Abstract
The continuation of the series: the sickness of the French language is a symptom of a valetudinarian culture, and the ‘cure by Latin’ urged by the defenders of rhetoric matches Barrès’s nationalism or Maurras’s royalisme in politics. To live is to change; besides, Latin is not a classical language, Latin culture being a meagre reflection of the Greek.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
V
LA CURA POR EL LATÍN
Marburg, agosto de 1911
Tienen razón, pues, los ilustres escritores que declaran enferma la lengua francesa; pero es menester que reconozcan que esta enfermedad de la lengua, no es sino un síntoma de un mal más profundo. Se trata de una cultura valetudinaria, y esa misma tradición de brillantez formal que la ha caracterizado durante los dos últimos siglos, ha impedido que a tiempo se hiciera patente el íntimo cáncer.
No ignora el lector en qué consisten los defectos por los señores de la liga descubiertos en la producción intelectual francesa de la hora presente. Los profesores universitarios han perdido el hábito de la grata y vaga elocuencia: en lugar de hacer discurso bien olientes y ornamentados, introducen a la juventud estudiosa en métodos exactos de investigación, complicados, iliterarios, donde todo converge a averiguar la verdad. La historia, en lugar de hacer una serie de pinturas murales dotadas de simplicidad decorativa, se ha convertido en una lucha tenaz con los documentos originales, en una estadística de variaciones lexicográficas, en un trabajo menudo, paciente y sin gallardía. La crítica literaria no es ya una colección de aperçus caprichosos y divertidos sobre los lados impuros de la vida de los poetas, como lo era en tiempos de Sainte-Beuve. La filosofía no es ya una variedad de la retórica como en Cousin, ni una especie de causerie como en Renan: sólo monsieur Bergson perpetúa la ciencia entretenida, exponiendo ante un auditorio numerosísimo su nuevo espiritualismo que es —hablemos en serio— una filosofía demi-mondaine.
Esta nueva preocupación perentoria por la verdad ha secado, según los señores de la liga, las ágiles alas de efímera que enorgullecían al pensamiento francés. El reino del esprit concluye y le sucede la pedantería… germánica.
Sí, lector; la enfermedad de la cultura francesa, según el estado mayor de la moda francesa —que no se compone de los mejores franceses, sino de los más visibles— consiste en la germanización. Y la germanización consiste en la preocupación por lo esencial y el olvido de lo formal. Y por lo visto, el genio de Francia consiste en lo contrario, es decir, en escribir bien aun cuando se piense mal. Consecuencia que deducen: la cultura francesa necesita curarse volviendo a un cultivo intensivo de la retórica y especialmente de los maestros de la retórica, los latinos. De modo que toda esa grave decadencia de la admirable, profunda, perenne cultura francesa, va a arreglarse con que los muchachos aprendan en los liceos a escribir elegantemente.
La cosa parece inverosímil. Sin embargo, no hemos de ver en ello más que la conclusión explícita a que conduce siempre el arcaísmo y el conservatismo cuando, aprovechando el cansancio de una raza, se apoderan del ambiente público. Esa vuelta al estudio del latín para restaurar la mal llamada cultura latina, viene a significar lo mismo que en el orden general político el nacionalismo del señor Barrès o el royalisme agresivo del señor Maurras, o en ciencia la biología de René Quintou o en filosofía el misticismo metódico de Bergson.
La vida revela su inexhausto vigor precisamente en la transformación: vivir es cambiar, producir nuevas formas, superación de las antiguas. Pero el conservatismo es, ante todo, falta de fe en el porvenir: por eso se empecina y se ahinca en una forma dada, como si temiera que cada forma futura habrá de ser peor que la presente o que la pasada. Y el arcaísmo artístico es arcaísmo no tanto porque intente repetir una forma «antigua» del arte, sino por el mero hecho de que «repite» una forma en lugar de crear, de inventar otra.
No me es posible escuchar con simpatía a los defensores de la enseñanza clásica, cuando al proponer que estudiemos griego y latín, ponen el acento en este último. El latín será un aprendizaje más o menos útil, pero no es un idioma clásico. La cultura latina no fue original, según es sabido; fue meramente un reflejo de la cultura griega, y un reflejo mísero, incomprensivo, parcial. Sólo el hecho de que las raíces de las palabras francesas, españolas e italianas, sean más claras en su pureza latina que en nuestros mismos idiomas barbarizados, puede obligarnos a conceder al lenguaje del Lacio un valor superior que al chino o al árabe. Pero el pensamiento y la literatura romanos son no más que un pensamiento y una literatura históricos, que fueron una vez y fenecieron sin que haya pretexto para que nos esforcemos en repetirlos.
¿Qué pretende hacer Francia sacando de su sepulcro a este cadáver? Virgilio puso en el infierno a Mecenio porque se dedicaba a atar un hombre muerto a la espalda de cada hombre vivo. Una cosa semejante pretenden hacer los que ahora pregonan un renacimiento latino.
Nada estorba tanto a que se ponga de una vez con claridad este problema de las lenguas clásicas, como el no acabar de reconocer que el latinismo, Roma, es sólo una forma de la vida, de la cultura más o menos grata y atractiva, que conserva mayor o menor esplendor dentro de nuestras memorias, pero al cabo una forma entre cien, como la historia ha visto nacer, florecer y pudrirse. Ahora bien; lo clásico es lo que no es la forma y cáscara de la vida, sino la vida misma, lo que no ha pasado ni ha muerto, antes bien, lleva en sí el perpetuo manadero elemental de las energías espirituales, lleva en sí la fuente de la vida. Cierto lo clásico es también pasado, pero un pasado que no ha acabado de pasar aún, y que atravesando nuestro presente, como una flecha de oro, continúa su vuelo vibrante más allá de este nuestro tiempo, avanza silbando por el futuro y va a clavarse en lo remoto e indiscernible, sobre el corazón del hombre postrero e ideal.
VI
LA ACTUALIDAD ES GERMÁNICA
Yo espero que mis hermanos en latinidad —estos franceses, estos españoles, estos italianos, que herederos de magníficas tradiciones decrépitas quieren ahora renacer— no hayan perdido el valor. Porque sin valor no podremos corregir la fortuna. ¿Qué clase de valor pido? El más difícil valor: el de transustanciarse. Me explicaré.
La germanización que para un miope patriotismo francés es la enfermedad, significa, en mi entender, la medicación de la enfermedad mediterránea, de la llamada cultura latina o románica, mal llamada así, porque españoles, italianos y franceses, tenemos tanto de germanos como de latinos y los germanos fueron a su vez, tan romanizados como nosotros. Yo prefería designar aquello que de específico hay en nosotros, con la palabra mediterranismo.
La germanización de la Europa meridional es el hecho básico de la historia moderna. Los bárbaros germanizaron fisiológicamente a los latinos durante la Edad Media, pero fueron latinizados culturalmente por éstos. Es la eterna historia: el pueblo más primitivo, de instintos menos quebrados y pulidos se derrama por el haz del mundo culto en forma de torpes multitudes militares: el pueblo más delicado y sabio viste entonces indolentemente las viejas armas fuera de uso, en cuya herrumbre va el bacilo de su cultura y al ser herido por las lanzas vencedoras las deja infeccionadas con su fiebre intelectual, con la enfermedad de sus dioses y el temblor peculiar de sus poetas. Así aconteció cuando bajaron sobre la jocundidad mediterránea los «grandes bárbaros blancos».
Pero los germanos reabsorbieron la tradición latina e iniciaron obra nueva: desde entonces la cultura mediterránea ha tenido el contrapeso de la germánica. Durante los últimos cuatro siglos reacciona ésta sobre aquélla, la penetra mejor dicho, la compenetra buscando por fatalidad histórica un equilibrio, una identificación. Nos hallamos en los últimos momentos de este proceso y será vano cuanto la buena voluntad ensaye en pro de un renacimiento latino. Lo serio y lo viril no es afanarse bogando contra la corriente, sino aceptarla potenciándola. En mi opinión la misión actual de los pueblos románicos es harto clara: acabar de reabsorber el germanismo, transustanciarse.
Cuando los hulanos imperiales ponían cerco a París no sabían que uno de los lugares donde la sangre francesa pulsaba con más pureza y vigor —el corazón de Renan— se hallaba ya colonizado por pensamientos alemanes. Contra hechos de esta índole, tan profundamente significativos, son inútiles todos los esfuerzos conservadores. Lo que en Renan había de espíritu viviente y creador era lo que Fichte y Hegel y Schopenhauer habían inyectado en su cerebro: todo lo demás era retórica, adjetivo, ornamentación.
La actualidad, es decir, el medio vital en que hoy podemos respirar cultura, es germánica. Y esto es lo primero de todo, ser actual, percatarse del elemento en que vivimos y abrir bien los pulmones para que se nos llenen de oxígeno. Con lamentos por el bien perdido y vagas solicitaciones del porvenir no conseguiremos nada.
Es menester que en nuestras relaciones con el pasado y con el porvenir, con aquello que recordado nos enamora y con aquello otro que apenas entrevemos y bajo el nombre de Ideal nos desasosiega y lleva al estricote —como dice Cervantes que era el terreno Sancho llevado por el ardor fugitivo de su señor— tomemos una posición firme. Ha vuelto a apoderarse en estos años de nuestro mundo civilizado una inquietud y nerviosa titilación, un descontento cósmico y una falta de apetitos y de energía que debe preocuparnos seriamente. Como a Heine, nos huele la tierra a violetas marchitas. La falta de interés que ofrece la vida europea de estos años, hace que nuestras almas se carguen de recuerdos o de esperanzas, y nuestros corazones como el semblante de los ciegos, se orientan hacia donde nos parece que se derrama un poco de luminosidad. Hemos perdido el contacto con la actualidad, y el pasado y el futuro disputan entre sí por imponer sobre nosotros cada cual su hegemonía. Y hay espíritus que van corvos bajo la pesadumbre de las remembranzas, y otros excesivamente ingrávidos, con grandes alas utópicas, que no pueden posarse sobre la tierra porque son menos pesados que el aire ambiente y actual. En política, en literatura, en filosofía, hay conservadores y arcaizantes de un lado, ilusionarios y utopistas de otro: faltan casi por completo los hombres compenetrados con el presente, los hombres actuales que viven su hora plenamente, en ella se infunden y disuelven sin nostalgia ni ascos, preparando el porvenir desde el presente. Atravesamos una calma chicha de la historia, un punto muerto.
Por mucho que nos exaltemos artificialmente, no podemos dejar de percibir la pavorosa mediocridad de la Europa actual. Francia confiesa la suya propia. Italia no habla muy alto para no hacerla patente. Inglaterra mueve el rumor de sus luchas parlamentarias, a fin de acallar su propia conciencia que le pregunta sarcásticamente si mister Shaw y el «pragmatismo» son bastante para justificar la existencia de un pueblo de cuarenta y seis millones de habitantes. Alemania misma, fuerte aún y múltiple, reconoce que ya no cuenta con grandes hombres; aun puede ofrecer los métodos de trabajo creados por los cerebros geniales de los padres y los abuelos, aun es el único país que cuenta con algunas reservas de atención, de entereza y de idealismo. Pero son sólo reservas. He dicho que es la actualidad, pero no que sea el porvenir.
Yo veo la causa de esta mediocridad en que se aproxima, casi se ha cumplido ya, el equilibrio espiritual europeo. Las almas de las razas rozándose unas con otras de una manera ruda se sacan mutuamente chispas, digámoslo así, y esas chispas son los esplendores de la historia. Así ha ocurrido siempre: toda gran cultura nació del choque con otras culturas también nuevas y aspirantes. Así Grecia, el milagro de Grecia, se produce en el choque de las tres razas helénicas: los hombres de Atenas, los hombres dóricos y los jonios asiáticos. Sin antagonismo, dice Kant, no hay progreso.
Ahora bien: los dos poderes europeos —germanismo y mediterranismo— avanzan fatalmente hacia un compromiso, hacia una nivelación. Y esta nivelación es el equilibrio europeo, que es la mediocridad europea.
VII
AMÉRICA UNA EUROPA MEJOR
No hay ya verdadera emulación entre las razas europeas, porque la forma económica dentro de la cual viven, lo impide. El capitalismo se caracteriza por la uniformidad y monotonía de su régimen. Es él el imperio del dinero, el cual es aritmética, hierática aritmética, idéntica en Sevilla y en Londres. La nivelación cultural de Europa durará lo que dure la forma capitalista de la economía. Mientras tanto, las razas no podrán manifestar sus energías individualísimas en la lucha y convivencia de unas con otras.
El equilibrio europeo obliga a pensar en que germanismo y mediterranismo, perdidas sus cualidades diferenciales, sus limitaciones, aspiran a fundirse en una unidad superior. Por lo pronto, es ésta imposible. Una nueva cultura más amplia y más enérgica que sea verdaderamente europea —algo que Nietzsche sospechaba cuando se refería a los bons européens— una cultura esencial, en que la peculiaridad de las razas y de los idiomas sirva de puro material, de abono y de fermento, sólo puede originarse dentro de la atmósfera de una nueva economía. El socialismo internacional a pesar de ser en sus mayores porciones un movimiento materialista, empujado por una ideología estomacal, aspira a hacer posible un nuevo tipo humano, un hombre nuevo, y para ello prepara nuevas constituciones económicas. Pero su acción es muy lenta.
Hay, en cambio, un lugar, nada menos que un continente, donde el problema del hombre futuro, de la nueva cultura, es perentorio, y de la región sutil de la teoría desciende a cuestión política, casi palpable. Me refiero a América. Esa Europa mejor a que aspiramos no puede ser, por lo pronto, sino en América. La viceversa es también verdad: América no puede ser sino una Europa mejor.
Es curioso que la doctrina de Monroe, indiscutible como norma de las discusiones diplomáticas, no tiene sentido dentro de la historia universal, y es la contradicción patente de los destinos americanos. Yo he de hablar con lealtad siempre a mis lectores, y no creo que sea la misión del publicista ocultar su opinión. Pues bien, francamente, si América ha de ser para los americanos, no merecía que ese nuevo mundo se llamara nuevo mundo y ocupara tanto espacio en nuestros ensueños de porvenir. Para esa afirmación del nacionalismo étnico bastaban ya los seniles pueblos del antiguo continente, China e Inglaterra, Francia y Alemania.
Mas América, muy especialmente Centro y Sud-América, es para nuestra vieja y melancólica sensibilidad metropolitana un enérgico canto de vida y esperanza, como canta Rubén Darío, el indio divino. «Tú eres mi mejor yo» —dice a su amada en un soneto el poeta Shelley: «Tú eres mi mejor yo» piensa Europa de América, cuando se reconcentra en sí misma allá en las meditaciones de alguno de sus filósofos o historiadores.
¡Argentina! ¡De los Andes al Atlántico, una inmensa matriz en que se concibe el hombre nuevo! Ni francés, ni italiano, ni español, ni alemán, será este hombre nuevo, sino todos ellos a la vez, es decir, lo mejor de cada uno, lo esencial de las razas europeas, lo europeo. Lo europeo es un ideal, una esperanza y un proyecto que por vez primera se levantó en los corazones de unos hombres habitantes de las costas del Mar Egeo: los clásicos, los griegos. Y este sueño ha rodado durante veinticinco siglos entre los Urales y Finisterre, se ha perdido cien veces y se ha vuelto a encontrar, y cada vez que de nuevo aparecía sentían los hombres un renacimiento. No se olvide: siempre que la historia ha hecho soplar el viento de las costas del Mar Egeo, las razas de Occidente quedaban encintas como yeguas de la Camarga que fecunda el Mistral.
El sueño se ha ido completando, madureciendo, purificando; casi diría que ya es perfecto. Sólo falta la posibilidad externa de que se realice.
La posibilidad de lo europeo es lo americano. ¿Hasta que punto se haya vivaz en América la conciencia de su suprema misión cultural? —nos preguntamos a menudo. ¿Cómo trata América el problema de esos millones de emigrantes que acuden de los cuatro puntos cardinales, de todas las razas, de todas las regiones, a guisa de polen innumerable atraído por el inmenso útero virgen? ¿Se entregará ella también a los mitos vetustos, a las supersticiones del antiguo continente, aceptará el fantasma de la Fatalidad, renunciará a granizar las bases económicas de su vida de una manera libre, voluntaria, conforme a su misión histórica? Y, sobre todo: ¿hace cuanto es dable hacer para que esa población heterogénea se eleve a una unidad espiritual, dentro de la cual el nuevo choque de razas que en ella va a verificarse sea aprovechable para el progreso universal?
Recientemente he leído un libro de Wells —El porvenir de América— donde el autor declara que los Estados Unidos se han desviado gravemente de la línea que les marcaba la continuidad de la cultura. Son sus palabras amargas y contundentes. Los norteamericanos se han dejado arrebatar por su propia economía, son esclavos de ella como los pueblos de Europa. ¡Cuán lejano parece el sueño de Walt Whitman, el sueño que soñó para América!
Largo sería entrar en la discusión de todos estos puntos. Mas yo me contentaría con que estos párrafos hubieran aguzado la sensibilidad de algunos lectores para este problema magno: ¿cómo es posible reducir las razas heterogéneas a un denominador común? ¿Cómo es posible un esfuerzo homogéneo, «profundamente homogéneo», cómo es posible la alta cultura en América?
A los ojos salta la necesidad de superar las formas diferenciales que constituyen las culturas particulares, francesa, italiana, española, alemana, salvarse de esta confusión de pretensiones análogas y fijar con inequívoca formula la cultura esencial, la única cultura verdadera.
Ahora bien, esa cultura esencial que atraviesa todas las variaciones históricas y las trasciende inmortal, se mostró una vez casi en su pureza, relativamente exenta de exterioridades ornamentales, de superfetaciones y desviaciones. Fue aquella hora en que nació, fue en su momento original: Grecia.
Sólo ha habido en el mundo una cultura clásica, por la sencilla razón de que hay sólo una cultura verdadera —una sola aritmética, una sola física, una sola lógica, una sola ética— y ésta, evidentemente, nació sólo una vez. Sólo Grecia no es un pasado: Demócrito y Platón, Esquilo y Aristófanes, Euclides y Arquímedes, viven hoy, son tan actuales y presentes como en su edad.
Eternamente serán esas figuras incomparables remedio a las naciones caducas, y en cuanto a las naciones nuevas que se disponen a continuar los afanes del progreso, que intentan prolongar y ampliar y mejorar la humanidad, sólo ese sendero del helenismo las puede conducir a la historia universal, que es, ni más ni menos, la historia de la cultura.
Cierto, para echar una cuenta no es menester saber griego. El negociante, el industrial, el banquero, pueden, sin duda, desentenderse del clasicismo y cubrir, no obstante, sus libros con números y fórmulas que inventaron los pitagóricos. Mas a la par los obreros que incendian una fábrica o arruinan una industria con la huelga y el sabotage tampoco saben que el instinto feroz que los impele —el socialismo— fue descubierto por hombres que aprendieron la idea de justicia en los libros de Platón.
Mientras en Francia corrigen sus cuartillas los periodistas, según la pauta de Cicerón, preparen los argentinos una minoría intelectual mediante las clásicas sustancias helénicas. Y entonces se verá quién vende más libros y quién se queja menos.
La Prensa, 19 de septiembre de 1911