Ortega y Gasset

Abstract

A speech (with applause markers) from December 1931: after seven months the Republic has lost enthusiasm and its profile must be rectified. Ortega does not blame the governing men, whose good faith he grants, but an error of framing caused partly by the political discontinuity produced by the monarchy.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Y es evidente que algo de esto está aconteciendo. Conviene que yo evite toda exageración en el diagnóstico y hasta que me oponga a ella. Para exagerar, para desorbitar las cosas se bastan y se sobran las mesas de café, en torno a las cuales, veinte mil tertulias, desde hace cincuenta años, se complacen en desmesurar todos los hechos y en descoyuntar todas las opiniones. (Muy bien).

Nada grave, por fortuna, ni irremediable ha acontecido; pero es evidente que si se compara nuestra República en la hora feliz de su natividad, con el ambiente que ahora la rodea, el balance arroja una pérdida, y no, como debiera, una ganancia. No disputemos sobre la cuantía de la pérdida; no disputemos sobre el más o el menos de esta pérdida. Lo que tenemos que hacer es reconocerla. No se han sumado nuevos quilates al entusiasmo republicano; al contrario, le han sido restados. Y si esto es indiscutible, lo será también extraer la inmediata e inexcusable consecuencia: que es preciso rectificar el perfil de la República. (Muy bien. Grandes aplausos).

Nació esta República nuestra en forma tan ejemplar, que produjo la respetuosa sorpresa de todo el mundo. Caso insólito y envidiable. Acontecía un cambio de régimen, no por manejos ni por golpes de mano, ni por subversiones parciales, sino de la manera inevitable, exuberante y sencilla como brota la fruta en el frutal. Este modo, diríamos espontáneo, de nacer la República, nos garantiza que el grave cambio no era una ligereza, no era un capricho, no era un ataque histérico, ni era una anécdota, sino que había sido una necesidad profunda de la nación española, que se sentía forzada a sacudir de sobre sí el cuerpo extraño de la monarquía.

Lo que no se comprende es que habiendo sobrevenido la República con tanta plenitud y tan poca discordia, sin apenas herida, ni apenas dolores, hayan bastado siete meses para que empiece a cundir por el país desazón, descontento, desánimo, en suma, tristeza. ¿Por qué nos han hecho una República triste y agria, o mejor dicho, por qué nos han hecho una vida agria y triste, bajo la joven constelación de una República naciente? (Muy bien).

No voy a acusar a nadie, no sólo porque repugno faena tal, sino porque, además, sería injusto. Conozco a esos hombres que hoy dirigen la vida pública española —y me refiero, no sólo a los Gobiernos, sino a muchos que militan próximos a ellos—; conozco a esos hombres y sé que la política peninsular no ha encontrado nunca junto tesoro mayor de buena fe y de prontitud al sacrificio. Lo que pasa es que se han equivocado, que han cometido un amplio error en el modo de plantear la vida republicana. Y aun si luego tuviera tiempo me atrevería a demostrar que, en buena porción, ese error cometido no les es imputable, sino que más bien son de él responsables las clases representantes del antiguo régimen, que ahora tan enconadamente combaten a esos hombres. ¿Pues qué? ¿Se quería que después de haberlos mantenido en permanente oposición, más aún, en virtual destierro de los negocios públicos, pudiesen esos hombres, de la noche a la mañana, improvisar la destreza, la soltura de mano y la óptica del gobernante?

No; hay una porción de error en la actuación de esos hombres, en la de todos nosotros, que no debe avergonzarnos, porque nos viene impuesto por una realidad histórica profunda. No somos culpables de que se haya roto de modo tan total la continuidad de las fuerzas políticas españolas.

Hace diecisiete años, en 1914, en una conferencia juvenil, titulada «Vieja y nueva política», anunciaba yo que esa discontinuidad se produciría por el torpe hermetismo del régimen monárquico, que no permitía la convivencia de todas las fuerzas nacionales, sino que establecía una valla, más allá de la cual quedaban desterrados de los asuntos de España la mayor parte de los españoles.

Parecerá extraño, señores, que comience por defender a los mismos que tengo el deber de criticar; pero la República debe hacer usos nuevos, y, sobre todo, nadie espere que, por actuar yo ahora políticamente, abandone ninguno de los imperativos que han gobernado mi vida, ni renuncie a una sola de las facetas de mi verdad. Quien busque, pues, palabras más desaforadas o más simplistas o más injustas, puede, como en el juego de las cuatro esquinas, ir a buscar candela en otra parte, donde reluzca. (Aplausos).

Pero digo que, aun restando la dosis de error que, por ser inevitable, no se puede imputar, queda una porción, la más grave y la más sustancial.

¿Por qué, por qué en torno a la República hay hoy menos fervor que siete meses hace? Esto es lo inadmisible, lo injustificable. Para ver claro en qué consiste ese enorme error, conviene retrotraernos a aquellos días en que se preparaba el movimiento revolucionario. En esas horas de lucha, en esos instantes de batalla, las almas se hacen un poco agudas, porque se hacen un poco espadas; las potencias adquieren máxima tensión, y alerta el oído, alerta la pupila, se percibe con gran exactitud la situación histórica, la realidad política. Por eso, porque se acierta en la visión, se logra la victoria; pero luego viene el triunfo, y el triunfo es, a veces, un alcohol nocivo que obnubila la mente de los triunfadores.

And it is evident that something of this is happening. It is fitting that I avoid all exaggeration in the diagnosis and even that I oppose it. To exaggerate, to wrench things out of orbit, the tables of the café suffice and more than suffice, around which twenty thousand tertulias, for fifty years now, take pleasure in out-measuring every fact and disjointing every opinion. (Very good).

Nothing grave, by fortune, nor irremediable has happened; but it is evident that if one compares our Republic in the happy hour of its nativity, with the atmosphere that now surrounds it, the balance shows a loss, and not, as it should, a gain. Let us not dispute over the magnitude of the loss; let us not dispute over the more or the less of this loss. What we must do is acknowledge it. No new carats have been added to the republican enthusiasm; on the contrary, they have been subtracted from it. And if this is indisputable, so too will it be to draw the immediate and inexcusable consequence: that it is necessary to rectify the profile of the Republic. (Very good. Great applause).

Our Republic was born in so exemplary a form that it produced the respectful surprise of the whole world. An unheard-of and enviable case. A change of regime was taking place, not through machinations nor through coups de main, nor through partial subversions, but in the inevitable, exuberant and simple manner in which fruit bursts forth on the fruit tree. This manner, we might say spontaneous, of the Republic’s being born guarantees us that the grave change was not a frivolity, was not a whim, was not a hysterical attack, nor was it an anecdote, but that it had been a profound need of the Spanish nation, which felt forced to shake from upon itself the foreign body of the monarchy.

What is not understood is that, the Republic having supervened with so much fullness and so little discord, with hardly a wound, hardly any pains, seven months should have sufficed for unease, discontent, discouragement, in sum, sadness to begin spreading through the country. Why have they made us a sad and bitter Republic, or rather, why have they made us a bitter and sad life, under the young constellation of a nascent Republic? (Very good).

I am not going to accuse anyone, not only because I abhor such a task, but because, moreover, it would be unjust. I know those men who today direct Spanish public life —and I refer not only to the Governments, but to many who militate close to them—; I know those men and I know that peninsular politics has never found together a greater treasure of good faith and readiness for sacrifice. What happens is that they have erred, that they have committed a broad error in the manner of laying out republican life. And even if I later had time I would dare to show that, in good part, that error committed is not imputable to them, but that rather the classes representing the old regime are responsible for it, those who now so bitterly fight those men. For what? Was it wanted that, after having kept them in permanent opposition, what is more, in virtual exile from public affairs, those men could, overnight, improvise the skill, the ease of hand and the optics of the governor?

No; there is a portion of error in the performance of those men, in that of all of us, which should not shame us, because it is imposed upon us by a profound historical reality. We are not guilty that the continuity of the Spanish political forces has been broken in so total a manner.

Seventeen years ago, in 1914, in a youthful lecture, entitled «Old and new politics», I announced that that discontinuity would be produced by the clumsy hermeticism of the monarchical regime, which did not permit the coexistence of all the national forces, but established a fence, beyond which most Spaniards remained exiled from the affairs of Spain.

It will seem strange, gentlemen, that I begin by defending the very ones whom I have the duty to criticize; but the Republic must make new uses, and, above all, let no one expect that, because I now act politically, I abandon any of the imperatives that have governed my life, nor renounce a single one of the facets of my truth. Whoever seeks, then, words more unbridled or more simplistic or more unjust, may, as in the game of the four corners, go seek fire elsewhere, where it shines. (Applause).

But I say that, even deducting the dose of error which, being inevitable, cannot be imputed, there remains a portion, the gravest and the most substantial.

Why, why around the Republic is there today less fervour than seven months ago? This is the inadmissible, the unjustifiable. To see clearly what that enormous error consists in, it is fitting to carry ourselves back to those days in which the revolutionary movement was being prepared. In those hours of struggle, in those instants of battle, souls become a little sharp, because they become a little swords; the faculties acquire maximum tension, and with the ear alert, the pupil alert, the historical situation, the political reality is perceived with great exactness. For this reason, because one hits the mark in vision, victory is achieved; but then comes triumph, and triumph is, at times, a noxious alcohol that obnubilates the mind of the triumphant.

Ed è evidente che qualcosa di tutto ciò sta accadendo. Conviene che io eviti ogni esagerazione nella diagnosi e che addirittura mi opponga ad essa. Per esagerare, per far uscire le cose dai loro cardini, le tavole dei caffè bastano e avanzano, attorno alle quali, ventimila conversari, da cinquant’anni, si compiacciono nel smisurare tutti i fatti e nel sconquassare tutte le opinioni. (Molto bene).

Niente di grave, per fortuna, né di irremediabile è accaduto; ma è evidente che se si confronta la nostra Repubblica nell’ora felice della sua natività, con l’ambiente che ora la circonda, il bilancio dà una perdita, e non, come dovrebbe, un guadagno. Non disputiamo sulla quantità della perdita; non disputiamo sul più o sul meno di questa perdita. Quello che dobbiamo fare è riconoscerla. Non si sono aggiunti nuovi carati all’entusiasmo repubblicano; al contrario, gli sono stati sottratti. E se questo è indiscutibile, lo sarà anche trarre l’immediata e inescusabile conseguenza: che è necessario rettificare il profilo della Repubblica. (Molto bene. Grandi applausi).

Nacque questa nostra Repubblica in forma così esemplare, che produsse la rispettosa sorpresa di tutto il mondo. Caso insolito e invidiabile. Avveniva un cambiamento di regime, non per maneggi né per colpi di mano, né per sovversioni parziali, ma nel modo inevitabile, esuberante e semplice in cui spunta il frutto sull’albero da frutto. Questo modo, diremmo spontaneo, di nascere della Repubblica, ci garantisce che il grave cambiamento non era una leggerezza, non era un capriccio, non era un attacco isterico, né era un aneddoto, ma era stato un bisogno profondo della nazione spagnola, che si sentiva costretta a scuotersi di dosso il corpo estraneo della monarchia.

Quello che non si comprende è che, essendo sopraggiunta la Repubblica con tanta pienezza e così poca discordia, senza quasi ferita, né quasi dolori, siano bastati sette mesi perché cominci a diffondersi per il paese inquietudine, scontento, scoramento, in somma, tristezza. Perché ci hanno fatto una Repubblica triste e aspra, o meglio, perché ci hanno fatto una vita aspra e triste, sotto la giovane costellazione di una Repubblica nascente? (Molto bene).

Non accuserò nessuno, non solo perché aborrisco tale mestiere, ma perché, inoltre, sarebbe ingiusto. Conosco quegli uomini che oggi dirigono la vita pubblica spagnola —e mi riferisco, non solo ai Governi, ma a molti che militano vicini ad essi—; conosco quegli uomini e so che la politica peninsulare non ha mai trovato insieme tesoro maggiore di buona fede e di prontezza al sacrificio. Quello che succede è che si sono sbagliati, che hanno commesso un ampio errore nel modo di impostare la vita repubblicana. E anche se poi avessi tempo oserei dimostrare che, in buona parte, quell’errore commesso non è loro imputabile, ma che piuttosto ne sono responsabili le classi rappresentanti del vecchio regime, che ora combattono così astiosamente quegli uomini. Ebbene, che? Si voleva che, dopo averli mantenuti in permanente opposizione, anzi, in virtuale esilio dagli affari pubblici, potessero quegli uomini, dalla notte alla mattina, improvvisare la destrezza, la disinvoltura di mano e l’ottica del governante?

No; c’è una porzione di errore nell’operato di quegli uomini, in quello di tutti noi, che non deve farci vergognare, perché ci viene imposto da una realtà storica profonda. Non siamo colpevoli che si sia rotta in modo così totale la continuità delle forze politiche spagnole.

Diciassette anni fa, nel 1914, in una conferenza giovanile, intitolata «Vecchia e nuova politica», annunciavo io che quella discontinuità si sarebbe prodotta per il goffo ermetismo del regime monarchico, che non permetteva la convivenza di tutte le forze nazionali, ma stabiliva una barriera, al di là della quale rimanevano esiliati dagli affari di Spagna la maggior parte degli spagnoli.

Parirà strano, signori, che cominci col difendere gli stessi che ho il dovere di criticare; ma la Repubblica deve fare usi nuovi, e, soprattutto, nessuno si aspetti che, per agire io ora politicamente, abbandoni nessuno degli imperativi che hanno governato la mia vita, né rinunci a una sola delle sfaccettature della mia verità. Chi cerca, dunque, parole più sfrenate o più semplicistiche o più ingiuste, può, come nel gioco dei quattro cantoni, andare a cercare il lume in altra parte, dove risplenda. (Applausi).

Ma dico che, anche sottraendo la dose di errore che, per essere inevitabile, non si può imputare, resta una porzione, la più grave e la più sostanziale.

Perché, perché attorno alla Repubblica c’è oggi meno fervore di sette mesi fa? Questo è l’inammissibile, l’ingiustificabile. Per vedere chiaro in che cosa consista quell’enorme errore, conviene riportarci a quei giorni in cui si preparava il movimento rivoluzionario. In quelle ore di lotta, in quegli istanti di battaglia, le anime si fanno un poco acute, perché si fanno un poco spade; le potenze acquistano massima tensione, e all’erta l’orecchio, all’erta la pupilla, si percepisce con grande esattezza la situazione storica, la realtà politica. Per questo, perché si coglie nel segno nella visione, si consegue la vittoria; ma poi viene il trionfo, e il trionfo è, a volte, un alcol nocivo che offusca la mente dei trionfatori.