Ortega y Gasset

Abstract

The sample lays the preliminary epistemological frame: the security science attained in the nineteenth century comes not from method nor from the idolatry of experiment, but from the habit of viewing truth in historical perspective, since truth advances by sinuous routes. Science lives off what is not science; around its core lies a halo of intermediate formations, ‘myths’—undifferentiated mental contents aspiring to work as concepts.

Connections

Assi: Origine della conoscenza
Concetti: ragione
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Como el hilo rojo que va por dentro de todo cordaje usado en la escuadra inglesa, la continuidad de la verdad, la continuidad de la ciencia penetra por todas las épocas culturales, sirviéndoles de norma y señal de reconocimiento. Pero si en la evolución de la cultura realizamos por cualquiera parte una sección, es decir, si en lugar de considerarla en su génesis y continuación la tomamos estáticamente, en una de sus apariencias sucesivas y discretas, hallaremos sólo ante nosotros una superficie, una infinitud de puntos donde la ciencia, la verdad, es uno de tantos, difícil de reconocer y destacar.

Si durante el siglo XIX parece la ciencia haber entrado en una mayor seguridad de sí misma, de modo que se juzga definitivamente libre de los peligros y errores que tantas veces la habían desviado y casi reducido a evanescencia, débese, no a este o el otro método particular de exactitud, no a ese fantasma trivial del experimento, nueva idolatría en nada superior a las más antiguas, sino al hábito, por fin maduro, de considerar la verdad en su perspectiva histórica y no en su momentánea actualidad. Merced a esta proyección del ser de la ciencia sobre su continuidad temporal, evitamos el riesgo de confundirla con cualquiera de sus fisonomías transitorias y descubrimos que la corriente de la verdad no progresa en línea recta, sino que avanza con ruta sinuosa, rodeando obstáculos, volviendo a veces sobre sí misma, tornando a cauces arcaicos que parecía haber abandonado para siempre.

La razón de este sinuoso destino es clara; la ciencia no vive de sí misma, sino precisamente de lo que no es ella. Con respecto a la vida total del espíritu, la ciencia es una reflexión sobre las otras porciones espirituales; es un régimen que se establece sobre el material espontáneo y salvaje de la conciencia. Ahora bien: este material —afectos, sensaciones y sentimientos— varía según regularidades inasequibles y trascendentales, o lo que es lo mismo, según franca irregularidad. Podemos, pues, anticipar la esencia del régimen a que el contenido de la mente humana se hallará sometido dentro de los siglos mil; pero no podremos saber nunca cuáles serán las afirmaciones científicas de una conciencia futura. Dicho de otro modo: sabemos qué cosa ha sido, es y será la ciencia; pero, justamente porque sabemos esto, ignoramos cuál será la ciencia de mañana. La ciencia de mañana es distinta a la de hoy y la de ayer; por tanto, no es la ciencia.

¿Qué es, pues, lo que operando sobre la ciencia esencial le impone tales variaciones y diferencias? Son los otros productos de la conciencia: la moralidad, el arte, los apetitos inferiores y superiores, las reacciones íntimas ante los cambios del escenario humano. De modo que lo que llamamos ciencia real, la ciencia de cada época, de cada amplia agrupación humana, no es una realidad unívoca y que tolere la circunscripción. Hay ciertas disciplinas centrales donde, sin grave dificultad, podrían fijarse los confines de lo científico —por ejemplo, matemáticas, física—; pero las ciencias periféricas viven en contacto inmediato con aquellos otros elementos extracientíficos de la conciencia, que actúan sobre ellas, les imponen nuevos problemas, solicitan su admisión en el régimen de la ciencia, unas, con más reserva y mesura; otras, bravíamente; de suerte, que a la ciencia científica rodea en cada momento histórico una como atmósfera o halo de formaciones espirituales intermedias que ni son ciencia ni absolutamente son material salvaje del ánimo.

Muchos de estos productos epicenos son, a poco, repelidos definitivamente fuera de la posibilidad científica; pero otros colaboran durante algún tiempo desde fuera de la ciencia estricta en la evolución de ésta —ejemplo: el socialismo en nuestros días— y otros, en fin, después de leve modificación, ingresan en la plenitud de la certidumbre científica.

A esos resultados semi-informes de nuestra conciencia corresponde el nombre de mitos. Porque no otra cosa es mito que un contenido mental indiferenciado que aspira a ejercer la función de concepto o explicación teórica de un problema, pero que no se ha libertado suficientemente del empirismo sensitivo ni de la tonalidad afectiva y sentimental de todo lo que en nosotros es espontáneo. Reflexión, ciencia es purificación de lo espontáneo, psíquico. Históricamente la ciencia procede del mito, o como ha dicho Cohen, es «el desenvolvimiento de lo que hay de serio en el mito mediante la remoción del momento subjetivo emocional».

De esta consideración deducimos que la evolución de la ciencia se verifica en dos dimensiones: una es la dirección en que la ciencia de hoy influye inmediatamente sobre la de mañana; otra es la influencia difusa que sobre la ciencia de hoy van ejerciendo los mitos flotantes en la conciencia actual. La rigidez metódica del pensar científico, que debe constituir el eje de nuestra mentalidad, ha de ejercitarse sin cesar, alerta y solícita, contra la vida mítica circundante, pero no ha de traspasar su misión pretendiendo suprimir a mano airada, mecánica y externamente el resto de nuestra vida interior, que no es sólo el más extenso, sino el que encierra la potencialidad del porvenir mismo de la ciencia. El amor de la verdad, suprema energía del ánimo, no debe llegar a convertirse en odio al error, pues de él vive la verdad; gracias a que él existe se sabe que es verdad. Si el error se suprimiera mágicamente la verdad dejaría de ser verdad y se convertiría en dogma. Del mismo modo, la virtud, recluida en cenobios suntuosos, se alimenta de los vicios colindantes.

Esta interpretación de la génesis cultural me ha movido siempre, cuando del aumento espiritual de nuestra raza he escrito, a sostener estos dos imperativos en apariencia contradictorios: hay que centrar la vida del intelecto español en los hábitos críticos, metódicos de la ciencia más exacta, rígida e integérrima: hay que enriquecer la conciencia nacional con el mayor número posible de motivos culturales. En primer término, crítica científica; en segundo, sobrealimentación ideológica: esta terapéutica paradójica es la única oportuna para el paradójico enfermo: España.

Un ejemplo de lo que he llamado mito y motivo cultural trato de dar en las siguientes páginas, donde expongo una serie de doctrinas a mi modo de ver, más que falsas, no verdaderas, pero científicamente sugestivas. De las dos dimensiones en que, según he dicho, procede el desarrollo cultural, la una, la científica, va movida por el razonamiento; la otra, por la sugestión. En un país de ánimo flojo, muy pocos temperamentos son atraídos a la actividad científica directamente por el influjo racional. Alabado sea Dios que proveyó el defecto poniendo junto a éste el influjo sugestivo.

I

El doctor Sigmundo Freud es un judío profesor de Psiquiatría en Viena. Esto es ya bastante. Pero, según un número considerable de gentes, de médicos jóvenes sobre todo, es mucho más que eso: es un profeta, un descubridor de ciertos secretos humanos, cuya patentización ha de ejercer una profunda influencia reformadora no sólo en la terapéutica de los neuróticos, sino en la psicología general, en la pedagogía, en la moral pública, en la metodología histórica, en la crítica artística, en la estética, en los procedimientos judiciales, etcétera, etcétera. Según otros, el doctor Freud no es, en realidad, nada de esto, sino meramente un hombre ingenioso, un hombre charlatán, un hombre ocupado en desmoralizar la especie adamita. «¿Qué puede esperarse, dicen, de un ciudadano que, entre otras cosas, se dedica a interpretar los sueños de los neurasténicos acaudalados, como aquel mancebo de la Biblia solía hacer con las pesadillas del faraón?»

Y, sin embargo, los discípulos de Freud aumentan de día en día en Austria, en Alemania, en Italia, en Estados Unidos y forman una compleja asociación con numerosos centros particulares, con varias revistas y series de publicaciones. Conforme progresa la expansión de las teorías freudianas los enemigos se encrespan con mayor brío, acometen con censuras más agrias, protestan con más fuerza en los Congresos científicos, en las revistas especiales, en los tratados y mueven, entre sus pacientes y los amigos de sus pacientes, una propaganda activa contra el profesor Freud y su escuela.

No se trata, pues, de un acontecimiento indiferente. Freud pretende haber llegado, partiendo de ensayos anteriores, a establecer una nueva ciencia, por lo menos un nuevo método científico, la psicoanálisis, merced al cual se lleva luz a vertiginosas profundidades de la humana condición.

Like the red thread that runs inside all cordage used in the English navy, the continuity of truth, the continuity of science penetrates through all cultural epochs, serving them as norm and sign of recognition. But if in the evolution of culture we make a section at any point, that is, if instead of considering it in its genesis and continuation we take it statically, in one of its successive and discrete appearances, we will find only before us a surface, an infinity of points where science, truth, is one among many, difficult to recognize and set in relief.

If during the nineteenth century science seems to have entered into a greater self-assurance, so that it is judged definitively free of the dangers and errors that so many times had diverted it and almost reduced it to evanescence, this is due, not to this or that particular method of exactness, not to that trivial phantom of the experiment, a new idolatry in nothing superior to the most ancient ones, but to the habit, finally mature, of considering truth in its historical perspective and not in its momentary actuality. Thanks to this projection of the being of science onto its temporal continuity, we avoid the risk of confusing it with any of its transitory physiognomies and we discover that the current of truth does not progress in a straight line, but advances along a sinuous route, going around obstacles, sometimes turning back upon itself, returning to archaic channels that it seemed to have abandoned forever.

The reason for this sinuous destiny is clear; science does not live from itself, but precisely from what it is not. With respect to the total life of the spirit, science is a reflection upon the other spiritual portions; it is a regime that establishes itself upon the spontaneous and wild material of consciousness. Now then: this material —affections, sensations and feelings— varies according to inaccessible and transcendental regularities, or what is the same thing, according to frank irregularity. We can, then, anticipate the essence of the regime to which the content of the human mind will find itself subjected within a thousand centuries; but we will never be able to know what the scientific affirmations of a future consciousness will be. In other words: we know what science has been, is and will be; but, precisely because we know this, we do not know what the science of tomorrow will be. The science of tomorrow is different from that of today and of yesterday; therefore, it is not science.

What is it, then, that operating upon essential science imposes such variations and differences upon it? It is the other products of consciousness: morality, art, the lower and higher appetites, the intimate reactions before the changes of the human scene. So that what we call real science, the science of each epoch, of each broad human grouping, is not a univocal reality that tolerates circumscription. There are certain central disciplines where, without grave difficulty, the confines of the scientific could be fixed —for example, mathematics, physics—; but the peripheral sciences live in immediate contact with those other extra-scientific elements of consciousness, which act upon them, impose new problems upon them, solicit their admission into the regime of science, some with more reserve and measure; others, fiercely; so that around scientific science there surrounds in each historical moment a kind of atmosphere or halo of intermediate spiritual formations that are not science nor absolutely are wild material of the soul.

Many of these epicene products are, soon enough, definitively repelled outside the scientific possibility; but others collaborate for some time from outside the strict science in its evolution —for example: socialism in our days— and others, finally, after slight modification, enter into the fullness of scientific certainty.

To these semi-formless results of our consciousness corresponds the name of myths. For myth is nothing other than an undifferentiated mental content that aspires to exercise the function of concept or theoretical explanation of a problem, but that has not freed itself sufficiently from sensory empiricism nor from the affective and sentimental tonality of everything in us that is spontaneous. Reflection, science is purification of the spontaneous, the psychic. Historically science proceeds from myth, or as Cohen has said, it is «the development of what there is of serious in myth through the removal of the subjective emotional moment».

From this consideration we deduce that the evolution of science takes place in two dimensions: one is the direction in which the science of today immediately influences that of tomorrow; another is the diffuse influence that the myths floating in the present consciousness go on exercising upon the science of today. The methodical rigidity of scientific thought, which must constitute the axis of our mentality, must exercise itself unceasingly, alert and solicitous, against the surrounding mythic life, but it must not overstep its mission by pretending to suppress with an angry hand, mechanically and externally, the rest of our inner life, which is not only the most extensive, but that which contains the potentiality of the very future of science. The love of truth, supreme energy of the soul, must not come to be converted into hatred of error, for of it truth lives; thanks to the fact that it exists one knows that it is truth. If error were magically suppressed, truth would cease to be truth and would become dogma. In the same way, virtue, confined in sumptuous cenobies, feeds on the neighboring vices.

This interpretation of cultural genesis has always moved me, when I have written about the spiritual increase of our race, to sustain these two apparently contradictory imperatives: we must center the life of the Spanish intellect in the critical, methodical habits of the most exact, rigid and upright science: we must enrich the national consciousness with the greatest possible number of cultural motives. In the first place, scientific criticism; in the second, ideological overfeeding: this paradoxical therapy is the only opportune one for the paradoxical patient: Spain.

An example of what I have called myth and cultural motive I try to give in the following pages, where I expose a series of doctrines that are, in my view, more than false, not true, but scientifically suggestive. Of the two dimensions in which, as I have said, cultural development proceeds, the one, the scientific, is moved by reasoning; the other, by suggestion. In a country of feeble spirit, very few temperaments are attracted to scientific activity directly by rational influence. Praise be to God who provided for the defect by placing next to it the suggestive influence.

I

Doctor Sigmund Freud is a Jewish professor of Psychiatry in Vienna. This is already quite enough. But, according to a considerable number of people, of young doctors above all, he is much more than that: he is a prophet, a discoverer of certain human secrets, whose disclosure must exercise a profound reforming influence not only in the therapeutics of neurotics, but in general psychology, in pedagogy, in public morality, in historical methodology, in artistic criticism, in aesthetics, in judicial procedures, et cetera, et cetera. According to others, Doctor Freud is not, in reality, any of this, but merely an ingenious man, a charlatan man, a man occupied in demoralizing the Adamite species. «What can be expected, they say, of a citizen who, among other things, devotes himself to interpreting the dreams of wealthy neurasthenics, as that young man of the Bible used to do with the nightmares of the pharaoh?»

And, nevertheless, Freud’s disciples increase day by day in Austria, in Germany, in Italy, in the United States and form a complex association with numerous private centers, with various journals and series of publications. As the expansion of the Freudian theories progresses, the enemies grow more bristled with greater verve, assail with sharper censures, protest with more force in the scientific Congresses, in the special journals, in the treatises and move, among their patients and the friends of their patients, an active propaganda against Professor Freud and his school.

It is not, then, a matter of an indifferent event. Freud claims to have arrived, starting from earlier essays, at establishing a new science, at least a new scientific method, psychoanalysis, thanks to which light is brought to vertiginous depths of the human condition.

Come il filo rosso che corre dentro tutto il cordame usato nella squadra inglese, la continuità della verità, la continuità della scienza penetra attraverso tutte le epoche culturali, servendo loro da norma e segno di riconoscimento. Ma se nell’evoluzione della cultura eseguiamo in qualunque punto una sezione, cioè se invece di considerarla nella sua genesi e continuazione la prendiamo staticamente, in una delle sue apparenze successive e discrete, troveremo soltanto davanti a noi una superficie, un’infinità di punti in cui la scienza, la verità, è uno dei tanti, difficile da riconoscere e mettere in rilievo.

Se durante il XIX secolo la scienza sembra essere entrata in una maggiore sicurezza di sé stessa, così da giudicarsi definitivamente libera dai pericoli e dagli errori che tante volte l’avevano deviata e quasi ridotta a evanescenza, ciò si deve, non a questo o quel particolare metodo di esattezza, non a quel fantasma triviale dell’esperimento, nuova idolatria in nulla superiore alle più antiche, ma all’abitudine, finalmente matura, di considerare la verità nella sua prospettiva storica e non nella sua momentanea attualità. Grazie a questa proiezione dell’essere della scienza sulla sua continuità temporale, evitiamo il rischio di confonderla con qualcuna delle sue fisionomie transitorie e scopriamo che la corrente della verità non progredisce in linea retta, ma avanza con rotta sinuosa, aggirando ostacoli, tornando a volte su sé stessa, tornando a canali arcaici che sembrava avere abbandonato per sempre.

La ragione di questo sinuoso destino è chiara; la scienza non vive di sé stessa, ma appunto di ciò che non è lei. Rispetto alla vita totale dello spirito, la scienza è una riflessione sulle altre porzioni spirituali; è un regime che si stabilisce sul materiale spontaneo e selvaggio della coscienza. Orbene: questo materiale —affetti, sensazioni e sentimenti— varia secondo regolarità inaccessibili e trascendentali, o ciò che è lo stesso, secondo franca irregolarità. Possiamo, dunque, anticipare l’essenza del regime a cui il contenuto della mente umana si troverà sottoposto dentro i mille secoli; ma non potremo sapere mai quali saranno le affermazioni scientifiche di una coscienza futura. Detto in altro modo: sappiamo che cosa è stata, è e sarà la scienza; ma, proprio perché sappiamo questo, ignoriamo quale sarà la scienza di domani. La scienza di domani è diversa da quella di oggi e da quella di ieri; quindi, non è la scienza.

Che cos’è, dunque, ciò che operando sulla scienza essenziale le impone tali variazioni e differenze? Sono gli altri prodotti della coscienza: la moralità, l’arte, gli appetiti inferiori e superiori, le reazioni intime di fronte ai cambiamenti dello scenario umano. Di modo che ciò che chiamiamo scienza reale, la scienza di ogni epoca, di ogni ampia agglomerazione umana, non è una realtà univoca e che tolleri la circoscrizione. Vi sono certe discipline centrali dove, senza grave difficoltà, potrebbero fissarsi i confini dello scientifico —per esempio, matematica, fisica—; ma le scienze periferiche vivono in contatto immediato con quegli altri elementi extrascientifici della coscienza, che agiscono su di esse, impongono loro nuovi problemi, sollecitano la loro ammissione nel regime della scienza, alcune con più riserbo e misura; altre, bravamente; di sorta che alla scienza scientifica circonda in ogni momento storico una come atmosfera o alone di formazioni spirituali intermedie che non sono scienza né assolutamente sono materiale selvaggio dell’animo.

Molti di questi prodotti epiceni sono, di lì a poco, respinti definitivamente fuori della possibilità scientifica; ma altri collaborano per qualche tempo dall’esterno della scienza stretta nell’evoluzione di questa —esempio: il socialismo ai nostri giorni— e altri, in fine, dopo lieve modificazione, entrano nella pienezza della certezza scientifica.

A questi risultati seminformi della nostra coscienza corrisponde il nome di miti. Perché non altra cosa è mito che un contenuto mentale indifferenziato che aspira a esercitare la funzione di concetto o spiegazione teorica di un problema, ma che non si è liberato sufficientemente dall’empirismo sensitivo né dalla tonalità affettiva e sentimentale di tutto ciò che in noi è spontaneo. Riflessione, scienza è purificazione dello spontaneo, psichico. Storicamente la scienza procede dal mito, o come ha detto Cohen, è «lo svolgimento di ciò che vi è di serio nel mito mediante la rimozione del momento soggettivo emozionale».

Da questa considerazione deduciamo che l’evoluzione della scienza si verifica in due dimensioni: una è la direzione in cui la scienza di oggi influenza immediatamente quella di domani; un’altra è l’influenza diffusa che sulla scienza di oggi vanno esercitando i miti fluttuanti nella coscienza attuale. La rigidità metodica del pensare scientifico, che deve costituire l’asse della nostra mentalità, deve esercitarsi senza posa, vigile e sollecita, contro la vita mitica circostante, ma non deve oltrepassare la sua missione pretendendo di sopprimere con mano adirata, meccanicamente ed esteriormente, il resto della nostra vita interiore, che non è solo il più esteso, ma quello che racchiude la potenzialità del porvenir stesso della scienza. L’amore della verità, suprema energia dell’animo, non deve giungere a convertirsi in odio all’errore, poiché di esso vive la verità; grazie al fatto che esso esiste si sa che è verità. Se l’errore si sopprimesse magicamente la verità cesserebbe di essere verità e si convertirebbe in dogma. Del pari, la virtù, rinchiusa in cenobi sontuosi, si alimenta dei vizi vicini.

Questa interpretazione della genesi culturale mi ha mosso sempre, quando dell’aumento spirituale della nostra razza ho scritto, a sostenere questi due imperativi in apparenza contraddittori: bisogna centrare la vita dell’intelletto spagnolo nelle abitudini critiche, metodiche della scienza più esatta, rigida e integerrima: bisogna arricchire la coscienza nazionale col maggior numero possibile di motivi culturali. In primo termine, critica scientifica; in secondo, sovralimentazione ideologica: questa terapeutica paradossale è l’unica opportuna per il paradossale malato: la Spagna.

Un esempio di ciò che ho chiamato mito e motivo culturale cerco di dare nelle pagine seguenti, dove espongo una serie di dottrine a mio modo di vedere, più che false, non vere, ma scientificamente suggestive. Delle due dimensioni in cui, secondo ho detto, procede lo sviluppo culturale, l’una, la scientifica, va mossa dal ragionamento; l’altra, dalla suggestione. In un paese di animo fiacco, pochissimi temperamenti sono attratti all’attività scientifica direttamente dall’influsso razionale. Sia lodato Dio che provvide al difetto ponendo accanto a questo l’influsso suggestivo.

I

Il dottor Sigmund Freud è un ebreo professore di Psichiatria a Vienna. Questo è già abbastanza. Ma, secondo un numero considerevole di persone, di medici giovani soprattutto, è molto più di questo: è un profeta, uno scopritore di certi segreti umani, la cui rivelazione deve esercitare una profonda influenza riformatrice non solo nella terapeutica dei nevrotici, ma nella psicologia generale, nella pedagogia, nella morale pubblica, nella metodologia storica, nella critica artistica, nell’estetica, nei procedimenti giudiziari, eccetera, eccetera. Secondo altri, il dottor Freud non è, in realtà, nulla di tutto questo, ma meramente un uomo ingegnoso, un uomo ciarlatano, un uomo occupato a demoralizzare la specie adamita. «Che cosa può aspettarsi, dicono, da un cittadino che, tra le altre cose, si dedica a interpretare i sogni dei nevrastenici facoltosi, come quel giovane della Bibbia soleva fare con gli incubi del faraone?»

E, nondimeno, i discepoli di Freud aumentano di giorno in giorno in Austria, in Germania, in Italia, negli Stati Uniti e formano una complessa associazione con numerosi centri particolari, con varie riviste e serie di pubblicazioni. A misura che progredisce l’espansione delle teorie freudiane i nemici si increspano con maggior brio, assalgono con censure più aspre, protestano con più forza nei Congressi scientifici, nelle riviste speciali, nei trattati e muovono, tra i loro pazienti e gli amici dei loro pazienti, una propaganda attiva contro il professor Freud e la sua scuola.

Non si tratta, dunque, di un avvenimento indifferente. Freud pretende di essere arrivato, partendo da saggi anteriori, a stabilire una nuova scienza, per lo meno un nuovo metodo scientifico, la psicoanalisi, grazie al quale si porta luce a vertiginose profondità della condizione umana.

La psicoanálisis no es un sistema, sino una serie de generalizaciones a que ha conducido el interés práctico inmediato de sanar ciertas enfermedades ante las cuales tenía la medicina que cruzarse de brazos. Es, pues, un doctrinal en génesis espontánea al cual se agregarán nuevas teorías parciales conforme el número de los investigadores aumente y se especialicen sus esfuerzos. Este origen discontinuo de la psicoanálisis, cuya unidad es meramente externa —la finalidad terapéutica— obliga a que intentemos primero una descripción general de su contenido, volviendo después con algún detenimiento a aquellos problemas que son más interesantes desde el punto de vista psicológico o filosófico. Porque no es propiamente una cuestión de medicina la que plantean las ideas de Freud; a ser tal yo no podría ocuparme de ellas, sino un tema de discusión psicológica, más exactamente aún, de lógica. Lo característico de la psicoanálisis es que, oriunda de una necesidad terapéutica, trasciende, desde luego, los límites de la consideración psicológica y se planta, de un salto, si no en la metafísica, en los confines metafísicos de la psicología[9].

Al mismo tiempo que Charcot definía la histeria como una enfermedad mental, un médico de Viena, con quien pronto había de colaborar Freud, el doctor Breuer, comenzaba el tratamiento de una enferma, una mujer joven, a quien las angustias sufridas mientras cuidaba a su padre en la enfermedad última habían dejado graves trastornos funcionales. Padecía la parálisis de ambas extremidades dextrales complicada con insensibilidad de las mismas; a veces esta afección se extendía al lado izquierdo, perturbaciones en los movimientos oculares, múltiples entorpecimientos de la visión, dificultades en la sustentación de la cabeza, intensa tos nerviosa, asco ante la alimentación y una vez, durante semanas, total incapacidad de beber a pesar de sed torturante, disminución de la palabra, que llegó hasta la incapacidad de hablar la lengua materna; en fin, estados de ausencia, confusión, delirio y alteración de la personalidad[10].

Observose que durante estos estados de transposición la enferma pronunciaba algunas palabras que parecían como si procedieran de un conjunto de pensamientos activo en su conciencia. El médico la redujo a una especie de sueño hipnótico y le repetía aquellas palabras para darle ocasión a que, partiendo de ellas, revelara sus preocupaciones. La enferma no tardaba en reproducir ante el médico las fantasías que durante sus absentismos la dominaban y que en aquellas palabras aisladas se habían revelado. Eran tristísimas ensoñaciones, a veces de contenido bellamente poético, en que ordinariamente se trataba de la situación de una muchacha junto al lecho de su padre enfermo. Una vez que había referido cierto número de análogas fantasías sentíase como libertada y tornaba a la vida psíquica normal. Pocas horas después, empero, volvía el ataque y era menester repetir la operación, volver a hacerle contar sus cuentos, tras de los cuales reaparecía la calma. Ella misma, que había olvidado su idioma nativo, el alemán, solía llamar a este tratamiento talking cure.

De esta manera se obtuvo la desaparición, no sólo pasajera, sino definitiva, de muchos de los síntomas que padecía. Así una vez, en sazón de extremo calor, mientras la enferma era atormentada cruelmente por la sed, tomó un vaso de agua, pero al llevarlo a los labios lo arrojó como un hidrófobo. Esto se repitió por espacio de mes y medio hasta que un día, sometida a la hipnosis, se puso a hablar de la señorita de compañía manifestando su antipatía y refirió con vivas muestras de terror, que en cierta ocasión, al entrar en el cuarto de aquélla, había visto que le daba de beber en un vaso a un perrito que tenía, una alimaña asquerosa. Ella no había dicho nada por no ser descortés. Después que hubo dado expansión a aquel enojo que llevaba como corrompido dentro, pidió de beber y bebió, vuelta de la hipnosis, con toda tranquilidad. La perturbación desapareció para siempre.

Este hecho fue como una luz que condujo a Breuer por nuevos senderos a establecer una teoría original sobre el mecanismo de la histeria. Los síntomas eran restos, residuos de acontecimientos emocionales que el paciente había experimentado, y la peculiaridad del síntoma mostraba siempre su conexión con la escena originaria. A veces un síntoma no procedía de una sola escena, sino de toda una serie que era menester ir descubriendo y libertando por orden cronológico.

Breuer y Freud llegaron, pues, a esta conclusión: los histéricos padecen de reminiscencias. Situaciones enojosas, emociones que por una causa o por otra no llegaron a una resolución libre y pacífica en el ánimo de los enfermos, desaparecen de la memoria de éstos dejando en su lugar como símbolos y recordatorios los síntomas patológicos.

Como se advierte, ambos médicos se decidieron a tomar al pie de la letra el nombre de enfermedades mentales que a ciertas manifestaciones anormales de los hijos de Dios se viene dando. Se decidieron a buscar la causa directamente en el alma y a curar ésta sin intermediarios de ningún género. La resolución, desde el punto de vista de la medicina como del de la psicología misma, no puede ser más grave. La reducción a lo fisiológico de todas las preocupaciones médicas, el imperativo de la nueva psicología que declara ilícito buscar fuera del cuerpo el principio de las variaciones psíquicas, así normales como heteróclitas, no son ciertamente caprichos de una ideología materialista ni infundadas limitaciones del campo de lo real, como acontece con otros principios positivistas. Se trata de la unidad de la experiencia; es decir, de la condición que hace posible el carácter decisivo de las determinaciones científicas: que sean inequívocas. Si junto al cuerpo de la carne hay un cuerpo de material psíquico donde también acontecen sucesos reales, como se trata de dos mundos sin comunicación, de dos mundos verdaderamente, nos encontramos con dos series de sucesos en el tiempo compenetradas, confundidas. Y como sólo la fijación inequívoca en la serie temporal mantiene un fenómeno distinto de los demás, determinado, eso de que ocurran en un mismo tiempo dos variaciones equivale a la indistinción de éstas, a su inexactitud o valor equívoco. Pero, dejemos para más tarde la crítica y estimación de las afirmaciones de Freud. Ahora prosigamos su exposición.

«La interpretación que dábamos al proceso de la enfermedad y del restablecimiento —dice Freud— puede verse claramente en otros dos datos que la observación de la enferma de Breuer nos ofrece. Por lo que hace a la etiología de la enfermedad, es de advertir que la enferma, en casi todas las situaciones patógenas, tuvo que reprimir una fuerte excitación, en lugar de darle expansión en los correspondientes signos afectivos, palabras y acciones. En la sencilla escena a propósito del perro de su acompañante, reprimió, por consideración a ésta la expresión de su asco; mientras velaba junto al lecho de su padre, tuvo cuidado constante de que éste no percibiera sus temores y dolorosas impresiones. Cuando más tarde reprodujo estas escenas ante el médico, se presentó la emoción entonces retenida con gran fuerza, como si se hubiera conservado íntegra. Más aún, el síntoma que de esta escena le había quedado alcanzaba su intensidad máxima cuando el descubrimiento de su causa andaba más cerca, y una vez hecha ésta patente, desaparecía. Por otra parte, pudo observarse que la recordación de la escena ante el médico no producía su efecto salvador cuando por cualquier razón se verificaba sin expansión emotiva. Los destinos de estas emociones que pueden ser representadas como cantidades transmutables eran, por tanto, lo decisivo, tanto en el origen de la enfermedad como en la curación. Fuimos llevados consiguientemente a la opinión de que la enfermedad se producía porque los efectos desarrollados en la situación patógena hallaban obstruidos sus normales cauces y que la esencia de la enfermedad consistía en que estos afectos «estrangulados» sufrían una desviación. En parte, permanecían en la psique como perenne vejamen de la vida espiritual y fuente de constantes irritaciones: en parte experimentaron una transposición en enervaciones e inhibiciones corporales extraordinarias que se manifestaban en los síntomas corporales del enfermo. A este último fenómeno hemos dado el nombre de «conversión histérica». Una porción determinada de nuestra excitación espiritual es normalmente conducida por medio de la inervación corporal a lo que conocemos como «expresión de las emociones». La conversión histérica exagera este proceso normal de la afectividad, porque cuando una corriente fluye por dos canales, rebasa el uno si en el otro el líquido tropieza con un obstáculo.

Psychoanalysis is not a system, but a series of generalizations to which the immediate practical interest of healing certain diseases has led, diseases before which medicine had to fold its arms. It is, then, a doctrine in spontaneous genesis to which new partial theories will be added as the number of investigators increases and their efforts become specialized. This discontinuous origin of psychoanalysis, whose unity is merely external —the therapeutic aim— obliges us to attempt first a general description of its content, returning afterwards with some deliberation to those problems that are more interesting from the psychological or philosophical point of view. Because it is not properly a question of medicine that Freud’s ideas raise; were it so, I could not concern myself with them, but a theme of psychological discussion, more exactly still, of logic. What is characteristic of psychoanalysis is that, originating from a therapeutic need, it transcends, from the first, the limits of psychological consideration and plants itself, at a stroke, if not in metaphysics, on the metaphysical confines of psychology[9].

At the same time that Charcot defined hysteria as a mental illness, a physician of Vienna, with whom Freud was soon to collaborate, Doctor Breuer, began the treatment of a patient, a young woman, whom the anxieties suffered while she cared for her father in his last illness had left with grave functional disorders. She suffered paralysis of both dextral extremities complicated with insensibility of the same; at times this affection extended to the left side, disturbances in the ocular movements, multiple torpors of vision, difficulties in holding up the head, intense nervous cough, disgust before food and once, for weeks, total incapacity to drink despite torturing thirst, diminution of speech, which reached the point of incapacity to speak her mother tongue; in short, states of absence, confusion, delirium and alteration of the personality[10].

It was observed that during these states of transposition the patient pronounced some words that seemed as if they proceeded from a set of thoughts active in her consciousness. The physician reduced her to a kind of hypnotic sleep and repeated those words to her to give her occasion that, starting from them, she reveal her preoccupations. The patient was not long in reproducing before the physician the fantasies that during her absences dominated her and that in those isolated words had been revealed. They were most sorrowful reveries, sometimes of beautifully poetic content, in which ordinarily was dealt the situation of a girl beside the bed of her sick father. Once she had related a certain number of analogous fantasies she felt as if liberated and returned to the normal psychic life. A few hours later, however, the attack returned and it was necessary to repeat the operation, to make her tell her stories again, after which calm reappeared. She herself, who had forgotten her native language, German, used to call this treatment talking cure.

In this manner there was obtained the disappearance, not only temporary, but definitive, of many of the symptoms she suffered. Thus once, in a season of extreme heat, while the patient was cruelly tormented by thirst, she took a glass of water, but on carrying it to her lips she threw it away like a hydrophobe. This was repeated for a month and a half until one day, subjected to hypnosis, she began to speak of the companion lady manifesting her antipathy and related with vivid signs of terror, that on a certain occasion, upon entering the room of the latter, she had seen that she was giving a drink in a glass to a little dog she had, a loathsome little creature. She had said nothing so as not to be discourteous. After she had given vent to that anger which she carried as if corrupted within, she asked for a drink and drank, returned from hypnosis, with complete tranquility. The disturbance disappeared forever.

This fact was like a light that led Breuer along new paths to establish an original theory of the mechanism of hysteria. The symptoms were remains, residues of emotional events that the patient had experienced, and the peculiarity of the symptom always showed its connection with the original scene. At times a symptom did not proceed from a single scene, but from a whole series that had to be discovered and freed in chronological order.

Breuer and Freud arrived, then, at this conclusion: hysterics suffer from reminiscences. Annoying situations, emotions that for one cause or another did not reach a free and peaceful resolution in the souls of the patients, disappear from their memory leaving in their place as symbols and reminders the pathological symptoms.

As can be noted, both physicians decided to take literally the name of mental illnesses that has been given to certain abnormal manifestations of the sons of God. They decided to seek the cause directly in the soul and to cure it without intermediaries of any kind. The resolution, from the point of view of medicine as of psychology itself, could not be more grave. The reduction to the physiological of all medical preoccupations, the imperative of the new psychology that declares it illicit to seek outside the body the principle of psychic variations, normal as well as heteroclite, are certainly not caprices of a materialist ideology nor unfounded limitations of the field of the real, as happens with other positivist principles. It is a matter of the unity of experience; that is, of the condition that makes possible the decisive character of scientific determinations: that they be unequivocal. If alongside the body of flesh there is a body of psychic material where real events also happen, since it is a matter of two worlds without communication, of two worlds truly, we find ourselves with two series of events in time interpenetrated, confused. And since only the unequivocal fixing in the temporal series maintains a phenomenon distinct from the others, determined, the fact that two variations occur in the same time is equivalent to the indistinction of these, to their inexactness or equivocal value. But let us leave for later the critique and estimation of Freud’s affirmations. Now let us continue his exposition.

«The interpretation that we gave to the process of the illness and of the recovery —says Freud— can be seen clearly in two other data that the observation of Breuer’s patient offers us. As far as the etiology of the illness is concerned, it is to be noted that the patient, in almost all the pathogenic situations, had to repress a strong excitement, instead of giving it vent in the corresponding affective signs, words and actions. In the simple scene concerning her companion’s dog, she repressed, out of consideration for her, the expression of her disgust; while she kept watch beside her father’s bed, she had constant care that he not perceive her fears and painful impressions. When later she reproduced these scenes before the physician, the emotion then retained presented itself with great force, as if it had been kept intact. Moreover, the symptom that had remained to her from this scene reached its maximum intensity when the discovery of its cause was nearer, and once this was made patent, it disappeared. On the other hand, it could be observed that the recollection of the scene before the physician did not produce its saving effect when for any reason it took place without emotional discharge. The destinies of these emotions that can be represented as transmutable quantities were, therefore, what was decisive, both in the origin of the illness and in the cure. We were consequently led to the opinion that the illness was produced because the affects developed in the pathogenic situation found their normal channels obstructed and that the essence of the illness consisted in these “strangled” affects suffering a deviation. In part, they remained in the psyche as a perennial vexation of the spiritual life and a source of constant irritations: in part they underwent a transposition into extraordinary bodily enervations and inhibitions that manifested themselves in the bodily symptoms of the patient. To this last phenomenon we have given the name of “hysterical conversion”. A determinate portion of our spiritual excitement is normally conducted by means of bodily innervation to what we know as “expression of the emotions”. Hysterical conversion exaggerates this normal process of affectivity, because when a current flows through two channels, it overflows the one if in the other the liquid meets an obstacle.

La psicoanalisi non è un sistema, ma una serie di generalizzazioni a cui ha condotto l’interesse pratico immediato di sanare certe malattie davanti alle quali la medicina doveva incrociare le braccia. È, dunque, un dottrinale in genesi spontanea al quale si aggiungeranno nuove teorie parziali a misura che il numero dei ricercatori aumenti e si specializzino i loro sforzi. Questa origine discontinua della psicoanalisi, la cui unità è meramente esterna —la finalità terapeutica— obbliga a che tentiamo prima una descrizione generale del suo contenuto, tornando poi con qualche indugio a quei problemi che sono più interessanti dal punto di vista psicologico o filosofico. Perché non è propriamente una questione di medicina quella che sollevano le idee di Freud; se tale fosse io non potrei occuparmene, ma un tema di discussione psicologica, più esattamente ancora, di logica. Lo caratteristico della psicoanalisi è che, oriunda di una necessità terapeutica, trascende, senz’altro, i limiti della considerazione psicologica e si pianta, con un salto, se non nella metafisica, nei confini metafisici della psicologia[9].

Nello stesso tempo in cui Charcot definiva l’isteria come una malattia mentale, un medico di Vienna, con cui presto avrebbe collaborato Freud, il dottor Breuer, cominciava il trattamento di una malata, una donna giovane, a cui le angosce sofferte mentre curava suo padre nell’ultima malattia avevano lasciato gravi disturbi funzionali. Soffriva la paralisi di ambedue le estremità destrali complicata con insensibilità delle stesse; a volte questa affezione si estendeva al lato sinistro, perturbazioni nei movimenti oculari, molteplici intorpidimenti della visione, difficoltà nel sostenere la testa, intensa tosse nervosa, disgusto davanti all’alimentazione e una volta, durante settimane, totale incapacità di bere nonostante sete torturante, diminuzione della parola, che giunse fino all’incapacità di parlare la lingua materna; in fine, stati di assenza, confusione, delirio e alterazione della personalità[10].

Si osservò che durante questi stati di trasposizione la malata pronunciava alcune parole che sembravano come se procedessero da un insieme di pensieri attivo nella sua coscienza. Il medico la ridusse a una specie di sonno ipnotico e le ripeteva quelle parole per darle occasione che, partendo da esse, rivelasse le sue preoccupazioni. La malata non tardava a riprodurre davanti al medico le fantasie che durante i suoi assenteismi la dominavano e che in quelle parole isolate si erano rivelate. Erano tristissime fantasticherie, a volte di contenuto bellamente poetico, in cui ordinariamente si trattava della situazione di una fanciulla accanto al letto di suo padre malato. Una volta che aveva riferito un certo numero di analoghe fantasie si sentiva come liberata e tornava alla vita psichica normale. Poche ore dopo, però, tornava l’attacco ed era mestieri ripetere l’operazione, tornare a farle raccontare i suoi racconti, dopo i quali riappariva la calma. Ella stessa, che aveva dimenticato la sua lingua nativa, il tedesco, soleva chiamare questo trattamento talking cure.

In questa maniera si ottenne la sparizione, non solo passeggera, ma definitiva, di molti dei sintomi che soffriva. Così una volta, in stagione di estremo calore, mentre la malata era tormentata crudelmente dalla sete, prese un bicchier d’acqua, ma nel portarlo alle labbra lo gettò come un idrofobo. Questo si ripeté per lo spazio di un mese e mezzo finché un giorno, sottoposta all’ipnosi, si mise a parlare della signorina di compagnia manifestando la sua antipatia e riferì con vive dimostrazioni di terrore, che in certa occasione, entrando nella camera di quella, aveva visto che dava da bere in un bicchiere a un cagnolino che aveva, una bestiola schifosa. Ella non aveva detto nulla per non essere scortese. Dopo che ebbe dato espansione a quella collera che portava come corrotto dentro, chiese da bere e bevve, tornata dall’ipnosi, con tutta tranquillità. La perturbazione scomparve per sempre.

Questo fatto fu come una luce che condusse Breuer per nuovi sentieri a stabilire una teoria originale sul meccanismo dell’isteria. I sintomi erano resti, residui di avvenimenti emozionali che il paziente aveva sperimentato, e la peculiarità del sintomo mostrava sempre la sua connessione con la scena originaria. A volte un sintomo non procedeva da una sola scena, ma da tutta una serie che era mestiere andare scoprendo e liberando per ordine cronologico.

Breuer e Freud arrivarono, dunque, a questa conclusione: gli isterici soffrono di reminiscenze. Situazioni moleste, emozioni che per una causa o per un’altra non giunsero a una risoluzione libera e pacifica nell’animo dei malati, scompaiono dalla memoria di questi lasciando in loro luogo come simboli e ricordatori i sintomi patologici.

Come si avverte, ambedue i medici si decisero a prendere alla lettera il nome di malattie mentali che a certe manifestazioni anormali dei figli di Dio si viene dando. Si decisero a cercare la causa direttamente nell’anima e a curare questa senza intermediari di nessun genere. La risoluzione, dal punto di vista tanto della medicina come della psicologia stessa, non può essere più grave. La riduzione al fisiologico di tutte le preoccupazioni mediche, l’imperativo della nuova psicologia che dichiara illecito cercare fuori del corpo il principio delle variazioni psichiche, così normali come eteroclite, non sono certamente capricci di un’ideologia materialista né infondate limitazioni del campo del reale, come accade con altri principi positivisti. Si tratta dell’unità dell’esperienza; cioè, della condizione che rende possibile il carattere decisivo delle determinazioni scientifiche: che siano inequivoche. Se accanto al corpo della carne c’è un corpo di materiale psichico dove anche accadono successi reali, siccome si tratta di due mondi senza comunicazione, di due mondi veramente, ci troviamo con due serie di successi nel tempo compenetrate, confuse. E siccome solo la fissazione inequivoca nella serie temporale mantiene un fenomeno distinto dagli altri, determinato, quel fatto che accadano in uno stesso tempo due variazioni equivale alla indistinzione di queste, alla loro inesattezza o valore equivoco. Ma, lasciamo per più tardi la critica e la stima delle affermazioni di Freud. Ora proseguiamo la sua esposizione.

«L’interpretazione che davamo al processo della malattia e del ristabilimento —dice Freud— può vedersi chiaramente in altri due dati che l’osservazione della malata di Breuer ci offre. Per ciò che riguarda l’eziologia della malattia, è da avvertire che la malata, in quasi tutte le situazioni patogene, dovette reprimere una forte eccitazione, invece di darle espansione nei corrispondenti segni affettivi, parole e azioni. Nella semplice scena a proposito del cane della sua accompagnatrice, represse, per riguardo a questa, l’espressione del suo disgusto; mentre vegliava accanto al letto del padre, ebbe cura costante che questi non percepisse i suoi timori e le dolorose impressioni. Quando più tardi riprodusse queste scene davanti al medico, si presentò l’emozione allora trattenuta con grande forza, come se si fosse conservata integra. Di più, il sintomo che da questa scena le era rimasto raggiungeva la sua intensità massima quando la scoperta della sua causa era più vicina, e una volta fatta questa patente, scompariva. D’altra parte, poté osservarsi che la rievocazione della scena davanti al medico non produceva il suo effetto salvifico quando per qualsiasi ragione si verificava senza espansione emotiva. I destini di queste emozioni che possono essere rappresentate come quantità trasmutabili erano, pertanto, ciò che decideva, tanto nell’origine della malattia come nella guarigione. Fummo condotti conseguentemente all’opinione che la malattia si produceva perché gli effetti sviluppati nella situazione patogena trovavano ostrusi i loro normali canali e che l’essenza della malattia consisteva in che questi affetti “strozzati” subivano una deviazione. In parte, permanevano nella psiche come perpetuo tormento della vita spirituale e fonte di costanti irritazioni: in parte sperimentarono una trasposizione in enervazioni e inibizioni corporali straordinarie che si manifestavano nei sintomi corporali del malato. A quest’ultimo fenomeno abbiamo dato il nome di “conversione isterica”. Una porzione determinata della nostra eccitazione spirituale è normalmente condotta per mezzo dell’innervazione corporale a ciò che conosciamo come “espressione delle emozioni”. La conversione isterica esagera questo processo normale dell’affettività, perché quando una corrente fluisce per due canali, trabocca dall’uno se nell’altro il liquido incontra un ostacolo.

»Se trata, pues, de una teoría puramente psicológica de la histeria en que atribuímos a los procesos emocionales el papel principal. Una segunda observación de Breuer nos obliga a conceder gran importancia a los estados de conciencia en la caracterización del hecho patológico. La enferma de Breuer experimentaba una mudable constitución espiritual, estados de ausencia, delirio, etcétera. En su estado normal, empero, no recordaba nada de aquellas escenas patógenas y de su conexión con los síntomas que padecía. Sometida al sueño hipnótico las remembraba, bien que costara gran trabajo conseguirlo. Daría lugar a gran perplejidad interpretar estos hechos si las experiencias del hipnotismo no nos hubieran enseñado el camino. Gracias al estudio de los fenómenos hipnóticos nos hemos acostumbrado a la concepción, sorprendente en un principio, de que son posibles en un mismo individuo varias agrupaciones espirituales que viven con bastante independencia unas de otras, se ignoran mutuamente y alternativamente se apoderan de la conciencia. Casos de esta especie, designados como «conciencia doble», se presentan a veces espontáneamente a la observación. Cuando en tales escisiones de la personalidad permanece la conciencia ligada a uno de entrambos estados, se llama a éste el estado psíquico consciente; al aislado de él, inconsciente. En los conocidos fenómenos de la sugestión post hipnótica, donde un encargo recibido en la hipnosis se realiza incontrastable en el estado normal, se tiene un buen modelo de los influjos que puede ejercer sobre el estado consciente el inconsciente, y, de todos modos, las experiencias sobre el histerismo son susceptibles de que se las disponga según esta pauta. Breuer se decidió a la hipótesis de que los síntomas histéricos se originan en ciertos estados de irregularidad psíquica, que él llamó estados hipnoides. Irritaciones que coinciden con tales estados son fácilmente patógenas, porque esos estados no ofrecen buenas condiciones para la resolución normal de los procesos afectivos, de modo que se origina un producto extraordinario, el síntoma, y éste penetra como un cuerpo extraño en el estado normal a quien en cambio falta el conocimiento de la situación patógena hipnoide. Donde hay un síntoma hay siempre una amnesia, un vacío en la memoria y el hinchamiento de ese vacío incluye la supresión de las condiciones engendradoras del síntoma»[11].

Hasta aquí llega la investigación de Breuer. Freud prosiguió algún tiempo usando del mismo procedimiento para purgar el ánima de sus pacientes. Pero no todos, ni mucho menos, podían ser traídos al sueño hipnótico. Entonces Freud dio el paso decisivo. Resolvió dirigirse al enfermo en estado normal. Recordó que, según Bernheim, el olvido de lo experimentado durante la hipnosis es sólo aparente: si se insiste, el enfermo recobra la memoria de lo que dormido ha hecho y dicho. De esta manera pudo Freud sacar a luz de las profundidades de la psique valetudinaria aquellos elementos que eran necesarios para recomponer su normal consistencia.

Pero el alma individual es una selva virgen, toda profusión e infinitud de formas, surcada por senderos incalculables donde Freud penetraba a la buena de Dios en busca de aquel minúsculo detalle abismado en la vida consciente del individuo, perteneciente en ocasiones a épocas muy retiradas, a la juventud, a la infancia del enfermo. En verdad, el hallazgo del tema espiritual lesivo era siempre una casualidad. Una vez comprobado que el olvido de éste es sólo relativo, que, más o menos traspuesto y oculto, perdura sin embargo, ¿no habría medio de organizar metódicamente su captura y construir una técnica de orientación que lleve al médico por caminos rectos al través del alma enferma hasta el lugar donde el elemento patógeno se halla enquistado?

Ni más ni menos que esto es la psicoanálisis: la técnica de la purgación o Katharsis espiritual. Esto era y es, en el orden religioso, la confesión; ya veremos cómo no es la menor objeción que a la psicoanálisis puede hacerse considerarla como una justificación científica del confesonario.

II

Llegamos ahora a la exposición del concepto principal de todo este organismo ideológico, al término que como el muelle real de un reloj pone en movimiento todo el mecanismo de la psicoanálisis.

¿Cómo es posible que representaciones, cuyo contenido es tan importante para la vida del enfermo, hayan sido arrancadas de los primeros planos de su memoria y permanezcan tan ocultas que sean menester grandes esfuerzos para sacarlas de nuevo a la superficie?

Fijemos los hechos dados: 1.º, el olvido de la representación; 2.º, su recordación después de, 3.º, vencer grandes resistencias que el enfermo mismo opone, sin darse cuenta, a la reproducción de la escena en la memoria. Entre los dos primeros hechos, el tercero equivale a un puente, es decir, a una explicación. En efecto: la «resistencia» que ofrece la conciencia del individuo a que en ella penetre, en forma de recuerdo, aquella representación o serie de ellas sugirió a Freud la siguiente hipótesis, centro de todas sus doctrinas: Las mismas fuerzas que hoy oponen resistencia a que lo olvidado vuelva a ser hecho consciente tuvieron que ser las que en otro tiempo produjeron el olvido y que expulsaron las representaciones patógenas fuera de la conciencia.

He aquí una nueva idea que, armada de todas armas, salta a la arena ideológica: la expulsión o remoción (Verdrängung).

Según Freud, en el centro de todos los acontecimientos emocionales que originan la histeria hay un deseo, una fuerte exigencia emergente, que siendo incompatible con el resto de las ideas, convicciones y deseos dominantes en el individuo, son las fuerzas eyectoras. El deseo que irrumpe en el equilibrio de la conciencia es en sí una petición de placer, de una situación grata, pero frente al resto de nuestros deseos y pensamientos se convierte en motivo de enojo y descontento. Da lugar, pues, su aparición, a un breve conflicto que se resuelve con la expulsión de la imagen levantisca e intrusa. Con la expulsión fuera de la conciencia: bien, pero ¿dónde cae? ¿En qué territorio, en qué mazmorra del ánimo viene a ser recluida? Simplemente, opina Freud, fuera de la conciencia, en lo inconsciente.

Bien, ocurrirá al lector: pero lo inconsciente, lo no consciente es lo fisiológico. Una imagen como tal es algo perteneciente a la conciencia: una imagen fuera de la conciencia equivale, por tanto, a una imagen que deja de ser imagen, que se disgrega en sus elementos sensoriales y deja de existir. Ahí está el error de la gran mayoría de los psicólogos —repone Freud—: emplean los conceptos de consciente y de psíquico como valores idénticos, no admiten lo que parece forzoso admitir, la subsunción de ambos términos de modo que psíquico sea un género bajo el que caben toda una continuidad de conceptos específicos: psíquico consciente, psíquico inconsciente, psíquico preconsciente, etcétera. Como se advierte, lo inconsciente en el sentido que Freud le da es una de las opiniones psicoanalíticas que mayor superficie ofrecen a la crítica. Cuando lleguemos a la hora de ésta trataremos de poner en claro esta cuestión, la más enojosa y grave de toda la moderna psicología.

Por el pronto, basta con acotar bien el valor del término freudiano: inconsciente es el contenido psíquico que, no sólo no está en la conciencia ahora o en el otro instante, sino que no puede volver a ella porque ha sido expulsado y se le han cerrado las puertas. Reducido a este valor queda este término provisionalmente aceptable, simple nombre de una determinación descriptiva distinto de las suposiciones metafísicas que en la terminología filosófica ha llevado a cuestas (Hartmann).

Constantemente se suscitan en nuestro interior deseos y con gran frecuencia verificamos su expulsión. Sin embargo, no trae ésta consigo el desarreglo histérico o neurótico. En primer lugar, aquellos deseos son de ordinario compatibles de alguna manera con nuestras prescripciones éticas y estéticas fundamentales, de modo que, aunque resulten parcialmente incompatibles, nuestra relación con ellos es de pacto y contrato. Los expulsamos persuasivamente; mejor aún, hacemos que ellos mismos se resuelvan e inserten en la vida general de nuestra conciencia; la expulsión no es, pues, tal expulsión. Otras veces el deseo es perentorio y a la par incomportable radicalmente con nuestras normas íntimas: entonces el conflicto surge y con él el enojo, el sufrimiento espiritual que mueve a la expulsión. Mas, en lugar de realizar ésta sumaria y automáticamente, dejamos que el conflicto perdure, soportamos la desazón y damos al afecto intruso espacio y coyuntura para que se desarrolle y gaste su energía. La conclusión en este caso, como en el anterior, es que se disuelve en la corriente principal de la conciencia.

La expulsión engendradora de síntomas patológicos es, pues, la expulsión brutal y a la vez fracasada[12]: brutal, porque arroja a la representación concupiscente de una manera violenta y mecánica; fracasada, porque el deseo bien que en los aledaños de la conciencia, perdura con toda su integridad y desde fuera influye en la vida consciente enviando a ella como sustitutos que salvan la consigna, elementos extraños y subrepticios que perturban la policía y régimen normal de la psique. Estos últimos son los síntomas patológicos.

»It is a matter, then, of a purely psychological theory of hysteria in which we attribute the principal role to the emotional processes. A second observation of Breuer obliges us to grant great importance to the states of consciousness in the characterization of the pathological fact. Breuer’s patient experienced a changeable spiritual constitution, states of absence, delirium, et cetera. In her normal state, however, she remembered nothing of those pathogenic scenes and of their connection with the symptoms she suffered. Subjected to the hypnotic sleep she remembered them, although it cost great labor to achieve it. It would give rise to great perplexity to interpret these facts if the experiences of hypnotism had not taught us the way. Thanks to the study of the hypnotic phenomena we have become accustomed to the conception, surprising at first, that several spiritual groupings are possible in the same individual that live with considerable independence from one another, mutually ignore each other and alternately take possession of consciousness. Cases of this sort, designated as “double consciousness”, sometimes present themselves spontaneously to observation. When in such splits of the personality the consciousness remains bound to one of the two states, this one is called the conscious psychic state; the one isolated from it, unconscious. In the well-known phenomena of post-hypnotic suggestion, where an errand received in hypnosis is carried out irresistibly in the normal state, one has a good model of the influences that the unconscious can exercise upon the conscious state, and, in any case, the experiences concerning hysteria are susceptible of being arranged according to this pattern. Breuer decided upon the hypothesis that the hysterical symptoms originate in certain states of psychic irregularity, which he called hypnoid states. Irritations that coincide with such states are easily pathogenic, because these states do not offer good conditions for the normal resolution of the affective processes, so that an extraordinary product originates, the symptom, and this penetrates like a foreign body into the normal state which in turn lacks knowledge of the pathogenic hypnoid situation. Where there is a symptom there is always an amnesia, a void in the memory, and the swelling of that void includes the suppression of the conditions engendering the symptom»[11].

So far reaches Breuer’s investigation. Freud continued for some time using the same procedure to purge the souls of his patients. But not all, by no means, could be brought into the hypnotic sleep. Then Freud gave the decisive step. He resolved to address the patient in the normal state. He remembered that, according to Bernheim, the forgetting of what has been experienced during hypnosis is only apparent: if one insists, the patient recovers the memory of what while sleeping he has done and said. In this way Freud was able to bring to light from the depths of the ailing psyche those elements that were necessary to recompose its normal consistency.

But the individual soul is a virgin jungle, all profusion and infinitude of forms, furrowed by incalculable paths where Freud penetrated at random in search of that minuscule detail sunk in the conscious life of the individual, belonging at times to very remote epochs, to the youth, to the infancy of the patient. In truth, the discovery of the harmful spiritual theme was always a chance. Once it was verified that the forgetting of it is only relative, that, more or less displaced and hidden, it nevertheless endures, would there not be a means of organizing methodically its capture and constructing a technique of orientation that leads the physician by straight roads across the sick soul to the place where the pathogenic element lies encysted?

Neither more nor less than this is psychoanalysis: the technique of purgation or spiritual Katharsis. This was and is, in the religious order, confession; we shall see how it is not the least objection that can be made to psychoanalysis to consider it a scientific justification of the confessional.

II

We arrive now at the exposition of the principal concept of this whole ideological organism, at the term that like the real mainspring of a clock sets in motion the whole mechanism of psychoanalysis.

How is it possible that representations, whose content is so important for the life of the patient, have been torn from the foreground of his memory and remain so hidden that great efforts are necessary to bring them again to the surface?

Let us fix the given facts: 1st, the forgetting of the representation; 2nd, its recollection after, 3rd, overcoming great resistances that the patient himself opposes, without realizing it, to the reproduction of the scene in the memory. Between the two first facts, the third is equivalent to a bridge, that is, to an explanation. Indeed: the “resistance” that the consciousness of the individual offers to that representation or series of them penetrating into it, in the form of recollection, suggested to Freud the following hypothesis, center of all his doctrines: The same forces that today oppose resistance to the forgotten being made conscious again must have been those that in another time produced the forgetting and that expelled the pathogenic representations outside consciousness.

Here is a new idea that, armed cap-a-pie, leaps into the ideological arena: the expulsion or removal (Verdrängung).

According to Freud, at the center of all the emotional events that originate hysteria there is a desire, a strong emerging demand, which being incompatible with the rest of the ideas, convictions and desires dominant in the individual, are the ejector forces. The desire that bursts into the equilibrium of consciousness is in itself a petition for pleasure, for a gratifying situation, but in face of the rest of our desires and thoughts it becomes a motive of vexation and discontent. Its appearance, then, gives rise to a brief conflict that is resolved with the expulsion of the rebellious and intrusive image. With the expulsion outside consciousness: well, but where does it fall? In what territory, in what dungeon of the soul does it come to be confined? Simply, Freud opines, outside consciousness, in the unconscious.

Well, the reader will say: but the unconscious, the non-conscious, is the physiological. An image as such is something belonging to consciousness: an image outside consciousness is equivalent, therefore, to an image that ceases to be an image, that disintegrates into its sensory elements and ceases to exist. There is the error of the great majority of psychologists —Freud replies—: they employ the concepts of conscious and psychic as identical values; they do not admit what seems forced to admit, the subsumption of both terms so that psychic is a genus under which fits a whole continuity of specific concepts: psychic conscious, psychic unconscious, psychic preconscious, et cetera. As can be noted, the unconscious in the sense that Freud gives it is one of the psychoanalytic opinions that offer the greatest surface to criticism. When we reach the hour of this, we shall try to make clear this question, the most vexatious and grave of all modern psychology.

For the present, it suffices to delimit well the value of the Freudian term: unconscious is the psychic content that, not only is not in consciousness now or in the other instant, but cannot return to it because it has been expelled and the doors have been closed to it. Reduced to this value, this term remains provisionally acceptable, a simple name of a descriptive determination distinct from the metaphysical suppositions that it has carried on its back in philosophical terminology (Hartmann).

Constantly desires arise in our interior and with great frequency we verify their expulsion. Nevertheless, this does not bring with it the hysterical or neurotic disorder. In the first place, those desires are ordinarily compatible in some manner with our fundamental ethical and aesthetic prescriptions, so that, although they turn out partially incompatible, our relation to them is one of pact and contract. We expel them persuasively; better yet, we make them themselves resolve and insert themselves into the general life of our consciousness; the expulsion is not, then, such an expulsion. Other times the desire is peremptory and at the same time radically unendurable with our intimate norms: then the conflict arises and with it the vexation, the spiritual suffering that moves to expulsion. But, instead of carrying this out summarily and automatically, we let the conflict endure, we bear the uneasiness and we give the intrusive affect space and occasion to develop and spend its energy. The conclusion in this case, as in the previous one, is that it dissolves in the main current of consciousness.

The expulsion that engenders pathological symptoms is, then, the brutal and at the same time failed expulsion[12]: brutal, because it casts the concupiscent representation in a violent and mechanical manner; failed, because the desire, although on the outskirts of consciousness, endures with all its integrity and from outside influences the conscious life, sending to it, as substitutes that save the watchword, strange and surreptitious elements that disturb the police and normal regime of the psyche. These latter are the pathological symptoms.

»Si tratta, dunque, di una teoria puramente psicologica dell’isteria in cui attribuiamo ai processi emozionali il ruolo principale. Una seconda osservazione di Breuer ci obbliga a concedere grande importanza agli stati di coscienza nella caratterizzazione del fatto patologico. La malata di Breuer sperimentava una mutevole costituzione spirituale, stati di assenza, delirio, eccetera. Nel suo stato normale, però, non ricordava nulla di quelle scene patogene e della loro connessione con i sintomi che soffriva. Sottoposta al sonno ipnotico le rememorava, benché costasse gran lavoro conseguirla. Darebbe luogo a gran perplessità interpretare questi fatti se le esperienze dell’ipnotismo non ci avessero insegnato la via. Grazie allo studio dei fenomeni ipnotici ci siamo abituati alla concezione, sorprendente in un principio, che sono possibili in uno stesso individuo varie raggruppamenti spirituali che vivono con bastante indipendenza gli uni dagli altri, si ignorano mutuamente e alternativamente si impadroniscono della coscienza. Casi di questa specie, designati come “coscienza doppia”, si presentano a volte spontaneamente all’osservazione. Quando in tali scissioni della personalità permane la coscienza legata a uno dei due stati, si chiama questo lo stato psichico cosciente; all’isolato da esso, inconscio. Nei noti fenomeni della suggestione postipnotica, dove un incarico ricevuto nell’ipnosi si realizza incontrastabile nello stato normale, si ha un buon modello degli influssi che l’inconscio può esercitare sullo stato cosciente, e, in ogni modo, le esperienze sull’isterismo sono suscettibili di disporsi secondo questa norma. Breuer si decise all’ipotesi che i sintomi isterici si originano in certi stati di irregolarità psichica, che egli chiamò stati ipnoidi. Irritazioni che coincidono con tali stati sono facilmente patogene, perché questi stati non offrono buone condizioni per la risoluzione normale dei processi affettivi, di modo che si origina un prodotto straordinario, il sintomo, e questo penetra come un corpo estraneo nello stato normale a cui manca invece la conoscenza della situazione patogena ipnoide. Dove c’è un sintomo c’è sempre un’amnesia, un vuoto nella memoria e l’ingrossamento di quel vuoto include la soppressione delle condizioni generatrici del sintomo»[11].

Fino a qui arriva la ricerca di Breuer. Freud proseguì per qualche tempo usando lo stesso procedimento per purgare l’anima dei suoi pazienti. Ma non tutti, né tanto meno, potevano essere condotti al sonno ipnotico. Allora Freud dio il passo decisivo. Risolse di rivolgersi al malato in stato normale. Ricordò che, secondo Bernheim, l’oblio di ciò che si è sperimentato durante l’ipnosi è solo apparente: se si insiste, il malato ricupera la memoria di ciò che dormendo ha fatto e detto. In questa maniera poté Freud trarre alla luce dalle profondità della psiche valetudinaria quegli elementi che erano necessari per ricomporre la sua normale consistenza.

Ma l’anima individuale è una selva vergine, tutta profusione e infinità di forme, solcata da sentieri incalcolabili dove Freud penetrava alla ventura in cerca di quel minuscolo dettaglio abissato nella vita cosciente dell’individuo, appartenente a volte a epoche molto remote, alla giovinezza, all’infanzia del malato. In verità, il ritrovamento del tema spirituale lesivo era sempre una casualità. Una volta comprovato che l’oblio di questo è solo relativo, che, più o meno trasposto e occulto, perdura tuttavia, non vi sarebbe mezzo di organizzare metodicamente la sua cattura e costruire una tecnica di orientamento che conduca il medico per vie rette attraverso l’anima malata fino al luogo dove l’elemento patogeno si trova incistato?

Né più né meno di questo è la psicoanalisi: la tecnica della purgazione o Katharsis spirituale. Questo era ed è, nell’ordine religioso, la confessione; vedremo già come non sia la minore obiezione che alla psicoanalisi può farsi considerarla come una giustificazione scientifica del confessionale.

II

Arriviamo ora all’esposizione del concetto principale di tutto questo organismo ideologico, al termine che come la molla reale di un orologio mette in movimento tutto il meccanismo della psicoanalisi.

Come è possibile che rappresentazioni, il cui contenuto è così importante per la vita del malato, siano state strappate dai primi piani della sua memoria e permangano così occulte che siano mestieri grandi sforzi per trarle di nuovo alla superficie?

Fissiamo i fatti dati: 1.º, l’oblio della rappresentazione; 2.º, la sua rievocazione dopo di, 3.º, vincere grandi resistenze che il malato stesso oppone, senza rendersene conto, alla riproduzione della scena nella memoria. Tra i due primi fatti, il terzo equivale a un ponte, cioè, a una spiegazione. In effetto: la “resistenza” che offre la coscienza dell’individuo a che in essa penetri, in forma di ricordo, quella rappresentazione o serie di esse suggerì a Freud la seguente ipotesi, centro di tutte le sue dottrine: Le stesse forze che oggi oppongono resistenza a che l’obliato torni a essere fatto cosciente dovettero essere quelle che in altro tempo produssero l’oblio e che espulsero le rappresentazioni patogene fuori della coscienza.

Ecco una nuova idea che, armata di tutte armi, salta nell’arena ideologica: l’espulsione o rimozione (Verdrängung).

Secondo Freud, nel centro di tutti gli avvenimenti emozionali che originano l’isteria c’è un desiderio, una forte esigenza emergente, che essendo incompatibile col resto delle idee, convinzioni e desideri dominanti nell’individuo, sono le forze eiettrici. Il desiderio che irrompe nell’equilibrio della coscienza è in sé una richiesta di piacere, di una situazione grata, ma di fronte al resto dei nostri desideri e pensieri si converte in motivo di molestia e scontento. Dà luogo, dunque, la sua apparizione, a un breve conflitto che si risolve con l’espulsione dell’immagine levatizia e intrusa. Con l’espulsione fuori della coscienza: bene, ma dove cade? In quale territorio, in quale segreta dell’animo viene a essere rinchiusa? Semplicemente, opina Freud, fuori della coscienza, nell’inconscio.

Bene, dirà il lettore: ma l’inconscio, il non cosciente è il fisiologico. Un’immagine come tale è qualcosa appartenente alla coscienza: un’immagine fuori della coscienza equivale, quindi, a un’immagine che cessa di essere immagine, che si disgrega nei suoi elementi sensoriali e cessa di esistere. Ecco l’errore della grande maggioranza degli psicologi —ribatte Freud—: impiegano i concetti di cosciente e di psichico come valori identici, non ammettono ciò che sembra forzoso ammettere, la subsunzione di ambedue i termini di modo che psichico sia un genere sotto il quale capisce tutta una continuità di concetti specifici: psichico cosciente, psichico inconscio, psichico preconscio, eccetera. Come si avverte, l’inconscio nel senso che Freud gli dà è una delle opinioni psicoanalitiche che maggior superficie offrono alla critica. Quando arriveremo all’ora di questa tratteremo di mettere in chiaro questa questione, la più molesta e grave di tutta la psicologia moderna.

Per il pronto, basta con delimitare bene il valore del termine freudiano: inconscio è il contenuto psichico che, non solo non è nella coscienza ora o nell’altro istante, ma che non può tornare a essa perché è stato espulso e gli si sono chiuse le porte. Ridotto a questo valore resta questo termine provvisoriamente accettabile, semplice nome di una determinazione descrittiva distinto dalle supposizioni metafisiche che nella terminologia filosofica ha portato a carico (Hartmann).

Costantemente si suscitano nel nostro interno desideri e con gran frequenza verifichiamo la loro espulsione. Nondimeno, non porta questa con sé il disordine isterico o nevrotico. In primo luogo, quei desideri sono di ordinario compatibili in qualche maniera con le nostre prescrizioni etiche ed estetiche fondamentali, di modo che, benché risultino parzialmente incompatibili, la nostra relazione con essi è di patto e contratto. Li espelliamo persuasivamente; meglio ancora, facciamo che essi stessi si risolvano e si inseriscano nella vita generale della nostra coscienza; l’espulsione non è, dunque, tale espulsione. Altre volte il desiderio è perentorio e a un tempo radicalmente incomportabile con le nostre norme intime: allora il conflitto sorge e con esso la molestia, la sofferenza spirituale che muove all’espulsione. Ma, invece di realizzare questa sommaria e automaticamente, lasciamo che il conflitto perduri, sopportiamo il disagio e diamo all’affetto intruso spazio e congiuntura perché si sviluppi e spenda la sua energia. La conclusione in questo caso, come nell’anteriore, è che si dissolve nella corrente principale della coscienza.

L’espulsione generatrice di sintomi patologici è, dunque, l’espulsione brutale e a un tempo fallita[12]: brutale, perché getta la rappresentazione concupiscente in una maniera violenta e meccanica; fallita, perché il desiderio, sebbene nei dintorni della coscienza, perdura con tutta la sua integrità e dall’esterno influenza la vita cosciente inviando ad essa, come sostituti che salvano la consegna, elementi estranei e subdoli che perturbano la polizia e il regime normale della psiche. Questi ultimi sono i sintomi patologici.

Para concluir de aclarar los hechos y la teoría que sobre ellos levanta Freud, reproduzco la breve relación de un caso y una feliz comparación que incluyó el ilustre médico en sus conferencias de Worcester: «Una joven que poco antes había perdido a su padre, después de haberle cuidado —una situación análoga a la de la paciente de Breuer— comenzó a sentir por su cuñado una particular simpatía que fácilmente pudo disfrazarse de afectuosidad familiar. Su hermana enfermó a poco y murió mientras ella y su madre se hallaban ausentes. A toda prisa fueron llamadas sin que se las pusiera en conocimiento el doloroso acontecimiento. Cuando la muchacha llegó al lecho de la hermana muerta, surgió momentáneamente en su conciencia una idea que podía, poco más o menos, ser expresada con estas palabras: Ahora es él libre y puede casarse conmigo. Podemos admitir, con toda seguridad, que esta idea en que le era revelado su intenso amor hacia el marido de su hermana, de que hasta entonces no se había dado cuenta, levantó en su interior una inmediata protesta sentimental y fue condenada a la expulsión. La muchacha enfermó con graves síntomas histéricos, y cuando me encargué de su tratamiento certifiqué que había por completo olvidado la escena junto al lecho de su hermana y el impulso feamente egoísta que provocara. Mediante el tratamiento llegó a cobrar el recuerdo, reprodujo la situación patógena con señales de vivísima emoción y sanó»[13].

«Tal vez consiga aclarar a ustedes —prosigue la conferencia— el proceso de la expulsión y su conexión necesaria con la resistencia echando mano de un símbolo grosero que me ofrece la presente situación. Supongan ustedes que en este aula, cuyo silencio ejemplar y cuya atención no puedo alabar bastante, se encontrara un individuo que se comportara de una manera perturbadora y con sus risas inciviles, su charla y el ruido que mueve con los pies distrae mi atención de mi asunto. Declaro que no puedo de este modo continuar y algunos de entre ustedes, dotados de gran robustez, se levantan y tras breve lucha ponen fuera al perturbador. Ha sido “expulsado” y puedo proseguir mi discurso. Mas para que la interrupción no se repita, si el expulsado pretende volver a entrar en la sala, los señores antedichos ponen sus sillas junto a la puerta y se establecen como “resistencia” después de haber realizado la expulsión. Si ahora trasladan ustedes el dentro y fuera de aquí al consciente e inconsciente psíquicos, tendrán ustedes una imagen bastante apropiada del proceso de la expulsión.

»Pero es posible que no concluya todo por haber puesto al impertinente del otro lado de la puerta. Es muy posible que éste, enojado y fuera de sí por el incidente, nos siga dando que hacer. Ya no se halla, ciertamente, entre nosotros, pero en cierto sentido la expulsión ha sido infructuosa porque fuera está dando el echado un espectáculo insoportable y sus gritos, sus puñetazos en la puerta perturban mi conferencia más aún que su anterior proceder. Algo así son los síntomas patológicos del enfermo. En tales circunstancias nos alegraríamos si, por ejemplo, nuestro presidente, el doctor Stanley Hall, quisiera tomar sobre sí el papel de mediador pacificador: hablaría con el impertinente fuera y luego se dirigiría a nosotros proponiéndonos que le dejásemos entrar de nuevo, que él salía garante de que había de comportarse mejor. Apoyados en la autoridad del doctor Hall nos decidiríamos a levantar la expulsión y tornaría entre nosotros la paz y la quietud. En verdad que no sería ésta una representación inadecuada de la misión que corresponde al médico en la terapia psicoanalítica de la neurosis».

De modo que el método freudiano ha de buscar el deseo enquistado y mostrárselo al enfermo. Si es de tal naturaleza que no va en contra de lo admisible dentro del orden social y moral propondrá a éste que le dé satisfacción; si, por el contrario, parece de todo punto irrealizable, procurará, por medio de acertadas sugestiones, llevar al paciente a que derive las energías de aquella concupiscencia hacia fines superiores —Freud llama a esto «sublimación»— y, cuando aún esto no es hacedero, le ayudará para que en una manera razonada, completa e inmanente, renueve la expulsión de aquella forma a que antes me refería, merced a la cual la emoción del contenido mental subversivo es disuelta y difundida por la masa íntegra de la conciencia.

Ésta viene a ser la silueta general, el esquema dentro del cual se mueve la psicoanálisis. Sin embargo, el interés especulativo comienza cuando de ese esquema pasamos a los detalles de la técnica psicoanalítica y a las averiguaciones que Freud y su escuela pretenden haber hecho mediante aquélla en los rincones más ocultos y profundos del alma humana, en las sencillas respuestas de la psique, más allá de la consciencia del individuo donde sólo lo urbano y más o menos pulido existe. No, ahora vamos a chapuzarnos en los fondos perpetuamente tormentosos del verdadero individuo, del espontáneo ser de cada cual que, ignorado por la misma persona, rige los actos de ésta como un celado manipulador. La psicología ha sido hasta ahora —en opinión de los psicoanalistas— la geografía de la superficie espiritual: psicoanálisis, empero, es psicología de profundidad[14].

El capricho de la asociación de representaciones, el trabucarse en la conversación, el olvido de nombres propios y palabras que debían sernos familiares y, sobre todo, los sueños van a permitirnos el ingreso en esta morada secreta donde vive lo más nuestro de cada uno de nosotros. Entremos en lo inconsciente.

Cuando un naturalista se ocupa en algún problema de los que hasta ahora habían sido tratados por la filosofía y que por tanto, se hallan envueltos en una larga tradición de complejos y sutiles tratamientos filosóficos, tienen sus manipulaciones un no sé qué de tosca ingenuidad y fresca osadía que podríamos expresar llamándolas robinsonadas. No sirva esto de enojo a los susodichos cuya ejemplar labor científica no sólo merece respeto, sino hasta un poco de envidia. Ser robinsón no es cosa absolutamente mala ni tiene por fuerza un sentido peyorativo.

Mas es inevitable el robinsonismo siempre que alguien se coloca ante un problema sin haber recogido previamente en sí toda la tradición de meditaciones y hábitos mentales que en torno a él ha ido condensando la humanidad en esfuerzo milenario. Muy pocos problemas son ya islas deshabitadas. Muy pocos problemas son virginales curiosidades surgentes del profundo del espíritu. Los problemas tienen tras sí una larga historia de lucha con diversas soluciones, y esa lucha no los ha dejado intactos. Los problemas como tales evolucionan al hilo de la evolución de las soluciones, y pretender resolverlos tal y como espontáneamente se presentan es ir y levantarse una choza en la Puerta del Sol. Ante el problema de la naturaleza, de la fysis, por ejemplo, tiene el físico de hoy que hacer cursar a su mente de una manera esquemática y virtual todas las variaciones metódicas que de Tales a Julio Roberto Mayer ha atravesado la física. Y esto es la física: no sólo la de hoy, sino la integración de las físicas que se han construido desde las fisiologías jónicas hasta Lorentz, Poincaré y Minkowski.

Por otra parte, cuando un hombre de ingenio, llevado de una intensa y perentoria curiosidad, pero exento de la educación gremial, construye sobre un problema viejísimo una teoría espontánea, oriunda de sus hábitos mentales personalísimos, ajena a las teorías clásicas que han abierto a ese problema el camino real —en una palabra, el salteador de problemas, el robinsón—, tropieza a veces con suposiciones tan gallardas, con razonamientos tan transparentes, sencillos y plausibles, que bien puede perdonársele la falta de buena policía científica, la ausencia de maneras, las imprecisiones, los olvidos elementales y demás defectos comúnmente adheridos a esta esforzada condición de robinsones.

Pocas veces aparece ésta tan patente como en los libros de Freud que se refieren a cuestiones psicológicas. Y ahora mismo va el lector a tener de ello una noción inmediata.

Quedábamos en el punto de penetrar a través de la vida periférica de la conciencia, de lo psíquico consciente, en el antro repuesto de lo inconsciente. Esto que parece había de ser empresa circunstanciada y prolija, va a convertirse, merced a Freud, en una simple conversación.

To conclude clarifying the facts and the theory that Freud raises upon them, I reproduce the brief account of a case and a felicitous comparison that the illustrious physician included in his Worcester lectures: «A young woman who shortly before had lost her father, after having cared for him —a situation analogous to that of Breuer’s patient— began to feel for her brother-in-law a particular sympathy that could easily disguise itself as family affection. Her sister fell ill soon after and died while she and her mother were absent. They were summoned in all haste without the painful event being brought to their knowledge. When the girl arrived at the bed of her dead sister, there arose momentarily in her consciousness an idea that could, more or less, be expressed in these words: Now he is free and can marry me. We may admit, with all certainty, that this idea in which her intense love for her sister’s husband, of which she had not until then been aware, was revealed to her, raised within her an immediate sentimental protest and was condemned to expulsion. The girl fell ill with grave hysterical symptoms, and when I undertook her treatment I certified that she had completely forgotten the scene beside her sister’s bed and the ugly selfish impulse it had provoked. Through the treatment she came to recover the memory, reproduced the pathogenic situation with signs of most vivid emotion and was cured»[13].

«Perhaps I shall manage to clarify for you —the lecture continues— the process of expulsion and its necessary connection with resistance by laying hold of a crude symbol that the present situation offers me. Suppose that in this hall, whose exemplary silence and whose attention I cannot praise enough, there were an individual who behaved in a disturbing manner and with his uncivil laughter, his chatter and the noise he makes with his feet distracts my attention from my subject. I declare that I cannot in this way continue and some among you, endowed with great robustness, rise and after a brief struggle put the disturber out. He has been “expelled” and I can proceed with my discourse. But so that the interruption may not be repeated, if the expelled one seeks to re-enter the room, the aforesaid gentlemen place their chairs beside the door and establish themselves as “resistance” after having carried out the expulsion. If you now transfer the inside and outside of here to the psychic conscious and unconscious, you will have a fairly appropriate image of the process of expulsion.

»But it is possible that not everything concludes by having put the impertinent one on the other side of the door. It is very possible that he, angered and beside himself over the incident, will continue to give us trouble. He is no longer, certainly, among us, but in a certain sense the expulsion has been fruitless because outside the ejected one is giving an unbearable spectacle and his shouts, his pounding on the door disturb my lecture more than his previous conduct. Something like that are the pathological symptoms of the patient. In such circumstances we would rejoice if, for example, our president, Doctor Stanley Hall, would take upon himself the role of pacifying mediator: he would speak with the impertinent one outside and then would address us proposing that we let him enter again, that he came out guarantor that he was to behave better. Supported on the authority of Doctor Hall we would decide to lift the expulsion and peace and quiet would return among us. In truth this would not be an inadequate representation of the mission that corresponds to the physician in the psychoanalytic therapy of the neurosis».

So the Freudian method has to seek the encysted desire and show it to the patient. If it is of such a nature that it does not go against what is admissible within the social and moral order, it will propose to him that he give it satisfaction; if, on the contrary, it seems utterly unrealizable, it will endeavor, by means of well-aimed suggestions, to lead the patient to divert the energies of that concupiscence toward higher ends —Freud calls this «sublimation»— and, when even this is not feasible, it will help him so that in a reasoned, complete and immanent manner he renew the expulsion in that form to which I referred before, thanks to which the emotion of the subversive mental content is dissolved and diffused through the whole mass of consciousness.

This comes to be the general silhouette, the schema within which psychoanalysis moves. Nevertheless, the speculative interest begins when from this schema we pass to the details of the psychoanalytic technique and to the findings that Freud and his school claim to have made by means of it in the most hidden and deep corners of the human soul, in the simple responses of the psyche, beyond the consciousness of the individual where only the urbane and the more or less polished exists. No, now we are going to plunge into the perpetually stormy depths of the true individual, of the spontaneous being of each one who, ignored by the very person, governs his acts like a concealed manipulator. Psychology has been until now —in the opinion of the psychoanalysts— the geography of the spiritual surface: psychoanalysis, however, is psychology of depth[14].

The caprice of the association of representations, the tripping up in conversation, the forgetting of proper names and words that should be familiar to us and, above all, dreams are going to allow us entry into this secret dwelling where the most ours of each one of us lives. Let us enter the unconscious.

When a naturalist deals with some problem of those that until now have been treated by philosophy and that therefore find themselves wrapped in a long tradition of complex and subtle philosophical treatments, his manipulations have an indefinable something of coarse ingenuity and fresh audacity that we could express by calling them robinsonades. Let this not serve as vexation to the aforesaid whose exemplary scientific labor not only deserves respect, but even a little envy. To be a Robinson is not an absolutely bad thing nor does it necessarily have a pejorative sense.

But Robinsonism is inevitable whenever someone places himself before a problem without having previously gathered into himself the whole tradition of meditations and mental habits that humanity, in millenary effort, has been condensing around it. Very few problems are already uninhabited islands. Very few problems are virginal curiosities surging from the depth of the spirit. Problems have behind them a long history of struggle with diverse solutions, and that struggle has not left them intact. Problems as such evolve in the thread of the evolution of solutions, and to pretend to resolve them just as they spontaneously present themselves is to go and set up a hut in the Puerta del Sol. Before the problem of nature, of the physis, for example, the physicist of today has to make his mind run in a schematic and virtual manner through all the methodical variations that physics has traversed from Thales to Julius Robert Mayer. And this is physics: not only that of today, but the integration of the physics that have been constructed from the Ionian physiologies to Lorentz, Poincaré and Minkowski.

On the other hand, when a man of ingenuity, carried by an intense and peremptory curiosity, but exempt from guild education, constructs upon a very old problem a spontaneous theory, originating from his most personal mental habits, foreign to the classical theories that have opened to that problem the royal road —in a word, the robber of problems, the Robinson—, he runs at times into suppositions so gallant, into reasonings so transparent, simple and plausible, that the lack of good scientific police, the absence of manners, the imprecisions, the elementary forgetfulnesses and other defects commonly attached to this hard-pressed condition of Robinsons may well be forgiven him.

Rarely does this appear as patent as in Freud’s books that refer to psychological questions. And right now the reader is going to have an immediate notion of it.

We remained at the point of penetrating through the peripheral life of consciousness, of the conscious psychic, into the secluded cave of the unconscious. This, which seemed it was to be a circumstantial and prolix enterprise, is going to turn, thanks to Freud, into a simple conversation.

Per concludere di chiarire i fatti e la teoria che su di essi solleva Freud, riproduco la breve relazione di un caso e una felice comparazione che l’illustre medico incluse nelle sue conferenze di Worcester: «Una giovane che poco prima aveva perduto suo padre, dopo averlo curato —una situazione analoga a quella della paziente di Breuer— cominciò a sentire per suo cognato una particolare simpatia che facilmente poté camuffarsi da affettuosità familiare. Sua sorella si ammalò di lì a poco e morì mentre lei e sua madre si trovavano assenti. A tutta fretta furono chiamate senza che si portasse a loro conoscenza il doloroso avvenimento. Quando la fanciulla giunse al letto della sorella morta, sorse momentaneamente nella sua coscienza un’idea che poteva, poco più poco meno, essere espressa con queste parole: Ora egli è libero e può sposarmi. Possiamo ammettere, con tutta sicurezza, che questa idea in cui le era rivelato il suo intenso amore verso il marito di sua sorella, di cui fino allora non si era resa conto, sollevò nel suo interno un’immediata protesta sentimentale e fu condannata all’espulsione. La fanciulla si ammalò con gravi sintomi isterici, e quando mi incaricai del suo trattamento certificai che aveva per completo dimenticato la scena accanto al letto di sua sorella e l’impulso brutalmente egoista che aveva provocato. Mediante il trattamento giunse a ricuperare il ricordo, riprodusse la situazione patogena con segni di vivissima emozione e guarì»[13].

«Forse riuscirò a chiarirvi —prosegue la conferenza— il processo dell’espulsione e la sua connessione necessaria con la resistenza mettendo mano a un simbolo grossolano che mi offre la presente situazione. Supponete che in quest’aula, del cui silenzio esemplare e della cui attenzione non posso lodare abbastanza, si trovasse un individuo che si comportasse in una maniera perturbatrice e con le sue risa incivili, la sua chiacchiera e il rumore che muove coi piedi distragga la mia attenzione dal mio argomento. Dichiaro che non posso in questa maniera continuare e alcuni di voi, dotati di gran robustezza, si alzano e dopo breve lotta mettono fuori il perturbatore. È stato “espulso” e posso proseguire il mio discorso. Ma perché l’interruzione non si ripeta, se l’espulso pretende di tornare a entrare nella sala, i suddetti signori mettono le loro sedie accanto alla porta e si stabiliscono come “resistenza” dopo avere realizzato l’espulsione. Se ora trasportate il dentro e il fuori di qui al cosciente e inconscio psichici, avrete un’immagine abbastanza appropriata del processo dell’espulsione.

»Ma è possibile che non concluda tutto per aver messo l’impertinente dall’altra parte della porta. È molto possibile che questi, adirato e fuori di sé per l’incidente, continui a darci da fare. Già non si trova, certo, tra noi, ma in un certo senso l’espulsione è stata infruttuosa perché fuori sta dando il cacciato uno spettacolo insopportabile e i suoi gridi, i suoi pugni sulla porta perturbano la mia conferenza più ancora del suo procedere anteriore. Qualcosa di simile sono i sintomi patologici del malato. In tali circostanze ci rallegreremmo se, per esempio, il nostro presidente, il dottor Stanley Hall, volesse prendere su di sé il ruolo di mediatore pacificatore: parlerebbe con l’impertinente fuori e poi si dirigerebbe a noi proponendoci che lo lasciassimo entrare di nuovo, che egli usciva garante che aveva da comportarsi meglio. Appoggiati all’autorità del dottor Hall ci decideremmo a sollevare l’espulsione e tornerebbe tra noi la pace e la quiete. In verità che non sarebbe questa una rappresentazione inadeguata della missione che corrisponde al medico nella terapia psicoanalitica della nevrosi».

Di modo che il metodo freudiano deve cercare il desiderio incistato e mostrarlo al malato. Se è di tale natura che non va contro l’ammissibile dentro l’ordine sociale e morale proporrà a questo che gli dia soddisfazione; se, per il contrario, sembra del tutto irrealizzabile, procurerà, per mezzo di azzeccate suggestioni, condurre il paziente a che derivi le energie di quella concupiscenza verso fini superiori —Freud chiama questo «sublimazione»— e, quando ancora questo non è fattibile, lo aiuterà perché in una maniera ragionata, completa e immanente, rinnovi l’espulsione di quella forma a cui prima mi riferivo, grazie alla quale l’emozione del contenuto mentale sovversivo è dissolta e diffusa per la massa integra della coscienza.

Questa viene a essere la silhouette generale, lo schema dentro il quale si muove la psicoanalisi. Nondimeno, l’interesse speculativo comincia quando da questo schema passiamo ai dettagli della tecnica psicoanalitica e alle indagini che Freud e la sua scuola pretendono di avere fatto mediante quella nei cantucci più occulti e profondi dell’anima umana, nelle semplici risposte della psiche, al di là della coscienza dell’individuo dove solo l’urbano e il più o meno pulito esiste. No, ora andiamo a tuffarci nei fondi perpetuamente tempestosi del vero individuo, dell’essere spontaneo di ciascuno che, ignorato dalla stessa persona, regge gli atti di questa come un celato manovratore. La psicologia è stata finora —a parere degli psicoanalisti— la geografia della superficie spirituale: psicoanalisi, però, è psicologia di profondità[14].

Il capriccio dell’associazione di rappresentazioni, lo scambiarsi nella conversazione, l’oblio di nomi propri e di parole che dovevano esserci familiari e, sopra tutto, i sogni ci permetteranno l’ingresso in questa dimora segreta dove vive il più nostro di ciascuno di noi. Entriamo nell’inconscio.

Quando un naturalista si occupa in qualche problema di quelli che finora erano stati trattati dalla filosofia e che quindi si trovano avvolti in una lunga tradizione di complessi e sottili trattamenti filosofici, hanno le sue manipolazioni un non so che di rozza ingenuità e fresca audacia che potremmo esprimere chiamandole robinsonate. Non serva questo di molestia ai suddetti la cui esemplare opera scientifica non solo merita rispetto, ma fino un po’ di invidia. Essere robinson non è cosa assolutamente cattiva né ha per forza un senso peggiorativo.

Ma è inevitabile il robinsonismo ogni volta che qualcuno si pone davanti a un problema senza avere raccolto preventivamente in sé tutta la tradizione di meditazioni e abitudini mentali che attorno a esso ha andato condensando l’umanità in sforzo millenario. Moltissimi problemi sono già isole disabitate. Moltissimi problemi sono virginee curiosità sorgenti dal profondo dello spirito. I problemi hanno dietro di sé una lunga storia di lotta con diverse soluzioni, e quella lotta non li ha lasciati intatti. I problemi come tali evolvono al filo dell’evoluzione delle soluzioni, e pretendere di risolverli tale e quale spontaneamente si presentano è andare e alzarsi una capanna nella Puerta del Sol. Davanti al problema della natura, della fysis, per esempio, ha il fisico di oggi da far correre alla sua mente in una maniera schematica e virtuale tutte le variazioni metodiche che da Talete a Giulio Roberto Mayer ha attraversato la fisica. E questo è la fisica: non solo quella di oggi, ma l’integrazione delle fisiche che si sono costruite dalle fisiologie ioniche fino a Lorentz, Poincaré e Minkowski.

D’altra parte, quando un uomo di ingegno, portato da una intensa e perentoria curiosità, ma esente dall’educazione gremiale, costruisce sopra un problema vecchissimo una teoria spontanea, oriunda delle sue abitudini mentali personalissime, estranea alle teorie classiche che hanno aperto a quel problema la via reale —in una parola, il predone di problemi, il robinson—, urta a volte con supposizioni così gagliarde, con ragionamenti così trasparenti, semplici e plausibili, che ben può perdonarglisi la mancanza di buona polizia scientifica, l’assenza di maniere, le imprecisioni, gli oblii elementari e altri difetti comunemente aderiti a questa sforzata condizione di robinsons.

Poche volte appare questa così patente come nei libri di Freud che si riferiscono a questioni psicologiche. E ora stesso il lettore andrà ad averne una nozione immediata.

Rimanevamo nel punto di penetrare attraverso la vita periferica della coscienza, dello psichico cosciente, nell’antro riposto dell’inconscio. Questo che sembrava avrebbe dovuto essere impresa circostanziata e prolissa, andrà a convertirsi, grazie a Freud, in una semplice conversazione.

En una colección de pequeños estudios reunidos bajo el título Psicopatología de la vida diaria[15] investiga aquellas menudas perturbaciones de la normalidad psíquica que a toda hora sufrimos todos sin que merezca nuestra atención reflexiva: el olvido de nombres propios, de palabras extranjeras que nos son familiares, de series de vocablos, el trabucarse, los errores que cometemos en la lectura y al escribir, el olvido de impresiones y propósitos, el coger una cosa por otra, etcétera, etcétera. Como estos fenómenos son la expresión más simple y abreviada del problema que Freud persigue, y su explicación el ejemplo elemental del método psicoanalítico, creo conveniente reproducir alguna de las páginas que Freud les dedica. Sólo así resultará luego fácil la comprensión de su complicada teoría de los sueños y de su concepción general de las neurosis e histerias.

«Durante el verano pasado —dice Freud[16]—, trabé conocimiento con un joven de educación académica que, según advertí pronto, tenía noticia de algunas de mis publicaciones psicológicas. Hablamos de la situación social de nuestra raza (también era judío), y él, que es ambicioso, se extendió en lamentaciones sobre el fracaso a que su generación estaba condenada por no poder satisfacer sus necesidades ni desarrollar sus talentos. Concluyó su apasionado discurso con el conocido verso de Virgilio en que la infeliz Dido transfiere a la posteridad la venganza de Eneas: Exoriare…, mejor dicho, quiso concluir así, porque no logró reconstruir la cita y trató, mediante transposición en las palabras, de cubrir un vacío evidente: Exoriar(e) ex nostris ossibus ultor! Al cabo, enojado, dijo:

—Más valiera que en lugar de poner gesto burlón me ayudara usted a salir de esta perplejidad. En este verso me falta algo. ¿Cómo suena entero?

Yo contesté citando exactamente el verso:

—Exoriar(e) ALIQUIS nostris ex ossibus ultor!

—¡Qué tontería, olvidar una palabra así! Por cierto que, según dicen, sustenta usted la opinión de que nada se olvida sin razón. Tendría verdadera curiosidad por saber —añadió con sorna— cómo he venido yo a olvidar este pronombre indeterminado aliquis.

Acepté gustoso la invitación, porque esperaba conseguir un dato más para mi colección. Díjele, pues:

—Podemos averiguarlo al punto. Sólo tengo que pedirle a usted que me participe sinceramente y sin crítica previa cuanto se le ocurra al fijar su atención sin propósito determinado en la palabra olvidada.

—Perfectamente.

—Y resulta que me da la ridícula ocurrencia de partir la palabra a y liquis.

—¿Qué significa eso?

—No sé.

—¿Qué más se le ocurre a usted?

—Pues continúo de este modo: Reliquias- Liquidación- Líquido[17]- Flúido. ¿Averigua usted ya algo?

—Ni mucho menos. Pero siga usted.

—Pienso —prosiguió— en Simón de Trento, cuyas reliquias vi dos años hace en una iglesia de Trento. Pienso en la acusación de beber sangre que ahora se renueva contra los judíos y en el escrito de Kleinpaul, que ve en todos estos supuestos sacrificios, encarnaciones, por decirlo así, reproducciones del Salvador.

Le hice observar que la ocurrencia no carecía de conexión con el tema sobre que hablábamos, antes de que se olvidara de la palabra latina.

—Cierto. Y además pienso en un artículo de un periódico italiano que leí hace poco. Creo que se titulaba “Lo que dice san Agustín sobre las mujeres”. ¿Le sirve a usted esto de algo?

—Espero.

—Bueno; pues ahora viene algo que seguramente no tiene la menor conexión con nuestro tema.

—Haga usted el favor de renunciar a toda crítica y…

—Bien. Me acuerdo de un magnífico anciano que encontré de viaje la semana pasada. Un verdadero original. Parecía un ave de rapiña. Se llamaba, si quiere usted saberlo, Benito.

—Tenemos, por lo pronto, una serie de Santos y Padres de la Iglesia: San Simón, San Agustín, San Benito. Un Padre de la Iglesia se llama también Orígenes. Además, tres de estos nombres son nombres de uso corriente, como Paul en el nombre de Kleinpaul.

—Ahora me recuerdo de San Enero y su milagro de la sangre…; me temo que esto sigue así mecánicamente hasta el infinito.

—No importa. San Enero y San Agustín tienen que ver con el calendario. ¿Quisiera usted contarme qué es eso del milagro de la sangre?

—¡Sin duda lo conoce usted! En una iglesia de Nápoles se conserva en una ampolla la sangre de San Enero, que milagrosamente cierto día del año se hace líquida (alemán, flüssig). El pueblo tiene gran fe en este milagro, y se excita cuando tarda en realizarse, como aconteció una vez durante la ocupación francesa. Entonces llamó el general comandante —o tal vez me equivoco, tal vez era Garibaldi— al obispo y le significó con un gesto expresivo, señalando los soldados dispuestos fuera, que esperaba que el milagro se verificara muy pronto. Y, efectivamente, se realizó…

—Bueno; ¿y qué más? ¿Por qué se detiene usted?

—Porque, la verdad, me ha ocurrido ahora algo…, pero es demasiado íntimo para que se lo participe… Por lo demás, no veo que tenga relación ninguna con lo que hablamos ni necesidad de contarlo.

—De la relación cuidaré yo. No puedo obligarle a usted a contarme lo que sea a usted desagradable; pero entonces no pida usted que le descubra por qué caminos ha venido usted a olvidar aquella palabra aliquis.

—¿Cree usted que sirva algo? Bueno, pues de pronto he pensado en una dama de quien tal vez reciba una noticia que a ambos nos es desagradable.

—¿Que le ha faltado el período?

—¿Cómo ha podido usted averiguarlo?

—No es difícil. Me ha venido usted poco a poco preparando a ello. Piensa usted en los Santos del calendario, en la liquidación de la sangre en un día determinado, en la revolución si no acontece el hecho, en la clara amenaza para que el milagro acaezca forzosamente, si no… Ha empleado usted maravillosamente el milagro de San Enero para simbolizar el período de la mujer.

—Pues yo no me he dado cuenta. ¿Y usted piensa realmente que por esta espera llena de temor no he podido reproducir la palabra aliquis?

—Para mí es indudable. Acuérdese usted de su división en a-liquis y en las asociaciones reliquias, liquidación, líquido. Después fue usted a Simón de Trento. ¿Qué le parece a usted si complicamos en esta serie a San Simón, que fue sacrificado niño?

—No, no; por nada del mundo. Espero que, aun suponiendo que yo haya tenido realmente tales pensamientos, no los tomará usted en serio. En cambio, le confesaré a usted que la dama es italiana y que en su compañía visité Nápoles. Pero ¿no es todo una serie de casualidades?

—Al juicio de usted dejo si la suposición de una casualidad puede explicar todas estas conexiones. Pero sí le digo a usted que todo caso análogo que usted analice le llevará a “casualidades” igualmente extrañas e increíbles».

Este ejemplo encierra in nuce todo el aparato de la psicoanálisis. Ni siquiera le falta cierta nota general a todas las páginas psicoanalíticas: la de tener una dimensión común con el chascarrillo e invitar decididamente a la risa.

El síntoma cuya génesis hay que reconstruir es aquí la ausencia, al parecer fortuita, de la imagen idiomática aliquis. El análisis muestra que esa palabra inocente se halla en complicidad asociativa con toda una cadena de imágenes a cuyo extremo opuesto había un ovillo de representaciones desagradables y un deseo equívoco, nada ético, profundamente egoísta. La conciencia alerta, a fin de evitarse un desasosiego, impide que el extremo inocente de la cadena suba a flor de la percatación, porque con él ascenderían todos sus eslabones y al cabo de ellos aquel quiste o grumo de enojos.

Ahora se comprende por qué el análisis requiere que se disponga la conciencia en un estado de inatención y debilidad y que se la deje deslizarse por su propio peso. La atención, el pensar atento, es un pensar crítico, que procede según una intención fija, y en este caso, la intención de la conciencia plena había de ser apretar sus mallas contra los contenidos inconscientes, fastidiosos que constantemente merodean en su derredor como enemigos a la busca de un portillo, de una guarda débil, de un resquicio franco. La mera asociación representa frente al pensar, en estricto sentido, una menor intensidad de la energía específica de la conciencia, o sea, de la atención que tiene un carácter teleológico.

Otro tipo de faltas en la memoria está constituido por el falso recuerdo. Si en el caso anterior queda un vacío en la reminiscencia, en esta otra clase de perturbaciones mínimas ese vacío se llena, pero no con la representación debida, sino con otra. Hay, pues, una formación compensadora, lo que hace al síntoma mucho más característico.

In a collection of small studies gathered under the title Psychopathology of Everyday Life[15] he investigates those minute perturbations of psychic normality that at every hour we all suffer without it meriting our reflective attention: the forgetting of proper names, of foreign words that are familiar to us, of series of words, tripping up in speech, the errors we commit in reading and writing, the forgetting of impressions and intentions, taking one thing for another, et cetera, et cetera. Since these phenomena are the most simple and abbreviated expression of the problem that Freud pursues, and their explanation the elementary example of the psychoanalytic method, I believe it convenient to reproduce some of the pages that Freud devotes to them. Only thus will the comprehension of his complicated theory of dreams and of his general conception of the neuroses and hysterias later turn out easy.

«During this past summer —says Freud[16]— I made the acquaintance of a young man of academic education who, as I soon noted, had knowledge of some of my psychological publications. We spoke of the social situation of our race (he too was Jewish), and he, who is ambitious, expanded in lamentations over the failure to which his generation was condemned for being unable to satisfy its needs nor develop its talents. He concluded his passionate discourse with the well-known verse of Virgil in which the unhappy Dido transfers to posterity the vengeance of Aeneas: Exoriare…, rather, he wanted to conclude thus, because he did not manage to reconstruct the quotation and tried, by means of transposition in the words, to cover an evident void: Exoriar(e) ex nostris ossibus ultor! At length, annoyed, he said:

—It would be better if instead of putting a mocking face you helped me out of this perplexity. In this verse something is missing to me. How does it sound whole?

I answered by quoting the verse exactly:

—Exoriar(e) ALIQUIS nostris ex ossibus ultor!

—What nonsense, to forget such a word! By the way, according to what they say, you maintain the opinion that nothing is forgotten without reason. I would have real curiosity to know —he added with mockery— how I have come to forget this indefinite pronoun aliquis.

I gladly accepted the invitation, because I hoped to obtain one more datum for my collection. I said to him, then:

—We can find it out at once. I only have to ask you to communicate to me sincerely and without prior criticism whatever occurs to you upon fixing your attention without determinate purpose on the forgotten word.

—Perfectly.

—And it turns out that the ridiculous occurrence comes to me of splitting the word into a and liquis.

—What does that mean? —I do not know.

—What more occurs to you?

—Well I continue in this manner: Relics- Liquidation- Liquid[17]- Fluid. Do you already make out something?

—Not at all. But continue.

—I think —he continued— of Simon of Trent, whose relics I saw two years ago in a church of Trent. I think of the accusation of drinking blood that is now renewed against the Jews and of the writing of Kleinpaul, who sees in all these supposed sacrifices, incarnations, so to speak, reproductions of the Savior.

I made him observe that the occurrence was not lacking in connection with the theme we were speaking of, before he forgot the Latin word.

—True. And besides I think of an article in an Italian newspaper that I read recently. I believe it was entitled “What Saint Augustine says about women”. Does this serve you for anything?

—I hope.

—Well; now comes something that surely has not the least connection with our theme.

—Do me the favor of renouncing all criticism and…

—All right. I remember a magnificent old man I met on a trip last week. A true original. He looked like a bird of prey. He was called, if you want to know, Benito.

—We have, for the present, a series of Saints and Fathers of the Church: Saint Simon, Saint Augustine, Saint Benedict. A Father of the Church is also called Origen. Besides, three of these names are names in common use, like Paul in the name of Kleinpaul.

—Now I remember Saint Januarius and his miracle of the blood…; I fear that this continues thus mechanically to the infinity.

—It does not matter. Saint Januarius and Saint Augustine have to do with the calendar. Would you like to tell me what that miracle of the blood is?

—Without doubt you know it! In a church in Naples the blood of Saint Januarius is preserved in a vial, which miraculously on a certain day of the year becomes liquid (German, flüssig). The people have great faith in this miracle, and become excited when it is slow to take place, as happened once during the French occupation. Then the commanding general —or perhaps I am mistaken, perhaps it was Garibaldi— called the bishop and signified to him with an expressive gesture, pointing to the soldiers arranged outside, that he hoped the miracle would take place very soon. And, indeed, it took place…

—Well; and what more? Why do you stop?

—Because, the truth, something has now happened to me…, but it is too intimate for me to communicate to you… Besides, I do not see that it has any relation with what we are speaking of nor any necessity of telling it.

—Of the relation I shall take care. I cannot oblige you to tell me what is disagreeable to you; but then do not ask that I discover for you by what paths you have come to forget that word aliquis.

—Do you think it serves for something? Well, then all of a sudden I have thought of a lady from whom I may perhaps receive a piece of news that is disagreeable to us both.

—That her period has failed?

—How could you find it out?

—It is not difficult. You have gradually been preparing me for it. You think of the Saints of the calendar, of the liquidation of the blood on a determined day, of the revolution if the fact does not happen, of the clear threat so that the miracle take place forcibly, if not… You have wonderfully employed the miracle of Saint Januarius to symbolize the period of the woman.

—Well I have not realized it. And do you really think that because of this fear-filled waiting I have not been able to reproduce the word aliquis?

—For me it is indubitable. Remember your division into a-liquis and the associations relics, liquidation, liquid. Afterward you went to Simon of Trent. How does it seem to you if we complicate in this series Saint Simon, who was sacrificed as a child?

—No, no; not for anything in the world. I hope that, even supposing that I have really had such thoughts, you will not take them seriously. In exchange, I will confess to you that the lady is Italian and that in her company I visited Naples. But is not it all a series of coincidences?

—I leave to your judgment whether the supposition of a coincidence can explain all these connections. But I do tell you that every analogous case that you analyze will lead you to “coincidences” equally strange and incredible».

This example encloses in nuce the whole apparatus of psychoanalysis. Nor does it even lack a certain general note common to all psychoanalytic pages: that of having a dimension in common with the jest and decidedly inviting laughter.

The symptom whose genesis has to be reconstructed is here the absence, apparently fortuitous, of the idiomatic image aliquis. The analysis shows that that innocent word finds itself in associative complicity with a whole chain of images at whose opposite end there was a tangle of disagreeable representations and an equivocal desire, not at all ethical, deeply selfish. The alert consciousness, in order to avoid for itself a disquiet, prevents the innocent end of the chain from rising to the surface of awareness, because with it would ascend all its links and at the end of them that cyst or grume of vexations.

Now it is understood why the analysis requires that the consciousness be disposed in a state of inattention and weakness and that it be allowed to slide by its own weight. Attention, attentive thought, is a critical thought, which proceeds according to a fixed intention, and in this case, the intention of the full consciousness had to be to tighten its meshes against the unconscious, tedious contents that constantly prowl around it like enemies seeking a breach, a weak guard, an open crack. Mere association represents in face of thought, in the strict sense, a lesser intensity of the specific energy of consciousness, that is, of attention, which has a teleological character.

Another type of failure of memory is constituted by the false recollection. If in the previous case there remains a void in the reminiscence, in this other class of minimal perturbations that void is filled, but not with the due representation, rather with another. There is, then, a compensatory formation, which makes the symptom much more characteristic.

In una collezione di piccoli studi riuniti sotto il titolo Psicopatologia della vita quotidiana[15] indaga quelle minute perturbazioni della normalità psichica che a ogni ora soffriamo tutti senza che meriti la nostra attenzione riflessiva: l’oblio di nomi propri, di parole straniere che ci sono familiari, di serie di vocaboli, lo scambiarsi, gli errori che commettiamo nella lettura e nello scrivere, l’oblio di impressioni e propositi, il prendere una cosa per un’altra, eccetera, eccetera. Siccome questi fenomeni sono l’espressione più semplice e abbreviata del problema che Freud persegue, e la loro spiegazione l’esempio elementare del metodo psicoanalitico, credo conveniente riprodurre qualcuna delle pagine che Freud dedica loro. Solo così riuscirà poi facile la comprensione della sua complicata teoria dei sogni e della sua concezione generale delle nevrosi e isterie.

«Durante l’estate passata —dice Freud[16]—, feci conoscenza con un giovane di educazione accademica che, secondo avvertii presto, aveva notizia di alcune delle mie pubblicazioni psicologiche. Parlammo della situazione sociale della nostra razza (anche era ebreo), ed egli, che è ambizioso, si diffuse in lamentele sul fallimento a cui la sua generazione era condannata per non poter soddisfare i suoi bisogni né sviluppare i suoi talenti. Concluse il suo appassionato discorso col noto verso di Virgilio in cui l’infelice Didone trasferisce alla posterità la vendetta di Enea: Exoriare…, meglio, volle concludere così, perché non riuscì a ricostruire la citazione e trattò, mediante trasposizione nelle parole, di coprire un vuoto evidente: Exoriar(e) ex nostris ossibus ultor! Alla fine, adirato, disse:

—Meglio varrebbe che invece di mettere gesto beffardo mi aiutasse lei a uscire da questa perplessità. In questo verso mi manca qualcosa. Come suona intero?

Io risposi citando esattamente il verso:

—Exoriar(e) ALIQUIS nostris ex ossibus ultor!

—Che stupidaggine, dimenticare una parola così! Per certo che, secondo dicono, sostiene lei l’opinione che nulla si dimentica senza ragione. Avrei vera curiosità di sapere —aggiunse con canzonatura— come sono venuto io a dimenticare questo pronome indeterminato aliquis.

Accettai volentieri l’invito, perché speravo di ottenere un dato di più per la mia collezione. Gli dissi, dunque:

—Possiamo indagarlo al punto. Solo devo chiederle che mi partecipi sinceramente e senza critica previa quanto le occorra al fissare la sua attenzione senza proposito determinato sulla parola dimenticata.

—Perfettamente.

—E risulta che mi dà la ridicola occorrenza di partire la parola a e liquis.

—Che significa questo? —Non so.

—Che più le occorre a lei?

—Dunque continuo in questa maniera: Reliquie- Liquidazione- Liquido[17]- Fluido. Indovina lei già qualcosa?

—Niente affatto. Ma segua lei.

—Penso —proseguì— in Simone di Trento, le cui reliquie vidi due anni fa in una chiesa di Trento. Penso nell’accusa di bere sangue che ora si rinnova contro gli ebrei e nello scritto di Kleinpaul, che vede in tutti questi supposti sacrifici, incarnazioni, per così dire, riproduzioni del Salvatore.

Gli feci osservare che l’occorrenza non mancava di connessione col tema su cui parlavamo, prima che si dimenticasse della parola latina.

—Certo. E inoltre penso in un articolo di un giornale italiano che lessi poco fa. Credo che si intitolasse “Quello che dice sant’Agostino sulle donne”. Le serve a lei questo a qualcosa?

—Spero.

—Bene; ora viene qualcosa che sicuramente non ha la minima connessione col nostro tema.

—Faccia lei il favore di rinunciare a ogni critica e…

—Bene. Mi ricordo di un magnifico vecchio che incontrai in viaggio la settimana scorsa. Un vero originale. Sembrava un uccello rapace. Si chiamava, se vuole saperlo, Benito.

—Abbiamo, per il pronto, una serie di Santi e Padri della Chiesa: San Simone, Sant’Agostino, San Benedetto. Un Padre della Chiesa si chiama anche Origene. Inoltre, tre di questi nomi sono nomi d’uso corrente, come Paul nel nome di Kleinpaul.

—Ora mi ricordo di San Gennaro e il suo miracolo del sangue…; temo che questo seguiti così meccanicamente fino all’infinito.

—Non importa. San Gennaro e Sant’Agostino hanno a che vedere col calendario. Vorrebbe lei raccontarmi che cosa è quel miracolo del sangue?

—Senza dubbio lo conosce lei! In una chiesa di Napoli si conserva in un’ampolla il sangue di San Gennaro, che miracolosamente un certo giorno dell’anno si fa liquido (tedesco, flüssig). Il popolo ha gran fede in questo miracolo, e si eccita quando tarda a realizzarsi, come accadde una volta durante l’occupazione francese. Allora chiamò il generale comandante —o forse mi sbaglio, forse era Garibaldi— il vescovo e gli significò con un gesto espressivo, indicando i soldati disposti fuori, che sperava che il miracolo si verificasse molto presto. E, effettivamente, si realizzò…

—Bene; e che più? Perché si ferma lei?

—Perché, la verità, mi è accaduto ora qualcosa…, ma è troppo intimo perché glielo partecipi… Del resto, non vedo che abbia relazione nessuna con quello che parliamo né necessità di raccontarlo.

—Della relazione mi incaricherò io. Non posso obbligarla a raccontarmi quello che le sia spiacevole; ma allora non chieda che le scopra per quali vie è venuta lei a dimenticare quella parola aliquis.

—Crede lei che serva a qualcosa? Bene, dunque di colpo ho pensato a una dama da cui forse riceverò una notizia che a entrambi ci è spiacevole.

—Che le è mancato il periodo?

—Come ha potuto lei indovinarlo?

—Non è difficile. Mi è venuta lei poco a poco preparandomi a questo. Pensa lei nei Santi del calendario, nella liquidazione del sangue in un giorno determinato, nella rivoluzione se non accade il fatto, nella chiara minaccia perché il miracolo accada forzosamente, se no… Ha impiegato lei meravigliosamente il miracolo di San Gennaro per simboleggiare il periodo della donna.

—Dunque io non me ne sono reso conto. E pensa lei realmente che per questa attesa piena di timore non ho potuto riprodurre la parola aliquis?

—Per me è indubbio. Si ricordi della sua divisione in a-liquis e nelle associazioni reliquie, liquidazione, liquido. Dopo è andato lei a Simone di Trento. Che le pare se compliciamo in questa serie San Simone, che fu sacrificato bambino?

—No, no; per nulla al mondo. Spero che, anche supponendo che io abbia realmente avuto tali pensieri, non li prenderà lei sul serio. In cambio, le confesserò che la dama è italiana e che in sua compagnia visitai Napoli. Ma non è tutto una serie di casualità?

—Al giudizio di lei lascio se la supposizione di una casualità può spiegare tutte queste connessioni. Ma sì le dico che tutto caso analogo che lei analizzi la condurrà a “casualità” ugualmente strane e incredibili».

Questo esempio racchiude in nuce tutto l’apparato della psicoanalisi. Non gli manca neppure una certa nota generale a tutte le pagine psicoanalitiche: quella di avere una dimensione comune collo scherzo e invitare decisamente al riso.

Il sintomo la cui genesi bisogna ricostruire è qui l’assenza, in apparenza fortuita, dell’immagine idiomatica aliquis. L’analisi mostra che quella parola innocente si trova in complicità associativa con tutta una catena di immagini all’estremo opposto della quale c’era un gomitolo di rappresentazioni spiacevoli e un desiderio equivoco, niente affatto etico, profondamente egoista. La coscienza vigile, al fine di evitarsi un disagio, impedisce che l’estremo innocente della catena salga alla superficie della consapevolezza, perché con esso ascenderebbero tutti i suoi anelli e in capo ad essi quel cisto o grumo di molestie.

Ora si comprende perché l’analisi richieda che si disponga la coscienza in uno stato di inattenzione e debolezza e che la si lasci scivolare per il suo proprio peso. L’attenzione, il pensare attento, è un pensare critico, che procede secondo un’intenzione fissa, e in questo caso, l’intenzione della coscienza piena doveva essere stringere le sue maglie contro i contenuti inconsci, fastidiosi che costantemente si aggirano nel suo intorno come nemici in cerca di una breccia, di una guardia debole, di un pertugio franco. La mera associazione rappresenta di fronte al pensare, in stretto senso, una minore intensità dell’energia specifica della coscienza, cioè dell’attenzione che ha un carattere teleologico.

Un altro tipo di mancanze nella memoria è costituito dal falso ricordo. Se nel caso anteriore resta un vuoto nella reminiscenza, in quest’altra classe di perturbazioni minime quel vuoto si riempie, ma non con la rappresentazione dovuta, sì con un’altra. C’è, dunque, una formazione compensatrice, ciò che rende il sintomo molto più caratteristico.

Así refiere Freud un ejemplo que también es de viaje y de Italia. Hacía una jornada en coche, de Ragusa, en Dalmacia, a una estación de Herzegovina con un amigo. La conversación vino a dar sobre viajes por Italia, y preguntó a su acompañante si había estado en Orvieto y había visto los estupendos frescos del Domo pintados por… Un momento de vacilación. En lugar del nombre Signorelli, autor de aquellos frescos, se presentan otros dos nombres: Botticelli y Boltrafio, que al punto son reconocidos como falsos. ¿Por qué estos dos nombres, de los cuales uno de ellos es mucho menos familiar que Signorelli?

El análisis mostró que la serie de pensamientos correspondientes al tema de esta conversación había sido perturbado por un tema no satisfecho de otra conversación anterior. Momentos antes, en efecto, habían hablado de las costumbres turcas en Bosnia y Herzegovina; de la fe que tienen los turcos en el médico, y de su fatalismo. Cuando se les dice que el enfermo no tiene remedio exclaman: «Herr (Señor en alemán), ¿qué se le va a hacer? Bien sé que si tuviera salvación le habrías salvado». Resulta, pues, que entre Signorelli y Botticelli-Boltrafio, se había interpolado por asociación Herzegovina, Bosnia y Herr.

Ahora falta buscar el punto en que la línea que va de Signorelli a Herr y la que asciende hasta Boltrafio y Botticelli se unen en una representación expulsada.

Freud prosigue diciendo que la palabra Herr y las reminiscencias sobre las costumbres turcas que un colega suyo le había descrito le llevó a recordar la exasperación de la sexualidad que les caracteriza, y cómo resignados ante el destino, la menor dificultad para el goce erótico les subleva y les impele al suicidio. Un paciente de su colega había dicho a éste: «Herr, ¿tú sabes? Si esto se acaba, la vida no tiene valor». Estas representaciones de muerte y sexualidad despiertan de pronto en el ánimo de Freud el recuerdo de una noticia enojosísima que pocas semanas antes había recibido durante su estancia en Trafoi. «Un paciente —dice— con quien me había tomado mucho trabajo había puesto fin a sus días a causa de una perturbación sexual incurable. Sé con toda seguridad que durante mi viaje a Herzegovina ni este triste suceso ni cuanto con él íntimamente se relaciona me había venido a la memoria consciente».

De este modo queda reconstruida la cadena: de la representación expulsada va una línea en prieta asociación hasta Signorelli, pasando por Herr. Otra línea va pasando por Trafoi a Boltrafio y Botticelli. Pero estos tres nombres se hallan unidos a su vez por una asociación superficial e inocente: Signorelli, Botticelli, Boltrafio, Trafoi, Bosnia. La asociación en profundidad arranca de la memoria a Signorelli y se lo lleva a la mazmorra de lo inconsciente, enviando en su lugar dos representantes indocumentados que al aparecer en la conciencia no saben a qué han venido ni por qué están allí. En realidad, son símbolos del deseo expulsado y latente.

Pasemos ahora a otro punto de la Psicopatología de la vida diaria, que, como luego se verá, tiene estrecha relación con el mecanismo de los sueños[18].

Observa Freud el extraño fenómeno de que nuestros primeros recuerdos infantiles suelen conservar lo indiferente y accidental mientras que las impresiones importantes fuertemente emocionales no dejan a menudo huella alguna en la memoria del hombre maduro. ¿Cómo es esto posible? Así como en la clase de fenómenos anteriormente considerados nos sorprende el error cometido, así en ésta nos sorprende el hecho de que poseamos tales recuerdos anodinos mientras nuestra vida infantil casi íntegramente ha desaparecido.

«Me parece —dice Freud[19]— que tomamos con harta indiferencia el hecho de la amnesia infantil, de la desaparición de los recuerdos correspondientes a los primeros años de nuestra vida, en lugar de descubrir en él un extraño enigma. Olvidamos que un niño de cuatro años, por ejemplo, es capaz de actuaciones altamente intelectuales y de emotividad muy complicada; debiéramos, pues, admirarnos de que la memoria de años posteriores conserve tan poco de estos procesos espirituales cuando habíamos racionalmente de pensar que no han podido pasar sin dejar huella profunda en la evolución de la persona, antes bien, han debido ejercer un influjo decisivo sobre todo lo subsecuente».

Es de notar que los recuerdos infantiles que poseemos participan del carácter de reminiscencias visuales, aun en aquellas personas que no son del tipo visual en el resto de su complexión mental. Los recuerdos infantiles son, por decirlo así, escenas plásticamente compuestas, sólo comparables a las representaciones teatrales. En estas escenas vemos de ordinario nuestra propia persona en su figura infantil con su silueta y su traje. Esta circunstancia da que pensar, porque los adultos, aun siendo visuales, no suelen ver su propia persona al recordar escenas de épocas posteriores en que tomaron parte. Todo hace sospechar que estos recuerdos de nuestra infancia no son realmente, sino combinaciones posteriores que ha impuesto al material de imágenes realmente infantiles el influjo de otros poderes psíquicos ulteriormente sobrevenidos. De modo que el compuesto que hallamos ante nuestra memoria es más bien un «recuerdo encubridor del recuerdo verdadero, algo así como lo que son los recuerdos de la infancia de los pueblos conservados en las leyendas y mitos»[20].

Aquí, pues, la perturbación del recuerdo es regresiva. Un elemento vivo e inconsciente de nuestra psique actual desarticula los agregados de imágenes infantiles y, como un artista, compone con ellos una escena original con que cubre el vacío dejado en la conciencia por un grupo de representaciones expulsadas.

Por qué tenga todo esto que ser así, no lo dice Freud: en general, la «psicología de profundidad», que acusa a toda otra psicología de limitarse a la descripción de los fenómenos psíquicos sin mostrar su mecanismo, suele olvidarse de comunicarnos por qué es necesario que las cosas acontezcan como, según sus suposiciones, acontecen. Ahora bien: si alguna diferencia esencial existe entre el método explicativo o de mecanismo y el método simplemente descriptivo, es que aquél revela el por qué de las variaciones fenoménicas y éste se contenta con fijar lo positivamente acaecido y clasificarlo según caracteres exteriores más o menos convencionales. Pero los psicoanalistas dicen meramente: «Los fenómenos dados tienen esta explicación». Y si se les pide que muestren por qué ésta y no otra cualquiera, responden: «Nosotros no buscamos causas a priori». Bien cabe pensar; pero no se trata de causas metafísicas; lo característico del por qué en la ciencia moderna no es ningún valor y entidad mística que se conceda a supuestos poderes ocultos, sino, más sencillamente, consiste en la fórmula de una conexión necesaria entre series de variaciones fenoménicas. Esta conexión es necesaria cuando es exacta, ni más ni menos; cuando a cada elemento de una serie corresponde en la otra serie uno y sólo uno; cuando, en una palabra, se puede establecer entre los hechos una función de expresión matemática más o menos conclusa. Cuando esto es imposible, la ciencia se contenta con ser descriptiva. Así la biología, cuando quiere levantarse de sus pasivas disciplinas descriptivas a ciencia explicativa procura convertirse en mecánica. Pero, entiéndase bien: en mecánica física, que es la única que hay[21], mecanismo que no es mecanismo físico, no es mecanismo, es una metáfora. En el fondo trata Freud de hacer desembocar la psicofisiología en la biología y a esta tendencia no hallo nada que oponer.

Pero entremos en el recinto maravilloso de los sueños.

La Lectura, octubre y diciembre de 1911

Thus Freud relates an example that is also of travel and of Italy. He was making a day’s journey in a carriage, from Ragusa, in Dalmatia, to a station of Herzegovina with a friend. The conversation came to fall upon travels in Italy, and he asked his companion whether he had been to Orvieto and had seen the stupendous frescoes of the Duomo painted by… A moment of hesitation. In place of the name Signorelli, author of those frescoes, two other names present themselves: Botticelli and Boltrafio, which at once are recognized as false. Why these two names, of which one of them is much less familiar than Signorelli?

The analysis showed that the series of thoughts corresponding to the theme of this conversation had been disturbed by an unsatisfied theme of another previous conversation. Moments before, indeed, they had spoken of the Turkish customs in Bosnia and Herzegovina; of the faith that the Turks have in the physician, and of their fatalism. When one tells them that the patient has no remedy they exclaim: «Herr (Lord in German), what is one to do? I know well that if he had salvation you would have saved him». It turns out, then, that between Signorelli and Botticelli-Boltrafio, there had been interpolated by association Herzegovina, Bosnia and Herr.

Now it remains to seek the point at which the line that goes from Signorelli to Herr and that which ascends to Boltrafio and Botticelli unite in an expelled representation.

Freud goes on saying that the word Herr and the reminiscences of the Turkish customs that a colleague of his had described to him led him to remember the exasperation of sexuality that characterizes them, and how, resigned before destiny, the least difficulty for erotic enjoyment rouses them and impels them to suicide. A patient of his colleague had said to him: «Herr, do you know? If this is over, life has no value». These representations of death and sexuality suddenly awaken in Freud’s soul the memory of a most vexatious piece of news that a few weeks before he had received during his stay in Trafoi. «A patient —he says— with whom I had taken a great deal of trouble had put an end to his days on account of an incurable sexual disturbance. I know with all certainty that during my journey through Herzegovina neither this sad event nor whatever was intimately connected with it had come to my conscious memory».

In this way the chain is reconstructed: from the expelled representation a line goes in close association to Signorelli, passing through Herr. Another line goes passing through Trafoi to Boltrafio and Botticelli. But these three names find themselves united in turn by a superficial and innocent association: Signorelli, Botticelli, Boltrafio, Trafoi, Bosnia. The association in depth tears Signorelli from memory and carries it to the dungeon of the unconscious, sending in its place two undocumented representatives that upon appearing in consciousness do not know what they have come for nor why they are there. In reality, they are symbols of the expelled and latent desire.

Let us pass now to another point of the Psychopathology of Everyday Life, which, as will later be seen, has a close relation with the mechanism of dreams[18].

Freud observes the strange phenomenon that our first infantile recollections usually conserve the indifferent and accidental while the important, strongly emotional impressions often leave no trace at all in the memory of the mature man. How is this possible? Just as in the class of phenomena previously considered the error committed surprises us, so in this one the fact surprises us that we possess such anodyne recollections while our infantile life has almost entirely disappeared.

«It seems to me —says Freud[19]— that we take with too much indifference the fact of infantile amnesia, of the disappearance of the recollections corresponding to the first years of our life, instead of discovering in it a strange enigma. We forget that a child of four years, for example, is capable of highly intellectual performances and of very complicated emotivity; we ought, then, to wonder that the memory of later years conserves so little of these spiritual processes when we had rationally to think that they could not have passed without leaving a profound trace in the evolution of the person, rather, they must have exercised a decisive influence upon everything subsequent».

It is to be noted that the infantile recollections we possess participate in the character of visual reminiscences, even in those persons who are not of the visual type in the rest of their mental constitution. Infantile recollections are, so to speak, scenes plastically composed, only comparable to theatrical representations. In these scenes we ordinarily see our own person in its infantile figure with its silhouette and its clothing. This circumstance gives one to think, because adults, even being visual, do not usually see their own person when recalling scenes of later epochs in which they took part. Everything makes one suspect that these recollections of our infancy are not really such, but later combinations that the influence of other psychic powers subsequently supervening has imposed upon the material of really infantile images. So that the composite that we find before our memory is rather a “cover recollection of the true recollection, something like what are the recollections of the infancy of peoples preserved in legends and myths”[20].

Here, then, the disturbance of recollection is regressive. A living and unconscious element of our present psyche disarticulates the aggregates of infantile images and, like an artist, composes with them an original scene with which it covers the void left in consciousness by a group of expelled representations.

Why all this has to be so, Freud does not say: in general, the “psychology of depth”, which accuses every other psychology of limiting itself to the description of psychic phenomena without showing their mechanism, usually forgets to communicate to us why it is necessary that things happen as, according to its suppositions, they happen. Now then: if some essential difference exists between the explanatory method or of mechanism and the simply descriptive method, it is that the former reveals the why of the phenomenal variations and the latter is content with fixing what has positively happened and classifying it according to exterior characters more or less conventional. But the psychoanalysts merely say: «The given phenomena have this explanation». And if they are asked to show why this one and not any other, they answer: «We do not seek causes a priori». Well may one think; but it is not a matter of metaphysical causes; the characteristic of the why in modern science is not any value and mystic entity granted to supposed occult powers, but, more simply, consists in the formula of a necessary connection between series of phenomenal variations. This connection is necessary when it is exact, neither more nor less; when to each element of a series there corresponds in the other series one and only one; when, in a word, between the facts one can establish a function of mathematical expression more or less conclusive. When this is impossible, science is content to be descriptive. Thus biology, when it wants to rise from its passive descriptive disciplines to explanatory science, tries to become mechanics. But, let it be well understood: physical mechanics, which is the only one there is[21]; a mechanism that is not a physical mechanism is not a mechanism, it is a metaphor. At bottom Freud tries to make psychophysiology issue into biology and against this tendency I find nothing to oppose.

But let us enter the marvelous precinct of dreams.

La Lectura, October and December 1911

Così riferisce Freud un esempio che anche è di viaggio e d’Italia. Faceva una giornata in carrozza, da Ragusa, in Dalmazia, a una stazione dell’Erzegovina con un amico. La conversazione andò a cadere sopra viaggi per l’Italia, e chiese al suo accompagnatore se era stato a Orvieto e aveva visto gli stupendi affreschi del Duomo dipinti da… Un momento di esitazione. In luogo del nome Signorelli, autore di quegli affreschi, si presentano altri due nomi: Botticelli e Boltrafio, che al punto sono riconosciuti come falsi. Perché questi due nomi, dei quali uno di essi è molto meno familiare di Signorelli?

L’analisi mostrò che la serie di pensieri corrispondenti al tema di questa conversazione era stata perturbata da un tema non soddisfatto di un’altra conversazione anteriore. Momenti prima, in effetto, avevano parlato dei costumi turchi in Bosnia ed Erzegovina; della fede che hanno i turchi nel medico, e del loro fatalismo. Quando si dice loro che il malato non ha rimedio esclaman: «Herr (Signore in tedesco), che cosa si ha da fare? Ben so che se avesse salvezza l’avresti salvato». Risulta, dunque, che tra Signorelli e Botticelli-Boltrafio, si era interpolato per associazione Erzegovina, Bosnia e Herr.

Ora manca cercare il punto in cui la linea che va da Signorelli a Herr e quella che ascende fino a Boltrafio e Botticelli si uniscono in una rappresentazione espulsa.

Freud prosegue dicendo che la parola Herr e le reminiscenze sopra i costumi turchi che un suo collega gli aveva descritto lo portò a ricordare l’esasperazione della sessualità che li caratterizza, e come rassegnati davanti al destino, la minore difficoltà per il godimento erotico li solleva e li spinge al suicidio. Un paziente del suo collega aveva detto a questo: «Herr, tu sai? Se questo finisce, la vita non ha valore». Queste rappresentazioni di morte e sessualità svegliano di colpo nell’animo di Freud il ricordo di una notizia molestissima che poche settimane prima aveva ricevuto durante la sua permanenza a Trafoi. «Un paziente —dice— con cui mi ero preso molto lavoro aveva posto fine ai suoi giorni a causa di una perturbazione sessuale incurabile. So con tutta sicurezza che durante il mio viaggio per l’Erzegovina né questo triste successo né quanto con esso intimamente si relaziona mi era venuto alla memoria cosciente».

In questa maniera resta ricostruita la catena: dalla rappresentazione espulsa va una linea in stretta associazione fino a Signorelli, passando per Herr. Un’altra linea va passando per Trafoi a Boltrafio e Botticelli. Ma questi tre nomi si trovano uniti a loro volta per un’associazione superficiale e innocente: Signorelli, Botticelli, Boltrafio, Trafoi, Bosnia. L’associazione in profondità strappa dalla memoria Signorelli e se lo porta alla segreta dell’inconscio, inviando in suo luogo due rappresentanti sconosciuti che apparendo nella coscienza non sanno a che sono venuti né perché sono lì. In realtà, sono simboli del desiderio espulso e latente.

Passiamo ora a un altro punto della Psicopatologia della vita quotidiana, che, come poi si vedrà, ha stretta relazione col meccanismo dei sogni[18].

Osserva Freud lo strano fenomeno che i nostri primi ricordi infantili sogliono conservare l’indifferente e accidentale mentre che le impressioni importanti fortemente emozionali non lasciano spesso traccia alcuna nella memoria dell’uomo maturo. Come è possibile questo? Così come nella classe di fenomeni anteriormente considerati ci sorprende l’errore commesso, così in questa ci sorprende il fatto che possediamo tali ricordi anodini mentre la nostra vita infantile quasi integra è scomparsa.

«Mi pare —dice Freud[19]— che prendiamo con troppa indifferenza il fatto dell’amnesia infantile, della sparizione dei ricordi corrispondenti ai primi anni della nostra vita, invece di scoprire in esso uno strano enigma. Dimentichiamo che un bambino di quattro anni, per esempio, è capace di attuazioni altamente intellettuali e di emotività molto complicata; dovremmo, dunque, ammirarci che la memoria degli anni posteriori conservi così poco di questi processi spirituali quando avevamo razionalmente di pensare che non hanno potuto passare senza lasciare traccia profonda nell’evoluzione della persona, anzi, hanno dovuto esercitare un influsso decisivo sopra tutto il susseguente».

È da notare che i ricordi infantili che possediamo partecipano del carattere di reminiscenze visive, anche in quelle persone che non sono del tipo visivo nel resto della loro complessione mentale. I ricordi infantili sono, per così dire, scene plasticamente composte, solo comparabili alle rappresentazioni teatrali. In queste scene vediamo di ordinario la nostra propria persona nella sua figura infantile con la sua silhouette e il suo vestito. Questa circostanza dà da pensare, perché gli adulti, anche essendo visivi, non sogliono vedere la loro propria persona al ricordare scene di epoche posteriori in cui presero parte. Tutto fa sospettare che questi ricordi della nostra infanzia non siano realmente, ma combinazioni posteriori che ha imposto al materiale di immagini realmente infantili l’influsso di altri poteri psichici ulteriormente sopravvenuti. Di modo che il composto che troviamo davanti alla nostra memoria è piuttosto un “ricordo di copertura del ricordo vero, qualcosa di simile a quello che sono i ricordi dell’infanzia dei popoli conservati nelle leggende e nei miti”[20].

Qui, dunque, la perturbazione del ricordo è regressiva. Un elemento vivo e inconscio della nostra psiche attuale disarticola gli aggregati di immagini infantili e, come un artista, compone con essi una scena originale con cui copre il vuoto lasciato nella coscienza da un gruppo di rappresentazioni espulse.

Perché abbia tutto questo a essere così, non lo dice Freud: in generale, la “psicologia di profondità”, che accusa a ogni altra psicologia di limitarsi alla descrizione dei fenomeni psichici senza mostrare il loro meccanismo, suole dimenticarsi di comunicarci perché è necessario che le cose accadano come, secondo le sue supposizioni, accadono. Orbene: se qualche differenza essenziale esiste tra il metodo esplicativo o di meccanismo e il metodo semplicemente descrittivo, è che quello rivela il perché delle variazioni fenomeniche e questo si contenta di fissare il positivamente accaduto e classificarlo secondo caratteri esteriori più o meno convenzionali. Ma gli psicoanalisti dicono meramente: «I fenomeni dati hanno questa spiegazione». E se si chiede loro che mostrino perché questa e non qualunque altra, rispondono: «Noi non cerchiamo cause a priori». Ben si può pensare; ma non si tratta di cause metafisiche; lo caratteristico del perché nella scienza moderna non è nessun valore ed entità mistica che si conceda a supposti poteri occulti, ma, più semplicemente, consiste nella formula di una connessione necessaria tra serie di variazioni fenomeniche. Questa connessione è necessaria quando è esatta, né più né meno; quando a ogni elemento di una serie corrisponde nell’altra serie uno e solo uno; quando, in una parola, si può stabilire tra i fatti una funzione di espressione matematica più o meno conclusa. Quando questo è impossibile, la scienza si contenta di essere descrittiva. Così la biologia, quando vuole alzarsi dalle sue passive discipline descrittive a scienza esplicativa procura convertirsi in meccanica. Ma, s’intenda bene: in meccanica fisica, che è l’unica che c’è[21], meccanismo che non è meccanismo fisico, non è meccanismo, è una metafora. In fondo tratta Freud di far sboccare la psicofisiologia nella biologia e a questa tendenza non trovo nulla da opporre.

Ma entriamo nel recinto meraviglioso dei sogni.

La Lectura, ottobre e dicembre 1911