Ortega y Gasset

Abstract

The preface common to the series: against laments over a failed culture, a culture dies only by ceasing to produce new thoughts, and since 1900 there already exists a body of distinctively twentieth-century ideas sharing a style. It is followed by the special preface to Rickert, a ‘two-faced’ book, the occasion for judging neo-Kantianism a relative anachronism, like neo-Fichteanism and neo-Hegelianism.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

En los últimos años se oye por dondequiera un monótono treno sobre la cultura fracasada y concluida. Filisteos de todas las lenguas y todas las observancias se inclinan ficticiamente compungidos sobre el cadáver de esa cultura, que ellos no han engendrado ni nutrido. La guerra mundial, que no ha sido tan mundial como se dice, parece ser el síntoma y, al par, la causa de la defunción.

La verdad es que no se comprende cómo una guerra puede destruir la cultura. Lo más a que puede aspirar el bélico suceso es a suprimir las personas que la crean o transmiten. Pero la cultura misma queda siempre intacta de la espada y el plomo. Ni se sospecha de qué otro modo pueda sucumbir una cultura que no sea por propia detención, dejando de producir nuevos pensamientos y nuevas normas. Mientras la idea de ayer sea corregida por la idea de hoy, no podrá hablarse de fracaso cultural.

Y, en efecto, lejos de existir éste, acontece que, al menos la ciencia, experimenta en nuestros días un incomparable crecimiento de vitalidad. Desde 1900, coincidiendo peregrinamente con la fecha inicial del nuevo siglo, comienzan a elevarse sobre el horizonte intelectual pensamientos de nueva trayectoria. Esporádicamente, sin percibir su radical parentesco, aparecen en unas y otras ciencias teorías que se caracterizan por disentir de las dominantes en el siglo XIX y lograr su superación. Nadie, hasta ahora, se había fijado en que todas esas ideas que se hallan en su hora de oriente, a pesar de referirse a los asuntos más disparejos, poseen una fisonomía común, una rara y sugestiva unidad de estilo.

Desde hace tiempo sostengo en mis escritos que existe ya un organismo de ideas peculiares a este siglo XX que ahora pasa por nosotros. La ideología del siglo XIX, vista desde ese organismo, parece una pobre cosa tosca, maniática, imprecisa, inelegante y sin remedio periclitada.

Esto, que era en mis escritos poco más que una privada afirmación, podrá recibir ahora una prueba brillante con la Biblioteca de Ideas del siglo XX.

En ella reúno las obras más características del tiempo nuevo, donde principian su vida pensamientos antes no pensados. Desde la matemática a la estética y la historia, procurará esta colección mostrar el nuevo espíritu labrando su miel futura sobre toda la flora intelectual. Claro es que tratándose de una ideología en plena mocedad no podrá pedirse que existan ya tratados clásicos donde aparezca con una perfección sistemática. Es más, algunos de estos libros contienen, junto a las ideas de nuevo perfil, residuos de la antigua manera, y como las naves al ganar la ribera, mientras hincan ya la proa en la arena aún se hunde su timón en la marina.

1922

NOTA.—Este prólogo fue común a varios libros de la citada Biblioteca, los cuales llevaban, además, prólogos especiales, que son los siguientes, numerados del I al V.

I

A CIENCIA CULTURAL Y CIENCIA NATURAL, DE ENRIQUE RICKERT

Uno de estos libros bifrontes, medio siglo XIX, medio XX, es el presente del filósofo alemán Enrique Rickert, hoy uno de los más respetados maestros de Germania. Pertenece a la generación que se formó hacia 1880. Agotada la filosofía por el materialismo y el positivismo, que más bien que dos filosofías son dos maneras de ignorancia filosófica, perdió en aquel tiempo la mente europea la tradición escolar de esta ciencia. Fue, pues, necesario para recobrarla volver a la escuela; quiero decir, sumirse en los sistemas del más reciente clasicismo. Este fue el origen y el sentido del movimiento neokantiano, donde Rickert se enroló. Nada mejor podía hacerse en 1880 que adoptar a Kant. Pero, a la vez, esto quiere decir que no se podía hacer mucho. Cada época, si es de plenitud, necesita su propia, original filosofía. Como aquélla no lo fue, tuvo que contentarse con un relativo anacronismo, y renunciando a formular su sistema espontáneo, ensayó la restauración de viejas y ejemplares filosofías. Esto fueron el neokantiano, el neofichteanismo, el neohegelianismo. El arcaísmo de tales nombres no podía ser compensado por el neo, prefijo de juventud. Una meditación verdaderamente joven evita ser la Sunnamita de ningún decrépito David.

La filosofía de Rickert conserva su raíz anticuada, neokantiana y neofichteana; pero es lo interesante y más instructivo en ella advertir cómo se orienta hacia nuevas curiosidades, problemas y métodos. En vez de reducirse a la reflexión sobre las ciencias físicas, como hizo Kant, busca el contacto con las ciencias históricas, y del conflicto dramático entre ambas formas nace el tema de este libro. Asimismo descubre en el concepto de valor un territorio cuya exploración y conquista será, tal vez, una de las glorias epónimas del siglo XX.

1922

II

A TEORÍA DE LA RELATIVIDAD DE EINSTEIN Y SUS FUNDAMENTOS FÍSICOS, DE MAX BORN

La teoría de la relatividad es, entre las nuevas ideas, la que ha ingresado con más estruendo en la atención del gran público. La razón de ello está en que los pensamientos de la física tienen la ventaja de poder fácilmente ser contrastados con las realidades en ellos pensadas. Esto da a sus aciertos una evidencia patética y triunfal. La docilidad de la estrella remotísima a la meditación de un hombre será siempre el hecho ejemplar en que el espíritu popular renueva su fe en la ciencia.

Las ideas de Einstein llegan a nosotros ungidas por esa recomendación estelar. Con un radicalismo intelectual tan característico del tiempo nuevo, como el deseo de no ser radical en la práctica, rompe el genial hebreo con la forma milenaria de nuestras intuiciones cósmicas. Nada podía garantizarnos mejor que entramos en una nueva época. Muy pronto una generación aprenderá desde la escuela que el mundo tiene cuatro dimensiones, que el espacio es curvilíneo y el orbe, finito. A tal intuición primaria corresponderán sentimientos muy distintos de los nuestros y un pulso vital de melodía desconocida hasta ahora. La teoría de la relatividad —este nombre es, acaso, lo menos afortunado de ella— lleva un germen, no sólo una nueva técnica, sino una nueva moral y una nueva política. La teoría copernicana fue, como es sabido, el principio educador de la Edad Moderna.

La obra de Born que se ofrece al público en esta colección, compuesta por un discípulo y colaborador de Einstein, es la mejor exposición elemental que conozco. Se diferencia de las demás en que antes de presentar la nueva teoría familiariza al lector lego con los conceptos tradicionales de la mecánica, con los problemas en ella contenidos que Einstein viene a resolver.

1922

III

A IDEAS PARA UNA CONCEPCIÓN BIOLÓGICA DEL MUNDO, DE J. VON UEXKÜLL

En el presente libro de von Uexküll hallará el lector, sobriamente expresado, un sistema de ideas biológicas que representa mejor que ningún otro la manera actual de acercarse a los problemas de la vida. El volumen ha sido formado recogiendo ensayos diferentes; trae esto consigo que más de una vez se repita la exposición de un mismo pensamiento. No creo, sin embargo, que esto resulte enojoso. Al insistir sobre una misma idea, Uexküll la presenta con nuevo cariz y la lectura llega al cabo de las páginas animada por una curiosidad ascendente.

Debo declarar que sobre mí han ejercido, desde 1913, gran influencia estas meditaciones biológicas. Esta influencia no ha sido meramente científica, sino cordial. No conozco sugestiones más eficaces que las de este pensador, para poner orden, serenidad y optimismo sobre el desarreglo del alma contemporánea.

1922

IV

A LA DECADENCIA DE OCCIDENTE, DE OSWALD SPENGLER

El libro de Oswald Spengler, La decadencia de Occidente, es, sin disputa, la peripecia intelectual más estruendosa de los últimos años. El primer tomo se publicó en julio de 1918; en abril de 1922 se habían vendido en Alemania 53.000 ejemplares, y en la misma fecha se imprimían 50.000 del segundo tomo. No hay duda de que influyeron en tal fortuna la ocasión y el título. Alemania derrotada sentía una transitoria depresión que el título del libro venía a acariciar, dándole una especie de consagración ideológica.

Sin embargo, conforme el tiempo avanzaba se ha ido viendo que la obra de Spengler no necesitaba apoyarse en la anecdótica coincidencia con un estado fugaz de la opinión pública alemana. Es un libro que nace de profundas necesidades intelectuales y formula pensamientos que latían en el seno de nuestra época. Hasta tal punto es así, que una de las graves faltas del estilo de Spengler es presentar como exclusivas y propias sus ideas que, con más o menos mesura, habían sido expresadas antes por otros. Puede decirse que casi todos los temas fundamentales de Spengler le son ajenos, si bien es preciso reconocer que ha adquirido sobre ellos el derecho de cuño. Spengler es un poderoso acuñador de ideas, y quienquiera penetre en las tupidas páginas de este libro se sentirá sacudido una y otra vez por el eléctrico dramatismo de que las ideas se cargan cuando son fuertemente pensadas.

In the last years one hears everywhere a monotonous dirge over the failed and finished culture. Philistines of all tongues and all observances lean fictitiously, with feigned grief, over the corpse of that culture, which they have neither engendered nor nourished. The world war, which has not been as world-wide as is said, seems to be the symptom and, at the same time, the cause of the demise.

The truth is that it is not understood how a war can destroy culture. The most a warlike event can aspire to is to suppress the persons who create or transmit it. But culture itself always remains intact from the sword and the lead. Nor is it suspected in what other way a culture can perish except by its own arrest, ceasing to produce new thoughts and new norms. As long as yesterday’s idea is corrected by today’s idea, one cannot speak of cultural failure.

And, in effect, far from this existing, it happens that, at least science, experiences in our days an incomparable growth of vitality. Since 1900, coinciding strangely with the initial date of the new century, thoughts of a new trajectory begin to rise above the intellectual horizon. Sporadically, without perceiving their radical kinship, there appear in one and another science theories that are characterized by dissenting from those dominant in the nineteenth century and achieving their overcoming. No one, until now, had noticed that all those ideas that find themselves in their hour of orient, in spite of referring to the most dissimilar matters, possess a common physiognomy, a rare and suggestive unity of style.

For some time I have maintained in my writings that there already exists an organism of ideas peculiar to this twentieth century that now passes through us. The ideology of the nineteenth century, seen from that organism, seems a poor, coarse, maniacal, imprecise, inelegant and hopelessly obsolete thing.

This, which was in my writings little more than a private assertion, may now receive a brilliant proof with the Library of Ideas of the Twentieth Century.

In it I bring together the most characteristic works of the new time, where thoughts never before thought begin their life. From mathematics to aesthetics and history, this collection will endeavour to show the new spirit working its future honey on all the intellectual flora. Clearly, since it is a question of an ideology in full youth, one cannot ask that classical treatises already exist in which it appears with systematic perfection. Indeed, some of these books contain, alongside the ideas of new profile, residues of the old manner, and like ships on reaching the shore, while they already drive their prow into the sand their rudder still sinks in the sea.

1922

NOTE.—This prologue was common to several books of the aforementioned Library, which also carried special prologues, which are the following, numbered from I to V.

I

A CULTURAL SCIENCE AND NATURAL SCIENCE, BY HEINRICH RICKERT

One of these two-faced books, half nineteenth century, half twentieth, is the present one by the German philosopher Heinrich Rickert, today one of the most respected masters of Germany. He belongs to the generation that was formed around 1880. Once philosophy had been exhausted by materialism and positivism, which rather than two philosophies are two manners of philosophical ignorance, the European mind lost in that time the scholastic tradition of this science. It was, then, necessary, in order to recover it, to return to the school; I mean, to sink into the systems of the most recent classicism. This was the origin and the meaning of the Neo-Kantian movement, in which Rickert enlisted. Nothing better could be done in 1880 than to adopt Kant. But, at the same time, this means that not much could be done. Every epoch, if it is one of plenitude, needs its own, original philosophy. Since that one was not, it had to content itself with a relative anachronism and, renouncing the formulation of its spontaneous system, attempted the restoration of old and exemplary philosophies. Such were Neo-Kantianism, Neo-Fichteanism, Neo-Hegelianism. The archaism of such names could not be compensated by the neo, prefix of youth. A truly young meditation avoids being the Shunammite of any decrepit David.

Rickert’s philosophy preserves its antiquated, Neo-Kantian and Neo-Fichtean root; but it is the interesting and most instructive thing in it to notice how it orients itself toward new curiosities, problems and methods. Instead of reducing itself to reflection on the physical sciences, as Kant did, it seeks contact with the historical sciences, and from the dramatic conflict between both forms is born the theme of this book. Likewise it discovers in the concept of value a territory whose exploration and conquest will be, perhaps, one of the eponymous glories of the twentieth century.

1922

II

A THE THEORY OF EINSTEIN’S RELATIVITY AND ITS PHYSICAL FOUNDATIONS, BY MAX BORN

The theory of relativity is, among the new ideas, the one that has entered with the most clamour into the attention of the great public. The reason for this is that the thoughts of physics have the advantage of being able easily to be contrasted with the realities thought in them. This gives to its successes a pathetic and triumphant evidence. The docility of the remotest star to the meditation of a man will always be the exemplary fact in which the popular spirit renews its faith in science.

Einstein’s ideas reach us anointed by that stellar recommendation. With an intellectual radicalism as characteristic of the new time as the desire not to be radical in practice, the brilliant Hebrew breaks with the millennial form of our cosmic intuitions. Nothing could guarantee us better that we were entering a new epoch. Very soon a generation will learn from school that the world has four dimensions, that space is curvilinear and the orb, finite. To such a primary intuition there will correspond sentiments very different from ours and a vital pulse of a melody unknown until now. The theory of relativity —this name is, perhaps, the least felicitous thing about it— carries a germ, not only a new technique, but a new morality and a new politics. The Copernican theory was, as is well known, the educating principle of the Modern Age.

The work of Born that is offered to the public in this collection, composed by a disciple and collaborator of Einstein, is the best elementary exposition I know. It differs from the others in that, before presenting the new theory, it familiarizes the lay reader with the traditional concepts of mechanics, with the problems contained in it which Einstein comes to solve.

1922

III

A IDEAS FOR A BIOLOGICAL CONCEPTION OF THE WORLD, BY J. VON UEXKÜLL

In the present book by von Uexküll the reader will find, soberly expressed, a system of biological ideas that represents better than any other the current manner of approaching the problems of life. The volume has been formed by gathering different essays; this brings with it that more than once the exposition of one and the same thought is repeated. I do not believe, however, that this turns out annoying. In insisting on one same idea, Uexküll presents it with a new face, and the reading reaches the end of the pages animated by an ascending curiosity.

I must declare that these biological meditations have exercised, since 1913, great influence on me. This influence has not been merely scientific, but cordial. I know no more efficacious suggestions than those of this thinker for putting order, serenity and optimism upon the disorder of the contemporary soul.

1922

IV

A THE DECLINE OF THE WEST, BY OSWALD SPENGLER

The book of Oswald Spengler, The Decline of the West, is, without dispute, the most clamorous intellectual adventure of the last years. The first volume was published in July 1918; in April 1922, 53,000 copies had been sold in Germany, and on the same date 50,000 of the second volume were being printed. There is no doubt that the occasion and the title influenced such fortune. Defeated Germany felt a transitory depression which the title of the book came to caress, giving it a sort of ideological consecration.

However, as time advanced it has been seen that Spengler’s work did not need to lean on the anecdotal coincidence with a fleeting state of German public opinion. It is a book that is born of deep intellectual necessities and formulates thoughts that were palpitating in the bosom of our epoch. To such a point is it so, that one of the grave faults of Spengler’s style is to present as exclusive and proper his ideas which, with more or less measure, had been expressed before by others. It can be said that almost all of Spengler’s fundamental themes are alien to him, although it is necessary to recognize that he has acquired over them the right of coinage. Spengler is a powerful coiner of ideas, and whoever penetrates into the dense pages of this book will feel shaken again and again by the electric dramatism with which ideas charge themselves when they are strongly thought.

Negli ultimi anni si ode dovunque un monotono treno sulla cultura fallita e conclusa. Filistei di tutte le lingue e di tutte le osservanze si chinano fittiziamente compunti sul cadavere di quella cultura, che essi non hanno generato né nutrito. La guerra mondiale, che non è stata così mondiale come si dice, sembra essere il sintomo e, a un tempo, la causa della defunzione.

La verità è che non si comprende come una guerra possa distruggere la cultura. Il massimo a cui può aspirare l’avvenimento bellico è a sopprimere le persone che la creano o la trasmettono. Ma la cultura stessa resta sempre intatta dalla spada e dal piombo. Né si sospetta in quale altro modo possa soccombere una cultura se non per propria detenzione, cessando di produrre nuovi pensieri e nuove norme. Finché l’idea di ieri sia corretta dall’idea di oggi, non si potrà parlare di fallimento culturale.

E, in effetti, lungi dall’esistere questo, accade che, almeno la scienza, sperimenta nei nostri giorni un incomparabile crecimiento di vitalità. Dal 1900, coincidendo peregrinamente con la data iniziale del nuovo secolo, cominciano a elevarsi sull’orizzonte intellettuale pensieri di nuova traiettoria. Sporadicamente, senza percepire il loro radicale parentado, appaiono nelle une e nelle altre scienze teorie che si caratterizzano per dissentire dalle dominanti nel XIX secolo e conseguire il loro superamento. Nessuno, fino a ora, si era fissato sul fatto che tutte quelle idee che si trovano nella loro ora d’oriente, a dispetto di riferirsi agli argomenti più disparati, possiedono una fisionomia comune, una rara e suggestiva unità di stile.

Da tempo sostengo nei miei scritti che esiste già un organismo di idee peculiari a questo secolo XX che ora passa per noi. L’ideologia del XIX secolo, vista da quell’organismo, sembra una povera cosa rozza, maniatica, imprecisa, inelegante e senza rimedio periclìtata.

Questo, che era nei miei scritti poco più di una privata affermazione, potrà ricevere ora una prova brillante con la Biblioteca de Ideas del siglo XX.

In essa riunisco le opere più caratteristiche del tempo nuovo, dove principiano la loro vita pensieri prima non pensati. Dalla matematica all’estetica e alla storia, questa collezione procurerà di mostrare il nuovo spirito che lavora il suo miele futuro su tutta la flora intellettuale. Chiaro è che trattandosi di un’ideologia in piena giovinezza non si potrà chiedere che esistano già trattati classici dove appaia con una perfezione sistematica. Anzi, alcuni di questi libri contengono, insieme alle idee di nuovo profilo, residui dell’antica maniera, e come le navi al giungere alla riva, mentre conficcano già la prora nella sabbia ancora si affonda il loro timone nel mare.

1922

NOTA.—Questo prologo fu comune a vari libri della citata Biblioteca, i quali portavano, inoltre, prologhi speciali, che sono i seguenti, numerati da I a V.

I

A SCIENZA CULTURALE E SCIENZA NATURALE, DI ENRICO RICKERT

Uno di questi libri bifronti, mezzo secolo XIX, mezzo XX, è il presente del filosofo tedesco Enrico Rickert, oggi uno dei più rispettati maestri di Germania. Appartiene alla generazione che si formò verso il 1880. Esaurita la filosofia dal materialismo e dal positivismo, che più che due filosofie sono due maniere d’ignoranza filosofica, perse in quel tempo la mente europea la tradizione scolastica di questa scienza. Fu, dunque, necessario per recuperarla tornare alla scuola; voglio dire, immergersi nei sistemi del più recente classicismo. Questo fu l’origine e il senso del movimento neokantiano, in cui Rickert si arruolò. Nulla di meglio si poteva fare nel 1880 che adottare Kant. Ma, a un tempo, questo vuol dire che non si poteva fare molto. Ogni epoca, se è di pienezza, ha bisogno della sua propria, originale filosofia. Poiché quella non lo fu, dovette accontentarsi di un relativo anacronismo e, rinunciando a formulare il suo sistema spontaneo, tentò la restaurazione di vecchie ed esemplari filosofie. Questo furono il neokantismo, il neofichteanismo, il neohegelismo. L’arcaismo di tali nomi non poteva essere compensato dal neo, prefisso di gioventù. Una meditazione veramente giovane evita di essere la Sunamita di nessun decrepito Davide.

La filosofia di Rickert conserva la sua radice antiquata, neokantiana e neofichteana; ma è l’interessante e più istruttivo in essa avvertire come si orienti verso nuove curiosità, problemi e metodi. Invece di ridursi alla riflessione sulle scienze fisiche, come fece Kant, cerca il contatto con le scienze storiche, e dal conflitto drammatico fra ambedue le forme nasce il tema di questo libro. Altrettanto scopre nel concetto di valore un territorio la cui esplorazione e conquista sarà, forse, una delle glorie eponime del secolo XX.

1922

II

A TEORIA DELLA RELATIVITÀ DI EINSTEIN E I SUOI FONDAMENTI FISICI, DI MAX BORN

La teoria della relatività è, fra le nuove idee, quella che è entrata con più strepito nell’attenzione del grande pubblico. La ragione di ciò sta in che i pensieri della fisica hanno il vantaggio di poter facilmente essere contrastati con le realtà in essi pensate. Questo dà ai suoi azzeccamenti un’evidenza patetica e trionfale. La docilità della remottissima stella alla meditazione di un uomo sarà sempre il fatto esemplare in cui lo spirito popolare rinnova la sua fede nella scienza.

Le idee di Einstein arrivano a noi unte da quella raccomandazione stellare. Con un radicalismo intellettuale tanto caratteristico del tempo nuovo quanto il desiderio di non essere radicale nella pratica, rompe il geniale ebreo con la forma millenaria delle nostre intuizioni cosmiche. Nulla poteva garantirci meglio che entravamo in una nuova epoca. Molto presto una generazione apprenderà dalla scuola che il mondo ha quattro dimensioni, che lo spazio è curvilineo e l’orbe, finito. A tale intuizione primaria corrisponderanno sentimenti molto diversi dai nostri e un polso vitale di melodia sconosciuta fino a ora. La teoria della relatività —questo nome è, forse, la cosa meno felice di essa— porta un germe, non solo una nuova tecnica, ma una nuova morale e una nuova politica. La teoria copernicana fu, com’è noto, il principio educatore dell’Età Moderna.

L’opera di Born che si offre al pubblico in questa collezione, composta da un discepolo e collaboratore di Einstein, è la migliore esposizione elementare che conosca. Si differenzia dalle altre in che, prima di presentare la nuova teoria, familiarizza il lettore profano con i concetti tradizionali della meccanica, con i problemi in essa contenuti che Einstein viene a risolvere.

1922

III

A IDEE PER UNA CONCEZIONE BIOLOGICA DEL MONDO, DI J. VON UEXKÜLL

Nel presente libro di von Uexküll il lettore troverà, sobriamente espresso, un sistema di idee biologiche che rappresenta meglio di ogni altro il modo attuale di avvicinarsi ai problemi della vita. Il volume è stato formato raccogliendo saggi diversi; questo porta con sé che più di una volta si ripeta l’esposizione di uno stesso pensiero. Non credo, tuttavia, che questo riesca noioso. Nell’insistere su una stessa idea, Uexküll la presenta con nuovo aspetto e la lettura giunge in capo alle pagine animata da una curiosità ascendente.

Devo dichiarare che su di me hanno esercitato, dal 1913, grande influenza queste meditazioni biologiche. Questa influenza non è stata meramente scientifica, ma cordiale. Non conosco suggestioni più efficaci di quelle di questo pensatore per mettere ordine, serenità e ottimismo sullo sregolamento dell’anima contemporanea.

1922

IV

A LA DECADENZA DELL’OCCIDENTE, DI OSWALD SPENGLER

Il libro di Oswald Spengler, La decadenza dell’Occidente, è, senza disputa, la peripecia intellettuale più strepitosa degli ultimi anni. Il primo tomo si pubblicò nel luglio 1918; nell’aprile 1922 si erano venduti in Germania 53.000 esemplari, e nella stessa data si stampavano 50.000 del secondo tomo. Non c’è dubbio che influirono in tale fortuna l’occasione e il titolo. La Germania sconfitta sentiva una transitoria depressione che il titolo del libro veniva a carezzare, dandole una specie di consacrazione ideologica.

Tuttavia, man mano che il tempo avanzava si è andato vedendo che l’opera di Spengler non aveva bisogno di appoggiarsi nella aneddotica coincidenza con uno stato fugace dell’opinione pubblica tedesca. È un libro che nasce da profonde necessità intellettuali e formula pensieri che palpitavano nel seno della nostra epoca. Fino a tal punto è così, che una delle gravi mancanze dello stile di Spengler è presentare come esclusive e proprie le sue idee che, con più o meno misura, erano state espresse prima da altri. Si può dire che quasi tutti i temi fondamentali di Spengler gli siano estranei, sebbene sia preciso riconoscere che ha acquistato su di essi il diritto di conio. Spengler è un potente coniatore di idee, e chiunque penetri nelle fitte pagine di questo libro si sentirà scosso una volta e un’altra dall’elettrico drammatismo di cui le idee si caricano quando sono fortemente pensate.

¿Qué es la obra de Spengler? Ante todo una filosofía de la historia. Los que siguen la publicación de esta Biblioteca habrán podido advertir que la física de Einstein y la biología de Uexküll coinciden, por lo pronto, en un rasgo que ahora reaparece en Spengler y más tarde veremos en la nueva estética, en la ética, en la pura matemática. Este rasgo, común a todas las reorganizaciones científicas del siglo XX, consiste en la autonomía de cada disciplina. Einstein quiere hacer una física que no sea matemática abstracta, sino propia y puramente física. Uexküll y Driesch bogan hacia una biología que sea sólo biología y no física aplicada a los organismos. Pues bien; desde hace tiempo se aspira a una interpretación histórica de la historia. Durante el siglo XIX se seguía una propensión inversa: parecía obligatorio deducir lo histórico de lo que no es histórico. Así, Hegel describe el desarrollo de los sucesos humanos como resultado automático de la dialéctica abstracta de los conceptos: Buckle, Taine, Ratzel, derivan la historia de la geografía; Chamberlain, de la antropología; Marx, de la economía. Todos estos ensayos suponen que no hay realidad última y propiamente histórica.

Por otra parte, los historiadores de profesión, desentendiéndose de aquellas teorías, se limitan a coleccionar los «hechos» históricos. Nos refieren, por ejemplo, el asesinato de César. Pero «hechos» como éste ¿son la realidad histórica? La narración de ese asesinato no nos descubre una realidad, sino, por el contrario, presenta un problema a nuestra comprensión. ¿Qué significa la muerte de César? Apenas nos hacemos esta pregunta caemos en la cuenta de que su muerte es sólo un punto vivo dentro de un enorme volumen de realidad histórica: la vida de Roma. A la punta del puñal de Bruto sigue su mano, y a la mano, el brazo movido por centros nerviosos donde actúan las ideas de un romano del siglo I a. de Jesucristo. Pero el siglo I no es comprensible sin el siglo II, sin toda la existencia romana desde los tiempos primeros. De este modo se advierte que el «hecho» de la muerte de César sólo es históricamente real, es decir, sólo es lo que en verdad es, sólo está completo cuando aparece como manifestación momentánea de un vasto proceso vital, de un fondo orgánico amplísimo que es la vida toda del pueblo romano. Los «hechos» son sólo datos, indicios, síntomas en que aparece la realidad histórica. Ésta no es ninguno de ellos, por lo mismo que es fuente de todos. Más aún: qué «hechos» acontezcan depende, en parte, del azar. Las heridas de César pudieron no ser mortales. Sin embargo, la significación histórica del atentado hubiera sido la misma.

Quiero decir que la realidad histórica latente de que el acto de Bruto surgió, como la fruta en el árbol, permanece idéntica más allá de la zona de los «hechos» —piel de la historia— en que la casualidad interviene. En este sentido es preciso decir que la realidad histórica no sólo es fuente de los «hechos» que efectivamente han acontecido, sino también de otros muchos que con otro coeficiente de azar fueron posibles. ¡De tal modo rebosa la realidad histórica el área superficial de los «hechos»!

No basta, pues, con la historia de los historiadores. Spengler cree descubrir la verdadera sustancia, el verdadero «objeto» histórico en la «cultura». La «cultura», esto es, un cierto modo orgánico de pensar y sentir, sería, según él, el sujeto, el protagonista de todo proceso histórico. Hasta ahora han aparecido sobre la tierra varios de estos seres propiamente históricos. Spengler enumera hasta nueve culturas, cuya existencia ha ido sucesivamente llenando el tiempo histórico. Las «culturas» tienen una vida independiente de las razas que las llevan en sí. Son individuos biológicos aparte. Las culturas son plantas —dice. Y, como éstas, tienen su carrera vital predeterminada. Atraviesan la juventud y la madurez para caer inexorablemente en decrepitud.

Estamos hoy alojados en el último estadio —en la vejez, consunción o «decadencia» (Untergang) de una de estas culturas: la occidental. De aquí el título del libro.

La riqueza y problematismo de las ideas spenglerianas impide que yo ahora intente ni un resumen ni una crítica. En otro lugar espero ocuparme largamente de esta obra, ya que su presente versión me permitirá darla por conocida de los lectores hispanoamericanos.

Sólo añadiré dos palabras sobre esta traducción. El señor García Morente ha hecho un enorme y cuidadoso esfuerzo para conseguir transvasar al odre castellano la prosa de Spengler. El estilo del autor, su terminología son tan bravamente tudescos, que no era empresa dulce hallar sus equivalencias españolas. Yo mismo he colaborado un poco en la dura faena de esta versión. Hoy, al ofrecerla al público, me complace, sin embargo, pensar que sin hallarse exenta de defectos, esta adaptación del libro alemán conserva fielmente el sentido y aun el gesto literario del original sin perder nada de su claridad. Cuando ésta falta puede el lector estar seguro de que no sobra en el texto alemán, y si alguna frase es equívoca en español, lo es también, y con idéntica ambigüedad, en tudesco.

1923

V

A GEOMETRÍAS NO EUCLIDIANAS, DE ROBERTO BONOLA

Hablar de ideas del siglo XX frente a ideas del siglo XIX puede parecer caprichoso a quien no advierte que las ideas están en una relación con las épocas muy parecida a la que sufren las plantas en los climas. Una época viene a ser un clima intelectual, el predominio de ciertos principios atmosféricos que favorecen o agostan determinadas cosechas. Un claro ejemplo de esto es lo ocurrido con las tendencias de renovación matemática que bajo el título de geometrías no euclidianas se iniciaron en la pasada centuria. Las generaciones de entonces recibieron con hostilidad estos intentos de ampliar y purificar el ámbito de las cosas matemáticas. Algunos de los geniales descubridores ni siquiera se atrevieron a publicar en vida sus espléndidos hallazgos, temerosos de ver peligrar su prestigio. Mas he aquí que en nuestro siglo las geometrías no euclidianas adquieren súbita popularidad en los hombres de ciencia, se imponen como un nuevo clasicismo en el pensamiento matemático; penetran en la física con Minkowski y Einstein, y casi ponen en olvido las formas tradicionales de la geometría.

No podía, pues, faltar en esta colección el recuerdo de los pasos que este nuevo sentido de la matemática ha ido dando subrepticiamente a lo largo de los siglos. La historia de las geometrías no euclidianas muestra en un caso concreto cómo las ideas hacen a veces durante siglos y siglos su camino subterráneo, esperando la hora propicia en que la atmósfera las solicita y las halaga.

En los próximos años surgirán ineludiblemente nuevas y fecundas discusiones que permitan fijar los límites de esta triunfante matemática. A su hora de germinación ha seguido esta presente, que es de triunfo, a la cual sucederá otra de crítica, mesura y pulimento.

1923

What is Spengler’s work? First of all a philosophy of history. Those who follow the publication of this Library will have been able to notice that Einstein’s physics and Uexküll’s biology coincide, for the present, in a feature that now reappears in Spengler and later we shall see in the new aesthetics, in ethics, in pure mathematics. This feature, common to all the scientific reorganizations of the twentieth century, consists in the autonomy of each discipline. Einstein wants to make a physics that is not abstract mathematics, but proper and purely physical. Uexküll and Driesch row toward a biology that is only biology and not physics applied to organisms. Well then; for some time one has aspired to a historical interpretation of history. During the nineteenth century an inverse propensity was followed: it seemed obligatory to deduce the historical from what is not historical. Thus, Hegel describes the development of human events as the automatic result of the abstract dialectic of concepts: Buckle, Taine, Ratzel derive history from geography; Chamberlain, from anthropology; Marx, from economics. All these essays suppose that there is no ultimate and properly historical reality.

On the other hand, professional historians, setting aside those theories, limit themselves to collecting the historical “facts”. They relate to us, for example, the assassination of Caesar. But “facts” like this one, are they the historical reality? The narration of that assassination does not reveal to us a reality, but, on the contrary, presents a problem to our understanding. What does the death of Caesar mean? Hardly do we ask ourselves this question when we become aware that his death is only a living point within an enormous volume of historical reality: the life of Rome. To the point of Brutus’s dagger follows his hand, and to the hand, the arm moved by nervous centres where the ideas of a Roman of the first century B. C. act. But the first century is not comprehensible without the second century, without all the Roman existence from the earliest times. In this way one notices that the “fact” of Caesar’s death is only historically real, that is, is only what it truly is, is only complete when it appears as a momentary manifestation of a vast vital process, of an extremely ample organic ground which is the whole life of the Roman people. The “facts” are only data, indications, symptoms in which the historical reality appears. The latter is none of them, precisely because it is the source of all. Moreover: what “facts” occur depends, in part, on chance. Caesar’s wounds could have been non-mortal. Nevertheless, the historical significance of the attack would have been the same.

I mean that the latent historical reality from which Brutus’s act sprang, like the fruit on the tree, remains identical beyond the zone of the “facts” —skin of history— in which chance intervenes. In this sense it is necessary to say that the historical reality is not only the source of the “facts” that have effectively occurred, but also of many others that with another coefficient of chance were possible. In such a way does the historical reality overflow the superficial area of the “facts”!

It is not enough, then, with the history of the historians. Spengler believes he discovers the true substance, the true historical “object” in the “culture”. The “culture”, that is, a certain organic manner of thinking and feeling, would be, according to him, the subject, the protagonist of every historical process. Until now several of these properly historical beings have appeared on the earth. Spengler enumerates up to nine cultures, whose existence has been successively filling historical time. The “cultures” have a life independent of the races that carry them within themselves. They are biological individuals apart. Cultures are plants —he says. And, like these, they have their vital career predetermined. They pass through youth and maturity to fall inexorably into decrepitude.

Today we are lodged in the last stage —in the old age, consumption or “decline” (Untergang) of one of these cultures: the Western. Hence the title of the book.

The richness and problematics of the Spenglerian ideas prevent me from now attempting either a summary or a criticism. In another place I hope to occupy myself at length with this work, since its present version will allow me to give it as known to the Spanish-American readers.

I shall only add two words on this translation. Mr. García Morente has made an enormous and careful effort to manage to transfer into the Castilian bottle the prose of Spengler. The author’s style, his terminology are so bravely Teutonic, that it was not a sweet enterprise to find their Spanish equivalences. I myself have collaborated a little in the hard labour of this version. Today, on offering it to the public, it pleases me, however, to think that, without being free of defects, this adaptation of the German book faithfully preserves the meaning and even the literary gesture of the original without losing anything of its clarity. When this is lacking, the reader can be sure that it does not abound in the German text, and if some phrase is equivocal in Spanish, it is also, and with identical ambiguity, in Teutonic.

1923

V

A NON-EUCLIDEAN GEOMETRIES, BY ROBERTO BONOLA

To speak of ideas of the twentieth century as against ideas of the nineteenth may seem capricious to one who does not notice that ideas stand in a relation with the epochs very similar to the one that plants undergo in climates. An epoch comes to be an intellectual climate, the predominance of certain atmospheric principles that favour or wither certain harvests. A clear example of this is what has happened with the tendencies of mathematical renewal that under the title of non-Euclidean geometries were initiated in the past century. The generations of then received with hostility these attempts to widen and purify the sphere of mathematical things. Some of the brilliant discoverers did not even dare to publish in their lifetime their splendid findings, fearful of seeing their prestige endangered. But behold, in our century the non-Euclidean geometries acquire sudden popularity among men of science, impose themselves as a new classicism in mathematical thought; they penetrate into physics with Minkowski and Einstein, and almost cast into oblivion the traditional forms of geometry.

It could not, then, be lacking in this collection the memory of the steps that this new sense of mathematics has been giving surreptitiously through the centuries. The history of the non-Euclidean geometries shows in a case concrete how ideas sometimes make, during centuries and centuries, their subterranean way, waiting for the propitious hour in which the atmosphere solicits and flatters them.

In the coming years there will inevitably arise new and fruitful discussions that allow fixing the limits of this triumphant mathematics. To its hour of germination this present one has followed, which is of triumph, which will be succeeded by another of criticism, measure and polish.

1923

Che cos’è l’opera di Spengler? Prima di tutto una filosofia della storia. Quelli che seguono la pubblicazione di questa Biblioteca avranno potuto avvertire che la fisica di Einstein e la biologia di Uexküll coincidono, per ora, in un tratto che ora riappare in Spengler e più tardi vedremo nella nuova estetica, nell’etica, nella pura matematica. Questo tratto, comune a tutte le riorganizzazioni scientifiche del XX secolo, consiste nell’autonomia di ogni disciplina. Einstein vuole fare una fisica che non sia matematica astratta, ma propria e puramente fisica. Uexküll e Driesch tendono verso una biologia che sia solo biologia e non fisica applicata agli organismi. Ebbene; da tempo si aspira a un’interpretazione storica della storia. Durante il XIX secolo si seguiva una propensione inversa: sembrava obbligatorio dedurre lo storico da ciò che non è storico. Così, Hegel descrive lo sviluppo degli avvenimenti umani come risultato automatico della dialettica astratta dei concetti: Buckle, Taine, Ratzel, derivano la storia dalla geografia; Chamberlain, dall’antropologia; Marx, dall’economia. Tutti questi saggi suppongono che non c’è realtà ultima e propriamente storica.

D’altra parte, gli storici di professione, sbrigandosi di quelle teorie, si limitano a collezionare i «fatti» storici. Ci riferiscono, per esempio, l’assassinio di Cesare. Ma «fatti» come questo sono la realtà storica? La narrazione di quell’assassinio non ci scopre una realtà, ma, al contrario, presenta un problema alla nostra comprensione. Che significa la morte di Cesare? Appena ci facciamo questa domanda cadiamo in conto che la sua morte è solo un punto vivo dentro un enorme volume di realtà storica: la vita di Roma. Alla punta del pugnale di Bruto segue la sua mano, e alla mano, il braccio mosso da centri nervosi dove agiscono le idee di un romano del secolo I a. di Cristo. Ma il secolo I non è comprensibile senza il secolo II, senza tutta l’esistenza romana dai primi tempi. In questo modo si avverte che il «fatto» della morte di Cesare solo è storicamente reale, cioè, solo è ciò che in verità è, solo è completo quando appare come manifestazione momentanea di un vasto processo vitale, di un fondo organico amplissimo che è la vita tutta del popolo romano. I «fatti» sono solo dati, indizi, sintomi in cui appare la realtà storica. Questa non è nessuno di essi, proprio perché è fonte di tutti. Di più: che «fatti» accadano dipende, in parte, dal caso. Le ferite di Cesare poterono non essere mortali. Tuttavia, la significazione storica dell’attentato sarebbe stata la stessa.

Voglio dire che la realtà storica latente da cui l’atto di Bruto sorse, come la frutta nell’albero, permane identica al di là della zona dei «fatti» —pelle della storia— in cui la casualità interviene. In questo senso bisogna dire che la realtà storica non solo è fonte dei «fatti» che effettivamente sono accaduti, ma anche di altri molti che con altro coefficiente di caso furono possibili. In tal modo la realtà storica trabocca l’area superficiale dei «fatti»!

Non basta, dunque, con la storia degli storici. Spengler crede di scoprire la vera sostanza, il vero «oggetto» storico nella «cultura». La «cultura», cioè, un certo modo organico di pensare e sentire, sarebbe, secondo lui, il soggetto, il protagonista di ogni processo storico. Fino a ora sono apparsi sulla terra vari di questi esseri propriamente storici. Spengler enumera fino a nove culture, la cui esistenza è andata successivamente riempiendo il tempo storico. Le «culture» hanno una vita indipendente dalle razze che le portano in sé. Sono individui biologici a parte. Le culture sono piante —dice. E, come queste, hanno la loro carriera vitale predeterminata. Attraversano la gioventù e la maturità per cadere inesorabilmente in decrepitezza.

Siamo oggi alloggiati nell’ultimo stadio —nella vecchiaia, consunzione o «decadenza» (Untergang) di una di queste culture: l’occidentale. Di qui il titolo del libro.

La ricchezza e il problematismo delle idee spengleriane impedisce che io ora tenti né un riassunto né una critica. In altro luogo spero di occuparmi lungamente di quest’opera, giacché la sua presente versione mi permetterà di darla per conosciuta dai lettori ispanoamericani.

Solo aggiungerò due parole su questa traduzione. Il signor García Morente ha fatto un enorme e accurato sforzo per riuscire a trasvasare nell’otre castigliano la prosa di Spengler. Lo stile dell’autore, la sua terminologia sono così bravamente tedeschi, che non era dolce impresa trovare le loro equivalenze spagnole. Io stesso ho collaborato un poco nella dura fatica di questa versione. Oggi, nell’offrirla al pubblico, mi compiace, tuttavia, pensare che, senza trovarsi esente da difetti, questa adattazione del libro tedesco conserva fedelmente il senso e persino il gesto letterario dell’originale senza perdere nulla della sua chiarezza. Quando questa manca, può il lettore essere sicuro che non abbonda nel testo tedesco, e se qualche frase è equivoca in spagnolo, lo è anche, e con identica ambiguità, in tedesco.

1923

V

A GEOMETRIE NON EUCLIDEE, DI ROBERTO BONOLA

Parlare di idee del XX secolo di fronte a idee del XIX può sembrare capriccioso a chi non avverte che le idee stanno in una relazione con le epoche molto simile a quella che subiscono le piante nei climi. Un’epoca viene a essere un clima intellettuale, il predominio di certi principi atmosferici che favoriscono o inaridiscono determinate raccolte. Un chiaro esempio di questo è ciò che è accaduto con le tendenze di rinnovamento matematico che sotto il titolo di geometrie non euclidee si iniziarono nel secolo passato. Le generazioni di allora ricevettero con ostilità questi tentativi di ampliare e purificare l’ambito delle cose matematiche. Alcuni dei geniali scopritori nemmeno osarono pubblicare in vita i loro splendidi ritrovamenti, timorosi di vedere pericolare il loro prestigio. Ma ecco che nel nostro secolo le geometrie non euclidee acquistano subita popolarità negli uomini di scienza, si impongono come un nuovo classicismo nel pensiero matematico; penetrano nella fisica con Minkowski e Einstein, e quasi mettono in oblio le forme tradizionali della geometria.

Non poteva, dunque, mancare in questa collezione il ricordo dei passi che questo nuovo senso della matematica ha andato dando subdolamente attraverso i secoli. La storia delle geometrie non euclidee mostra in un caso concreto come le idee facciano a volte durante secoli e secoli il loro cammino sotterraneo, aspettando l’ora propizia in cui l’atmosfera le sollecita e le lusinga.

Nei prossimi anni sorgeranno ineludibilmente nuove e feconde discussioni che permettano di fissare i limiti di questa trionfante matematica. Alla sua ora di germinazione è seguita questa presente, che è di trionfo, alla quale succederà un’altra di critica, misura e pulimento.

1923