Ortega y Gasset

Abstract

A preface to two essays on Huizinga: it urges the study of history not as ornamental culture but because historical consciousness has become a radical necessity of life. As the modern age was the time of physical reason, the age now opening will be that of historical reason; the ancient world died of technical insufficiency, ours risks dying for want of moral techniques—and the human is the historical.

Connections

Assi: Tempo e morte, Senso della storia
Posizioni: storicità

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Los dos artículos siguientes vuelven a atraer la atención de los lectores que frecuentan esta Revista sobre la obra del holandés Huizinga. Hace algunos años procuré que nuestra casa editorial —tan menuda de tamaño y tan íntima de intenciones— diese al público español una versión de la primera grande obra de este autor: El Otoño de la Edad Media[61]. Poco después esta obra se hizo ilustre y fue traducida a todos los idiomas próceres. No era extraño, porque cabe decir que en sus páginas llega la historiografía contemporánea a una de sus cimas. Va para antiguo que en mis errabundos escritos, en las ediciones de la Revista de Occidente y en las de «Espasa-Calpe», doy al público los empellones que puedo para inducirle al estudio de la historia. ¿Por qué? ¿Acaso por un derrame de beatería cultural? ¿Porque el hombre «debe ser culto»? No: yo no creo que el hombre «deba» ser culto en el sentido próximo que a esta palabra se da y que lleva también cuando se dice que el hombre debe afeitarse todos los días. Estos «deberes» que lo son precisamente porque, en última instancia, podríamos prescindir de ellos y, no obstante, pervivir, que no forman parte imprescindible de la condición humana, sino que tan sólo la «mejoran», como unos arreos que se agregan y unos dijes lucidos que se cuelgan, no me han interesado nunca[62]. Si yo digo al lector que estudie historia, me mueve la convicción de que sólo la historia puede salvar al hombre de hoy, porque la conciencia histórica ha llegado a ser, por vez primera, una radical necesidad de nuestra vida. Por tanto, no una curiosidad ni una diversión ni un lujo, sino un sustancial menester. Como la llamada época moderna es el tiempo de la razón física, la etapa que ahora se inicia será la de la razón histórica. Esperémoslo cuando menos. De no serlo, nuestra civilización sucumbiría en una pavorosa y vertiginosa retrogradación. El mundo antiguo murió estrangulado por su insuficiencia en el dominio técnico de la naturaleza. La enorme mole del Imperio romano no podía sostenerse con medios tan toscos, por ejemplo, de locomoción. Mas aquella incapacidad en las técnicas materiales no era un azar. Procedía de que los pueblos mediterráneos no consiguieron elevarse hasta la razón física. Las iniciaciones de ésta en las cabezas claras de algunos griegos anteriores no prendieron ni se consolidaron. En tiempos de Cicerón, el hombre mediterráneo comenzaba ya a caer en franca estupidez delante de la naturaleza. Como es sabido, fue Posidonio, maestro de Cicerón, el último antiguo capaz de pensar por su cuenta ante los fenómenos cósmicos. Esta obnubilación de las mentes fue aprovechada, como un boquete, por las religiones orientales para inundar la humanidad de Occidente. Lo cual no es decir que la religión sea una estupidez. Es enunciar simplemente un hecho bien claro, pero que debiera ser más conocido: que antes de surgir el cristianismo los hombres se habían vuelto bastante estúpidos.

Hoy contamos con sobra de técnicas materiales, pero, en cambio, la enfermedad es de otra índole. Nuestra civilización corre un riesgo parecido al que volatilizó a la antigua —parecido y opuesto. Puede morir por falta de técnicas morales. Nuestros problemas no son físicos, sino de humanidades. Y lo humano es lo histórico. Vemos que se afrontan hoy los grandes conflictos colectivos con medios paleolíticos. Pero no olvidemos que los conflictos del hombre de Altamira eran también paleolíticos, es decir, problemas primerizos, de vida casi sin precedentes, sin un complejísimo pasado a la espalda. Mas ya el entender esto de verdad supone algunos atisbos de razón histórica, supone haber caído en la perogrullesca cuenta de que el presente consiste en el pasado, se compone del pasado, que las cosas que han pasado son los elementos de que se integra toda actualidad humana, como los átomos son los elementos de la materia. Ahora bien, en pueblos que tienen tras sí un larguísimo pretérito sin grandes soluciones de continuidad, la vida tiene por fuerza que ser muy difícil. No pueden vivir a la buena de Dios. La existencia humana, conforme acumula pasado, va, sin duda, progresando, pero, a la vez, se va enrareciendo, sutilizando.

Valga esto que en mayor desarrollo y con más luz va en un libro mío próximo a publicarse, como indicación de por qué pido a los lectores que estudien historia y por qué en esta Revista nos ocupamos nuevamente de Huizinga.

Yo no digo que El Otoño de la Edad Media o el Erasmo, de Huizinga, sean ya razón histórica. Más bien creo que no lo son. En otro libro de este autor también traducido, Sobre el estado actual de la ciencia histórica, puede verse cómo conserva un grave resto de ateísmo histórico que rezuma en sus investigaciones originales. Hace tiempo deseo someter a un análisis rigoroso la obra de Huizinga, porque su misma perfección permite precisar con toda claridad lo que a esta manera de investigar el pasado humano falta aún para ser verdaderamente historia, en el sentido que esta palabra puede tener cuando descubra la razón que lleva en su propio vientre. Pero este análisis supondría que el libro de Huizinga ha sido leído, de verdad leído, por un círculo algo amplio de lectores. Tal suposición sería errónea. El Otoño de la Edad Media no ha sido leído casi por nadie en nuestro país. Y esto me da pena… por los lectores.

Revista de Occidente, julio de 1935

The two following articles once again draw the attention of the readers who frequent this Review to the work of the Dutchman Huizinga. Some years ago I arranged that our publishing house —so small in size and so intimate in intentions— should give the Spanish public a version of the first great work of this author: The Autumn of the Middle Ages[61]. Shortly afterwards this work became famous and was translated into all the major languages. It was not strange, because it can be said that in its pages contemporary historiography reaches one of its summits. It is already a long time that, in my wandering writings, in the editions of the Revista de Occidente and in those of “Espasa-Calpe”, I give the public the pushes I can to induce it to the study of history. Why? Perhaps through an outpouring of cultural sanctimony? Because man “must be cultivated”? No: I do not believe that man “must” be cultivated in the proximate sense that is given to this word, and which it also carries when it is said that man must shave every day. These “duties” which are such precisely because, in the last instance, we could dispense with them and, nevertheless, survive, which do not form an indispensable part of the human condition, but only “improve” it, like trappings that are added and gleaming trinkets that are hung on, have never interested me[62]. If I tell the reader to study history, I am moved by the conviction that only history can save the man of today, because historical consciousness has come to be, for the first time, a radical necessity of our life. Therefore, not a curiosity nor a diversion nor a luxury, but a substantial need. Just as the so-called modern age is the time of physical reason, the stage that now begins will be that of historical reason. Let us hope so, at least. If not, our civilization would perish in a frightful and vertiginous retrogression. The ancient world died strangled by its insufficiency in the technical dominion of nature. The enormous mass of the Roman Empire could not be sustained with means so crude, for example, of locomotion. But that incapacity in the material techniques was not an accident. It proceeded from the fact that the Mediterranean peoples did not manage to raise themselves up to physical reason. The initiations of it in the clear heads of some earlier Greeks did not catch on nor consolidate. In the times of Cicero, Mediterranean man was already beginning to fall into open stupidity before nature. As is well known, it was Posidonius, master of Cicero, the last ancient capable of thinking for himself before cosmic phenomena. This obnubilation of minds was taken advantage of, as a breach, by the Oriental religions to inundate the humanity of the West. Which is not to say that religion is a stupidity. It is to state simply a very clear fact, but one that ought to be better known: that before Christianity arose men had become quite stupid.

Today we count on an abundance of material techniques, but, on the other hand, the disease is of another kind. Our civilization runs a risk similar to the one that volatilized the ancient —similar and opposite. It can die from lack of moral techniques. Our problems are not physical, but of the humanities. And the human is the historical. We see that today the great collective conflicts are confronted with palaeolithic means. But let us not forget that the conflicts of the man of Altamira were also palaeolithic, that is, first-born problems, of a life almost without precedents, without a highly complex past behind one. But already the truly understanding of this supposes some glimpses of historical reason, supposes having fallen into the truistic account that the present consists in the past, is composed of the past, that the things that have passed are the elements of which all human actuality is integrated, as the atoms are the elements of matter. Now, in peoples that have behind them a very long past without great solutions of continuity, life must of necessity be very difficult. They cannot live any which way. Human existence, as it accumulates past, goes, without doubt, progressing, but, at the same time, goes becoming rarefied, subtilized.

Let this serve, which in greater development and with more light goes in a book of mine about to be published, as an indication of why I ask readers to study history and why in this Review we occupy ourselves once again with Huizinga.

I do not say that The Autumn of the Middle Ages or the Erasmus, of Huizinga, are already historical reason. Rather I believe they are not. In another book of this author, also translated, On the Present State of Historical Science, one can see how he preserves a grave remnant of historical atheism that oozes in his original investigations. For a long time I have desired to subject Huizinga’s work to a rigorous analysis, because its very perfection allows one to specify with all clarity what this manner of investigating the human past still lacks in order to be truly history, in the sense that this word can have when it discovers the reason it carries in its own belly. But this analysis would presuppose that Huizinga’s book has been read, truly read, by a somewhat wide circle of readers. Such a presupposition would be erroneous. The Autumn of the Middle Ages has been read by hardly anyone in our country. And this pains me… for the readers.

Revista de Occidente, July 1935

I due articoli seguenti richiamano nuovamente l’attenzione dei lettori che frequentano questa Rivista sull’opera dell’olandese Huizinga. Alcuni anni fa procurai che la nostra casa editrice —così piccola di mole e così intima d’intenzioni— desse al pubblico spagnolo una versione della prima grande opera di questo autore: L’Autunno del Medioevo[61]. Poco dopo quest’opera si fece illustre e fu tradotta in tutte le lingue maggiori. Non era strano, perché si può dire che nelle sue pagine la storiografia contemporanea giunge a una delle sue vette. È già da tempo che nei miei scritti erratici, nelle edizioni della Revista de Occidente e in quelle di «Espasa-Calpe», do al pubblico le spinte che posso per indurlo allo studio della storia. Perché? Forse per uno slancio di bigottismo culturale? Perché l’uomo «deve essere colto»? No: io non credo che l’uomo «debba» essere colto nel senso prossimo che si dà a questa parola e che essa ha anche quando si dice che l’uomo deve radersi tutti i giorni. Questi «doveri» che lo sono precisamente perché, in ultima istanza, potremmo farne a meno e, nondimeno, sopravvivere, che non fanno parte imprescindibile della condizione umana, ma soltanto la «migliorano», come finimenti che si aggiungono e monili lucenti che si appendono, non mi hanno mai interessato[62]. Se io dico al lettore che studi la storia, mi muove la convinzione che solo la storia possa salvare l’uomo di oggi, perché la coscienza storica è giunta a essere, per la prima volta, una radicale necessità della nostra vita. Perciò, non una curiosità né un divertimento né un lusso, ma un sostanziale bisogno. Come la cosiddetta età moderna è il tempo della ragione fisica, la tappa che ora si inizia sarà quella della ragione storica. Speriamolo, quanto meno. Se non lo fosse, la nostra civiltà soccomberebbe in una paurosa e vertiginosa retrogradazione. Il mondo antico morì strangolato dalla sua insufficienza nel dominio tecnico della natura. L’enorme mole dell’Impero romano non poteva reggersi con mezzi tanto rozzi, per esempio, di locomozione. Ma quella incapacità nelle tecniche materiali non era un caso. Procedeva dal fatto che i popoli mediterranei non riuscirono a elevarsi fino alla ragione fisica. Le iniziazioni di questa nelle teste chiare di alcuni greci anteriori non presero né si consolidarono. Ai tempi di Cicerone, l’uomo mediterraneo cominciava già a cadere in franca stupidità dinanzi alla natura. Com’è noto, fu Posidonio, maestro di Cicerone, l’ultimo antico capace di pensare per conto proprio dinanzi ai fenomeni cosmici. Questa ottenebrazione delle menti fu sfruttata, come una breccia, dalle religioni orientali per inondare l’umanità d’Occidente. Il che non vuol dire che la religione sia una stupidità. È enunciare semplicemente un fatto ben chiaro, ma che dovrebbe essere più noto: che prima che sorgesse il cristianesimo gli uomini erano diventati piuttosto stupidi.

Oggi disponiamo di un’eccedenza di tecniche materiali, ma, invece, la malattia è di altra indole. La nostra civiltà corre un rischio simile a quello che volatilizzò l’antica —simile e opposto. Può morire per mancanza di tecniche morali. I nostri problemi non sono fisici, ma di umanità. E l’umano è lo storico. Vediamo che si affrontano oggi i grandi conflitti collettivi con mezzi paleolitici. Ma non dimentichiamo che i conflitti dell’uomo di Altamira erano anch’essi paleolitici, cioè problemi primordiali, di vita quasi senza precedenti, senza un complessissimo passato alle spalle. Ma già il comprendere questo davvero suppone alcuni scorci di ragione storica, suppone essere caduti nell’ovvia constatazione che il presente consiste nel passato, si compone del passato, che le cose che sono passate sono gli elementi di cui si integra ogni attualità umana, come gli atomi sono gli elementi della materia. Ora, in popoli che hanno alle spalle un lunghissimo passato senza grandi soluzioni di continuità, la vita deve per forza essere molto difficile. Non possono vivere alla ventura. L’esistenza umana, man mano che accumula passato, va, senza dubbio, progredendo, ma, a un tempo, va rarefacendosi, sottilizzandosi.

Valga questo, che in maggiore sviluppo e con più luce va in un mio libro prossimo a pubblicarsi, come indicazione del perché chiedo ai lettori che studino la storia e del perché in questa Rivista ci occupiamo nuovamente di Huizinga.

Io non dico che L’Autunno del Medioevo o l’Erasmo, di Huizinga, siano già ragione storica. Piuttosto credo che non lo siano. In un altro libro di questo autore, pure tradotto, Sullo stato attuale della scienza storica, si può vedere come conservi un grave residuo di ateismo storico che trasuda nelle sue ricerche originali. Da tempo desidero sottoporre a un’analisi rigorosa l’opera di Huizinga, perché la sua stessa perfezione permette di precisare con tutta chiarezza ciò che a questo modo di indagare il passato umano manca ancora per essere veramente storia, nel senso che questa parola può avere quando scopra la ragione che porta nel proprio ventre. Ma questa analisi supporrebbe che il libro di Huizinga sia stato letto, veramente letto, da un circolo alquanto ampio di lettori. Tale supposizione sarebbe erronea. L’Autunno del Medioevo non è stato letto quasi da nessuno nel nostro paese. E questo mi dispiace… per i lettori.

Revista de Occidente, luglio 1935