Ortega y Gasset
Abstract
An essay on Egyptian history: the Nile and its geography impose on Egypt an agricultural destiny and the necessity of a State, which arises as a material condition of private life rather than by warlike imposition. The political principle displaces the family principle (nomes, Meyer, Herodotus).
Connections
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
La vertiginosidad con que se constituye el Estado egipcio y su relativo estancamiento posterior tienen dos causas, material la una, psicológica la otra. La causa material fue, como es sabido, el Nilo. Aunque parcial, sigue pareciéndonos verdadera la fórmula canónica dada por Herodoto: «Egipto es un don del Nilo».
La tierra toda de Egipto es menor que dos provincias españolas. Sin embargo, su longitud es grande. Está repartida en dos breves bandas de terreno a ambas orillas del río. En algunos lugares su anchura no pasa de tres kilómetros. Más allá, a uno y otro lado, aprisionan el terruño fértil las rocas verticales que llevan sobre sus hombros el desierto. La inundación periódica es un beneficio, pero, a la par, un desastre. El agua cenagosa que luego fecundiza, primero destruye. Esto impone con una violencia clara, aguda, la necesidad de grandes trabajos de irrigación y drenaje, que no pueden ser emprendidos por familias aisladas ni siquiera por pequeños grupos sociales. El dominio sobre las aguas sólo es posible si una voluntad unitaria organiza la vida humana desde un punto del curso fluvial hasta su desembocadura.
La configuración de su territorio impuso al pueblo egipcio un destino agrícola. Y esto con raro exclusivismo. El valle del Nilo, acordonado a una y otra mano de desiertos, queda remoto del mundo. Míseros pueblos nómadas, retenidos en los estadios más primitivos del desarrollo humano, rozan apenas la existencia del labriego nilota, defendido naturalmente por los escarpes de la roca que el río ha tajado. El egipcio no será ni guerrero ni comerciante hasta las postrimerías de su historia. Cuando necesita algo del exterior —por ejemplo, los exquisitos inciensos de Punt, junto al mar Rojo—, tendrá que dar a la operación comercial un falso carácter bélico y dedicará a los que la emprenden himnos superlativos que Grecia no hubiera juzgado oportuno consagrar a Alejandro por la conquista de media Asia.
El fondo del alma egipcia, su estrato más hondo encargado de soportar el resto, está, pues, constituido por el alma de labriego más pura que haya existido nunca. Esto quiere decir docilidad y tradicionalismo, recogimiento en lo cotidiano, imperio del hábito, gravitación hacia el pasado.
Pero las condiciones peculiares de la agricultura en las riberas del Nilo imponen inexorablemente una organización complicada, postulan un Estado. Lo más frecuente en la historia ha sido que el Estado no represente una necesidad primaria para la vida individual. Los pequeños grupos sociales se bastaban a sí mismos para todo lo urgente. El Estado sólo era preciso para fines más elevados y en cierto modo abstractos. Era, por decirlo así, un lujo advenedizo. Los que sentían esa genial voluntad de forjar un Estado tuvieron de sólito que imponerlo a los pequeños grupos consanguíneos, quebrando su egoísmo. En el Nilo, por el contrario, la tendencia hacia un Estado se halla inscrita desde luego en la existencia privada como una de sus condiciones materiales. El simple hecho de que la inundación anual borra las lindes de los labrantíos fuerza a buscar un acuerdo entre los grupos próximos, una jurisprudencia y una autoridad.
Puede decirse que el egipcio, a diferencia de casi todos los demás hombres, se siente nativamente miembro de un Estado. Su ser privado no es previo y distinto de su ser político.
Hay un síntoma que nunca falta para calcular la fuerza del principio de Estado de una sociedad, y es medir la fuerza que el principio familiar desarrolla en ella. La familia, el instinto de consanguinidad, es antagónico del instinto político y viven el uno a expensas del otro[176]. Pues bien, en Egipto todo lo familiar aparece desde luego reducido a su mínima expresión. Antes de formarse las dos grandes naciones del Norte y el Sur, hallamos a los egipcios organizados en llamados nomos o distritos, que muy acertadamente compara Meyer a los Estados-Ciudades del Mediterráneo. Ya en ellos triunfa el poder político como único principio de organización social; no existen grupos familiares ni gentilicios donde la sangre condicione la situación del individuo, sino que éste vive calificado sólo por su puesto en el Estado e incluido en el gremio a que su oficio corresponde. No usa nombres familiares ni alude jamás a sus antepasados en las inscripciones. Apenas si se hace constar el nombre del padre[177].
Nosotros somos casi por entero personas privadas, y sólo apendicularmente somos ciudadanos, órganos del cuerpo político. El egipcio, al revés.
Da ello un carácter sumamente extraño a esta civilización primera. La vida es casi exclusivamente oficial. Cada cual es lo que es como pieza de la máquina pública.
The vertiginousness with which the Egyptian State is constituted and its relative later stagnation have two causes, one material, the other psychological. The material cause was, as is well known, the Nile. Although partial, the canonical formula given by Herodotus continues to seem true to us: «Egypt is a gift of the Nile».
The whole land of Egypt is smaller than two Spanish provinces. Nevertheless, its length is great. It is divided into two brief bands of terrain on both banks of the river. In some places its width does not exceed three kilometers. Beyond, on one side and the other, the vertical rocks that carry the desert on their shoulders imprison the fertile soil. The periodic inundation is a benefit, but, at the same time, a disaster. The muddy water that afterwards fertilizes, first destroys. This imposes with a clear, acute violence the necessity of great works of irrigation and drainage, which cannot be undertaken by isolated families nor even by small social groups. The dominion over the waters is only possible if a unitary will organizes human life from one point of the river’s course to its mouth.
The configuration of its territory imposed upon the Egyptian people an agricultural destiny. And this with rare exclusiveness. The valley of the Nile, cordoned off on one hand and the other by deserts, remains remote from the world. Wretched nomadic peoples, held back in the most primitive stages of human development, barely graze the existence of the Nilotic peasant, defended naturally by the escarpments of the rock that the river has cut. The Egyptian will be neither warrior nor merchant until the latter days of his history. When he needs something from outside —for example, the exquisite incenses of Punt, beside the Red Sea— he will have to give the commercial operation a false warlike character and will dedicate to those who undertake it superlative hymns that Greece would not have judged opportune to consecrate to Alexander for the conquest of half of Asia.
The bottom of the Egyptian soul, its deepest stratum charged with bearing the rest, is, then, constituted by the purest peasant soul that has ever existed. This means docility and traditionalism, withdrawal into the everyday, dominion of habit, gravitation toward the past.
But the peculiar conditions of agriculture on the banks of the Nile inexorably impose a complicated organization, postulate a State. The most frequent thing in history has been that the State does not represent a primary necessity for individual life. The small social groups sufficed for themselves for everything urgent. The State was only needed for higher and in a certain sense abstract ends. It was, so to speak, an upstart luxury. Those who felt that genial will to forge a State usually had to impose it on the small consanguineous groups, breaking their egoism. On the Nile, on the contrary, the tendency toward a State is inscribed from the first in private existence as one of its material conditions. The simple fact that the annual inundation erases the boundaries of the fields forces one to seek an agreement among the neighboring groups, a jurisprudence and an authority.
It may be said that the Egyptian, unlike almost all other men, feels natively a member of a State. His private being is not prior and distinct from his political being.
There is a symptom that never fails for calculating the strength of the principle of State of a society, and it is to measure the strength that the family principle develops in it. The family, the instinct of consanguinity, is antagonistic to the political instinct and they live one at the expense of the other[176]. Well then, in Egypt everything familial appears from the first reduced to its minimal expression. Before the two great nations of the North and the South were formed, we find the Egyptians organized in so-called nomes or districts, which Meyer very aptly compares to the City-States of the Mediterranean. Already in them the political power triumphs as the only principle of social organization; there do not exist family or gentile groups where blood conditions the situation of the individual, but he lives qualified only by his place in the State and included in the guild to which his office corresponds. He does not use family names nor ever alludes to his ancestors in the inscriptions. The name of the father is barely made to be noted[177].
We are almost entirely private persons, and only appendicularly are we citizens, organs of the political body. The Egyptian, on the contrary.
This gives an extremely strange character to this first civilization. Life is almost exclusively official. Each one is what he is as a piece of the public machine.
La vertigine con cui si costituisce lo Stato egiziano e il suo relativo stagnamento posteriore hanno due cause, materiale l’una, psicologica l’altra. La causa materiale fu, come è noto, il Nilo. Benché parziale, continua a parerci vera la formula canonica data da Erodoto: «L’Egitto è un dono del Nilo».
Tutta la terra d’Egitto è minore di due province spagnole. Nondimeno, la sua lunghezza è grande. È ripartita in due brevi bande di terreno a ambedue le rive del fiume. In alcuni luoghi la sua larghezza non passa di tre chilometri. Al di là, a un lato e all’altro, imprigionano il terriccio fertile le rocce verticali che portano sulle loro spalle il deserto. L’inondazione periodica è un beneficio, ma, a un tempo, un disastro. L’acqua fangosa che poi feconda, prima distrugge. Questo impone con una violenza chiara, acuta, la necessità di grandi lavori di irrigazione e drenaggio, che non possono essere intrapresi da famiglie isolate néppure da piccoli gruppi sociali. Il dominio sopra le acque è solo possibile se una volontà unitaria organizza la vita umana da un punto del corso fluviale fino alla sua foce.
La configurazione del suo territorio impose al popolo egiziano un destino agricolo. E questo con raro esclusivismo. La valle del Nilo, asserragliata a una mano e all’altra da deserti, resta remota dal mondo. Miseri popoli nomadi, trattenuti negli stadi più primitivi dello sviluppo umano, toccano appena l’esistenza del contadino nilota, difeso naturalmente dagli scarpamenti della roccia che il fiume ha tagliato. L’egiziano non sarà né guerriero né commerciante fino alle postrimerie della sua storia. Quando ha bisogno di qualcosa dall’esterno —per esempio, gli squisiti incensi di Punt, accanto al mar Rosso—, dovrà dare all’operazione commerciale un falso carattere bellico e dedicherà a quelli che la intraprendono inni superlativi che la Grecia non avrebbe giudicato opportuno consacrare ad Alessandro per la conquista di mezza Asia.
Il fondo dell’anima egiziana, il suo strato più profondo incaricato di sopportare il resto, è, dunque, costituito dall’anima di contadino più pura che sia mai esistita. Questo vuol dire docilità e tradizionalismo, raccoglimento nel quotidiano, impero dell’abitudine, gravitazione verso il passato.
Ma le condizioni peculiari dell’agricoltura nelle rive del Nilo impongono inesorabilmente un’organizzazione complicata, postulano uno Stato. Il più frequente nella storia è stato che lo Stato non rappresenti una necessità primaria per la vita individuale. I piccoli gruppi sociali si bastavano da sé per tutto l’urgente. Lo Stato era solo preciso per fini più elevati e in certo modo astratti. Era, per così dire, un lusso avventizio. Quelli che sentivano quella geniale volontà di forgiare uno Stato ebbero di solito da imporlo ai piccoli gruppi consanguinei, rompendo il loro egoismo. Nel Nilo, per il contrario, la tendenza verso uno Stato si trova iscritta senz’altro nell’esistenza privata come una delle sue condizioni materiali. Il semplice fatto che l’inondazione annuale cancella i confini dei seminati forza a cercare un accordo tra i gruppi prossimi, una giurisprudenza e un’autorità.
Può dirsi che l’egiziano, a differenza di quasi tutti gli altri uomini, si sente nativamente membro di uno Stato. Il suo essere privato non è previo e distinto dal suo essere politico.
C’è un sintomo che non manca mai per calcolare la forza del principio di Stato di una società, ed è misurare la forza che il principio familiare sviluppa in essa. La famiglia, l’istinto di consanguineità, è antagonista dell’istinto politico e vivono l’uno a spese dell’altro[176]. Orbene, in Egitto tutto il familiare appare senz’altro ridotto alla sua minima espressione. Prima di formarsi le due grandi nazioni del Nord e del Sud, troviamo gli egiziani organizzati in cosiddetti nomi o distretti, che molto azzeccatamente compara Meyer agli Stati-Città del Mediterraneo. Già in essi trionfa il potere politico come unico principio di organizzazione sociale; non esistono gruppi familiari né gentilizi dove il sangue condiziona la situazione dell’individuo, ma questo vive qualificato solo dal suo posto nello Stato e incluso nel gremio a cui il suo ufficio corrisponde. Non usa nomi familiari né allude mai ai suoi antenati nelle iscrizioni. Appena se si fa constare il nome del padre[177].
Noi siamo quasi per intero persone private, e solo appendicolarmente siamo cittadini, organi del corpo politico. L’egiziano, al rovescio.
Dà questo un carattere sommamente strano a questa civiltà prima. La vita è quasi esclusivamente ufficiale. Ciascuno è quello che è come pezzo della macchina pubblica.