Abstract

From the diagnosis that nobody can replace Europe at the world’s command, the text moves to ‘frivolity’ as living outside one’s own destiny (Italy as example) and then to its central thesis: the fundamental fact of the universe is our life in the biographical sense, a dramatic mixture of fatality and freedom, with one possibility that is most authentically ours.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El horizonte visible no nos presenta nadie capaz de sustituir a Europa en el mando del mundo. Hay, pues, que decidirse por una de estas dos cosas: o porque nadie mande o porque vuelva a mandar con plenitud Europa. Es posible que muchos, alegremente, se resolviesen por lo primero; en realidad, la vida de estos años en el planeta está templada —más bien destemplada— por esa resolución. Son unos años de frivolidad general, lo mismo para las naciones que para la existencia individual. Hay frivolidad dondequiera que alguien —individuo o pueblo— no viva encajado en su propio e intrasferible destino, es decir, en su quehacer. Todos —unos más, otros menos— nos damos cuenta de que estamos fuera de nuestro quicio. Siempre que nuestra vida se sale de su hueco cardinal, siempre que extravaga, envía automáticamente un aviso a nuestra conciencia. Intentamos en vano acallar esa amonestación que nuestra intimidad nos hace cuando defraudamos a nuestra sinceridad. Porque la sinceridad primaria no es una virtud del hablar y del decir, sino de algo previo a la expresión y aun al pensamiento —la sinceridad de ser lo que verdaderamente se es. Hoy pueblos enteros viven en extremada insinceridad. Por ejemplo, Italia. En el fondo de su conciencia colectiva saben que la actitud histórica adoptada por ellos no es posible ni necesaria o impuesta inequívocamente por las circunstancias. Al contrario, tienen la impresión de que se han lanzado a una postura caprichosa que diverge del perfil auténtico marcado por su destino. Por lo mismo necesitan compensar con puras exageraciones de gesto la falta de fe radical en su propia conducta. Se drogan con extremismos de ademán; mantienen una superficial autosugestión, sosteniendo un tono de frenesí con vago terror de caer en temple sereno y no poder defenderse entonces de la acusación íntima que ascendería inexorable de su conciencia.

Estos mismos caracteres se encuentran, fuera de la vida pública, en casi todos los órdenes de la existencia actual, revelando con su ubicuidad que se trata de una gravísima anomalía padecida por el hombre contemporáneo. Con rasgos idénticos o análogos podríamos filiar la conducta al uso en dimensiones remotísimas de la política, como son el arte, el pensamiento y aun otras más íntimas.

Para hacerse bien cargo de esto es imprescindible mirar frente a frente el hecho más fundamental que existe en el Universo, el cual no es otro que nuestra vida —nuestra vida en el sentido biográfico y no biológico de la palabra. De puro estar dentro de él, de puro ser nosotros ese hecho mismo, no reparamos en él, como no solemos ver el aire en que estamos sumergidos. Es nuestra vida el hecho fundamental por la sencilla razón de que todos los demás hechos lo son de ella, se dan en nuestra vida y consisten en algo que vitalmente nos pasa. La ciencia misma y cuanto ella observe, investigue y descubra son cosas que acontecen en nuestra vida y la suponen. De esta suerte, por muy radical que sea una afirmación científica, tendrá siempre una realidad secundaria en comparación con la realidad primaria de nuestro vivir, dentro del cual «hacemos» ciencia, entre innumerables otros quehaceres. Nuestra vida, en efecto, consiste en lo que hacemos, desde aguantar un dolor con paciencia o sin ella, hasta hacer una revolución, hacer una teoría o simplemente hacer tiempo. La vida es siempre operante, siempre esfuerzo, siempre faena. Ahora bien: lo que hacemos no nos es impuesto, como a la bala su trayectoria. La extraña realidad que es nuestra vida consiste, de un lado, en tener por fuerza que hacer algo, y de otro, en tener que decidir eso que tenemos que hacer. Por tanto, una mezcla dramática de fatalidad y de libertad. Vivir es encontrarse en un ámbito de posibilidades más o menos amplio; es poder ser esto, esto y esto. Todavía si esas posibilidades fuesen indiferentes, la vida sería cosa fácil. Pero lejos de eso, acaece que en todo instante el repertorio de posibilidades de ser que se abre ante nosotros tiene una jerarquía. Entre esas posibilidades hay una que es la más nuestra, la que cada cual tendría que ser para ser verdadera y auténticamente el que es. Dicho en otra forma: cada vida tiene un destino intrasferible, pero es libre para aceptarlo o no. Si no lo acepta sigue siendo vida; pero esa vida consistirá en la constante negación de sí misma. Y así acontece con gran frecuencia: cada hombre se dedica a no ser quien es, se esfuerza en ser otro; por ejemplo, en ser como los demás: como este grupo, como el otro grupo de los demás.

Esta capacidad que la vida tiene de enajenarse, de falsificarse, a sí misma, podrá parecer extrañísima; pero es evidente y no hay otro remedio que reconocerla. Sólo por ella goza la vida el privilegio de tener destino, predestinación. Destino no es, sin más ni más, necesidad ineluctable. La piedra carece de destino, aunque todo lo que le pasa le pasa irrevocablemente. Lo esencial del destino es que siendo inexorable exige y permite que lo aceptemos o no. Yo no seré quien propia e intrasferiblemente soy si no hago tales o cuales cosas. Pero puedo perfectamente no hacerlas, y en su lugar hacer otras. Entonces defraudo a mi verdadero ser, lo suplanto por otro que no tiene autenticidad de destino, que no tiene última realidad. Cuando hago esto, mi vida se ocupa en desvivirse a sí misma. Porque la libertad que actúa en toda vida es sólo negativa, me permite no aceptar mi destino; pero no permite fabricarme otro destino y hacer que, en verdad vital, sea yo otro del que soy.

Así venimos a aclararnos la idea de sinceridad. Es vitalmente sincero el que vive su personal destino. ¿En qué se reconoce esto? En que al hacer algo —pensar, sentir, comportarse— tenga la evidencia de que eso que hace es necesario y no un quehacer canjeable indiferentemente por otro.

Una nación, una época, valen en la proporción con que se den en ella hombres cuyo hacer brota de su interna fatalidad. Son en cambio frívolas cuando predomina un tipo de hombre que no siente como necesario, irremisible, lo que hace.

Esto acontece, por ejemplo, con el artista nuevo. Parte muy justamente de un asco hacia lo que en el arte tradicional hay de fraseología insincera; pero entonces se encuentra sin un imperativo artístico claro. Y en vez de no hacer nada, de aceptar el duro destino del arte actual, que es su crisis radical, decide hacer cualquier cosa, instalarse en una arbitrariedad. Es penoso decirlo, pero me parece innegable que los jóvenes artistas de nuestro tiempo viven su oficio con conciencia turbia y que esto los desmoraliza como hombres.

En mucho menor grado ha reinado una situación parecida en la ideología de los últimos veinte años. El más alto representante de ella en el mundo, Max Scheler, puede servir de ejemplo. Tratándose de puro pensamiento no cabía la pura arbitrariedad y, en efecto, Scheler no es nunca en tal sentido arbitrario. Pero sus ideas eran meras posibilidades de actitud ante los problemas; no fueron casi nunca forzosidades. Nos decía cosas sumamente agudas que se «podían pensar» sobre un asunto, pero no las que necesariamente había que pensar. Por eso vivió en teorías revocables, y sus cambios doctrinales no tuvieron el carácter de una evolución profundamente motivada, sino el de dispersión caprichosa que se cansa de una postura e intenta otra.

Lo propio se observa en las ideas políticas de nuestro tiempo. Ciertas objeciones sustantivas e irrefutables contra la democracia hacen que muchos hombres excelentes no la acepten como un destino e hinquen en ella su vida pública; mas como por otra parte hay dimensiones de la doctrina democrática que son de una evidencia incontrastable, no logran trasladar la raíz de sí mismos a otros idearios políticos notoriamente imposibles. Se quedan, pues, en una actitud de juego; juegan a ser y a no ser demócratas, se fingen fascistas o comunistas. Fascismo y comunismo son, al menos para el europeo, dos de esas posibilidades sin autenticidad que hoy encuentra el hombre ante sí y en que puede instalarse como en una fábula convenida, a sabiendas de que defrauda su rigoroso destino vital.

De esta frivolidad ambiente cabría aún otro ejemplo más íntimo si no fuese demasiado difícil de demostrar. Vaya, pues, sólo como vaga sospecha. La indecisión del presente europeo, la vida insincera y que adopta actitudes revocables, exentas de inexorabilidad, se manifiesta, a mi juicio, en la defectuosa sinceridad con que hoy la mujer elige un tipo de hombre para enamorarse. Motivos arbitrarios destacan como por juego ciertas especies de virilidad que en su secreto fondo no interesan a la mujer normal. No obstante, falta de seguridad en su destino sentimental, la mujer finge entusiasmo por el gigolo y llega a embotarse para la percepción de otras calidades masculinas. Pero éste es un tema delicado que requeriría minuciosos análisis del amor contemporáneo. Yo sólo quería hoy presentar el paisaje de frivolidad que ha suscitado el mero anuncio de que nadie manda en el mundo. La mayor parte de los seres humanos necesita de una presión externa que los encaje bien en su destino. Esta presión es el imperio histórico de alguien que representa un sistema de normas vitales.

El Sol, 30 de marzo de 1930