Abstract

A political article: it denounces the mismatch between the real weight of the labour movement and its tiny parliamentary representation, blaming the ruling classes and the electoral system. It grants the force of the syndicalist critique of Parliament but calls for reforming the institution rather than abandoning it: to economic justice through an improved democracy.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Pero, en fin, ¿qué podría hacerse hoy concretamente en el sentido de nuestro principio? Cosas que juzgamos de enorme importancia: unas, de carácter político; otras, de sustancia económica.

En primer lugar, el hecho de que por un lado constituya el movimiento obrero tan grave problema de vida pública —lo cual supone un concurso, a lo menos, de un millón y medio de hombres coincidentes—, y por otro no cuente con más de media docena de representaciones parlamentarias, clama a voces furiosas la torpeza, más, la criminosidad de las clases directoras.

Hablemos claro: ¿con qué derecho podrán quejarse del revolucionarismo, del antievolucionismo del obrero los que han permitido esa incongruencia escandalosa? ¿No quiere ella decir evidentemente que el sistema político vigente, el proceso electoral, la demarcación de distritos, son injustos y falseadores del estado real de la opinión? ¿Cómo podrán sacar las ametralladoras a la calle los que antes no se han molestado en allanar los caminos para la expresión de esas voluntades multitudinarias?

Es preciso que las clases directoras de hoy corrijan con prontitud la estulticia —porque esto es, sobre ser un crimen de lesa equidad— cometida por las de ayer y anteayer. Parece imprescindible que en el Parlamento, mientras sea la institución fundamental del Estado, adquiera la fuerza proletaria el peso que de hecho representa en la realidad viva del presente. Un poco tarde es acaso: se ha enseñado al obrero a huir del sufragio. Hoy habrá que llevarlo a él en coche.

Tiene ello mucha más importancia de la que ostenta. Un detalle lo encarece: en estas semanas, buena porción de la masa obrera afiliada al partido socialista tiende a huir hacia el sindicalismo. ¿Por qué? Oídla: «Porque con nuestros diputados no logramos nada, si no es colaborar con la inepcia burguesa». En efecto, ¿qué impresión reconfortante pueden recibir viendo el poco espacio parlamentario que desaloja su representación, constituida por seis o siete hombres, algunos excelentes, pero que, en resolución, hacen el papel de seis o siete tristes trogloditas?

Lo más vigoroso de la ideología sindicalista es, precisamente, su crítica del Parlamento; puede decirse que se ha nutrido y ha engruesado a fuerza de antiparlamentarismo. ¿Cómo no coincidir en este punto con el sindicalismo? Venimos desde un principio demandando una transformación radical y, en parte, una sustitución de las instituciones democráticas: éramos, pues, un poco sindicalistas. ¡Lástima de que el resto de sus vagas ideas políticas nos parezca menos aceptable!

Urge, pues, modificar la institución parlamentaria, pero en ella deberá seguirse la gran batalla social. He aquí nuestra segunda coincidencia fundamental con el socialismo. ¡A la justicia económica, por la democracia mejorada, perfeccionada en sus instrumentos! Cuanto no sea esto, corre demasiado riesgo de no ser nada o ser peor que nada —mito o violencias fracasadas. Sirvamos a la progresión, no a la regresión.