Ortega y Gasset
Abstract
A political article: Spain can rise again historically, but favourable circumstances are not enough — a few dozen ‘clear heads’ are needed. Governing is not driving a finished car down a finished road: it is making and remaking both people and route; history always depends on which type of man is preferred.
Connections
Concetti: minoranza selecta
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Ya que no me sea posible continuar la serie de artículos titulados «Dislocación y Restauración de España», quisiera salvar algunas de sus incitaciones. Porque esto eran, solamente: estímulos hacia una vida pública de más fuerte pulso, más emprendedora y alegre. Creo firmemente en la posibilidad —nótese bien, en la posibilidad— de que España inicie ahora una nueva ascensión histórica. Creo firmemente que se podría en pocos años hacer de España, no el pueblo más rico ni el más sabio, pero sí el más sano —política y socialmente— de toda Europa.
Al decir que esto es posible no digo que sea fácil. Las circunstancias, sin las cuales ni un hombre ni un pueblo pueden hacer nada excelente, van cobrando el cariz más favorable. Pero esto no basta. No hay generación espontánea ni en biología ni en historia. Los padres son necesarios. Una nación para ascender sobre el horizonte histórico tiene que contar, al menos, con unas docenas de cabezas claras, capaces de acertar con una animosa disciplina ascensional que extraiga de cada ciudadano triple rendimiento del habitual. No hacen falta «genios», ni siquiera «intelectuales», pero ¡por Júpiter, cabezas claras sí! El gobernante que lleva bajo su mano el volante de conducir tiene en cada momento la impresión de que guiar un país es la cosa más sencilla del mundo. Lo mismo pasa a quien conduce un automóvil. Pero si esto acontece en cada momento aislado no ocurre lo mismo tomándolos en continuación y a la larga. Gobernar no es guiar un automóvil hecho por una carretera hecha. Ni un pueblo está hecho nunca ni mucho menos la vía histórica. Gobernar es hacer y rehacer, minuto tras minuto, el pueblo y la ruta. El mayor error de la antigua política fue precisamente olvidar esto. Creyeron que España era un aparato construido de una vez para siempre, el cual podían entretenerse en manejar. Por eso se desentendieron en absoluto de toda meditación sobre la realidad profunda —que es la social y no la política— de España. No es extraño que de toda esa generación de políticos no quede una sola idea aguda, sutil, precisa sobre lo que España era, había sido y podía ser. Sólo en los discursos de Maura se entrevé algún vago diagnóstico y, por lo menos, la convicción de que era menester traspasar la línea de lo puramente político y preocuparse de la estructura social de nuestro pueblo, del tipo de hombre dominante, etcétera. La última generación de políticos es un claro ejemplo del fracaso a que lleva en política la falta de ideas hondas sobre el país que se quiere gobernar. Ellos nos habituaron a creer que se puede gobernar sin más repertorio de pensamiento que los tópicos rojos o blancos cuotidianamente expectorados sobre las mesas de café.
Eso es ilusorio. Si se quiere de verdad una España mejor es preciso antes apretar muy bien los músculos frontales que sirven de simbólica tenaza corporal al intelecto. De otro modo, la hora favorable pasará sin provecho, irremediablemente, y nuestra raza, en vez de ascender, caerá en más grave inferioridad. Contra lo que se dice, España es más difícil de gobernar —en el sentido sustancioso de la palabra— que otros países, porque si bien es muy blanda al mando, su destino histórico y su organización íntima son más confusos, menos homogéneos que los de Francia, Inglaterra y Alemania. Véase si no en la enorme proyección de diez siglos la acentuada semejanza de las historias francesa, inglesa y alemana frente al destino heteróclito, discontinuo y catastrófico de España.
Implica, pues, una gigantesca responsabilidad para los hombres que hoy tienen la nación en su mano decidirse por una de las dos clases de hombres que hay en España: los habitados por tópicos ineptos y los que aspiran a nociones elevadas y claras sobre el sino de España. La historia depende siempre del tipo de hombre que se prefiera. Las instituciones son buenas o son malas, según lo sea el tipo de hombres que, por su forma misma, ellas fomenten y destaquen.
Un pueblo viejo e inerte como el nuestro necesita ensayar la compensación procurando orientarse hacia una figura de españoles dueños de mente alerta y grácil, exentos de todo arcaísmo, exquisitamente modernos, capaces de inventar instituciones, empresas, maneras, fórmulas. Hay que decidirse a soltar la vieja roña española y ponerla al día, en plena modernidad, eficiente y reluciente como un instrumento de dentista, o, si se quiere imagen más solemne, como un formidable motor de turbina.
Pasarán los años, y un día la conciencia pública, con el fiero automatismo que es su modo normal de funcionar, encontrará en sí misma formulados juicio y sentencia sobre los hombres que hoy gobiernan. Ese juicio y esa sentencia versarán, con unos u otros vocablos, sobre el punto esencial de que todo lo demás es pura consecuencia y corolario: «Mientras España estuvo en vuestras manos, ¿ejecutasteis con acierto y generosidad la gran selección de los mejores?» Porque la añeja, inveterada desdicha de España procede de que siempre, invariablemente, por lo rojo o por lo blanco, ha predominado la selección de los peores. Ahora bien, un pueblo, como una grey, es lo que haya sido su acción selectiva.
El Sol, 20 de agosto de 1926
Since it may not be possible for me to continue the series of articles entitled ‘Dislocation and Restoration of Spain’, I would like to save some of its incitements. For this they were, only: stimuli toward a public life of stronger pulse, more enterprising and cheerful. I firmly believe in the possibility — note well, in the possibility — that Spain now begins a new historical ascent. I firmly believe that in a few years one could make of Spain, not the richest nor the wisest people, but indeed the healthiest — politically and socially — of all Europe.
In saying that this is possible I do not say that it is easy. The circumstances, without which neither a man nor a people can do anything excellent, are taking on the most favorable aspect. But this is not enough. There is no spontaneous generation either in biology or in history. Fathers are necessary. A nation, in order to rise above the historical horizon, has to count, at least, on a few dozen clear heads, capable of hitting upon an animating ascensional discipline that extracts from each citizen triple the usual yield. ‘Geniuses’ are not needed, nor even ‘intellectuals’, but, by Jove, clear heads yes! The ruler who holds in his hand the steering wheel has at every moment the impression that guiding a country is the simplest thing in the world. The same happens to whoever drives an automobile. But if this happens in each isolated moment, the same does not occur taking them in continuation and in the long run. Governing is not driving an automobile made along a road made. Neither is a people ever made nor much less the historical road. Governing is making and remaking, minute after minute, the people and the route. The greatest error of the old politics was precisely forgetting this. They believed that Spain was an apparatus built once and for all, which they could amuse themselves by handling. That is why they entirely washed their hands of all meditation on the profound reality — which is the social and not the political — of Spain. It is no wonder that of all that generation of politicians there remains not a single sharp, subtle, precise idea about what Spain was, had been and could be. Only in Maura’s speeches is some vague diagnosis glimpsed and, at the very least, the conviction that it was necessary to cross the line of the purely political and concern oneself with the social structure of our people, with the dominant type of man, etcetera. The last generation of politicians is a clear example of the failure to which the lack of deep ideas about the country one wants to govern leads in politics. They accustomed us to believe that one can govern with no more repertoire of thought than the red or white topoi daily expectorated over café tables.
That is illusory. If one truly wants a better Spain it is necessary first to clench very well the frontal muscles that serve as the symbolic bodily pincers of the intellect. Otherwise, in another manner, the favorable hour will pass without profit, irremediably, and our race, instead of ascending, will fall into graver inferiority. Contrary to what is said, Spain is more difficult to govern — in the substantial sense of the word — than other countries, because although it is very soft to command, its historical destiny and its intimate organization are more confused, less homogeneous than those of France, England and Germany. One need only see, in the enormous projection of ten centuries, the marked resemblance of the French, English and German histories over against the heteroclite, discontinuous and catastrophic destiny of Spain.
It implies, then, a gigantic responsibility for the men who today hold the nation in their hand to decide for one of the two classes of men that there are in Spain: those inhabited by inept commonplaces and those who aspire to elevated and clear notions about the fate of Spain. History always depends on the type of man that is preferred. Institutions are good or are bad, according to whether the type of men that, by their very form, they foster and bring to prominence be so.
An old and inert people like ours needs to try the compensation by endeavoring to orient itself toward a figure of Spaniards masters of an alert and graceful mind, free of all archaism, exquisitely modern, capable of inventing institutions, enterprises, manners, formulas. One must decide to let go the old Spanish rust and bring it up to date, in full modernity, efficient and gleaming like a dentist’s instrument, or, if one wants a more solemn image, like a formidable turbine engine.
Years will pass, and one day public consciousness, with the fierce automatism that is its normal way of functioning, will find in itself formulated judgment and sentence on the men who today govern. That judgment and that sentence will bear, in one words or another, on the essential point of which all the rest is pure consequence and corollary: ‘While Spain was in your hands, did you execute with skill and generosity the great selection of the best?’ Because the old, inveterate misfortune of Spain proceeds from the fact that always, invariably, whether by the red or by the white, the selection of the worst has prevailed. Now, a people, like a flock, is whatever its selective action may have been.
El Sol, 20 August 1926
Poiché non mi sia possibile continuare la serie di articoli intitolati «Dislocazione e Restaurazione della Spagna», vorrei salvare alcune delle sue incitazioni. Perché questo erano, soltanto: stimoli verso una vita pubblica di più forte polso, più intraprendente e allegra. Credo fermamente nella possibilità — si noti bene, nella possibilità — che la Spagna inizi ora una nuova ascensione storica. Credo fermamente che si potrebbe in pochi anni fare della Spagna, non il popolo più ricco né il più sapiente, ma sì il più sano — politica e socialmente — di tutta l’Europa.
Quando dico che questo è possibile non dico che sia facile. Le circostanze, senza le quali né un uomo né un popolo possono fare nulla di eccellente, vanno prendendo il carico più favorevole. Ma questo non basta. Non c’è generazione spontanea né in biologia né in storia. I padri sono necessari. Una nazione per ascendere sull’orizzonte storico deve contare, almeno, su qualche dozzina di teste chiare, capaci di azzeccare una animosa disciplina ascensionale che estragga da ogni cittadino triplice rendimento dell’abituale. Non fanno mancanza «geni», nemmeno «intellettuali», ma, per Giove, teste chiare sì! Il governante che tiene sotto la sua mano il volante di guida ha in ogni momento l’impressione che guidare un paese sia la cosa più semplice del mondo. Lo stesso accade a chi guida un’automobile. Ma se questo avviene in ogni momento isolato non accade lo stesso prendendoli in continuazione e alla lunga. Governare non è guidare un’automobile fatta per una strada fatta. Né un popolo è fatto mai né tanto meno la via storica. Governare è fare e rifare, minuto dopo minuto, il popolo e la rotta. Il maggior errore della vecchia politica fu precisamente dimenticare questo. Credettero che la Spagna fosse un apparecchio costruito una volta per sempre, il quale potevano divertirsi a maneggiare. Per questo si disinteressarono del tutto di ogni meditazione sulla realtà profonda — che è la sociale e non la politica — della Spagna. Non è strano che di tutta quella generazione di politici non resti una sola idea acuta, sottile, precisa su ciò che la Spagna era, era stata e poteva essere. Solo nei discorsi di Maura si intravede qualche vago diagnosi e, per lo meno, la convinzione che era necessario traspassare la linea del puramente politico e preoccuparsi della struttura sociale del nostro popolo, del tipo di uomo dominante, eccetera. L’ultima generazione di politici è un chiaro esempio del fallimento a cui conduce in politica la mancanza di idee profonde sul paese che si vuole governare. Essi ci abituarono a credere che si possa governare senza altro repertorio di pensiero che i tòpici rossi o bianchi quotidianamente espettorati sui tavoli del caffè.
Questo è illusorio. Se si vuole davvero una Spagna migliore è necessario prima stringere molto bene i muscoli frontali che servono da simbolica tenaglia corporea all’intelletto. Altrimenti, in altro modo, l’ora favorevole passerà senza profitto, irrimediabilmente, e la nostra razza, invece di ascendere, cadrà in più grave inferiorità. Contro ciò che si dice, la Spagna è più difficile da governare — nel senso sostanzioso della parola — che altri paesi, perché sebbene sia molto tenera al comando, il suo destino storico e la sua organizzazione intima sono più confusi, meno omogenei di quelli di Francia, Inghilterra e Germania. Si veda se no nell’enorme proiezione di dieci secoli l’accentuata somiglianza delle storie francese, inglese e tedesca di fronte al destino eteroclito, discontinuo e catastrofico della Spagna.
Implica, dunque, una gigantesca responsabilità per gli uomini che oggi tengono la nazione nella loro mano decidersi per una delle due classi di uomini che ci sono in Spagna: gli abitati da tòpici inetti e quelli che aspirano a nozioni elevate e chiare sul destino della Spagna. La storia dipende sempre dal tipo di uomo che si preferisca. Le istituzioni sono buone o sono cattive, secondo che lo sia il tipo di uomini che, per la loro stessa forma, esse fomentino e mettano in risalto.
Un popolo vecchio e inerte come il nostro ha bisogno di provare la compensazione procurando di orientarsi verso una figura di spagnoli padroni di mente attenta e leggiadra, esenti da ogni arcaismo, squisitamente moderni, capaci di inventare istituzioni, imprese, maniere, formule. Bisogna decidersi a lasciare la vecchia ruggine spagnola e metterla al giorno, in piena modernità, efficiente e rilucente come uno strumento da dentista, o, se si vuole immagine più solenne, come un formidabile motore a turbina.
Passeranno gli anni, e un giorno la coscienza pubblica, con il fiero automatismo che è il suo modo normale di funzionare, troverà in sé stessa formulati giudizio e sentenza sugli uomini che oggi governano. Quel giudizio e quella sentenza verteranno, con gli uni o gli altri vocaboli, sul punto essenziale che tutto il resto è pura conseguenza e corollario: «Mentre la Spagna fu nelle vostre mani, eseguiste con accortezza e generosità la grande selezione dei migliori?» Perché l’antica, inveterata sventura della Spagna procede dal fatto che sempre, invariabilmente, per il rosso o per il bianco, è predominata la selezione dei peggiori. Ora, un popolo, come un gregge, è ciò che sia stata la sua azione selettiva.
El Sol, 20 agosto 1926