Abstract

A polemical political article: Ortega denies that his recent paragraphs are a ‘retraction’ or a fit of ill humour, and announces a series of notes amounting to political memoirs of the Republic’s first fifteen months. He insists on raising the intellectual level of public life after the Dictatorship.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Se dice que uno de mis recientes artículos ha ocasionado algún quebranto al régimen. Eso se dice, pero ustedes —¡claro está!— no lo creerán. No creerán ni siquiera que lo creen los que lo dicen, sobre todo los hostiles al régimen. Si lo creyeran éstos no lo dirían. Dejarían que el quebranto se produjese y no se apresurarían a anunciarlo, corriendo el riesgo de que el anuncio del quebranto impidiese el quebranto.

Todo ese decir pertenece al nivel de tontería en que —luego indicaré desde cuándo— ha caído la vida pública española y contra el cual muchos estamos decididos a reobrar. Pues es demasiado tonto considerar como quebranto para el régimen que, en una hora de evidente desánimo y tibieza por los errores de la política seguida, un pequeño señor dé con el hombro un empujón en el horizonte republicano a fin de intentar ensancharlo y que quepan en él otras cosas, otras gentes y otros modos de pensar y sentir. Los enemigos del régimen son los que están precisamente interesados en que se confunda la República con los republicanos de una cierta hora, como si aquélla no tuviera delante de sí muchas otras horas y muchas otras formas mejores de republicanía.

Pero si los enemigos del régimen han creído fácil procurar esa confusión es porque muchos republicanos efectivos han dado lugar a ella, imponiendo una interpretación canónica y poco menos que exclusiva de la política republicana. Como era de sobra previsible que este mal se produciría, yo he cuidado, desde los comienzos del nuevo régimen, de marcar mi discrepancia, es decir, demostrar andando que la República es muy ancha y que en ella cabe toda clase de españoles.

Es, pues, gana de echar las cosas a barato caracterizar aquellos párrafos míos como una «rectificación» o como un brote de mal humor. A una y otra apreciación respondo con un solo y fulminante argumento: que en los párrafos incriminados no hay una sola idea ni, tal vez, una sola frase que no se encuentre en la serie de artículos y discursos que he tenido ocasión de dar al público desde el triunfo republicano y que para los efectos de situaciones como la presente he reunido en dos tomos, facilitando así rápida consulta y textual confirmación.

Sobran, por tanto, los aspavientos. Hay simplemente el hecho —a mi juicio beneficioso— de que junto a los republicanos hoy gobernantes existen otros que han tenido desde siempre una imagen diferente de lo que debe y puede ser la política republicana española. Que decir cosa tan llana y natural produzca algún revuelo comprueba hasta qué punto había llegado a ser un mal la excesiva homogeneidad aparente del republicanismo.

Bien está que se me insulte de una y otra banda. Es lo que me ha acontecido siempre. Sólo pido, por honor de mi país y en gracia de una mejor España, que los insultos se entreveren con algunos razonamientos serios, precisos, de calidad. Todos, absolutamente todos —incluyo, pues, a los enemigos del régimen— estamos obligados a corregir el descenso del nivel intelectual padecido por nuestra vida pública durante los años de la Dictadura. Todavía se hallaba ella triunfante y, en la forma de insinuación que la censura imponía, hice notar ese descenso. (Véase el prólogo a La redención de las provincias). España había naufragado en un océano de chabacanería y de estupidez: es preciso que entre todos la hostiguemos hacia las ideas claras. Creo que España tiene hoy en el mundo una misión de gran estilo. Pero es inútil intentar que la cumpla si no se pone en punto su claridad mental.

Yo voy, por el pronto, a recoger en una serie de artículos las notas que para ponerme en claro conmigo mismo he ido tomando desde que advino la República. En ellas expresaba mi íntima respuesta a los sucesos públicos y al modo de comportarse los gobernantes. Desarrolladas ahora, pueden valer como unas memorias políticas de estos quince meses. Ellas delinearán con el suficiente detalle la discrepancia entre mi pensamiento republicano y el que ha regido durante esos quince meses, discrepancia que, claro está, es mucho mayor hasta diciembre último. No llevará a mal el lector la pesadumbre que a estas Memorias de quince meses impone la necesidad de citar palabras mías públicas pronunciadas durante esa etapa y que documentan el carácter añejo de mi disconformidad.

Luz, 22 de junio de 1932