Ortega y Gasset

Abstract

A political reckoning of the August 1917 strike and the military Juntas: both failed for the same reason, having tried to transform Spain without counting on other Spaniards. Whoever would reform must make a project broad enough for all to feel included and respected; coexistence, even revolutionary, is collaboration.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Con la promulgación de la amnistía y la llegada a Madrid del Comité de huelga, es de esperar que quede cerrado el circuito abierto en agosto último. Al menos, para un observador de hechos sociales se ofrece ya concluso y terminado, y sugiere fértiles meditaciones.

La experiencia muestra que el espíritu público no suele aprender mucho del pasado y acostumbra a reincidir mañana en los errores de ayer. Si no fuera así, toda la historia que va de las jornadas de agosto hasta el día de hoy debería ejercer un magistral influjo sobre el próximo futuro de la política española.

Pocas veces, en efecto, se presentan con tanta claridad los rasgos de una serie de equivocaciones.

No discutamos si los promovedores de la huelga estival quisieron o no que ésta fuese algo más que una huelga. Fuese cualquiera su voluntad, el movimiento antes de iniciarse había cobrado ya, por obra de las circunstancias, el carácter de un intento de transformación política. Con esta fisonomía nació y bajo esa fisonomía fue recibido por los demás españoles.

Eran días aquéllos en que toda la nación, de arriba abajo, anhelaba con urgencia una radical transformación de la vida pública. ¿Cómo se explica que, por caso inusitado, se revolviera la mayoría del cuerpo nacional contra aquella huelga que pretendía precisamente realizar esa transformación? Dejemos a un lado los turbios manejos del Gobierno, con su coro de «policías honorarios» y elementos afines. Pero no se puede negar que una gran parte de los ciudadanos reaccionó enérgicamente contra los huelguistas. Por vez primera, los obreros carecieron entonces de popularidad. Ocultar hoy este hecho es renunciar a enterarse de las realidades. ¿Cómo explicarlo, pues?

La atención a otro fenómeno paralelo facilita la solución del enigma. También los militares, como los obreros, han intentado, de junio a marzo, una transformación radical de la vida pública española. Su actitud atrajo, en un principio, el sufragio, casi total, de los corazones. Pocos meses después la situación había cambiado, y la intervención política del Ejército, bajo las especies del señor La Cierva, alcanzó los más altos grados de la impopularidad. ¿Por qué?

A nuestro juicio, la causa de estos dos fracasos es la misma, y además es de una extremada sencillez. Las Juntas de defensa fueron populares mientras pareció que querían transformar la nación contando con la nación, es decir, con los demás españoles que no son militares. La huelga de agosto fue impopular porque pretendió asimismo reformarnos a los demás españoles no obreros, ni republicanos, ni reformistas, sin contar de alguna manera con nosotros.

Por lo visto, este detalle de contar con el prójimo cuando se le quiere mudar de postura, va siendo en la Edad contemporánea una condición ineludible para el buen éxito.

Resulta, pues, que quien pretenda reformar la existencia española, tendrá que contar con el prójimo, con todos los prójimos. Y esto no consiste en prometerles destinos ni siquiera en obtener su previo convencimiento y adhesión. Consiste en que el proyecto de reforma nacional sea efectivamente nacional, que tenga la amplitud y la complejidad bastante para que todos, o cuando menos una sobrada mayoría, se sientan en él solicitados, aludidos y, sobre todo, respetados.

La convivencia social en todas sus formas, incluso la transformadora y la revolucionaria, son colaboración. Sin la colaboración de todos no se gobierna, no se transforma, no se revoluciona. Los golpes de mano que intenta una minoría —una clase social, un cuerpo, un partido— pertenecen a tiempos pretéritos y son tan arcaicos como los lances de capa y espada.

Mejor que nadie debieran saber esto los socialistas, pues socialismo, por encima de sus viejos y torpes dogmas, significa conciencia de la sociedad como cooperación. Lo demás, es caduco republicanismo de capa y espada y párrafos largos.

Pero también debían saberlo los que usufructúan el llamado «patriotismo». Como para nosotros patriotismo quiere, ante todo, decir voluntad de integración, de convivencia con todos los hermanos, y muy especialmente con los hermanos enemigos, nos parece la más desdeñable de las farsas un patriotismo que empieza por desear el fusilamiento, la deportación o la encarcelación de la mitad de los españoles.

¿Aprenderemos, al cabo, a contar los unos con los otros en este rincón planetario de nuestra España? Al considerar la manera de comportarse, decenio tras decenio, las izquierdas y las derechas españolas, sin que logre jamás ventaja uno de los bandos, ocurre pensar que carecen ambos núcleos de verdaderas ambiciones históricas. No tienen el soberano afán de triunfar, de dominar; si lo sintiesen, se verían obligados a pensar en grande y usar de una táctica elevada, que empieza por contar con el enemigo. En vez de esa levantada ambición de triunfo, parecen sentir sólo un ruin afán de hostilizarse, de molestarse, de preferir que no se haga nada a que lo haga el de enfrente. ¡Mísero prurito en que suelen caer los organismos débiles, enfermizos y mal dotados para la espléndida batalla de la vida!

La paz interior que atravesamos no puede ni, seriamente mirado, debe ser perpetua. Los hombres viven luchando, y cuanto más viven, más luchan. No hay razón para enmendar la plana a la Naturaleza y ponerse en tal materia a intentar usos nuevos. Pero esta paz que atravesamos debe durar lo necesario para que la lucha de mañana sea más vigorosa, más inteligente y más fecunda que la tradicional.

Publicado sin firma, El Sol, 11 de mayo de 1918

With the promulgation of the amnesty and the arrival in Madrid of the Strike Committee, it is to be hoped that the circuit opened last August is now closed. At least, for an observer of social facts it already offers itself as concluded and finished, and suggests fertile meditations.

Experience shows that the public spirit does not usually learn much from the past and is wont to relapse tomorrow into yesterday’s errors. Were it not so, all the history that runs from the August days to the present should exercise a masterly influence over the near future of Spanish politics.

Rarely, indeed, do the features of a series of mistakes present themselves with such clarity.

Let us not discuss whether the promoters of the summer strike wished it to be something more than a strike. Whatever their will, the movement before beginning had already acquired, through the force of circumstances, the character of an attempt at political transformation. With this physiognomy it was born and under this physiognomy it was received by the other Spaniards.

Those were days in which the whole nation, from top to bottom, yearned urgently for a radical transformation of public life. How is it to be explained that, by an unusual chance, the majority of the national body turned against that strike which precisely claimed to carry out that transformation? Let us leave aside the murky machinations of the Government, with its chorus of “honorary policemen” and kindred elements. But it cannot be denied that a great part of the citizens reacted energetically against the strikers. For the first time, the workers then lacked popularity. To conceal this fact today is to renounce learning of realities. How, then, to explain it?

Attention to another parallel phenomenon facilitates the solution of the enigma. The military too, like the workers, have attempted, from June to March, a radical transformation of Spanish public life. Their attitude attracted, at first, the almost total suffrage of hearts. A few months later the situation had changed, and the political intervention of the Army, in the person of Señor La Cierva, reached the highest degrees of unpopularity. Why?

In our judgment, the cause of these two failures is the same, and it is moreover of an extreme simplicity. The Defense Juntas were popular as long as it seemed that they wanted to transform the nation counting on the nation, that is, on the other Spaniards who are not military. The August strike was unpopular because it likewise claimed to reform us other Spaniards —not workers, not republicans, not reformists— without counting in some way with us.

Apparently, this detail of counting on one’s neighbor when one wishes to change his stance is becoming in the contemporary Age an ineluctable condition for success.

It follows, then, that whoever claims to reform Spanish existence will have to count on his neighbor, on all his neighbors. And this does not consist in promising them posts nor even in obtaining their prior conviction and adherence. It consists in the national reform project being effectively national, having sufficient amplitude and complexity so that all, or at least a generous majority, feel themselves in it solicited, alluded to, and above all respected.

Social coexistence in all its forms, including the transformative and the revolutionary, is collaboration. Without the collaboration of all one does not govern, does not transform, does not make revolution. The coups de main attempted by a minority —a social class, a corps, a party— belong to bygone times and are as archaic as cloak-and-dagger exploits.

Better than anyone the socialists should know this, since socialism, above its old and clumsy dogmas, means consciousness of society as cooperation. The rest is obsolete cloak-and-dagger republicanism and long paragraphs.

But those too should know it who enjoy the usufruct of the so-called “patriotism.” Since for us patriotism means, above all, will to integration, to coexistence with all brothers, and very especially with the enemy brothers, there seems to us the most contemptible of farces a patriotism that begins by desiring the shooting, the deportation, or the imprisonment of half the Spaniards.

Shall we learn, at last, to count on one another in this planetary corner of our Spain? In considering the way in which, decade after decade, the Spanish lefts and rights behave, without either side ever gaining an advantage, one is moved to think that both nuclei lack true historical ambitions. They have not the sovereign urge to triumph, to dominate; if they felt it, they would be obliged to think big and to use an elevated tactic, which begins by counting on the enemy. Instead of that lofty ambition of triumph, they seem to feel only a base urge to harass one another, to annoy one another, to prefer that nothing be done rather than that the man opposite do it. Wretched itch into which weak, sickly organisms, ill equipped for the splendid battle of life, are wont to fall!

The inner peace we are passing through cannot, nor —seriously considered— ought it to be perpetual. Men live fighting, and the more they live, the more they fight. There is no reason to correct Nature and set about, in such matter, attempting new usages. But this peace we are passing through must last as long as necessary so that tomorrow’s struggle be more vigorous, more intelligent, and more fruitful than the traditional one.

Published unsigned, El Sol, 11 May 1918

Con la promulgazione dell’amnistia e l’arrivo a Madrid del Comitato di sciopero, è da sperare che resti chiuso il circuito aperto in agosto scorso. Almeno, per un osservatore di fatti sociali si presenta già concluso e terminato, e suggerisce fertili meditazioni.

L’esperienza mostra che lo spirito pubblico non suole imparare molto dal passato e suole ricadere domani negli errori di ieri. Se non fosse così, tutta la storia che va dalle giornate d’agosto fino ad oggi dovrebbe esercitare un magistrale influsso sul prossimo futuro della politica spagnola.

Poche volte, in effetti, i tratti di una serie di errori si presentano con tanta chiarezza.

Non discutiamo se i promotori dello sciopero estivo vollero o no che questo fosse qualcosa di più di uno sciopero. Qualunque fosse la loro volontà, il movimento, prima ancora di iniziare, aveva già assunto, per opera delle circostanze, il carattere di un tentativo di trasformazione politica. Con questa fisionomia nacque e sotto questa fisionomia fu ricevuto dagli altri spagnoli.

Erano giorni quelli in cui tutta la nazione, dall’alto in basso, anelava con urgenza a una radicale trasformazione della vita pubblica. Come si spiega che, per un caso inusitato, la maggioranza del corpo nazionale si rivoltasse contro quello sciopero che pretendeva precisamente di realizzare tale trasformazione? Lasciamo da parte i torbidi maneggi del Governo, con il suo coro di «poliziotti onorari» ed elementi affini. Ma non si può negare che una gran parte dei cittadini reagì energicamente contro gli scioperanti. Per la prima volta, gli operai allora mancarono di popolarità. Oggi nascondere questo fatto è rinunciare a rendersi conto delle realtà. Come spiegarlo, dunque?

L’attenzione a un altro fenomeno parallelo facilita la soluzione dell’enigma. Anche i militari, come gli operai, hanno tentato, da giugno a marzo, una trasformazione radicale della vita pubblica spagnola. Il loro atteggiamento attrasse, in un primo tempo, il suffragio quasi totale dei cuori. Pochi mesi dopo la situazione era cambiata, e l’intervento politico dell’Esercito, sotto le specie del signor La Cierva, raggiunse i più alti gradi dell’impopolarità. Perché?

A nostro giudizio, la causa di questi due fallimenti è la stessa, e inoltre è di un’estrema semplicità. Le Giunte di difesa furono popolari finché parve che volessero trasformare la nazione contando con la nazione, cioè con gli altri spagnoli che non sono militari. Lo sciopero d’agosto fu impopolare perché pretese ugualmente di riformare noi, gli altri spagnoli non operai, né repubblicani, né riformisti, senza contare in qualche modo con noi.

A quanto pare, questo dettaglio di contare con il prossimo quando lo si vuol far cambiare posizione va diventando nell’Età contemporanea una condizione ineludibile per il buon esito.

Risulta, dunque, che chi pretenda di riformare l’esistenza spagnola dovrà contare con il prossimo, con tutti i prossimi. E questo non consiste nel prometter loro destini né soltanto nell’ottenere il loro preventivo convincimento e la loro adesione. Consiste in questo: che il progetto di riforma nazionale sia effettivamente nazionale, che abbia l’ampiezza e la complessità sufficienti perché tutti, o quanto meno una larga maggioranza, si sentano in esso interpellati, chiamati in causa e, soprattutto, rispettati.

La convivenza sociale in tutte le sue forme, anche quella trasformatrice e quella rivoluzionaria, è collaborazione. Senza la collaborazione di tutti non si governa, non si trasforma, non si fa la rivoluzione. I colpi di mano che tenta una minoranza —una classe sociale, un corpo, un partito— appartengono a tempi passati e sono arcaici quanto i duelli di cappa e spada.

Meglio di chiunque altro dovrebbero saperlo i socialisti, poiché socialismo, al di sopra dei suoi vecchi e grossolani dogmi, significa coscienza della società come cooperazione. Il resto è caduco repubblicanesimo di cappa e spada e lunghi paragrafi.

Ma dovrebbero saperlo anche coloro che usufruiscono del cosiddetto «patriottismo». Poiché per noi patriottismo vuol dire, innanzitutto, volontà di integrazione, di convivenza con tutti i fratelli, e molto specialmente con i fratelli nemici, ci sembra la più spregevole delle farse un patriottismo che comincia col desiderare la fucilazione, la deportazione o l’incarcerazione della metà degli spagnoli.

Impareremo, alla fine, a contare gli uni con gli altri in questo angolo planetario della nostra Spagna? Nel considerare il modo di comportarsi, decennio dopo decennio, delle sinistre e delle destre spagnole, senza che uno dei due schieramenti riesca mai a ottenere vantaggio, viene da pensare che entrambi i nuclei manchino di vere ambizioni storiche. Non hanno il sovrano anelito di trionfare, di dominare; se lo sentissero, si vedrebbero obbligati a pensare in grande e a usare una tattica elevata, che comincia col contare con il nemico. Invece di quella elevata ambizione di trionfo, sembrano sentire solo un meschino anelito a osteggiarsi, a infastidirsi, a preferire che non si faccia nulla piuttosto che lo faccia quello di fronte. Miserabile prurito in cui sogliono cadere gli organismi deboli, malaticci e mal dotati per la splendida battaglia della vita!

La pace interiore che attraversiamo non può né, seriamente considerato, deve essere perpetua. Gli uomini vivono lottando, e quanto più vivono, più lottano. Non c’è ragione per correggere la Natura e mettersi in tale materia a tentare usi nuovi. Ma questa pace che attraversiamo deve durare quanto è necessario perché la lotta di domani sia più vigorosa, più intelligente e più feconda di quella tradizionale.

Pubblicato senza firma, El Sol, 11 maggio 1918