Ortega y Gasset
Abstract
A dialogue between the ‘Spanish mystic’ Rubín de Cendoya and a progressive friend: Europe is not turning reactionary but restorative, and the two must be distinguished. Restoration is a methodic return to the old, like Descartes’s methodic doubt which feeds faith (‘faith, to live, eats doubt’); reaction instead wants to halt in the past and is the enemy of spirit.
Connections
Assi: Metodo
Posizioni: dubbio metodico
Concetti: fede
Figure: Leibniz
Forme: dialogo
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
Todo aquello sobre la opinión pública que algún lector habrá leído lo dijo Rubín de Cendoya, paseando con un amigo por los altos del Hipódromo. El místico español es madrileño y ama aquellos campos del alto Madrid que se encorvan como una espalda hacia Canillejas, sin árboles ni otra amenidad, grísidos, pedregosos, con fisonomía de aceldamas, campas compradas por treinta dineros. Y como su amigo le dijera: «¡Veamos qué es eso de la Restauración!» Rubín de Cendoya se detuvo y luego de mirar quietamente al sol, que flotaba en el ocaso, habló de esta manera:
—No se haga usted ilusiones; goza usted de un corazón progresista y el tiempo pide otra cosa. Es usted un atrasado, un hombre de otro clima espiritual. Ahora es sazón restauradora. Europa expulsa de su mente todos los hábitos progresistas. Porque restauración es, precisamente, antiprogresismo.
—¿Cómo atrasado? ¡Yo que voy a haberme quedado a la zaga! El progresista, como su nombre indica, va siempre delante. Yo soy partidario de la libertad sin reservas, soy anticlerical, soy en filosofía materialista…
—Hágase usted ilusiones, amigo; después de todo, progresismo es hacerse ilusiones. ¡Bueno fuera que envejeciendo todo el universo sólo los progresistas conservaran una perpetua juventud! Si un hombre del día le escuchara, no lo dude, le parecería oír unas palabras muy viejas, muy viejas, una voz cascada y el paso de su abuelo… Quiera usted o no quiera, inicia su reinado una nueva manera de sentir.
—¿Nueva? Siempre hubo reaccionarios. Pero ¿en qué se funda usted para creer que Europa se vuelve reaccionaria?
—No, en modo alguno; se vuelve restauradora.
—Bueno, lo mismo da.
—Lo mismo, no. Restauración y reacción son cosas muy distintas.
—¡Pero, hombre, para usted todas las cosas son distintas!
—¿Para mí? No; yo no tengo grande empeño en que sean las cosas distintas; ellas, por sí mismas, lo son, y si se las funde o confunde, se enojan primero, y luego se vengan. El rudimento de la buena educación y fino tacto en el comercio social está en no confundir a las personas. Del mismo modo, la aptitud especulativa no consiste, tal vez, en más que en un hábito de no confundir las cosas. Por eso, Leibniz comenzaba sus enseñanzas en la Corte Electoral invitando a las damas a que buscaran en el jardín dos hojas que fueran idénticas. Pero dejemos este asunto para mayor holgura.
Ahora decimos que la reacción es una tendencia deletérea de algunos espíritus, al paso que la restauración es compatible con un delicado amor a la cultura. Ambas coinciden en que reaccionarios y restauradores anhelan una vuelta y un tornar de lo nuevo a lo viejo. Pero esta vuelta puede ser como la duda: o metódica, o definitiva. La duda metódica se la impuso Descartes, precisamente por una aspiración inmensa que sentía hacia nueva fe poderosa: era como un abono y fomento de radicales certidumbres; era, es y será, la condición de toda fe viva, pues la fe, para vivir, necesita comer, y come duda. Así, es la restauración la vuelta metódica a lo que no parece nuevo; si usted quiere, a lo viejo, mas no por amor a esta vejez, sino para tomar de ella nuevamente arranque hacia más fértiles derroteros. El reaccionario, en cambio, nos propone que aceptemos una antigua forma social, intelectual, literaria, etcétera, por ella misma, para quedarnos en ella definitivamente sin aspiración a cambiar, con aspiración más bien a no cambiar. Por eso la reacción me parece la enemiga nata de la cultura, del espíritu. El espíritu no es una cosa quieta y cristalizada, sino una fluencia y un cambio, un superarse incesantemente a sí mismo, un morir para renacer. El espíritu reaccionario es suicida, puesto que aspira a dejar de ser espíritu, y en los semblantes de los reaccionarios que yo conozco, se nota, en efecto, cierta nostalgia de no ser piedra, cierta pesadumbre y apacidad minerales…
II
—¿De manera que usted no es reaccionario, pero se declara restaurador?
—¡Yo no me declaro restaurador, amigo! ¡Yo no me declaro restaurador! Soy ahora nada más que un místico, un vidente, una mirada franca abierta sobre el mundo. La política no les deja a ustedes vivir; por lo menos no les deja a ustedes vivir más que lo político, y el mundo es mil cosas más que política.
—Pues usted mismo ha dicho con frecuencia que el español tiene que ser a la fuerza político.
—Cierto; el individuo humano, a diferencia del animal, necesita de la sociedad: lo que tiene de humano es lo que tiene de social. Por esta razón, el individuo sumido en una sociedad inorganizada, en una sociedad que propiamente aún no lo es, está forzado a ocuparse de la organización de ésta, para poder gozar de su propia individualidad. El español se halla en este caso, y ha de enviar un tanto de su energía a las urnas electorales; ha de ser político, pero además ha de ser inteligente; ha de ser discreto; en fin, ha de ser justo y benéfico, como proponían ya las venerables Cortes de Cádiz. Pero yo ahora hablo de la restauración y no creo necesario tomar posiciones ante ella. Si no cuidamos mucho, nuestra forzosa actuación política puede imbuirnos la manía de tomar posiciones ante todo, de creer que el hombre ha venido al mundo para votar sí o no con respecto a todas las cosas.
—Vamos, una argucia de usted para no colocarse en postura clara. Recuerde que las leyes de Solón muy sabiamente desterraban al que no se decidía por algún partido, permaneciendo indiferente.
—Pero no olvide usted que esa ley se refería sólo a los casos de revolución; es decir, a los casos en que lo íntegro de la sociedad constituida padece y se rompe. No; no es argucia lo que digo; es, por el contrario, una cuestión en que deseo ser muy claro y huir de todo equívoco. En fórmula dogmática diría yo así: el que no se ocupa de política es un hombre inmoral; pero el que sólo se ocupa de política y todo lo ve políticamente, es un majadero.
—No perdamos el hilo: usted piensa así, yo pienso otra cosa; pero no me creo obligado por esto a ordenar su decapitación. Por lo menos, yo no le decapitaría a usted sino después que me hubiera descrito esa restauración europea, fiera espantable con que nos viene usted atemorizando. Me encuentro en el mismo estado de sobrecogimiento que cuando yo iba a la escuela y leía en uno de los carteles dispuestos para el aprendizaje del silabeo aquella terrible noticia: «Mañana bajará la capata garrasallaza».
—Ríase usted cuanto guste; pero es un caso grave para nosotros los españoles, según luego verá. El hecho es el siguiente: la superficie de la conciencia europea se halla ocupada casi por entero con partidos políticos, con personalidades, con afirmaciones, con principios que podemos llamar liberales, avanzados o progresistas. Los Estados gastan grandes cantidades en el fomento de las ciencias naturales, símbolo de la progresividad. Por otro lado, son bien recientes sucesos como la separación de la Iglesia y del Estado en Francia, donde pareció alcanzar una colosal victoria la idea progresiva del Estado sobre el valor tradicional de la Iglesia. En una palabra: dondequiera mira usted, encuentra el progresismo asentado, en una u otra forma, sobre el Poder, gobernando el mundo occidental, siendo la forma vigente, normal, manifiesta de la vida contemporánea. Y, sin embargo, cuando tras esa rápida ojeada va usted fijándose en cada una de esas manifestaciones y las compara con lo que eran veinte años hace, advierte usted una inquietud, un descontento, un íntimo desacuerdo, una ineficacia radical en casi todas ellas en lugar de la elástica energía, de la exuberante potencialidad que antes gozaban. Muy claro se ve esto en aquellas generaciones que se encuentran ahora en la sazón de resolverse ante las grandes cuestiones sociales e ideológicas. Conforme hace veinte años ingresaban rápidamente en un partido, en un ideal, en una filosofía, en una fórmula artística, ahora prolongan la situación vacilante, indecisa y andan perplejos como el asnillo de Buridán. Esto, los más; los menos, dotados de mayor ímpetu o menor escrupulosidad, ensayan a la vera de las organizaciones y principios progresistas nuevos movimientos de equívoco carácter. En éstos creo yo descubrir los preámbulos de un apetito restaurador que Europa, un poco avergonzada, siente fermentar en lo secreto de sí misma.
—¿Se refiere usted, por ejemplo, a la algarada filosófico-política de los realistas franceses?
I
All that about public opinion that some reader will have read was said by Rubín de Cendoya, walking with a friend along the heights of the Hippodrome. The Spanish mystic is from Madrid and loves those fields of upper Madrid that bend like a back toward Canillejas, without trees or other amenity, greyish, stony, with the physiognomy of Aceldama, fields bought for thirty pieces of silver. And as his friend said to him: «Let us see what this Restoration is about!» Rubín de Cendoya stopped and, after quietly looking at the sun, which floated in the sunset, spoke in this manner:
—Do not delude yourself; you enjoy a progressive heart and the times ask for something else. You are a backward man, a man of another spiritual climate. Now is the restorative season. Europe expels from its mind all progressive habits. Because restoration is, precisely, anti-progressism.
—How backward? I, who am going to have been left behind! The progressive, as his name indicates, always goes ahead. I am a partisan of liberty without reserves, I am anticlerical, I am in philosophy a materialist…
—Delude yourself, my friend; after all, progressism is deluding oneself. It would be fine if, while the whole universe ages, only the progressists kept a perpetual youth! If a man of today heard you, do not doubt it, he would seem to hear very old, very old words, a cracked voice and the step of his grandfather… Whether you will or not, a new way of feeling begins its reign.
—New? There have always been reactionaries. But on what do you found yourself to believe that Europe is turning reactionary?
—No, by no means; it is turning restorative.
—Well, it comes to the same thing.
—The same, no. Restoration and reaction are very different things.
—But, man, for you all things are different!
—For me? No; I have no great insistence that things be distinct; they, by themselves, are, and if one fuses or confuses them, they first grow angry, and then take revenge. The rudiment of good breeding and fine tact in social commerce lies in not confusing persons. In the same way, speculative aptitude consists, perhaps, in no more than a habit of not confusing things. That is why Leibniz began his teachings at the Electoral Court by inviting the ladies to seek in the garden two leaves that were identical. But let us leave this matter for greater leisure.
Now we say that reaction is a deleterious tendency of some spirits, while restoration is compatible with a delicate love of culture. Both coincide in that reactionaries and restorers yearn for a return and a turning back of the new to the old. But this return can be like doubt: either methodical, or definitive. Descartes imposed the methodical doubt upon himself, precisely out of an immense aspiration he felt toward a new, powerful faith: it was like a manure and fostering of radical certainties; it was, is and will be, the condition of all living faith, for faith, in order to live, needs to eat, and it eats doubt. Thus restoration is the methodical return to what does not seem new; if you will, to the old, but not out of love of this oldness, rather to take from it anew a start toward more fertile courses. The reactionary, on the other hand, proposes that we accept an ancient social, intellectual, literary form, etcetera, for its own sake, to remain in it definitively without aspiration to change, with aspiration rather to not change. That is why reaction seems to me the born enemy of culture, of spirit. Spirit is not a quiet and crystallized thing, but a flux and a change, an incessant self-surpassing, a dying in order to be reborn. The reactionary spirit is suicidal, since it aspires to cease being spirit, and in the countenances of the reactionaries I know, there is noted, indeed, a certain nostalgia of not being stone, a certain mineral heaviness and opacity…
II
—So then you are not a reactionary, but you declare yourself a restorer?
—I do not declare myself a restorer, my friend! I do not declare myself a restorer! I am now nothing more than a mystic, a seer, a frank gaze opened upon the world. Politics does not let you live; at least it does not let you live anything but the political, and the world is a thousand things more than politics.
—Well, you yourself have often said that the Spaniard has to be a politician by force.
—Certain; the human individual, unlike the animal, needs society: what it has of human is what it has of social. For this reason, the individual sunk in an unorganized society, in a society that properly is not yet one, is forced to occupy himself with its organization, in order to be able to enjoy his own individuality. The Spaniard finds himself in this caso, and must send a portion of his energy to the electoral urns; he must be a politician, but moreover he must be intelligent; he must be discreet; in short, he must be just and beneficent, as the venerable Cortes of Cadiz already proposed. But I now speak of restoration and I do not believe it necessary to take positions before it. If we are not very careful, our forced political activity can imbue us with the mania of taking positions on everything, of believing that man has come into the world to vote yes or no with respect to all things.
—Come on, an argument of yours to avoid placing yourself in a clear posture. Remember that the laws of Solon very wisely banished whoever did not decide for some party, remaining indifferent.
—But do not forget that that law referred only to cases of revolution; that is, to cases in which the whole of constituted society suffers and breaks. No; it is not an argument what I say; it is, on the contrary, a question in which I wish to be very clear and flee all equivocation. In dogmatic formula I would say thus: he who does not occupy himself with politics is an immoral man; but he who occupies himself only with politics and sees everything politically is a blockhead.
—Let us not lose the thread: you think thus, I think another thing; but I do not feel obliged by this to order your decapitation. At least, I would not decapitate you except after you had described to me that European restoration, dreadful beast with which you come terrifying us. I find myself in the same state of consternation as when I went to school and read on one of the posters arranged for learning the syllabary that terrible news: «Tomorrow the capata garrasallaza will come down».
—Laugh as much as you please; but it is a grave case for us Spaniards, as you will see later. The fact is the following: the surface of European consciousness is occupied almost entirely with political parties, with personalities, with affirmations, with principles that we can call liberal, advanced or progressive. The States spend great amounts on the fostering of the natural sciences, symbol of progressivity. On the other hand, events are quite recent such as the separation of Church and State in France, where the progressive idea of the State seemed to achieve a colossal victory over the traditional value of the Church. In a word: wherever you look, you find progressism seated, in one form or another, upon Power, governing the Western world, being the current, normal, manifest form of contemporary life. And, nevertheless, when after that rapid glance you come to fix yourself on each of those manifestations and compare them with what they were twenty years ago, you perceive a disquiet, a discontent, an intimate disagreement, a radical inefficacy in almost all of them, in place of the elastic energy, of the exuberant potentiality they before enjoyed. Very clearly this is seen in those generations that now find themselves in the season of resolving themselves before the great social and ideological questions. Whereas twenty years ago they entered rapidly into a party, into an ideal, into a philosophy, into an artistic formula, now they prolong the vacillating, undecided situation and go about perplexed like Buridan’s little ass. This, the majority; the minority, endowed with greater impetus or less scrupulousness, try out at the side of the progressive organizations and principles new movements of equivocal character. In these I believe I discover the preambles of a restorative appetite that Europe, a little ashamed, feels fermenting in the secret of itself.
—Are you referring, for example, to the philosophical-political fracas of the French realists?
I
Tutto ciò sulla pubblica opinione che qualche lettore avrà letto lo disse Rubín de Cendoya, passeggiando con un amico per gli alti dell’Ippodromo. Il mistico spagnolo è madrileno e ama quei campi dell’alta Madrid che si inarcano come una schiena verso Canillejas, senza alberi né altra amenità, grigiastri, pietrosi, con fisionomia di aceldama, campagne comprate per trenta denari. E siccome il suo amico gli disse: «Vediamo che cos’è questa Restaurazione!» Rubín de Cendoya si fermò e dopo aver guardato quietamente il sole, che fluttuava nel tramonto, parlò in questo modo:
—Non si faccia illusioni; lei gode di un cuore progressista e il tempo chiede un’altra cosa. Lei è un arretrato, un uomo di un altro clima spirituale. Ora è stagione restauratrice. L’Europa espelle dalla sua mente tutte le abitudini progressiste. Perché restaurazione è, precisamente, antiprogressismo.
—Come arretrato? Io che starò per essermi rimasto indietro! Il progressista, come il suo nome indica, va sempre avanti. Io sono partigiano della libertà senza riserve, sono anticlericale, sono in filosofia materialista…
—Si faccia illusioni, amico; dopo tutto, progressismo è farsi illusioni. Sarebbe bello che invecchiando tutto l’universo soltanto i progressisti conservassero una perpetua giovinezza! Se un uomo d’oggi l’ascoltasse, non ne dubiti, gli sembrerebbe di udire parole molto vecchie, molto vecchie, una voce cascata e il passo di suo nonno… Lo voglia o non lo voglia, inizia il suo regno un nuovo modo di sentire.
—Nuova? Ci sono sempre stati reazionari. Ma su che cosa si fonda lei per credere che l’Europa si fa reazionaria?
—No, in nessun modo; si fa restauratrice.
—Bene, fa lo stesso.
—Lo stesso, no. Restaurazione e reazione sono cose molto distinte.
—Ma, amico mio, per lei tutte le cose sono distinte!
—Per me? No; io non ho grande impegno a che le cose siano distinte; esse, per se stesse, lo sono, e se le si fonde o confonde, prima si arrabbiano, e poi si vendicano. Il rudimento della buona educazione e del fino tatto nel commercio sociale sta nel non confondere le persone. Del pari, l’attitudine speculativa non consiste, forse, in più che in un’abitudine di non confondere le cose. Per questo, Leibniz cominciava i suoi insegnamenti nella Corte Elettorale invitando le dame a cercare nel giardino due foglie che fossero identiche. Ma lasciamo questa faccenda per maggiore agio.
Ora diciamo che la reazione è una tendenza deleteria di alcuni spiriti, mentre la restaurazione è compatibile con un delicato amore alla cultura. Entrambe coincidono in ciò: che reazionari e restauratori anelano a un ritorno e a un tornare del nuovo al vecchio. Ma questo ritorno può essere come il dubbio: o metodico, o definitivo. Il dubbio metodico se lo impose Cartesio, precisamente per un’aspirazione immensa che sentiva verso una nuova fede potente: era come un concime e un fomento di radicali certezze; era, è e sarà, la condizione di ogni fede viva, perché la fede, per vivere, ha bisogno di mangiare, e mangia dubbio. Così, la restaurazione è il ritorno metodico a ciò che non sembra nuovo; se vuole, al vecchio, ma non per amore di questa vecchiaia, bensì per prendere da essa nuovamente slancio verso più fertili rotte. Il reazionario, in cambio, ci propone che accettiamo un’antica forma sociale, intellettuale, letteraria, eccetera, per essa stessa, per restarvi definitivamente senza aspirazione a cambiare, con aspirazione piuttosto a non cambiare. Perciò la reazione mi sembra la nemica nata della cultura, dello spirito. Lo spirito non è una cosa quieta e cristallizzata, ma una fluenza e un cambiamento, un superare incessantemente se stesso, un morire per rinascere. Lo spirito reazionario è suicida, giacché aspira a smettere di essere spirito, e nei volti dei reazionari che conosco, si nota, in effetti, una certa nostalgia di non essere pietra, un certo peso e opacità minerali…
II
—Sicché lei non è reazionario, ma si dichiara restauratore?
—Io non mi dichiaro restauratore, amico! Io non mi dichiaro restauratore! Sono ora niente più che un mistico, un veggente, uno sguardo franco aperto sul mondo. La politica non vi lascia vivere; per lo meno non vi lascia vivere altro che il politico, e il mondo è mille cose più che politica.
—Ebbene, lei stesso ha detto con frequenza che lo spagnolo deve essere per forza politico.
—Certo; l’individuo umano, a differenza dell’animale, ha bisogno della società: ciò che ha di umano è ciò che ha di sociale. Per questa ragione, l’individuo immerso in una società inorganizzata, in una società che propriamente ancora non lo è, è forzato a occuparsi dell’organizzazione di questa, per poter godere della propria individualità. Lo spagnolo si trova in questo caso, e deve inviare un tanto della sua energia alle urne elettorali; deve essere politico, ma inoltre deve essere intelligente; deve essere discreto; insomma, deve essere giusto e benefico, come proponevano già le venerabili Cortes di Cadice. Ma io ora parlo della restaurazione e non credo necessario prendere posizione davanti ad essa. Se non stiamo molto attenti, la nostra forzosa attuazione politica può imbuirci la mania di prendere posizione su tutto, di credere che l’uomo sia venuto al mondo per votare sì o no rispetto a tutte le cose.
—Andiamo, un’arguzia di lei per non collocarsi in una posizione chiara. Ricordi che le leggi di Solone molto saggiamente esiliavano chi non si decideva per qualche partito, rimanendo indifferente.
—Ma non dimentichi che quella legge si riferiva soltanto ai casi di rivoluzione; cioè, ai casi in cui l’integro della società costituita patisce e si rompe. No; non è arguzia ciò che dico; è, al contrario, una questione in cui desidero essere molto chiaro e fuggire ogni equivoco. In formula dogmatica direi così: chi non si occupa di politica è un uomo immorale; ma chi si occupa soltanto di politica e vede tutto politicamente, è uno sciocco.
—Non perdiamo il filo: lei pensa così, io penso un’altra cosa; ma non mi credo obbligato per questo a ordinare la sua decapitazione. Per lo meno, io non la decapiterei se non dopo che mi avesse descritto quella restaurazione europea, fiera spaventevole con cui lei ci viene atterrendo. Mi trovo nello stesso stato di sgomento di quando andavo a scuola e leggevo in uno dei cartelli disposti per l’apprendimento della sillabazione quella terribile notizia: «Domani scenderà la capata garrasallaza».
—Rida quanto le pare; ma è un caso grave per noi spagnoli, come vedrà poi. Il fatto è il seguente: la superficie della coscienza europea si trova occupata quasi per intero da partiti politici, da personalità, da affermazioni, da principi che possiamo chiamare liberali, avanzati o progressisti. Gli Stati spendono grandi quantità nel fomento delle scienze naturali, simbolo della progressività. D’altra parte, sono ben recenti avvenimenti come la separazione della Chiesa e dello Stato in Francia, dove sembrò raggiungere una colossale vittoria l’idea progressiva dello Stato sul valore tradizionale della Chiesa. In una parola: ovunque guardi, trova il progressismo insediato, in una o in un’altra forma, sul Potere, governante il mondo occidentale, essendo la forma vigente, normale, manifesta della vita contemporanea. E, tuttavia, quando dopo quella rapida occhiata va fissandosi in ciascuna di quelle manifestazioni e le confronta con ciò che erano vent’anni fa, avverte un’inquietudine, un discontento, un intimo disaccordo, un’inefficacia radicale in quasi tutte esse, in luogo dell’elastica energia, dell’esuberante potenzialità di cui prima godevano. Molto chiaro si vede questo in quelle generazioni che si trovano ora nella stagione di risolversi davanti alle grandi questioni sociali e ideologiche. Mentre vent’anni fa entravano rapidamente in un partito, in un ideale, in una filosofia, in una formula artistica, ora prolungano la situazione vacillante, indecisa, e camminano perplessi come l’asinello di Buridano. Questo, i più; i meno, dotati di maggior impeto o minor scrupolosità, provano accanto alle organizzazioni e ai principi progressisti nuovi movimenti di equivoco carattere. In questi credo io di scoprire i preamboli di un appetito restauratore che l’Europa, un po’ vergognosa, sente fermentare nel segreto di se stessa.
—Si riferisce lei, per esempio, all’algarata filosofico-politica dei realisti francesi?
—No es el mejor ejemplo, pero es un dato. El realismo gana terreno en Francia; el señor Carlos Maurras escribe y tonitrúa conduciendo una hueste, cada vez más numerosa, de jóvenes que arden en monárquicos furores. No obstante los razonamientos del señor Maurras no ofrecen flanco a la serena aquiescencia. Son tópicas ornamentales, críticas caprichosas y vagos proyectos. Pero no es lo importante esta restauración monárquica. La restauración hacia que vamos es más grave y honda. Es la restauración del irracionalismo, y como toda la edad moderna es un régimen racionalista, pudiera decirse que a donde vamos de cabeza es a una restauración de la Edad Media.
III
—Si abstrayendo de todas las formas sociales, ideológicas y artísticas que, maduradas ayer son hoy naturalmente poder constituido, nos fijamos sólo en aquello que ante nuestros ojos va naciendo, en los genuinos frutos de estos años hallaremos que se caracteriza por el desamor a la razón. Y esto en todos los órdenes de la cultura.
—Claro, si considera usted fruto de nuestra época el monarquismo francés, hallará usted apetito restaurador en política, pero es erróneo dar tanta importancia a un movimiento mínimo y absurdo que además ha existido durante todo el siglo pasado.
—Bien, dejémoslo a un lado en gracia de que sería un poco complejo su examen. Pero, ¿y el sindicalismo?
—¿Cómo? ¿El sindicalismo es restauración?
—Yo creo que sí; yo veo en él un caso típico de esta nueva sensibilidad restauradora que constituye la opinión pública europea en estos días fugaces. Hallar restauración en el obispado no tendría chiste ni gravedad, no argüiría que la opinión pública —en el sentido que a esta palabra hemos dado— sea restauradora. Lo decisivo es vislumbrarla, yaciendo como fermento y simiente en el fondo de actos y palabras que aparentan contradecirla.
—Yo tenía al sindicalismo por un movimiento archirrevolucionario.
—¡Y tanto! ¡No cabe más! Pero lo que me importa en una revolución es a dónde se revuelve, y ésta se revuelve hacia atrás si ustedes los progresistas se revuelven hacia adelante.
—No veo claro esto.
—Compare usted el sindicalismo con el socialismo. Éste parte de un proyecto de sociedad claro, demostrable, estrictamente racional. Tan racional es el Estado a que va el socialismo, que lo ha sacado de las estadísticas económicas, de los números, colmo de la razón. Bien sabe usted que la palabra razón significa originariamente calcular, echar cuentas. La aspiración socialista es la organización de la vida humana, según la estricta razón; quieren someter lo real a lo racional. En cambio, los sindicalistas odian al Estado, precisamente porque éste es un producto racional, y opinan que con la razón no vamos sino a la construcción de esquemas, los cuales son estorbos terribles para la plena y saludable expansión de la vida, de la vida real, corriente sutilísima, imposible de conducir por regatos que el mísero intelecto pretende abrir. Es menester —dice el sindicalismo— que la vida con su superior sabiduría —una sabiduría trans-racional o irracional— se organice a sí misma. Suprímase el Estado, déjese que las agrupaciones industriales declaradas independientes, sometidas sólo a su instinto, pacten y convivan a su modo, regidas no por principios, sino «por la misma lógica que guía al árbol en su ascensión buscando la luz». ¿Ve usted ahora cómo el sindicalismo es restaurador? Quiere restaurar el imperio del instinto, quiere volver a la vida gremial de los tiempos medios.
—Ahora veo por qué distinguía usted entre restauración y reacción. El sindicalismo no puede lealmente y bajo ningún punto de vista tacharse de reaccionario.
—Ya ve usted cómo en política, en la política más actual, aparece el nuevo espíritu y cómo acierta a informar tendencias que parecían incompatibles con él. ¡Mala hora, amigo mío, mala hora para un hombre como usted! Lo que los progresistas llaman progreso es un esquema de lo que debe pasar mañana; pero como se les ha ocurrido hoy, y a la postre lo que hoy pensamos depende de lo que ayer aprendimos, el mañana de ustedes es en definitiva una perpetuación más o menos completa del pasado. Son ustedes unos reaccionarios porque no quieren progresar ustedes, sino que progrese el progreso; es decir, una pequeña, nimia, paralítica, angosta idea que han pensado ustedes sobre su mesa de trabajo o haciendo la digestión. Los sindicalistas según dicen ellos, quieren el verdadero progreso, un mañana nuevo, tan distinto del ayer y del hoy, que es imposible de prever ni anticipar. Por sabio que crea ser el hombre, es más sabio el planeta; rompamos lo de hoy y dejemos a la genial inventiva de la Naturaleza inventar la fiesta radiante de mañana.
—¿Pero puede usted pensar eso en serio?
—¿Qué le importa a usted lo que yo pienso? Mil veces más importante es lo que piensen los sindicalistas, y ahí los tiene usted, no uno ni dos, miles y miles, un enorme hecho contemporáneo, sobre el cual conviene que abramos los ojos.
Y luego añadió Rubín de Cendoya, místico español: otro día seguiremos. Ahora vamos a casa. El sol se ha caído en el Manzanares, río paterno, y está transfigurando en un incendio, con oro, rubíes y granates, esta parte del mundo que solemos llamar Aravaca. Como Calderón levanta a Segismundo en un sueño hasta la realeza, esta hora generosa da a nuestra humilde Aravaca un momento de esplendor. ¡Bendito sea este fuego sublime; bendita sea esta atmosférica liberalidad que no tenemos que pagar los contribuyentes!
El Imparcial, 20 de octubre de 1912
—It is not the best example, but it is a datum. Realism is gaining ground in France; Señor Charles Maurras writes and thunders, leading a host, ever more numerous, of youths who burn with monarchical furies. Nevertheless, Señor Maurras’s reasonings offer no flank to serene acquiescence. They are ornamental commonplaces, capricious critiques and vague projects. But this monarchical restoration is not what matters. The restoration toward which we are going is graver and deeper. It is the restoration of irrationalism, and since the whole modern age is a rationalist regime, it could be said that where we go headlong is toward a restoration of the Middle Ages.
III
—If, abstracting from all the social, ideological and artistic forms which, ripened yesterday, are today naturally constituted power, we fix ourselves only on what is being born before our eyes, in the genuine fruits of these years we shall find that it is characterized by the unloving of reason. And this in all orders of culture.
—Clearly, if you consider French monarchism a fruit of our epoch, you will find restorative appetite in politics, but it is erroneous to give so much importance to a minimal and absurd movement which moreover has existed throughout the whole of the past century.
—Well, let us leave it aside, in view of the fact that its examination would be a little complex. But what of syndicalism?
—What? Syndicalism is restoration?
—I believe so; I see in it a typical caso of this new restorative sensibility that constitutes European public opinion in these fleeting days. To find restoration in the episcopate would have neither point nor gravity, it would not argue that public opinion — in the sense we have given to this word — is restorative. The decisive thing is to glimpse it, lying as ferment and seed at the bottom of acts and words that appear to contradict it.
—I took syndicalism for an arch-revolutionary movement.
—And how! It cannot be more! But what matters to me in a revolution is whither it turns, and this one turns backward if you progressists turn forward.
—I do not see this clearly.
—Compare syndicalism with socialism. The latter starts from a clear, demonstrable, strictly rational project of society. So rational is the State toward which socialism goes, that it has drawn it out of economic statistics, out of numbers, the height of reason. You know well that the word reason originally means to calculate, to do accounts. The socialist aspiration is the organization of human life according to strict reason; they want to subject the real to the rational. On the other hand, the syndicalists hate the State, precisely because the latter is a rational product, and they opine that with reason we go only to the construction of schemas, which are terrible hindrances for the full and healthy expansion of life, of real life, a most subtle current, impossible to conduct through the rivulets that the miserable intellect pretends to open. It is necessary — says syndicalism — that life with its superior wisdom — a trans-rational or irrational wisdom — organize itself. Let the State be suppressed, let the industrial groupings declared independent, subject only to their instinct, pact and live together in their own way, ruled not by principles but «by the same logic that guides the tree in its ascent seeking the light». Do you now see how syndicalism is restorative? It wants to restore the empire of instinct, it wants to return to the guild life of the middle times.
—Now I see why you distinguished between restoration and reaction. Syndicalism cannot, loyally and from any point of view, be branded as reactionary.
—You already see how in politics, in the most current politics, the new spirit appears and how it manages to inform tendencies that seemed incompatible with it. Bad hour, my friend, bad hour for a man like you! What the progressists call progress is a schema of what must happen tomorrow; but since it has occurred to them today, and in the end what we think today depends on what we learned yesterday, your tomorrow is in the end a more or less complete perpetuation of the past. You are reactionaries because you do not want yourselves to progress, but that progress progress; that is, a small, petty, paralytic, narrow idea that you have thought up at your work table or while digesting. The syndicalists, according to what they say, want true progress, a new tomorrow, so distinct from yesterday and today that it is impossible to foresee or anticipate. However wise man may believe himself to be, the planet is wiser; let us break today’s thing and leave to the genial inventiveness of Nature the invention of the radiant feast of tomorrow.
—But can you think that seriously?
—What does what I think matter to you? A thousand times more important is what the syndicalists think, and there you have them, not one or two, thousands and thousands, an enormous contemporary fact, upon which it is fitting that we open our eyes.
And then Rubín de Cendoya, the Spanish mystic, added: another day we shall continue. Now let us go home. The sun has fallen into the Manzanares, father river, and is transfiguring into a conflagration, with gold, rubies and garnets, this part of the world that we are wont to call Aravaca. As Calderón raises Segismundo in a dream up to royalty, this generous hour gives our humble Aravaca a moment of splendor. Blessed be this sublime fire; blessed be this atmospheric liberality that we taxpayers do not have to pay!
El Imparcial, 20 de octubre de 1912
—Non è il miglior esempio, ma è un dato. Il realismo guadagna terreno in Francia; il signor Charles Maurras scrive e tuona conducendo una schiera, sempre più numerosa, di giovani che ardono in furori monarchici. Cionondimeno i ragionamenti del signor Maurras non offrono fianco alla serena acquiescenza. Sono topiche ornamentali, critiche capricciose e vaghi progetti. Ma non è l’importante questa restaurazione monarchica. La restaurazione verso cui andiamo è più grave e profonda. È la restaurazione dell’irrazionalismo, e siccome tutta l’età moderna è un regime razionalista, potrebbe dirsi che dove andiamo a capofitto è verso una restaurazione del Medioevo.
III
—Se, astraendo da tutte le forme sociali, ideologiche e artistiche che, maturate ieri, sono oggi naturalmente potere costituito, ci fissiamo soltanto in ciò che davanti ai nostri occhi va nascendo, nei genuini frutti di questi anni troveremo che si caratterizza per il disamore della ragione. E questo in tutti gli ordini della cultura.
—Chiaro, se lei considera frutto della nostra epoca il monarchismo francese, troverà appetito restauratore in politica, ma è erroneo dare tanta importanza a un movimento minimo e assurdo che inoltre è esistito durante tutto il secolo scorso.
—Bene, lasciamolo da parte, tanto più che sarebbe un po’ complesso il suo esame. Ma, e il sindacalismo?
—Come? Il sindacalismo è restaurazione?
—Io credo di sì; io vedo in esso un caso tipico di questa nuova sensibilità restauratrice che costituisce l’opinione pubblica europea in questi giorni fugaci. Trovare restaurazione nell’episcopato non avrebbe spirito né gravità, non argomenterebbe che l’opinione pubblica — nel senso che a questa parola abbiamo dato — sia restauratrice. La cosa decisiva è scorgerla, giacente come fermento e seme in fondo ad atti e parole che appaiono contraddirla.
—Io tenevo il sindacalismo per un movimento arcirivoluzionario.
—E anche troppo! Non ci si può più! Ma ciò che mi importa in una rivoluzione è dove si rivolge, e questa si rivolge all’indietro se voi progressisti vi rivolgete in avanti.
—Non vedo chiaro questo.
—Confronti lei il sindacalismo con il socialismo. Questo parte da un progetto di società chiaro, dimostrabile, strettamente razionale. Tanto razionale è lo Stato a cui va il socialismo, che lo ha tratto dalle statistiche economiche, dai numeri, colmo della ragione. Lei sa bene che la parola ragione significa originariamente calcolare, fare i conti. L’aspirazione socialista è l’organizzazione della vita umana secondo la stretta ragione; vogliono sottomettere il reale al razionale. In cambio, i sindacalisti odiano lo Stato, precisamente perché questo è un prodotto razionale, e opinano che con la ragione non andiamo se non alla costruzione di schemi, i quali sono intoppi terribili per la piena e salutare espansione della vita, della vita reale, corrente sottilissima, impossibile da condurre per rigagnoli che il misero intelletto pretende di aprire. È necessario — dice il sindacalismo — che la vita con la sua superiore sapienza — una sapienza trans-razionale o irrazionale — si organizzi da se stessa. Si sopprima lo Stato, si lasci che i raggruppamenti industriali dichiarati indipendenti, sottoposti solo al loro istinto, patteggino e convivano a modo loro, retti non da principi, ma «dalla stessa logica che guida l’albero nella sua ascensione cercando la luce». Vede ora lei come il sindacalismo sia restauratore? Vuole restaurare l’impero dell’istinto, vuole tornare alla vita corporativa dei tempi di mezzo.
—Ora vedo perché lei distingueva tra restaurazione e reazione. Il sindacalismo non può lealmente e sotto nessun punto di vista tacciarsi di reazionario.
—Vede già lei come in politica, nella politica più attuale, appaia il nuovo spirito e come acceda a informare tendenze che sembravano incompatibili con esso. Mala ora, amico mio, mala ora per un uomo come lei! Ciò che i progressisti chiamano progresso è uno schema di ciò che deve passare domani; ma siccome è venuto loro in mente oggi, e in fin dei conti ciò che oggi pensiamo dipende da ciò che ieri apprendemmo, il domani di voi è in definitiva una perpetuazione più o meno completa del passato. Siete dei reazionari perché non volete progredire voi, ma che progredisca il progresso; cioè, una piccola, nimia, paralitica, angusta idea che avete pensato voi sulla vostra scrivania o facendo la digestione. I sindacalisti, secondo quanto dicono loro, vogliono il vero progresso, un domani nuovo, tanto distinto dall’ieri e dall’oggi, che è impossibile da prevedere o anticipare. Per sapiente che creda di essere l’uomo, più sapiente è il pianeta; rompiamo ciò di oggi e lasciamo alla geniale inventiva della Natura inventare la festa raggiante di domani.
—Ma può lei pensare questo sul serio?
—Che le importa a lei ciò che io penso? Mille volte più importante è ciò che pensino i sindacalisti, ed eccoli lì, non uno né due, migliaia e migliaia, un enorme fatto contemporaneo, sul quale conviene che apriamo gli occhi.
E poi aggiunse Rubín de Cendoya, mistico spagnolo: un altro giorno seguiteremo. Ora andiamo a casa. Il sole è caduto nel Manzanarre, fiume paterno, e sta trasfigurando in un incendio, con oro, rubini e granati, questa parte del mondo che sogliono chiamare Aravaca. Come Calderón solleva Sigismondo in un sogno fino alla regalità, quest’ora generosa dà alla nostra umile Aravaca un momento di splendore. Benedetto sia questo fuoco sublime; benedetta sia questa liberalità atmosferica che non dobbiamo pagare noi contribuenti!
El Imparcial, 20 de octubre de 1912