle en período de ascensión o de plenitud.
El decadentismo, el arte de decaer, es fatal para quien teme haber caído ya como nosotros, para quien no ha subido ya como vosotros. Necesitamos una educación de actualidad omnímoda, necesitamos de una disciplina intelectual, moral y estética que nos sitúe por el camino más corto en medio de lo vital. La cultura se ha hecho de tal complicación y densidad, son tantas las claridades que ha almacenado, como Eolo almacenaba vientos, que es de enorme dificultad dar con el centro y el nervio de ella. Necesitamos una introducción a la vida esencial.
Ahora bien, en lugar de lo esencial que pedimos, la Francia en los últimos treinta años nos propone la nuance; en lugar de pan, brioches. Una cultura de la nuance es como aquel ocioso cultivo de los tulipanes que absorbía la existencia de los holandeses adinerados. El matiz es el matiz de las cosas: quien se preocupa de aquél, del adjetivo, es que ha perdido la sensibilidad para éstas, para los substantivos. Para el arte clásico, en quien todo es vida, los matices no existen.
Es muy expuesto hacer afirmaciones rotundas en que se pretenda formular la fisonomía momentánea de una raza clásica, es decir, de una raza eterna; pero yo creo que, dejando un lugar en nuestro juicio para las excepciones confirmadoras de las reglas, aparece bastante claro durante el siglo XIX el hecho enorme y trágico de la descensión de la cultura francesa a cultura adjetiva.
Como no podrá menos, allá en el fondo de las energías francesas, temporalmente menguadas, intenta el genio perenne de la raza una rebelión contra el romanticismo ambiente y destructor, ensaya una vuelta del adjetivo al substantivo en filosofía, en literatura y en pintura. El matiz no está, realmente, en las cosas: es lo que nosotros ponemos en ellas, nuestros mudables estados de espíritu, los fugitivos tornasoles de nuestro capricho. Contra este falso lirismo o subjetivismo o sentimentalismo, llámesele como se quiera, aparece el positivismo con Augusto Comte, y luego el realismo con Flaubert, Zola, Maupassant, el impresionismo con Courbet, Corot, Manet. Se trata de volver a las cosas a lo sustancial.
Mas, a despecho de muchos aciertos en las cuestiones de detalle, este ensayo de vuelta a las substancias culturales no sólo ha fracasado, sino que ha sido contraproducente. El positivismo ha acabado con los restos de la tradición filosófica francesa; el realismo ha trivializado el idioma y lo ha convertido en un vil instrumento de descripción de las cosas ya existentes, en lugar de ser un suscitador de nuevas cosas. El impresionismo, en fin, ha quebrado las aspiraciones sintéticas del arte, y con el neoimpresionismo se ha convertido en la adoración del matiz.
El viejo violín maravilloso salió del intento con las cuerdas rotas. Sólo una le quedaba, la prima, y en ella se pone Verlaine a modular deliciosamente la muerte de la lengua francesa.
De la musique avant toute chose
pide Verlaine; es decir, el idioma no sólo deja de ser la expresión de lo substantivo, sino que ni siquiera aspira a perdurar como adjetivo. Se pide que deje de ser lenguaje y se convierta en música.
Diríase que el alma francesa se ha ido ahilando, ahilando hasta manar lo que de ella quedaba por el mínimo cauce de esa cuerda irreal que hizo sonar Verlaine.
Luego se ha evaporado y va a ser menester un conjuro poderoso para que vuelva a condensarse. Veamos cuál es el que proponen los señores que componen la liga Pour la culture française.
La Prensa, Buenos Aires, 15 de agosto de 1911
This metaphor can serve us to discover in archaism the form of literary and scientific production that a people chooses when its internal life declines and orients itself toward death. It is certain that from the past, maternal quarry, the materials for the new must be extracted, but archaism consists precisely in wishing to retain the past by galvanizing it, endowing it with a false actuality and validity. Thus Chateaubriand is archaic when he essays the reviviscence of Christianity as a poetic activity or actuality, and Victor Hugo is archaizing when he sees in the reconstruction of the historical the proper theme of the novelistic and dramatic fancy. Renan is so when he seeks the intellectual and moral reform of France, and the return to Gallic feudalism; and he lets himself be carried away by Gobineau, who sees in the idea of race —race is the condensation of a millennial past in the anatomical characters— the motor of historical variations. Taine is so, because he too seeks the secret of culture, of race, in the milieu, which is the condensation of a centennial past in the juridical and social characters, in the moment, which is the intersection of race and milieu. It is curious to observe how, despite appearances, the intellectual movement of France during the nineteenth century, at least in its representative figures, has been profoundly conservative. Hence the French political democracy lived during that age a gray and enervated existence that contrasts with the luminous and restless heroism of the men of the great Revolution.
The language of French art has accompanied, as it could not but do, this descent of the French soul down the slope of archaism and conservatism. It itself has known how to give a name to its dwindling, and has called it decadentism.
The inactual man who walks through existence by virtue of an impulse that remains behind him cannot have sensitivity either for the surrounding actuality. He is a specter for whom everything is specter. The decadent poet cannot sing life: for him life is remembrance, past life, that is, the forms of historical life. The decadent poet administers the poetry created by the ancient poets.
IV
THE DISCIPLINE OF THE ESSENTIAL
Both the Argentines who read me and I, a Spaniard who writes, have been educated in that atmosphere of French decadence and run, for that very reason, the danger of accepting as evident virtues, as normal culture, what is rather vice, anomaly, and weakness. Argentina, for being too young, Spain, for being all too tired and old, have accepted the pretensions of literary and intellectual hegemony that France attributed to itself as an ornament of the political hegemony to which the Revolution and the Napoleonic effort gave it, without doubt, a right. Precisely for this, because we have been born and survive in a French atmosphere, it is necessary that we put it in crisis and react against it, if we discover, as happens, that it does not nourish us.
The extreme youth of the South American peoples and the extreme caducity, in need of renewal, of the historical metropolis, make for Spaniards and Argentines an acute problem of submitting to a more tonic atmosphere. It is not enough, then, that a nation has been great and still is, for its influence to seem beneficial to us: it is necessary that that greatness find itself in a period of ascent or of plenitude.
Decadentism, the art of decaying, is fatal for him who fears having already fallen, like us, for him who has not already risen, like you. We need an education of all-embracing actuality, we need an intellectual, moral, and aesthetic discipline that places us by the shortest road in the midst of the vital. Culture has become of such complication and density, so many are the clarities it has stored up, as Aeolus stored up winds, that it is of enormous difficulty to hit upon its center and its nerve. We need an introduction to essential life.
Now then, in place of the essential that we ask, France in the last thirty years proposes to us la nuance; in place of bread, brioches. A culture of the nuance is like that idle cultivation of tulips that absorbed the existence of the wealthy Dutchmen. The nuance is the nuance of things: he who worries about that, about the adjective, is one who has lost the sensitivity for these, for the substantives. For classical art, in which everything is life, nuances do not exist.
It is very risky to make round affirmations in which one pretends to formulate the momentary physiognomy of a classical race, that is, of an eternal race; but I believe that, leaving a place in our judgment for the exceptions that confirm the rules, there appears clear enough during the nineteenth century the enormous and tragic fact of the descent of French culture to adjective culture.
As it cannot but do, yonder in the depth of the French energies, temporarily diminished, the perennial genius of the race attempts a rebellion against the ambient and destructive romanticism, essays a return from the adjective to the substantive in philosophy, in literature, and in painting. The nuance is not, really, in things: it is what we put into them, our mutable states of spirit, the fugitive changeables of our caprice. Against this false lyricism or subjectivism or sentimentalism, call it as one will, positivism appears with Auguste Comte, and then realism with Flaubert, Zola, Maupassant, impressionism with Courbet, Corot, Manet. It is a question of returning to things, to the substantial.
But, despite many successes in questions of detail, this essay of return to the cultural substances has not only failed, but has been counterproductive. Positivism has done away with the remnants of the French philosophical tradition; realism has trivialized the idiom and turned it into a vile instrument of description of already existing things, instead of being a summoner of new things. Impressionism, finally, has broken the synthetic aspirations of art, and with neo-impressionism it has become the adoration of the nuance.
The old marvelous violin came out of the attempt with its strings broken. Only one remained to it, the first, and on it Verlaine sets himself to modulate deliciously the death of the French language.
De la musique avant toute chose
asks Verlaine; that is, the idiom not only ceases to be the expression of the substantive, but does not even aspire to endure as adjective. It is asked that it cease to be language and become music.
One would say that the French soul has gone on thinning itself, thinning itself until it poured out what remained of it through the minimal channel of that unreal string that Verlaine made sound.
Then it has evaporated, and there will be need of a powerful conjuration for it to condense itself again. Let us see which is the one proposed by the gentlemen who compose the league Pour la culture française.
La Prensa, Buenos Aires, 15 August 1911
Questa metafora può servirci per scoprire nell’arcaismo la forma di produzione letteraria e scientifica che un popolo sceglie quando la sua vita interna decade e si orienta verso la morte. È certo che dal passato, cava materna, si devono estrarre i materiali per il nuovo, ma l’arcaismo consiste precisamente nel voler trattenere il passato galvanizzandolo, dotandolo di una falsa attualità e vigenza. Così è arcaico Chateaubriand quando prova la riviviscenza del cristianesimo come attività o attualità poetica, ed è Víctor Hugo arcaizzante quando vede nella ricostruzione dello storico il tema proprio della fantasia romanzesca e drammatica. Lo è Renan quando cerca la riforma intellettuale e morale della Francia, e il ritorno al feudalismo gallico; e si lascia portare da Gobineau, che vede nell’idea della razza —razza è la condensazione di un passato millenario nei caratteri anatomici— il motore delle variazioni storiche. Lo è Taine, perché anche lui cerca il segreto della cultura, della razza, nell’ambiente, che è la condensazione di un passato secolare nei caratteri giuridici e sociali, nel momento, che è l’intersezione della razza e dell’ambiente. È curioso osservare come, a dispetto delle apparenze, il movimento intellettuale della Francia durante il XIX secolo, almeno nelle sue figure rappresentative, sia stato profondamente conservatore. Di qui che la democrazia politica francese abbia vissuto durante quell’epoca un’esistenza grigia e snervata che contrasta con l’eroismo luminoso e inquieto degli uomini della grande Rivoluzione.
La lingua dell’arte francese ha accompagnato, come non poteva non fare, questa discesa dell’anima francese per il pendio dell’arcaismo e del conservatorismo. Essa stessa ha saputo dare un nome alla sua diminuzione, e l’ha chiamata decadentismo.
L’uomo inattuale che cammina per l’esistenza mercé un impulso che resta dietro di lui non può avere nemmeno sensibilità per l’attualità circostante. È uno spettro per cui tutto è spettro. Il poeta decadente non può cantare la vita: per lui vita è rimemorazione, vita passata, cioè le forme della vita storica. Il poeta decadente amministra la poesia creata dagli antichi poeti.
IV
LA DISCIPLINA DELL’ESSENZIALE
Tanto gli argentini che mi leggono, come io, spagnolo che scrivo, siamo stati educati in quell’ambiente della decadenza francese e corriamo, per ciò stesso, il pericolo di accettare come evidenti virtù, come la cultura normale, ciò che è piuttosto vizio, anomalia e debolezza. L’Argentina, per troppo giovane, la Spagna, per troppo stanca e vecchia, hanno accettato le pretese di egemonia letteraria e intellettuale che la Francia si attribuiva come ornamento dell’egemonia politica a cui la Rivoluzione e lo sforzo napoleonico le davano, senza dubbio, diritto. Precisamente per questo, perché siamo nati e perviviamo in un’atmosfera francese, è necessario che la mettiamo in crisi e reagiamo contro di essa, se scopriamo, come accade, che non ci nutre.
L’estrema giovinezza dei popoli sudamericani e l’estrema caducità, bisognosa di rinnovamento, della storica metropoli, fanno per spagnoli e argentini un problema acuto del sottomettersi a un’atmosfera più tonica. Non basta, dunque, che una nazione sia stata grande e lo sia ancora perché il suo influsso ci sembri benefico: è necessario che quella grandezza si trovi in periodo di ascensione o di pienezza.
Il decadentismo, l’arte di decadere, è fatale per chi teme di essere già caduto come noi, per chi non è già salito come voi. Abbiamo bisogno di un’educazione di attualità omnimoda, abbiamo bisogno di una disciplina intellettuale, morale ed estetica che ci situi per la via più corta in mezzo al vitale. La cultura si è fatta di tale complicazione e densità, sono tante le chiarità che ha immagazzinato, come Eolo immagazzinava venti, che è di enorme difficoltà trovare il centro e il nervo di essa. Abbiamo bisogno di un’introduzione alla vita essenziale.
Ora, in luogo dell’essenziale che chiediamo, la Francia negli ultimi trent’anni ci propone la nuance; in luogo di pane, brioches. Una cultura della nuance è come quell’ozioso coltivamento dei tulipani che assorbiva l’esistenza degli olandesi danarosi. La sfumatura è la sfumatura delle cose: chi si preoccupa di quella, dell’aggettivo, è che ha perduto la sensibilità per queste, per i sostantivi. Per l’arte classica, in cui tutto è vita, le sfumature non esistono.
È molto rischioso fare affermazioni rotonde in cui si pretenda formulare la fisionomia momentanea di una razza classica, cioè di una razza eterna; ma io credo che, lasciando un posto nel nostro giudizio per le eccezioni confermatrici delle regole, appaia abbastanza chiaro durante il XIX secolo l’enorme e tragico fatto della discesa della cultura francese a cultura aggettiva.
Come non potrà non fare, laggiù in fondo alle energie francesi, temporaneamente diminuite, il genio perenne della razza tenta una ribellione contro il romanticismo ambiente e distruttore, prova un ritorno dall’aggettivo al sostantivo in filosofia, in letteratura e in pittura. La sfumatura non sta, realmente, nelle cose: è ciò che noi mettiamo in esse, i nostri mutevoli stati d’animo, i fuggitivi cangianti del nostro capriccio. Contro questo falso lirismo o soggettivismo o sentimentalismo, chiamatelo come si voglia, appare il positivismo con Augusto Comte, e poi il realismo con Flaubert, Zola, Maupassant, l’impressionismo con Courbet, Corot, Manet. Si tratta di tornare alle cose, allo sostanziale.
Ma, a dispetto di molti successi nelle questioni di dettaglio, questo saggio di ritorno alle sostanze culturali non solo ha fallito, ma è stato controproducente. Il positivismo ha finito coi resti della tradizione filosofica francese; il realismo ha trivializzato la lingua e l’ha convertita in un vile strumento di descrizione delle cose già esistenti, in luogo di essere un suscitatore di nuove cose. L’impressionismo, infine, ha rotto le aspirazioni sintetiche dell’arte, e col neoimpressionismo si è convertito nell’adorazione della sfumatura.
Il vecchio meraviglioso violino uscì dal tentativo con le corde rotte. Solo una gliene restava, la prima, e su di essa Verlaine si mette a modulare deliziosamente la morte della lingua francese.
De la musique avant toute chose
chiede Verlaine; cioè, la lingua non solo cessa di essere l’espressione del sostantivo, ma nemmeno aspira a perdurare come aggettivo. Si chiede che cessi di essere linguaggio e si converta in musica.
Si direbbe che l’anima francese se ne sia andata assottigliandosi, assottigliandosi fino a sgorgare ciò che di essa restava per il minimo letto di quella corda irreale che Verlaine fece suonare.
Poi si è evaporata e ci sarà bisogno di un potente scongiuro perché torni a condensarsi. Vediamo quale è quello che propongono i signori che compongono la lega Pour la culture française.
La Prensa, Buenos Aires, 15 agosto 1911