Ortega y Gasset
Abstract
A commentary on the document with which Maura withdraws from politics, read as a ‘literary failure’: style is not chosen, one writes as one is. Ortega attacks the archaic baroque inherited from Castilian rhetorical historians and reads in it the imbalance between the little one has to say and the pomp of saying it. Literary and political criticism, not philosophy.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
El señor Maura, fugitivo de la política, nos deja un documento entre las manos. Porque se trata de un documento en el sentido originario de la palabra: se trata de una enseñanza, de un doctrinal.
Cuando se nos dice de alguien que ha realizado un acto político, sabemos de antemano que nuestro caudal de pensamientos nos va a ser aumentado. Un acto político suele ser lo contrario de una idea vivaz. Pero ahora se nos dice que el señor Maura ha realizado un acto impolítico, que con esa página de barroca literatura se ha eyectado a sí mismo violentamente fuera del ámbito gubernamental, y, al reintegrarse en lo doméstico, deja su puerta tan bien atrancada por la parte exterior, que no podrá él mismo abrirla de nuevo.
Ahora bien; las fronteras entre la vida pública y la privada están marcadas por la sinceridad, y el tránsito de aquélla a ésta consiste siempre en una reabsorción del hombre público por el hombre privado, que, dejando a un lado la política, nos dice su verdad. Hay, pues, en estos documentos liquidadores, más allá de su significación política inmediata, un elemento teórico, un germen puramente doctrinal, como ese jirón de su pensamiento íntimo que el sabio, al alejarse, deja flotando en el aire para que sirva de fermento a las inteligencias desinteresadas.
Esto justifica, en mi entender, el deseo que he notado en una parte de la nueva generación a que los párrafos del señor Maura no se entreguen exclusivamente al juicio interesado de la política vigente y que no deba parecer pretencioso si vienen a comentarlos y mirarlos al trasluz gentes de condición más sencilla, inhábiles para el Parlamento y la gobernación, pero que saben vivir con amargura cordial, con tristeza religiosa la triste y amarga vida española.
UN FRACASO LITERARIO
Nada hay indiferente en lo que ha escrito ahora el señor Maura. Ni siquiera la manera como lo ha escrito. Quienes afectan desdeñar la forma literaria ignoran hasta qué punto es una misma cosa con nuestra facultad de pensar y de sentir. El estilo no es consecuencia de una elección. No se escribe como se quiere, sino como se puede. Es decir, se escribe como se es, como se piensa y como se siente.
El señor Maura parece hallarse a gusto dentro de un estilo arcaico, que sirvió tal vez a su hora —siglos hace— para expresar ideas y emociones poco precisas, complejas y matizadas. Aun cuando no ha sido la lectura su ejercicio favorito, ha dedicado —según referencias— una amplia fidelidad al comercio con los llamados clásicos castellanos, y ha creído que era el estilo de estos libros suficiente para proyectar sus propios pensamientos.
Bajo el nombre de clásicos castellanos corre una mercancía muy varia y de muy diverso valor. En torno a algunas, poquísimas obras de positiva energía espiritual, de estética plenitud, verdaderamente clásicas, se han adherido muchos fárragos de decadencia, exentos hoy de toda vitalidad, restos de una cultura manca y fracasada, como ha sido la española.
Y es curioso observar que el llamado estilo clásico, a que buen número de nuestros políticos se ha acogido, no es ni por casualidad el somero, recio y sincero de algunos novelistas y teólogos, sino el muy lamentable de los historiadores retóricos como Moncada, Melo, Coloma, Solís, etcétera. Estos hombres, narradores decadentes de hazañas que no comprendían bien, no hicieron sino imitar el ritmo sentencioso y rebuscado de los historiadores latinos —Salustio, Livio, Tácito— o las contorsiones conceptistas de Séneca, modelos a quien la actualidad ha arrojado de todo Olimpo clásico. Así se ha perpetuado en nuestra literatura una propensión barroca, en el mal sentido de la palabra, ornamental y que patentiza dolorosamente el desequilibrio entre lo poco y vago que se tiene que decir y la ampulosa gesticulación con que se dice.
Mas repito que el estilo no se elige, y cuando hay en la obra ese desequilibrio entre el ademán y el pensamiento, es que lo hay también en el alma del escritor.
En el documento del señor Maura salen las palabras como lebreles vertiginosos, de larga espalda comba, en persecución de unas ideas que van huyéndoles delante. El lector las sigue jadeando de párrafo en párrafo sin poder asistir al momento satisfactorio en que la palabra trinque bien su idea. Por eso, siendo el documento más claro que ha surgido en la política contemporánea, las gentes al leerlo lo han encontrado confuso. Si alguien se tomara el trabajo de traducirlo al latín nos parecería mucho mejor.
LA REALIDAD MÁXIMA
La lucha política ha llegado a tal simplismo, que un escritor ajeno a los partidos organizados y amigo de atenerse a la complejidad de lo real, está condenado a enojar a los dos bandos. Y lo peor es que en nuestra tierra no aceptar la disciplina, el ideario de los partidos constituidos, se interpreta como una insoportable vanidad. Debiera constar el hecho de que los escritores españoles, y especialmente los que comienzan, conocen muy bien la nulidad de su influjo, saben muy bien que no pesan un adarme en el ambiente nacional y no aspiran, por tanto, a más que a ir desgranando honradas confesiones mientras van empujando el volumen de su vida.
¿Por qué ha de ser forzoso el dilema de hacer la apología del señor Maura u oponer la censura absoluta? Cuando andando el tiempo se recuerde lo que ahora leemos y escuchamos, no podrá menos de asaltar al historiador la sospecha de que dictó el miedo las opiniones. Los conservadores parecen tener miedo de que el señor Maura se ausente por completo; los liberales y radicales, de que vuelva. ¿Cómo se compagina esto con la convicción que los conservadores abrigan de que su partido es un poder nacional? Cualquiera diría que se trata más bien de una efímera potencia individual sin realidad histórica que la sustente. Por otra parte. ¿Cómo un organismo que se declara capaz de reformar o de revolucionar una nación da tanto valor a la presencia o ausencia de una persona?
El exceso de celo por parte de los conservadores en torno al señor Maura, y el exceso de júbilo por parte de las izquierdas, invitan a que el observador ingenuo dude gravemente de la fuerza positiva que representan esas dos máquinas alternas de gobernar. Da uno en pensar que, al amparo de dos vaguísimos vocablos —conservación, liberalismo—, son regidos los destinos de España, no por fuerzas históricas, de empuje espontáneo y eficaz, sino por una combinación de ajedrez, donde todo pasa dentro de un tablero artificial y todo depende de unas pocas piezas talladas por el capricho.
De todas maneras, apologías y censuras vienen a declarar que, dentro de la política al uso, era el señor Maura la realidad máxima.
Y aquí llega el instante más difícil para el ciudadano sencillo, que vive su vida española cercado de dificultades y asperezas, prisionero de la desesperanza y buscando entre los escombros del presente el portillo que se abra hacia el porvenir. Ese ciudadano lee el documento del señor Maura y exclama sin ambages —la dureza de su vida no le concede vacación para la retórica—: Pero, Señor, ¿era esto todo lo que guardaba en su interior la realidad máxima de la política española? El problema español, que no es de ayer ciertamente ni de hoy, que es el caso más extraño de toda la historia moderna, ¿se reduce a una cuestión de orden público; se reduce a que sean retirados de la política unos cuantos hombres de revolucionario gesto?
RESPETUOSAMENTE
No basta con reconocer que dentro de la irrealidad política era el señor Maura la mayor realidad. Conviene lealmente decir por qué.
Hay en este documento, a vueltas de lo que en él concretamente se expresa, una declaración difusa y latente que lo envuelve todo y que constituye, por decirlo así, la verdad del señor Maura, la doctrina íntima que hubiera querido comunicarnos, si el estilo no se lo impidiera.
Esta doctrina es lo que de fuerte y personal yace en su figura política, y es la siguiente: el señor Maura ha sido tal vez el único gobernante que ha sentido una honda repugnancia hacia la realidad política de España. Ha poseído una oscura conciencia, una sensibilidad fuerte, pero confusa, de que la política española vive en pecado mortal.
Se dirá que eso no es una doctrina, que es, a lo sumo, un sentimiento, un estado de espíritu. Es cierto; pero, ¿qué otra cosa es el señor Maura? Su historia política se caracteriza precisamente por haber usado de los sentimientos subjetivos como si fueran doctrinas. Su verdad fue su pasión. Al removerse de la publicidad lo hace con una explosión pasional.
I
Mr Maura, fugitive from politics, leaves us a document between our hands. Because it is a matter of a document in the originary sense of the word: it is a matter of a teaching, of a doctrinal.
When it is said to us of someone that he has performed a political act, we know in advance that our store of thoughts is going to be increased. A political act usually is the contrary of a vivacious idea. But now it is said to us that Mr Maura has performed an impolitical act, that with that page of baroque literature he has ejected himself violently out of the governmental ambit, and, upon reintegrating himself into the domestic, leaves his door so well barred from the exterior side, that he himself will not be able to open it again.
Now; the frontiers between public and private life are marked by sincerity, and the transit from the former to the latter always consists in a reabsorption of the public man by the private man, who, setting politics aside, tells us his truth. There is, then, in these liquidating documents, beyond their immediate political significance, a theoretical element, a purely doctrinal germ, like that shred of his intimate thought that the sage, upon departing, leaves floating in the air so that it may serve as ferment to disinterested intelligences.
This justifies, in my view, the desire that I have noticed in a part of the new generation that Mr Maura’s paragraphs not be delivered exclusively to the interested judgment of the current politics and that it should not seem pretentious if people of simpler condition come to comment on them and look at them against the light, people incapable for Parliament and governance, but who know how to live with cordial bitterness, with religious sadness the sad and bitter Spanish life.
A LITERARY FAILURE
Nothing is indifferent in what Mr Maura has now written. Not even the manner in which he has written it. Those who affect to disdain literary form ignore to what point it is one and the same thing with our faculty of thinking and of feeling. Style is not a consequence of a choice. One does not write as one wants, but as one can. That is, one writes as one is, as one thinks and as one feels.
Mr Maura seems to be at ease within an archaic style, which perhaps served in its time — centuries ago — to express little precise, complex and nuanced ideas and emotions. Even though reading has not been his favorite exercise, he has devoted — according to references — a broad fidelity to commerce with the so-called Castilian classics, and he has believed that the style of these books was sufficient to project his own thoughts.
Under the name of Castilian classics there runs a very varied merchandise and of very diverse value. Around a few, very few works of positive spiritual energy, of aesthetic plenitude, truly classic, many decadence-dregs have adhered, today devoid of all vitality, remains of a maimed and failed culture, as the Spanish one has been.
And it is curious to observe that the so-called classic style, to which a good number of our politicians has taken refuge, is not even by chance the terse, sturdy and sincere one of some novelists and theologians, but the very lamentable one of the rhetorical historians like Moncada, Melo, Coloma, Solís, etcetera. These men, decadent narrators of exploits that they did not understand well, did nothing but imitate the sententious and far-fetched rhythm of the Latin historians — Sallust, Livy, Tacitus — or the conceptist contortions of Seneca, models whom the present time has cast out of every classic Olympus. Thus there has been perpetuated in our literature a baroque propensity, in the bad sense of the word, ornamental and that painfully manifests the imbalance between the little and vague that one has to say and the bombastic gesticulation with which it is said.
But I repeat that style is not chosen, and when there is in the work that imbalance between the gesture and the thought, it is because there is also in the soul of the writer.
In Mr Maura’s document the words come out like vertiginous greyhounds, of long arched back, in pursuit of ideas that go fleeing before them. The reader follows them panting from paragraph to paragraph without being able to attend the satisfactory moment in which the word properly seizes its idea. For that reason, being the clearest document that has arisen in contemporary politics, people reading it have found it confused. If someone took the trouble to translate it into Latin it would seem to us much better.
THE MAXIMUM REALITY
Political struggle has reached such simplism, that a writer alien to the organized parties and friend of adhering to the complexity of the real is condemned to annoy both sides. And the worst is that in our land not accepting the discipline, the ideology of the constituted parties is interpreted as an unbearable vanity. The fact ought to be recorded that Spanish writers, and especially those who are beginning, know very well the nullity of their influence, know very well that they do not weigh an ounce in the national environment and do not aspire, therefore, to anything more than to go shelling honest confessions while they keep pushing the volume of their life.
Why must the dilemma of making the apology of Mr Maura or opposing absolute censure be forced? When, as time goes on, what we now read and hear is remembered, the suspicion cannot fail to assail the historian that fear dictated the opinions. The conservatives seem to be afraid that Mr Maura absent himself completely; the liberals and radicals, that he return. How does this square with the conviction that the conservatives harbor that their party is a national power? Anyone would say that it is rather a matter of an ephemeral individual potency without historical reality to sustain it. On the other hand. How does an organism that declares itself capable of reforming or of revolutionizing a nation give so much value to the presence or absence of a person?
The excess of zeal on the part of the conservatives around Mr Maura, and the excess of jubilation on the part of the lefts, invite the naive observer gravely to doubt the positive force that those two alternating machines of governing represent. One comes to think that, under the shelter of two most vague words — conservation, liberalism —, the destinies of Spain are ruled, not by historical forces, of spontaneous and effective impetus, but by a chess combination, where everything happens within an artificial board and everything depends on a few pieces carved by caprice.
Anyhow, apologies and censures come to declare that, within politics in vogue, Mr Maura was the maximum reality.
And here arrives the most difficult moment for the simple citizen, who lives his Spanish life surrounded by difficulties and roughnesses, prisoner of hopelessness and seeking among the debris of the present the breach that opens toward the future. That citizen reads Mr Maura’s document and exclaims without circumlocution — the hardness of his life does not grant him vacation for rhetoric —: But, Lord, was this all that the maximum reality of Spanish politics kept within itself? The Spanish problem, which is certainly not of yesterday nor of today, which is the strangest case of all modern history, does it reduce to a question of public order; does it reduce to a few men of revolutionary gesture being withdrawn from politics?
RESPECTFULLY
It is not enough to recognize that within political unreality Mr Maura was the greatest reality. It is fitting to say loyally why.
There is in this document, around what in it is concretely expressed, a diffuse and latent declaration that envelops everything and that constitutes, so to speak, Mr Maura’s truth, the intimate doctrine that he would have wanted to communicate to us, if the style did not prevent him.
This doctrine is what of strong and personal lies in his political figure, and it is the following: Mr Maura has perhaps been the only ruler who has felt a deep repugnance toward the political reality of Spain. He has possessed an obscure consciousness, a strong but confused sensibility, that Spanish politics lives in mortal sin.
It will be said that that is not a doctrine, that it is, at most, a feeling, a state of spirit. It is certain; but, what other thing is Mr Maura? His political history is characterized precisely by having used subjective feelings as if they were doctrines. His truth was his passion. In removing himself from publicity he does so with a passional explosion.
I
Il signor Maura, fuggitivo della politica, ci lascia un documento tra le mani. Perché si tratta di un documento nel senso originario della parola: si tratta di un insegnamento, di un dottrinale.
Quando ci si dice di qualcuno che ha realizzato un atto politico, sappiamo in anticipo che il nostro patrimonio di pensieri ci sarà aumentato. Un atto politico suole essere il contrario di un’idea vivace. Ma ora ci si dice che il signor Maura ha realizzato un atto impolitico, che con quella pagina di barocca letteratura si è eiettato violentemente fuori dell’ambito governamentale, e, reintegrandosi nel domestico, lascia la sua porta così bene sbarrata dalla parte esterna, che non potrà lui stesso riaprirla.
Ora; le frontiere tra la vita pubblica e la privata sono marcate dalla sincerità, e il transito da quella a questa consiste sempre in un riassorbimento dell’uomo pubblico da parte dell’uomo privato, che, lasciando da parte la politica, ci dice la sua verità. C’è, dunque, in questi documenti liquidatori, al di là della loro significazione politica immediata, un elemento teorico, un germe puramente dottrinale, come quello squarcio del suo pensiero intimo che il sapiente, allontanandosi, lascia fluttuare nell’aria perché serva da fermento alle intelligenze disinteressate.
Questo giustifica, a mio intendere, il desiderio che ho notato in una parte della nuova generazione che i paragrafi del signor Maura non si consegnino esclusivamente al giudizio interessato della politica vigente e che non debba sembrare pretenzioso se vengano a commentarli e guardarli contro luce genti di condizione più semplice, inabili per il Parlamento e il governo, ma che sanno vivere con amarezza cordiale, con tristezza religiosa la triste e amara vita spagnola.
UN FALLIMENTO LETTERARIO
Nulla c’è di indifferente in ciò che ha scritto ora il signor Maura. Nemmeno la maniera in cui lo ha scritto. Coloro che affettano disdegnare la forma letteraria ignorano fino a che punto sia una stessa cosa con la nostra facoltà di pensare e di sentire. Lo stile non è conseguenza di una scelta. Non si scrive come si vuole, ma come si può. Cioè, si scrive come si è, come si pensa e come si sente.
Il signor Maura sembra trovarsi a suo agio dentro uno stile arcaico, che servì forse a suo tempo — secoli fa — per esprimere idee ed emozioni poco precise, complesse e sfumate. Anche se la lettura non è stata il suo esercizio favorito, ha dedicato — secondo riferimenti — un’ampia fedeltà al commercio con i cosiddetti classici castigliani, e ha creduto che lo stile di questi libri fosse sufficiente per proiettare i propri pensieri.
Sotto il nome di classici castigliani corre una mercanzia molto varia e di molto diverso valore. Intorno ad alcune, pochissime opere di positiva energia spirituale, di estetica pienezza, veramente classiche, si sono aderiti molti farragini di decadenza, esenti oggi da ogni vitalità, resti di una cultura monca e fallita, come è stata la spagnola.
Ed è curioso osservare che il cosiddetto stile classico, a cui un buon numero dei nostri politici si è accollo, non è nemmeno per caso il sommario, robusto e sincero di alcuni romanzieri e teologi, ma il molto lamentevole degli storici retorici come Moncada, Melo, Coloma, Solís, eccetera. Questi uomini, narratori decadenti di imprese che non comprendevano bene, non fecero che imitare il ritmo sentenzioso e ricercato degli storici latini — Sallustio, Livio, Tacito — o le contorsioni concettiste di Seneca, modelli a cui l’attualità ha scagliato fuori da ogni Olimpo classico. Così si è perpetuata nella nostra letteratura una propensione barocca, nel cattivo senso della parola, ornamentale e che palesa dolorosamente lo squilibrio tra il poco e vago che si ha da dire e l’ampollosa gesticolazione con cui si dice.
Ma ripeto che lo stile non si sceglie, e quando c’è nell’opera quello squilibrio tra il gesto e il pensiero, è che c’è anche nell’anima dello scrittore.
Nel documento del signor Maura escono le parole come levrieri vertiginosi, di lunga schiena curva, in persecuzione di idee che vanno fuggendo loro davanti. Il lettore le segue ansimando di paragrafo in paragrafo senza poter assistere al momento soddisfacente in cui la parola abbocchi bene la sua idea. Per questo, essendo il documento più chiaro che sia sorto nella politica contemporanea, le genti leggendolo lo hanno trovato confuso. Se qualcuno si prendesse il lavoro di tradurlo in latino ci sembrerebbe molto migliore.
LA REALTÀ MASSIMA
La lotta politica è giunta a tale semplicismo, che uno scrittore estraneo ai partiti organizzati e amico di attenersi alla complessità del reale, è condannato a infastidire le due fazioni. E il peggio è che nella nostra terra non accettare la disciplina, l’ideario dei partiti costituiti, si interpreta come un’insoportabile vanità. Dovrebbe constare il fatto che gli scrittori spagnoli, e specialmente quelli che cominciano, conoscono molto bene la nullità del loro influsso, sanno molto bene che non pesano un grammo nell’ambiente nazionale e non aspirano, perciò, a più che andare sgranando oneste confessioni mentre vanno spingendo il volume della loro vita.
Perché deve essere forzoso il dilemma di fare l’apologia del signor Maura o opporre la censura assoluta? Quando andando il tempo si ricordi ciò che ora leggiamo e ascoltiamo, non potrà meno di assalire lo storico il sospetto che il timore abbia dettato le opinioni. I conservatori sembrano avere paura che il signor Maura si assenti del tutto; i liberali e radicali, che ritorni. Come si compagina questo con la convinzione che i conservatori covano che il loro partito sia un potere nazionale? Chiunque direbbe che si tratta piuttosto di un’effimera potenza individuale senza realtà storica che la sostenga. D’altra parte. Come un organismo che si dichiara capace di riformare o di rivoluzionare una nazione dà tanto valore alla presenza o assenza di una persona?
L’eccesso di zelo da parte dei conservatori intorno al signor Maura, e l’eccesso di giubilo da parte delle sinistre, invitano a che l’osservatore ingenuo dubiti gravemente della forza positiva che rappresentano quelle due macchine alterne di governare. Si finisce col pensare che, all’amparo di due vaghissimi vocaboli — conservazione, liberalismo —, sono retti i destini della Spagna, non da forze storiche, di spinta spontanea ed efficace, ma da una combinazione di scacchi, dove tutto passa dentro una scacchiera artificiale e tutto dipende da poche pedine scolpite dal capriccio.
In ogni maniera, apologie e censure vengono a dichiarare che, dentro la politica al uso, era il signor Maura la realtà massima.
E qui arriva il momento più difficile per il cittadino semplice, che vive la sua vita spagnola circondato di difficoltà e asprezze, prigioniero della disperanza e cercando tra le macerie del presente il varco che si apra verso l’avvenire. Quel cittadino legge il documento del signor Maura ed esclama senza ambagi — la durezza della sua vita non gli concede vacanza per la retorica —: Ma, Signore, era questo tutto ciò che custodiva nel suo interno la realtà massima della politica spagnola? Il problema spagnolo, che non è certo di ieri né di oggi, che è il caso più strano di tutta la storia moderna, si riduce a una questione di ordine pubblico; si riduce a che siano ritirati dalla politica alcuni uomini di gesto rivoluzionario?
RISPETTOSAMENTE
Non basta riconoscere che dentro l’irrealtà politica era il signor Maura la maggior realtà. Conviene lealmente dire perché.
C’è in questo documento, a giro di ciò che in esso concretamente si esprime, una dichiarazione diffusa e latente che avvolge tutto e che costituisce, per così dire, la verità del signor Maura, la dottrina intima che avrebbe voluto comunicarci, se lo stile non glielo impedisse.
Questa dottrina è ciò che di forte e personale giace nella sua figura politica, ed è la seguente: il signor Maura è stato forse l’unico governante che ha sentito una profonda ripugnanza verso la realtà politica della Spagna. Ha posseduto una oscura coscienza, una sensibilità forte, ma confusa, che la politica spagnola vive in peccato mortale.
Si dirà che questo non è una dottrina, che è, a sommo, un sentimento, uno stato di spirito. È certo; ma, che altra cosa è il signor Maura? La sua storia politica si caratterizza precisamente per aver usato dei sentimenti soggettivi come se fossero dottrine. La sua verità fu la sua passione. Al rimuoversi dalla pubblicità lo fa con un’esplosione passionale.
Y aquella sensación de repugnancia ante la impureza ambiente, que era justa y ejemplar como estado íntimo de espíritu, al ser formulada en pensamiento, en juicios concretos, pierde todo su valor e incita a que excusemos al señor Maura hasta el mérito de haberla sentido. Porque la repugnancia hacia lo repugnante es una gran virtud privada; mas la política comienza donde aquel asco sentimental concluye e inicia la clara intelección un sistema de medios correctivos.
La lealtad nos exige que enviemos sin equívocos nuestro respeto hacia quien, siendo hombre público, tuvo esa virtud de indignarse secretamente, que es una virtud privada. Pero cumplido este deber de respetar, queda libre nuestra lealtad para resistirse a la admiración.
LA DICTADURA
De nada nos sirve aquella pureza en el vago sentir. Al pasar del sentimiento a la noción más nimia, el señor Maura fracasa.
Este documento, como empresa intelectual, es una verdadera desdicha. No se comprende, sin embargo, cómo los llamados liberales han sentido regocijo ante esa escasez ideológica que pone de manifiesto el señor Maura. Ello revela que son hombres de partido y no tienen una sensibilidad nacional. Porque a un corazón preocupado por los destinos de la raza había de producirle intensa amargura hallar en la mente de un hombre tan famoso semejante desierto de ideas. Y no se diga que echamos de menos en el señor Maura ideas de filosofía de la historia; aun cuando éstas no holgarían del todo, nos contentaríamos con algunas ideas políticas.
He aquí lo que se nos enseña:
1.º El partido conservador no puede colaborar en la gobernación. Razones: primera y principal, porque el partido alterno vive en relaciones con grupos que manejan las violencias populares. Segunda y secundaria, porque el partido alterno despilfarra la Hacienda.
2.º El partido conservador no puede volver a gobernar hasta tanto que: a) esté seguro de que no va a ser removido del Poder por un movimiento popular, como en 1909; b) y no se forme un partido liberal idóneo.
3.º Estas dos seguridades no aspira el partido conservador a obtenerlas de las elecciones, de la convicción nacional, sino de la Corona. El partido conservador trata sólo con la Corona.
El partido conservador pone como condición a la Corona que ésta se adscriba por un espacio que determinará el señor Maura a las maneras de su ministro de la Gobernación, y le conceda previamente un margen de represiones violentas, sin poder suspenderle su confianza por graves que parezcan los eventos. La anchura de dicho margen será en su hora fijada por el señor Maura.
Otrosí, se comprometerá la Corona a licenciar el partido liberal y adoperar otro idóneo. Esta idoneidad será también definida por el señor Maura en posteriores apariciones que hará sobre el monte Sinaí.
En una palabra: el señor Maura pide la dictadura.
II
EL HOMBRE ROTO
Decía antes que la indignación no tiene nada que hacer en política. Por tanto, carece de sentido indignarse ante este documento que, rotundo y barroco por de fuera, goza por dentro de una estrechez gótica. Para estos casos puso el Hacedor en los ánimos la capacidad de entristecerse.
Aquí no se trata de situarse al lado o frontero del señor Maura. Aquí se trata de España, de esa turbera de detritus históricos que es inminente organizar en nación. Todo lo demás es anécdota. Y no puede aspirar a gobernar quien no se haya percatado de que el problema español no sólo no es un problema de orden público, pero ni siquiera un problema político: que es una tragedia de secular desarrollo.
Es frívolo y es ciego, en mi opinión hasta es impío, concentrar todas las preocupaciones de gobierno sobre los fenómenos de convulsión popular, interpretándolos como agitaciones artificiales movidas por un puñado de demagogos. Si algo va quedando claro de 1909 es que aquel temblor nacional fue del todo espontáneo, fue una ráfaga histérica, una sacudida neurótica que llevó a unos desventurados a quemar unos conventos y, después de atravesar con vario efecto todas las capas sociales, ascendió hasta los gobernantes dementándolos unas semanas. Nadie estuvo libre de sus efectos. Cada cual, a su modo, se dejó arrebatar de la histeria básica que constituye la última realidad del alma española.
No cabe error más grave, más peligroso, en un gobernante español que interpretar como manifestación localizada y artificial lo que es síntoma ubicuo de la dolencia nacional.
Pero, ¿es que el pueblo español vive sobre unas rosas? ¿Es que el señor Maura ignora que hay en el mundo una cosa acérrima que se llama hambre? ¿Y otra que se llama injusticia? ¿Y otra, desesperanza? ¿Y otra, barbarie hereditaria? Ésos son los demagogos españoles: trabajan lentamente, a la luz del día, desde hace centurias. Magníficas ocasiones ha tenido el partido conservador para ejercitar contra ellos sus furores antidemagógicos.
Cada albañil español, diríamos al señor Maura, hubiera querido ser un lord de Inglaterra; pero ¡ahí está!, vino por un azar a nacer sobre la Península, un día que en la casa había hambre y cuando el maestro se había ido del pueblo.
Cada mozo español habría preferido encontrar en el Instituto y en la Universidad hombres de alma enérgica y bien ordenada que le indujeran a escuchar, al través de los azares de la vida, la divina armonía triunfante en el Cosmos. Lejos de ello, ha encontrado sólo naturalezas derruidas y chabacanas, almas putrefactas y sin temblor ideal, en las cuales, al refractarse el mundo, aparecía como una inmensa inepcia.
Y hoy todo español lleva dentro un hombre roto, movido sólo del odio y la epilepsia, sin serenidad para el respeto ni energía para solidaridades fecundas. Todo español; no cabe excluir al señor Maura. Ahora, al descender a su personalidad privada, le ha salido al paso el hombre roto que dentro llevaba y, arrebatándole la pluma, le ha escrito ese documento de donde todo amor se halla ausente.
Un pueblo enfermo de odios difusos sólo puede sanarlo el amor: un amor avizor y sereno.
LOS VIEJOS PARTIDOS
No imagina tal vez el señor Maura la triste figura en que le coloca su manifiesto, donde se esgrimen las armas mayores contra un enemigo imaginario. Diríase que se ha obstinado en no enterarse de que en España no hay revolucionarios. Los así llamados son unas pocas gentes apostólicas, que se cuentan con los dedos de una mano, que todos conocemos; unas buenas gentes que van por su camino pacíficamente, sin meterse con nadie.
¿Quiénes son concretamente? Al señor Lerroux se le desmorona la organización barcelonesa, no más levantisca que la de cualquiera capital industriosa. Pablo Iglesias no ha sido nunca un destructor, sino todo lo contrario: en el ataque de 1909 se encontró incluso en una conjunción que hoy intenta sostener contra el convencimiento de su partido.
Don Melquíades Álvarez es un hombre democrático de ideas y de condición, más próximo de suyo a la Gaceta que a las barricadas. ¿Dónde están, pues, los inminentes revolucionarios? Y si éstos pueden llegar a parecerlo, ¿a quién se debe?
En tanto, llevamos perdidos otros cuatro años.
El montón de detritus históricos sigue sin organizarse en nación. Pasa el Poder de manos de los conservadores, que no tienen programa, a manos de los liberales, que tampoco la tienen. Continúa el pueblo español crucificado entre dos vocablos.
Tiene razón el señor Maura al quejarse de la administración liberal; pero el pueblo, puesto en la cruz, cree que no fue mejor la conservadora. Uno y otro partido se hallan formados a la antigua usanza. Esta antigua usanza es conocida; consiste en reunir unos cuantos intereses privados y anárquicos, colocar encima unas cuantas incompetencias y tapar todo con una palabra: conservación, liberalismo. Siempre hallan pretexto estos grandes partidos —que como las bolas de nieve con la nieve que ya ha caído se formaron, recogiendo los hombres que ya habían fracasado—, para no acometer la organización de una fisiología nacional mínima.
Los unos viven atormentados por alucinatorias subversiones; los otros viven sin ser atormentados por nada. Y nadie piensa en crear la conciencia política y militar, que son actividades técnicas, sin las cuales todo lo demás es imposible. Nadie piensa que sin economistas, sin ingenieros, sin profesores, sin médicos, sin estrategas, un pueblo es sólo un montón de detritus históricos, sin regulador interno, sin lastre, sin oriente y sin forma.
Cuando el mundo aprieta en torno demasiado, el partido conservador y el partido liberal se enojan alternativamente con el poder moderador.
LA EXPERIENCIA MONÁRQUICA
El poder moderador… Declaro que esta frase me es poco simpática; suena a hipocresía y a jurídico escolasticismo. Es insuficiente para definir la función de la institución máxima en una sociedad, y es inexacta si pretende formular la fluencia real, viviente de la historia. Es una expresión gris. Fue ideada por el liberalismo del siglo XIX, el cual nos parece cosa tan vieja y manida como la política de los Faraones.
And that sensation of repugnance before the ambient impurity, which was just and exemplary as an intimate state of spirit, upon being formulated in thought, in concrete judgments, loses all its value and incites us to excuse Mr Maura down to the merit of having felt it. Because repugnance toward the repugnant is a great private virtue; but politics begins where that sentimental disgust concludes and a system of corrective means initiates the clear intellection.
Loyalty requires us that we send without equivocation our respect toward him who, being a public man, had that virtue of secretly becoming indignant, which is a private virtue. But once this duty of respecting is fulfilled, our loyalty remains free to resist admiration.
THE DICTATORSHIP
Of no use to us is that purity in the vague feeling. In passing from sentiment to the most minute notion, Mr Maura fails.
This document, as an intellectual enterprise, is a veritable misfortune. It is not understood, however, how the so-called liberals have felt rejoicing before that ideological scarcity that Mr Maura brings to light. That reveals that they are men of party and do not have a national sensibility. Because to a heart preoccupied with the destinies of the race such intense bitterness had to be produced by finding in the mind of so famous a man such a desert of ideas. And let it not be said that we miss in Mr Maura ideas of philosophy of history; even though these would not be entirely superfluous, we would content ourselves with some political ideas.
Here is what is taught to us:
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The conservative party cannot collaborate in government. Reasons: first and principal, because the alternate party lives in relations with groups that handle popular violences. Second and secondary, because the alternate party squanders the Treasury.
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The conservative party cannot return to governing until such time as: a) it be sure that it is not going to be removed from Power by a popular movement, as in 1909; b) and a suitable liberal party not be formed.
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These two assurances the conservative party does not aspire to obtain them from the elections, from national conviction, but from the Crown. The conservative party deals only with the Crown.
The conservative party poses as condition to the Crown that it subscribe itself for a space that Mr Maura will determine to the manners of his minister of the Interior, and grant it previously a margin of violent repressions, without being able to suspend its confidence however grave the events may seem. The breadth of said margin will be in its time fixed by Mr Maura.
Moreover, the Crown will commit itself to dismiss the liberal party and adopt another suitable one. This suitability will also be defined by Mr Maura in later appearances that he will make upon Mount Sinai.
In a word: Mr Maura asks for the dictatorship.
II
THE BROKEN MAN
I said before that indignation has nothing to do in politics. Therefore, it lacks sense to become indignant before this document that, rotund and baroque on the outside, enjoys inside a Gothic narrowness. For these cases the Maker placed in souls the capacity to be saddened.
Here it is not a matter of placing oneself beside or opposite Mr Maura. Here it is a matter of Spain, of that peat-bog of historical detritus that it is imminent to organize into a nation. All the rest is anecdote. And he cannot aspire to govern who has not realized that the Spanish problem not only is not a problem of public order, but not even a political problem: that it is a tragedy of secular development.
It is frivolous and it is blind, in my opinion it is even impious, to concentrate all the concerns of government on the phenomena of popular convulsion, interpreting them as artificial agitations moved by a handful of demagogues. If anything is going remaining clear from 1909 it is that that national tremor was entirely spontaneous, it was a hysterical gust, a neurotic shake that carried some unfortunates to burn some convents and, after crossing with varying effect all the social layers, ascended up to the rulers maddening them for some weeks. No one was free of its effects. Each one, in his own way, let himself be carried away by the basic hysteria that constitutes the last reality of the Spanish soul.
No graver, more dangerous error is conceivable in a Spanish ruler than interpreting as a localized and artificial manifestation what is a ubiquitous symptom of the national ailment.
But, is it that the Spanish people lives upon roses? Is it that Mr Maura ignores that there is in the world a stubborn thing that is called hunger? And another that is called injustice? And another, hopelessness? And another, hereditary barbarism? Those are the Spanish demagogues: they work slowly, in the light of day, for centuries. Magnificent occasions has the conservative party had to exercise against them its antidemagogic furies.
Every Spanish bricklayer, we would say to Mr Maura, would have wanted to be an English lord; but there you are!, he came by chance to be born upon the Peninsula, one day when in the house there was hunger and when the master had left the town.
Every Spanish lad would have preferred to find in the Institute and in the University men of energetic and well-ordered soul who would induce him to listen, through the chances of life, to the divine harmony triumphant in the Cosmos. Far from it, he has found only ruined and vulgar natures, putrefied souls and without ideal tremor, in which, upon the world being refracted, appeared as an immense ineptitude.
And today every Spaniard carries within a broken man, moved only by hatred and epilepsy, without serenity for respect nor energy for fecund solidarities. Every Spaniard; Mr Maura cannot be excluded. Now, upon descending to his private personality, the broken man he carried within has come out to meet him and, snatching the pen from him, has written him that document from which all love is absent.
A people sick with diffuse hatreds only love can cure it: a vigilant and serene love.
THE OLD PARTIES
Mr Maura perhaps does not imagine the sad figure in which his manifesto places him, where the greater weapons are brandished against an imaginary enemy. One would say that he has persisted in not realizing that in Spain there are no revolutionaries. The so-called are a few apostolic people, who are counted on the fingers of one hand, whom we all know; good people who go their way peacefully, without bothering anyone.
Who are they concretely? Mr Lerroux’s Barcelona organization is crumbling, no more rebellious than that of any industrious capital. Pablo Iglesias has never been a destroyer, but quite the contrary: in the attack of 1909 he even found himself in a conjunction that today he attempts to sustain against the conviction of his party.
Don Melquíades Álvarez is a democratic man of ideas and of condition, more naturally closer to the Gaceta than to the barricades. Where, then, are the imminent revolutionaries? And if these can come to seem so, to whom is it due?
In the meantime, we have lost another four years.
The heap of historical detritus continues without organizing itself into a nation. Power passes from the hands of the conservatives, who have no program, to the hands of the liberals, who do not have one either. The Spanish people continues crucified between two words.
Mr Maura is right to complain of the liberal administration; but the people, put on the cross, believe that the conservative one was not better. One and the other party are formed in the old fashion. This old fashion is known; it consists in gathering a few private and anarchic interests, placing on top a few incompetences and covering everything with a word: conservation, liberalism. These great parties always find pretext — which like snowballs with the snow that has already fallen were formed, gathering the men who had already failed —, not to undertake the organization of a minimal national physiology.
Some live tormented by hallucinatory subversions; others live without being tormented by anything. And no one thinks of creating the political and military consciousness, which are technical activities, without which all the rest is impossible. No one thinks that without economists, without engineers, without professors, without physicians, without strategists, a people is only a heap of historical detritus, without internal regulator, without ballast, without orient and without form.
When the world presses too much around, the conservative party and the liberal party become angry alternately with the moderating power.
THE MONARCHICAL EXPERIMENT
The moderating power… I declare that this phrase is little sympathetic to me; it sounds of hypocrisy and of juridical scholasticism. It is insufficient to define the function of the maximum institution in a society, and it is inexact if it pretends to formulate the real, living flow of history. It is a gray expression. It was devised by the liberalism of the nineteenth century, which seems to us a thing as old and hackneyed as the politics of the Pharaohs.
E quella sensazione di ripugnanza di fronte all’impurità ambiente, che era giusta ed esemplare come stato intimo di spirito, al essere formulata in pensiero, in giudizi concreti, perde tutto il suo valore e incita a che scusiamo il signor Maura fino al merito di averla sentita. Perché la ripugnanza verso il ripugnante è una grande virtù privata; ma la politica comincia dove quel disgusto sentimentale conclude e inizia la chiara intelezione un sistema di mezzi correttivi.
La lealtà ci esige che inviamo senza equivoci il nostro rispetto verso chi, essendo uomo pubblico, ebbe quella virtù di indignarsi segretamente, che è una virtù privata. Ma compiuto questo dovere di rispettare, resta libera la nostra lealtà per resistere all’ammirazione.
LA DITTATURA
Di nulla ci serve quella purezza nel vago sentire. Al passare dal sentimento alla nozione più minuta, il signor Maura fallisce.
Questo documento, come impresa intellettuale, è una vera disgrazia. Non si comprende, tuttavia, come i cosiddetti liberali abbiano sentito giubilo di fronte a quella scarsità ideologica che mette in evidenza il signor Maura. Ciò rivela che sono uomini di partito e non hanno una sensibilità nazionale. Perché a un cuore preoccupato dai destini della razza doveva produrre intensa amarezza trovare nella mente di un uomo così famoso simile deserto di idee. E non si dica che rimpiangiamo nel signor Maura idee di filosofia della storia; anche se queste non sarebbero del tutto superflue, ci contenteremmo di alcune idee politiche.
Ecco ciò che ci si insegna:
1.º Il partito conservatore non può collaborare nel governo. Ragioni: prima e principale, perché il partito alterno vive in relazioni con gruppi che maneggiano le violenze popolari. Seconda e secondaria, perché il partito alterno sperpera la Finanza.
2.º Il partito conservatore non può tornare a governare fino a tanto che: a) sia sicuro che non verrà rimosso dal Potere da un movimento popolare, come nel 1909; b) e non si formi un partito liberale idoneo.
3.º Queste due sicurezze il partito conservatore non aspira a ottenerle dalle elezioni, dalla convinzione nazionale, ma dalla Corona. Il partito conservatore tratta solo con la Corona.
Il partito conservatore pone come condizione alla Corona che questa si ascriva per uno spazio che determinerà il signor Maura alle maniere del suo ministro della Gobernación, e le conceda preventivamente un margine di repressioni violente, senza potere sospenderle la sua fiducia per gravi che sembrino gli eventi. L’ampiezza di detto margine sarà a suo tempo fissata dal signor Maura.
Altresì, si comporterà la Corona a licenziare il partito liberale e adoperare un altro idoneo. Questa idoneità sarà anche definita dal signor Maura in posteriori apparizioni che farà sul monte Sinai.
In una parola: il signor Maura chiede la dittatura.
II
L’UOMO ROTTO
Dicevo prima che l’indignazione non ha nulla da fare in politica. Perciò, manca di senso indignarsi di fronte a questo documento che, rotondo e barocco di fuori, gode dentro di una strettezza gotica. Per questi casi mise il Fattore negli animi la capacità di rattristarsi.
Qui non si tratta di situarsi a lato o di fronte al signor Maura. Qui si tratta della Spagna, di quella torbiera di detriti storici che è imminente organizzare in nazione. Tutto il resto è aneddoto. E non può aspirare a governare chi non si sia reso conto che il problema spagnolo non solo non è un problema di ordine pubblico, ma nemmeno un problema politico: che è una tragedia di sviluppo secolare.
È frivolo ed è cieco, a mio parere è perfino empio, concentrare tutte le preoccupazioni di governo sui fenomeni di convulsione popolare, interpretandoli come agitazioni artificiali mosse da un pugno di demagoghi. Se qualcosa va restanto chiaro del 1909 è che quel tremore nazionale fu del tutto spontaneo, fu una raffica isterica, una scossa nevrotica che portò alcuni sventurati a bruciare alcuni conventi e, dopo aver attraversato con vario effetto tutti gli strati sociali, ascese fino ai governanti diventandoli pazzi per alcune settimane. Nessuno fu libero dai suoi effetti. Ciascuno, a suo modo, si lasciò rapire dall’isteria basica che costituisce l’ultima realtà dell’anima spagnola.
Non capisce errore più grave, più pericoloso, in un governante spagnolo che interpretare come manifestazione localizzata e artificiale ciò che è sintomo ubicuo della malattia nazionale.
Ma, è che il popolo spagnolo vive sopra delle rose? È che il signor Maura ignora che c’è nel mondo una cosa accanita che si chiama fame? E un’altra che si chiama ingiustizia? E un’altra, disperanza? E un’altra, barbarie ereditaria? Quelli sono i demagoghi spagnoli: lavorano lentamente, alla luce del giorno, da secoli. Magnifiche occasioni ha avuto il partito conservatore per esercitare contro di loro i suoi furori antidemagogici.
Ogni muratore spagnolo, diremmo al signor Maura, avrebbe voluto essere un lord d’Inghilterra; ma ecco!, venne per un caso a nascere sulla Penisola, un giorno che in casa c’era fame e quando il maestro se n’era andato dal paese.
Ogni giovane spagnolo avrebbe preferito trovare nell’Istituto e nell’Università uomini di anima energica e bene ordinata che lo inducessero ad ascoltare, attraverso gli azzardi della vita, la divina armonia trionfante nel Cosmo. Lungi da ciò, ha trovato solo nature rovinate e volgari, anime putrefatte e senza tremore ideale, nelle quali, al rifrangersi il mondo, appariva come un’immensa inettitudine.
E oggi ogni spagnolo porta dentro un uomo rotto, mosso solo dall’odio e dall’epilessia, senza serenità per il rispetto né energia per solidarietà feconde. Ogni spagnolo; non si può escludere il signor Maura. Ora, al discendere alla sua personalità privata, gli è uscito incontro l’uomo rotto che portava dentro e, strappandogli la penna, gli ha scritto quel documento da cui ogni amore si trova assente.
Un popolo malato di odi diffusi solo può sanarlo l’amore: un amore avveduto e sereno.
I VECCHI PARTITI
Non immagina forse il signor Maura la triste figura in cui lo colloca il suo manifesto, dove si brandiscono le armi maggiori contro un nemico immaginario. Si direbbe che si sia ostinato a non rendersi conto che in Spagna non ci sono rivoluzionari. I così chiamati sono alcune poche genti apostoliche, che si contano con le dita di una mano, che tutti conosciamo; delle buone genti che vanno per la loro strada pacificamente, senza immischiarsi con nessuno.
Chi sono concretamente? Al signor Lerroux si sta sgretolando l’organizzazione barcellonese, non più ribelle di quella di qualunque capitale industriosa. Pablo Iglesias non è mai stato un distruttore, ma tutto il contrario: nell’attacco del 1909 si trovò persino in una congiunzione che oggi tenta di sostenere contro la convinzione del suo partito.
Don Melquíades Álvarez è un uomo democratico di idee e di condizione, più prossimo di suo alla Gazzetta che alle barricate. Dove sono, dunque, gli imminenti rivoluzionari? E se questi possono arrivare a sembrarlo, a chi si deve?
Nel frattempo, portiamo persi altri quattro anni.
Il mucchio di detriti storici continua senza organizzarsi in nazione. Passa il Potere dalle mani dei conservatori, che non hanno programma, alle mani dei liberali, che nemmeno l’hanno. Continua il popolo spagnolo crocifisso tra due vocaboli.
Ha ragione il signor Maura a lamentarsi dell’amministrazione liberale; ma il popolo, messo sulla croce, crede che non fu migliore la conservatrice. L’uno e l’altro partito si trovano formati alla vecchia usanza. Questa vecchia usanza è conosciuta; consiste nel riunire alcuni interessi privati e anarchici, collocare sopra alcune incompetenze e tappare tutto con una parola: conservazione, liberalismo. Trovano sempre pretesto questi grandi partiti — che come le palle di neve con la neve che già è caduta si formarono, raccogliendo gli uomini che già avevano fallito —, per non affrontare l’organizzazione di una fisiologia nazionale minima.
Gli uni vivono tormentati da allucinatorie sovversioni; gli altri vivono senza essere tormentati da nulla. E nessuno pensa a creare la coscienza politica e militare, che sono attività tecniche, senza le quali tutto il resto è impossibile. Nessuno pensa che senza economisti, senza ingegneri, senza professori, senza medici, senza strateghi, un popolo è solo un mucchio di detriti storici, senza regolatore interno, senza zavorra, senza oriente e senza forma.
Quando il mondo preme intorno troppo, il partito conservatore e il partito liberale si adirano alternativamente con il potere moderatore.
L’ESPERIENZA MONARCHICA
Il potere moderatore… Dichiaro che questa frase mi è poco simpatica; suona a ipocrisia e a giuridico scolasticismo. È insufficiente per definire la funzione dell’istituzione massima in una società, ed è inesatta se pretende formulare il flusso reale, vivente della storia. È un’espressione grigia. Fu ideata dal liberalismo del XIX secolo, il quale ci sembra cosa così vecchia e trita come la politica dei Faraoni.
¡Un poder, cuya potencia es sólo moderar! En la dinámica historia sólo hay poderes contrarios, y la moderación surge espontáneamente de ellos. Mejor aún; como todo poder se forma y crece en lucha con otro poder enemigo, necesita que éste no desaparezca del todo y mantiene con él una tácita comunidad de intereses extremos. La moderación viene a ser, pues, la medida de la necesidad que en cada caso siente un partido de su contrario. ¿A qué más moderador que la opinión pública, en la cual se reúnen y vienen fatalmente a composición y límites los torbellinos particulares?
Esa teoría del poder moderador ha desmoralizado a los reyes en Europa, incitándoles a convertirse en fainéants.
El poder moderador es la opinión pública; el jefe del Estado nada más que su órgano. Y no es bueno que el sentido jurídico de la palabra poder suplante, por completo, al sentido histórico.
En éste, que es el decisivo, no puede hablarse de la accidentalidad de las formas de gobierno, como no se tenga de las esencias una idea medioeval. Para el pensar moderno, la esencia de una cosa es el conjunto de sus manifestaciones, de sus afectos, y nada más. La innovación más profunda del Renacimiento fue la inversión del apotegma escolástico: operari sequitur esse, la operación es consecuencia del ser. Al contrario: lo esencial son los efectos. Y así dice Don Quijote: «Considera, hermano Sancho, que nadie es más que otro mientras no haga más que otro».
Así, no es accidental el decidirse por la Monarquía o la República. Una institución es un instrumento de organización social: ¿sirve? Entonces es esencial admitirla. Los instrumentos no tienen más dignidad que su eficacia.
Y si esto acontece con la institución de la Junta Central del Censo, ¿no ocurrirá lo mismo con la institución mayor?
Allá en las primeras Cortes de la Regencia, donde se oyeron tantas cosas raras, llegó don Antonio Cánovas a proclamar que «sobre la paz está la Monarquía». De este modo creía combatir a los republicanos, los cuales hicieron suya la expresión, afirmando que igualmente para ellos «sobre la paz estaba la República».
Ya que vivimos una edad experimental, carecería de sentido excluir de la política ese mismo método con que se van definiendo las esencias físicas, y sólo como una supervivencia retórica cabe situarse ante las formas de gobierno en otra postura que la experimental.
Hay que hacer la experiencia monárquica. Hay que hacerla, porque hasta ahora no se ha hecho. Hasta ahora, entre la Monarquía y el problema nacional se habían interpolado ciertos hombres públicos. Las gentes presenciaban las idas y venidas de éstos, sus gestos, sus promesas nunca cumplidas, sus deslealtades, sus incompetencias, sus mutuas rencillas, y, sobre todo, la falta de amor hacia las labores más serias, hacia la reconstrucción de los órganos imprescindibles para que la sociedad pueda alentar. Y buscando la causa de esta incapacidad para construir, por esa tendencia de los pueblos poco educados intelectualmente a no ver lo concreto delante de sus ojos y gozarse en imaginar causas abstractas y ocultas, supusieron que todo era debido a palatinas tinieblas y todo se corregiría en un mediodía republicano. Pocos habrán dejado de caer en esta ingenua explicación. Tanto más cuanto que aquellos mismos políticos inducían con equívocos ademanes a aceptarla.
Pero de algún tiempo a esta parte van las gentes razonando mejor, y no hallo inconveniente en expresar lo que más de una vez he oído, con la misma claridad con que lo oí: los pensamientos que se mueven dentro de la circunferencia de la Corona nos son completamente desconocidos. Ignoramos cuántos y cuáles sean. Repugnamos, igualmente, las ilusiones sin fundamento y los falsos testimonios. Más aún; sería ingenuo e insincero no añadir que, existiendo palacios desde largura de siglos, han ido formando los historiadores una psicología palatina; ésta a nadie es ignota, y en lo sustancial constituye una forma particular de la psicología dominante en todas las viejas casas solariegas. Creadas por el pasado y sostenidas por la tradición no favorecen grandemente la renovación espiritual ni fomentan la sensibilidad para percibir los grandes cambios históricos. Con estas desventajas compensa la Monarquía sus ventajas.
Mas en nuestro caso huelgan las hipótesis infundadas. Basta con notar que, en general, frente al zigzag caprichoso y desorientador de los hombres públicos que hemos conocido y conocemos, la única intervención que, mala o buena, ha mostrado una cierta continuidad severa y responsable ha sido la psicología palatina. Con esto no basta, porque España no está en crisis política, ni siquiera como Estado, sino como raza, como posibilidad histórica.
Pero sería injusto exigir arriba juicios y atenciones para los hombres públicos que les ha rehusado el pueblo. Por la misma razón es absurdo, es ilícito mostrar a las masas como radical curación una República en que habrán de gobernar los mismos hombres u otros análogos.
Hay que hacer la experiencia monárquica. En una experiencia la garantía primera corresponde a los experimentadores. Los conocidos no la ofrecen al pueblo. Vengan otros nuevos, dispuestos a hacerla con amor, con tristeza, con severidad y con competencia.
La experiencia ha de versar no sobre esa función ficticia de moderar. La Monarquía pretende ser el instrumento supremo de organización social: es el Poder organizador por excelencia. Hay una manera mínima de hallarse servidas y en plena eficacia ciertas funciones colectivas: sin ellas no se vive, constituyen la fisiología mínima de un pueblo. Al través de las grandes discrepancias éticas y religiosas, la institución mayor tiene que responder de ese mínimum de vitalidad y de eficacia, tiene que responder, por decirlo así, de la continuidad del cuerpo al través de las pasiones del alma.
CUENTA NUEVA
El documento del señor Maura y la vida inerte de la agrupación liberal manifiestan la desproporción entre lo que son ambos viejos partidos y la tarea de construir a España en nación. Los días, las horas, van liquidándolos al aire libre, como cadáveres insepultos. Formados en torno a teorías hoy caducas, herederos de una magnífica fortuna de vicios antisociales, no tienen aptitud para renovarse, y es un dato bien curioso la resistencia de la nueva generación a entrar en ellos, no obstante haber sido solicitada repetidamente.
¿Cómo va a sucederse a sí mismo el partido liberal, si es para la nueva España aspirante tan impopular como el conservador, a no ser por dos o tres rasgos de éste, tan graves como, tal vez, casuales?
No sabiendo alguna gente moza dónde arrimar su esfuerzo, se ha recluido en el republicanismo como en una posada. Pero el antiguo republicanismo abstracto, oriundo de una propensión estética a la simetría, no la enardece bastante. Las nuevas doctrinas sociales más concretas, complicadas y eficaces son su verdadera preocupación.
La crisis última, la liquidación del partido conservador, al menos de su forma actual, han transformado por completo el horizonte político. Ya tienen los socialistas el pretexto sobrado que en el fondo de su interior buscaban, durante las sesiones de su último Congreso, para desintegrarse de la conjunción con el republicanismo. Virgilio puso en el infierno a Mecenio porque se había holgado atando a los vivos con los muertos. Algo parecido viene haciendo Pablo Iglesias al conducir por esos mítines sobre los hombros de un partido joven y saludable la fenecida corporeidad del republicanismo.
Y sería doloroso que entre los propios republicanos, empeñados en una faena, a la que nadie otorga fe, ni mucho menos esperanza, no ofrecieran espontáneamente a una nueva experiencia fuerte aquellos de entre los suyos capaces de amor, de tristeza, de severidad y de competencia.
Se trata de ensayar con más modestia que otras veces, pero con mayor energía, la conversión de un montón de detritus históricos en un cuerpo nacional.
El Imparcial, 10 de enero de 1913
A power, whose potency is only to moderate! In dynamic history there are only contrary powers, and moderation arises spontaneously from them. Better yet; as every power forms and grows in struggle with another enemy power, it needs that the latter not disappear entirely and maintains with it a tacit community of extreme interests. Moderation comes to be, then, the measure of the need that in each case a party feels for its contrary. What more moderating than public opinion, in which the particular whirlpools gather and come fatally to composition and limits?
That theory of the moderating power has demoralized the kings in Europe, inciting them to turn into fainéants.
The moderating power is public opinion; the head of the State nothing more than its organ. And it is not good that the juridical sense of the word power supplant, completely, the historical sense.
In this, which is the decisive one, one cannot speak of the accidentally of the forms of government, unless one has of the essences a medieval idea. For modern thought, the essence of a thing is the set of its manifestations, of its effects, and nothing more. The most profound innovation of the Renaissance was the inversion of the scholastic apothegm: operari sequitur esse, the operation is a consequence of being. On the contrary: what is essential are the effects. And thus Don Quixote says: ‘Consider, brother Sancho, that no one is more than another while he does not do more than another.’
Thus, deciding for the Monarchy or the Republic is not accidental. An institution is an instrument of social organization: does it serve? Then it is essential to admit it. Instruments have no more dignity than their efficacy.
And if this happens with the institution of the Central Census Board, will not the same happen with the greater institution?
There in the first Cortes of the Regency, where so many strange things were heard, don Antonio Cánovas came to proclaim that ‘above peace stands the Monarchy’. In this way he believed he was combating the republicans, who made the expression their own, affirming that equally for them ‘above peace stood the Republic’.
Since we live an experimental age, it would lack sense to exclude from politics that very method with which physical essences are going being defined, and only as a rhetorical survival can one place oneself before the forms of government in another posture than the experimental.
The monarchical experiment has to be made. It has to be made, because until now it has not been made. Until now, between the Monarchy and the national problem certain public men had been interpolated. People witnessed the comings and goings of these, their gestures, their never-fulfilled promises, their disloyalties, their incompetences, their mutual quarrels, and, above all, the lack of love toward the most serious labors, toward the reconstruction of the indispensable organs so that society can breathe. And seeking the cause of this incapacity for building, through that tendency of the peoples little educated intellectually not to see the concrete before their eyes and to delight in imagining abstract and hidden causes, they supposed that everything was due to palatine darkness and everything would be corrected in a republican midday. Few will have failed to fall into this naive explanation. All the more since those very politicians induced with equivocal gestures to accept it.
But for some time now people are reasoning better, and I find no inconvenience in expressing what more than once I have heard, with the same clarity with which I heard it: the thoughts that move within the circumference of the Crown are completely unknown to us. We ignore how many and which they are. We equally abhor the illusions without foundation and the false testimonies. More still; it would be naive and insincere not to add that, palaces having existed for the length of centuries, the historians have gone forming a palatine psychology; this is unknown to no one, and in substance constitutes a particular form of the psychology dominant in all the old ancestral houses. Created by the past and sustained by tradition, they do not greatly favor spiritual renewal nor foster the sensibility for perceiving the great historical changes. With these disadvantages the Monarchy compensates its advantages.
But in our case the unfounded hypotheses are superfluous. It suffices to note that, in general, before the capricious and disorienting zigzag of the public men whom we have known and know, the only intervention that, bad or good, has shown a certain severe and responsible continuity has been the palatine psychology. With this it is not enough, because Spain is not in political crisis, not even as a State, but as a race, as a historical possibility.
But it would be unjust to demand on high judgments and attentions for the public men that the people has refused them. For the same reason it is absurd, it is illicit to show to the masses as radical cure a Republic in which the same men or others analogous will have to govern.
The monarchical experiment has to be made. In an experiment the first guarantee corresponds to the experimenters. The known ones do not offer it to the people. Let others new come, disposed to make it with love, with sadness, with severity and with competence.
The experiment has to bear not on that fictitious function of moderating. The Monarchy claims to be the supreme instrument of social organization: it is the organizing Power par excellence. There is a minimal way of finding served and in full efficacy certain collective functions: without them one does not live, they constitute the minimal physiology of a people. Through the great ethical and religious discrepancies, the greater institution has to answer for that minimum of vitality and of efficacy, has to answer, so to speak, for the continuity of the body through the passions of the soul.
NEW ACCOUNT
Mr Maura’s document and the inert life of the liberal grouping manifest the disproportion between what both old parties are and the task of constructing Spain into a nation. The days, the hours, keep liquidating them in the open air, like unburied corpses. Formed around theories today obsolete, heirs of a magnificent fortune of antisocial vices, they have no aptitude for renewing themselves, and it is a quite curious datum the resistance of the new generation to enter them, notwithstanding having been repeatedly solicited.
How is the liberal party going to succeed itself, if it is for the aspiring new Spain as unpopular as the conservative, except by two or three traits of the latter, as grave as, perhaps, casual?
Not knowing some young people where to lean their effort, they have shut themselves in republicanism as in an inn. But the old abstract republicanism, sprung from an aesthetic propensity to symmetry, does not inflame them enough. The newer, more concrete, complicated and efficacious social doctrines are their true preoccupation.
The last crisis, the liquidation of the conservative party, at least of its present form, has completely transformed the political horizon. The socialists now have the abundant pretext that in the depths of their interior they were seeking, during the sessions of their last Congress, to disintegrate themselves from the conjunction with republicanism. Virgil put Mecenius in hell because he had taken delight in binding the living with the dead. Something similar has been doing Pablo Iglesias in leading through those rallies upon the shoulders of a young and healthy party the deceased corporeity of republicanism.
And it would be painful that among the very republicans, engaged in a labor, to which no one grants faith, nor much less hope, those among their own capable of love, of sadness, of severity and of competence did not offer themselves spontaneously to a strong new experiment.
It is a matter of trying with more modesty than other times, but with greater energy, the conversion of a heap of historical detritus into a national body.
El Imparcial, 10 January 1913
Un potere, la cui potenza è solo moderare! Nella dinamica storia ci sono solo poteri contrari, e la moderazione sorge spontaneamente da essi. Meglio ancora; come ogni potere si forma e cresce in lotta con un altro potere nemico, ha bisogno che questo non scompaia del tutto e mantiene con esso una tacita comunità di interessi estremi. La moderazione viene a essere, dunque, la misura della necessità che in ogni caso sente un partito del suo contrario. A che più moderatore dell’opinione pubblica, nella quale si riuniscono e vengono fatalmente a composizione e limiti i torbelli particolari?
Quella teoria del potere moderatore ha demoralizzato i re in Europa, incitandoli a convertirsi in fainéants.
Il potere moderatore è l’opinione pubblica; il capo dello Stato niente più che il suo organo. E non è buono che il senso giuridico della parola potere soppianti, del tutto, il senso storico.
In questo, che è il decisivo, non può parlarsi dell’accidentalità delle forme di governo, se non si abbia delle essenze un’idea medioevale. Per il pensare moderno, l’essenza di una cosa è l’insieme delle sue manifestazioni, dei suoi effetti, e niente più. L’innovazione più profonda del Rinascimento fu l’inversione dell’apotegma scolastico: operari sequitur esse, l’operazione è conseguenza dell’essere. Al contrario: l’essenziale sono gli effetti. E così dice Don Chisciotte: «Considera, fratello Sancho, che nessuno è più di un altro mentre non faccia più di un altro».
Così, non è accidentale il decidersi per la Monarchia o la Repubblica. Un’istituzione è uno strumento di organizzazione sociale: serve? Allora è essenziale ammetterla. Gli strumenti non hanno più dignità che la loro efficacia.
E se questo accade con l’istituzione della Giunta Centrale del Censo, non accadrà lo stesso con l’istituzione maggiore?
Là nelle prime Cortes della Reggenza, dove si udirono tante cose strane, giunse don Antonio Cánovas a proclamare che «sopra la pace sta la Monarchia». In questo modo credeva combattere i repubblicani, i quali fecero propria l’espressione, affermando che ugualmente per loro «sopra la pace stava la Repubblica».
Poiché viviamo un’età sperimentale, mancherebbe di senso escludere dalla politica quello stesso metodo con cui si vanno definendo le essenze fisiche, e solo come una sopravvivenza retorica si può situarsi di fronte alle forme di governo in altra postura che quella sperimentale.
Bisogna fare l’esperienza monarchica. Bisogna farla, perché fino ad ora non è stata fatta. Fino ad ora, tra la Monarchia e il problema nazionale si erano interpolati certi uomini pubblici. Le genti presenziavano le andate e venute di questi, i loro gesti, le loro promesse mai compiute, le loro slealtà, le loro incompetenze, le loro mutue ruggini, e, sopra tutto, la mancanza di amore verso le opere più serie, verso la ricostruzione degli organi imprescindibili perché la società possa alitare. E cercando la causa di questa incapacità per costruire, per quella tendenza dei popoli poco educati intellettualmente a non vedere il concreto davanti ai loro occhi e godersi immaginando cause astratte e occulte, supposero che tutto fosse dovuto a tenebre palatine e tutto si correggerebbe in un mezzogiorno repubblicano. Pochi avranno smesso di cadere in questa ingenua spiegazione. Tanto più quanto che quegli stessi politici inducevano con equivoci gesti ad accettarla.
Ma da qualche tempo a questa parte le genti vanno ragionando meglio, e non trovo inconveniente nell’esprimere ciò che più di una volta ho sentito, con la stessa chiarezza con cui lo sentii: i pensieri che si muovono dentro la circonferenza della Corona ci sono completamente sconosciuti. Ignoriamo quanti e quali siano. Ripugniamo, ugualmente, le illusioni senza fondamento e le false testimonianze. Più ancora; sarebbe ingenuo e insincero non aggiungere che, esistendo palazzi da lunghezza di secoli, sono andati formando gli storici una psicologia palatina; questa a nessuno è ignota, e nel sostanziale costituisce una forma particolare della psicologia dominante in tutte le vecchie case solariache. Create dal passato e sostenute dalla tradizione non favoriscono grandemente il rinnovamento spirituale né fomentano la sensibilità per percepire i grandi cambiamenti storici. Con queste desventajas compensa la Monarchia i suoi vantaggi.
Ma nel nostro caso superfluo le ipotesi infondate. Basta notare che, in generale, di fronte al zigzag capriccioso e disorientante degli uomini pubblici che abbiamo conosciuto e conosciamo, l’unico intervento che, cattivo o buono, ha mostrato una certa continuità severa e responsabile è stata la psicologia palatina. Con questo non basta, perché la Spagna non è in crisi politica, nemmeno come Stato, ma come razza, come possibilità storica.
Ma sarebbe ingiusto esigere in alto giudizi e attenzioni per gli uomini pubblici che ha rifiutato loro il popolo. Per la stessa ragione è assurdo, è illecito mostrare alle masse come radicale cura una Repubblica in cui dovranno governare gli stessi uomini o altri analoghi.
Bisogna fare l’esperienza monarchica. In un’esperienza la garanzia prima corrisponde agli sperimentatori. I conosciuti non l’offrono al popolo. Vengano altri nuovi, disposti a farla con amore, con tristezza, con severità e con competenza.
L’esperienza deve vertere non su quella funzione fittizia di moderare. La Monarchia pretende essere lo strumento supremo di organizzazione sociale: è il Potere organizzatore per eccellenza. C’è una maniera minima di trovarsi servite e in piena efficacia certe funzioni collettive: senza di esse non si vive, costituiscono la fisiologia minima di un popolo. Attraverso le grandi discrepanze etiche e religiose, l’istituzione maggiore deve rispondere di quel minimo di vitalità e di efficacia, deve rispondere, per così dire, della continuità del corpo attraverso le passioni dell’anima.
CONTO NUOVO
Il documento del signor Maura e la vita inerte del raggruppamento liberale manifestano la sproporzione tra ciò che sono entrambi i vecchi partiti e il compito di costruire la Spagna in nazione. I giorni, le ore, vanno liquidandoli all’aria libera, come cadaveri insepolti. Formati intorno a teorie oggi caduche, eredi di una magnifica fortuna di vizi antisociali, non hanno attitudine per rinnovarsi, ed è un dato ben curioso la resistenza della nuova generazione a entrare in essi, nonostante essere stata sollecitata ripetutamente.
Come farà a succedersi a sé stesso il partito liberale, se è per la nuova Spagna aspirante così impopolare come il conservatore, se non per due o tre tratti di questo, così gravi come, forse, casuali?
Non sapendo qualche gente giovane dove appoggiare il suo sforzo, si è rinchiusa nel repubblicanesimo come in una locanda. Ma l’antico repubblicanesimo astratto, oriundo di una propensione estetica alla simmetria, non la infiamma abbastanza. Le nuove dottrine sociali più concrete, complicate ed efficaci sono la sua vera preoccupazione.
La crisi ultima, la liquidazione del partito conservatore, almeno della sua forma attuale, hanno trasformato del tutto l’orizzonte politico. Hanno già i socialisti il pretesto sovrabbondante che nel fondo del loro interno cercavano, durante le sessioni del loro ultimo Congresso, per disintegrarsi della congiunzione con il repubblicanesimo. Virgilio mise nell’inferno Mecenio perché si era compiaciuto di legare i vivi con i morti. Qualcosa di simile viene facendo Pablo Iglesias conducendo per quei comizi sulle spalle di un partito giovane e salutare la finita corporeità del repubblicanesimo.
E sarebbe doloroso che tra gli stessi repubblicani, impegnati in un’opera, a cui nessuno accorda fede, né tanto meno speranza, non offrissero spontaneamente a una nuova esperienza forte quelli dei loro capaci di amore, di tristezza, di severità e di competenza.
Si tratta di provare con più modestia che altre volte, ma con maggior energia, la conversione di un mucchio di detriti storici in un corpo nazionale.
El Imparcial, 10 gennaio 1913