Ortega y Gasset

Abstract

Journalistic commentary on Sánchez de Toca’s discourse on the war and Spanish neutrality, quoting and glossing three passages (the numbness of national conscience, the spectator attitude, the government-imposed silence). A topical article from the ‘Política de la neutralidad’ series.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El discurso leído por el señor Sánchez de Toca nos habla de la guerra circundante y de la actitud de España ante ella. Señalemos la perfecta coincidencia entre los juicios del político escritor y los que en estas columnas se han sostenido. Sólo hallamos una superficial diferencia en el estilo. Las columnas donde el señor Sánchez de Toca escribe se convierten ineludiblemente en columnas salomónicas. Mas esta propensión al barroquismo no es para nosotros un inconveniente. Al contrario, vemos en el estilo barroco una tendencia muy castizamente española y no vacilamos en considerar admirables las páginas que a la significación general de la guerra dedica este discurso. Por desdicha, los trozos que vamos a copiar no pertenecen a estas páginas.

He aquí los puntos en que el señor Sánchez de Toca insiste al describir nuestra situación. Son exactamente los mismos que hemos tocado en esta serie de artículos titulados, por eutrapelia, «Política de la neutralidad».

I. Aterradora insensibilidad.— «Uno de los más tristes signos de atrofia en la conciencia nacional es el no experimentar a esta hora la sensación de estar en momento histórico decisivo para sus destinos patrios».

II. Repugnante actitud espectacular.— «Pero resultan aún más fatídicos los neutralismos que a todo esto, y no obstante la pasividad de su espíritu colectivo en punto a sentir la conveniencia del interés nacional, acumulan además la psicología del sentimentalismo enfermizo de público, que con las emociones de un espectáculo llega en sus animosidades al paroxismo de los disentimientos delirantes entre espectadores sobresaltados en fieras disputas por fobias o filias». Éstos, que en otra página llama con humor gongorino, el señor Sánchez de Toca «sentimentalismos en fobia o en latinidades», no son, a la verdad, de origen distinto que las discordias entre los aficionados a toros. Y conste que lo que hay de lamentable en estas discordias no es su apasionamiento, sino todo lo contrario, su superficialidad pasional. Por muy pesimistas que seamos en nuestra estimación de la humanidad, no podemos llegar hasta el punto de creer que la diferencia de criterio sobre la gracia de un torero sea bastante para separar profundamente a dos hombres. Su querella sobre ese tema podrá llevar al grito violento y aun a la navaja; no obstante, la disensión no puede ser profunda. Si los disputadores llegan a matarse, será que más bien que hombres son superficies o carátulas de hombres. Si son profundos, no los penetrará ese motivo de contienda. Y sólo son fértiles los profundos apasionamientos de las almas profundas. Entre nosotros la cuestión europea no ha salido aún, tal vez no salga nunca, de un vil apasionamiento de mesa de café. Y es lo más doloroso que gentes dispuestas a creerse delicadamente cultivadas no se han querido diferenciar de la más frívola ralea en su modo de opinar sobre la guerra. ¡Ojalá que el apasionamiento fuera hondo, que fuera, en rigor, una discordia o repulsión de corazones! Esa pasión sería una vida —y una vida es siempre una política. ¡Pero es más bien una dislabia o palabrera disensión! En realidad, todas esas disputaciones acaloradas no son sino letal indiferencia.

«Nada incapacita tanto a una nación para consideraciones y respetos dentro de la comunidad europea como el manifestarse en neutralismo de indiferencia para política internacional».

III. El Gobierno fomenta la muerte del alma nacional.— «Para potencia neutral, la más fatídica posición es la de neutralismo reducido gubernamentalmente a subordinar capitales asuntos de interés patrio en la dinámica del equilibrio europeo, con tal de que en la dinámica de su política doméstica los factores disociados no se salgan del punto muerto que los mantiene en quietud…

»Para crear cohesión espiritual de conciencia colectiva con potencias propulsoras, el peor procedimiento es constreñir al silencio a los llamados a discutir y aquilatar las conveniencias nacionales y los medios de realizar sus aspiraciones. En la neutralidad colectiva como en la individual no se genera opinión eficaz a determinar conducta, sino por trámite de contraposición, de ideas, impresiones, sugerimientos, impulsos, deseos y estados afectivos contrapuestos…

»La peor política sería la de subordinarlo todo a poner al espíritu público en la quietud del punto muerto. El silencio de la conciencia colectiva puede alguna vez significar en este orden una de las más expresivas aquiescencias; pero en el silencio del espíritu público, producido mediante artificios de habilidades transaccionales, capitulando sobre lo que la razón de Estado del supremo interés patrio no admite capitular, jamás encuentran los gobernantes fuerza para guiar a su patria en la política internacional. Al destruir las fuerzas morales de un país se destruye la nación misma».

IV. Inercia del Gobierno.— «De este modo los gobernantes, bajo la presión de que cualquier acto suyo, en cuanto afecta a la política internacional, provoca graves disentimientos pasionales que alteran la cohesión espiritual del nacionalismo, inclinan a colocarse a modo de centinelas para que en las secretarías del despacho no entren los fundamentales asuntos.

»Así vienen a considerar haber solventado todo problema vital o ganado todo asunto inaplazable que hayan evitado tratar».

V. Frivolidad de la política anglófoba.— Triste es que de la guerra inmensa se haya hecho sólo un tema para acalorarse en torno a una mesa de café. Pero es mucho peor llevar ese pueril apasionamiento de la mesa del café a las columnas de los periódicos, a las interviews, etcétera. Esta puerilidad —y no es fácil hallar calificación menos dura— se advierte sobre todo en los que súbitamente se han revelado enemigos de Inglaterra. Cualquiera diría que es éste el primer instante en que se plantea la cuestión de nuestra política internacional y que ahora debemos iniciar nuestras meditaciones sobre el rumbo más oportuno en busca de alianzas. Muy certeramente recuerda el señor Sánchez de Toca el hecho que debía servir de área dentro de la cual se moviera íntegramente la discusión.

«España, antes que estallara la guerra, tenía ya rumbo fijado y tomadas posiciones dentro de esta situación de la política internacional del equilibrio europeo. Esta orientación y nuestras tomas de posiciones en ella se habían ido desenvolviendo y concretando, no sé si decir que progresivamente, desde que nos fue ofrecido el reino de Fez.

»A esa política internacional cooperaron no sólo los partidos que dentro de las clasificaciones del régimen apellidamos gubernamentales, sino también todas las fuerzas gobernantes. Si bien al rendir su cooperación cada cual fue expresando sus asentimientos con peculiares advertencias o salvedades, todos se sumaron en conformidad, al menos respecto a reconocer esa orientación como naturalmente derivada por el conjunto de las realidades históricas y geográficas y demás razones de Estado que en la actualidad se imponen a nuestra directiva en las relaciones internacionales».

Más valiera que no se llevara el asunto a metafísicos terrenos, para moverse en los cuales no tenemos los españoles tradición suficiente, y todo quedara escuetamente reducido a la confrontación de dos concretas trayectorias en la política internacional: la que desde 1902 llevamos con general asentimiento y otra en sentido alemán que acaso llegue a ocurrírsenos. Pero no se hace así: se habla de dos culturas que combaten, cuando acaso no haya habido guerra de donde más ausente se halle toda motivación espiritual; se dice que Inglaterra y Francia son la «civilización y el progreso» o que Alemania es «el orden y la técnica». Hasta se saca en procesión el cuerpo muerto del latinismo frente al germanismo…

Hay, sin embargo, una diferencia en favor de los anglófilos, y es el hecho de doce años consecutivos durante los cuales ha venido desarrollando España una política de aproximación al Triple Acuerdo. Frente a ella no han podido todavía decir los subitáneos anglófobos en qué consiste una política española dirigida hacia Alemania.

Pues no puede llamarse una política lo que desde hace años nos presenta en sus discursos panorámicos el señor Vázquez de Mella, de quien la musa es una Walkyria oradora que sobre el lomo de briosa retórica da su perpetua cabalgada por la historia universal.

Para el señor Sánchez de Toca no hay, según vemos, rectificación alguna que hacer en nuestra trayectoria internacional. Acaso en esto exista un olvido. La guerra ha creado un tercer poder, con quien es preciso y cabe entrar en conexión: los neutrales, Italia y Estados Unidos principalmente.

El señor Sánchez de Toca cree, con sumo acierto, que en el conflicto presente ganaremos tanto mayor poder hacia fuera cuanto más grande sea el avance en nuestra historia íntima.

VI. Iberismo.— «Resultaría esta Península con extraordinarios prestigios de autoridad propia para las obras más perdurables que deben concertarse en las negociaciones futuras, si antes de llegar el momento histórico de sellarse paces duraderas entre las grandes potencias actualmente en beligerancia, los nacionalismos hermanados en este cuadro geográfico aparecieran como nacionalidades espontáneamente unidas en amplio concierto, asegurándose mutuamente sus comunes intereses en condición de ejercitar sus formas propias de gobierno en vida independiente para desarrollar más intensamente la prosperidad de sus intereses patrios».

The speech read by Señor Sánchez de Toca speaks to us of the surrounding war and of Spain’s attitude before it. Let us point out the perfect coincidence between the judgments of the politician-writer and those that have been upheld in these columns. We find only a superficial difference in style. The columns where Señor Sánchez de Toca writes become ineluctably Solomonic columns. But this propensity to baroquism is not for us an inconvenience. On the contrary, we see in the baroque style a tendency very genuinely Spanish, and we do not hesitate to consider admirable the pages that this speech devotes to the general significance of the war. Unfortunately, the passages we are going to copy do not belong to these pages.

Here are the points on which Señor Sánchez de Toca insists in describing our situation. They are exactly the same ones we have touched upon in this series of articles entitled, by eutrapelia, «Policy of Neutrality».

I. Terrifying insensibility.— «One of the saddest signs of atrophy in the national consciousness is not experiencing at this hour the sensation of being at a historical moment decisive for its patriotic destinies».

II. Repugnant spectacular attitude.— «But even more fateful turn out the neutralisms which, to all this, and notwithstanding the passivity of their collective spirit in the matter of feeling the convenience of the national interest, accumulate besides the psychology of the sickly sentimentalism of a public, which with the emotions of a spectacle reaches in its animosities the paroxysm of delirious dissentions among startled spectators in fierce disputes over phobias or philias». These, which on another page Señor Sánchez de Toca calls with Gongoresque humor «sentimentalisms in phobia or in latinities», are not, in truth, of different origin from the discords among bullfight fans. And let it be noted that what is lamentable in these discords is not their passionateness, but quite the contrary, their passional superficiality. However pessimistic we may be in our estimation of humanity, we cannot reach the point of believing that the difference of criterion over the grace of a bullfighter is enough to separate two men profoundly. Their quarrel over that theme may lead to violent shouting and even to the knife; nevertheless, the dissension cannot be deep. If the disputants come to kill each other, it will be that rather than men they are surfaces or masks of men. If they are deep, that motive of contention will not penetrate them. And only the deep passionatenesses of deep souls are fertile. Among us the European question has not yet come out, perhaps never will come out, of a base café-table passionateness. And it is the most painful thing that people disposed to believe themselves delicately cultivated have not wanted to differentiate themselves from the most frivolous rabble in their mode of opining about the war. If only the passionateness were deep, if it were, strictly, a discord or repulsion of hearts! That passion would be a life — and a life is always a politics. But it is rather a dislabia or wordy dissension! In reality, all those heated disputations are nothing but lethal indifference.

«Nothing incapacitates a nation so much for considerations and respects within the European community as manifesting itself in a neutralism of indifference toward international policy».

III. The Government fosters the death of the national soul.— «For a neutral power, the most fateful position is that of a neutralism governmentally reduced to subordinating capital matters of patriotic interest in the dynamics of the European equilibrium, provided that in the dynamics of its domestic policy the dissociated factors do not come out of the dead point that keeps them in stillness…

»To create spiritual cohesion of collective consciousness with propulsive powers, the worst procedure is to constrain to silence those called to discuss and weigh the national conveniences and the means of realizing their aspirations. In collective as in individual neutrality no effective opinion to determine conduct is generated, except by the process of contraposition, of ideas, impressions, suggestions, impulses, desires and contraposed affective states…

»The worst policy would be that of subordinating everything to putting the public spirit in the stillness of the dead point. The silence of the collective consciousness can sometimes signify in this order one of the most expressive acquiescences; but in the silence of the public spirit, produced by artifices of transactional skills, capitulating on what the reason of State of the supreme patriotic interest does not admit capitulating, the rulers never find strength to guide their fatherland in international policy. In destroying the moral forces of a country the nation itself is destroyed».

IV. Inertia of the Government.— «In this way the rulers, under the pressure that any act of theirs, insofar as it affects international policy, provokes grave passional dissentions that alter the spiritual cohesion of nationalism, incline to place themselves like sentinels so that the fundamental affairs do not enter the secretariats of the dispatch.

»Thus they come to consider that they have settled every vital problem or won every unpostponable matter that they have avoided treating».

V. Frivolity of the anglophobe policy.— It is sad that of the immense war only a theme has been made for getting heated around a café table. But it is much worse to carry that puerile passionateness from the café table to the columns of the newspapers, to the interviews, etcetera. This puerility — and it is not easy to find a less harsh qualification — is perceived above all in those who have suddenly revealed themselves enemies of England. Anyone would say that this is the first instant in which the question of our international policy is posed, and that now we must begin our meditations on the most opportune course in search of alliances. Very accurately Señor Sánchez de Toca recalls the fact that had to serve as the area within which the discussion would move entirely.

«Spain, before the war burst out, already had a fixed course and positions taken within this situation of the international policy of the European equilibrium. This orientation and our taking of positions in it had been unfolding and concretizing, I do not know whether to say progressively, since the kingdom of Fez was offered to us.

»To that international policy cooperated not only the parties that within the classifications of the regime we call governmental, but also all the governing forces. Although in rendering their cooperation each one went expressing his assents with peculiar warnings or reservations, all joined in conformity, at least with regard to recognizing that orientation as naturally derived from the set of historical and geographical realities and the other reasons of State that at present impose themselves upon our directive in international relations».

It would be better if the matter were not carried to metaphysical grounds, to move in which we Spaniards have not sufficient tradition, and everything remained bare reduced to the confrontation of two concrete trajectories in international policy: the one we have followed since 1902 with general assent and another in the German direction that perhaps may come to occur to us. But it is not done so: they speak of two cultures that fight, when perhaps there has been no war from which all spiritual motivation is more absent; it is said that England and France are «civilization and progress» or that Germany is «order and technique». They even take out in procession the dead body of Latinism against Germanism…

There is, however, a difference in favor of the anglophiles, and it is the fact of twelve consecutive years during which Spain has been developing a policy of approximation to the Triple Entente. Against it the sudden anglophobes have not yet been able to say in what a Spanish policy directed toward Germany consists.

For one cannot call a policy what for years Señor Vázquez de Mella presents to us in his panoramic speeches, whose muse is an orator Walkyrie who, on the back of spirited rhetoric, gives her perpetual ride through universal history.

For Señor Sánchez de Toca there is, as we see, no rectification to be made in our international trajectory. Perhaps in this there exists an oversight. The war has created a third power, with which it is necessary and possible to enter into connection: the neutrals, Italy and the United States principally.

Señor Sánchez de Toca believes, with the utmost rightness, that in the present conflict we shall gain the greater power toward the outside the greater the advance in our intimate history.

VI. Iberism.— «This Peninsula would result with extraordinary prestiges of its own authority for the most enduring works that must be concerted in future negotiations, if before the historical moment of sealing durable peaces among the great powers currently at war arrives, the nationalisms brotherly united in this geographical frame appeared as nationalities spontaneously united in ample concert, mutually assuring themselves their common interests on condition of exercising their own forms of government in independent life to develop more intensely the prosperity of their patriotic interests».

Il discorso letto dal signor Sánchez de Toca ci parla della guerra circostante e dell’atteggiamento della Spagna davanti ad essa. Segnaliamo la perfetta coincidenza tra i giudizi del politico scrittore e quelli che in queste colonne sono stati sostenuti. Troviamo soltanto una differenza superficiale nello stile. Le colonne dove il signor Sánchez de Toca scrive si convertono ineludibilmente in colonne salomoniche. Ma questa propensione al barocchismo non è per noi un inconveniente. Al contrario, vediamo nello stile barocco una tendenza molto castiglianamente spagnola e non esitiamo a considerare ammirevoli le pagine che alla significazione generale della guerra dedica questo discorso. Per disgrazia, i brani che copieremo non appartengono a queste pagine.

Ecco i punti su cui il signor Sánchez de Toca insiste nel descrivere la nostra situazione. Sono esattamente gli stessi che abbiamo toccato in questa serie di articoli intitolati, per eutrapelia, «Politica della neutralità».

I. Aterradora insensibilità.— «Uno dei più tristi segni di atrofia nella coscienza nazionale è il non provare a quest’ora la sensazione di essere in un momento storico decisivo per i suoi destini patrii».

II. Ripugnante atteggiamento spettacolare.— «Ma risultano ancora più fatali i neutralismi che, a tutto questo, e nonostante la passività del loro spirito collettivo in punto a sentire la convenienza dell’interesse nazionale, accumulano inoltre la psicologia del sentimentalismo malaticcio di pubblico, che con le emozioni di uno spettacolo arriva nelle sue animosità al parossismo dei dissensi deliranti tra spettatori sbigottiti in fiere dispute per fobie o filie». Questi, che in un’altra pagina chiama con umore gongorino il signor Sánchez de Toca «sentimentalismi in fobia o in latinismi», non sono, a dire il vero, di origine diversa dalle discordie tra gli appassionati di tori. E consti che ciò che c’è di lamentevole in queste discordie non è il loro appassionamento, ma tutto il contrario, la loro superficialità passionale. Per quanto pessimisti siamo nella nostra stima dell’umanità, non possiamo arrivare fino al punto di credere che la differenza di criterio sulla grazia di un torero sia bastante per separare profondamente due uomini. La loro querelle su quel tema potrà portare al grido violento e anche al rasoio; nondimeno, la dissensione non può essere profonda. Se i disputanti arrivano a uccidersi, sarà che piuttosto che uomini sono superfici o maschere di uomini. Se sono profondi, quel motivo di contesa non li penetrerà. E fertili sono soltanto i profondi appassionamenti delle anime profonde. Tra noi la questione europea non è ancora uscita, forse non uscirà mai, da un vile appassionamento da tavolo di caffè. Ed è la cosa più dolorosa che genti disposte a credersi delicatamente coltivate non si siano volute differenziare dalla più frivola genìa nel loro modo di opinare sulla guerra. Magari l’appassionamento fosse profondo, fosse, in rigore, una discordia o repulsione di cuori! Quella passione sarebbe una vita — e una vita è sempre una politica. Ma è piuttosto una dislabia o verbosa dissensione! In realtà, tutte quelle disputazioni accalorate non sono che letale indifferenza.

«Nulla incapacita tanto una nazione per considerazioni e rispetto dentro la comunità europea quanto il manifestarsi in neutralismo d’indifferenza per la politica internazionale».

III. Il Governo fomenta la morte dell’anima nazionale.— «Per potenza neutrale, la più fatidica posizione è quella di neutralismo ridotto governamentalmente a subordinare capitali questioni d’interesse patrio nella dinamica dell’equilibrio europeo, purché nella dinamica della sua politica domestica i fattori dissociati non escano dal punto morto che li mantiene in quiete…

»Per creare coesione spirituale di coscienza collettiva con potenze propulsrici, il peggior procedimento è costringere al silenzio i chiamati a discutere e ad aquilatare le convenienze nazionali e i mezzi di realizzare le loro aspirazioni. Nella neutralità collettiva come nella individuale non si genera opinione efficace a determinare condotta, se non per via di contrapposizione, di idee, impressioni, suggerimenti, impulsi, desideri e stati affettivi contrapposti…

»La peggior politica sarebbe quella di subordinare tutto a porre lo spirito pubblico nella quiete del punto morto. Il silenzio della coscienza collettiva può qualche volta significare in questo ordine una delle più espressive acquiescenze; ma nel silenzio dello spirito pubblico, prodotto mediante artifici di abilità transazionali, capitolando su ciò che la ragion di Stato del supremo interesse patrio non ammette capitolare, mai trovano i governanti forza per guidare la loro patria nella politica internazionale. Distruggendo le forze morali di un paese si distrugge la nazione stessa».

IV. Inerzia del Governo.— «In questo modo i governanti, sotto la pressione del fatto che qualsiasi loro atto, in quanto affetta la politica internazionale, provoca gravi dissensi passionali che alterano la coesione spirituale del nazionalismo, inclinano a collocarsi a modo di sentinelle affinché nelle segreterie del dispaccio non entrino i fondamentali affari.

»Così vengono a considerare di aver risolto ogni problema vitale o vinto ogni affare improrogabile che abbiano evitato di trattare».

V. Frivolità della politica anglofoba.— Triste è che della guerra immensa si sia fatto soltanto un tema per accalorarsi intorno a una tavola di caffè. Ma è molto peggio portare quel puerile appassionamento dalla tavola del caffè alle colonne dei giornali, alle interviews, eccetera. Questa puerilità — e non è facile trovare qualifica meno dura — si avverte soprattutto in coloro che improvvisamente si sono rivelati nemici dell’Inghilterra. Chiunque direbbe che questo è il primo istante in cui si pone la questione della nostra politica internazionale e che ora dobbiamo iniziare le nostre meditazioni sulla rotta più opportuna in cerca di alleanze. Molto accertamente ricorda il signor Sánchez de Toca il fatto che doveva servire da area dentro la quale si muovesse integralmente la discussione.

«Spagna, prima che scoppiasse la guerra, aveva già rotta fissata e prese posizioni dentro questa situazione della politica internazionale dell’equilibrio europeo. Questa orientazione e le nostre prese di posizione in essa si erano andate svolgendo e concretando, non so se dire progressivamente, da quando ci fu offerto il regno di Fez.

»A quella politica internazionale cooperarono non solo i partiti che dentro le classificazioni del regime appelliamo governativi, ma anche tutte le forze governanti. Sebbene rendendo la loro cooperazione ciascuno andasse esprimendo i suoi assensi con peculiari avvertenze o salvezze, tutti si sommarono in conformità, almeno riguardo a riconoscere quella orientazione come naturalmente derivata dall’insieme delle realtà storiche e geografiche e delle altre ragioni di Stato che attualmente si impongono alla nostra direttiva nelle relazioni internazionali».

Meglio sarebbe che non si portasse la faccenda su terreni metafisici, per muoversi nei quali noi spagnoli non abbiamo tradizione sufficiente, e che tutto restasse scarnamente ridotto al confronto di due concrete traiettorie nella politica internazionale: quella che dal 1902 portiamo con generale assenso e un’altra in senso tedesco che forse arrivi a venirci in mente. Ma non si fa così: si parla di due culture che combattono, quando forse non c’è stata guerra da cui più assente si trovi ogni motivazione spirituale; si dice che l’Inghilterra e la Francia sono la «civilizzazione e il progresso» o che la Germania è «l’ordine e la tecnica». Finanche si tira in processione il corpo morto del latinismo di fronte al germanismo…

C’è, tuttavia, una differenza in favore degli anglofili, ed è il fatto di dodici anni consecutivi durante i quali la Spagna è venuta sviluppando una politica di approssimazione al Triplice Accordo. Di fronte ad essa non hanno potuto ancora dire i subitanei anglofobi in che cosa consista una politica spagnola diretta verso la Germania.

Poiché non può chiamarsi una politica ciò che da anni ci presenta nei suoi discorsi panoramici il signor Vázquez de Mella, del quale la musa è una Walkiria oratrice che sul dorso di briosa retorica dà la sua perpetua cavalcata per la storia universale.

Per il signor Sánchez de Toca non c’è, secondo quanto vediamo, rettifica alcuna da fare nella nostra traiettoria internazionale. Forse in questo esista una dimenticanza. La guerra ha creato un terzo potere, col quale è necessario e possibile entrare in connessione: i neutrali, l’Italia e gli Stati Uniti principalmente.

Il signor Sánchez de Toca crede, con sommo acerto, che nel conflitto presente guadagneremo tanto maggior potere verso l’esterno quanto più grande sia l’avanzamento nella nostra storia intima.

VI. Iberismo.— «Risulterebbe questa Penisola con straordinari prestigi di autorità propria per le opere più perdurabili che devono concertarsi nelle negoziazioni future, se prima di arrivare il momento storico di sigillarsi paci durevoli tra le grandi potenze attualmente in belligeranza, i nazionalismi fratellati in questo quadro geografico apparissero come nazionalità spontaneamente unite in ampio concerto, assicurandosi mutuamente i loro comuni interessi in condizione di esercitare le loro forme proprie di governo in vita indipendente per sviluppare più intensamente la prosperità dei loro interessi patrii».

VII. Actividad reconstructora.— «En estos momentos tan decisivos para los destinos de las naciones, la reconstitución de España en ciudadanía libre y nacionalismo soberano es interés supremo que relegue en nuestra vida política a lugar secundario todas las demás consideraciones».

VIII. El estorbo parlamentario.— «La apariencia de régimen parlamentario es la más peligrosa para afrontar el problema de que el Estado nacional moderno desarrolle las potencias de poder público imponiendo a todos la primacía del servicio del interés general que les es indispensable a los nacionalismos contemporáneos.

»Nuestra ficción constitucional parlamentaria, que tanto sobresale, según sus rotulaciones, en la categoría de los gobiernos de opinión pública, resulta, por podredumbre de sus comicios, en impotencia máxima para obra semejante puesto que la tranquilidad de su régimen y el posible funcionamiento de su artificio en continuidad de gobierno depende de operar sobre las concupiscencias humanas para extraer de cuerpo electoral, sin civismos, recuentos que figuren mayoría de ciudadanos gubernamentales».

IX. Revisión de valores.— «Esta crisis de la sociedad europea, que pone a los nacionalismos en presencia de una vida esencialmente nueva, con revisión general de valores, por ser tantos los que resultan ya gastados, implica para nosotros, en cuanto a las posibilidades de transformación, mayor impulso en concentrar las fuerzas necesarias para incorporarnos al flujo inmenso del mundo exterior, que cae sobre nosotros más impetuosamente que nunca. Nuestra revisión de valores es de mayor cuantía».

España, 16 de abril de 1915

VII. Reconstructive activity.— «In these moments so decisive for the destinies of nations, the reconstitution of Spain into a free citizenship and sovereign nationalism is a supreme interest that must relegate in our political life to a secondary place all the other considerations».

VIII. The parliamentary hindrance.— «The appearance of a parliamentary regime is the most dangerous for confronting the problem that the modern national State develop the potencies of public power by imposing upon all the primacy of the service of the general interest which is indispensable to contemporary nationalisms.

»Our parliamentary constitutional fiction, which so excels, according to its labels, in the category of the governments of public opinion, results, through the rottenness of its comitia, in maximal impotence for such a work, since the tranquility of its regime and the possible functioning of its artifice in continuity of government depends on operating upon human concupiscences to extract from the electoral body, without civic spirit, counts that would figure a majority of governmental citizens».

IX. Revision of values.— «This crisis of European society, which places the nationalisms in the presence of an essentially new life, with a general revision of values, since so many are those that already turn out spent, implies for us, as to the possibilities of transformation, greater impulse in concentrating the forces necessary to incorporate ourselves into the immense flux of the exterior world, which falls upon us more impetuously than ever. Our revision of values is of greater magnitude».

España, 16 de abril de 1915

VII. Attività ricostruttrice.— «In questi momenti tanto decisivi per i destini delle nazioni, la ricostituzione della Spagna in cittadinanza libera e nazionalismo sovrano è interesse supremo che releghi nella nostra vita politica a luogo secondario tutte le altre considerazioni».

VIII. L’impaccio parlamentare.— «L’apparenza di regime parlamentare è la più pericolosa per affrontare il problema che lo Stato nazionale moderno sviluppi le potenze di potere pubblico imponendo a tutti la primazia del servizio dell’interesse generale che è loro indispensabile ai nazionalismi contemporanei.

»La nostra finzione costituzionale parlamentare, che tanto eccelle, secondo le sue etichettature, nella categoria dei governi di opinione pubblica, risulta, per putrefazione dei suoi comizi, in impotenza massima per opera siffatta, giacché la tranquillità del suo regime e il possibile funzionamento del suo artificio in continuità di governo dipende dall’operare sulle concupiscenze umane per estrarre dal corpo elettorale, senza civismi, conteggi che figurino maggioranza di cittadini governativi».

IX. Revisione dei valori.— «Questa crisi della società europea, che mette i nazionalismi in presenza di una vita essenzialmente nuova, con revisione generale dei valori, per essere tanti quelli che risultano già spesi, implica per noi, quanto alle possibilità di trasformazione, maggior impulso nel concentrare le forze necessarie per incorporarci al flusso immenso del mondo esteriore, che cade su di noi più impetuosamente che mai. La nostra revisione dei valori è di maggior quantia».

España, 16 de abril de 1915