Abstract

A polemic against minister La Cierva’s project of ‘reforming customs’: custom is the product of two factors, individual character and the vital medium, and to change the product one must change a factor. Custom is therefore unlegislatable — banning it is like banning earthquakes; only when custom and ideal coincide is law born.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Comiénzase a hablar en España, estos últimos años, de las buenas costumbres. El tema es bastante nuevo, mas ha prendido con tanto acierto, que pocos serán los españoles a redropelo quienes no consideren las costumbres españolas como las peores imaginables, y cuando media España pregunta: «¿Cuáles son las buenas costumbres?», responde la otra media: «Las costumbres de Alemania, las costumbres de Inglaterra». Y si, por acaso, sobreviene un ministro de la Gobernación suficientemente ingenuo o suficientemente irónico para recoger solícito estas hablillas, dice que cuenta con la opinión pública —que es con lo que cuentan casi todos los españoles—, y se decide a reformar las costumbres. La gente aplaude. ¿No había de aplaudir, si es esto el viejo y eterno «Retablo de las Maravillas»? Quien no aplauda no es virtuoso. Y se aplaude y se traen a comento y en redundancia todos los lugares comunes de cierta cosa que llaman Sociología y de otra que debían llamar estadística moral. Y España entera, como aquel valentón de espátula y gregüesco, cae a la postre en el éxtasis de buenas costumbres. Y yo, no puedo menos de recordar la exclamación de Bonaparte, cuando leía los trasportes de retórico deliquio en que Madame de Genlis loaba la virtud: «Esta madama habla de la virtud como de un descubrimiento».

Comprendo perfectamente que el señor La Cierva, dedicado de por vida a las duras labores del abogado, del hombre de fortuna y del hombre que va para ministro, no haya tenido tiempo de entregarse a la ociosidad ocupada de los estudios filosóficos. Cuando Platón advertía que las sociedades no marcharían correctamente mientras no fueran los gobernantes filósofos o los filósofos gobernantes, cometió una indiscreción que, por ser él hombre tan antiguo, casi le es perdonable. Yo, al menos, quisiera perdonar al discípulo de Sócrates la indiscreción de exigir que un ministro fuera filósofo, y asimismo la del señor La Cierva por no ser filósofo. Pero sí quisiera hacer constar que reforma de costumbres es un absurdo, y si, como ahora, se trata de reformar las costumbres del pueblo, el absurdo es intolerable para quien tenga buen oído lógico.

Frente al problema innumerable de la vida, reacciona un individuo de una manera, otro de otra: para descubrir esto no hace falta haber leído el Mahabharata. Lo que hace que un individuo reaccione de un modo, y otro de otro, es el carácter individual. Los elementos de la reacción son, pues, el medio vital y el carácter: al resultado, que es lo visible y palpable, llamamos costumbre. La cosa no es muy complicada; pero traduciéndola a la matemática, osténtase más pura y más divertida: dos por cuatro igual a ocho. Al señor La Cierva le ha parecido feo el número ocho, que es el resultado, o sea la costumbre, y ha querido variarlo. ¿Cómo? Borrándolo. El número ocho es el que describen los pies del borracho cuando sale de la taberna; y el señor La Cierva ha cerrado las tabernas todo lo que ha podido. Cualquiera persona que no hubiera estudiado en Bolonia, como el señor La Cierva, habría pensado que, para mudar de producto, es preciso mudar antes uno de los factores. El señor La Cierva, espíritu original, procede de otro modo. De donde se deduce que prohibir la entrada en las tabernas desde las doce, es una y misma cosa con prohibir desde la Gaceta la tabla de Pitágoras.

No, señor La Cierva; no, señores celtíberos mal avenidos: las costumbres no son buenas ni malas. Es bueno o malo el carácter, es bueno o malo el medio vital, que suscita el carácter bueno o malo: pero la costumbre es irresponsable, es sencilla, trágica e ineludiblemente natural, como esa tabla de Pitágoras, el justo de Crotona. Por esa dentro de un alto sentido de justicia, es la costumbre precisamente lo ilegislable, porque no es sustancia humana, sino mecánica natural, y tanto vale prohibir una costumbre, como prohibir en una nación los terremotos. Una ley contra una costumbre, no es ley, sino pragmática. Sólo cuando la costumbre y el ideal duermen una noche juntos, queda la justicia encinta y nace la ley.

Hay un punto en que tiene razón el señor La Cierva: la única acción directa posible sobre la costumbre, es quitarla; pero quitar una cosa no es reformarla. Lo único reformable es el factor, nunca el producto que obedece a leyes físico-matemáticas, y no a leyes de justicia. Lo reformable es el carácter. La ley justa es siempre reforma: de otro modo será revolución o un golpe de Estado, según quien la dicte. Lo que no se puede reformar, no es legislable. Por esto parece un absurdo: reforma de costumbres, reforma de lo irreformable. Y el señor La Cierva es el bourgeois gentilhomme de la Puerta del Sol, que en lugar de hacer una ley, una reforma, ha hecho, sin saberlo, una revolución o un golpe de Estado. Todo en pequeño, para que no se fatigue la Historia, con la cual tiene tan poco que ver este partido conservador español, el partido histórico por excelencia que, formado en torno de aquella «revolución desde arriba», ha puesto ahora la pingorota de la falta de sentido histórico, acometiendo la reforma de las costumbres. Medite el señor lector y hallará que ambas cosas son como aquel cuchillo sin hoja que no tenía mango.

¡Reforma de las costumbres del pueblo! ¡Bendito sea Dios! Pero ¿no sabe el señor La Cierva que el pueblo es la porción de una sociedad no sujeta a la moda, de alma sagrada milenaria a quien han cortejado tan castamente todos los grandes políticos, porque sabían que nunca pierde del todo su virginidad? ¿No sabe que es el pueblo justamente la costumbre de tener las mismas costumbres, en oposición a las aristocracias, masas periféricas, movedizas que van y vienen sobre los mares étnicos según el viento caprichoso que sopla? Yo recomiendo al señor La Cierva la adquisición del sexto sentido, sin el cual no son posibles filólogos ni políticos; repito que es este sentido el histórico tentáculo respetuoso con que hemos de llegarnos a los pueblos, a lo castizo en cada casta, quien como la madre de los vinos nobles en el fondo de los toneles, yaciendo en el fondo de las razas, les da sabor, dignidad y equilibrio. ¿Y esto quiere reformar el señor La Cierva con una real orden? A punto estoy, señor lector, de pedirte perdón si en lo que llevo escrito encuentras cierto tono ligero de burlas; no merecen otro los errores ideológicos de unos hombres afortunados e ingeniosos, sin escuela ni unción política que llegan en la calma de una tarde a ser ministros. Mas cuando al mirar ante sí esas oscuras incertidumbres que emergen de hondura de siglos y llamamos pueblo español o pueblo francés o pueblo alemán, se siente dentro de las entrañas un religioso temblor, como yo siento, porque de allí ha de brotar todo lo bueno por venir, como brotaron todas las pasadas bondades, no hay lugar para poner reducto al enojo si esos hombres lléganse a ellas lascivamente o livianamente. No, señor La Cierva, yo acuso a Su Excelencia de político liviano si con vicios dolientes de mi pueblo quiere hacerse una plataforma parlamentaria, y le acuso por haber pretendido burlarse de los relieves de discreción lógica que queden en España. Sea dicho sin otros ambages: Un gobierno que no ha creado ni una sola escuela popular ni ha dictado una sola ley social, no tiene derecho a prohibir al pueblo una costumbre. Junto a la inmoralidad horrenda de mantener a lo sumo uno cabe el otro, dos tipos tan diversos de instrucción, la del rico y la del pobre, junto a la nefanda de no ocuparse de la de éste, sería un escrúpulo de monja si no fuera una burla deshonesta cuidarse de unos navajazos más o algunas borracheras menos. Reforma del carácter, señor ministro, que es lo reformable: instrucción y leyes sociales; no reforma de costumbres, no imitaciones simplistas de lo que ocurra aquí o allá. Pero volvamos a la templanza.

Es el caso, que en el Congreso celebrado poco hace, el partido socialista alemán, tan rígido y dictatorial, tan exigente para sus individuos, puso a discusión el problema del alcoholismo. Poco le hubiera costado ordenar la abstinencia a los tres millones de socialistas alemanes, como les prohíbe el duelo y con él cierto honor alambicado que es el aguardiente de los hombres de fortuna. No lo hizo, sin embargo; sus resoluciones son instancias de educación, mociones de virtud.

En el prólogo a la Real Orden nos dice el señor La Cierva que quiere «ejercer la provechosa influencia comprobada en otros países». Lo de siempre: un siglo llevamos trasplantando a España todas las tonterías de Francia, de Inglaterra, de Alemania y ninguna de sus corduras; porque son estas corduras genuinamente francesas, inglesas o alemanas y, por tanto, intrasplantables. Lo que vale en estos pueblos es el carácter; las costumbres son diferentes.

Creo haber dicho inequívocamente que la Real Orden del señor La Cierva envuelve en su insignificancia una tremenda inmoralidad; frente a la cual son pecados veniales todos los navajazos de la pasión y del instinto. Y si yo, que soy ciudadano tan privado como pacífico, he salido ahora a la liza con el pertrecho de unas pobres armas mías, acháquese a que considero un deber primario protestar contra esa faena de desorientación que se está ejerciendo sobre el ánimo español. Y si la Real Orden halla muchos defensores, mayor será el dolor en torno a mi ánima. Porque se ha iniciado dentro de España, en actos y en escritos, una estólida forma de seriedad y unos pujos de graveza sin sabiduría que no puede advertir sin inquietud el que tiene puestos sus amores en el porvenir cultural de esta raza. Refiere Eliano en las Historias diversas la conseja antigua, según la cual, un león enfermo para sanar había de tragarse un mono. A esta lamentable cura quieren someter el reblandecido león celtíbero, cebándole de pedantería. Y cuanto más seria sea y más precisa y más honda la visión que tengamos de la cultura, más ha de adolecernos el panorama de los idearios españoles.

Yo invito a los intelectuales para que, superando un falso buen tono que les mantiene apartados de los problemas públicos, se conozcan obligados a renovar la emoción liberal y con ella el liberalismo, bello nombre que ha rodado por Europa y que, por una ironía de la musa gobernadora de la Historia, vino a salir de nuestra oscura tierra. Aunque yo crea que el liberalismo actual tiene que ser socialismo, vengan vibraciones liberales en la melodía que gusten: ellas tomarán ritmo dentro de la gran armonía de nuestro renacimiento cultural. Bien merece ser seguido el ejemplo que don Miguel de Unamuno nos ofrece con su enfogado misticismo liberal.

Demos una lección filosófica a este bendito señor La Cierva y repitámosle el vetusto apotegma socrático, aún no refutado: Virtud es ciencia. Si Su Excelencia quiere hacer mejores celtíberos, hágalos más sabios y fomente la intelectualidad de ese partido conservador, a quien puede aplicarse lo que del rey don Felipe el III escribía un embajador italiano: «Su majestad gusta de vivir con pocos pensamientos».

¿Podemos esperar que haga el señor La Cierva algo parecido? De mí sé decir que no lo espero. El partido conservador busca una virtud menos áspera y arisca que la virtud oriunda de la esencia. No será él, no, quien nos adobe con harina candeal de sabiduría las hostias blancas de la cultura. Esta Real Orden muestra, bien claramente, una añoranza enamorada hacia otros tiempos más sencillos que los que quisiéramos ver llegar por el Oriente. Y si en algo pareciera inspirada, sospecharíamos que lo fue en aquel discutido testamento del cardenal Richelieu, pauta del absolutismo, donde hay un capítulo que se titula: Jusqu’à quel point on doit permettre que le peuple soit à son aise.

El Imparcial, 5 de octubre de 1907