Abstract
A dialogue between the ‘Spanish mystic’ Rubín de Cendoya and a progressive friend: Europe is not turning reactionary but restorative, and the two must be distinguished. Restoration is a methodic return to the old, like Descartes’s methodic doubt which feeds faith (‘faith, to live, eats doubt’); reaction instead wants to halt in the past and is the enemy of spirit.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
Todo aquello sobre la opinión pública que algún lector habrá leído lo dijo Rubín de Cendoya, paseando con un amigo por los altos del Hipódromo. El místico español es madrileño y ama aquellos campos del alto Madrid que se encorvan como una espalda hacia Canillejas, sin árboles ni otra amenidad, grísidos, pedregosos, con fisonomía de aceldamas, campas compradas por treinta dineros. Y como su amigo le dijera: «¡Veamos qué es eso de la Restauración!» Rubín de Cendoya se detuvo y luego de mirar quietamente al sol, que flotaba en el ocaso, habló de esta manera:
—No se haga usted ilusiones; goza usted de un corazón progresista y el tiempo pide otra cosa. Es usted un atrasado, un hombre de otro clima espiritual. Ahora es sazón restauradora. Europa expulsa de su mente todos los hábitos progresistas. Porque restauración es, precisamente, antiprogresismo.
—¿Cómo atrasado? ¡Yo que voy a haberme quedado a la zaga! El progresista, como su nombre indica, va siempre delante. Yo soy partidario de la libertad sin reservas, soy anticlerical, soy en filosofía materialista…
—Hágase usted ilusiones, amigo; después de todo, progresismo es hacerse ilusiones. ¡Bueno fuera que envejeciendo todo el universo sólo los progresistas conservaran una perpetua juventud! Si un hombre del día le escuchara, no lo dude, le parecería oír unas palabras muy viejas, muy viejas, una voz cascada y el paso de su abuelo… Quiera usted o no quiera, inicia su reinado una nueva manera de sentir.
—¿Nueva? Siempre hubo reaccionarios. Pero ¿en qué se funda usted para creer que Europa se vuelve reaccionaria?
—No, en modo alguno; se vuelve restauradora.
—Bueno, lo mismo da.
—Lo mismo, no. Restauración y reacción son cosas muy distintas.
—¡Pero, hombre, para usted todas las cosas son distintas!
—¿Para mí? No; yo no tengo grande empeño en que sean las cosas distintas; ellas, por sí mismas, lo son, y si se las funde o confunde, se enojan primero, y luego se vengan. El rudimento de la buena educación y fino tacto en el comercio social está en no confundir a las personas. Del mismo modo, la aptitud especulativa no consiste, tal vez, en más que en un hábito de no confundir las cosas. Por eso, Leibniz comenzaba sus enseñanzas en la Corte Electoral invitando a las damas a que buscaran en el jardín dos hojas que fueran idénticas. Pero dejemos este asunto para mayor holgura.
Ahora decimos que la reacción es una tendencia deletérea de algunos espíritus, al paso que la restauración es compatible con un delicado amor a la cultura. Ambas coinciden en que reaccionarios y restauradores anhelan una vuelta y un tornar de lo nuevo a lo viejo. Pero esta vuelta puede ser como la duda: o metódica, o definitiva. La duda metódica se la impuso Descartes, precisamente por una aspiración inmensa que sentía hacia nueva fe poderosa: era como un abono y fomento de radicales certidumbres; era, es y será, la condición de toda fe viva, pues la fe, para vivir, necesita comer, y come duda. Así, es la restauración la vuelta metódica a lo que no parece nuevo; si usted quiere, a lo viejo, mas no por amor a esta vejez, sino para tomar de ella nuevamente arranque hacia más fértiles derroteros. El reaccionario, en cambio, nos propone que aceptemos una antigua forma social, intelectual, literaria, etcétera, por ella misma, para quedarnos en ella definitivamente sin aspiración a cambiar, con aspiración más bien a no cambiar. Por eso la reacción me parece la enemiga nata de la cultura, del espíritu. El espíritu no es una cosa quieta y cristalizada, sino una fluencia y un cambio, un superarse incesantemente a sí mismo, un morir para renacer. El espíritu reaccionario es suicida, puesto que aspira a dejar de ser espíritu, y en los semblantes de los reaccionarios que yo conozco, se nota, en efecto, cierta nostalgia de no ser piedra, cierta pesadumbre y apacidad minerales…
II
—¿De manera que usted no es reaccionario, pero se declara restaurador?
—¡Yo no me declaro restaurador, amigo! ¡Yo no me declaro restaurador! Soy ahora nada más que un místico, un vidente, una mirada franca abierta sobre el mundo. La política no les deja a ustedes vivir; por lo menos no les deja a ustedes vivir más que lo político, y el mundo es mil cosas más que política.
—Pues usted mismo ha dicho con frecuencia que el español tiene que ser a la fuerza político.
—Cierto; el individuo humano, a diferencia del animal, necesita de la sociedad: lo que tiene de humano es lo que tiene de social. Por esta razón, el individuo sumido en una sociedad inorganizada, en una sociedad que propiamente aún no lo es, está forzado a ocuparse de la organización de ésta, para poder gozar de su propia individualidad. El español se halla en este caso, y ha de enviar un tanto de su energía a las urnas electorales; ha de ser político, pero además ha de ser inteligente; ha de ser discreto; en fin, ha de ser justo y benéfico, como proponían ya las venerables Cortes de Cádiz. Pero yo ahora hablo de la restauración y no creo necesario tomar posiciones ante ella. Si no cuidamos mucho, nuestra forzosa actuación política puede imbuirnos la manía de tomar posiciones ante todo, de creer que el hombre ha venido al mundo para votar sí o no con respecto a todas las cosas.
—Vamos, una argucia de usted para no colocarse en postura clara. Recuerde que las leyes de Solón muy sabiamente desterraban al que no se decidía por algún partido, permaneciendo indiferente.
—Pero no olvide usted que esa ley se refería sólo a los casos de revolución; es decir, a los casos en que lo íntegro de la sociedad constituida padece y se rompe. No; no es argucia lo que digo; es, por el contrario, una cuestión en que deseo ser muy claro y huir de todo equívoco. En fórmula dogmática diría yo así: el que no se ocupa de política es un hombre inmoral; pero el que sólo se ocupa de política y todo lo ve políticamente, es un majadero.
—No perdamos el hilo: usted piensa así, yo pienso otra cosa; pero no me creo obligado por esto a ordenar su decapitación. Por lo menos, yo no le decapitaría a usted sino después que me hubiera descrito esa restauración europea, fiera espantable con que nos viene usted atemorizando. Me encuentro en el mismo estado de sobrecogimiento que cuando yo iba a la escuela y leía en uno de los carteles dispuestos para el aprendizaje del silabeo aquella terrible noticia: «Mañana bajará la capata garrasallaza».
—Ríase usted cuanto guste; pero es un caso grave para nosotros los españoles, según luego verá. El hecho es el siguiente: la superficie de la conciencia europea se halla ocupada casi por entero con partidos políticos, con personalidades, con afirmaciones, con principios que podemos llamar liberales, avanzados o progresistas. Los Estados gastan grandes cantidades en el fomento de las ciencias naturales, símbolo de la progresividad. Por otro lado, son bien recientes sucesos como la separación de la Iglesia y del Estado en Francia, donde pareció alcanzar una colosal victoria la idea progresiva del Estado sobre el valor tradicional de la Iglesia. En una palabra: dondequiera mira usted, encuentra el progresismo asentado, en una u otra forma, sobre el Poder, gobernando el mundo occidental, siendo la forma vigente, normal, manifiesta de la vida contemporánea. Y, sin embargo, cuando tras esa rápida ojeada va usted fijándose en cada una de esas manifestaciones y las compara con lo que eran veinte años hace, advierte usted una inquietud, un descontento, un íntimo desacuerdo, una ineficacia radical en casi todas ellas en lugar de la elástica energía, de la exuberante potencialidad que antes gozaban. Muy claro se ve esto en aquellas generaciones que se encuentran ahora en la sazón de resolverse ante las grandes cuestiones sociales e ideológicas. Conforme hace veinte años ingresaban rápidamente en un partido, en un ideal, en una filosofía, en una fórmula artística, ahora prolongan la situación vacilante, indecisa y andan perplejos como el asnillo de Buridán. Esto, los más; los menos, dotados de mayor ímpetu o menor escrupulosidad, ensayan a la vera de las organizaciones y principios progresistas nuevos movimientos de equívoco carácter. En éstos creo yo descubrir los preámbulos de un apetito restaurador que Europa, un poco avergonzada, siente fermentar en lo secreto de sí misma.
—¿Se refiere usted, por ejemplo, a la algarada filosófico-política de los realistas franceses?
—No es el mejor ejemplo, pero es un dato. El realismo gana terreno en Francia; el señor Carlos Maurras escribe y tonitrúa conduciendo una hueste, cada vez más numerosa, de jóvenes que arden en monárquicos furores. No obstante los razonamientos del señor Maurras no ofrecen flanco a la serena aquiescencia. Son tópicas ornamentales, críticas caprichosas y vagos proyectos. Pero no es lo importante esta restauración monárquica. La restauración hacia que vamos es más grave y honda. Es la restauración del irracionalismo, y como toda la edad moderna es un régimen racionalista, pudiera decirse que a donde vamos de cabeza es a una restauración de la Edad Media.
III
—Si abstrayendo de todas las formas sociales, ideológicas y artísticas que, maduradas ayer son hoy naturalmente poder constituido, nos fijamos sólo en aquello que ante nuestros ojos va naciendo, en los genuinos frutos de estos años hallaremos que se caracteriza por el desamor a la razón. Y esto en todos los órdenes de la cultura.
—Claro, si considera usted fruto de nuestra época el monarquismo francés, hallará usted apetito restaurador en política, pero es erróneo dar tanta importancia a un movimiento mínimo y absurdo que además ha existido durante todo el siglo pasado.
—Bien, dejémoslo a un lado en gracia de que sería un poco complejo su examen. Pero, ¿y el sindicalismo?
—¿Cómo? ¿El sindicalismo es restauración?
—Yo creo que sí; yo veo en él un caso típico de esta nueva sensibilidad restauradora que constituye la opinión pública europea en estos días fugaces. Hallar restauración en el obispado no tendría chiste ni gravedad, no argüiría que la opinión pública —en el sentido que a esta palabra hemos dado— sea restauradora. Lo decisivo es vislumbrarla, yaciendo como fermento y simiente en el fondo de actos y palabras que aparentan contradecirla.
—Yo tenía al sindicalismo por un movimiento archirrevolucionario.
—¡Y tanto! ¡No cabe más! Pero lo que me importa en una revolución es a dónde se revuelve, y ésta se revuelve hacia atrás si ustedes los progresistas se revuelven hacia adelante.
—No veo claro esto.
—Compare usted el sindicalismo con el socialismo. Éste parte de un proyecto de sociedad claro, demostrable, estrictamente racional. Tan racional es el Estado a que va el socialismo, que lo ha sacado de las estadísticas económicas, de los números, colmo de la razón. Bien sabe usted que la palabra razón significa originariamente calcular, echar cuentas. La aspiración socialista es la organización de la vida humana, según la estricta razón; quieren someter lo real a lo racional. En cambio, los sindicalistas odian al Estado, precisamente porque éste es un producto racional, y opinan que con la razón no vamos sino a la construcción de esquemas, los cuales son estorbos terribles para la plena y saludable expansión de la vida, de la vida real, corriente sutilísima, imposible de conducir por regatos que el mísero intelecto pretende abrir. Es menester —dice el sindicalismo— que la vida con su superior sabiduría —una sabiduría trans-racional o irracional— se organice a sí misma. Suprímase el Estado, déjese que las agrupaciones industriales declaradas independientes, sometidas sólo a su instinto, pacten y convivan a su modo, regidas no por principios, sino «por la misma lógica que guía al árbol en su ascensión buscando la luz». ¿Ve usted ahora cómo el sindicalismo es restaurador? Quiere restaurar el imperio del instinto, quiere volver a la vida gremial de los tiempos medios.
—Ahora veo por qué distinguía usted entre restauración y reacción. El sindicalismo no puede lealmente y bajo ningún punto de vista tacharse de reaccionario.
—Ya ve usted cómo en política, en la política más actual, aparece el nuevo espíritu y cómo acierta a informar tendencias que parecían incompatibles con él. ¡Mala hora, amigo mío, mala hora para un hombre como usted! Lo que los progresistas llaman progreso es un esquema de lo que debe pasar mañana; pero como se les ha ocurrido hoy, y a la postre lo que hoy pensamos depende de lo que ayer aprendimos, el mañana de ustedes es en definitiva una perpetuación más o menos completa del pasado. Son ustedes unos reaccionarios porque no quieren progresar ustedes, sino que progrese el progreso; es decir, una pequeña, nimia, paralítica, angosta idea que han pensado ustedes sobre su mesa de trabajo o haciendo la digestión. Los sindicalistas según dicen ellos, quieren el verdadero progreso, un mañana nuevo, tan distinto del ayer y del hoy, que es imposible de prever ni anticipar. Por sabio que crea ser el hombre, es más sabio el planeta; rompamos lo de hoy y dejemos a la genial inventiva de la Naturaleza inventar la fiesta radiante de mañana.
—¿Pero puede usted pensar eso en serio?
—¿Qué le importa a usted lo que yo pienso? Mil veces más importante es lo que piensen los sindicalistas, y ahí los tiene usted, no uno ni dos, miles y miles, un enorme hecho contemporáneo, sobre el cual conviene que abramos los ojos.
Y luego añadió Rubín de Cendoya, místico español: otro día seguiremos. Ahora vamos a casa. El sol se ha caído en el Manzanares, río paterno, y está transfigurando en un incendio, con oro, rubíes y granates, esta parte del mundo que solemos llamar Aravaca. Como Calderón levanta a Segismundo en un sueño hasta la realeza, esta hora generosa da a nuestra humilde Aravaca un momento de esplendor. ¡Bendito sea este fuego sublime; bendita sea esta atmosférica liberalidad que no tenemos que pagar los contribuyentes!
El Imparcial, 20 de octubre de 1912