Ortega y Gasset
Abstract
An autobiographical political article: Ortega lists, with dates and titles, his critical interventions on the Republic from May 1931 on, to make clear who the citizen now shouting ‘¡Viva la República!’ is. Journalism and self-defence, with no philosophical content.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Pero como todo anda un poco confundido, y los españoles del día tenemos poca memoria, quiero recordar o hacer constar algunas cosas que hasta ahora he callado o no he querido subrayar. Desde el fondo de mi largo y amargo silencio, estrujándolo como un racimo lleno de jugo, quiero rememorar a mis lectores y a todos los españoles —porque tengo tanto derecho como cualquiera otro para dirigirme a ellos— quién es el ciudadano que ahora, precisamente ahora, grita: «¡Viva la República!»
El que grita se sintió en radical desacuerdo desde el día siguiente al advenimiento de la República con la interpretación de ésta y la política que iniciaban sus gobernantes. Yo no puedo demostrar con documentos la verdad literal de esta frase. Dejémosla, pues, como una frase y nada más. Pero lo que sí puedo demostrar con documentos es que ya el 13 de mayo —por tanto, al mes justo de la proclamación del nuevo Régimen— protesté airadamente, junto a Marañón y Pérez de Ayala, contra la quema de conventos, que fue una faena aún más que repugnante, estúpida. Esto el 13 de mayo; pero el 2 de junio publicaba yo un artículo titulado: «¡Pensar en grande!», invitando a tomar la República en forma y formato opuestos a los que empezaban a adoptarse. Y en 6 de junio, convocados a elección los ciudadanos, apareció otro artículo mío titulado: «¡Las provincias deben rebelarse contra los candidatos indeseables!» El 25 del mismo mes mi discurso electoral en León, donde, contra todo mi deseo, había sido presentado candidato, comenzaba así, según la transcripción algo incorrecta de los periódicos leoneses:
«¿Queréis, gentes de León, que hablemos un poco en serio de la España que hay que hacer?
»Con profunda vergüenza asisto a la campaña electoral que se está llevando a cabo en toda la Península. Trátase, nada menos, que de unas elecciones constituyentes. Se moviliza civilmente al país para que elija a unos hombres que van a fabricar el nuevo Estado. Es un gigantesco edificio el que hay que construir, y no hay edificio si no hay en la cabeza un plano previo de líneas vigorosas.
»Lo que me parece vergonzoso es que los cientos de discursos pronunciados en España no enuncien una sola idea clara, que defina algo sobre ese Estado que hay que construir. Sólo se han pronunciado palabras vanas y hueras prometiendo en palabrería fantástica, sin saber si se puede o no realizar. Porque esto importa poco a esos palabreros, que sólo quieren hostigar a las masas con palabras vanas e insensatas para que, como un rebaño de ovejas, vayan a las urnas o, como un rebaño de búfalos, vayan a la revolución. Y a eso se le llama democracia».
Con esto llegamos al 13 de julio, es decir, aún no transcurridos los tres meses desde el 14 de abril. Pues bien: en esa fecha leyeron los lectores de Crisol otro artículo mío titulado: «Hay que cambiar de signo a la República». Y en 9 de septiembre, este otro: «Un aldabonazo». Y en 6 de diciembre pudo oírse en el «cine» de la Ópera mi discurso sobre «Rectificación de la República». Y el 13 del mismo mes, en las primeras consultas del Presidente recién elegido, fue el que ahora da su grito el único que pidió la formación de un Gobierno sin colaboración socialista, que preveía funesta para la República y para el socialismo. No mucho después, en el periódico antedicho, se imprimieron unos párrafos bajo el lema: «Estos republicanos no son la República», etcétera, etcétera, etcétera.
Estos recuerdos precisarán un poco en la mente del lector la fisonomía del que ahora grita «¡Viva la República!», y le harán pensar que, si lo grita, es a sabiendas y a pesar de lo que ha sido durante esta primera etapa la política republicana. Corregirán de paso un error que he oído más de una vez, según el cual yo consideraría haberme equivocado al recomendar en cierta hora a los españoles que se constituyesen en República, que había perdido la ilusión, que juzgaba sin remedio la política republicana y demás suposiciones igualmente superficiales. Los datos ahora rememorados, con la impertinencia de sus fechas exactas, demuestran que no me fue necesario esperar a que los gobernantes republicanos de la primera hora comenzasen a desbarrar para saber que lo iban a hacer: que, de tal modo esperaba y presumía por anticipado su descarrío, que me adelanté a insinuar mi discrepancia, como me adelanté a echar en cara a las provincias que iban, por inconsciencia, a elegir diputados indeseables, como me situé, desde luego, y por innúmeras razones, en posición de no actuar durante el primer capítulo de la historia republicana, según hice constar desde mi primer discurso en la Cámara, que fue, entre paréntesis, el primer discurso de oposición a la política del Gobierno. Pero no me interesa de todo esto lo que signifique como demostración vanidosa de capacidad previsora. Lo que me interesa es refutar con esos hechos y con esos datos incontrovertibles el error en que están los que suponen que yo recomendé la instauración de la República «porque» creyese que, desde luego, iban a ir preciosamente las cosas. No sólo no lo creía, sino que —y éste es el motivo de las anteriores recordaciones— no acepto en persona que presuma de alguna seriedad que pretenda juzgar las posibilidades históricas de un Régimen por lo acontecido en los dos años y medio después de su natividad. Y es sencillamente grotesco que intenten hacer tal cosa los monárquicos defensores de un Régimen extranjero, que no durante dos años y medio, sino durante dos siglos y medio ha maltraído a España en desmedro, decadencia y envilecimiento lamentables y constantes, haciéndola llegar a esta República en un estado tal de desmoralización y de falta de aptitudes por parte de masas y minorías, que él ha sido, en definitiva, la causa de estos dos años y medio pesadillescos.
Porque si han sido tales para el labrador andaluz y para el cura de aldea, no crean estos señores que el que grita ahora «¡Viva la República!» los ha pasado en un lecho de rosas. Durante ellos se me ha insultado y vejado constantemente desde las filas republicanas, y, claro está, también desde las otras. Algunos sinvergüenzas, algunos insolentes y algunos sota-intelectuales que son lo uno y lo otro, y que hasta ahora, por lo que fuera, no se habían resuelto a atacarme, han aprovechado la atmósfera envenenada de esos años para morderme los zancajos. Pero hay más: los hombres republicanos han conseguido que por vez primera después de un cuarto de siglo, no tuviera yo periódico afín en que escribir. Y esto no significaba sólo que me hubiesen quitado la vihuela para mi canción, sino que me planteaba por añadidura los problemas más tangibles, materiales y urgentes. ¿Me entiende el labrador andaluz a quien han deshecho su hacienda y el cura de aldea a quien han retirado su congrua?
Pues con esto termina mi argumento hominis ad hominem. Este hombre es el que grita ahora: «¡Viva la República!»
But since everything goes a bit confused, and the Spaniards of today have little memory, I want to recall or make known some things that up to now I have kept silent about or have not wanted to underline. From the depths of my long and bitter silence, squeezing it like a cluster full of juice, I want to remind my readers and all Spaniards —because I have as much right as anyone else to address them— who is the citizen who now, precisely now, shouts: «Long live the Republic!»
The one who shouts felt in radical disagreement from the day after the advent of the Republic with the interpretation of it and the policy that its rulers were initiating. I cannot demonstrate with documents the literal truth of this sentence. Let us leave it, then, as a sentence and nothing more. But what I can demonstrate with documents is that already on May 13 —therefore, exactly one month after the proclamation of the new Regime— I protested angrily, together with Marañón and Pérez de Ayala, against the burning of the convents, which was a deed more than repugnant, stupid. This on May 13; but on June 2 I published an article entitled: «Think big!», inviting to take the Republic in a form and format opposite to those that were beginning to be adopted. And on June 6, the citizens having been summoned to election, another article of mine appeared entitled: «The provinces must rebel against undesirable candidates!» On the 25th of the same month my electoral speech in León, where, against all my desire, I had been presented as a candidate, began thus, according to the somewhat incorrect transcription of the Leonese newspapers:
«Do you want, people of León, that we speak a little seriously of the Spain that has to be made?
»With profound shame I attend the electoral campaign that is being carried out throughout the whole Peninsula. It is a matter of nothing less than constituent elections. The country is mobilized civilly so that it elect some men who are going to fabricate the new State. It is a gigantic building that has to be built, and there is no building if there is not in the head a previous plan of vigorous lines.
»What seems shameful to me is that the hundreds of speeches pronounced in Spain do not enunciate a single clear idea, that defines something about that State that has to be built. Only vain and hollow words have been pronounced, promising in fantastic empty talk, without knowing whether it can or cannot be realized. Because this matters little to those empty talkers, who only want to harass the masses with vain and senseless words so that, like a flock of sheep, they go to the polls or, like a herd of buffaloes, they go to the revolution. And that is called democracy».
With this we arrive at July 13, that is, the three months since April 14 not yet elapsed. Well then: on that date the readers of Crisol read another article of mine entitled: «The sign of the Republic must be changed». And on September 9, this other: «A knock at the door». And on December 6 my speech on «Rectification of the Republic» could be heard in the “cinema” of the Opera. And on the 13th of the same month, in the first consultations of the newly elected President, the one who now gives his cry was the only one who asked for the formation of a Government without socialist collaboration, which he foresaw as fatal for the Republic and for socialism. Not much later, in the aforementioned newspaper, some paragraphs were printed under the motto: «These republicans are not the Republic», et cetera, et cetera, et cetera.
These recollections will somewhat sharpen in the reader’s mind the physiognomy of the one who now shouts «Long live the Republic!», and will make him think that, if he shouts it, it is knowingly and in spite of what republican policy has been during this first stage. They will correct in passing an error that I have heard more than once, according to which I would consider myself to have erred in recommending at a certain hour to the Spaniards that they constitute themselves as a Republic, that I had lost the illusion, that I judged republican policy hopeless, and other equally superficial suppositions. The data now recalled, with the impertinence of their exact dates, demonstrate that it was not necessary for me to wait for the republican rulers of the first hour to begin to rave in order to know that they were going to do so: that, in such a way I expected and presumed in advance their derailment, that I anticipated insinuating my discrepancy, just as I anticipated reproaching the provinces that they were going, out of lack of consciousness, to elect undesirable deputies, just as I placed myself, from the first, and for innumerable reasons, in a position not to act during the first chapter of republican history, as I made known from my first speech in the Chamber, which was, in parentheses, the first speech of opposition to the policy of the Government. But of all this I am not interested in what it signifies as a vain demonstration of foresight capacity. What interests me is to refute with those facts and with those incontrovertible data the error in which those are who suppose that I recommended the establishment of the Republic “because” I believed that, from the first, things were going to go beautifully. Not only did I not believe it, but —and this is the motive of the previous recollections— I do not accept any person who presumes of some seriousness who pretends to judge the historical possibilities of a Regime by what has happened in the two and a half years after its nativity. And it is simply grotesque that the monarchists attempt to do such a thing, defenders of a foreign Regime, which not during two and a half years, but during two centuries and a half has mistreated Spain in regrettable and constant detriment, decadence and vilification, making it arrive at this Republic in such a state of demoralization and lack of aptitudes on the part of masses and minorities, that it has been, in the end, the cause of these two and a half nightmare years.
For if they have been such for the Andalusian farmer and for the village priest, let these gentlemen not believe that the one who now shouts «Long live the Republic!» has spent them on a bed of roses. During them I have been insulted and vexed constantly from the republican ranks, and, of course, also from the others. Some scoundrels, some insolent ones and some semi-intellectuals who are the one and the other, and who until now, for whatever reason, had not resolved to attack me, have taken advantage of the poisoned atmosphere of those years to bite my heels. But there is more: the republican men have managed that for the first time after a quarter of a century, I should not have a sympathetic newspaper in which to write. And this meant not only that they had taken away my vihuela for my song, but that it posed to me in addition the most tangible, material and urgent problems. Does the Andalusian farmer whose holding they have ruined understand me, and the village priest whose stipend they have withdrawn?
Well with this ends my argument hominis ad hominem. This man is the one who now shouts: «Long live the Republic!»
Ma siccome tutto cammina un poco confuso, e gli spagnoli d’oggi abbiamo poca memoria, voglio ricordare o far constare alcune cose che finora ho taciuto o non ho voluto sottolineare. Dal fondo del mio lungo e amaro silenzio, strizzandolo come un grappolo pieno di succo, voglio rammemorare ai miei lettori e a tutti gli spagnoli —perché ho tanto diritto come qualunque altro per dirigermi a loro— chi è il cittadino che ora, proprio ora, grida: «Viva la Repubblica!»
Colui che grida si sentì in radicale disaccordo dal giorno seguente all’avvento della Repubblica con l’interpretazione di questa e la politica che iniziavano i suoi governanti. Io non posso dimostrare con documenti la verità letterale di questa frase. Lasciamola, dunque, come una frase e niente più. Ma quello che sì posso dimostrare con documenti è che già il 13 maggio —quindi, al mese giusto dalla proclamazione del nuovo Regime— protestai aizzosamente, insieme a Marañón e Pérez de Ayala, contro l’incendio dei conventi, che fu un’impresa ancora più che ripugnante, stupida. Questo il 13 maggio; ma il 2 giugno pubblicavo io un articolo intitolato: «Pensare in grande!», invitando a prendere la Repubblica in forma e formato opposti a quelli che cominciavano ad adottarsi. E in 6 di giugno, convocati a elezione i cittadini, apparve un altro mio articolo intitolato: «Le province devono ribellarsi contro i candidati indesiderabili!» Il 25 dello stesso mese il mio discorso elettorale a León, dove, contro tutto il mio desiderio, era stato presentato candidato, cominciava così, secondo la trascrizione alquanto incorretta dei giornali leonesi:
«Volete, genti di León, che parliamo un poco sul serio della Spagna che c’è da fare?
»Con profonda vergogna assisto alla campagna elettorale che si sta portando a compimento in tutta la Penisola. Trattasi, nientemeno, che di elezioni costituenti. Si mobilita civilmente il paese perché elegga alcuni uomini che andranno a fabbricare il nuovo Stato. È un gigantesco edificio quello che c’è da costruire, e non c’è edificio se non c’è nella testa un piano previo di linee vigorose.
»Quello che mi pare vergognoso è che le centinaia di discorsi pronunciati in Spagna non enunciino una sola idea chiara, che definisca qualcosa sopra quello Stato che c’è da costruire. Solo si sono pronunciate parole vane e vuote promettendo in ciarlataneria fantastica, senza sapere se si può o no realizzare. Perché questo importa poco a quei ciarloni, che solo vogliono assillare le masse con parole vane e insensate perché, come un gregge di pecore, vadano alle urne o, come un gregge di bufali, vadano alla rivoluzione. E a questo si chiama democrazia».
Con questo arriviamo al 13 di luglio, cioè, ancora non trascorsi i tre mesi dal 14 di aprile. Orbene: in quella data lessero i lettori di Crisol un altro mio articolo intitolato: «Bisogna cambiare segno alla Repubblica». E in 9 di settembre, questo altro: «Un colpo alla porta». E in 6 di dicembre poté udirsi nel “cinema” dell’Opera il mio discorso sopra «Rettifica della Repubblica». E il 13 dello stesso mese, nelle prime consultazioni del Presidente appena eletto, fu quello che ora dà il suo grido l’unico che chiese la formazione di un Governo senza collaborazione socialista, che prevedeva funesta per la Repubblica e per il socialismo. Non molto dopo, nel periodico antedetto, si stamparono alcuni paragrafi sotto il lemma: «Questi repubblicani non sono la Repubblica», eccetera, eccetera, eccetera.
Questi ricordi preciseranno un poco nella mente del lettore la fisionomia di quello che ora grida «Viva la Repubblica!», e gli faranno pensare che, se lo grida, è consapevolmente e nonostante quello che è stata durante questa prima tappa la politica repubblicana. Correggeranno di passo un errore che ho udito più di una volta, secondo il quale io considererei di essermi sbagliato al raccomandare in certa ora agli spagnoli che si costituissero in Repubblica, che avevo perso l’illusione, che giudicavo senza rimedio la politica repubblicana e altre supposizioni ugualmente superficiali. I dati ora rammemorati, con l’impertinenza delle loro date esatte, dimostrano che non mi fu necessario aspettare che i governanti repubblicani della prima ora cominciassero a sragionare per sapere che lo andavano a fare: che, di tal modo aspettavo e presumevo per anticipato il loro deragliamento, che mi avanzai a insinuare la mia discrepanza, come mi avanzai a rinfacciare alle province che andavano, per incoscienza, a eleggere deputati indesiderabili, come mi situai, senz’altro, e per innumerabili ragioni, in posizione di non agire durante il primo capitolo della storia repubblicana, secondo feci constare dal mio primo discorso nella Camera, che fu, tra parentesi, il primo discorso di opposizione alla politica del Governo. Ma non mi interessa di tutto questo quello che significhi come dimostrazione vanitosa di capacità previdente. Quello che mi interessa è confutare con quei fatti e con quei dati incontrovertibili l’errore in cui sono quelli che suppongono che io raccomandai l’instaurazione della Repubblica “perché” credessi che, senz’altro, andavano a camminare precisamente le cose. Non solo non lo credevo, ma —e questo è il motivo delle anteriori rimemorazioni— non accetto in persona che presuma di qualche serietà che pretenda di giudicare le possibilità storiche di un Regime per quello accaduto nei due anni e mezzo dopo la sua natività. Ed è semplicemente grottesco che tentino di fare tale cosa i monarchici difensori di un Regime straniero, che non durante due anni e mezzo, ma durante due secoli e mezzo ha maltrattato la Spagna in discapito, decadenza e avvilimento lamentevoli e costanti, facendola arrivare a questa Repubblica in uno stato tale di demoralizzazione e di mancanza di attitudini da parte di masse e minoranze, che egli è stato, in definitiva, la causa di questi due anni e mezzo da incubo.
Perché se sono stati tali per il contadino andaluso e per il prete di campagna, non credano questi signori che quello che grida ora «Viva la Repubblica!» li ha passati in un letto di rose. Durante essi mi si è insultato e vilipeso costantemente dalle file repubblicane, e, chiaro sta, anche dalle altre. Alcuni mascalzoni, alcuni insolenti e alcuni semi-intellettuali che sono l’uno e l’altro, e che fino a ora, per quello che fosse, non si erano risolti ad attaccarmi, hanno approfittato dell’atmosfera avvelenata di quegli anni per mordermi i calcagni. Ma c’è di più: gli uomini repubblicani hanno ottenuto che per la prima volta dopo un quarto di secolo, non avessi io giornale affine in cui scrivere. E questo non significava solo che mi avessero tolto la vihuela per la mia canzone, ma che mi piantava per aggiunta i problemi più tangibili, materiali e urgenti. Mi capisce il contadino andaluso a cui hanno disfatto la sua azienda e il prete di campagna a cui hanno ritirato la sua congrua?
Dunque con questo termina il mio argomento hominis ad hominem. Questo uomo è quello che grida ora: «Viva la Repubblica!»