Abstract

A piece of social journalism: it reprints his own earlier text on ‘too many strikes’ and observes that the forecast came true — the workers lost all the big strikes and Bolshevism lost plausibility in Europe. He recommends less direct action and more politics, and a liberal socialism in place of Marxist tactics.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

En 25 de noviembre último, bajo el título «Demasiadas huelgas», y precisamente con motivo de una huelga de panaderos en Madrid, escribíamos en estas columnas lo siguiente:

«En Cataluña, como en Andalucía y, por halo de repercusión, en el resto de la Península, han sido desorientadas las cabezas de nuestros trabajadores por el gran ballet ruso del bolchevismo. Creyeron un momento que ese ballet podía danzarse en todas las latitudes. Sin embargo, ya se va viendo que no es faena liviana traducir del ruso. Los pueblos del centro y occidente europeos tienen una estructura social mucho más recia y diferenciada que los eslavos. Es muy difícil que una minoría audaz se apodere de Inglaterra o de España en un santiamén, como los bolchevistas hicieron con Rusia. Lejos de esto, cualquier exceso de presión por parte del sindicalismo revolucionario provocaría una reacción social tan violenta, que acabaría con la organización del proletariado.

»Bajando el tono, diremos lo mismo de las huelgas parciales que estos días se van acumulando sobre las espaldas del consumidor español. Planteadas sin buen orden y en mala sazón, mezcladas las justas y discretas con las frívolas o audaces, la opinión pública comienza a fatigarse de todas y a sentir la consiguiente irritación. Créannos los obreros: siguiendo la ruta impremeditada que hoy llevan, sin asegurarse, por la justicia de cada caso, respeto y simpatía del espíritu público, perderán todas las huelgas y aniquilarán sus asociaciones.

»En vez de fiar a la acción directa —y esto son las huelgas, así generales como parciales— toda su esperanza, busquen, como dice el Comité sindicalista del Sena, “otros medios para declarar su voluntad” de trabajadores. Pidan un régimen más amplio de intervención del Estado en los conflictos del trabajo, faciliten la creación de organismos oficiales donde vengan a concierto con los patronos, y reserven las huelgas para los casos de radical discrepancia. De esta suerte, sus querellas nos interesarán más a todos y nos sentiremos más propicios a descubrir la equidad de sus demandas.

»Un caso bien claro de errado proceder es la huelga de panaderos. Por muy justas que acaso fueran sus peticiones, el procedimiento de dejar sin pan a todos, ricos y pobres, es, inevitablemente, impopular. El enojo que la carencia de tan primario artículo produce, llevará sin duda a crear medios oficiales supletorios de la industria vacante. Nos pondremos todos a hacer pan, dejando a los profesionales que diriman en la soledad sus contiendas.

»Para conseguir transformaciones sociales hace falta, además de la fuerza, un poco de política. Los obreros creen de buena fe que esto de la política es una cosa que han inventado los burgueses para no trabajar, y aunque en buena parte tienen razón, les falta la bastante para que, sin ella, lleguen nunca a triunfar. Con menos huelgas y un poco más de política lograrían más».


Como no es forzoso decir una misma cosa de dos maneras, esos párrafos de ayer nos sirven sin variación ninguna para expresar nuestros juicios de hoy. Sólo existe una diferencia: lo que ayer significaba una anticipación de hechos y como un vaticinio, hoy es una descripción de acontecimientos reales. De otoño a la fecha actual han sido perdidas por los obreros todas las grandes huelgas, y los madrileños, en no escaso número, han comenzado a fabricar pan en los hornos familiares como en los tiempos prehistóricos. El bolchevismo ha perdido rápidamente casi todos sus grados de verosimilitud en Alemania, en Inglaterra, en Francia y en España. Las masas obreras, desviadas de su camino por los grandes gestos eslavos de Lenin y Trotsky, van sintiendo una gran desilusión, que se curará volviendo a la ruta más serena y eficaz de un socialismo liberal que atraiga e integre núcleos más amplios de hombres que el estricto y angosto obrerismo.

Como para nosotros está fuera de toda duda y llenos de fe esperamos que la sociedad humana se transforme bajo el imperio del principio del trabajo —recuérdense nuestros artículos sobre el problema obrero en octubre y noviembre pasados— hemos tratado repetidas veces de evitar con nuestras observaciones la derrota y desmoralización de los organismos obreros. Preveíamos, según va acaeciendo, que la táctica esquemática predicada por el marxismo se estrellaría en los pueblos de Occidente. Hoy nos hallamos más bien en retroceso con respecto a las posibilidades de hace un año.

Convenía, pues, que los obreros repensasen su credo, volviesen a meditar sobre sus armas y su plan de combate y se libertasen del torpe fanatismo con que siguen la irreal geometría de Marx. El Manifiesto comunista es una obra genial de captación e ilusionismo; pero nada más. La realidad se ha vengado de ella como de todo intento que se haga para suplantar lo vivo y concreto por lo pensado y abstracto. Bastaría con recordar el equívoco general que corre por todo el folleto de Marx y Engels y consiste en hacer creer a los obreros que ellos son los más. Los trabajadores sufren hoy en sus propias espaldas las consecuencias de este engaño. Y eso que hace ya más de un decenio, al sacar la cuenta un gran economista, Werner Sombart, se encontró con que de los cuarenta millones de alemanes sólo tres millones escasos eran obreros en el sentido del Manifiesto comunista.

Citamos este error del marxismo porque él ha influido decisivamente en el método de lucha elegido por los obreros. Creyéndose los más, han cerrado por derecho contra el resto de la sociedad, sin más cautelas ni contemplaciones. Han adoptado —según tantas veces hemos dicho— el ataque a lo Sauer, a modo de suprema sabiduría táctica, y como ello hizo perder la guerra a los alemanes va a hacer perder la paz a los obreros.

En tanto naufragan en el despego público cuestiones y huelgas en que los obreros tienen toda o buena parte de la razón. ¿Un ejemplo? Ahí está el asunto de Peñarroya. Durante semanas se negó la Empresa —que es extranjera—, no ya a entablar negociaciones con sus trabajadores; pero ni siquiera aceptó hablar con dos representantes de ellos. Tercos y duros, con ademán de amos en tierra franca o en tropical colonia, han vejado a los obreros españoles de aquella cuenca minera, aspirando, sin duda, a renovar la triste historia de Riotinto, tan poco gallarda para España. Como en Riotinto, se empieza ya en Peñarroya incluso a dificultar el tránsito de los periodistas que quieren recorrer la cuenca para apreciar de visu la situación.

Los juicios anteriores sobre el abuso de huelgas y el carácter extraeconómico de algunas nos dan derecho a pedir al lector reflexivo que, dominando el enojo producido por la actitud general del obrerismo, atienda con curiosidad y con ánimo justo a este conflicto de Peñarroya, que ahora se discute en el ministerio del Trabajo.

Publicado sin firma, El Sol, 30 de mayo de 1920