Ortega y Gasset

Abstract

A political self-portrait (Madrid, June 1932): Ortega calls himself unfit for politics because an intellectual cannot digest the foolishness spoken when improvising replies in the chamber. He draws a practical proposal: change parliamentary usage, since the State should not hang on oratorical agility.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Madrid, junio de 1932

Una de las cosas que me hacen más agudamente sentir lo mal dotado que estoy para la política es ésta: cuando en una sesión parlamentaria se ha pronunciado una serie de discursos contra la política del Gobierno, discursos tranquilamente urdidos, que traen sus cañoncitos perfectamente lubrificados, llega un momento en que un hombre tiene que ponerse de pie, a la cabecera del banco azul, y, sin más, contestar de improviso a las argumentaciones que se han disparado sobre él. A veces, como acontece ahora en nuestro Parlamento, ese hombre forzado a ejercitar faena tan difícil, es un formidable polemista. Yo dudo mucho —y no lo digo en vaga y vana elocución— que exista hoy a la cabecera de ningún banco ministerial de Europa hombre con mayores dotes para este menester de la polémica. Pero debemos preguntarnos si aun siendo esas dotes las mayores imaginables la operación de que se trata es en sí misma posible, si no trasciende los límites de la humana condición. Yo creo que si los oradores de la oposición no son gente de cacumen por completo atrofiado y han dispuesto sus argumentos con algún cuidado, hermetizándolos bien, no dejándoles poros o agujeros por donde se vacíe su energía persuasiva, no es posible afrontarlos de golpe, y más que contestarlos sólo cabe eludirlos con algunas insulseces o extravagancias. Y aquí viene mi sensación de ineptitud política: si yo me viese en tal coyuntura —pienso— yo diría como el más pintado político algunas tonterías, pero luego, después de la sesión, por la noche, el recuerdo de haber dicho esas tonterías, tal vez me produjese una angina al pecho. Eso me revela que yo soy hasta la medula intelectual, pero sólo intelectual, porque sólo al intelectual pura sangre le acongoja y desmoraliza haber dicho tonterías. Y no por vanidad ni narcisismo, sino porque el intelectual que se sorprende en flagrante tontería, es decir que ha dicho algo que no es verdad, tiene la impresión de haber cometido un crimen irremediable, de haber matado algo.

Una tontería, en efecto, no es algo positivo: es simplemente la destrucción de lo otro que en su lugar habría enunciado la discreción. En cambio, el político con muy buen acuerdo, dueño de jugos gástricos más poderosos, digiere su propia insulsez o extravagancia con suprema facilidad, y tan campante.

Pero yo no sólo sería incapaz de esto, sino que al atacar desde los bancos de la oposición preveo que si aprieto bien el argumento el señor del banco azul va a verse en el caso de contestar alguna tontería y entonces, automáticamente, «me pongo en su caso» —un vicio también de intelectual que es el único ser capaz de vivir imaginariamente otras vidas además de la suya—, y para evitarle la tontería procuro yo tomarla sobre mí y sintiendo en mi mano el argumento, duro como una piedra, hermético como si fuese metal, en rigor, pues, irrebatible, me digo: «¡Guarda, Pablo!» y el Pablo que soy se guarda entonces tímidamente el ataque más certero en el bolsillo y lo sustituye por otro un poco menos compacto, que deja entradas y salidas.

Se comprende que con enternecimientos de esta naturaleza no se puede ser político. El político tiene que ser un poco bruto, un poco ciego. Claro que, al serlo, pierde ipso facto la capacidad de hacer argumentos exactos e irrebatibles y alienta en el elemento de sonambulismo y semitontería que es la política.

Creo, sin embargo, que en esta reacción mía hay un germen fértil de inspiración para la política misma, y es éste: que no existe buena justificación para que cosas tan graves como las que se resuelven en un parlamento queden a la merced de que se pueda o no improvisar correctamente la contestación a unos discursos. Es preciso variar los usos parlamentarios. El jefe de un Gobierno es el representante efectivo e inmediato de la vida de un Estado, y el Estado no tiene por qué estar sometido a las contingencias de la agilidad oratoria.

El que ha hablado delante de los públicos más diversos conoce la precisión con que el orador percibe la mayor o menor sensibilidad de su auditorio. Es como si el auditorio fuese un enorme objeto elástico, una gigantesca pelota de goma y el orador se sintiese apoyado en ella, oprimiéndola aquí o allá. La impresión por parte del que habla es, en efecto, doble: la de apoyarse en el público y la de ejercer presiones sobre él. Cuando falta lo primero al orador le parece verse precipitado en el vacío, sin tener a qué agarrarse. Esa absoluta falta de resistencia frente a él, ese sentirse solo cuando cree estar ante muchos, le desorienta por completo.

La otra cara de la impresión es, sin embargo, más interesante. El orador busca la sensibilidad del público en varias de sus posibles dimensiones: la gracia de la expresión y el encanto del vocablo, el rigor de un razonamiento, la emoción de un tema. Es como si su voz fuese un dedo con que oprime el gran pelotón elástico aquí o allá. Antes he hablado de que necesita encontrar, como condición previa y general, resistencia en el auditorio. Sólo así sentirá que delante de él hay alguien. Pero con estas presiones busca lo contrario, busca la reacción concreta y variada de ese alguien. Para encontrarla es menester que ese alguien primariamente resistente ceda elástico allí donde se le toca, es decir que se ablande. Sólo se ablanda quien previamente es dureza. No hay, pues, contradicción entre ambos atributos de un buen público.

Pues bien; cuando a sus diversos intentos de presión el público no se inmuta tiene el orador la sospecha de que está hablando ante un bloque de granito. El dedo tentacular de su voz al fracasar en su presión se retira azorado, se avergüenza de sí mismo y el que habla experimenta una sensación peculiarísima de desánimo.

Yo he hablado ante los públicos más diversos, pero puedo decir que jamás he hablado ante un auditorio de comportamiento más granítico que un parlamento. Jamás he tenido tan clara impresión de la inutilidad de la palabra. El parlamento no responde ni a la gracia verbal ni al pensamiento agudo y rigoroso ni casi casi a la emoción cuando ésta no es de materia muy gruesa. Y el caso es que, en una u otra medida y habida cuenta de la altitud vital de cada país —porque se trata de altitud vital y no específicamente intelectual—, creo que en todas las Cámaras del mundo acontece algo parecido.

Hay no pocas razones que explican por qué esto es así.

En primer lugar, en ningún país los políticos constituyen una selección de los hombres más inteligentes. Ni siquiera las primeras figuras de los partidos lo son, pero mucho menos el servum pecus de los grupos, que es de quien aquí se habla, puesto que se habla de la masa oyente de una Cámara. En general, el político es como tal un hombre de segunda clase. Si se hiciese un estudio estadístico-biográfico de los hombres que se ocupan de política sorprendería advertir la enorme proporción de ellos que han caído en la política de rebote sobre otras profesiones más exigentes. Fracasados en ellas se acogen a la actividad política porque es más fácil, de labor menos precisa. La política es el eterno «poco más o menos». De aquí —el síntoma es curioso y delator— la frecuencia con que el político descubre su resentimiento hacia aquellas profesiones más altas de que es él un decaído. Por ejemplo, una gran cantidad de políticos está integrada por intelectuales forzados a abdicar. Por eso odian al intelectual, al técnico.

La política requiere resolución, ejecutividad, prontitud, facilidad de movilización. Al intelectual le causa, al pronto, gran admiración —contra lo que se dice el intelectual es uno de los pocos tipos humanos en verdad capaces de admiración— la agilidad del político, la ligereza con que se mueve, el coraje con que actúa en las situaciones difíciles. Luego se convence de que esa agilidad y ese coraje se componen en grandes dosis de inconsciencia, es decir, que el político no ve la situación con la claridad que el intelectual —lo contrario de lo que suele decirse—, sobre todo no prevé las consecuencias de la situación y este futuro peligroso, a veces con toda evidencia catastrófico, no gravita sobre él. Así, sin peso encima, es fácil ser ágil: así, sin conciencia del peligro es fácil ser valiente. (Falta y sería de gran interés la psicología del valiente). En suma, la experiencia me ha enseñado que algunas de las más eficientes virtudes del político se nutren de su inconsciencia. Más que valientes son audaces. Y la audacia es en un cincuenta por ciento inconsciencia y sonambulismo.

Madrid, June 1932

One of the things that make me most acutely feel how ill-fitted I am for politics is this: when in a parliamentary session a series of speeches has been delivered against the Government’s policy, speeches tranquilly woven, which bring their little cannons perfectly lubricated, a moment arrives in which a man has to stand up, at the head of the blue bench, and, without further ado, reply extemporaneously to the arguments that have been fired at him. Sometimes, as happens now in our Parliament, that man forced to exercise so difficult a task is a formidable polemicist. I very much doubt — and I do not say it in vague and vain elocution — that there exists today at the head of any ministerial bench in Europe a man with greater gifts for this business of polemic. But we must ask ourselves whether even being those gifts the greatest imaginable the operation in question is in itself possible, whether it does not transcend the limits of the human condition. I believe that if the opposition orators are not people of entirely atrophied brains and have arranged their arguments with some care, hermetically sealing them well, not leaving them pores or holes through which their persuasive energy can drain, it is not possible to confront them at a stroke, and more than answering them one can only elude them with some insipidities or extravagances. And here comes my sensation of political ineptitude: if I found myself in such a juncture — I think — I would say like the most painted politician some foolish things, but then, after the session, at night, the memory of having said those foolish things would perhaps produce in me an angina in the chest. That reveals to me that I am up to the marrow intellectual, but only intellectual, because only the pure-blooded intellectual is anguished and demoralized by having said foolish things. And not out of vanity nor narcissism, but because the intellectual who catches himself in flagrant foolishness, that is, who has said something that is not truth, has the impression of having committed an irremediable crime, of having killed something.

A foolish thing, in effect, is not something positive: it is simply the destruction of the other thing that in its place discretion would have enunciated. In exchange, the politician, in very good accord, master of more powerful gastric juices, digests his own insipidity or extravagance with supreme facility, and so unconcerned.

But I would not only be incapable of this, but attacking from the opposition benches I foresee that if I press the argument well the gentleman of the blue bench is going to find himself in the case of answering some foolish thing and then, automatically, ‘I put myself in his case’ — a vice also of the intellectual who is the only being capable of living imaginatively other lives besides his own —, and to spare him the foolish thing I try to take it upon myself and feeling in my hand the argument, hard as a stone, hermetic as if it were metal, in rigor, then, irrefutable, I say to myself: ‘Look out, Pablo!’ and the Pablo that I am then timidly puts away the most accurate attack in his pocket and substitutes it with another a little less compact, which leaves entrances and exits.

It is understood that with tendernesses of this nature one cannot be a politician. The politician has to be a bit brutish, a bit blind. Of course, in being so, he loses ipso facto the capacity to make exact and irrefutable arguments and breathes in the element of somnambulism and half-foolishness that is politics.

I believe, however, that in this reaction of mine there is a fertile germ of inspiration for politics itself, and it is this: that there exists no good justification for things so grave as those that are resolved in a parliament remaining at the mercy of whether one can or cannot correctly improvise the answer to some speeches. It is necessary to vary the parliamentary usages. The head of a Government is the effective and immediate representative of the life of a State, and the State has no reason to be subjected to the contingencies of oratorical agility.

He who has spoken before the most diverse publics knows the precision with which the orator perceives the greater or lesser sensibility of his audience. It is as if the audience were an enormous elastic object, a gigantic rubber ball and the orator felt himself supported on it, pressing it here or there. The impression on the part of the speaker is, in effect, double: that of leaning on the public and that of exerting pressures upon it. When the former is lacking, it seems to the orator that he sees himself precipitated into the void, without anything to cling to. That absolute lack of resistance before him, that feeling himself alone when he believes himself to be before many, disorients him completely.

The other face of the impression is, however, more interesting. The orator seeks the sensibility of the public in several of its possible dimensions: the grace of expression and the charm of the word, the rigor of a reasoning, the emotion of a theme. It is as if his voice were a finger with which he presses the great elastic ball here or there. Before I spoke of his needing to find, as a previous and general condition, resistance in the audience. Only thus will he feel that before him there is someone. But with these pressures he seeks the contrary, he seeks the concrete and varied reaction of that someone. To find it it is necessary that that someone, primarily resistant, yield elastically there where it is touched, that is, that it soften. Only he who previously is hardness softens. There is, then, no contradiction between both attributes of a good public.

Well then; when at his various attempts at pressure the public does not stir, the orator has the suspicion that he is speaking before a block of granite. The tentacular finger of his voice, upon failing in its pressure, withdraws abashed, is ashamed of itself and the speaker experiences a most peculiar sensation of discouragement.

I have spoken before the most diverse publics, but I can say that I have never spoken before an audience of more granitic behavior than a parliament. I have never had so clear an impression of the uselessness of the word. The parliament responds neither to verbal grace nor to acute and rigorous thought nor almost almost to emotion when this is not of very coarse matter. And the case is that, in one or another measure and taking account of the vital altitude of each country — because it is a matter of vital altitude and not specifically intellectual —, I believe that in all the Chambers of the world something similar happens.

There are not a few reasons that explain why this is so.

In the first place, in no country do the politicians constitute a selection of the most intelligent men. Not even the leading figures of the parties are, but much less the servum pecus of the groups, which is who is spoken of here, since it is spoken of the listening mass of a Chamber. In general, the politician is as such a second-class man. If a statistical-biographical study were made of the men who occupy themselves with politics it would be surprising to notice the enormous proportion of them who have fallen into politics by rebound from other more demanding professions. Failed in them, they take refuge in political activity because it is easier, of less precise labor. Politics is the eternal ‘more or less’. Hence — the symptom is curious and revealing — the frequency with which the politician discovers his resentment toward those higher professions of which he is a fallen one. For example, a great quantity of politicians is made up of intellectuals forced to abdicate. For that they hate the intellectual, the technician.

Politics requires resolution, executiveness, promptness, ease of mobilization. In the intellectual it causes, at first, great admiration — contrary to what is said the intellectual is one of the few human types truly capable of admiration — the agility of the politician, the lightness with which he moves, the courage with which he acts in difficult situations. Then he convinces himself that that agility and that courage are composed in large doses of unconsciousness, that is, that the politician does not see the situation with the clarity with which the intellectual sees it — the contrary of what is usually said —, above all he does not foresee the consequences of the situation and this dangerous future, sometimes with complete evidence catastrophic, does not weigh upon him. Thus, without weight above, it is easy to be agile: thus, without consciousness of the danger it is easy to be brave. (The psychology of the brave man is lacking and would be of great interest). In sum, experience has taught me that some of the most efficient virtues of the politician are nourished by his unconsciousness. More than brave they are audacious. And audacity is fifty per cent unconsciousness and somnambulism.

Madrid, giugno 1932

Una delle cose che mi fanno sentire più acutamente quanto poco dotato sia per la politica è questa: quando in una sessione parlamentare si è pronunciata una serie di discorsi contro la politica del Governo, discorsi tranquillamente orditi, che portano i loro cannoncini perfettamente lubrificati, arriva un momento in cui un uomo deve alzarsi in piedi, a capo del banco azzurro, e, senza altro, rispondere d’improvviso alle argomentazioni che sono state scagliate su di lui. A volte, come accade ora nel nostro Parlamento, quell’uomo forzato a esercitare opera così difficile, è un formidabile polemista. Io dubito molto — e non lo dico in vaga e vana elocuzione — che esista oggi a capo di nessun banco ministeriale d’Europa uomo con maggiori doti per questo mestiere della polemica. Ma dobbiamo chiederci se anche essendo quelle doti le maggiori immaginabili l’operazione di cui si tratta è in sé stessa possibile, se non trascende i limiti della condizione umana. Io credo che se gli oratori dell’opposizione non sono gente di cacume del tutto atrofizzato e hanno disposto i loro argomenti con qualche cura, ermetizzandoli bene, non lasciando loro pori o buchi da dove si svuoti la loro energia persuasiva, non è possibile affrontarli di colpo, e più che risponderli solo resta eluderli con alcune insulsaggini o stravaganze. E qui viene la mia sensazione di inettitudine politica: se io mi vedessi in tale congiuntura — penso — direi come il più dipinto politico alcune sciocchezze, ma poi, dopo la sessione, di notte, il ricordo di aver detto quelle sciocchezze, forse mi producesse un’angina al petto. Questo mi rivela che io sono fino al midollo intellettuale, ma solo intellettuale, perché solo l’intellettuale puro sangue lo angoscia e demoralizza aver detto sciocchezze. E non per vanità né narcisismo, ma perché l’intellettuale che si sorprende in flagrante sciocchezza, cioè che ha detto qualcosa che non è verità, ha l’impressione di aver commesso un crimine irrimediabile, di aver ucciso qualcosa.

Una sciocchezza, in effetti, non è qualcosa di positivo: è semplicemente la distruzione dell’altro che al suo posto avrebbe enunciato la discrezione. In cambio, il politico con molto buon accordo, padrone di succhi gastrici più potenti, digerisce la propria insulsaggine o stravaganza con suprema facilità, e così spensierato.

Ma io non solo sarei incapace di questo, ma attaccando dai banchi dell’opposizione prevedo che se stringo bene l’argomento il signore del banco azzurro si vedrà nel caso di rispondere qualche sciocchezza e allora, automaticamente, «mi metto nel suo caso» — un vizio anche di intellettuale che è l’unico essere capace di vivere immaginariamente altre vite oltre alla sua —, e per evitargli la sciocchezza cerco io di prenderla su di me e sentendo nella mia mano l’argomento, duro come una pietra, ermetico come se fosse metallo, in rigore, dunque, inconfutabile, mi dico: «Guarda, Pablo!» e il Pablo che sono si guarda allora timidamente l’attacco più azzeccato in tasca e lo sostituisce con un altro un po’ meno compatto, che lascia entrate e uscite.

Si comprende che con intenerimenti di questa natura non si può essere politico. Il politico deve essere un po’ bruto, un po’ cieco. Chiaro che, essendolo, perde ipso facto la capacità di fare argomenti esatti e inconfutabili e alita nell’elemento di sonnambulismo e semi-sciocchezza che è la politica.

Credo, tuttavia, che in questa mia reazione ci sia un germe fertile di ispirazione per la politica stessa, ed è questo: che non esiste buona giustificazione per cui cose così gravi come quelle che si risolvono in un parlamento restino alla mercé di che si possa o no improvvisare correttamente la risposta a dei discorsi. È preciso variare gli usi parlamentari. Il capo di un Governo è il rappresentante effettivo e immediato della vita di uno Stato, e lo Stato non ha perché essere sottoposto alle contingenze dell’agilità oratoria.

Chi ha parlato davanti ai pubblici più diversi conosce la precisione con cui l’oratore percepisce la maggiore o minore sensibilità del suo uditorio. È come se l’uditorio fosse un enorme oggetto elastico, una gigantesca palla di gomma e l’oratore si sentisse appoggiato su di essa, premendola qui o là. L’impressione da parte di chi parla è, in effetti, doppia: quella di appoggiarsi sul pubblico e quella di esercitare pressioni su di esso. Quando manca la prima all’oratore gli sembra di vedersi precipitato nel vuoto, senza avere a che aggrapparsi. Quell’assoluta mancanza di resistenza di fronte a lui, quel sentirsi solo quando crede di essere davanti a molti, lo disorienta del tutto.

L’altra faccia dell’impressione è, tuttavia, più interessante. L’oratore cerca la sensibilità del pubblico in varie delle sue possibili dimensioni: la grazia dell’espressione e l’incanto del vocabolo, il rigore di un ragionamento, l’emozione di un tema. È come se la sua voce fosse un dito con cui preme il grande pallone elastico qui o là. Prima ho parlato di che ha bisogno di trovare, come condizione previa e generale, resistenza nell’uditorio. Solo così sentirà che davanti a lui c’è qualcuno. Ma con queste pressioni cerca il contrario, cerca la reazione concreta e variata di quel qualcuno. Per trovarla è necessario che quel qualcuno primariamente resistente ceda elastico lì dove si tocca, cioè che si ammorbidisca. Solo si ammorbidisce chi preventivamente è durezza. Non c’è, dunque, contraddizione tra entrambi gli attributi di un buon pubblico.

Ebbene; quando ai suoi diversi tentativi di pressione il pubblico non si commuove ha l’oratore il sospetto che sta parlando davanti a un blocco di granito. Il dito tentacolare della sua voce al fallire nella sua pressione si ritira azzardato, si vergogna di sé stesso e chi parla esperimenta una sensazione peculiarissima di scoraggiamento.

Io ho parlato davanti ai pubblici più diversi, ma posso dire che mai ho parlato davanti a un uditorio di comportamento più granitico di un parlamento. Mai ho avuto così chiara impressione dell’inutilità della parola. Il parlamento non risponde né alla grazia verbale né al pensiero acuto e rigoroso né quasi quasi all’emozione quando questa non è di materia molto grossa. E il caso è che, in una o un’altra misura e avuta conto dell’altitudine vitale di ogni paese — perché si tratta di altitudine vitale e non specificamente intellettuale —, credo che in tutte le Camere del mondo accada qualcosa di simile.

Ci sono non poche ragioni che spiegano perché questo sia così.

In primo luogo, in nessun paese i politici costituiscono una selezione degli uomini più intelligenti. Nemmeno le prime figure dei partiti lo sono, ma molto meno il servum pecus dei gruppi, che è di chi qui si parla, posto che si parla della massa udiente di una Camera. In generale, il politico è come tale un uomo di seconda classe. Se si facesse uno studio statistico-biografico degli uomini che si occupano di politica sorprenderebbe avvertire l’enorme proporzione di essi che sono caduti nella politica di rimbalzo su altre professioni più esigenti. Falliti in esse si accolgono all’attività politica perché è più facile, di opera meno precisa. La politica è l’eterno «poco più o meno». Da qui — il sintomo è curioso e delatore — la frequenza con cui il politico scopre il suo risentimento verso quelle professioni più alte di cui egli è un decaduto. Per esempio, una grande quantità di politici è integrata da intellettuali forzati ad abdicare. Per questo odiano l’intellettuale, il tecnico.

La politica richiede risoluzione, esecutività, prontezza, facilità di mobilitazione. All’intellettuale gli causa, al pronto, grande ammirazione — contro ciò che si dice l’intellettuale è uno dei pochi tipi umani in verità capaci di ammirazione — l’agilità del politico, la leggerezza con cui si muove, il coraggio con cui agisce nelle situazioni difficili. Poi si convince che quella agilità e quel coraggio si compongono in grandi dosi di incoscienza, cioè, che il politico non vede la situazione con la chiarezza con cui la vede l’intellettuale — il contrario di ciò che suole dirsi —, sopra tutto non prevede le conseguenze della situazione e questo futuro pericoloso, a volte con tutta evidenza catastrofico, non grava su di lui. Così, senza peso sopra, è facile essere agile: così, senza coscienza del pericolo è facile essere coraggioso. (Manca e sarebbe di grande interesse la psicologia del coraggioso). In somma, l’esperienza mi ha insegnato che alcune delle più efficienti virtù del politico si nutrono della sua incoscienza. Più che coraggiosi sono audaci. E l’audacia è in un cinquanta per cento incoscienza e sonnambulismo.

Los Parlamentos están, pues, en todas partes formados por gente que puede representar el nivel medio del país. Pero el nivel medio de un país, entiéndase bien, no es el nivel medio de la parte activa del país, de lo que con una expresión anticuada y torpe, pero aún no sustituida, llamamos la gente «culta». De aquí que una Cámara sea siempre menos sensible que un público cualquiera de los que espontáneamente acuden a una conferencia. Es que representa un nivel inferior.

Pero no tiene tampoco las ventajas de un público «inculto». Porque éste escucha sin prejuicio, abierto, poroso, a la palabra que llega. Mas los parlamentarios comienzan por cerrarse y prevenirse contra las palabras. Su oficio de políticos les incita a hacer un especial esfuerzo para procurar no enterarse. Por eso las sesiones parlamentarias en todo el mundo suelen ser ejemplos del método de Ollendorf y una graciosa combinación de despropósitos.

La Nación, 7 de julio de 1932

The Parliaments are, then, in all parts formed by people who can represent the average level of the country. But the average level of a country, be it well understood, is not the average level of the active part of the country, of what with an antiquated and clumsy expression, but not yet replaced, we call the ‘cultured’ people. Hence it is that a Chamber is always less sensitive than any public of those that spontaneously come to a lecture. It is that it represents a lower level.

But it does not have the advantages of an ‘uncultured’ public either. Because the latter listens without prejudice, open, porous, to the word that arrives. But the parliamentarians begin by closing themselves and guarding against words. Their trade of politicians incites them to make a special effort to try not to take notice. For that reason parliamentary sessions all over the world usually are examples of the Ollendorff method and a graceful combination of absurdities.

La Nación, 7 July 1932

I Parlamenti sono, dunque, in tutte le parti formati da gente che può rappresentare il livello medio del paese. Ma il livello medio di un paese, si intenda bene, non è il livello medio della parte attiva del paese, di ciò che con un’espressione antiquata e goffa, ma ancora non sostituita, chiamiamo la gente «colta». Da qui che una Camera sia sempre meno sensibile di un pubblico qualunque di quelli che spontaneamente accorrono a una conferenza. È che rappresenta un livello inferiore.

Ma non ha nemmeno i vantaggi di un pubblico «incolto». Perché questo ascolta senza pregiudizio, aperto, poroso, alla parola che arriva. Ma i parlamentari cominciano per chiudersi e premunirsi contro le parole. Il loro oficio di politici li incita a fare uno speciale sforzo per procurare di non rendersi conto. Per questo le sessioni parlamentari in tutto il mondo suolono essere esempi del metodo di Ollendorf e una graziosa combinazione di spropositi.

La Nación, 7 luglio 1932