Abstract

A political self-portrait (Madrid, June 1932): Ortega calls himself unfit for politics because an intellectual cannot digest the foolishness spoken when improvising replies in the chamber. He draws a practical proposal: change parliamentary usage, since the State should not hang on oratorical agility.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Madrid, junio de 1932

Una de las cosas que me hacen más agudamente sentir lo mal dotado que estoy para la política es ésta: cuando en una sesión parlamentaria se ha pronunciado una serie de discursos contra la política del Gobierno, discursos tranquilamente urdidos, que traen sus cañoncitos perfectamente lubrificados, llega un momento en que un hombre tiene que ponerse de pie, a la cabecera del banco azul, y, sin más, contestar de improviso a las argumentaciones que se han disparado sobre él. A veces, como acontece ahora en nuestro Parlamento, ese hombre forzado a ejercitar faena tan difícil, es un formidable polemista. Yo dudo mucho —y no lo digo en vaga y vana elocución— que exista hoy a la cabecera de ningún banco ministerial de Europa hombre con mayores dotes para este menester de la polémica. Pero debemos preguntarnos si aun siendo esas dotes las mayores imaginables la operación de que se trata es en sí misma posible, si no trasciende los límites de la humana condición. Yo creo que si los oradores de la oposición no son gente de cacumen por completo atrofiado y han dispuesto sus argumentos con algún cuidado, hermetizándolos bien, no dejándoles poros o agujeros por donde se vacíe su energía persuasiva, no es posible afrontarlos de golpe, y más que contestarlos sólo cabe eludirlos con algunas insulseces o extravagancias. Y aquí viene mi sensación de ineptitud política: si yo me viese en tal coyuntura —pienso— yo diría como el más pintado político algunas tonterías, pero luego, después de la sesión, por la noche, el recuerdo de haber dicho esas tonterías, tal vez me produjese una angina al pecho. Eso me revela que yo soy hasta la medula intelectual, pero sólo intelectual, porque sólo al intelectual pura sangre le acongoja y desmoraliza haber dicho tonterías. Y no por vanidad ni narcisismo, sino porque el intelectual que se sorprende en flagrante tontería, es decir que ha dicho algo que no es verdad, tiene la impresión de haber cometido un crimen irremediable, de haber matado algo.

Una tontería, en efecto, no es algo positivo: es simplemente la destrucción de lo otro que en su lugar habría enunciado la discreción. En cambio, el político con muy buen acuerdo, dueño de jugos gástricos más poderosos, digiere su propia insulsez o extravagancia con suprema facilidad, y tan campante.

Pero yo no sólo sería incapaz de esto, sino que al atacar desde los bancos de la oposición preveo que si aprieto bien el argumento el señor del banco azul va a verse en el caso de contestar alguna tontería y entonces, automáticamente, «me pongo en su caso» —un vicio también de intelectual que es el único ser capaz de vivir imaginariamente otras vidas además de la suya—, y para evitarle la tontería procuro yo tomarla sobre mí y sintiendo en mi mano el argumento, duro como una piedra, hermético como si fuese metal, en rigor, pues, irrebatible, me digo: «¡Guarda, Pablo!» y el Pablo que soy se guarda entonces tímidamente el ataque más certero en el bolsillo y lo sustituye por otro un poco menos compacto, que deja entradas y salidas.

Se comprende que con enternecimientos de esta naturaleza no se puede ser político. El político tiene que ser un poco bruto, un poco ciego. Claro que, al serlo, pierde ipso facto la capacidad de hacer argumentos exactos e irrebatibles y alienta en el elemento de sonambulismo y semitontería que es la política.

Creo, sin embargo, que en esta reacción mía hay un germen fértil de inspiración para la política misma, y es éste: que no existe buena justificación para que cosas tan graves como las que se resuelven en un parlamento queden a la merced de que se pueda o no improvisar correctamente la contestación a unos discursos. Es preciso variar los usos parlamentarios. El jefe de un Gobierno es el representante efectivo e inmediato de la vida de un Estado, y el Estado no tiene por qué estar sometido a las contingencias de la agilidad oratoria.

El que ha hablado delante de los públicos más diversos conoce la precisión con que el orador percibe la mayor o menor sensibilidad de su auditorio. Es como si el auditorio fuese un enorme objeto elástico, una gigantesca pelota de goma y el orador se sintiese apoyado en ella, oprimiéndola aquí o allá. La impresión por parte del que habla es, en efecto, doble: la de apoyarse en el público y la de ejercer presiones sobre él. Cuando falta lo primero al orador le parece verse precipitado en el vacío, sin tener a qué agarrarse. Esa absoluta falta de resistencia frente a él, ese sentirse solo cuando cree estar ante muchos, le desorienta por completo.

La otra cara de la impresión es, sin embargo, más interesante. El orador busca la sensibilidad del público en varias de sus posibles dimensiones: la gracia de la expresión y el encanto del vocablo, el rigor de un razonamiento, la emoción de un tema. Es como si su voz fuese un dedo con que oprime el gran pelotón elástico aquí o allá. Antes he hablado de que necesita encontrar, como condición previa y general, resistencia en el auditorio. Sólo así sentirá que delante de él hay alguien. Pero con estas presiones busca lo contrario, busca la reacción concreta y variada de ese alguien. Para encontrarla es menester que ese alguien primariamente resistente ceda elástico allí donde se le toca, es decir que se ablande. Sólo se ablanda quien previamente es dureza. No hay, pues, contradicción entre ambos atributos de un buen público.

Pues bien; cuando a sus diversos intentos de presión el público no se inmuta tiene el orador la sospecha de que está hablando ante un bloque de granito. El dedo tentacular de su voz al fracasar en su presión se retira azorado, se avergüenza de sí mismo y el que habla experimenta una sensación peculiarísima de desánimo.

Yo he hablado ante los públicos más diversos, pero puedo decir que jamás he hablado ante un auditorio de comportamiento más granítico que un parlamento. Jamás he tenido tan clara impresión de la inutilidad de la palabra. El parlamento no responde ni a la gracia verbal ni al pensamiento agudo y rigoroso ni casi casi a la emoción cuando ésta no es de materia muy gruesa. Y el caso es que, en una u otra medida y habida cuenta de la altitud vital de cada país —porque se trata de altitud vital y no específicamente intelectual—, creo que en todas las Cámaras del mundo acontece algo parecido.

Hay no pocas razones que explican por qué esto es así.

En primer lugar, en ningún país los políticos constituyen una selección de los hombres más inteligentes. Ni siquiera las primeras figuras de los partidos lo son, pero mucho menos el servum pecus de los grupos, que es de quien aquí se habla, puesto que se habla de la masa oyente de una Cámara. En general, el político es como tal un hombre de segunda clase. Si se hiciese un estudio estadístico-biográfico de los hombres que se ocupan de política sorprendería advertir la enorme proporción de ellos que han caído en la política de rebote sobre otras profesiones más exigentes. Fracasados en ellas se acogen a la actividad política porque es más fácil, de labor menos precisa. La política es el eterno «poco más o menos». De aquí —el síntoma es curioso y delator— la frecuencia con que el político descubre su resentimiento hacia aquellas profesiones más altas de que es él un decaído. Por ejemplo, una gran cantidad de políticos está integrada por intelectuales forzados a abdicar. Por eso odian al intelectual, al técnico.

La política requiere resolución, ejecutividad, prontitud, facilidad de movilización. Al intelectual le causa, al pronto, gran admiración —contra lo que se dice el intelectual es uno de los pocos tipos humanos en verdad capaces de admiración— la agilidad del político, la ligereza con que se mueve, el coraje con que actúa en las situaciones difíciles. Luego se convence de que esa agilidad y ese coraje se componen en grandes dosis de inconsciencia, es decir, que el político no ve la situación con la claridad que el intelectual —lo contrario de lo que suele decirse—, sobre todo no prevé las consecuencias de la situación y este futuro peligroso, a veces con toda evidencia catastrófico, no gravita sobre él. Así, sin peso encima, es fácil ser ágil: así, sin conciencia del peligro es fácil ser valiente. (Falta y sería de gran interés la psicología del valiente). En suma, la experiencia me ha enseñado que algunas de las más eficientes virtudes del político se nutren de su inconsciencia. Más que valientes son audaces. Y la audacia es en un cincuenta por ciento inconsciencia y sonambulismo.

Los Parlamentos están, pues, en todas partes formados por gente que puede representar el nivel medio del país. Pero el nivel medio de un país, entiéndase bien, no es el nivel medio de la parte activa del país, de lo que con una expresión anticuada y torpe, pero aún no sustituida, llamamos la gente «culta». De aquí que una Cámara sea siempre menos sensible que un público cualquiera de los que espontáneamente acuden a una conferencia. Es que representa un nivel inferior.

Pero no tiene tampoco las ventajas de un público «inculto». Porque éste escucha sin prejuicio, abierto, poroso, a la palabra que llega. Mas los parlamentarios comienzan por cerrarse y prevenirse contra las palabras. Su oficio de políticos les incita a hacer un especial esfuerzo para procurar no enterarse. Por eso las sesiones parlamentarias en todo el mundo suelen ser ejemplos del método de Ollendorf y una graciosa combinación de despropósitos.

La Nación, 7 de julio de 1932