Abstract

A speech against the two formulas ‘conservative Republic’ and ‘bourgeois Republic’: no conservative politics is possible today, since the substance of the average man has changed and no past can serve as norm. And Spain, Ortega argues, declined through the modern age precisely because its bourgeoisie was scarce and weak, in a climate governed by rationalism and capitalism.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Cuando preparaban la revolución los hombres que han aparecido al frente de la República veían, con plena claridad, lo que ésta tenía que ser durante la primera etapa de su historia, durante el tiempo de su consolidación. La República que ahora triunfe, decían —notad bien: lo decían ellos entonces, no lo digo yo ahora—, la República que ahora triunfe tiene que ser una República conservadora, una República burguesa. Algún ministro recordará los atronadores aplausos que estas palabras, pronunciadas por él, disparaban en el auditorio; pero yo aproveché la primera ocasión que se me ofrecía para hacer notar que ambas expresiones eran poco o nada felices.

¿Conservadora? Señores, hablemos un poco en serio, libertándonos de la tiranía que sobre nuestras mentes ejercen las palabras, las denominaciones. ¿Hay hoy en toda la anchura del mundo movimiento alguno de dimensiones apreciables, que pueda calificarse de conservador, de auténticamente conservador? Podrá este o el otro individuo, en el secreto de su temperamento, allá en la intimidad de sus nostalgias, ser conservador; pero hoy no es posible en parte alguna una política conservadora. Los problemas que encuentra ante sí hoy el Estado son de tal gravedad y profundidad, que ningún pretérito puede servir de norma para atacarlos. La sustancia misma del hombre medio se ha hecho hoy tan distinta de lo tradicional, que nos obliga, ni más ni menos, como si dijéramos, a brincar de una época a otra, a abandonar todo el mundo político conocido e ingresar medrosos, atemorizados, en un mundo completamente nuevo y totalmente incógnito.

No creo que haya hoy en Europa nadie que se haga ilusiones de lo contrario; poco, muy poco y muy condicionalmente, puede conservarse del pasado, y por eso los ingleses, al acudir a unas elecciones recientes en extraña coalición, jamás sospechada en sus islas, puestos a conservar, no han podido conservar —ya lo veréis— más que el nombre de conservadores. (Muy bien. Aplausos).

No hay más que un pueblo, maestro en inquietudes, gran doctor en convulsiones: Francia, que, por la convergencia de una serie de azares, ha podido intentar hasta la fecha el sostenimiento del statu quo, que es cosa muy distinta de una política conservadora. Se trata de un equilibrio inestable, en cuya perduración nadie confía y que, en definitiva, se nutre de demorar sine die las grandes cuestiones del tiempo. Inexorablemente, en una u otra jornada, llegará a ese admirable país la marea viva de los problemas actuales, el statu quo zozobrará y se disparará en él un proceso parejo al que hoy sacude a todos los demás países.

Decir, pues, que la República española debía ser una República conservadora, equivale a no decir nada; menos aún: equivale a desorientar el porvenir de nuestra República.

Pero menos afortunada me parece todavía la otra expresión: ¡República burguesa! ¡Como si no consistiese la máxima peculiaridad de nuestra historia en la relativa inexistencia, por lo menos en la anormal debilidad de la burguesía en esta península! Cualquiera diría que se trata de una simple anécdota, cuando es el hecho básico causante de la decadencia que ha padecido España durante toda la Edad Moderna. Porque una edad, una época, es un clima moral que vive del predominio de ciertos principios disueltos en el aire; la época moderna vivió impulsada por el racionalismo y el capitalismo, dos principios emanados de cierto tipo de hombre, que ya en el siglo XV se llamaba «el burgués». Y si España se apagó al entrar en ese clima como una bujía se apaga por sí misma al ser sumergida en el aire denso de una cueva, fue sencillamente porque ese tipo de hombre era en nuestra raza escaso y endeble, y el alma nacional se ahogaba en la atmósfera de aquellos principios.

¿Y si no ha gozado España de salud durante la Edad Moderna porque era insuficientemente burguesa, va a dar la casualidad que ahora, cuando la modernidad sucumbe y con ella la burguesía pierde la plenitud de su mando, va a dar la casualidad, digo, que al rehacer un Estado, este Estado se edifique como Estado propiamente burgués? No hay, ciertamente, grandes probabilidades de ello.

Importa, pues, mucho en materias graves como ésta, cuando se trata nada menos que de empujar a todo un pueblo en cierta dirección hacia la línea azul de su horizonte, que cuidemos el uso de las palabras, porque son los déspotas más duros que la humanidad padece. El vocablo que se ha apoderado de nosotros, que en nosotros prende, nos lleva ya luego al estricote hasta sus últimas consecuencias, consecuencias que son las suyas, pero no son las nuestras. Se reconocerá no haber grandes probabilidades de que en el mundo actual, al acontecer un cambio de régimen, el nuevo Estado que nazca sea, hablando con propiedad, un Estado burgués. Y como yo voy a hacer luego un llamamiento a todas las fuerzas eficaces del país, entre ellas a las llamadas burguesas, especialmente a las capitalistas, y quiero que este llamamiento mío sea entusiasta, pero a la vez serio y rigoroso, me interesa que queden claras ciertas cosas elementales. Una de ellas, ésta: cualesquiera sean las diferencias políticas que existan o puedan existir mañana en nuestra vida pública, es preciso que nadie cometa la estupidez de desconocer que, desde hace sesenta años, el más enérgico factor de la historia universal es el magnífico movimiento ascensional de las clases obreras. Se trata de una corriente tan profunda y sustancial, que tiene la grandeza e incoercibilidad de los hechos geológicos. Toda política, pues, inspírela uno u otro temperamento, tendrá que ir, a la postre, inscrita dentro de ese formidable flujo; tiene que contar con él y aceptarlo como se acepta el avance de nuestro sistema solar hacia la constelación de Hércules. (Muy bien. Aplausos).

No se hable, pues, en ningún rincón planetario de política burguesa; pero, viceversa, no cabe tampoco confundir ese movimiento ascensional de la humanidad obrera, con el laborismo, socialismo, sindicalismo o comunismo, que son meras fórmulas, propagandas, ensayos, todo lo importantes que se quiera, pero que a la postre no representan sino interpretaciones transitorias y relativamente superficiales de aquella realidad mucho más profunda e inexorable. (Aplausos).

De modo que no es hoy posible, imaginable, política alguna que en una de sus dimensiones no sea política obrerista, que en su sesgo no acompañe a esa tremenda corriente marina que empuja la historia actual. Pero, al par, ningún credo o partido obrerista puede pretender significar la modulación única, definitiva e infalible de esa realidad sustantiva de nuestro tiempo. Bastará comparar la situación del socialismo o sindicalismo en Europa veinte años hace y hoy, para convencerse de ello.

Para no desorientarnos, evitemos, pues, hablar de política conservadora y de política burguesa. Pero si yo rechazo ambas fórmulas, en cuanto que pretendan tener un significado preciso, reconozco, en cambio, que cuando fueron pronunciadas en la hora de preparar la revolución, los que las emitían querían decir con ellas otra cosa mucho más certera y completamente oportuna; ésta, sencillamente ésta: que la República, durante su primera etapa, debía ser sólo República, radical cambio en la forma del Estado, una liberación del Poder público detentado por unos cuantos grupos, en suma, que el triunfo de la República no podía ser el triunfo de ningún determinado partido o combinación de ellos, sino la entrega del Poder público a la totalidad cordial de los españoles. (Grandes aplausos).

Porque no se ha hecho eso, o, para hablar con más cautela y tal vez con más justicia, porque se ha dado la impresión de que no se hacía eso, sino que se aprovechaba ese triunfo espontáneo y nacional —¡y nacional!— de la República para arropar en él propósitos, preferencias, credos políticos particulares, que no eran coincidencia nacional, es por lo que resulta que al cabo de siete meses ha caído la temperatura del entusiasmo republicano y trota España, entristecida, por ruta a la deriva. Y esto es lo que hay que rectificar.

Apenas sobrevenido su triunfo, comienza ya a falsearse. Gentes atropelladas comenzaron a decir: ¿Cómo? ¿No se ha hecho más que cambiar la forma de gobierno? Con lo cual no hacían sino descubrir su inconsciencia y revelar que no tenían una idea clara de lo que era la monarquía en España, cuando su simple ausencia y su sustitución por un régimen opuesto se les antojaba a estos señores parva mutación. Les parecía poco el cambio de régimen, y, en cambio, les parecía mucho media docena de reformas verbalistas que habían capturado en los archivos de una vetusta y agotada democracia. (Muy bien). Esta agitación formó un círculo de inquietud en torno a los gobernantes, la mayor parte de los cuales —estoy seguro— no simpatizaba con ella, veía perfectamente su inanidad, pero no acertó a resistirla. ¡Ahí es nada: que España haya dejado de vivir bajo la monarquía de Sagunto y aliente hoy constituida bajo la figura de una República! ¿Es que se sabe, se sabe, lo que esa monarquía significaba más allá de todo detalle, más allá de todos los abusos particulares, por su esencia misma, lo que significaba para los destinos españoles?