Abstract
When we see a man’s body, do we see a body or a man? It distinguishes two species of body, mineral and flesh: the mineral is all exteriority, whereas the inside of flesh never becomes outside even when cut, being by essence intimacy, that is, life—a hidden reality because non-spatial. Hence the problem of how we perceive our fellow man.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Cuando vemos el cuerpo de un hombre, ¿vemos un cuerpo o vemos un hombre? Porque el hombre que decimos ver no es sólo un cuerpo, sino tras un cuerpo, un alma, espíritu, psique, yo, conciencia, persona, o como se quiera denominar esa porción del hombre que es ajena al espacio, que es idea, sentimiento, volición, memoria, imagen, sensación, instinto. Dicho de otra manera: ¿el cuerpo humano es por su aspecto cuerpo en el mismo concepto en que lo es un mineral? No se trata ahora de si la química puede o no reducir a los mismos elementos últimos un organismo humano y un mineral, sino de si el «aspecto» del uno se puede reducir a los mismos componentes que el «aspecto» del otro.
La ciencia de los «aspectos» de las cosas, de sus fisonomías, está mucho más retrasada que la ciencia de las cosas mismas. La razón de ello es obvia. El aspecto nos sirve de signo o dato para advertir la presencia de la cosa, y como es esta misma la que utilitariamente nos importa más, vamos a ella por el camino más corto, desatendiendo su aspecto una vez aprovechada la función designante que ejerce.
La forma humana como el mineral pertenecen al género «cuerpo»; una y otro ocupan espacio, tienen figura y color, son, en suma, visibles. Sin embargo, se diferencian como una especie de otra. Hay, en efecto, dos especies de cuerpo: el mineral y la carne. Podrán, en última instancia analítica, ser lo mismo, pero como fenómenos o aspectos son esencialmente diversos. El aspecto carnal es peculiarísimo e inconfundible. Note cada cual su diferente actitud ante la piedra o el gas, y ante algo que presenta esa característica facies de la carne.
Mas ¿en qué consiste su diferencia? Ni por su color ni por su figura se diferencian esencialmente: lo visible en ellos es igual, si lo miramos desde el punto de vista rigoroso. La diferente actitud nuestra ante la carne y ante el mineral estriba en que, al ver carne prevemos algo más que lo que vemos; la carne se nos presenta, desde luego, como exteriorización de algo, por esencia, interno. El mineral es todo exterioridad: su «dentro» es un «dentro» relativo; lo rompemos o desmenuzamos, y lo que era porción interior se hace externa, patente, superficial. Cabría decir que un cuerpo inorgánico se compone de infinitas superficies conglomeradas. Mas lo interno de la carne no llega nunca por sí mismo, aunque la tajemos, a hacerse externo: es radical, absolutamente interior. Es, por esencia, intimidad. Esa intimidad solemos llamar vida. A diferencia de todas las demás realidades del Universo, la vida es irremediable y constitutivamente una realidad oculta, un arcano, un secreto. La causa de esta consubstancial latencia y como recato metafísico de la vida es sencillamente su carácter inespacial. Podía definirse el espacio como la posibilidad de la exteriorización. Kant lo definía como la posibilidad del «estar junto», de la coexistencia. Pero estar dos cosas juntas —por ejemplo— dos puntos, es estar uno fuera de otro, es ser exterior, forastero uno a otro. Claro es que esta mutua externidad de los elementos del espacio encierra también un misterio: la continuidad. Entre dos puntos hay «ocultos» infinitos puntos, pero esta porción latente del espacio puede ser puesta de manifiesto hasta el infinito y, además, no se diferencia en nada de la porción ya patente. Sólo en la carne hay una intimidad absoluta y heterogénea a toda externidad. Sólo la carne y no el mineral posee un verdadero «dentro», un intus.
En el caso del hombre esta intimidad de lo vital se potencia, enriquece y complica, porque en él la vida aparece en sus formas más delicadas de alma y espíritu. El hombre exterior está habitado por un hombre interior. Tras del cuerpo se embosca la psique.
El aspecto de la carne humana plantea uno de los más azorosos problemas de psicología: ¿cómo percibimos al prójimo? El año pasado me ocupé del asunto en La Nación, apuntando más bien la agudeza del tema que desarrollando su posible solución. Ni cabe resolverlo aisladamente. Sería preciso ampliarlo sobremanera y preguntarse: ¿cómo percibimos en toda carne eso que llamamos «vitalidad»? Se trata de un fenómeno primario y vastísimo. Los que en el caso de la percepción del prójimo, como en este más general de percibir lo viviente como tal, suponen que no vemos primariamente sino un cuerpo, es decir, un mineral: y luego, por tales o cuales asociaciones de experiencia insuflamos, no se sabe cómo, nuestra intimidad en él, cometen un grave error. El fenómeno más antiguo e inicial en el hombre —en la especie (hombre primitivo) como en el individuo (el niño)— es precisamente el inverso. Primero percibimos todo como viviente —el niño golpea enojado la mesa contra la cual se ha hecho daño— y sólo luego conseguimos, en algunos casos, abstraer de la intimidad que percibimos para ver ante nosotros esa objetividad deshabitada del mineral y del mundo inorgánico todo. Pero, aun en este caso, nuestra abstracción —base de la física— no es completa. En efecto, si pensamos en la totalidad del cosmos material y, como Kant decía, miramos las estrellas sobre nosotros, creemos ver en ella latente un poder oculto y su existencia se nos presenta como el término de un gesto creador, del mismo modo que al divisar la curva trayectoria de una piedra por el aire buscamos en torno el brazo que la ha lanzado. Y son inútiles todas las reflexiones a que el prudente agnosticismo nos invita, y es indiferente que nuestra cautela científica nos proponga eludir la idea tradicional de un Dios creador: el fenómeno se produce idénticamente, siempre fresco y eficaz, constituyendo, sin duda, un hecho primario que eternamente moverá a plantear ciertos problemas metafísicos.
Pero dejemos esta cuestión de nuestro contacto misterioso con la vida latente en el cuerpo extraño y con el alma oculta en el cuerpo del prójimo, tema último que lleva sobre sus hombros toda la sociología. Si nos atenemos a los hechos y evitamos deformarlos con teorías preconcebidas está fuera de duda que no vemos nunca el cuerpo del hombre como simple cuerpo, sino siempre como carne, es decir, como una forma espacial cargada, casi eléctricamente, de alusiones a una intimidad. En el mineral nuestra percepción descansa y termina en lo que de él es visible: en el cuerpo humano, por el contrario, la figura visible no es un término donde concluye nuestra percepción, sino que nos lanza hacia un más allá que ella representa.
Los minerales son cuerpos que no representan otra cosa: por eso nos basta con mirarlos. El cuerpo humano tiene, en cambio, la función de representar un alma: por eso mirarlo importa, entenderlo, interpretarlo. El cuerpo humano es lo que es y, «además», significa lo que él no es —un psique. La carne del hombre manifiesta algo latente, designa alma, tiene significación, expresa un sentido. Los griegos a lo que tiene sentido llamaron logos, vocablo que los latinos vertieron en el suyo verbo. Pues bien, en el cuerpo del hombre el verbo se hace carne —en rigor, toda carne encarna un verbo, un sentido. La carne es jeroglífico.
Nuestra actitud espontánea ante una forma de hombre no es la de un físico, sino la de un descifrador de jeroglíficos. Tendríamos que hacer una violenta abstracción para amputar a la carne presente su carácter de representante de un alma para quedarnos con el mero cuerpo físico-químico y conseguir mineralizar al prójimo.
Merced a la carne humana, y sobre todo a sus gestos, nos hemos olvidado por completo que en el Universo existe la expresión, que la expresión es un fenómeno cósmico, último e irreductible a todo otro. Pero no es sólo el gesto lo expresivo, sino la forma misma del ser vivo y todos sus actos, todo el animal, ¡quién sabe si toda la naturaleza!
Cuatro siglos de cultivar intensivamente la abstracción mecanicista han embotado sobremanera nuestra conciencia de este cósmico hecho: la expresión. Y han logrado que nos parezca más ilusoria de lo que es en verdad una posición ante el mundo como la que Novalis llamaba «idealismo mágico». «Todo lo que percibimos es una notificación. Así el Universo es en realidad una comunicación, una manifestación del espíritu. Pasó el tiempo en que el espíritu de Dios era comprensible y el concepto de mundo se ha perdido. Nos hemos quedado sólo con la letra y la apariencia nos ha hecho olvidar lo que aparece. En otro tiempo era todo aparición del espíritu, hoy percibimos sólo muertos reflejos que no logramos entender. Falta la idea del jeroglífico y vivimos aún del fruto de épocas mejores».
Sólo monsieur Homais sigue aún creyendo que la física es una representación adecuada del mundo. En cambio, los grandes físicos de nuestros días, llevando a madurez la gran idea de Kant, saben que la teoría física es una pura construcción cuyo contenido no tiene nada que ver con la realidad cósmica. Lo que el concepto físico piensa no pretende tener homogeneidad ninguna con lo real: se contenta con ser congruente como lo son dos palabras de dos idiomas que se refieren a la misma idea. La física es, también, pura interpretación y transposición de lo real a un medio original: la ideología mecánica.
Queda, pues, siempre la posibilidad de retornar al fenómeno primario e interpretar la naturaleza desde su otra vertiente. Sólo así tendríamos una idea completa del cosmos: el mundo como movimiento y como gesticulación, como física y como fisiognómica. Aquélla serviría para la técnica, ésta para el trato vital con las cosas.
Hay formas que además de su estructura geométrica poseen ese peculiar aspecto de la intencionalidad. Al verlas sospechamos infuso en ellas un sentido, una intención de algún ser dotado de intimidad. Atentamente mirada la naturaleza toda es como ese insecto que llaman Bostrychos typographus, el cual deja en el tronco de los árboles signos que parecen letras.
La Nación, 12 de julio de 1925