Ortega y Gasset

Abstract

Starting from a letter by an anticlerical friend confessing the sadness of an anticlericalism come too late, Ortega distinguishes political decadence — a localized, treatable illness — from historical decadence, a diffuse malaise signalling a people’s inner death. Against radicals and Jesuits alike: Spain’s enemy cannot be localized in any particular institution.

Connections

Assi: Senso della storia
Posizioni: decadenza
Concetti: religione
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

Un amigo mío, español de pro, de quien hace unos meses nada sabía, me escribe esta razón: «He aquí que a lo tanto tiempo anhelado ha llegado la hora del triunfo: en mi mocedad doliente de castellano viejo ha habido más de anticlericalismo que de amor. Y ahora un gobierno anticlerical se halla al frente de los destinos nacionales, y un hombre bastante ardoroso, cuyos discursos han exaltado mi anticlericalismo de provincial durante quince años, dirige la tremenda piqueta legislativa contra aquella oscura masa monástica, especie de murallón gótico que ahogaba nuestra vida ciudadana. Ponga usted tras esto todas las frases hechas y por hacer que guste: harto le consta la firmeza de mi credo anticlerical. Precisamente porque es así le va a causar extrañeza mi confesión: creo que se nos ha vuelto triste nuestro anticlericalismo a la hora de realizarlo. Yo siento en mí y al través de mi ánimo en España una gran tristeza: una fría convicción puramente racional nos lleva a la obra y entramos en la faena tristemente, sin exaltación y sin fuego. Tengo la impresión de que esto ocurre siempre que se hace tarde lo que debió hacerse a su hora: los votos que dejaron de cumplir los abuelos los llenan los nietos forzosamente sin entusiasmo. ¿Encuentra usted otra explicación?»

Mi amigo hace una advertencia muy exacta: la emoción española en estos momentos es la que suele acompañar al cumplimiento de un deber reconocido como tal, pero cuya utilidad, cuya fecundidad parece irrelevante.

Tampoco le falta vigor a la explicación que da, salvo al suponer que el gobierno es anticlerical. Yo me guardo muy bien de decir que no lo sea: únicamente afirmo que se trata de una hipótesis falta de vigor. ¡Vaya usted a saber!

Éste es el primer motivo que invita a recoger las alas del entusiasmo, motivo sobre el cual caerían vanamente las notas oficiosas tratando de combatirlo: se cree o no se cree en el anticlericalismo ministerial— y conste que tanto nos da a mi amigo y a mí decir ministerio como partido liberal, porque somos gente harto atareada para andar distinguiendo entre éstos y los otros y los de más allá.

Sin embargo, hay un punto de vista más fuerte para explicar la tibieza con que hacemos lo que hagamos en esta cuestión de las Órdenes religiosas.

Cuando en un hombre queda arruinada casi totalmente la fisiología, no puede localizar su malestar. Circunscripto a una porción del cuerpo, el malestar es más bien un dolor, es una enfermedad: el malestar difuso, por el contrario, es síntoma de que las fuerzas que luchando con la muerte constituyen la vida, se han ausentado.

Lo propio acaece con el malestar nacional: no está aquí, no está allí, no tiene la culpa del omnímodo decaimiento este hombre ni este grupo ni esta institución particular. Si así fuera, España se habría, al cabo, concentrado en lucha contra ese mal particular, contra ese principio de muerte. Pero lo característico de nuestra vida nacional es que no encontramos al enemigo clara y fijamente condensado en parte alguna. ¿Y cómo luchar con ese enemigo invisible, innumerable, omnipresente, fugaz, sin nombre ni perfil? Éste es el horrible síntoma de toda decadencia histórica.

Una decadencia política es una enfermedad localizada que puede combatirse: fue un error militar, un error económico, etcétera. Una decadencia histórica, empero, es el semblante en que exterioriza un pueblo su muerte interior, la gangrena fatal de su substancialidad étnica.

Tengamos una sublime lealtad: declaremos que no podemos señalar con exactitud el lugar de nuestro mal, y que, como decía Heine, nos quejamos de dolor de muelas en el corazón. En esta tierra, donde sinceramente somos cada uno enemigo de los demás, nadie encuentra su enemigo particular. Es curioso, que los jesuitas, para tener a quien combatir, y de este modo agenciarse una aparente fisonomía, han tenido que galvanizar la fantasmagoría cadavérica del masonismo. Del mismo modo, los radicales españoles quisieran convencerse a sí mismos de que la causa de todo está en la superabundancia de Órdenes religiosas. ¡Ojalá y fuera así! Pero hay una grave objeción: si así fuera, haría un siglo que hubiéramos vomitado a los tres mares patrios el exceso monacal. ¡Vaya una dificultad!

El enemigo, por desgracia, es infinitamente difuso, consustancial a todo el universo español. Habita todo el aire que respiramos y se perpetúa en los rincones más secretos de la nación. En fin: cuando un español venciera a todos los demás, ese español se vería obligado a seguir buscando el enemigo. Conservador o liberal, cada uno de nosotros tiene que darse la batalla a sí mismo. El enemigo de la posible España es lo español en cada español.


Como se ve, he tomado un punto de vista algo peligroso: es muy fácil que se me entienda al revés. Pero no quedará por mengua de voluntad para explicarme.

Cuanto más claro mejor; yo trato de sugerir que la disminución de las Órdenes religiosas y su inclusión en la ley común, llegando en ello al extremo imaginable, es una cuestión de higiene pública; pero que si eso es anticlericalismo, el anticlericalismo no es una política desde la cual se entrevea un porvenir nacional. Esto suena un poco a logomaquia, pero la consecuencia inmediata es ya más comestible: el partido liberal tiene que hacer eso, pero no es eso; el problema liberal para la España del siglo XX no adquiere un adarme más de peso por agregarse lo que Felipe II hizo en el siglo XVI. No he hallado que se fije convenientemente la atención en esto que parece un argumento de paso o entremés: el señor Canalejas intentando hacer lo que Felipe II hizo.

Va enorme distancia de que parezca oportuno reglamentar ésta o la otra institución ya existente, a que se haga de esa operación legislativa afirmación central en un programa de gobierno. Tanta distancia va, que, a mi juicio, lo más grave que acontece en la política española es que se hace materia de partido —de política en sentido vulgar— lo que debía considerarse propio del automatismo administrativo. Verdad es que no ha faltado estadista que se haya apuntado en su haber de constructor de pueblos el cierre de las tabernas los domingos y de los teatros a media noche.

Se me dirá: pero el caso es que estas cosas como aquéllas han de ser hechas y que esto supone un esfuerzo político. Ciertamente, mas he ahí lo que piensa el pueblo español al disponerse sin exultaciones, sin fuego, sin entusiasmo a la faena negativa, puramente negativa, misérrimamente negativa de podar el follaje excesivo del tronco monacal. Piensa: que ese anticlericalismo no es un programa positivo ni una gobernación reconstituyente y promisora; que esa labor, por más vueltas que se le dé, es ínfima, y que, por tanto, no disculpa la inacción en los órdenes verdaderamente políticos de la vida nacional. Y como en esto anda sin ningún hervor el partido liberal, ¿quién extrañará que nos movamos los demás en aquello sin ánimo fecundo? Tiene derecho pleno el señor Canalejas a exigir que los liberales le sigan; pero también lo tiene mi amigo, el español de pro, a seguirle sin entusiasmo.

España sigue esperando quien la dote de órganos para vivir. ¿Se pide aún a su esperanza una prórroga? Don Joaquín Costa cree que esperará indefinidamente. ¡Es demasiado macabro pedir que espere a quien espera vivir!

El Imparcial, 22 de agosto de 1910

II

Perogrullo reconocería que hay una discrepancia radical entre creer que España está enferma y creer que España está como muerta. Sin embargo, no veo que se saquen todas las consecuencias que inspira esta disyunción. Alabo los apetitos optimistas de quienes piensan lo primero; pero yo me acojo, más bien a la segunda opinión: España, esto es, una nación, no existe sobre la tierra de los españoles. Alguna firmeza viene a dar a mi juicio, tan débil por sí mismo, la advertencia de que el único español que se ha tomado el trabajo de pensar y razonar una política —los demás son buhoneros de arbitrios— don Joaquín Costa, toma su punto de partida en este pesimismo radical.

De aquí que Costa no pueda permitirse la menor fe en la política liberal al uso. Ésta es una política quirúrgica, de ablación, de oposición. Se oye decir a toda hora que es menester cercenar el excesivo desarrollo de las Órdenes monásticas: a decir esto, tal vez a hacerlo, llaman anticlericalismo. He ahí el mal de España interpretado como un absceso periférico, y la curación simplificada con el bisturí.

I

A friend of mine, a thoroughbred Spaniard, of whom a few months ago I knew nothing, writes to me this reason: ‘Behold, at long last the hour of triumph so long yearned for has come: in my sorrowful youth as an old Castilian there has been more of anticlericalism than of love. And now an anticlerical government stands at the head of the national destinies, and a fairly ardent man, whose speeches have exalted my provincial anticlericalism for fifteen years, directs the tremendous legislative pick against that dark monastic mass, a kind of Gothic rampart that was suffocating our city life. Put after this all the set phrases and yet-to-be-made phrases you like: the firmness of my anticlerical creed is well known to you. Precisely because it is so, my confession is going to cause you surprise: I believe that our anticlericalism has turned sad on us at the hour of realizing it. I feel in myself and through my soul in Spain a great sadness: a cold purely rational conviction carries us to the task and we enter the work sadly, without exaltation and without fire. I have the impression that this always happens when what ought to have been done in its time is done late: the vows that the grandfathers failed to fulfil are filled by the grandchildren by force, without enthusiasm. Do you find another explanation?’

My friend makes a very exact observation: the Spanish emotion at these moments is the one that usually accompanies the fulfilment of a duty recognized as such, but whose utility, whose fecundity seems irrelevant.

Nor does the explanation he gives lack vigor, except in supposing that the government is anticlerical. I am very careful not to say that it is not: I only affirm that it is a hypothesis lacking vigor. Who knows!

This is the first motive that invites one to fold the wings of enthusiasm, a motive upon which the officious notes trying to combat it would fall in vain: one believes or does not believe in ministerial anticlericalism — and let it be noted that to my friend and to me it is all the same to say ministry as liberal party, because we are people too busy to go distinguishing between these and the others and those further beyond.

However, there is a stronger point of view to explain the lukewarmness with which we do whatever we do in this question of the religious Orders.

When in a man the physiology is almost totally ruined, he cannot localize his malaise. Circumscribed to a portion of the body, the malaise is rather a pain, it is an illness: diffuse malaise, on the contrary, is a symptom that the forces that, fighting with death, constitute life, have absented themselves.

The same happens with national malaise: it is not here, it is not there, this man nor this group nor this particular institution is to blame for the all-encompassing decline. If it were so, Spain would have, at last, concentrated in struggle against that particular evil, against that principle of death. But the characteristic of our national life is that we do not find the enemy clearly and firmly condensed in any part. And how to fight with that invisible, innumerable, omnipresent, fleeting enemy, without name or profile? This is the horrible symptom of all historical decadence.

A political decadence is a localized illness that can be fought: it was a military error, an economic error, etcetera. A historical decadence, however, is the countenance in which a people externalizes its inner death, the fatal gangrene of its ethnic substantiality.

Let us have a sublime loyalty: let us declare that we cannot point out with exactness the place of our evil, and that, as Heine said, we complain of toothache in the heart. In this land, where sincerely each one of us is the enemy of the others, no one finds his particular enemy. It is curious that the Jesuits, in order to have someone to fight, and in this way procure for themselves an apparent physiognomy, have had to galvanize the cadaverous phantasmagoria of Freemasonry. In the same way, the Spanish radicals would like to convince themselves that the cause of everything lies in the superabundance of religious Orders. Would that it were so! But there is a grave objection: if it were so, it would be a century since we had vomited to the three native seas the monastic excess. What a difficulty!

The enemy, unfortunately, is infinitely diffuse, consubstantial with the whole Spanish universe. It inhabits all the air we breathe and perpetuates itself in the most secret corners of the nation. In short: when a Spaniard conquered all the others, that Spaniard would be obliged to go on seeking the enemy. Conservative or liberal, each one of us has to give battle to himself. The enemy of the possible Spain is the Spanish in each Spaniard.


As can be seen, I have taken a somewhat dangerous point of view: it is very easy for me to be understood in reverse. But it will not be for lack of will to explain myself.

The clearer the better; I try to suggest that the reduction of the religious Orders and their inclusion in the common law, carrying it to the imaginable extreme, is a question of public hygiene; but that if that is anticlericalism, anticlericalism is not a policy from which a national future is glimpsed. This sounds a bit like logomachy, but the immediate consequence is already more digestible: the liberal party has to do that, but it is not that; the liberal problem for the Spain of the twentieth century does not gain an ounce more of weight by adding what Philip II did in the sixteenth century. I have not found that attention is duly fixed on this that seems an argument of passage or interlude: Mr Canalejas attempting to do what Philip II did.

There is an enormous distance from its seeming opportune to regulate this or that other existing institution, to making of that legislative operation a central affirmation in a government program. So great is the distance that, in my judgment, the gravest thing that happens in Spanish politics is that what should have been considered proper to administrative automatism is made matter of party — of politics in the vulgar sense. True it is that there has been no lack of statesman who has credited to his account as builder of peoples the closing of the taverns on Sundays and of the theatres at midnight.

It will be said to me: but the case is that these things like those have to be done and that this supposes a political effort. Certainly, but there you have what the Spanish people think as it disposes itself without exultations, without fire, without enthusiasm to the negative task, purely negative, most miserably negative, of pruning the excessive foliage of the monastic trunk. It thinks: that this anticlericalism is not a positive program nor a reconstituting and promising governance; that this labor, however many turns are given to it, is infinitesimal, and that, therefore, it does not excuse inaction in the truly political orders of national life. And since in this the liberal party proceeds without any fervor, who will wonder that the rest of us move in that without fecund spirit? Mr Canalejas has full right to demand that the liberals follow him; but so also does my friend, the thoroughbred Spaniard, to follow him without enthusiasm.

Spain continues waiting for someone who endows it with organs to live. Is a prorogation still asked of its hope? Don Joaquín Costa believes that it will wait indefinitely. It is too macabre to ask that he who hopes to live wait!

El Imparcial, 22 August 1910

II

Perogrullo would recognize that there is a radical discrepancy between believing that Spain is sick and believing that Spain is as if dead. However, I do not see that all the consequences that this disjunction inspires are drawn. I praise the optimistic appetites of those who think the former; but I take refuge, rather, in the second opinion: Spain, that is, a nation, does not exist on the earth of the Spaniards. Some firmness comes to give to my judgment, so weak in itself, the observation that the only Spaniard who has taken the trouble to think and reason a policy — the rest are peddlers of expedients — don Joaquín Costa, takes his point of departure in this radical pessimism.

Hence it is that Costa cannot allow himself the least faith in the liberal policy in vogue. This is a surgical policy, of ablation, of opposition. One hears said at every hour that it is necessary to lop off the excessive development of the monastic Orders: to say this, perhaps to do it, they call anticlericalism. There you have the evil of Spain interpreted as a peripheral abscess, and the cure simplified with the bistoury.

I

Un mio amico, spagnolo di razza, del quale pochi mesi fa non sapevo nulla, mi scrive questa ragione: «Ecco che al tanto tempo anelato è giunta l’ora del trionfo: nella mia giovinezza dolente di castigliano vecchio c’è stato più di anticlericalismo che di amore. E ora un governo anticlericale si trova a capo dei destini nazionali, e un uomo abbastanza ardente, i cui discorsi hanno esaltato il mio anticlericalismo di provinciale per quindici anni, dirige la tremenda picca legislativa contro quella oscura massa monastica, specie di muraglione gotico che soffocava la nostra vita cittadina. Metta lei dopo questo tutte le frasi fatte e da fare che voglia: ben le consta la fermezza del mio credo anticlericale. Precisamente perché è così, le causerà stranezza la mia confessione: credo che il nostro anticlericalismo ci si sia fatto triste al momento di realizzarlo. Io sento in me e attraverso il mio animo in Spagna una grande tristezza: una fredda convinzione puramente razionale ci porta all’opera ed entriamo nella fatica tristemente, senza esaltazione e senza fuoco. Ho l’impressione che questo accada sempre quando si fa tardi ciò che si doveva fare a suo tempo: i voti che smisero di compiere gli avoli li riempiono i nipoti forzosamente senza entusiasmo. Trova lei un’altra spiegazione?»”

Il mio amico fa un’osservazione molto esatta: l’emozione spagnola in questi momenti è quella che suole accompagnare l’adempimento di un dovere riconosciuto come tale, ma la cui utilità, la cui fecondità sembra irrilevante.

Nemmeno manca di vigore la spiegazione che dà, salvo nel supporre che il governo sia anticlericale. Io mi guardo molto bene dal dire che non lo sia: unicamente affermo che si tratta di un’ipotesi priva di vigore. Vada lei a sapere!

Questo è il primo motivo che invita a raccogliere le ali dell’entusiasmo, motivo sul quale cadrebbero vanamente le note ufficiose cercando di combatterlo: si crede o non si crede nell’anticlericalismo ministeriale — e consti che tanto ci fa al mio amico e a me dire ministerio come partito liberale, perché siamo gente troppo occupata per andare distinguendo tra questi e gli altri e quelli di più in là.

Tuttavia, c’è un punto di vista più forte per spiegare la tiepidezza con cui facciamo ciò che facciamo in questa questione degli Ordini religiosi.

Quando in un uomo resta rovinata quasi totalmente la fisiologia, non può localizzare il suo malessere. Circoscritto a una porzione del corpo, il malessere è piuttosto un dolore, è una malattia: il malessere diffuso, al contrario, è sintomo che le forze che lottando con la morte costituiscono la vita, si sono assentate.

Lo stesso accade con il malessere nazionale: non è qui, non è là, non ha la colpa dell’omnimodo decadimento questo uomo né questo gruppo né questa istituzione particolare. Se così fosse, la Spagna si sarebbe, alla fine, concentrata in lotta contro quel male particolare, contro quel principio di morte. Ma la caratteristica della nostra vita nazionale è che non troviamo il nemico chiara e fermamente condensato in nessuna parte. E come lottare con quel nemico invisibile, innumerevole, onnipresente, fuggente, senza nome né profilo? Questo è l’orribile sintomo di ogni decadenza storica.

Una decadenza politica è una malattia localizzata che può combattersi: fu un errore militare, un errore economico, eccetera. Una decadenza storica, però, è il sembiante in cui un popolo esteriorizza la sua morte interiore, la gangrena fatale della sua sostanzialità etnica.

Teniamo una sublime lealtà: dichiariamo che non possiamo indicare con esattezza il luogo del nostro male, e che, come diceva Heine, ci lamentiamo di mal di denti nel cuore. In questa terra, dove sinceramente siamo ciascuno nemico degli altri, nessuno trova il suo nemico particolare. È curioso che i gesuiti, per avere qualcuno da combattere, e in questo modo procurarsi un’apparente fisionomia, abbiano dovuto galvanizzare la fantasmagoria cadaverica della massoneria. Del stesso modo, i radicali spagnoli vorrebbero convincere sé stessi che la causa di tutto sta nella superabbondanza di Ordini religiosi. Magari fosse così! Ma c’è una grave obiezione: se così fosse, farebbe un secolo che avremmo vomitato ai tre mari patrii l’eccesso monacale. Che difficoltà!

Il nemico, per disgrazia, è infinitamente diffuso, consustanziale a tutto l’universo spagnolo. Abita tutta l’aria che respiriamo e si perpetua negli angoli più segreti della nazione. Insomma: quando uno spagnolo vincesse tutti gli altri, quello spagnolo si vedrebbe obbligato a continuare cercando il nemico. Conservatore o liberale, ciascuno di noi deve darsi la battaglia da sé stesso. Il nemico della possibile Spagna è lo spagnolo in ogni spagnolo.


Come si vede, ho preso un punto di vista un po’ pericoloso: è molto facile che mi si intenda al rovescio. Ma non resterà per mancanza di volontà di spiegarmi.

Quanto più chiaro meglio; io cerco di suggerire che la diminuzione degli Ordini religiosi e la loro inclusione nella legge comune, arrivando in questo all’estremo immaginabile, è una questione di igiene pubblica; ma che se questo è anticlericalismo, l’anticlericalismo non è una politica dalla quale si intraveda un avvenire nazionale. Questo suona un po’ a logomachia, ma la conseguenza immediata è già più commestibile: il partito liberale deve fare questo, ma non è questo; il problema liberale per la Spagna del XX secolo non acquista un grammo di più di peso per aggiungersi ciò che Filippo II fece nel XVI secolo. Non ho trovato che si fissi convenientemente l’attenzione su questo che sembra un argomento di passaggio o intermezzo: il signor Canalejas tentando di fare ciò che Filippo II fece.

Va enorme distanza dal fatto che sembri opportuno regolamentare questa o quell’altra istituzione già esistente, al fatto che si faccia di quell’operazione legislativa affermazione centrale in un programma di governo. Tanta distanza va, che, a mio giudizio, la cosa più grave che accade nella politica spagnola è che si fa materia di partito — di politica in senso volgare — ciò che doveva considerarsi proprio dell’automatismo amministrativo. Vero è che non è mancato statista che si sia appuntato nel suo avere di costruttore di popoli la chiusura delle taverne la domenica e dei teatri a mezzanotte.

Mi si dirà: ma il caso è che queste cose come quelle devono essere fatte e che questo suppone uno sforzo politico. Certamente, ma ecco ciò che pensa il popolo spagnolo disponendosi senza esultazioni, senza fuoco, senza entusiasmo alla fatica negativa, puramente negativa, miserrimamente negativa di potare il fogliame eccessivo del tronco monacale. Pensa: che questo anticlericalismo non è un programma positivo né un governo ricostituente e promettente; che questa opera, per più giri che le si dia, è infima, e che, perciò, non scusa l’inazione negli ordini veramente politici della vita nazionale. E poiché in questo non va con nessun fervore il partito liberale, chi si meraviglierà che ci muoviamo gli altri in quello senza animo fecondo? Ha pieno diritto il signor Canalejas a esigere che i liberali lo seguano; ma lo ha anche il mio amico, lo spagnolo di razza, a seguirlo senza entusiasmo.

La Spagna continua aspettando chi la doti di organi per vivere. Si chiede ancora alla sua speranza una proroga? Don Joaquín Costa crede che aspetterà indefinitamente. È troppo macabro chiedere che aspetti chi spera di vivere!

El Imparcial, 22 agosto 1910

II

Perogrullo riconoscerebbe che c’è una discrepanza radicale tra credere che la Spagna sia malata e credere che la Spagna sia come morta. Tuttavia, non vedo che si traggano tutte le conseguenze che ispira questa disgiunzione. Lodo gli appetiti ottimisti di chi pensa la prima cosa; ma io mi accoglio, piuttosto, alla seconda opinione: la Spagna, cioè, una nazione, non esiste sulla terra degli spagnoli. Qualche fermezza viene a dare al mio giudizio, così debole per sé stesso, l’osservazione che l’unico spagnolo che si sia preso il lavoro di pensare e ragionare una politica — gli altri sono merciai di espedienti — don Joaquín Costa, prende il suo punto di partenza in questo pessimismo radicale.

Da qui che Costa non possa permettersi la minima fede nella politica liberale al uso. Questa è una politica chirurgica, di ablazione, di opposizione. Si sente dire a ogni ora che è necessario recidere l’eccessivo sviluppo degli Ordini monastici: a dire questo, forse a farlo, chiamano anticlericalismo. Ecco il male della Spagna interpretato come un ascesso periferico, e la cura semplificata con il bisturi.

Para quien considera nuestra nación como fenecida y rota la conciencia de su continuidad histórica, el cirujano político no ofrece esperanza alguna; tampoco el médico: fuera menester un padre, un generador, un suscitador. Costa lo dice de otro modo: «Bismarcks injertos en San Franciscos, con más de San Franciscos que de Bismarcks». Francisco de Asís es el vaso de amor que fecundiza los corazones: el amor es el afecto genuino de la fraternidad, de la creación. Vengan, pues, San Franciscos. En cuanto a los Bismarcks, no creo, don Joaquín, que fueran oportunos. Al pensar en qué hombres son a un pueblo necesarios, conviene distinguir dos tiempos: primero hay que constituir la nación muerta o nonnata, dotar a la raza de órganos de comunidad, y entonces convienen gentes como Stein y Humboldt, almas finas, severas, eruditas, educadas en alguna filosofía enérgica, humana, organizadora. Luego es, a veces, forzoso poner en juego esos órganos de una manera nerviosa y violenta: para esto basta un Bismarck.

Insisto en que nos encontramos en el primer período. Cada cual mueve su patriotismo a su manera, y el mío empieza en este grito de dolor: ¡La patria no existe! Precisamente por eso hay que ser patriota y traerla a existencia, hacerla, labrarla como una habitación sobre el desierto. Si España existiera podía desentenderme de ella; pero no la hay, y por eso tengo que ser español, para que, al menos, en forma de esfuerzo, de anhelo, de aspiración, de tensión del alma, exista.

Esa labor de construir una nación sobre las ruinas de otra se halla encomendada al liberalismo. En otros países la idea liberal no aparece tan claramente unida como en España a su misión nacional. Aquí está bien claro: España, la organización de España será liberal o seguirá no siendo.

Los dos mil brazos de esos hombres que bajan de los montes al recinto de Bilbao imposibilitan los sueños de románticas palingenesias y forman un cauce de enérgica seguridad para la acción liberal. No porque sean muchos ni porque sean fuertes; la historia no brota de los gimnasios ni de los cuarteles. La muchedumbre de esos hombres no importa por su valor numérico, sino porque en ellos la muchedumbre se eleva a una nueva cualidad. Esos dos mil son un solo hombre nuevo: el hombre colectivista y habitante de la tierra, insensible a las sustancias celestiales, movido por un principio puramente humano.

¿Qué hacer frente a ellos desde el espíritu que informa la última Encíclica?

¿Qué les significa el anticlericalismo del gobierno?


No; el exceso de Órdenes religiosas no desvía lo más mínimo la columna vertebral de España. Y si no, ponga el lector en movimiento su lealtad e imagine —lo imposible de imaginar— que fueran expulsadas súbitamente todas las Congregaciones místicas: qué, ¿habríase con ello cambiado el aspecto de nuestras Cortes, de nuestros ministerios, de nuestras Academias, Universidades, escuelas, campos, servicios rústicos y urbanos, etcétera? Es posible que muchos anticlericales respondieran que sí. Pero entonces diríamos a éstos: ¿Cómo, sois tan poco anticlericales que juzgáis el daño que haya hecho a España el clericalismo de tal manera cutáneo y sin gravedad? ¿Por ventura creéis que su influjo no ha penetrado más allá, y que todos nosotros, los liberales, los radicales, los demócratas, no llevamos en las venas las sustancias segregadas por Roma?

Cada cual con su ánima: por mi parte me hallo muy cierto de que en los conventos y sus adyacencias es donde más inofensivamente opera el clericalismo; del mismo modo que los principios virolentos son inofensivos en el laboratorio de Cajal, donde se los cultiva. Aquí, en mi corazón, en las venas de esta mano que esto escribe, es donde pulsa más nocivamente la triste herencia, ese principio de inercia, único animador de los materialismos clericales. Ellos son el clero, nosotros los clericales.

España ha sido siempre fácil a la política de expulsiones: la voluntad nacional, tan remisa para concentrarse cuando se trata de otros menesteres, ha estado siempre pronta a funcionar como catapulta: judíos y moriscos fueron lanzados al vacío de la manera más natural del mundo y sin protestas considerables. Y ahora, ¿no se halla reducido en muchos cerebros el programa y aun el credo liberales a la expulsión de los frailes?

En una admirable conferencia que dio el doctor Simarro en el Ateneo, va a hacer un año, se insistía con radiante clarividencia en que la historia de España en el siglo XIX —hasta la Restauración— es una historia de represalias: gente de progreso y gente de tradición coincidían espontáneamente en llevarlas a cabo. De aquí el aspecto bárbaro y sudamericano de ese siglo en nuestra vida, de aquí su espantosa esterilidad.

No; el exceso de Órdenes religiosas no desvía lo más mínimo la columna vertebral de España, por la sencilla razón de que España es hoy invertebrada.


La marca que lleva una política seria es el abstenerse de toda negación que no sea, al mismo tiempo, la afirmación de otra cosa. En última instancia, la intelectualidad moderna sólo se diferencia del escolasticismo en que repudia la pura negación, no considerándola como un acto del pensar, como una operación decente a la dignidad del hombre.

Yo temo mucho que este anticlericalismo de que pretende hacerse hoy centro de gravedad para la acción liberal, no sea una de estas negaciones estériles. La manía de ser anti-algo suele aparecer entre los síntomas de una vida mental averiada; la furia de la mente no es sino la explosión de aquel antagonismo difuso a que tiende su miseria fisiológica. El odio, el afecto negativo no ejerce en él la función de mero vehículo puesto al servicio de la honra herida o de la justicia atropellada: para el loco lo sustantivo es odiar, irritarse, ejercitar su enorme capacidad de antagonismo, sea contra quien sea y por el motivo que sea.

En este prurito de manifestarse anti-algo, el algo nada importa y el anti es todo. Pocas cosas mueven a tan grande melancolía como ésta de ver en un pueblo decadente, donde ninguna conciencia individual posee contenidos precisos y firmes: pugnan los unos por forjarse una personalidad mediante la negación de los otros. Ser enemigo de mi vecino constituye todo mi haber espiritual; pero como mi vecino no es tampoco otra cosa que el enemigo de su vecino, el cual soy yo, resultamos a la postre no siendo nada ni yo ni él.

Hoy por hoy, el anticlericalismo no pasa de ser una represalia, una cuestión personal y negativa. Eso no es liberalismo, ni eso es democracia.

Tan característica aparece la manera personalista de entenderse actualmente el anticlericalismo, que los ministros actuales, llamados a ejercerlo, no han parecido nunca interesarse por la cuestión Ferrer. Ahora bien, ¿de qué nos sirven los anticlericales incapaces de sentirse heridos por las balas que mataron a Ferrer? Nadie ha escuchado de entre las filas liberales palabras de amargura, ni de sospecha, ni de espanto, ni de protesta. ¿O es que fuera menester hallarse convencido de la inocencia de Ferrer para sentirse obligado un liberal a tomar posiciones frente al hecho? Los hombres que como Ferrer —cuya ecuación personal me trae sin cuidado— viven en los confines de la ley escrita y se mueven en los linderos de la licitud, constituyen precisamente el punto de honor para el liberalismo. Las leyes liberales no se han conquistado para los ortodoxos, para los conformes, para los pacíficos. Parece que hemos olvidado o no hemos sabido bien nunca que los liberales genuinos, los del siglo XIX, han sido unos hombres que formando mayorías han legislado para minorías. Eso es el liberalismo: la política magnánima.

En el caso Ferrer la cuestión clerical se eleva de los personalismos a las sustancias políticas. Ser anticlerical y no interesarse por aquel grave acaecimiento equivale a una confesión ingenua de falta de sinceras convicciones liberales. Y nos importa demasiado hondamente el problema clerical para que dejemos que se le convierta en una estúpida plataforma para unas cuantas gentes de properantes ambiciones.

La democracia del siglo XX no puede negar ese espíritu del liberalismo; su misión es superarlo, conservándolo. Los derechos individuales fueron instrumentos que sirvieron para desintegrar al ciudadano del bloque tosco del Estado antiguo: su valor es puramente negativo; no son principios de organización, de construcción social; fueron liberales porque libertaron del antiguo régimen, y su sentido perdurará como precauciones ante posible vuelta a él. La democracia aporta esos principios constructivos y orgánicos. Consérvesele la ilustre denominación de liberal si se quiere; pero cuidando de acentuar la ampliación doctrinal que contiene el nuevo liberalismo.

El Imparcial, 6 de septiembre de 1910

For whoever considers our nation as finished and broken the consciousness of its historical continuity, the political surgeon offers no hope whatsoever; nor the physician: a father would be needed, a generator, a suscitator. Costa says it in another way: ‘Bismarcks grafted onto Saint Francises, with more of Saint Francis than of Bismarck.’ Francis of Assisi is the vessel of love that fecundates hearts: love is the genuine affection of fraternity, of creation. Let Saint Francises come, then. As for the Bismarcks, I do not believe, don Joaquín, that they would be opportune. In thinking about what men are necessary to a people, it is fitting to distinguish two times: first one has to constitute the dead or unborn nation, endow the race with organs of community, and then people like Stein and Humboldt are fitting, fine, severe, erudite souls, educated in some energetic, human, organizing philosophy. Then it is, at times, imperative to put those organs into play in a nervous and violent way: for this a Bismarck suffices.

I insist that we find ourselves in the first period. Each one moves his patriotism in his own way, and mine begins in this cry of pain: The fatherland does not exist! Precisely because of this one has to be a patriot and bring it into existence, make it, work it like a dwelling upon the desert. If Spain existed I could wash my hands of it; but there is none, and for that reason I have to be Spanish, so that, at least, in the form of effort, of yearning, of aspiration, of tension of the soul, it exists.

That labor of constructing a nation upon the ruins of another is entrusted to liberalism. In other countries the liberal idea does not appear so clearly united as in Spain to its national mission. Here it is quite clear: Spain, the organization of Spain will be liberal or will continue not to be.

The two thousand arms of those men who descend from the mountains to the precinct of Bilbao render impossible the dreams of romantic palingeneses and form a channel of energetic security for liberal action. Not because they are many nor because they are strong; history does not spring from gymnasiums nor from barracks. The crowd of those men does not matter for its numerical value, but because in them the crowd is elevated to a new quality. Those two thousand are a single new man: the collectivist man and inhabitant of the earth, insensible to celestial substances, moved by a purely human principle.

What to do before them from the spirit that informs the last Encyclical?

What does the anticlericalism of the government signify to them?


No; the excess of religious Orders does not deviate in the least the vertebral column of Spain. And if not, let the reader set his loyalty in motion and imagine — the impossible to imagine — that suddenly all the mystic Congregations were expelled: what, would the aspect of our Cortes, of our ministries, of our Academies, Universities, schools, fields, rustic and urban services, etcetera, have been changed thereby? It is possible that many anticlericals would answer yes. But then we would say to these: How, are you so little anticlerical that you judge the damage that clericalism may have done to Spain in such a cutaneous and gravity-free manner? Do you perchance believe that its influence has not penetrated further, and that all of us, the liberals, the radicals, the democrats, do not carry in our veins the substances secreted by Rome?

Each with his own soul: for my part I find myself quite certain that it is in the convents and their environs where clericalism operates most inoffensively; in the same way that virulent principles are inoffensive in Cajal’s laboratory, where they are cultivated. Here, in my heart, in the veins of this hand that writes, is where the sad heritage, that principle of inertia, sole animator of clerical materialisms, pulsates most harmfully. They are the clergy, we the clericals.

Spain has always been easy to the politics of expulsions: the national will, so remiss in concentrating when it comes to other tasks, has always been ready to function as a catapult: Jews and Moriscos were hurled into the void in the most natural way in the world and without considerable protests. And now, is not the liberal program and even creed reduced in many brains to the expulsion of the friars?

In an admirable lecture that Doctor Simarro gave at the Ateneo, going on a year ago, it was insisted with radiant clairvoyance that the history of Spain in the nineteenth century — until the Restoration — is a history of reprisals: people of progress and people of tradition coincided spontaneously in carrying them out. Hence the barbarous and South American aspect of that century in our life, hence its frightful sterility.

No; the excess of religious Orders does not deviate in the least the vertebral column of Spain, for the simple reason that Spain is today invertebrate.


The mark that a serious politics bears is abstaining from every negation that is not, at the same time, the affirmation of another thing. In the last instance, modern intellectuality differs from scholasticism only in that it repudiates pure negation, not considering it as an act of thinking, as an operation decent to the dignity of man.

I greatly fear that this anticlericalism of which it is today sought to make the center of gravity for liberal action may not be one of these sterile negations. The mania of being anti-something usually appears among the symptoms of an impaired mental life; the fury of the mind is nothing but the explosion of that diffuse antagonism toward which its physiological misery tends. Hatred, the negative affection, does not exercise in him the function of a mere vehicle placed at the service of wounded honor or of trampled justice: for the madman the substantive thing is to hate, to become irritated, to exercise his enormous capacity for antagonism, be it against whom it may and for whatever reason.

In this itch to manifest oneself anti-something, the something matters nothing and the anti is everything. Few things move one to so great a melancholy as this of seeing in a decadent people, where no individual consciousness possesses precise and firm contents: some struggle to forge for themselves a personality by means of the negation of the others. Being the enemy of my neighbor constitutes my whole spiritual estate; but as my neighbor is likewise nothing other than the enemy of his neighbor, which is I, we end up in the last analysis being nothing, neither I nor he.

Today, as things stand, anticlericalism does not go beyond being a reprisal, a personal and negative question. That is not liberalism, nor is that democracy.

So characteristic does the personalist manner of currently understanding anticlericalism appear, that the present ministers, called to exercise it, have never seemed to take an interest in the Ferrer question. Now, what use are the anticlericals to us incapable of feeling wounded by the bullets that killed Ferrer? No one has heard from the liberal ranks words of bitterness, nor of suspicion, nor of fright, nor of protest. Or is it that one would need to find oneself convinced of Ferrer’s innocence in order for a liberal to feel obliged to take positions before the fact? Men who like Ferrer — whose personal equation is of no concern to me — live at the confines of the written law and move at the borders of lawfulness, constitute precisely the point of honor for liberalism. The liberal laws were not conquered for the orthodox, for the conformists, for the peaceful. It seems that we have forgotten or have never known well that the genuine liberals, those of the nineteenth century, were men who, forming majorities, legislated for minorities. That is liberalism: magnanimous politics.

In the case of Ferrer the clerical question rises from personalisms to political substances. Being anticlerical and not taking an interest in that grave occurrence is equivalent to a naive confession of lack of sincere liberal convictions. And the clerical problem matters to us too deeply for us to let it be turned into a stupid platform for a few people of aspiring ambitions.

The democracy of the twentieth century cannot deny that spirit of liberalism; its mission is to surpass it, conserving it. Individual rights were instruments that served to disintegrate the citizen from the coarse block of the ancient State: their value is purely negative; they are not principles of organization, of social construction; they were liberal because they liberated from the old regime, and their sense will endure as precautions against a possible return to it. Democracy brings those constructive and organic principles. Let the illustrious denomination of liberal be preserved if one wishes; but taking care to accentuate the doctrinal enlargement that the new liberalism contains.

El Imparcial, 6 September 1910

Per chi considera la nostra nazione come finita e rotta la coscienza della sua continuità storica, il chirurgo politico non offre speranza alcuna; nemmeno il medico: ci vorrebbe un padre, un generatore, un suscitatore. Costa lo dice in altro modo: «Bismarck innestati in San Francesco, con più di San Francesco che di Bismarck». Francesco d’Assisi è il vaso d’amore che feconda i cuori: l’amore è l’affetto genuino della fraternità, della creazione. Vengano, dunque, i San Francesco. Quanto ai Bismarck, non credo, don Joaquín, che fossero opportuni. Al pensare a quali uomini siano a un popolo necessari, conviene distinguere due tempi: primo bisogna costituire la nazione morta o nonnata, dotare la razza di organi di comunità, e allora convengono genti come Stein e Humboldt, anime fini, severe, erudite, educate in qualche filosofia energica, umana, organizzatrice. Poi è, a volte, forzoso mettere in gioco quegli organi in maniera nervosa e violenta: per questo basta un Bismarck.

Insisto che ci troviamo nel primo periodo. Ciascuno muove il suo patriottismo a suo modo, e il mio comincia in questo grido di dolore: La patria non esiste! Precisamente per questo bisogna essere patriota e portarla a esistenza, farla, lavorarla come una abitazione sul deserto. Se la Spagna esistesse potrei disinteressarmene; ma non c’è, e per questo devo essere spagnolo, perché, almeno, in forma di sforzo, di anelito, di aspirazione, di tensione dell’anima, esista.

Questo lavoro di costruire una nazione sulle rovine di un’altra si trova affidato al liberalismo. In altri paesi l’idea liberale non appare così chiaramente unita come in Spagna alla sua missione nazionale. Qui è ben chiaro: la Spagna, l’organizzazione della Spagna sarà liberale o continuerà a non essere.

Le duemila braccia di quegli uomini che scendono dai monti al recinto di Bilbao impossibilitano i sogni di romantiche palingenesi e formano un canale di energica sicurezza per l’azione liberale. Non perché siano molti né perché siano forti; la storia non sgorga dalle palestre né dalle caserme. La folla di quegli uomini non importa per il suo valore numerico, ma perché in essi la folla si eleva a una nuova qualità. Quelle duemila sono un solo uomo nuovo: l’uomo collettivista e abitante della terra, insensibile alle sostanze celesti, mosso da un principio puramente umano.

Cosa fare di fronte a loro dallo spirito che informa l’ultima Enciclica?

Cosa significano loro l’anticlericalismo del governo?


No; l’eccesso di Ordini religiosi non devia minimamente la colonna vertebrale della Spagna. E se no, metta il lettore in movimento la sua lealtà e immagini — l’impossibile da immaginare — che fossero espulse improvvisamente tutte le Congregazioni mistiche: che, si sarebbe con questo cambiato l’aspetto delle nostre Cortes, dei nostri ministeri, delle nostre Accademie, Università, scuole, campi, servizi rustici e urbani, eccetera? È possibile che molti anticlericali rispondessero di sì. Ma allora diremmo a questi: Come, siete così poco anticlericali che giudicate il danno che abbia fatto alla Spagna il clericalismo in maniera tanto cutanea e senza gravità? Per ventura credete che il suo influsso non sia penetrato più in là, e che tutti noi, i liberali, i radicali, i democratici, non portiamo nelle vene le sostanze segregate da Roma?

Ciascuno con la sua anima: per mia parte mi trovo molto certo che nei conventi e nelle loro adiacenze è dove più inoffensivamente opera il clericalismo; allo stesso modo che i principi virulenti sono inoffensivi nel laboratorio di Cajal, dove si coltivano. Qui, nel mio cuore, nelle vene di questa mano che scrive, è dove pulsa più nocivamente la triste eredità, quel principio di inerzia, unico animatore dei materialismo clericali. Essi sono il clero, noi i clericali.

La Spagna è stata sempre facile alla politica di espulsioni: la volontà nazionale, così remissiva per concentrarsi quando si tratta di altri uffici, è stata sempre pronta a funzionare come catapulta: ebrei e moriscos furono lanciati nel vuoto nella maniera più naturale del mondo e senza proteste considerevoli. E ora, non si trova ridotto in molti cervelli il programma e anche il credo liberali all’espulsione dei frati?

In un’ammirevole conferenza che diede il dottor Simarro all’Ateneo, fra un anno, si insisteva con radiante chiaroveggenza che la storia della Spagna nel XIX secolo — fino alla Restaurazione — è una storia di rappresaglie: gente di progresso e gente di tradizione coincidevano spontaneamente nel portarle a cabo. Da qui l’aspetto barbaro e sudamericano di quel secolo nella nostra vita, da qui la sua spaventosa sterilità.

No; l’eccesso di Ordini religiosi non devia minimamente la colonna vertebrale della Spagna, per la semplice ragione che la Spagna è oggi invertebrata.


La marca che porta una politica seria è l’astenersi da ogni negazione che non sia, allo stesso tempo, l’affermazione di un’altra cosa. In ultima istanza, l’intellettualità moderna si differenzia dallo scolasticismo solo in quanto ripudia la pura negazione, non considerandola come un atto del pensare, come un’operazione decente alla dignità dell’uomo.

Io temo molto che questo anticlericalismo di cui si pretende oggi fare centro di gravità per l’azione liberale, non sia una di queste negazioni sterili. La mania di essere anti-qualcosa suole apparire tra i sintomi di una vita mentale avariata; la furia della mente non è che l’esplosione di quell’antagonismo diffuso a cui tende la sua miseria fisiologica. L’odio, l’affetto negativo non esercita in lui la funzione di mero veicolo posto al servizio dell’onore ferito o della giustizia atropellata: per il folle il sostantivo è odiare, irritarsi, esercitare la sua enorme capacità di antagonismo, sia contro chi sia e per il motivo che sia.

In questo prurito di manifestarsi anti-qualcosa, il qualcosa non importa nulla e l’anti è tutto. Poche cose muovono a così grande melanconia come questa di vedere in un popolo decadente, dove nessuna coscienza individuale possiede contenuti precisi e fermi: pugnano gli uni per forgiarsi una personalità mediante la negazione degli altri. Essere nemico del mio vicino costituisce tutto il mio avere spirituale; ma poiché il mio vicino non è nemmeno altra cosa che il nemico del suo vicino, il quale sono io, risultiamo alla fine non essendo nulla né io né lui.

Oggi per oggi, l’anticlericalismo non passa di essere una rappresaglia, una questione personale e negativa. Questo non è liberalismo, né questo è democrazia.

Così caratteristica appare la maniera personalista di intendersi attualmente l’anticlericalismo, che i ministri attuali, chiamati a esercitarlo, non sono mai sembrati interessarsi alla questione Ferrer. Ora, a che ci servono gli anticlericali incapaci di sentirsi feriti dalle pallottole che uccisero Ferrer? Nessuno ha ascoltato tra le file liberali parole di amarezza, né di sospetto, né di spavento, né di protesta. O è che ci sarebbe bisogno di trovarsi convinti dell’innocenza di Ferrer per sentirsi obbligato un liberale a prendere posizioni di fronte al fatto? Gli uomini che come Ferrer — la cui equazione personale mi lascia indifferente — vivono nei confini della legge scritta e si muovono nei limiti della liceità, costituiscono precisamente il punto d’onore per il liberalismo. Le leggi liberali non sono state conquistate per gli ortodossi, per i conformi, per i pacifici. Sembra che abbiamo dimenticato o non abbiamo mai saputo bene che i liberali genuini, quelli del XIX secolo, sono stati degli uomini che formando maggioranze hanno legislato per minoranze. Questo è il liberalismo: la politica magnanima.

Nel caso Ferrer la questione clericale si eleva dai personalismi alle sostanze politiche. Essere anticlericale e non interessarsi a quel grave accadimento equivale a una confessione ingenua di mancanza di sincere convinzioni liberali. E ci importa troppo profondamente il problema clericale perché lasciamo che se ne faccia una stupida piattaforma per alcune persone di aspirazioni ambiziose.

La democrazia del XX secolo non può negare quello spirito del liberalismo; la sua missione è superarlo, conservandolo. I diritti individuali furono strumenti che servirono a disintegrare il cittadino dal blocco rozzo dello Stato antico: il loro valore è puramente negativo; non sono principi di organizzazione, di costruzione sociale; furono liberali perché liberarono dal regime antico, e il loro senso perdurerà come precauzioni di fronte a possibile ritorno a esso. La democrazia apporta quei principi costruttivi e organici. Si conservi l’illustre denominazione di liberale se si vuole; ma curando di accentuare l’ampliamento dottrinale che contiene il nuovo liberalismo.

El Imparcial, 6 settembre 1910