Abstract
A political article resting on a philosophical thesis: nothing that wants to live can be anachronistic, because the life to be lived is always ‘this one, now’, hic et nunc — all the more so for the life of the State. Hence the call to study youth, since the present is an organism in which tomorrow acts as its inner organ.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Servicio a la República no quiere decir entrometimiento en la República. Por eso, una vez sobrevenida ésta, me he recluido a mi rincón, me he ausentado deliberadamente de la intervención en la marcha de las cosas. Entre los españoles de alguna notoriedad soy quien menos ha contribuido al triunfo republicano (el «porqué» ya se dirá cuando importe), y era debido que fuesen los beneméritos del nuevo régimen quienes condujesen a la nación en esta primera etapa, no sólo desde el Gobierno, sino desde la tribuna y el periódico. Con esto respondo a las cartas que me llegan preguntándome por qué no escribo. Recuerden mis lectores que siempre he hecho constar la escasez de mis dotes políticas y mi poca vocación para el ejercicio del Gobierno. Mi compromiso con el reducido grupo de esos lectores habituales, y, en general, con mis compatriotas, era sobremanera taxativo: vocear mi verdad cuando ella se ha formado en mí y su enunciación resulta oportuna y fértil. Ni más ni menos. Era el compromiso radical y exclusivo que tiene con su país —y con la Humanidad y con las estrellas— quien ha sumergido su vida entera en el oficio intelectual.
Pero las circunstancias obligan a más, a mucho más. Yo esperaba que pudiese excusarse la intervención en la plena vida política de los que no poseemos lucidas condiciones para ella. Pero voy viendo que no. Entre unos y otros nos están desdibujando la República. En un par de semanas la han retrotraído cien años por debajo de sí misma. Contra esto tenemos que luchar como energúmenos. También los filósofos saben a su hora ser energúmenos. ¡Que no haya duda, que no haya duda! No pedimos nada para nosotros, ni siquiera seremos maniáticos en la defensa de nuestro «programa», más avanzado, por cierto, que los de casi todos los partidos actuantes hoy. (Más avanzado, pero de otra manera). Por encima de nuestro «programa» nos importa que la República española se instale, desde luego, en un nivel histórico y goce sin vacilaciones ni equívocos de ciertas cualidades genéricas que, piénsese lo que se piense, son esenciales al presente. Es decir, que nuestra única intolerancia irá contra todo anacronismo. La República española no puede ser anacrónica. No se puede ser anacrónico. Ser anacrónico es, precisamente, no ser; haber sido ya, antes de ahora, y difunto, querer todavía pasearse.
Todo lo que quiera vivir, vivir plenamente, tiene que someterse a un imperativo inexorable; ser de su tiempo. No se trata de debilidad ante las «modas». No; no es una broma, es algo terrible. La vida no es una cosa vaga, abstracta. La vida que hay que vivir es siempre, y por fuerza, «ésta, ésta de ahora» —es decir, la de un tiempo determinado. Quiera usted o no. De aquí que no haya otro remedio, para vivir plenamente, que henchir el perfil de la hora, hacer que nuestro dintorno se encaje exactamente en el contorno del mundo actual.
Todavía en su vida individual, que vive usted solo consigo, puede usted intentar hacer lo que le venga en gana; por ejemplo, ser del tiempo de Pi y Margall, o hacerse caballero del Santo Sepulcro, o, lo que es igual a ambas cosas, puede usted suicidarse. ¡Allá usted! Pero la vida que se hace con los demás, y especialmente la política, la vida del Estado, que se hace con todo el mundo, tiene que ser infinitamente de hoy y de aquí, hic et nunc.
Ahora bien; quien quiera ver clara la fisonomía del presente, su entraña auténtica, las verdaderas normas de nuestro tiempo, no tiene más remedio que inclinarse sobre la juventud y estudiar sus íntimas reacciones. Por la sencilla razón de que el presente es un compromiso entre pasado y futuro, que forman de esta suerte un organismo —el cuerpo de la actualidad. En este orgánico «hoy» ejercita el mañana las funciones de víscera, que es lo arcano e impulsor, la juventud, que late, aún muda, bajo la materia ya callosa y córnea del pasado, bajo las generaciones maduras, endurecidas. No importa mucho lo que la juventud piense, esto es, lo que diga. El privilegio de la juventud es no saber lo que dice. Pero importa muchísimo averiguar lo que siente, a veces en contradicción con sus palabras, recibidas casi siempre de otras generaciones.
Yo sé muy bien que la República de estas semanas ha traído alguna desilusión a la juventud. Y tiene perfecta razón. Por descuido, por blandura inoportuna, por abandono, se ha dejado que den el tono elementos terriblemente anticuados, que no conciben más que la vieja democracia de nuestros abuelos, turbulenta, de ideas confusas, en el fondo, anárquica. Se ha dado el caso grotesco de que un periódico increpase duramente al presidente del Gobierno porque no recibía a todo el mundo. Según ese periódico, lo característico de una democracia es que los presidentes del Gobierno reciban a todos los ciudadanos. La cosa no pasa de ser un detalle sin importancia; pero es, por lo mismo, síntoma de una concepción democrática perfectamente ridícula —patriarcal, bíblica, de ínsula Barataria. Sólo proporcionó al caso alguna gravedad el hecho de que el señor Alcalá Zamora se creyese obligado a dar excusas a ese periódico y publicar una estadística de las visitas que aquel día había recibido.