Abstract
An article against the censorship whose continuation the Count of Romanones requested: eight years of censorship have been a pedagogy of stupefaction, arriving just when Spain must face a radical reform of the state armed with current ideas. From it he draws the portrait of a political generation for whom intelligence reduces to ‘the art of not being fooled’, a rustic cunning that can only undo.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Hace mucho tiempo, y con reiteración, me ha ocurrido decir lo siguiente: viene inevitablemente sobre España una etapa de radical reforma en el cuerpo público, especialmente en el Estado, y se corre el riesgo de que los españoles lleguen a esa hora con un repertorio de ideas políticas torpes, anticuadas, herrumbrosas, paralíticas. Esto elevará a la enésima potencia las dificultades de la situación.
Y así ha acontecido. Por mi parte, he hecho cuanto estaba en mi mano para evitarlo. He aprovechado las jornadas tranquilas o semitranquilas para combatir los tópicos inválidos e intentar sustituirlos por ideas más actuales. Esta faena me ha proporcionado bastantes antipatías y algunos odios. Pero lo peor es que no ha servido de mucho. Y ahora, en pleno fragor de la lucha, se hace menester renovar la campaña de rectificación ideológica, porque los tópicos trasañejos y las grandes necedades parecen celebrar hoy su más impudoroso triunfo.
Enorme responsabilidad cabe en ello al mantenimiento de la Censura durante ocho años, en que el pueblo español ha estado por entero sometido a una pedagogía de estultificación. Bajo ella seguimos. Fue interrumpida unos días; pero —según mis noticias— el conde de Romanones, aun antes de entrar en el Gobierno, pidió su restablecimiento y ahora sostiene su continuación. Conociendo un poco el mecanismo mental y el vocabulario de la lucida generación que este Conde incalculable simboliza, se puede calcular el razonamiento que se forjó. Helo aquí: «Durante siete años ha vivido la Dictadura beneficiándose de la más rigorosa censura, sin que “pase nada”. Esto quiere decir que nosotros hemos sido unos primos no haciendo lo mismo que ella. Aprendámoslo para mañana». En lo cual trasparecen dos rasgos muy característicos de aquella generación. [Texto tachado por la censura.] Uno es considerar que desde el Gobierno se debe operar por todos los medios contra los españoles, puesto que sólo se reconoce como límite a la conducta del gobernante el que «pase algo». Es decir: se puede hacer todo con los ciudadanos hasta el límite preciso de provocar una revolución. [Texto tachado por la censura.] Y luego, cuando la revolución sobreviene o se anuncia, se declara intolerable la revolución.
El otro rasgo del Conde y sus similares consiste en creer que la inteligencia se reduce al «arte de no ser primo», de evitar que lo engañen a uno y procurar engañar a los demás. Otra cosa es «ser primo» y, por tanto, no ser inteligente. Ahora bien: esto es lo que entienden por inteligencia los aldeanos; es la cazurrería del rústico, que proviene de la estrechez de su vida y la angostura de su horizonte mental. Poner tanto empeño en que no le engañen a uno supone la más aburrida preocupación de sí mismo y la incapacidad de ocuparse en hacer, verdaderamente hacer algo; construir, crear. Es evidente que ni las ciencias, ni la gran industria, ni la religión, ni el arte, ni el Estado existirían si la atención no vacase a interesarse en las cosas, en la obra, desentendiéndose de uno mismo. Con que no engañen al conde de Romanones no se gana nada para España ni siquiera para él como hombre político. Lo único que ha conseguido, en su afán de no ser primo, es que él mismo no consigue engañar a los españoles. Como alguna vez he dicho, el Conde ha creído acertar cada día, y se ha equivocado en la totalidad de su existencia. Inconvenientes de la miopía; la vista del ratón, que le hace ver muy bien cada pedazo próximo de queso, pero acaba en la ratonera. La ratonera es este Gobierno donde el Conde ha caído, como pudo caer en la suya el famoso «Mur de Guadalaxara», de que habla el Archipreste de Hita:
Mur de Guadalaxara un lunes madrugaba…
Esta incapacidad de entregarse plenamente a alguna cosa —en este caso la cosa es nada menos que la historia de España— ha dado a los movimientos del conde de Romanones y congéneres un carácter sin remedio destructor. Hombres así no pueden hacer nada: sólo pueden deshacer. Por eso han deshecho el Estado español y hubieran deshecho media docena de ellos que el Destino hubiera puesto sucesivamente en sus manos, en sus nada primas manos.
El Conde y su tiempo ignoran que las generaciones posteriores han descubierto la delicia de ser primo, de verterse íntegro en una faena creadora; de supeditarse a las exigencias de una obra; de aceptar la ley de las cosas. El personaje más aburrido es siempre uno mismo, y las cosas, afortunadamente, nos distraen de él. Ahora el Conde se va a encontrar, en la cima de sus años, con esas generaciones enfrente —que no son aldeanas, que no se preocupan de si son o no engañadas, sino que ponen el puño sobre las cosas. Yo no espero que a estas alturas aprenda el Conde a ser primo; pero, con toda sinceridad, me permito recomendarle que lo intente.
No sé, pues, si estos párrafos y los que en días sucesivos seguirán, con ánimo de triturar tópicos ineptos, podrán llegar al lector. Entre su persona y la mía se interpone la Censura actual, de la cual es responsable el conde de Romanones.
El Sol, 5 de marzo de 1931