Abstract

Journalistic commentary on Sánchez de Toca’s discourse on the war and Spanish neutrality, quoting and glossing three passages (the numbness of national conscience, the spectator attitude, the government-imposed silence). A topical article from the ‘Política de la neutralidad’ series.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El discurso leído por el señor Sánchez de Toca nos habla de la guerra circundante y de la actitud de España ante ella. Señalemos la perfecta coincidencia entre los juicios del político escritor y los que en estas columnas se han sostenido. Sólo hallamos una superficial diferencia en el estilo. Las columnas donde el señor Sánchez de Toca escribe se convierten ineludiblemente en columnas salomónicas. Mas esta propensión al barroquismo no es para nosotros un inconveniente. Al contrario, vemos en el estilo barroco una tendencia muy castizamente española y no vacilamos en considerar admirables las páginas que a la significación general de la guerra dedica este discurso. Por desdicha, los trozos que vamos a copiar no pertenecen a estas páginas.

He aquí los puntos en que el señor Sánchez de Toca insiste al describir nuestra situación. Son exactamente los mismos que hemos tocado en esta serie de artículos titulados, por eutrapelia, «Política de la neutralidad».

I. Aterradora insensibilidad.— «Uno de los más tristes signos de atrofia en la conciencia nacional es el no experimentar a esta hora la sensación de estar en momento histórico decisivo para sus destinos patrios».

II. Repugnante actitud espectacular.— «Pero resultan aún más fatídicos los neutralismos que a todo esto, y no obstante la pasividad de su espíritu colectivo en punto a sentir la conveniencia del interés nacional, acumulan además la psicología del sentimentalismo enfermizo de público, que con las emociones de un espectáculo llega en sus animosidades al paroxismo de los disentimientos delirantes entre espectadores sobresaltados en fieras disputas por fobias o filias». Éstos, que en otra página llama con humor gongorino, el señor Sánchez de Toca «sentimentalismos en fobia o en latinidades», no son, a la verdad, de origen distinto que las discordias entre los aficionados a toros. Y conste que lo que hay de lamentable en estas discordias no es su apasionamiento, sino todo lo contrario, su superficialidad pasional. Por muy pesimistas que seamos en nuestra estimación de la humanidad, no podemos llegar hasta el punto de creer que la diferencia de criterio sobre la gracia de un torero sea bastante para separar profundamente a dos hombres. Su querella sobre ese tema podrá llevar al grito violento y aun a la navaja; no obstante, la disensión no puede ser profunda. Si los disputadores llegan a matarse, será que más bien que hombres son superficies o carátulas de hombres. Si son profundos, no los penetrará ese motivo de contienda. Y sólo son fértiles los profundos apasionamientos de las almas profundas. Entre nosotros la cuestión europea no ha salido aún, tal vez no salga nunca, de un vil apasionamiento de mesa de café. Y es lo más doloroso que gentes dispuestas a creerse delicadamente cultivadas no se han querido diferenciar de la más frívola ralea en su modo de opinar sobre la guerra. ¡Ojalá que el apasionamiento fuera hondo, que fuera, en rigor, una discordia o repulsión de corazones! Esa pasión sería una vida —y una vida es siempre una política. ¡Pero es más bien una dislabia o palabrera disensión! En realidad, todas esas disputaciones acaloradas no son sino letal indiferencia.

«Nada incapacita tanto a una nación para consideraciones y respetos dentro de la comunidad europea como el manifestarse en neutralismo de indiferencia para política internacional».

III. El Gobierno fomenta la muerte del alma nacional.— «Para potencia neutral, la más fatídica posición es la de neutralismo reducido gubernamentalmente a subordinar capitales asuntos de interés patrio en la dinámica del equilibrio europeo, con tal de que en la dinámica de su política doméstica los factores disociados no se salgan del punto muerto que los mantiene en quietud…

»Para crear cohesión espiritual de conciencia colectiva con potencias propulsoras, el peor procedimiento es constreñir al silencio a los llamados a discutir y aquilatar las conveniencias nacionales y los medios de realizar sus aspiraciones. En la neutralidad colectiva como en la individual no se genera opinión eficaz a determinar conducta, sino por trámite de contraposición, de ideas, impresiones, sugerimientos, impulsos, deseos y estados afectivos contrapuestos…

»La peor política sería la de subordinarlo todo a poner al espíritu público en la quietud del punto muerto. El silencio de la conciencia colectiva puede alguna vez significar en este orden una de las más expresivas aquiescencias; pero en el silencio del espíritu público, producido mediante artificios de habilidades transaccionales, capitulando sobre lo que la razón de Estado del supremo interés patrio no admite capitular, jamás encuentran los gobernantes fuerza para guiar a su patria en la política internacional. Al destruir las fuerzas morales de un país se destruye la nación misma».

IV. Inercia del Gobierno.— «De este modo los gobernantes, bajo la presión de que cualquier acto suyo, en cuanto afecta a la política internacional, provoca graves disentimientos pasionales que alteran la cohesión espiritual del nacionalismo, inclinan a colocarse a modo de centinelas para que en las secretarías del despacho no entren los fundamentales asuntos.

»Así vienen a considerar haber solventado todo problema vital o ganado todo asunto inaplazable que hayan evitado tratar».

V. Frivolidad de la política anglófoba.— Triste es que de la guerra inmensa se haya hecho sólo un tema para acalorarse en torno a una mesa de café. Pero es mucho peor llevar ese pueril apasionamiento de la mesa del café a las columnas de los periódicos, a las interviews, etcétera. Esta puerilidad —y no es fácil hallar calificación menos dura— se advierte sobre todo en los que súbitamente se han revelado enemigos de Inglaterra. Cualquiera diría que es éste el primer instante en que se plantea la cuestión de nuestra política internacional y que ahora debemos iniciar nuestras meditaciones sobre el rumbo más oportuno en busca de alianzas. Muy certeramente recuerda el señor Sánchez de Toca el hecho que debía servir de área dentro de la cual se moviera íntegramente la discusión.

«España, antes que estallara la guerra, tenía ya rumbo fijado y tomadas posiciones dentro de esta situación de la política internacional del equilibrio europeo. Esta orientación y nuestras tomas de posiciones en ella se habían ido desenvolviendo y concretando, no sé si decir que progresivamente, desde que nos fue ofrecido el reino de Fez.

»A esa política internacional cooperaron no sólo los partidos que dentro de las clasificaciones del régimen apellidamos gubernamentales, sino también todas las fuerzas gobernantes. Si bien al rendir su cooperación cada cual fue expresando sus asentimientos con peculiares advertencias o salvedades, todos se sumaron en conformidad, al menos respecto a reconocer esa orientación como naturalmente derivada por el conjunto de las realidades históricas y geográficas y demás razones de Estado que en la actualidad se imponen a nuestra directiva en las relaciones internacionales».

Más valiera que no se llevara el asunto a metafísicos terrenos, para moverse en los cuales no tenemos los españoles tradición suficiente, y todo quedara escuetamente reducido a la confrontación de dos concretas trayectorias en la política internacional: la que desde 1902 llevamos con general asentimiento y otra en sentido alemán que acaso llegue a ocurrírsenos. Pero no se hace así: se habla de dos culturas que combaten, cuando acaso no haya habido guerra de donde más ausente se halle toda motivación espiritual; se dice que Inglaterra y Francia son la «civilización y el progreso» o que Alemania es «el orden y la técnica». Hasta se saca en procesión el cuerpo muerto del latinismo frente al germanismo…

Hay, sin embargo, una diferencia en favor de los anglófilos, y es el hecho de doce años consecutivos durante los cuales ha venido desarrollando España una política de aproximación al Triple Acuerdo. Frente a ella no han podido todavía decir los subitáneos anglófobos en qué consiste una política española dirigida hacia Alemania.

Pues no puede llamarse una política lo que desde hace años nos presenta en sus discursos panorámicos el señor Vázquez de Mella, de quien la musa es una Walkyria oradora que sobre el lomo de briosa retórica da su perpetua cabalgada por la historia universal.

Para el señor Sánchez de Toca no hay, según vemos, rectificación alguna que hacer en nuestra trayectoria internacional. Acaso en esto exista un olvido. La guerra ha creado un tercer poder, con quien es preciso y cabe entrar en conexión: los neutrales, Italia y Estados Unidos principalmente.

El señor Sánchez de Toca cree, con sumo acierto, que en el conflicto presente ganaremos tanto mayor poder hacia fuera cuanto más grande sea el avance en nuestra historia íntima.

VI. Iberismo.— «Resultaría esta Península con extraordinarios prestigios de autoridad propia para las obras más perdurables que deben concertarse en las negociaciones futuras, si antes de llegar el momento histórico de sellarse paces duraderas entre las grandes potencias actualmente en beligerancia, los nacionalismos hermanados en este cuadro geográfico aparecieran como nacionalidades espontáneamente unidas en amplio concierto, asegurándose mutuamente sus comunes intereses en condición de ejercitar sus formas propias de gobierno en vida independiente para desarrollar más intensamente la prosperidad de sus intereses patrios».

VII. Actividad reconstructora.— «En estos momentos tan decisivos para los destinos de las naciones, la reconstitución de España en ciudadanía libre y nacionalismo soberano es interés supremo que relegue en nuestra vida política a lugar secundario todas las demás consideraciones».

VIII. El estorbo parlamentario.— «La apariencia de régimen parlamentario es la más peligrosa para afrontar el problema de que el Estado nacional moderno desarrolle las potencias de poder público imponiendo a todos la primacía del servicio del interés general que les es indispensable a los nacionalismos contemporáneos.

»Nuestra ficción constitucional parlamentaria, que tanto sobresale, según sus rotulaciones, en la categoría de los gobiernos de opinión pública, resulta, por podredumbre de sus comicios, en impotencia máxima para obra semejante puesto que la tranquilidad de su régimen y el posible funcionamiento de su artificio en continuidad de gobierno depende de operar sobre las concupiscencias humanas para extraer de cuerpo electoral, sin civismos, recuentos que figuren mayoría de ciudadanos gubernamentales».

IX. Revisión de valores.— «Esta crisis de la sociedad europea, que pone a los nacionalismos en presencia de una vida esencialmente nueva, con revisión general de valores, por ser tantos los que resultan ya gastados, implica para nosotros, en cuanto a las posibilidades de transformación, mayor impulso en concentrar las fuerzas necesarias para incorporarnos al flujo inmenso del mundo exterior, que cae sobre nosotros más impetuosamente que nunca. Nuestra revisión de valores es de mayor cuantía».

España, 16 de abril de 1915