Ortega y Gasset
Abstract
A speech against the two formulas ‘conservative Republic’ and ‘bourgeois Republic’: no conservative politics is possible today, since the substance of the average man has changed and no past can serve as norm. And Spain, Ortega argues, declined through the modern age precisely because its bourgeoisie was scarce and weak, in a climate governed by rationalism and capitalism.
Connections
Assi: Senso della storia
Posizioni: decadenza
Concetti: Stato
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Cuando preparaban la revolución los hombres que han aparecido al frente de la República veían, con plena claridad, lo que ésta tenía que ser durante la primera etapa de su historia, durante el tiempo de su consolidación. La República que ahora triunfe, decían —notad bien: lo decían ellos entonces, no lo digo yo ahora—, la República que ahora triunfe tiene que ser una República conservadora, una República burguesa. Algún ministro recordará los atronadores aplausos que estas palabras, pronunciadas por él, disparaban en el auditorio; pero yo aproveché la primera ocasión que se me ofrecía para hacer notar que ambas expresiones eran poco o nada felices.
¿Conservadora? Señores, hablemos un poco en serio, libertándonos de la tiranía que sobre nuestras mentes ejercen las palabras, las denominaciones. ¿Hay hoy en toda la anchura del mundo movimiento alguno de dimensiones apreciables, que pueda calificarse de conservador, de auténticamente conservador? Podrá este o el otro individuo, en el secreto de su temperamento, allá en la intimidad de sus nostalgias, ser conservador; pero hoy no es posible en parte alguna una política conservadora. Los problemas que encuentra ante sí hoy el Estado son de tal gravedad y profundidad, que ningún pretérito puede servir de norma para atacarlos. La sustancia misma del hombre medio se ha hecho hoy tan distinta de lo tradicional, que nos obliga, ni más ni menos, como si dijéramos, a brincar de una época a otra, a abandonar todo el mundo político conocido e ingresar medrosos, atemorizados, en un mundo completamente nuevo y totalmente incógnito.
No creo que haya hoy en Europa nadie que se haga ilusiones de lo contrario; poco, muy poco y muy condicionalmente, puede conservarse del pasado, y por eso los ingleses, al acudir a unas elecciones recientes en extraña coalición, jamás sospechada en sus islas, puestos a conservar, no han podido conservar —ya lo veréis— más que el nombre de conservadores. (Muy bien. Aplausos).
No hay más que un pueblo, maestro en inquietudes, gran doctor en convulsiones: Francia, que, por la convergencia de una serie de azares, ha podido intentar hasta la fecha el sostenimiento del statu quo, que es cosa muy distinta de una política conservadora. Se trata de un equilibrio inestable, en cuya perduración nadie confía y que, en definitiva, se nutre de demorar sine die las grandes cuestiones del tiempo. Inexorablemente, en una u otra jornada, llegará a ese admirable país la marea viva de los problemas actuales, el statu quo zozobrará y se disparará en él un proceso parejo al que hoy sacude a todos los demás países.
Decir, pues, que la República española debía ser una República conservadora, equivale a no decir nada; menos aún: equivale a desorientar el porvenir de nuestra República.
Pero menos afortunada me parece todavía la otra expresión: ¡República burguesa! ¡Como si no consistiese la máxima peculiaridad de nuestra historia en la relativa inexistencia, por lo menos en la anormal debilidad de la burguesía en esta península! Cualquiera diría que se trata de una simple anécdota, cuando es el hecho básico causante de la decadencia que ha padecido España durante toda la Edad Moderna. Porque una edad, una época, es un clima moral que vive del predominio de ciertos principios disueltos en el aire; la época moderna vivió impulsada por el racionalismo y el capitalismo, dos principios emanados de cierto tipo de hombre, que ya en el siglo XV se llamaba «el burgués». Y si España se apagó al entrar en ese clima como una bujía se apaga por sí misma al ser sumergida en el aire denso de una cueva, fue sencillamente porque ese tipo de hombre era en nuestra raza escaso y endeble, y el alma nacional se ahogaba en la atmósfera de aquellos principios.
¿Y si no ha gozado España de salud durante la Edad Moderna porque era insuficientemente burguesa, va a dar la casualidad que ahora, cuando la modernidad sucumbe y con ella la burguesía pierde la plenitud de su mando, va a dar la casualidad, digo, que al rehacer un Estado, este Estado se edifique como Estado propiamente burgués? No hay, ciertamente, grandes probabilidades de ello.
Importa, pues, mucho en materias graves como ésta, cuando se trata nada menos que de empujar a todo un pueblo en cierta dirección hacia la línea azul de su horizonte, que cuidemos el uso de las palabras, porque son los déspotas más duros que la humanidad padece. El vocablo que se ha apoderado de nosotros, que en nosotros prende, nos lleva ya luego al estricote hasta sus últimas consecuencias, consecuencias que son las suyas, pero no son las nuestras. Se reconocerá no haber grandes probabilidades de que en el mundo actual, al acontecer un cambio de régimen, el nuevo Estado que nazca sea, hablando con propiedad, un Estado burgués. Y como yo voy a hacer luego un llamamiento a todas las fuerzas eficaces del país, entre ellas a las llamadas burguesas, especialmente a las capitalistas, y quiero que este llamamiento mío sea entusiasta, pero a la vez serio y rigoroso, me interesa que queden claras ciertas cosas elementales. Una de ellas, ésta: cualesquiera sean las diferencias políticas que existan o puedan existir mañana en nuestra vida pública, es preciso que nadie cometa la estupidez de desconocer que, desde hace sesenta años, el más enérgico factor de la historia universal es el magnífico movimiento ascensional de las clases obreras. Se trata de una corriente tan profunda y sustancial, que tiene la grandeza e incoercibilidad de los hechos geológicos. Toda política, pues, inspírela uno u otro temperamento, tendrá que ir, a la postre, inscrita dentro de ese formidable flujo; tiene que contar con él y aceptarlo como se acepta el avance de nuestro sistema solar hacia la constelación de Hércules. (Muy bien. Aplausos).
No se hable, pues, en ningún rincón planetario de política burguesa; pero, viceversa, no cabe tampoco confundir ese movimiento ascensional de la humanidad obrera, con el laborismo, socialismo, sindicalismo o comunismo, que son meras fórmulas, propagandas, ensayos, todo lo importantes que se quiera, pero que a la postre no representan sino interpretaciones transitorias y relativamente superficiales de aquella realidad mucho más profunda e inexorable. (Aplausos).
De modo que no es hoy posible, imaginable, política alguna que en una de sus dimensiones no sea política obrerista, que en su sesgo no acompañe a esa tremenda corriente marina que empuja la historia actual. Pero, al par, ningún credo o partido obrerista puede pretender significar la modulación única, definitiva e infalible de esa realidad sustantiva de nuestro tiempo. Bastará comparar la situación del socialismo o sindicalismo en Europa veinte años hace y hoy, para convencerse de ello.
Para no desorientarnos, evitemos, pues, hablar de política conservadora y de política burguesa. Pero si yo rechazo ambas fórmulas, en cuanto que pretendan tener un significado preciso, reconozco, en cambio, que cuando fueron pronunciadas en la hora de preparar la revolución, los que las emitían querían decir con ellas otra cosa mucho más certera y completamente oportuna; ésta, sencillamente ésta: que la República, durante su primera etapa, debía ser sólo República, radical cambio en la forma del Estado, una liberación del Poder público detentado por unos cuantos grupos, en suma, que el triunfo de la República no podía ser el triunfo de ningún determinado partido o combinación de ellos, sino la entrega del Poder público a la totalidad cordial de los españoles. (Grandes aplausos).
Porque no se ha hecho eso, o, para hablar con más cautela y tal vez con más justicia, porque se ha dado la impresión de que no se hacía eso, sino que se aprovechaba ese triunfo espontáneo y nacional —¡y nacional!— de la República para arropar en él propósitos, preferencias, credos políticos particulares, que no eran coincidencia nacional, es por lo que resulta que al cabo de siete meses ha caído la temperatura del entusiasmo republicano y trota España, entristecida, por ruta a la deriva. Y esto es lo que hay que rectificar.
When they were preparing the revolution, the men who have appeared at the head of the Republic saw, with full clarity, what the latter had to be during the first stage of its history, during the time of its consolidation. The Republic that now triumphs, they said — mark well: they said it then, I do not say it now —, the Republic that now triumphs must be a conservative Republic, a bourgeois Republic. Some minister will recall the thunderous applause that these words, pronounced by him, loosed in the audience; but I seized the first occasion that offered itself to note that both expressions were little or nothing felicitous.
Conservative? Gentlemen, let us speak a little seriously, freeing ourselves from the tyranny that words, denominations, exercise over our minds. Is there today, in all the breadth of the world, any movement of appreciable dimensions that can be qualified as conservative, authentically conservative? This or that individual may be conservative, in the secret of his temperament, there in the intimacy of his nostalgias; but today a conservative policy is not possible anywhere. The problems that the State finds before it today are of such gravity and profundity that no past can serve as a norm for attacking them. The very substance of the average man has become today so distinct from the traditional, that it obliges us, neither more nor less, as if we said it, to leap from one epoch to another, to abandon the whole known political world and enter fearful, terrified, into a completely new and totally incognito world.
I do not believe that there is today in Europe anyone who deludes himself to the contrary; little, very little and very conditionally, can be conserved from the past, and that is why the English, going to recent elections in a strange coalition, never suspected in their islands, set on conserving, have not been able to conserve — you will see — more than the name of conservatives. (Very good. Applause).
There is only one people, master in disquietudes, great doctor in convulsions: France, which, through the convergence of a series of chances, has been able to attempt to date the upholding of the status quo, which is a very different thing from a conservative policy. It is a matter of an unstable equilibrium, in whose duration no one trusts and which, in the end, feeds on postponing sine die the great questions of the time. Inexorably, on one day or another, the living tide of present problems will reach that admirable country, the status quo will founder, and there will be unleashed in it a process akin to that which today shakes all the other countries.
To say, then, that the Spanish Republic had to be a conservative Republic amounts to saying nothing; even less: it amounts to disorienting the future of our Republic.
But even less felicitous still seems to me the other expression: bourgeois Republic! As if the maximum peculiarity of our history did not consist in the relative inexistence, at least in the abnormal weakness, of the bourgeoisie in this peninsula! Anyone would say that it is a matter of a simple anecdote, when it is the basic fact causing the decadence that Spain has suffered throughout the whole of the Modern Age. Because an age, an epoch, is a moral climate that lives from the predominance of certain principles dissolved in the air; the modern epoch lived impelled by rationalism and capitalism, two principles emanating from a certain type of man, which already in the fifteenth century was called «the bourgeois». And if Spain went out upon entering that climate as a candle goes out by itself upon being submerged in the dense air of a cave, it was simply because that type of man was in our race scarce and feeble, and the national soul was suffocating in the atmosphere of those principles.
And if Spain has not enjoyed health during the Modern Age because it was insufficiently bourgeois, is it to be by chance that now, when modernity succumbs and with it the bourgeoisie loses the plenitude of its command, is it to be by chance, I say, that in remaking a State, this State be built as a properly bourgeois State? There are certainly no great probabilities of it.
It matters, then, greatly in grave matters like this one, when it is a question of nothing less than pushing a whole people in a certain direction toward the blue line of its horizon, that we take care of the use of words, because they are the hardest despots that humanity suffers. The word that has seized hold of us, that catches in us, already carries us afterwards in tow to its last consequences, consequences which are its own, but not ours. It will be recognized that there are no great probabilities that in the present world, upon a change of regime occurring, the new State that is born be, properly speaking, a bourgeois State. And since I am going to make afterwards an appeal to all the effective forces of the country, among them to the so-called bourgeois ones, especially the capitalist ones, and I want this appeal of mine to be enthusiastic, but at the same time serious and rigorous, it interests me that certain elementary things remain clear. One of them is this: whatever the political differences that exist or may exist tomorrow in our public life, it is necessary that no one commit the stupidity of not recognizing that, for sixty years, the most energetic factor of universal history is the magnificent ascensional movement of the working classes. It is a matter of a current so profound and substantial that it has the grandeur and incoercibility of geological facts. Every policy, then, whatever temperament inspires it, will have to go, in the last resort, inscribed within that formidable flux; it must count on it and accept it as one accepts the advance of our solar system toward the constellation of Hercules. (Very good. Applause).
Let us not speak, then, in any planetary corner of bourgeois politics; but, vice versa, neither can that ascensional movement of the working humanity be confused with Labourism, socialism, syndicalism or communism, which are mere formulas, propagandas, experiments, as important as one may wish, but which in the end represent only transitory and relatively superficial interpretations of that much more profound and inexorable reality. (Applause).
Thus no policy is today possible, imaginable, that in one of its dimensions is not a workerist policy, that in its slant does not accompany that tremendous marine current that drives present history. But, at the same time, no workerist creed or party can pretend to signify the unique, definitive and infallible modulation of that substantive reality of our time. It will suffice to compare the situation of socialism or syndicalism in Europe twenty years ago and today, to convince oneself of it.
In order not to disorient ourselves, let us avoid, then, speaking of conservative policy and bourgeois policy. But if I reject both formulas, insofar as they pretend to have a precise meaning, I recognize, on the other hand, that when they were pronounced at the hour of preparing the revolution, those who uttered them meant by them another thing much more certain and completely opportune; this, simply this: that the Republic, during its first stage, had to be only Republic, radical change in the form of the State, a liberation of the public Power held by a few groups; in sum, that the triumph of the Republic could not be the triumph of any particular party or combination of them, but the delivery of the public Power to the cordial totality of the Spaniards. (Great applause).
Because this has not been done, or, to speak with more caution and perhaps with more justice, because the impression has been given that this was not being done, but rather that spontaneous and national triumph — and national! — of the Republic was being used to wrap in it purposes, preferences, particular political creeds, which were not a national coincidence, it is for this that it results that after seven months the temperature of republican enthusiasm has fallen and Spain trots, saddened, along a course adrift. And this is what must be rectified.
Quando preparavano la rivoluzione gli uomini che sono apparsi alla testa della Repubblica vedevano, con piena chiarezza, ciò che questa doveva essere durante la prima tappa della sua storia, durante il tempo della sua consolidazione. La Repubblica che ora trionfi, dicevano — notate bene: lo dicevano loro allora, non lo dico io ora —, la Repubblica che ora trionfi deve essere una Repubblica conservatrice, una Repubblica borghese. Qualche ministro ricorderà gli assordanti applausi che queste parole, pronunciate da lui, scatenavano nel pubblico; ma io approfittai della prima occasione che mi si offriva per far notare che entrambe le espressioni erano poco o nulla felici.
Conservatrice? Signori, parliamo un po’ sul serio, liberandoci dalla tirannia che sulle nostre menti esercitano le parole, le denominazioni. C’è oggi in tutta l’ampiezza del mondo qualche movimento di dimensioni apprezzabili che possa qualificarsi conservatore, autenticamente conservatore? Potrà questo o quell’individuo, nel segreto del suo temperamento, là nell’intimità delle sue nostalgie, essere conservatore; ma oggi non è possibile in alcun luogo una politica conservatrice. I problemi che trova davanti a sé oggi lo Stato sono di tale gravità e profondità, che nessun passato può servire di norma per attaccarli. La sostanza stessa dell’uomo medio si è fatta oggi così distinta dalla tradizionale, che ci obbliga, né più né meno, come chi dicesse, a saltare da un’epoca a un’altra, ad abbandonare tutto il mondo politico conosciuto ed entrare timorosi, spaventati, in un mondo completamente nuovo e totalmente incognito.
Non credo che ci sia oggi in Europa nessuno che si faccia illusioni al contrario; poco, molto poco e molto condizionatamente, può conservarsi del passato, e perciò gli inglesi, accorrendo a elezioni recenti in una strana coalizione, mai sospettata nelle loro isole, messisi a conservare, non hanno potuto conservare — già lo vedrete — se non il nome di conservatori. (Molto bene. Applausi).
Non c’è che un popolo, maestro in inquietudini, gran dottore in convulsioni: la Francia, che, per la convergenza di una serie di casi, ha potuto tentare finora il sostegno dello statu quo, che è cosa molto distinta da una politica conservatrice. Si tratta di un equilibrio instabile, nella cui perdurazione nessuno confida e che, in definitiva, si nutre di rimandare sine die le grandi questioni del tempo. Inesorabilmente, in una o in un’altra giornata, arriverà a quell’ammirevole paese la marea viva dei problemi attuali, lo statu quo naufragherà e si scatenerà in esso un processo pari a quello che oggi scuote tutti gli altri paesi.
Dire, dunque, che la Repubblica spagnola doveva essere una Repubblica conservatrice, equivale a non dire nulla; ancor meno: equivale a disorientare l’avvenire della nostra Repubblica.
Ma meno fortunata mi sembra ancora l’altra espressione: Repubblica borghese! Come se la massima peculiarità della nostra storia non consistesse nella relativa inesistenza, per lo meno nell’anormale debolezza della borghesia in questa penisola! Chiunque direbbe che si tratta di una semplice aneddotica, quando è il fatto basilare causa della decadenza che la Spagna ha patito durante tutta l’Età Moderna. Perché un’età, un’epoca, è un clima morale che vive del predominio di certi principi disciolti nell’aria; l’epoca moderna visse spinta dal razionalismo e dal capitalismo, due principi emanati da un certo tipo di uomo, che già nel secolo XV si chiamava «il borghese». E se la Spagna si spense entrando in quel clima come una candela si spegne da sé nell’essere sommersa nell’aria densa di una grotta, fu semplicemente perché quel tipo di uomo era nella nostra razza scarso ed esile, e l’anima nazionale si soffocava nell’atmosfera di quei principi.
E se la Spagna non ha goduto di salute durante l’Età Moderna perché era insuffientemente borghese, vorrà darsi il caso che ora, quando la modernità soccombe e con essa la borghesia perde la pienezza del suo comando, vorrà darsi il caso, dico, che nel rifare uno Stato, questo Stato si edifichi come Stato propriamente borghese? Non ci sono, certamente, grandi probabilità di ciò.
Importa, dunque, molto in materie gravi come questa, quando si tratta nientemeno che di spingere un intero popolo in una certa direzione verso la linea azzurra del suo orizzonte, che curiamo l’uso delle parole, perché sono i despoti più duri che l’umanità patisca. Il vocabolo che si è impadronito di noi, che in noi fa presa, ci trascina già poi al traino fino alle sue ultime conseguenze, conseguenze che sono le sue, ma non sono le nostre. Si riconoscerà che non vi sono grandi probabilità che nel mondo attuale, accadendo un cambio di regime, il nuovo Stato che nasca sia, parlando con proprietà, uno Stato borghese. E poiché io farò poi un appello a tutte le forze efficaci del paese, tra esse alle cosiddette borghesi, specialmente alle capitaliste, e voglio che questo mio appello sia entusiasta, ma al tempo stesso serio e rigoroso, mi interessa che restino chiare certe cose elementari. Una di esse, questa: quali che siano le differenze politiche che esistano o possano esistere domani nella nostra vita pubblica, è necessario che nessuno commetta la stupidità di disconoscere che, da sessant’anni, il più energico fattore della storia universale è il magnifico movimento ascensionale delle classi operaie. Si tratta di una corrente tanto profonda e sostanziale, che ha la grandezza e l’incoercibilità dei fatti geologici. Ogni politica, dunque, l’ispiri l’uno o l’altro temperamento, dovrà andare, in fin dei conti, inscritta dentro quel formidabile flusso; deve contare con esso e accettarlo come si accetta l’avanzata del nostro sistema solare verso la costellazione di Ercole. (Molto bene. Applausi).
Non si parli, dunque, in nessun angolo planetario di politica borghese; ma, viceversa, non si può nemmeno confondere quel movimento ascensionale dell’umanità operaia con il laburismo, il socialismo, il sindacalismo o il comunismo, che sono mere formule, propagande, saggi, importanti quanto si voglia, ma che in fin dei conti non rappresentano se non interpretazioni transitorie e relativamente superficiali di quella realtà molto più profonda e inesorabile. (Applausi).
Sicché non è oggi possibile, immaginabile, politica alcuna che in una delle sue dimensioni non sia politica operaista, che nel suo orientamento non accompagni quella tremenda corrente marina che spinge la storia attuale. Ma, al tempo stesso, nessun credo o partito operaista può pretendere di significare la modulazione unica, definitiva e infallibile di quella realtà sostantiva del nostro tempo. Basterà confrontare la situazione del socialismo o del sindacalismo in Europa vent’anni fa e oggi, per convincersene.
Per non disorientarci, evitiamo, dunque, di parlare di politica conservatrice e di politica borghese. Ma se io respingo entrambe le formule, in quanto pretendano di avere un significato preciso, riconosco, in cambio, che quando furono pronunciate nell’ora di preparare la rivoluzione, coloro che le emettevano volevano dire con esse un’altra cosa molto più certa e completamente opportuna; questa, semplicemente questa: che la Repubblica, durante la sua prima tappa, doveva essere soltanto Repubblica, radicale cambiamento nella forma dello Stato, una liberazione del Potere pubblico detenuto da alcuni gruppi, in somma, che il trionfo della Repubblica non poteva essere il trionfo di nessun determinato partito o combinazione di essi, ma la consegna del Potere pubblico alla totalità cordiale degli spagnoli. (Grandi applausi).
Perché non si è fatto questo, o, per parlare con più cautela e forse con più giustizia, perché si è data l’impressione che non si facesse questo, ma che si approfittasse di quel trionfo spontaneo e nazionale — e nazionale! — della Repubblica per avvolgerci propositi, preferenze, credi politici particolari, che non erano coincidenza nazionale, è per questo che risulta che dopo sette mesi è caduta la temperatura dell’entusiasmo repubblicano e la Spagna trotta, rattristata, per rotta alla deriva. E questo è ciò che bisogna rettificare.
Apenas sobrevenido su triunfo, comienza ya a falsearse. Gentes atropelladas comenzaron a decir: ¿Cómo? ¿No se ha hecho más que cambiar la forma de gobierno? Con lo cual no hacían sino descubrir su inconsciencia y revelar que no tenían una idea clara de lo que era la monarquía en España, cuando su simple ausencia y su sustitución por un régimen opuesto se les antojaba a estos señores parva mutación. Les parecía poco el cambio de régimen, y, en cambio, les parecía mucho media docena de reformas verbalistas que habían capturado en los archivos de una vetusta y agotada democracia. (Muy bien). Esta agitación formó un círculo de inquietud en torno a los gobernantes, la mayor parte de los cuales —estoy seguro— no simpatizaba con ella, veía perfectamente su inanidad, pero no acertó a resistirla. ¡Ahí es nada: que España haya dejado de vivir bajo la monarquía de Sagunto y aliente hoy constituida bajo la figura de una República! ¿Es que se sabe, se sabe, lo que esa monarquía significaba más allá de todo detalle, más allá de todos los abusos particulares, por su esencia misma, lo que significaba para los destinos españoles?
Scarcely has its triumph come about, when it already begins to be falsified. Headlong people began to say: What? Has nothing more been done than change the form of government? With which they did nothing but discover their unconsciousness and reveal that they had no clear idea of what the monarchy was in Spain, when its simple absence and its substitution by an opposite regime seemed to these gentlemen a parva mutatio. The change of regime seemed little to them, and, on the other hand, half a dozen verbalist reforms which they had captured in the archives of a venerable and exhausted democracy seemed much to them. (Very good). This agitation formed a circle of disquiet around the rulers, most of whom — I am sure — did not sympathize with it, saw perfectly its inanity, but did not manage to resist it. Ah, that is nothing to sneeze at: that Spain has ceased to live under the monarchy of Sagunto and breathes today constituted under the figure of a Republic! Is it known, is it known, what that monarchy meant beyond every detail, beyond all particular abuses, by its very essence, what it meant for Spanish destinies?
Appena sopraggiunto il suo trionfo, comincia già a falsificarsi. Genti precipitate cominciarono a dire: Come? Non si è fatto altro che cambiare la forma di governo? Con il che non facevano che scoprire la loro incoscienza e rivelare che non avevano un’idea chiara di ciò che era la monarchia in Spagna, quando la sua semplice assenza e la sua sostituzione con un regime opposto sembrava a questi signori parva mutazione. Sembrava loro poco il cambio di regime, e, in cambio, sembrava loro molto una mezza dozzina di riforme verbaliste che avevano catturato negli archivi di una vetusta ed esaurita democrazia. (Molto bene). Questa agitazione formò un circolo d’inquietudine intorno ai governanti, la maggior parte dei quali — ne sono sicuro — non simpatizzava con essa, vedeva perfettamente la sua inanità, ma non riuscì a resisterle. Ah, non è niente: che la Spagna abbia smesso di vivere sotto la monarchia di Sagunto e respiri oggi costituita sotto la figura di una Repubblica! Si sa, si sa, ciò che quella monarchia significava al di là di ogni dettaglio, al di là di tutti gli abusi particolari, per la sua stessa essenza, ciò che significava per i destini spagnoli?