Ortega y Gasset

Abstract

The continuation of the series: the sickness of the French language is a symptom of a valetudinarian culture, and the ‘cure by Latin’ urged by the defenders of rhetoric matches Barrès’s nationalism or Maurras’s royalisme in politics. To live is to change; besides, Latin is not a classical language, Latin culture being a meagre reflection of the Greek.

Connections

Concetti: educazione
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

V

LA CURA POR EL LATÍN

Marburg, agosto de 1911

Tienen razón, pues, los ilustres escritores que declaran enferma la lengua francesa; pero es menester que reconozcan que esta enfermedad de la lengua, no es sino un síntoma de un mal más profundo. Se trata de una cultura valetudinaria, y esa misma tradición de brillantez formal que la ha caracterizado durante los dos últimos siglos, ha impedido que a tiempo se hiciera patente el íntimo cáncer.

No ignora el lector en qué consisten los defectos por los señores de la liga descubiertos en la producción intelectual francesa de la hora presente. Los profesores universitarios han perdido el hábito de la grata y vaga elocuencia: en lugar de hacer discurso bien olientes y ornamentados, introducen a la juventud estudiosa en métodos exactos de investigación, complicados, iliterarios, donde todo converge a averiguar la verdad. La historia, en lugar de hacer una serie de pinturas murales dotadas de simplicidad decorativa, se ha convertido en una lucha tenaz con los documentos originales, en una estadística de variaciones lexicográficas, en un trabajo menudo, paciente y sin gallardía. La crítica literaria no es ya una colección de aperçus caprichosos y divertidos sobre los lados impuros de la vida de los poetas, como lo era en tiempos de Sainte-Beuve. La filosofía no es ya una variedad de la retórica como en Cousin, ni una especie de causerie como en Renan: sólo monsieur Bergson perpetúa la ciencia entretenida, exponiendo ante un auditorio numerosísimo su nuevo espiritualismo que es —hablemos en serio— una filosofía demi-mondaine.

Esta nueva preocupación perentoria por la verdad ha secado, según los señores de la liga, las ágiles alas de efímera que enorgullecían al pensamiento francés. El reino del esprit concluye y le sucede la pedantería… germánica.

Sí, lector; la enfermedad de la cultura francesa, según el estado mayor de la moda francesa —que no se compone de los mejores franceses, sino de los más visibles— consiste en la germanización. Y la germanización consiste en la preocupación por lo esencial y el olvido de lo formal. Y por lo visto, el genio de Francia consiste en lo contrario, es decir, en escribir bien aun cuando se piense mal. Consecuencia que deducen: la cultura francesa necesita curarse volviendo a un cultivo intensivo de la retórica y especialmente de los maestros de la retórica, los latinos. De modo que toda esa grave decadencia de la admirable, profunda, perenne cultura francesa, va a arreglarse con que los muchachos aprendan en los liceos a escribir elegantemente.

La cosa parece inverosímil. Sin embargo, no hemos de ver en ello más que la conclusión explícita a que conduce siempre el arcaísmo y el conservatismo cuando, aprovechando el cansancio de una raza, se apoderan del ambiente público. Esa vuelta al estudio del latín para restaurar la mal llamada cultura latina, viene a significar lo mismo que en el orden general político el nacionalismo del señor Barrès o el royalisme agresivo del señor Maurras, o en ciencia la biología de René Quintou o en filosofía el misticismo metódico de Bergson.

La vida revela su inexhausto vigor precisamente en la transformación: vivir es cambiar, producir nuevas formas, superación de las antiguas. Pero el conservatismo es, ante todo, falta de fe en el porvenir: por eso se empecina y se ahinca en una forma dada, como si temiera que cada forma futura habrá de ser peor que la presente o que la pasada. Y el arcaísmo artístico es arcaísmo no tanto porque intente repetir una forma «antigua» del arte, sino por el mero hecho de que «repite» una forma en lugar de crear, de inventar otra.

No me es posible escuchar con simpatía a los defensores de la enseñanza clásica, cuando al proponer que estudiemos griego y latín, ponen el acento en este último. El latín será un aprendizaje más o menos útil, pero no es un idioma clásico. La cultura latina no fue original, según es sabido; fue meramente un reflejo de la cultura griega, y un reflejo mísero, incomprensivo, parcial. Sólo el hecho de que las raíces de las palabras francesas, españolas e italianas, sean más claras en su pureza latina que en nuestros mismos idiomas barbarizados, puede obligarnos a conceder al lenguaje del Lacio un valor superior que al chino o al árabe. Pero el pensamiento y la literatura romanos son no más que un pensamiento y una literatura históricos, que fueron una vez y fenecieron sin que haya pretexto para que nos esforcemos en repetirlos.

¿Qué pretende hacer Francia sacando de su sepulcro a este cadáver? Virgilio puso en el infierno a Mecenio porque se dedicaba a atar un hombre muerto a la espalda de cada hombre vivo. Una cosa semejante pretenden hacer los que ahora pregonan un renacimiento latino.

Nada estorba tanto a que se ponga de una vez con claridad este problema de las lenguas clásicas, como el no acabar de reconocer que el latinismo, Roma, es sólo una forma de la vida, de la cultura más o menos grata y atractiva, que conserva mayor o menor esplendor dentro de nuestras memorias, pero al cabo una forma entre cien, como la historia ha visto nacer, florecer y pudrirse. Ahora bien; lo clásico es lo que no es la forma y cáscara de la vida, sino la vida misma, lo que no ha pasado ni ha muerto, antes bien, lleva en sí el perpetuo manadero elemental de las energías espirituales, lleva en sí la fuente de la vida. Cierto lo clásico es también pasado, pero un pasado que no ha acabado de pasar aún, y que atravesando nuestro presente, como una flecha de oro, continúa su vuelo vibrante más allá de este nuestro tiempo, avanza silbando por el futuro y va a clavarse en lo remoto e indiscernible, sobre el corazón del hombre postrero e ideal.

VI

LA ACTUALIDAD ES GERMÁNICA

Yo espero que mis hermanos en latinidad —estos franceses, estos españoles, estos italianos, que herederos de magníficas tradiciones decrépitas quieren ahora renacer— no hayan perdido el valor. Porque sin valor no podremos corregir la fortuna. ¿Qué clase de valor pido? El más difícil valor: el de transustanciarse. Me explicaré.

La germanización que para un miope patriotismo francés es la enfermedad, significa, en mi entender, la medicación de la enfermedad mediterránea, de la llamada cultura latina o románica, mal llamada así, porque españoles, italianos y franceses, tenemos tanto de germanos como de latinos y los germanos fueron a su vez, tan romanizados como nosotros. Yo prefería designar aquello que de específico hay en nosotros, con la palabra mediterranismo.

La germanización de la Europa meridional es el hecho básico de la historia moderna. Los bárbaros germanizaron fisiológicamente a los latinos durante la Edad Media, pero fueron latinizados culturalmente por éstos. Es la eterna historia: el pueblo más primitivo, de instintos menos quebrados y pulidos se derrama por el haz del mundo culto en forma de torpes multitudes militares: el pueblo más delicado y sabio viste entonces indolentemente las viejas armas fuera de uso, en cuya herrumbre va el bacilo de su cultura y al ser herido por las lanzas vencedoras las deja infeccionadas con su fiebre intelectual, con la enfermedad de sus dioses y el temblor peculiar de sus poetas. Así aconteció cuando bajaron sobre la jocundidad mediterránea los «grandes bárbaros blancos».

Pero los germanos reabsorbieron la tradición latina e iniciaron obra nueva: desde entonces la cultura mediterránea ha tenido el contrapeso de la germánica. Durante los últimos cuatro siglos reacciona ésta sobre aquélla, la penetra mejor dicho, la compenetra buscando por fatalidad histórica un equilibrio, una identificación. Nos hallamos en los últimos momentos de este proceso y será vano cuanto la buena voluntad ensaye en pro de un renacimiento latino. Lo serio y lo viril no es afanarse bogando contra la corriente, sino aceptarla potenciándola. En mi opinión la misión actual de los pueblos románicos es harto clara: acabar de reabsorber el germanismo, transustanciarse.

Cuando los hulanos imperiales ponían cerco a París no sabían que uno de los lugares donde la sangre francesa pulsaba con más pureza y vigor —el corazón de Renan— se hallaba ya colonizado por pensamientos alemanes. Contra hechos de esta índole, tan profundamente significativos, son inútiles todos los esfuerzos conservadores. Lo que en Renan había de espíritu viviente y creador era lo que Fichte y Hegel y Schopenhauer habían inyectado en su cerebro: todo lo demás era retórica, adjetivo, ornamentación.

La actualidad, es decir, el medio vital en que hoy podemos respirar cultura, es germánica. Y esto es lo primero de todo, ser actual, percatarse del elemento en que vivimos y abrir bien los pulmones para que se nos llenen de oxígeno. Con lamentos por el bien perdido y vagas solicitaciones del porvenir no conseguiremos nada.

V

THE CURE BY LATIN

Marburg, August 1911

The illustrious writers who declare the French language sick are, then, right; but it is necessary that they recognize that this illness of the language is but a symptom of a deeper evil. It is a question of a valetudinarian culture, and that very tradition of formal brilliance that has characterized it during the last two centuries has prevented the intimate cancer from becoming manifest in time.

The reader is not ignorant of what the defects discovered by the gentlemen of the league in the French intellectual production of the present hour consist in. The university professors have lost the habit of the pleasant and vague eloquence: instead of making well-scented and ornamented speeches, they introduce the studious youth into exact methods of research, complicated, iliterary, where everything converges on ascertaining the truth. History, instead of making a series of mural paintings endowed with decorative simplicity, has become a tenacious struggle with the original documents, a statistic of lexicographical variations, a minute, patient, and ungallant labor. Literary criticism is no longer a collection of capricious and amusing aperçus on the impure sides of the poets’ lives, as it was in the times of Sainte-Beuve. Philosophy is no longer a variety of rhetoric as in Cousin, nor a species of causerie as in Renan: only monsieur Bergson perpetuates the entertaining science, expounding before a most numerous audience his new spiritualism, which is —let us speak seriously— a demi-mondaine philosophy.

This new peremptory concern for truth has dried up, according to the gentlemen of the league, the agile ephemerid wings that made French thought proud. The reign of esprit comes to an end and succeeds it the pedantry… Germanic.

Yes, reader; the illness of French culture, according to the general staff of French fashion —which is composed not of the best Frenchmen, but of the most visible— consists in Germanization. And Germanization consists in the concern for the essential and the oblivion of the formal. And evidently, the genius of France consists in the contrary, that is, in writing well even when one thinks badly. A consequence they deduce: French culture needs to cure itself by returning to an intensive cultivation of rhetoric and especially of the masters of rhetoric, the Latins. So that all that grave decadence of the admirable, profound, perennial French culture is going to be mended by the boys learning in the lycées to write elegantly.

The thing seems implausible. Nevertheless, we are not to see in it more than the explicit conclusion to which archaism and conservatism always lead when, taking advantage of the fatigue of a race, they seize hold of the public atmosphere. That return to the study of Latin to restore the mis-called Latin culture comes to signify the same as, in the general political order, the nationalism of Señor Barrès or the aggressive royalisme of Señor Maurras, or, in science, the biology of René Quintou or, in philosophy, the methodical mysticism of Bergson.

Life reveals its inexhausted vigor precisely in transformation: to live is to change, to produce new forms, a surpassing of the old ones. But conservatism is, above all, lack of faith in the future: for that reason it obstinately clings to a given form, as if it feared that each future form will have to be worse than the present or than the past. And artistic archaism is archaism not so much because it attempts to repeat an «ancient» form of art, as by the mere fact that it «repeats» a form instead of creating, of inventing another.

It is not possible for me to listen with sympathy to the defenders of classical teaching, when in proposing that we study Greek and Latin, they place the accent on the latter. Latin will be a learning more or less useful, but it is not a classical idiom. Latin culture was not original, as is known; it was merely a reflection of Greek culture, and a wretched, uncomprehending, partial reflection. Only the fact that the roots of the French, Spanish, and Italian words are clearer in their Latin purity than in our own barbarized idioms can oblige us to concede to the language of Latium a value superior to that of Chinese or Arabic. But Roman thought and Roman literature are no more than a historical thought and a historical literature, which were once and perished without there being any pretext for our striving to repeat them.

What does France pretend to do, drawing this corpse out of its sepulcher? Virgil put Mezentius in hell because he devoted himself to tying a dead man to the back of each living man. A similar thing those who now proclaim a Latin renascence pretend to do.

Nothing hinders so much the once-for-all clear posing of this problem of the classical languages as the failure to finish recognizing that Latinism, Rome, is only one form of life, of culture, more or less pleasant and attractive, which conserves greater or lesser splendor within our memories, but in the end one form among a hundred, as history has seen born, flourish, and rot. Now then; the classical is what is not the form and husk of life, but life itself, what has not passed nor died, rather, carries in itself the perpetual elemental spring of the spiritual energies, carries in itself the fountain of life. True, the classical is also past, but a past that has not yet finished passing, and that, crossing our present like a golden arrow, continues its vibrating flight beyond this our time, advances whistling through the future and is going to plant itself in the remote and indiscernible, upon the heart of the last and ideal man.

VI

ACTUALITY IS GERMANIC

I hope that my brothers in Latinity —these Frenchmen, these Spaniards, these Italians, who, heirs of magnificent decrepit traditions, now wish to be reborn— have not lost their courage. For without courage we shall not be able to correct fortune. What kind of courage do I ask? The most difficult courage: that of transubstantiating oneself. I shall explain myself.

The Germanization that for a myopic French patriotism is the illness, signifies, in my understanding, the medication of the Mediterranean illness, of the so-called Latin or Romance culture, badly so called, because Spaniards, Italians, and French have as much of the Germanic as of the Latin, and the Germans were in turn as Romanized as we. I should prefer to designate what there is of specific in us with the word Mediterraneanism.

The Germanization of southern Europe is the basic fact of modern history. The barbarians physiologically Germanized the Latins during the Middle Ages, but were culturally Latinized by them. It is the eternal story: the most primitive people, with instincts less broken and polished, spills over the face of the civilized world in the form of clumsy military multitudes: the most delicate and wise people then dresses indolently in the old out-of-use arms, in whose rust goes the bacillus of its culture, and being wounded by the victorious lances leaves them infected with its intellectual fever, with the illness of its gods and the peculiar tremor of its poets. Thus it happened when the «great white barbarians» descended upon Mediterranean jocundity.

But the Germans reabsorbed the Latin tradition and initiated a new work: since then the Mediterranean culture has had the counterweight of the Germanic. During the last four centuries the latter reacts upon the former, penetrates it, better said, compenetrates it, seeking by historical fatality an equilibrium, an identification. We find ourselves in the last moments of this process, and vain will be whatever good will essays in favor of a Latin renascence. The serious and the virile is not to labor rowing against the current, but to accept it while potentiating it. In my opinion the present mission of the Romance peoples is all too clear: to finish reabsorbing Germanism, to transubstantiate oneself.

When the imperial uhlans were laying siege to Paris they did not know that one of the places where the French blood pulsed with most purity and vigor —the heart of Renan— was already colonized by German thoughts. Against facts of this kind, so profoundly significant, all conservative efforts are useless. What there was in Renan of living and creative spirit was what Fichte and Hegel and Schopenhauer had injected into his brain: all the rest was rhetoric, adjective, ornamentation.

Actuality, that is, the vital medium in which today we can breathe culture, is Germanic. And this is the first thing of all, to be actual, to become aware of the element in which we live and open wide our lungs so that they fill with oxygen. With lamentations for the lost good and vague solicitations of the future we shall obtain nothing.

V

LA CURA COL LATINO

Marburg, agosto 1911

Hanno ragione, dunque, gli illustri scrittori che dichiarano malata la lingua francese; ma è necessario che riconoscano che questa malattia della lingua non è che un sintomo di un male più profondo. Si tratta di una cultura valetudinaria, e quella stessa tradizione di brillantezza formale che l’ha caratterizzata durante gli ultimi due secoli ha impedito che a tempo si facesse patente il cancro intimo.

Non ignora il lettore in che consistano i difetti scoperti dai signori della lega nella produzione intellettuale francese dell’ora presente. I professori universitari hanno perduto l’abitudine della grata e vaga eloquenza: in luogo di fare discorsi ben odorosi e ornati, introducono la gioventù studiosa in metodi esatti di ricerca, complicati, illetterari, dove tutto converge ad accertare la verità. La storia, in luogo di fare una serie di pitture murali dotate di semplicità decorativa, si è convertita in una lotta tenace con i documenti originali, in una statistica di variazioni lessicografiche, in un lavoro minuto, paziente e senza baldanza. La critica letteraria non è più una collezione di aperçus capricciosi e divertenti sui lati impuri della vita dei poeti, come lo era ai tempi di Sainte-Beuve. La filosofia non è più una varietà della retorica come in Cousin, né una specie di causerie come in Renan: solo monsieur Bergson perpetua la scienza divertente, esponendo dinanzi a un numerosissimo uditorio il suo nuovo spiritualismo che è —parliamo sul serio— una filosofia demi-mondaine.

Questa nuova preoccupazione perentoria per la verità ha inaridito, secondo i signori della lega, le agili ali di effimera che inorgoglivano il pensiero francese. Il regno dello esprit giunge al termine e gli succede la pedanteria… germanica.

Sì, lettore; la malattia della cultura francese, secondo lo stato maggiore della moda francese —che non si compone dei migliori francesi, ma dei più visibili— consiste nella germanizzazione. E la germanizzazione consiste nella preoccupazione per l’essenziale e nell’oblio del formale. E a quanto pare, il genio della Francia consiste nel contrario, cioè nello scrivere bene anche quando si pensi male. Conseguenza che deducono: la cultura francese ha bisogno di curarsi tornando a un coltivamento intensivo della retorica e specialmente dei maestri della retorica, i latini. Di modo che tutta quella grave decadenza dell’ammirevole, profonda, perenne cultura francese si aggiusterà con il fatto che i ragazzi imparino nei licei a scrivere elegantemente.

La cosa sembra inverosimile. Tuttavia, non dobbiamo vedere in essa più che la conclusione esplicita a cui conduce sempre l’arcaismo e il conservatorismo quando, approfittando della stanchezza di una razza, si impadroniscono dell’ambiente pubblico. Quel ritorno allo studio del latino per restaurare la mal chiamata cultura latina viene a significare lo stesso che nell’ordine generale politico il nazionalismo del signor Barrès o il royalisme aggressivo del signor Maurras, o in scienza la biologia di René Quintou o in filosofia il misticismo metodico di Bergson.

La vita rivela il suo inesaurito vigore precisamente nella trasformazione: vivere è cambiare, produrre nuove forme, superamento delle antiche. Ma il conservatorismo è, prima di tutto, mancanza di fede nell’avvenire: perciò si ostina e si attacca a una forma data, come se temesse che ogni forma futura dovrà essere peggiore della presente o della passata. E l’arcaismo artistico è arcaismo non tanto perché tenti di ripetere una forma «antica» dell’arte, quanto per il mero fatto che «ripete» una forma in luogo di creare, di inventarne un’altra.

Non mi è possibile ascoltare con simpatia i difensori dell’insegnamento classico, quando nel proporre che studiamo greco e latino, pongono l’accento su quest’ultimo. Il latino sarà un apprendimento più o meno utile, ma non è una lingua classica. La cultura latina non fu originale, come è noto; fu meramente un riflesso della cultura greca, e un riflesso misero, incomprensivo, parziale. Solo il fatto che le radici delle parole francesi, spagnole e italiane siano più chiare nella loro purezza latina che nei nostri stessi idiomi barbarizzati può obbligarci a concedere al linguaggio del Lazio un valore superiore che al cinese o all’arabo. Ma il pensiero e la letteratura romani non sono più che un pensiero e una letteratura storici, che furono una volta e perirono senza che ci sia pretesto perché ci sforziamo di ripeterli.

Che pretende fare la Francia tirando fuori dal suo sepolcro questo cadavere? Virgilio mise all’inferno Mezenzio perché si dedicava a legare un uomo morto alla schiena di ogni uomo vivo. Una cosa simile pretendono fare coloro che ora bandiscono una rinascita latina.

Niente ostacola tanto che si ponga una buona volta con chiarezza questo problema delle lingue classiche, quanto il non riuscire a riconoscere che il latinismo, Roma, è solo una forma della vita, della cultura più o meno grata e attraente, che conserva maggiore o minore splendore dentro le nostre memorie, ma in fin dei conti una forma fra cento, come la storia ha visto nascere, fiorire e imputridire. Ora; il classico è ciò che non è la forma e il guscio della vita, ma la vita stessa, ciò che non è passato né morto, anzi, porta in sé la perpetua sorgente elementare delle energie spirituali, porta in sé la fonte della vita. Certo il classico è anche passato, ma un passato che non ha ancora finito di passare, e che attraversando il nostro presente, come una freccia d’oro, continua il suo volo vibrante al di là di questo nostro tempo, avanza fischiando per il futuro e va a conficcarsi nel remoto e indiscernibile, sul cuore dell’ultimo e ideale uomo.

VI

L’ATTUALITÀ È GERMANICA

Io spero che i miei fratelli in latinità —questi francesi, questi spagnoli, questi italiani, che, eredi di magnifiche tradizioni decrepite, vogliono ora rinascere— non abbiano perduto il coraggio. Perché senza coraggio non potremo correggere la fortuna. Che genere di coraggio chiedo? Il più difficile coraggio: quello di transustanziarsi. Mi spiegherò.

La germanizzazione che per un miope patriottismo francese è la malattia, significa, a mio intendere, la medicazione della malattia mediterranea, della cosiddetta cultura latina o romanza, mal chiamata così, perché spagnoli, italiani e francesi abbiamo tanto di germani quanto di latini e i germani furono a loro volta tanto romanizzati quanto noi. Io preferirei designare ciò che di specifico c’è in noi con la parola mediterraneismo.

La germanizzazione dell’Europa meridionale è il fatto base della storia moderna. I barbari germanizzarono fisiologicamente i latini durante il Medioevo, ma furono latinizzati culturalmente da questi. È l’eterna storia: il popolo più primitivo, dagli istinti meno rotti e levigati si riversa sulla faccia del mondo colto in forma di goffe moltitudini militari: il popolo più delicato e sapiente veste allora indolentemente le vecchie armi fuori uso, nella cui ruggine va il bacillo della sua cultura e, essendo ferito dalle lance vincitrici, le lascia infette con la sua febbre intellettuale, con la malattia dei suoi dèi e il tremito peculiare dei suoi poeti. Così accadde quando scesero sulla giocondità mediterranea i «grandi barbari bianchi».

Ma i germani riassorbirono la tradizione latina e iniziarono opera nuova: da allora la cultura mediterranea ha avuto il contrappeso della germanica. Durante gli ultimi quattro secoli questa reagisce su quella, la penetra, meglio detto, la compenetra cercando per fatalità storica un equilibrio, una identificazione. Ci troviamo negli ultimi momenti di questo processo e sarà vano quanto la buona volontà tenti in pro di una rinascita latina. Il serio e il virile non è affannarsi remando contro la corrente, ma accettarla potenziandola. A mio parere la missione attuale dei popoli romanici è fin troppo chiara: finire di riassorbire il germanismo, transustanziarsi.

Quando gli ulani imperiali ponevano cerco a Parigi non sapevano che uno dei luoghi dove il sangue francese pulsava con più purezza e vigore —il cuore di Renan— si trovava già colonizzato da pensieri tedeschi. Contro fatti di tal genere, così profondamente significativi, sono inutili tutti gli sforzi conservatori. Ciò che in Renan c’era di spirito vivente e creatore era ciò che Fichte e Hegel e Schopenhauer avevano iniettato nel suo cervello: tutto il resto era retorica, aggettivo, ornamentazione.

L’attualità, cioè il mezzo vitale in cui oggi possiamo respirare cultura, è germanica. E questo è la prima cosa di tutto, essere attuale, accorgersi dell’elemento in cui viviamo e aprire bene i polmoni perché si riempiano di ossigeno. Con lamenti per il bene perduto e vaghe sollecitazioni dell’avvenire non otterremo nulla.

Es menester que en nuestras relaciones con el pasado y con el porvenir, con aquello que recordado nos enamora y con aquello otro que apenas entrevemos y bajo el nombre de Ideal nos desasosiega y lleva al estricote —como dice Cervantes que era el terreno Sancho llevado por el ardor fugitivo de su señor— tomemos una posición firme. Ha vuelto a apoderarse en estos años de nuestro mundo civilizado una inquietud y nerviosa titilación, un descontento cósmico y una falta de apetitos y de energía que debe preocuparnos seriamente. Como a Heine, nos huele la tierra a violetas marchitas. La falta de interés que ofrece la vida europea de estos años, hace que nuestras almas se carguen de recuerdos o de esperanzas, y nuestros corazones como el semblante de los ciegos, se orientan hacia donde nos parece que se derrama un poco de luminosidad. Hemos perdido el contacto con la actualidad, y el pasado y el futuro disputan entre sí por imponer sobre nosotros cada cual su hegemonía. Y hay espíritus que van corvos bajo la pesadumbre de las remembranzas, y otros excesivamente ingrávidos, con grandes alas utópicas, que no pueden posarse sobre la tierra porque son menos pesados que el aire ambiente y actual. En política, en literatura, en filosofía, hay conservadores y arcaizantes de un lado, ilusionarios y utopistas de otro: faltan casi por completo los hombres compenetrados con el presente, los hombres actuales que viven su hora plenamente, en ella se infunden y disuelven sin nostalgia ni ascos, preparando el porvenir desde el presente. Atravesamos una calma chicha de la historia, un punto muerto.

Por mucho que nos exaltemos artificialmente, no podemos dejar de percibir la pavorosa mediocridad de la Europa actual. Francia confiesa la suya propia. Italia no habla muy alto para no hacerla patente. Inglaterra mueve el rumor de sus luchas parlamentarias, a fin de acallar su propia conciencia que le pregunta sarcásticamente si mister Shaw y el «pragmatismo» son bastante para justificar la existencia de un pueblo de cuarenta y seis millones de habitantes. Alemania misma, fuerte aún y múltiple, reconoce que ya no cuenta con grandes hombres; aun puede ofrecer los métodos de trabajo creados por los cerebros geniales de los padres y los abuelos, aun es el único país que cuenta con algunas reservas de atención, de entereza y de idealismo. Pero son sólo reservas. He dicho que es la actualidad, pero no que sea el porvenir.

Yo veo la causa de esta mediocridad en que se aproxima, casi se ha cumplido ya, el equilibrio espiritual europeo. Las almas de las razas rozándose unas con otras de una manera ruda se sacan mutuamente chispas, digámoslo así, y esas chispas son los esplendores de la historia. Así ha ocurrido siempre: toda gran cultura nació del choque con otras culturas también nuevas y aspirantes. Así Grecia, el milagro de Grecia, se produce en el choque de las tres razas helénicas: los hombres de Atenas, los hombres dóricos y los jonios asiáticos. Sin antagonismo, dice Kant, no hay progreso.

Ahora bien: los dos poderes europeos —germanismo y mediterranismo— avanzan fatalmente hacia un compromiso, hacia una nivelación. Y esta nivelación es el equilibrio europeo, que es la mediocridad europea.

VII

AMÉRICA UNA EUROPA MEJOR

No hay ya verdadera emulación entre las razas europeas, porque la forma económica dentro de la cual viven, lo impide. El capitalismo se caracteriza por la uniformidad y monotonía de su régimen. Es él el imperio del dinero, el cual es aritmética, hierática aritmética, idéntica en Sevilla y en Londres. La nivelación cultural de Europa durará lo que dure la forma capitalista de la economía. Mientras tanto, las razas no podrán manifestar sus energías individualísimas en la lucha y convivencia de unas con otras.

El equilibrio europeo obliga a pensar en que germanismo y mediterranismo, perdidas sus cualidades diferenciales, sus limitaciones, aspiran a fundirse en una unidad superior. Por lo pronto, es ésta imposible. Una nueva cultura más amplia y más enérgica que sea verdaderamente europea —algo que Nietzsche sospechaba cuando se refería a los bons européens— una cultura esencial, en que la peculiaridad de las razas y de los idiomas sirva de puro material, de abono y de fermento, sólo puede originarse dentro de la atmósfera de una nueva economía. El socialismo internacional a pesar de ser en sus mayores porciones un movimiento materialista, empujado por una ideología estomacal, aspira a hacer posible un nuevo tipo humano, un hombre nuevo, y para ello prepara nuevas constituciones económicas. Pero su acción es muy lenta.

Hay, en cambio, un lugar, nada menos que un continente, donde el problema del hombre futuro, de la nueva cultura, es perentorio, y de la región sutil de la teoría desciende a cuestión política, casi palpable. Me refiero a América. Esa Europa mejor a que aspiramos no puede ser, por lo pronto, sino en América. La viceversa es también verdad: América no puede ser sino una Europa mejor.

Es curioso que la doctrina de Monroe, indiscutible como norma de las discusiones diplomáticas, no tiene sentido dentro de la historia universal, y es la contradicción patente de los destinos americanos. Yo he de hablar con lealtad siempre a mis lectores, y no creo que sea la misión del publicista ocultar su opinión. Pues bien, francamente, si América ha de ser para los americanos, no merecía que ese nuevo mundo se llamara nuevo mundo y ocupara tanto espacio en nuestros ensueños de porvenir. Para esa afirmación del nacionalismo étnico bastaban ya los seniles pueblos del antiguo continente, China e Inglaterra, Francia y Alemania.

Mas América, muy especialmente Centro y Sud-América, es para nuestra vieja y melancólica sensibilidad metropolitana un enérgico canto de vida y esperanza, como canta Rubén Darío, el indio divino. «Tú eres mi mejor yo» —dice a su amada en un soneto el poeta Shelley: «Tú eres mi mejor yo» piensa Europa de América, cuando se reconcentra en sí misma allá en las meditaciones de alguno de sus filósofos o historiadores.

¡Argentina! ¡De los Andes al Atlántico, una inmensa matriz en que se concibe el hombre nuevo! Ni francés, ni italiano, ni español, ni alemán, será este hombre nuevo, sino todos ellos a la vez, es decir, lo mejor de cada uno, lo esencial de las razas europeas, lo europeo. Lo europeo es un ideal, una esperanza y un proyecto que por vez primera se levantó en los corazones de unos hombres habitantes de las costas del Mar Egeo: los clásicos, los griegos. Y este sueño ha rodado durante veinticinco siglos entre los Urales y Finisterre, se ha perdido cien veces y se ha vuelto a encontrar, y cada vez que de nuevo aparecía sentían los hombres un renacimiento. No se olvide: siempre que la historia ha hecho soplar el viento de las costas del Mar Egeo, las razas de Occidente quedaban encintas como yeguas de la Camarga que fecunda el Mistral.

El sueño se ha ido completando, madureciendo, purificando; casi diría que ya es perfecto. Sólo falta la posibilidad externa de que se realice.

La posibilidad de lo europeo es lo americano. ¿Hasta que punto se haya vivaz en América la conciencia de su suprema misión cultural? —nos preguntamos a menudo. ¿Cómo trata América el problema de esos millones de emigrantes que acuden de los cuatro puntos cardinales, de todas las razas, de todas las regiones, a guisa de polen innumerable atraído por el inmenso útero virgen? ¿Se entregará ella también a los mitos vetustos, a las supersticiones del antiguo continente, aceptará el fantasma de la Fatalidad, renunciará a granizar las bases económicas de su vida de una manera libre, voluntaria, conforme a su misión histórica? Y, sobre todo: ¿hace cuanto es dable hacer para que esa población heterogénea se eleve a una unidad espiritual, dentro de la cual el nuevo choque de razas que en ella va a verificarse sea aprovechable para el progreso universal?

Recientemente he leído un libro de Wells —El porvenir de América— donde el autor declara que los Estados Unidos se han desviado gravemente de la línea que les marcaba la continuidad de la cultura. Son sus palabras amargas y contundentes. Los norteamericanos se han dejado arrebatar por su propia economía, son esclavos de ella como los pueblos de Europa. ¡Cuán lejano parece el sueño de Walt Whitman, el sueño que soñó para América!

Largo sería entrar en la discusión de todos estos puntos. Mas yo me contentaría con que estos párrafos hubieran aguzado la sensibilidad de algunos lectores para este problema magno: ¿cómo es posible reducir las razas heterogéneas a un denominador común? ¿Cómo es posible un esfuerzo homogéneo, «profundamente homogéneo», cómo es posible la alta cultura en América?

A los ojos salta la necesidad de superar las formas diferenciales que constituyen las culturas particulares, francesa, italiana, española, alemana, salvarse de esta confusión de pretensiones análogas y fijar con inequívoca formula la cultura esencial, la única cultura verdadera.

It is necessary that in our relations with the past and with the future, with that which, remembered, enamors us and with that other which we barely glimpse and which under the name of Ideal disquiets us and drags us along —as Cervantes says the earthly Sancho was carried by the fugitive ardor of his master— we take a firm position. There has again seized hold in these years of our civilized world a disquiet and nervous titillation, a cosmic discontent and a lack of appetites and of energy that ought seriously to concern us. Like Heine, the earth smells to us of withered violets. The lack of interest that the European life of these years offers makes our souls load themselves with memories or hopes, and our hearts, like the countenance of the blind, orient themselves toward where it seems to us a little luminosity pours forth. We have lost contact with actuality, and the past and the future dispute among themselves to impose upon us each its own hegemony. And there are spirits that go bowed under the weight of remembrances, and others excessively weightless, with great utopian wings, that cannot alight upon the earth because they are less heavy than the ambient and actual air. In politics, in literature, in philosophy, there are conservatives and archaizers on one side, illusionists and utopists on the other: almost completely lacking are the men compenetrated with the present, the actual men who live their hour plenarily, in it infuse and dissolve themselves without nostalgia or disgust, preparing the future from the present. We traverse a dead calm of history, a dead point.

However much we exalt ourselves artificially, we cannot fail to perceive the fearsome mediocrity of present-day Europe. France confesses its own. Italy does not speak very loud so as not to make it manifest. England moves the rumor of its parliamentary struggles, in order to quiet its own conscience that asks it sarcastically whether mister Shaw and «pragmatism» are enough to justify the existence of a people of forty-six million inhabitants. Germany itself, still strong and manifold, recognizes that it no longer counts on great men; it can still offer the methods of work created by the genial brains of the fathers and grandfathers; it is still the only country that counts on some reserves of attention, of integrity, and of idealism. But they are only reserves. I have said that it is actuality, but not that it is the future.

I see the cause of this mediocrity in the fact that the European spiritual equilibrium approaches, has almost already been fulfilled. The souls of the races, rubbing against one another in a rough manner, strike mutually sparks from each other, so to speak, and those sparks are the splendors of history. Thus it has always happened: every great culture was born from the clash with other cultures also new and aspiring. Thus Greece, the miracle of Greece, is produced in the clash of the three Hellenic races: the men of Athens, the Doric men, and the Asiatic Ionians. Without antagonism, says Kant, there is no progress.

Now then: the two European powers —Germanism and Mediterraneanism— advance fatally toward a compromise, toward a leveling. And this leveling is the European equilibrium, which is European mediocrity.

VII

AMERICA, A BETTER EUROPE

There is no longer true emulation among the European races, because the economic form within which they live prevents it. Capitalism is characterized by the uniformity and monotony of its regime. It is the empire of money, which is arithmetic, hieratic arithmetic, identical in Seville and in London. The cultural leveling of Europe will last as long as the capitalist form of the economy lasts. Meanwhile, the races will not be able to manifest their most individual energies in the struggle and coexistence of one with another.

The European equilibrium obliges one to think that Germanism and Mediterraneanism, having lost their differential qualities, their limitations, aspire to fuse in a superior unity. For the present, this is impossible. A new culture, ampler and more energetic, that is truly European —something Nietzsche suspected when he referred to the bons européens— an essential culture, in which the peculiarity of the races and of the idioms serves as pure material, as fertilizer and ferment, can only originate within the atmosphere of a new economy. International socialism, despite being in its greater portions a materialist movement, pushed by a stomachal ideology, aspires to make possible a new human type, a new man, and for this prepares new economic constitutions. But its action is very slow.

There is, on the other hand, a place, nothing less than a continent, where the problem of the future man, of the new culture, is peremptory, and from the subtle region of theory descends to a political question, almost palpable. I refer to America. That better Europe to which we aspire cannot be, for the present, except in America. The vice versa is also true: America cannot be but a better Europe.

It is curious that the Monroe doctrine, indisputable as a norm of diplomatic discussions, has no sense within universal history, and is the patent contradiction of the American destinies. I must always speak with loyalty to my readers, and I do not believe that it is the publicist’s mission to hide his opinion. Well then, frankly, if America is to be for the Americans, it did not deserve that that new world should be called new world and occupy so much space in our dreams of the future. For that affirmation of ethnic nationalism the senile peoples of the old continent sufficed already, China and England, France and Germany.

But America, very especially Central and South America, is for our old and melancholy metropolitan sensibility an energetic song of life and hope, as Rubén Darío, the divine Indian, sings. «Thou art my better self» —the poet Shelley says to his beloved in a sonnet: «Thou art my better self» thinks Europe of America, when it concentrates itself in itself yonder in the meditations of one of its philosophers or historians.

Argentina! From the Andes to the Atlantic, an immense matrix in which the new man is conceived! Neither French, nor Italian, nor Spanish, nor German, will this new man be, but all of them at once, that is, the best of each one, the essential of the European races, the European. The European is an ideal, a hope, and a project that for the first time rose in the hearts of some men inhabiting the shores of the Aegean Sea: the classics, the Greeks. And this dream has rolled during twenty-five centuries between the Urals and Finisterre, has been lost a hundred times and has been found again, and each time it reappeared men felt a renascence. Let it not be forgotten: whenever history has made the wind blow from the shores of the Aegean Sea, the races of the West remained pregnant like mares of the Camargue that the Mistral fecundates.

The dream has gone on completing itself, maturing, purifying; I would almost say it is already perfect. Only the external possibility of its being realized is lacking.

The possibility of the European is the American. To what point the consciousness of its supreme cultural mission is vivacious in America? —we ask ourselves often. How does America treat the problem of those millions of emigrants who flock from the four cardinal points, from all races, from all regions, in the manner of innumerable pollen attracted by the immense virgin uterus? Will it surrender itself also to the ancient myths, to the superstitions of the old continent, will it accept the phantom of Fatality, will it renounce to guarantee the economic bases of its life in a free, voluntary manner, conformable to its historical mission? And, above all: does it do all that can be done so that that heterogeneous population may raise itself to a spiritual unity, within which the new clash of races that is about to take place in it may be turned to account for universal progress?

Recently I have read a book of Wells —The Future of America— where the author declares that the United States have gravely deviated from the line that the continuity of culture marked for them. His words are bitter and contundent. The North Americans have let themselves be carried off by their own economy; they are slaves of it like the peoples of Europe. How far away the dream of Walt Whitman seems, the dream he dreamed for America!

Long it would be to enter into the discussion of all these points. But I should content myself that these paragraphs had sharpened the sensitivity of some readers for this great problem: how is it possible to reduce the heterogeneous races to a common denominator? How is a homogeneous effort possible, «profoundly homogeneous», how is high culture possible in America?

To the eyes leaps the necessity of surmounting the differential forms that constitute the particular cultures, French, Italian, Spanish, German, of saving oneself from this confusion of analogous pretensions and fixing with univocal formula the essential culture, the only true culture.

È necessario che nelle nostre relazioni col passato e con l’avvenire, con ciò che, ricordato, ci innamora e con quell’altro che appena intravediamo e che sotto il nome di Ideale ci inquieta e ci trascina a rimorchio —come dice Cervantes che era il terreno Sancio portato dall’ardore fuggitivo del suo signore— prendiamo una posizione ferma. È tornato a impadronirsi in questi anni del nostro mondo civilizzato un’inquietudine e una nervosa titillazione, uno scontento cosmico e una mancanza di appetiti e di energia che deve preoccuparci seriamente. Come a Heine, la terra ci odora di viole appassite. La mancanza di interesse che offre la vita europea di questi anni fa sì che le nostre anime si carichino di ricordi o di speranze, e i nostri cuori, come il volto dei ciechi, si orientino verso dove ci pare che si riversi un po’ di luminosità. Abbiamo perduto il contatto con l’attualità, e il passato e il futuro disputano tra loro per imporre su di noi ciascuno la propria egemonia. E ci sono spiriti che vanno curvi sotto la pesantezza delle rimembranze, e altri eccessivamente leggeri, con grandi ali utopiche, che non possono posarsi sulla terra perché sono meno pesanti dell’aria ambiente e attuale. In politica, in letteratura, in filosofia, ci sono conservatori e arcaizzanti da un lato, illusi e utopisti dall’altro: mancano quasi del tutto gli uomini compenetrati col presente, gli uomini attuali che vivono pienamente la loro ora, in essa si infondono e si dissolvono senza nostalgia né schifi, preparando l’avvenire dal presente. Attraversiamo una bonaccia della storia, un punto morto.

Per quanto ci esaltiamo artificialmente, non possiamo smettere di percepire la paurosa mediocrità dell’Europa attuale. La Francia confessa la propria. L’Italia non parla molto alto per non renderla patente. L’Inghilterra muove il rumore delle sue lotte parlamentari, al fine di tacere la propria coscienza che le domanda sarcasticamente se mister Shaw e il «pragmatismo» siano abbastanza per giustificare l’esistenza di un popolo di quarantasei milioni di abitanti. La Germania stessa, ancora forte e molteplice, riconosce che non conta più con grandi uomini; può ancora offrire i metodi di lavoro creati dai cervelli geniali dei padri e dei nonni, è ancora l’unico paese che conta con alcune riserve di attenzione, di intierezza e di idealismo. Ma sono solo riserve. Ho detto che è l’attualità, ma non che sia l’avvenire.

Io vedo la causa di questa mediocrità nel fatto che si approssima, quasi si è già compiuto, l’equilibrio spirituale europeo. Le anime delle razze, sfregandosi le une con le altre in maniera rude, si cavano mutuamente scintille, diciamolo così, e quelle scintille sono gli splendori della storia. Così è accaduto sempre: ogni grande cultura nacque dall’urto con altre culture anch’esse nuove e aspiranti. Così la Grecia, il miracolo della Grecia, si produce nell’urto delle tre razze elleniche: gli uomini di Atene, gli uomini dorici e i ioni asiatici. Senza antagonismo, dice Kant, non c’è progresso.

Ora: i due poteri europei —germanismo e mediterraneismo— avanzano fatalmente verso un compromesso, verso una livellazione. E questa livellazione è l’equilibrio europeo, che è la mediocrità europea.

VII

L’AMERICA, UN’EUROPA MIGLIORE

Non c’è più vera emulazione tra le razze europee, perché la forma economica entro cui vivono lo impedisce. Il capitalismo si caratterizza per l’uniformità e la monotonia del suo regime. È lui l’impero del denaro, il quale è aritmetica, ieratica aritmetica, identica a Siviglia e a Londra. La livellazione culturale dell’Europa durerà quanto durerà la forma capitalistica dell’economia. Nel frattempo, le razze non potranno manifestare le loro individualissime energie nella lotta e convivenza le une con le altre.

L’equilibrio europeo obbliga a pensare che germanismo e mediterraneismo, perdute le loro qualità differenziali, le loro limitazioni, aspirino a fondersi in un’unità superiore. Per ora, questa è impossibile. Una nuova cultura più ampia e più energica che sia veramente europea —qualcosa che Nietzsche sospettava quando si riferiva ai bons européens— una cultura essenziale, in cui la peculiarità delle razze e delle lingue serva di puro materiale, di concime e di fermento, solo può originarsi entro l’atmosfera di una nuova economia. Il socialismo internazionale, a dispetto di essere nelle sue maggiori porzioni un movimento materialista, spinto da un’ideologia stomacale, aspira a rendere possibile un nuovo tipo umano, un uomo nuovo, e per questo prepara nuove costituzioni economiche. Ma la sua azione è molto lenta.

C’è, invece, un luogo, niente meno che un continente, dove il problema dell’uomo futuro, della nuova cultura, è perentorio, e dalla regione sottile della teoria discende a questione politica, quasi palpabile. Mi riferisco all’America. Quell’Europa migliore a cui aspiriamo non può essere, per ora, se non in America. Il viceversa è anche vero: l’America non può essere se non un’Europa migliore.

È curioso che la dottrina di Monroe, indiscutibile come norma delle discussioni diplomatiche, non abbia senso dentro la storia universale, ed è la contraddizione patente dei destini americani. Io devo parlare con lealtà sempre ai miei lettori, e non credo che sia la missione del pubblicista nascondere la sua opinione. Ebbene, francamente, se l’America deve essere per gli americani, non meritava che quel nuovo mondo si chiamasse nuovo mondo e occupasse tanto spazio nei nostri sogni di avvenire. Per quella affermazione del nazionalismo etnico bastavano già i senili popoli dell’antico continente, la Cina e l’Inghilterra, la Francia e la Germania.

Ma l’America, molto specialmente l’America Centrale e del Sud, è per la nostra vecchia e malinconica sensibilità metropolitana un energico canto di vita e speranza, come canta Rubén Darío, l’indio divino. «Tu sei il mio io migliore» —dice alla sua amata in un sonetto il poeta Shelley: «Tu sei il mio io migliore» pensa l’Europa dell’America, quando si riconcentra in se stessa laggiù nelle meditazioni di qualcuno dei suoi filosofi o storici.

Argentina! Dagli Ande all’Atlantico, un’immensa matrice in cui si concepisce l’uomo nuovo! Né francese, né italiano, né spagnolo, né tedesco, sarà questo uomo nuovo, ma tutti loro a una volta, cioè il meglio di ciascuno, l’essenziale delle razze europee, l’europeo. L’europeo è un ideale, una speranza e un progetto che per la prima volta si levò nei cuori di alcuni uomini abitanti delle coste del Mar Egeo: i classici, i greci. E questo sogno ha rotolato durante venticinque secoli tra gli Urali e Finisterre, si è perduto cento volte e si è tornato a trovare, e ogni volta che di nuovo appariva gli uomini sentivano una rinascita. Non si dimentichi: ogni volta che la storia ha fatto soffiare il vento dalle coste del Mar Egeo, le razze d’Occidente restavano gravide come cavalle della Camarga che feconda il Mistral.

Il sogno se n’è andato completandosi, maturando, purificandosi; quasi direi che è già perfetto. Manca solo la possibilità esterna che si realizzi.

La possibilità dell’europeo è l’americano. Fino a che punto sia vivace in America la coscienza della sua suprema missione culturale? —ci domandiamo spesso. Come tratta l’America il problema di quei milioni di emigranti che accorrono dai quattro punti cardinali, di tutte le razze, di tutte le regioni, a guisa di polline innumerevole attratto dall’immenso utero vergine? Si consegnerà anch’essa ai miti vetusti, alle superstizioni dell’antico continente, accetterà il fantasma della Fatalità, rinuncerà a garantire le basi economiche della sua vita in maniera libera, volontaria, conforme alla sua missione storica? E, soprattutto: fa quanto è possibile fare perché quella popolazione eterogenea si elevi a un’unità spirituale, dentro la quale il nuovo urto di razze che in essa sta per verificarsi sia sfruttabile per il progresso universale?

Recentemente ho letto un libro di Wells —L’avvenire dell’America— dove l’autore dichiara che gli Stati Uniti si sono deviati gravemente dalla linea che loro segnava la continuità della cultura. Sono sue parole amare e contundenti. I nordamericani si sono lasciati rapire dalla propria economia, sono schiavi di essa come i popoli d’Europa. Quanto lontano sembra il sogno di Walt Whitman, il sogno che sognò per l’America!

Lungo sarebbe entrare nella discussione di tutti questi punti. Ma io mi contenterei che questi paragrafi avessero aguzzato la sensibilità di alcuni lettori per questo problema magno: come è possibile ridurre le razze eterogenee a un denominatore comune? Come è possibile uno sforzo omogeneo, «profondamente omogeneo», come è possibile l’alta cultura in America?

Agli occhi salta la necessità di superare le forme differenziali che costituiscono le culture particolari, francese, italiana, spagnola, tedesca, salvarsi da questa confusione di pretese analoghe e fissare con inequivoca formula la cultura essenziale, l’unica cultura vera.

Ahora bien, esa cultura esencial que atraviesa todas las variaciones históricas y las trasciende inmortal, se mostró una vez casi en su pureza, relativamente exenta de exterioridades ornamentales, de superfetaciones y desviaciones. Fue aquella hora en que nació, fue en su momento original: Grecia.

Sólo ha habido en el mundo una cultura clásica, por la sencilla razón de que hay sólo una cultura verdadera —una sola aritmética, una sola física, una sola lógica, una sola ética— y ésta, evidentemente, nació sólo una vez. Sólo Grecia no es un pasado: Demócrito y Platón, Esquilo y Aristófanes, Euclides y Arquímedes, viven hoy, son tan actuales y presentes como en su edad.

Eternamente serán esas figuras incomparables remedio a las naciones caducas, y en cuanto a las naciones nuevas que se disponen a continuar los afanes del progreso, que intentan prolongar y ampliar y mejorar la humanidad, sólo ese sendero del helenismo las puede conducir a la historia universal, que es, ni más ni menos, la historia de la cultura.

Cierto, para echar una cuenta no es menester saber griego. El negociante, el industrial, el banquero, pueden, sin duda, desentenderse del clasicismo y cubrir, no obstante, sus libros con números y fórmulas que inventaron los pitagóricos. Mas a la par los obreros que incendian una fábrica o arruinan una industria con la huelga y el sabotage tampoco saben que el instinto feroz que los impele —el socialismo— fue descubierto por hombres que aprendieron la idea de justicia en los libros de Platón.

Mientras en Francia corrigen sus cuartillas los periodistas, según la pauta de Cicerón, preparen los argentinos una minoría intelectual mediante las clásicas sustancias helénicas. Y entonces se verá quién vende más libros y quién se queja menos.

La Prensa, 19 de septiembre de 1911

Now then, that essential culture which traverses all the historical variations and transcends them immortal, showed itself once almost in its purity, relatively exempt from ornamental exteriorities, from superfetations and deviations. It was that hour in which it was born, it was in its original moment: Greece.

There has been only one classical culture in the world, for the simple reason that there is only one true culture —a single arithmetic, a single physics, a single logic, a single ethics— and this, evidently, was born only once. Only Greece is not a past: Democritus and Plato, Aeschylus and Aristophanes, Euclid and Archimedes, live today, are as actual and present as in their age.

Eternally will those incomparable figures be a remedy for the caducous nations, and as for the new nations that prepare themselves to continue the endeavors of progress, that attempt to prolong and amplify and improve humanity, only that path of Hellenism can lead them to universal history, which is, neither more nor less, the history of culture.

True, to cast an account it is not necessary to know Greek. The merchant, the industrialist, the banker can, without doubt, disengage themselves from classicism and cover, nevertheless, their books with numbers and formulas that the Pythagoreans invented. But at the same time the workers who set fire to a factory or ruin an industry with the strike and sabotage do not know either that the ferocious instinct that impels them —socialism— was discovered by men who learned the idea of justice in the books of Plato.

While in France the journalists correct their pages according to the pattern of Cicero, let the Argentines prepare an intellectual minority by means of the classical Hellenic substances. And then it will be seen who sells more books and who complains less.

La Prensa, 19 September 1911

Ora, quella cultura essenziale che attraversa tutte le variazioni storiche e le trascende immortale, si mostrò una volta quasi nella sua purezza, relativamente esente da esteriorità ornamentali, da superfetazioni e deviazioni. Fu quell’ora in cui nacque, fu nel suo momento originale: la Grecia.

C’è stata solo una cultura classica nel mondo, per la semplice ragione che c’è una sola cultura vera —una sola aritmetica, una sola fisica, una sola logica, una sola etica— e questa, evidentemente, nacque una volta sola. Solo la Grecia non è un passato: Democrito e Platone, Eschilo e Aristofane, Euclide e Archimede, vivono oggi, sono tanto attuali e presenti come nella loro età.

Eternamente saranno quelle figure incomparabili rimedio alle nazioni caduche, e quanto alle nazioni nuove che si dispongono a continuare le fatiche del progresso, che tentano di prolungare e ampliare e migliorare l’umanità, solo quel sentiero dell’ellenismo può condurle alla storia universale, che è, né più né meno, la storia della cultura.

Certo, per fare un conto non è necessario sapere il greco. Il negoziante, l’industriale, il banchiere possono, senza dubbio, disinteressarsi del classicismo e coprire, nondimeno, i loro libri con numeri e formule che inventarono i pitagorici. Ma al contempo gli operai che incendiano una fabbrica o rovinano un’industria con lo sciopero e il sabotaggio non sanno nemmeno che l’istinto feroce che li spinge —il socialismo— fu scoperto da uomini che appresero l’idea di giustizia nei libri di Platone.

Mentre in Francia i giornalisti correggono le loro cartelle secondo il modello di Cicerone, preparino gli argentini una minoranza intellettuale mediante le classiche sostanze elleniche. E allora si vedrà chi vende più libri e chi si lamenta meno.

La Prensa, 19 settembre 1911