Abstract

Starting from a letter by an anticlerical friend confessing the sadness of an anticlericalism come too late, Ortega distinguishes political decadence — a localized, treatable illness — from historical decadence, a diffuse malaise signalling a people’s inner death. Against radicals and Jesuits alike: Spain’s enemy cannot be localized in any particular institution.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

Un amigo mío, español de pro, de quien hace unos meses nada sabía, me escribe esta razón: «He aquí que a lo tanto tiempo anhelado ha llegado la hora del triunfo: en mi mocedad doliente de castellano viejo ha habido más de anticlericalismo que de amor. Y ahora un gobierno anticlerical se halla al frente de los destinos nacionales, y un hombre bastante ardoroso, cuyos discursos han exaltado mi anticlericalismo de provincial durante quince años, dirige la tremenda piqueta legislativa contra aquella oscura masa monástica, especie de murallón gótico que ahogaba nuestra vida ciudadana. Ponga usted tras esto todas las frases hechas y por hacer que guste: harto le consta la firmeza de mi credo anticlerical. Precisamente porque es así le va a causar extrañeza mi confesión: creo que se nos ha vuelto triste nuestro anticlericalismo a la hora de realizarlo. Yo siento en mí y al través de mi ánimo en España una gran tristeza: una fría convicción puramente racional nos lleva a la obra y entramos en la faena tristemente, sin exaltación y sin fuego. Tengo la impresión de que esto ocurre siempre que se hace tarde lo que debió hacerse a su hora: los votos que dejaron de cumplir los abuelos los llenan los nietos forzosamente sin entusiasmo. ¿Encuentra usted otra explicación?»

Mi amigo hace una advertencia muy exacta: la emoción española en estos momentos es la que suele acompañar al cumplimiento de un deber reconocido como tal, pero cuya utilidad, cuya fecundidad parece irrelevante.

Tampoco le falta vigor a la explicación que da, salvo al suponer que el gobierno es anticlerical. Yo me guardo muy bien de decir que no lo sea: únicamente afirmo que se trata de una hipótesis falta de vigor. ¡Vaya usted a saber!

Éste es el primer motivo que invita a recoger las alas del entusiasmo, motivo sobre el cual caerían vanamente las notas oficiosas tratando de combatirlo: se cree o no se cree en el anticlericalismo ministerial— y conste que tanto nos da a mi amigo y a mí decir ministerio como partido liberal, porque somos gente harto atareada para andar distinguiendo entre éstos y los otros y los de más allá.

Sin embargo, hay un punto de vista más fuerte para explicar la tibieza con que hacemos lo que hagamos en esta cuestión de las Órdenes religiosas.

Cuando en un hombre queda arruinada casi totalmente la fisiología, no puede localizar su malestar. Circunscripto a una porción del cuerpo, el malestar es más bien un dolor, es una enfermedad: el malestar difuso, por el contrario, es síntoma de que las fuerzas que luchando con la muerte constituyen la vida, se han ausentado.

Lo propio acaece con el malestar nacional: no está aquí, no está allí, no tiene la culpa del omnímodo decaimiento este hombre ni este grupo ni esta institución particular. Si así fuera, España se habría, al cabo, concentrado en lucha contra ese mal particular, contra ese principio de muerte. Pero lo característico de nuestra vida nacional es que no encontramos al enemigo clara y fijamente condensado en parte alguna. ¿Y cómo luchar con ese enemigo invisible, innumerable, omnipresente, fugaz, sin nombre ni perfil? Éste es el horrible síntoma de toda decadencia histórica.

Una decadencia política es una enfermedad localizada que puede combatirse: fue un error militar, un error económico, etcétera. Una decadencia histórica, empero, es el semblante en que exterioriza un pueblo su muerte interior, la gangrena fatal de su substancialidad étnica.

Tengamos una sublime lealtad: declaremos que no podemos señalar con exactitud el lugar de nuestro mal, y que, como decía Heine, nos quejamos de dolor de muelas en el corazón. En esta tierra, donde sinceramente somos cada uno enemigo de los demás, nadie encuentra su enemigo particular. Es curioso, que los jesuitas, para tener a quien combatir, y de este modo agenciarse una aparente fisonomía, han tenido que galvanizar la fantasmagoría cadavérica del masonismo. Del mismo modo, los radicales españoles quisieran convencerse a sí mismos de que la causa de todo está en la superabundancia de Órdenes religiosas. ¡Ojalá y fuera así! Pero hay una grave objeción: si así fuera, haría un siglo que hubiéramos vomitado a los tres mares patrios el exceso monacal. ¡Vaya una dificultad!

El enemigo, por desgracia, es infinitamente difuso, consustancial a todo el universo español. Habita todo el aire que respiramos y se perpetúa en los rincones más secretos de la nación. En fin: cuando un español venciera a todos los demás, ese español se vería obligado a seguir buscando el enemigo. Conservador o liberal, cada uno de nosotros tiene que darse la batalla a sí mismo. El enemigo de la posible España es lo español en cada español.


Como se ve, he tomado un punto de vista algo peligroso: es muy fácil que se me entienda al revés. Pero no quedará por mengua de voluntad para explicarme.

Cuanto más claro mejor; yo trato de sugerir que la disminución de las Órdenes religiosas y su inclusión en la ley común, llegando en ello al extremo imaginable, es una cuestión de higiene pública; pero que si eso es anticlericalismo, el anticlericalismo no es una política desde la cual se entrevea un porvenir nacional. Esto suena un poco a logomaquia, pero la consecuencia inmediata es ya más comestible: el partido liberal tiene que hacer eso, pero no es eso; el problema liberal para la España del siglo XX no adquiere un adarme más de peso por agregarse lo que Felipe II hizo en el siglo XVI. No he hallado que se fije convenientemente la atención en esto que parece un argumento de paso o entremés: el señor Canalejas intentando hacer lo que Felipe II hizo.

Va enorme distancia de que parezca oportuno reglamentar ésta o la otra institución ya existente, a que se haga de esa operación legislativa afirmación central en un programa de gobierno. Tanta distancia va, que, a mi juicio, lo más grave que acontece en la política española es que se hace materia de partido —de política en sentido vulgar— lo que debía considerarse propio del automatismo administrativo. Verdad es que no ha faltado estadista que se haya apuntado en su haber de constructor de pueblos el cierre de las tabernas los domingos y de los teatros a media noche.

Se me dirá: pero el caso es que estas cosas como aquéllas han de ser hechas y que esto supone un esfuerzo político. Ciertamente, mas he ahí lo que piensa el pueblo español al disponerse sin exultaciones, sin fuego, sin entusiasmo a la faena negativa, puramente negativa, misérrimamente negativa de podar el follaje excesivo del tronco monacal. Piensa: que ese anticlericalismo no es un programa positivo ni una gobernación reconstituyente y promisora; que esa labor, por más vueltas que se le dé, es ínfima, y que, por tanto, no disculpa la inacción en los órdenes verdaderamente políticos de la vida nacional. Y como en esto anda sin ningún hervor el partido liberal, ¿quién extrañará que nos movamos los demás en aquello sin ánimo fecundo? Tiene derecho pleno el señor Canalejas a exigir que los liberales le sigan; pero también lo tiene mi amigo, el español de pro, a seguirle sin entusiasmo.

España sigue esperando quien la dote de órganos para vivir. ¿Se pide aún a su esperanza una prórroga? Don Joaquín Costa cree que esperará indefinidamente. ¡Es demasiado macabro pedir que espere a quien espera vivir!

El Imparcial, 22 de agosto de 1910

II

Perogrullo reconocería que hay una discrepancia radical entre creer que España está enferma y creer que España está como muerta. Sin embargo, no veo que se saquen todas las consecuencias que inspira esta disyunción. Alabo los apetitos optimistas de quienes piensan lo primero; pero yo me acojo, más bien a la segunda opinión: España, esto es, una nación, no existe sobre la tierra de los españoles. Alguna firmeza viene a dar a mi juicio, tan débil por sí mismo, la advertencia de que el único español que se ha tomado el trabajo de pensar y razonar una política —los demás son buhoneros de arbitrios— don Joaquín Costa, toma su punto de partida en este pesimismo radical.

De aquí que Costa no pueda permitirse la menor fe en la política liberal al uso. Ésta es una política quirúrgica, de ablación, de oposición. Se oye decir a toda hora que es menester cercenar el excesivo desarrollo de las Órdenes monásticas: a decir esto, tal vez a hacerlo, llaman anticlericalismo. He ahí el mal de España interpretado como un absceso periférico, y la curación simplificada con el bisturí.

Para quien considera nuestra nación como fenecida y rota la conciencia de su continuidad histórica, el cirujano político no ofrece esperanza alguna; tampoco el médico: fuera menester un padre, un generador, un suscitador. Costa lo dice de otro modo: «Bismarcks injertos en San Franciscos, con más de San Franciscos que de Bismarcks». Francisco de Asís es el vaso de amor que fecundiza los corazones: el amor es el afecto genuino de la fraternidad, de la creación. Vengan, pues, San Franciscos. En cuanto a los Bismarcks, no creo, don Joaquín, que fueran oportunos. Al pensar en qué hombres son a un pueblo necesarios, conviene distinguir dos tiempos: primero hay que constituir la nación muerta o nonnata, dotar a la raza de órganos de comunidad, y entonces convienen gentes como Stein y Humboldt, almas finas, severas, eruditas, educadas en alguna filosofía enérgica, humana, organizadora. Luego es, a veces, forzoso poner en juego esos órganos de una manera nerviosa y violenta: para esto basta un Bismarck.

Insisto en que nos encontramos en el primer período. Cada cual mueve su patriotismo a su manera, y el mío empieza en este grito de dolor: ¡La patria no existe! Precisamente por eso hay que ser patriota y traerla a existencia, hacerla, labrarla como una habitación sobre el desierto. Si España existiera podía desentenderme de ella; pero no la hay, y por eso tengo que ser español, para que, al menos, en forma de esfuerzo, de anhelo, de aspiración, de tensión del alma, exista.

Esa labor de construir una nación sobre las ruinas de otra se halla encomendada al liberalismo. En otros países la idea liberal no aparece tan claramente unida como en España a su misión nacional. Aquí está bien claro: España, la organización de España será liberal o seguirá no siendo.

Los dos mil brazos de esos hombres que bajan de los montes al recinto de Bilbao imposibilitan los sueños de románticas palingenesias y forman un cauce de enérgica seguridad para la acción liberal. No porque sean muchos ni porque sean fuertes; la historia no brota de los gimnasios ni de los cuarteles. La muchedumbre de esos hombres no importa por su valor numérico, sino porque en ellos la muchedumbre se eleva a una nueva cualidad. Esos dos mil son un solo hombre nuevo: el hombre colectivista y habitante de la tierra, insensible a las sustancias celestiales, movido por un principio puramente humano.

¿Qué hacer frente a ellos desde el espíritu que informa la última Encíclica?

¿Qué les significa el anticlericalismo del gobierno?


No; el exceso de Órdenes religiosas no desvía lo más mínimo la columna vertebral de España. Y si no, ponga el lector en movimiento su lealtad e imagine —lo imposible de imaginar— que fueran expulsadas súbitamente todas las Congregaciones místicas: qué, ¿habríase con ello cambiado el aspecto de nuestras Cortes, de nuestros ministerios, de nuestras Academias, Universidades, escuelas, campos, servicios rústicos y urbanos, etcétera? Es posible que muchos anticlericales respondieran que sí. Pero entonces diríamos a éstos: ¿Cómo, sois tan poco anticlericales que juzgáis el daño que haya hecho a España el clericalismo de tal manera cutáneo y sin gravedad? ¿Por ventura creéis que su influjo no ha penetrado más allá, y que todos nosotros, los liberales, los radicales, los demócratas, no llevamos en las venas las sustancias segregadas por Roma?

Cada cual con su ánima: por mi parte me hallo muy cierto de que en los conventos y sus adyacencias es donde más inofensivamente opera el clericalismo; del mismo modo que los principios virolentos son inofensivos en el laboratorio de Cajal, donde se los cultiva. Aquí, en mi corazón, en las venas de esta mano que esto escribe, es donde pulsa más nocivamente la triste herencia, ese principio de inercia, único animador de los materialismos clericales. Ellos son el clero, nosotros los clericales.

España ha sido siempre fácil a la política de expulsiones: la voluntad nacional, tan remisa para concentrarse cuando se trata de otros menesteres, ha estado siempre pronta a funcionar como catapulta: judíos y moriscos fueron lanzados al vacío de la manera más natural del mundo y sin protestas considerables. Y ahora, ¿no se halla reducido en muchos cerebros el programa y aun el credo liberales a la expulsión de los frailes?

En una admirable conferencia que dio el doctor Simarro en el Ateneo, va a hacer un año, se insistía con radiante clarividencia en que la historia de España en el siglo XIX —hasta la Restauración— es una historia de represalias: gente de progreso y gente de tradición coincidían espontáneamente en llevarlas a cabo. De aquí el aspecto bárbaro y sudamericano de ese siglo en nuestra vida, de aquí su espantosa esterilidad.

No; el exceso de Órdenes religiosas no desvía lo más mínimo la columna vertebral de España, por la sencilla razón de que España es hoy invertebrada.


La marca que lleva una política seria es el abstenerse de toda negación que no sea, al mismo tiempo, la afirmación de otra cosa. En última instancia, la intelectualidad moderna sólo se diferencia del escolasticismo en que repudia la pura negación, no considerándola como un acto del pensar, como una operación decente a la dignidad del hombre.

Yo temo mucho que este anticlericalismo de que pretende hacerse hoy centro de gravedad para la acción liberal, no sea una de estas negaciones estériles. La manía de ser anti-algo suele aparecer entre los síntomas de una vida mental averiada; la furia de la mente no es sino la explosión de aquel antagonismo difuso a que tiende su miseria fisiológica. El odio, el afecto negativo no ejerce en él la función de mero vehículo puesto al servicio de la honra herida o de la justicia atropellada: para el loco lo sustantivo es odiar, irritarse, ejercitar su enorme capacidad de antagonismo, sea contra quien sea y por el motivo que sea.

En este prurito de manifestarse anti-algo, el algo nada importa y el anti es todo. Pocas cosas mueven a tan grande melancolía como ésta de ver en un pueblo decadente, donde ninguna conciencia individual posee contenidos precisos y firmes: pugnan los unos por forjarse una personalidad mediante la negación de los otros. Ser enemigo de mi vecino constituye todo mi haber espiritual; pero como mi vecino no es tampoco otra cosa que el enemigo de su vecino, el cual soy yo, resultamos a la postre no siendo nada ni yo ni él.

Hoy por hoy, el anticlericalismo no pasa de ser una represalia, una cuestión personal y negativa. Eso no es liberalismo, ni eso es democracia.

Tan característica aparece la manera personalista de entenderse actualmente el anticlericalismo, que los ministros actuales, llamados a ejercerlo, no han parecido nunca interesarse por la cuestión Ferrer. Ahora bien, ¿de qué nos sirven los anticlericales incapaces de sentirse heridos por las balas que mataron a Ferrer? Nadie ha escuchado de entre las filas liberales palabras de amargura, ni de sospecha, ni de espanto, ni de protesta. ¿O es que fuera menester hallarse convencido de la inocencia de Ferrer para sentirse obligado un liberal a tomar posiciones frente al hecho? Los hombres que como Ferrer —cuya ecuación personal me trae sin cuidado— viven en los confines de la ley escrita y se mueven en los linderos de la licitud, constituyen precisamente el punto de honor para el liberalismo. Las leyes liberales no se han conquistado para los ortodoxos, para los conformes, para los pacíficos. Parece que hemos olvidado o no hemos sabido bien nunca que los liberales genuinos, los del siglo XIX, han sido unos hombres que formando mayorías han legislado para minorías. Eso es el liberalismo: la política magnánima.

En el caso Ferrer la cuestión clerical se eleva de los personalismos a las sustancias políticas. Ser anticlerical y no interesarse por aquel grave acaecimiento equivale a una confesión ingenua de falta de sinceras convicciones liberales. Y nos importa demasiado hondamente el problema clerical para que dejemos que se le convierta en una estúpida plataforma para unas cuantas gentes de properantes ambiciones.

La democracia del siglo XX no puede negar ese espíritu del liberalismo; su misión es superarlo, conservándolo. Los derechos individuales fueron instrumentos que sirvieron para desintegrar al ciudadano del bloque tosco del Estado antiguo: su valor es puramente negativo; no son principios de organización, de construcción social; fueron liberales porque libertaron del antiguo régimen, y su sentido perdurará como precauciones ante posible vuelta a él. La democracia aporta esos principios constructivos y orgánicos. Consérvesele la ilustre denominación de liberal si se quiere; pero cuidando de acentuar la ampliación doctrinal que contiene el nuevo liberalismo.

El Imparcial, 6 de septiembre de 1910