Abstract

An essay on Asturias and ‘Asturian ruralism’: beneath urban manners peasant hearts still beat. Ortega argues Spain’s road to prosperity runs through the countryside, since Spain never managed to build capitalism’s modern city and handed government to a few urban islands, leaving four-fifths of the country outside the national synthesis.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Esta capacidad que la tierra asturiana posee de mantener al hombre en la campiña ha influido hondamente en el alma del pueblo que la habita. El florecimiento económico va erigiendo urbes deliciosas sobre todo el haz del principado; hay en él ciudades viejas y próceres —como Oviedo y Gijón— que prolongan una brillante tradición de cultura refinada. Y, sin embargo, yo encuentro, más o menos oculto, en todos los asturianos, un fondo rural que perdura. Bajo los modales de la ciudad continúan latiendo corazones labriegos.

Me interesaría no poco averiguar, si al leer esto algún lector asturiano frunce el ceño. Porque esto demostraría la enorme diversidad de maneras de pensar que Dios ha puesto sobre la Tierra. Acaso existan asturianos que quisieran ver a Asturias convertida de punta a punta en un París cantábrico, mientras que yo, sobre todo un manojo de mis esperanzas españolas, tengo prendida esta etiqueta: ruralismo asturiano.

No es fácil de explicar en pocas palabras lo que con ello quiero decir. Porque hacen falta muchas no he hallado nunca buena ocasión de exponer este pensamiento por medio de la pluma, y he preferido desarrollarlo en errabundas conversaciones. Ignoro cuándo podré hacerlo; pero se trata, en resumen, de que no creo posible otro camino para llegar a la prosperidad de España que el que pasa por el campo. La ciudad moderna es una forma económica e ideológica creada por el capitalismo de los últimos siglos. Las razas que acertaron a producir, cuando era su tiempo, ese tipo de ciudad, adquirieron la supremacía[89]. Nadie puede dudar que si nosotros hubiéramos tenido la virtud de hacerlo, habría sido lo mejor. Pero lo mejor es enemigo de lo bueno. No hemos sabido, no hemos podido organizar el cuerpo de España según el sistema de la ciudad moderna. Violentando los modos íntimos de nuestro pensamiento y nuestra economía, hemos creado unas cuantas ficciones de urbes octocentistas, como islas de modernidad rodeadas de desierto por todas partes. Al espíritu de esas ciudades, que eran la excepción, hemos entregado el gobierno moral y material de España. De un lado, unas cuantas calles con tranvías eléctricos y unos cuantos miles de ciudadanos que en ellos van y vienen. De otro, las leguas de campiña y los millones de españoles que aran su vega, escardan su huerta y empujan su ganado en la dehesa. Y para aquel poco están preparados todos los instrumentos de socialización: códigos, Parlamento, Prensa, escuela… Y para esta inmensidad española, para el campo, para los hombres del campo, para los pensamientos y los nervios del campo, nada. Semejante desequilibrio es fatal.

Y no es que vaya yo ahora a cantar una vez más la melopea del pobre labriego desamparado. No se trata de compadecer al labriego, sino todo lo contrario. Se trata de explotarlo socialmente, nacionalmente, humanamente. Un pueblo es una suma de deseos, de intereses, de pasiones y de inteligencias. Cuanto mayor sea la muchedumbre de conciencias vivas que actúen por intercambio, en forma de solidaridad o en forma de lucha, dentro de una unidad social, más fuertes serán las potencias de ésta. Pues bien; cuatro quintas partes de los españoles no contribuyen a la síntesis nacional. Poco me importa que sus votos no lleguen al Parlamento, pero me importa sobremanera que su sentir y su pensar se evaporen vanamente, sin llegar a articularse en sentir y pensar nacionales. Yo, que soy profesor de la Universidad, necesito de la colaboración de los pensamientos aldeanos mucho más que ellos de los míos; merced a la ausencia espiritual de esos cuatro quintos de España, es nuestra vida una inepta ficción, y por grandes que fueran mis esfuerzos, sé muy bien que las cuatro quintas partes de mis ideas están condenadas a ser puro artificio[90].

Nuestro primer problema en orden de urgencia debiera titularse así: «Realización de la vida española». A un siglo XX ficticio prefiramos un siglo XVII real. Para ello yo no veo otro remedio que una transitoria inversión de las influencias actuales: corregir a Madrid con las capitales de provincia y las capitales de provincia con las aldeas.

El tema es, creo yo, inagotable. En su exposición adecuada convendría poner también de manifiesto los peligros que trae consigo el ruralismo. Pero ahora sólo me tocaba señalar desde lejos esta opinión, tiempo hace en mí formada, para justificar el sincero entusiasmo que me infundió hallar en Asturias una raza de hombres capaces de intervenir en la vida contemporánea sin perder la solidaridad de espíritu con el campo nativo. «Éste vuelve tan vaquero como se fue», oía yo decir en un colmado de Pravia a cierto comensal mientras designaba a un mozancón cuadrado y recio, de jocundo semblante pueril y, según las trazas, recién desembarcado de América[91].

Esos hombres que vuelven tan vaqueros, en el fondo, como el día que partieron, son los que están haciendo de Asturias —sin retórica, sin tópicos sonoros, sin gesticulaciones, sin vanidades— un pueblo apto para realizar con vigor y plenitud en el ambiente aldeano de España aquel mínimum de modernidad que es imprescindible para flotar sobre la corriente de los tiempos.

¡El valle, el valle húmedo, liento, con sus castaños densos en las laderas y sus vacas rubias que mugen en el prado, con su hórreo peraltado sobre cuatro espigones y la casina pintada de añil y sangre de toro!… Y junto a ella —no en la ciudad, junto al Gobierno civil—, la «villa» espléndida del emigrante que un día se fue y otro volvió, lo mismo que en los cuentos.

Revista España, 1915