Abstract
A commentary on the document with which Maura withdraws from politics, read as a ‘literary failure’: style is not chosen, one writes as one is. Ortega attacks the archaic baroque inherited from Castilian rhetorical historians and reads in it the imbalance between the little one has to say and the pomp of saying it. Literary and political criticism, not philosophy.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
El señor Maura, fugitivo de la política, nos deja un documento entre las manos. Porque se trata de un documento en el sentido originario de la palabra: se trata de una enseñanza, de un doctrinal.
Cuando se nos dice de alguien que ha realizado un acto político, sabemos de antemano que nuestro caudal de pensamientos nos va a ser aumentado. Un acto político suele ser lo contrario de una idea vivaz. Pero ahora se nos dice que el señor Maura ha realizado un acto impolítico, que con esa página de barroca literatura se ha eyectado a sí mismo violentamente fuera del ámbito gubernamental, y, al reintegrarse en lo doméstico, deja su puerta tan bien atrancada por la parte exterior, que no podrá él mismo abrirla de nuevo.
Ahora bien; las fronteras entre la vida pública y la privada están marcadas por la sinceridad, y el tránsito de aquélla a ésta consiste siempre en una reabsorción del hombre público por el hombre privado, que, dejando a un lado la política, nos dice su verdad. Hay, pues, en estos documentos liquidadores, más allá de su significación política inmediata, un elemento teórico, un germen puramente doctrinal, como ese jirón de su pensamiento íntimo que el sabio, al alejarse, deja flotando en el aire para que sirva de fermento a las inteligencias desinteresadas.
Esto justifica, en mi entender, el deseo que he notado en una parte de la nueva generación a que los párrafos del señor Maura no se entreguen exclusivamente al juicio interesado de la política vigente y que no deba parecer pretencioso si vienen a comentarlos y mirarlos al trasluz gentes de condición más sencilla, inhábiles para el Parlamento y la gobernación, pero que saben vivir con amargura cordial, con tristeza religiosa la triste y amarga vida española.
UN FRACASO LITERARIO
Nada hay indiferente en lo que ha escrito ahora el señor Maura. Ni siquiera la manera como lo ha escrito. Quienes afectan desdeñar la forma literaria ignoran hasta qué punto es una misma cosa con nuestra facultad de pensar y de sentir. El estilo no es consecuencia de una elección. No se escribe como se quiere, sino como se puede. Es decir, se escribe como se es, como se piensa y como se siente.
El señor Maura parece hallarse a gusto dentro de un estilo arcaico, que sirvió tal vez a su hora —siglos hace— para expresar ideas y emociones poco precisas, complejas y matizadas. Aun cuando no ha sido la lectura su ejercicio favorito, ha dedicado —según referencias— una amplia fidelidad al comercio con los llamados clásicos castellanos, y ha creído que era el estilo de estos libros suficiente para proyectar sus propios pensamientos.
Bajo el nombre de clásicos castellanos corre una mercancía muy varia y de muy diverso valor. En torno a algunas, poquísimas obras de positiva energía espiritual, de estética plenitud, verdaderamente clásicas, se han adherido muchos fárragos de decadencia, exentos hoy de toda vitalidad, restos de una cultura manca y fracasada, como ha sido la española.
Y es curioso observar que el llamado estilo clásico, a que buen número de nuestros políticos se ha acogido, no es ni por casualidad el somero, recio y sincero de algunos novelistas y teólogos, sino el muy lamentable de los historiadores retóricos como Moncada, Melo, Coloma, Solís, etcétera. Estos hombres, narradores decadentes de hazañas que no comprendían bien, no hicieron sino imitar el ritmo sentencioso y rebuscado de los historiadores latinos —Salustio, Livio, Tácito— o las contorsiones conceptistas de Séneca, modelos a quien la actualidad ha arrojado de todo Olimpo clásico. Así se ha perpetuado en nuestra literatura una propensión barroca, en el mal sentido de la palabra, ornamental y que patentiza dolorosamente el desequilibrio entre lo poco y vago que se tiene que decir y la ampulosa gesticulación con que se dice.
Mas repito que el estilo no se elige, y cuando hay en la obra ese desequilibrio entre el ademán y el pensamiento, es que lo hay también en el alma del escritor.
En el documento del señor Maura salen las palabras como lebreles vertiginosos, de larga espalda comba, en persecución de unas ideas que van huyéndoles delante. El lector las sigue jadeando de párrafo en párrafo sin poder asistir al momento satisfactorio en que la palabra trinque bien su idea. Por eso, siendo el documento más claro que ha surgido en la política contemporánea, las gentes al leerlo lo han encontrado confuso. Si alguien se tomara el trabajo de traducirlo al latín nos parecería mucho mejor.
LA REALIDAD MÁXIMA
La lucha política ha llegado a tal simplismo, que un escritor ajeno a los partidos organizados y amigo de atenerse a la complejidad de lo real, está condenado a enojar a los dos bandos. Y lo peor es que en nuestra tierra no aceptar la disciplina, el ideario de los partidos constituidos, se interpreta como una insoportable vanidad. Debiera constar el hecho de que los escritores españoles, y especialmente los que comienzan, conocen muy bien la nulidad de su influjo, saben muy bien que no pesan un adarme en el ambiente nacional y no aspiran, por tanto, a más que a ir desgranando honradas confesiones mientras van empujando el volumen de su vida.
¿Por qué ha de ser forzoso el dilema de hacer la apología del señor Maura u oponer la censura absoluta? Cuando andando el tiempo se recuerde lo que ahora leemos y escuchamos, no podrá menos de asaltar al historiador la sospecha de que dictó el miedo las opiniones. Los conservadores parecen tener miedo de que el señor Maura se ausente por completo; los liberales y radicales, de que vuelva. ¿Cómo se compagina esto con la convicción que los conservadores abrigan de que su partido es un poder nacional? Cualquiera diría que se trata más bien de una efímera potencia individual sin realidad histórica que la sustente. Por otra parte. ¿Cómo un organismo que se declara capaz de reformar o de revolucionar una nación da tanto valor a la presencia o ausencia de una persona?
El exceso de celo por parte de los conservadores en torno al señor Maura, y el exceso de júbilo por parte de las izquierdas, invitan a que el observador ingenuo dude gravemente de la fuerza positiva que representan esas dos máquinas alternas de gobernar. Da uno en pensar que, al amparo de dos vaguísimos vocablos —conservación, liberalismo—, son regidos los destinos de España, no por fuerzas históricas, de empuje espontáneo y eficaz, sino por una combinación de ajedrez, donde todo pasa dentro de un tablero artificial y todo depende de unas pocas piezas talladas por el capricho.
De todas maneras, apologías y censuras vienen a declarar que, dentro de la política al uso, era el señor Maura la realidad máxima.
Y aquí llega el instante más difícil para el ciudadano sencillo, que vive su vida española cercado de dificultades y asperezas, prisionero de la desesperanza y buscando entre los escombros del presente el portillo que se abra hacia el porvenir. Ese ciudadano lee el documento del señor Maura y exclama sin ambages —la dureza de su vida no le concede vacación para la retórica—: Pero, Señor, ¿era esto todo lo que guardaba en su interior la realidad máxima de la política española? El problema español, que no es de ayer ciertamente ni de hoy, que es el caso más extraño de toda la historia moderna, ¿se reduce a una cuestión de orden público; se reduce a que sean retirados de la política unos cuantos hombres de revolucionario gesto?
RESPETUOSAMENTE
No basta con reconocer que dentro de la irrealidad política era el señor Maura la mayor realidad. Conviene lealmente decir por qué.
Hay en este documento, a vueltas de lo que en él concretamente se expresa, una declaración difusa y latente que lo envuelve todo y que constituye, por decirlo así, la verdad del señor Maura, la doctrina íntima que hubiera querido comunicarnos, si el estilo no se lo impidiera.
Esta doctrina es lo que de fuerte y personal yace en su figura política, y es la siguiente: el señor Maura ha sido tal vez el único gobernante que ha sentido una honda repugnancia hacia la realidad política de España. Ha poseído una oscura conciencia, una sensibilidad fuerte, pero confusa, de que la política española vive en pecado mortal.
Se dirá que eso no es una doctrina, que es, a lo sumo, un sentimiento, un estado de espíritu. Es cierto; pero, ¿qué otra cosa es el señor Maura? Su historia política se caracteriza precisamente por haber usado de los sentimientos subjetivos como si fueran doctrinas. Su verdad fue su pasión. Al removerse de la publicidad lo hace con una explosión pasional.
Y aquella sensación de repugnancia ante la impureza ambiente, que era justa y ejemplar como estado íntimo de espíritu, al ser formulada en pensamiento, en juicios concretos, pierde todo su valor e incita a que excusemos al señor Maura hasta el mérito de haberla sentido. Porque la repugnancia hacia lo repugnante es una gran virtud privada; mas la política comienza donde aquel asco sentimental concluye e inicia la clara intelección un sistema de medios correctivos.
La lealtad nos exige que enviemos sin equívocos nuestro respeto hacia quien, siendo hombre público, tuvo esa virtud de indignarse secretamente, que es una virtud privada. Pero cumplido este deber de respetar, queda libre nuestra lealtad para resistirse a la admiración.
LA DICTADURA
De nada nos sirve aquella pureza en el vago sentir. Al pasar del sentimiento a la noción más nimia, el señor Maura fracasa.
Este documento, como empresa intelectual, es una verdadera desdicha. No se comprende, sin embargo, cómo los llamados liberales han sentido regocijo ante esa escasez ideológica que pone de manifiesto el señor Maura. Ello revela que son hombres de partido y no tienen una sensibilidad nacional. Porque a un corazón preocupado por los destinos de la raza había de producirle intensa amargura hallar en la mente de un hombre tan famoso semejante desierto de ideas. Y no se diga que echamos de menos en el señor Maura ideas de filosofía de la historia; aun cuando éstas no holgarían del todo, nos contentaríamos con algunas ideas políticas.
He aquí lo que se nos enseña:
1.º El partido conservador no puede colaborar en la gobernación. Razones: primera y principal, porque el partido alterno vive en relaciones con grupos que manejan las violencias populares. Segunda y secundaria, porque el partido alterno despilfarra la Hacienda.
2.º El partido conservador no puede volver a gobernar hasta tanto que: a) esté seguro de que no va a ser removido del Poder por un movimiento popular, como en 1909; b) y no se forme un partido liberal idóneo.
3.º Estas dos seguridades no aspira el partido conservador a obtenerlas de las elecciones, de la convicción nacional, sino de la Corona. El partido conservador trata sólo con la Corona.
El partido conservador pone como condición a la Corona que ésta se adscriba por un espacio que determinará el señor Maura a las maneras de su ministro de la Gobernación, y le conceda previamente un margen de represiones violentas, sin poder suspenderle su confianza por graves que parezcan los eventos. La anchura de dicho margen será en su hora fijada por el señor Maura.
Otrosí, se comprometerá la Corona a licenciar el partido liberal y adoperar otro idóneo. Esta idoneidad será también definida por el señor Maura en posteriores apariciones que hará sobre el monte Sinaí.
En una palabra: el señor Maura pide la dictadura.
II
EL HOMBRE ROTO
Decía antes que la indignación no tiene nada que hacer en política. Por tanto, carece de sentido indignarse ante este documento que, rotundo y barroco por de fuera, goza por dentro de una estrechez gótica. Para estos casos puso el Hacedor en los ánimos la capacidad de entristecerse.
Aquí no se trata de situarse al lado o frontero del señor Maura. Aquí se trata de España, de esa turbera de detritus históricos que es inminente organizar en nación. Todo lo demás es anécdota. Y no puede aspirar a gobernar quien no se haya percatado de que el problema español no sólo no es un problema de orden público, pero ni siquiera un problema político: que es una tragedia de secular desarrollo.
Es frívolo y es ciego, en mi opinión hasta es impío, concentrar todas las preocupaciones de gobierno sobre los fenómenos de convulsión popular, interpretándolos como agitaciones artificiales movidas por un puñado de demagogos. Si algo va quedando claro de 1909 es que aquel temblor nacional fue del todo espontáneo, fue una ráfaga histérica, una sacudida neurótica que llevó a unos desventurados a quemar unos conventos y, después de atravesar con vario efecto todas las capas sociales, ascendió hasta los gobernantes dementándolos unas semanas. Nadie estuvo libre de sus efectos. Cada cual, a su modo, se dejó arrebatar de la histeria básica que constituye la última realidad del alma española.
No cabe error más grave, más peligroso, en un gobernante español que interpretar como manifestación localizada y artificial lo que es síntoma ubicuo de la dolencia nacional.
Pero, ¿es que el pueblo español vive sobre unas rosas? ¿Es que el señor Maura ignora que hay en el mundo una cosa acérrima que se llama hambre? ¿Y otra que se llama injusticia? ¿Y otra, desesperanza? ¿Y otra, barbarie hereditaria? Ésos son los demagogos españoles: trabajan lentamente, a la luz del día, desde hace centurias. Magníficas ocasiones ha tenido el partido conservador para ejercitar contra ellos sus furores antidemagógicos.
Cada albañil español, diríamos al señor Maura, hubiera querido ser un lord de Inglaterra; pero ¡ahí está!, vino por un azar a nacer sobre la Península, un día que en la casa había hambre y cuando el maestro se había ido del pueblo.
Cada mozo español habría preferido encontrar en el Instituto y en la Universidad hombres de alma enérgica y bien ordenada que le indujeran a escuchar, al través de los azares de la vida, la divina armonía triunfante en el Cosmos. Lejos de ello, ha encontrado sólo naturalezas derruidas y chabacanas, almas putrefactas y sin temblor ideal, en las cuales, al refractarse el mundo, aparecía como una inmensa inepcia.
Y hoy todo español lleva dentro un hombre roto, movido sólo del odio y la epilepsia, sin serenidad para el respeto ni energía para solidaridades fecundas. Todo español; no cabe excluir al señor Maura. Ahora, al descender a su personalidad privada, le ha salido al paso el hombre roto que dentro llevaba y, arrebatándole la pluma, le ha escrito ese documento de donde todo amor se halla ausente.
Un pueblo enfermo de odios difusos sólo puede sanarlo el amor: un amor avizor y sereno.
LOS VIEJOS PARTIDOS
No imagina tal vez el señor Maura la triste figura en que le coloca su manifiesto, donde se esgrimen las armas mayores contra un enemigo imaginario. Diríase que se ha obstinado en no enterarse de que en España no hay revolucionarios. Los así llamados son unas pocas gentes apostólicas, que se cuentan con los dedos de una mano, que todos conocemos; unas buenas gentes que van por su camino pacíficamente, sin meterse con nadie.
¿Quiénes son concretamente? Al señor Lerroux se le desmorona la organización barcelonesa, no más levantisca que la de cualquiera capital industriosa. Pablo Iglesias no ha sido nunca un destructor, sino todo lo contrario: en el ataque de 1909 se encontró incluso en una conjunción que hoy intenta sostener contra el convencimiento de su partido.
Don Melquíades Álvarez es un hombre democrático de ideas y de condición, más próximo de suyo a la Gaceta que a las barricadas. ¿Dónde están, pues, los inminentes revolucionarios? Y si éstos pueden llegar a parecerlo, ¿a quién se debe?
En tanto, llevamos perdidos otros cuatro años.
El montón de detritus históricos sigue sin organizarse en nación. Pasa el Poder de manos de los conservadores, que no tienen programa, a manos de los liberales, que tampoco la tienen. Continúa el pueblo español crucificado entre dos vocablos.
Tiene razón el señor Maura al quejarse de la administración liberal; pero el pueblo, puesto en la cruz, cree que no fue mejor la conservadora. Uno y otro partido se hallan formados a la antigua usanza. Esta antigua usanza es conocida; consiste en reunir unos cuantos intereses privados y anárquicos, colocar encima unas cuantas incompetencias y tapar todo con una palabra: conservación, liberalismo. Siempre hallan pretexto estos grandes partidos —que como las bolas de nieve con la nieve que ya ha caído se formaron, recogiendo los hombres que ya habían fracasado—, para no acometer la organización de una fisiología nacional mínima.
Los unos viven atormentados por alucinatorias subversiones; los otros viven sin ser atormentados por nada. Y nadie piensa en crear la conciencia política y militar, que son actividades técnicas, sin las cuales todo lo demás es imposible. Nadie piensa que sin economistas, sin ingenieros, sin profesores, sin médicos, sin estrategas, un pueblo es sólo un montón de detritus históricos, sin regulador interno, sin lastre, sin oriente y sin forma.
Cuando el mundo aprieta en torno demasiado, el partido conservador y el partido liberal se enojan alternativamente con el poder moderador.
LA EXPERIENCIA MONÁRQUICA
El poder moderador… Declaro que esta frase me es poco simpática; suena a hipocresía y a jurídico escolasticismo. Es insuficiente para definir la función de la institución máxima en una sociedad, y es inexacta si pretende formular la fluencia real, viviente de la historia. Es una expresión gris. Fue ideada por el liberalismo del siglo XIX, el cual nos parece cosa tan vieja y manida como la política de los Faraones.
¡Un poder, cuya potencia es sólo moderar! En la dinámica historia sólo hay poderes contrarios, y la moderación surge espontáneamente de ellos. Mejor aún; como todo poder se forma y crece en lucha con otro poder enemigo, necesita que éste no desaparezca del todo y mantiene con él una tácita comunidad de intereses extremos. La moderación viene a ser, pues, la medida de la necesidad que en cada caso siente un partido de su contrario. ¿A qué más moderador que la opinión pública, en la cual se reúnen y vienen fatalmente a composición y límites los torbellinos particulares?
Esa teoría del poder moderador ha desmoralizado a los reyes en Europa, incitándoles a convertirse en fainéants.
El poder moderador es la opinión pública; el jefe del Estado nada más que su órgano. Y no es bueno que el sentido jurídico de la palabra poder suplante, por completo, al sentido histórico.
En éste, que es el decisivo, no puede hablarse de la accidentalidad de las formas de gobierno, como no se tenga de las esencias una idea medioeval. Para el pensar moderno, la esencia de una cosa es el conjunto de sus manifestaciones, de sus afectos, y nada más. La innovación más profunda del Renacimiento fue la inversión del apotegma escolástico: operari sequitur esse, la operación es consecuencia del ser. Al contrario: lo esencial son los efectos. Y así dice Don Quijote: «Considera, hermano Sancho, que nadie es más que otro mientras no haga más que otro».
Así, no es accidental el decidirse por la Monarquía o la República. Una institución es un instrumento de organización social: ¿sirve? Entonces es esencial admitirla. Los instrumentos no tienen más dignidad que su eficacia.
Y si esto acontece con la institución de la Junta Central del Censo, ¿no ocurrirá lo mismo con la institución mayor?
Allá en las primeras Cortes de la Regencia, donde se oyeron tantas cosas raras, llegó don Antonio Cánovas a proclamar que «sobre la paz está la Monarquía». De este modo creía combatir a los republicanos, los cuales hicieron suya la expresión, afirmando que igualmente para ellos «sobre la paz estaba la República».
Ya que vivimos una edad experimental, carecería de sentido excluir de la política ese mismo método con que se van definiendo las esencias físicas, y sólo como una supervivencia retórica cabe situarse ante las formas de gobierno en otra postura que la experimental.
Hay que hacer la experiencia monárquica. Hay que hacerla, porque hasta ahora no se ha hecho. Hasta ahora, entre la Monarquía y el problema nacional se habían interpolado ciertos hombres públicos. Las gentes presenciaban las idas y venidas de éstos, sus gestos, sus promesas nunca cumplidas, sus deslealtades, sus incompetencias, sus mutuas rencillas, y, sobre todo, la falta de amor hacia las labores más serias, hacia la reconstrucción de los órganos imprescindibles para que la sociedad pueda alentar. Y buscando la causa de esta incapacidad para construir, por esa tendencia de los pueblos poco educados intelectualmente a no ver lo concreto delante de sus ojos y gozarse en imaginar causas abstractas y ocultas, supusieron que todo era debido a palatinas tinieblas y todo se corregiría en un mediodía republicano. Pocos habrán dejado de caer en esta ingenua explicación. Tanto más cuanto que aquellos mismos políticos inducían con equívocos ademanes a aceptarla.
Pero de algún tiempo a esta parte van las gentes razonando mejor, y no hallo inconveniente en expresar lo que más de una vez he oído, con la misma claridad con que lo oí: los pensamientos que se mueven dentro de la circunferencia de la Corona nos son completamente desconocidos. Ignoramos cuántos y cuáles sean. Repugnamos, igualmente, las ilusiones sin fundamento y los falsos testimonios. Más aún; sería ingenuo e insincero no añadir que, existiendo palacios desde largura de siglos, han ido formando los historiadores una psicología palatina; ésta a nadie es ignota, y en lo sustancial constituye una forma particular de la psicología dominante en todas las viejas casas solariegas. Creadas por el pasado y sostenidas por la tradición no favorecen grandemente la renovación espiritual ni fomentan la sensibilidad para percibir los grandes cambios históricos. Con estas desventajas compensa la Monarquía sus ventajas.
Mas en nuestro caso huelgan las hipótesis infundadas. Basta con notar que, en general, frente al zigzag caprichoso y desorientador de los hombres públicos que hemos conocido y conocemos, la única intervención que, mala o buena, ha mostrado una cierta continuidad severa y responsable ha sido la psicología palatina. Con esto no basta, porque España no está en crisis política, ni siquiera como Estado, sino como raza, como posibilidad histórica.
Pero sería injusto exigir arriba juicios y atenciones para los hombres públicos que les ha rehusado el pueblo. Por la misma razón es absurdo, es ilícito mostrar a las masas como radical curación una República en que habrán de gobernar los mismos hombres u otros análogos.
Hay que hacer la experiencia monárquica. En una experiencia la garantía primera corresponde a los experimentadores. Los conocidos no la ofrecen al pueblo. Vengan otros nuevos, dispuestos a hacerla con amor, con tristeza, con severidad y con competencia.
La experiencia ha de versar no sobre esa función ficticia de moderar. La Monarquía pretende ser el instrumento supremo de organización social: es el Poder organizador por excelencia. Hay una manera mínima de hallarse servidas y en plena eficacia ciertas funciones colectivas: sin ellas no se vive, constituyen la fisiología mínima de un pueblo. Al través de las grandes discrepancias éticas y religiosas, la institución mayor tiene que responder de ese mínimum de vitalidad y de eficacia, tiene que responder, por decirlo así, de la continuidad del cuerpo al través de las pasiones del alma.
CUENTA NUEVA
El documento del señor Maura y la vida inerte de la agrupación liberal manifiestan la desproporción entre lo que son ambos viejos partidos y la tarea de construir a España en nación. Los días, las horas, van liquidándolos al aire libre, como cadáveres insepultos. Formados en torno a teorías hoy caducas, herederos de una magnífica fortuna de vicios antisociales, no tienen aptitud para renovarse, y es un dato bien curioso la resistencia de la nueva generación a entrar en ellos, no obstante haber sido solicitada repetidamente.
¿Cómo va a sucederse a sí mismo el partido liberal, si es para la nueva España aspirante tan impopular como el conservador, a no ser por dos o tres rasgos de éste, tan graves como, tal vez, casuales?
No sabiendo alguna gente moza dónde arrimar su esfuerzo, se ha recluido en el republicanismo como en una posada. Pero el antiguo republicanismo abstracto, oriundo de una propensión estética a la simetría, no la enardece bastante. Las nuevas doctrinas sociales más concretas, complicadas y eficaces son su verdadera preocupación.
La crisis última, la liquidación del partido conservador, al menos de su forma actual, han transformado por completo el horizonte político. Ya tienen los socialistas el pretexto sobrado que en el fondo de su interior buscaban, durante las sesiones de su último Congreso, para desintegrarse de la conjunción con el republicanismo. Virgilio puso en el infierno a Mecenio porque se había holgado atando a los vivos con los muertos. Algo parecido viene haciendo Pablo Iglesias al conducir por esos mítines sobre los hombros de un partido joven y saludable la fenecida corporeidad del republicanismo.
Y sería doloroso que entre los propios republicanos, empeñados en una faena, a la que nadie otorga fe, ni mucho menos esperanza, no ofrecieran espontáneamente a una nueva experiencia fuerte aquellos de entre los suyos capaces de amor, de tristeza, de severidad y de competencia.
Se trata de ensayar con más modestia que otras veces, pero con mayor energía, la conversión de un montón de detritus históricos en un cuerpo nacional.
El Imparcial, 10 de enero de 1913