Ortega y Gasset

Abstract

A theatre review of The Merchant of Venice seen at the Lara with Novelli: Ortega rejects Carlyle’s individualist view of history but keeps his cult of the classics — ‘there is no pedagogy without classics’. He faults the actor for trivializing Shylock and reads each Shakespeare play as a balanced microcosm, composed like a Rubens canvas.

Connections

Concetti: bellezza
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

Hace unas cuantas noches vi en Lara El mercader de Venecia. Novelli, con su faz de enorme chimpancé, hacía un judío espléndido, de colores y líneas tizianescas. El resto de los actores cometió un crimen colectivo que no he de dejar pasar sin protesta.

Nadie me acusará de que sustento una visión individualista de la historia: la evolución humana explicada, según el gusto de Carlyle, como obra pura y exclusiva de unos cuantos grandes hombres, me ha parecido siempre una poética vulgaridad, que sólo puede interesarnos hasta los veinte años; justamente la edad en que se cierra para cada cual la esperanza de ser grande hombre. Luego empezamos a pensar que, sin necesidad de ser grandes hombres, la vida nos propone algunos deberes elevados, algunas actividades superiores que hacen que merezca ser vivida, y entonces nos sentimos inducidos a una concepción más o menos colectivista de la historia.

Sin embargo, la segunda parte de la fórmula carlyliana —Heroes-worship—, culto de los genios, me parece necesaria, y merece que propugnemos en su favor. No hay, en mi opinión, pedagogía sin clásicos, como no hay iniciación en la virtud sin santos. Todos los hombres han llevado o podido llevar su elemento de colaboración al magno edificio de la cultura; pero ha habido grandes hombres que han aportado el plano, la idea directora de la construcción. El sentido de nuestra vida, menos poderosa y más modesta, ha de ser trabajar dentro del pensamiento de esos hombres, como una rubia abeja se afana en su alvéolo.

Tales hombres son ejemplares, son pautas, son modelos, como lo es el plano del templo para el artífice secundario que labra el ornamento de una dovela al fondo de un claustro. De esta manera disciplinaremos nuestro trabajo: los clásicos son una invitación a la humanidad histórica, y, como capataces, nos distribuyen los puestos en la faena. Es preciso que trabajemos como si no fuéramos genios, y este pensamiento, que dondequiera es útil, lo es mucho más entre las gentes de España, propensas a no contentarse con menos que con descubrir todos los días el Mediterráneo.

Conviene, por tanto, volver a abrir nuestros corazones al culto de los clásicos, cuidando de dar a éste un sentido de mayor intimidad, más protestante y sin las pompas oficiales de la antigua retórica.

En esta respetuosidad hacia un clásico del calibre de Shakespeare me sentí herido la otra noche, percatándome del frívolo ambiente que de la escena descendía al patio de butacas.

Estas compañías italianas, formadas por una unidad seguida de ceros, debían suscitar alguna mayor irritación en el público. ¿Será por ventura buen actor quien se limite a mover de una cierta manera los músculos de su cara? Todo el arte contemporáneo aspira precisamente a la obtención de una atmósfera total: en el cuadro, en la novela, han llegado a ser el argumento y los rasgos individuales de los personajes mero material que sirve al artista para construir un mundo de relaciones unitarias capaz de vivir con vida independiente de la actualidad de esos materiales. Sólo el arte de los comediantes se obstina en no transformarse de ese modo. Y así Novelli, a pesar de ser un gran artista, no acierta a crear sino un Shylock de pesadilla, trivializado, descompuesto; una reductio ad absurdum de la enorme sugestión shakespeariana. Esto es una falta de respeto al alma del divino poeta, cuya manera de producir es clásica, precisamente porque no se entretuvo nunca contándonos anécdotas ni recortando del tapiz de la existencia perfiles pintorescos. Shakespeare es lo que hoy es para nosotros porque cada una de sus obras es un pequeño universo, un microcosmos que en condensación encierra íntegras las substancias todas del mundo real, del macrocosmos, mundo de menor intensidad, por lo mismo que más extenso, donde para unir dos emociones enérgicas tenemos que caminar de la una a la otra por un camino estúpido de diez, de veinte años.

Las obras de Shakespeare, como los cuadros de Rubens, gravitan inconmoviblemente. Shakespeare organiza con prolijo cuidado el reparto de los pesos estéticos en cada obra y logra así un perfecto equilibrio. Compone como Rubens. Si en El mercader de Venecia la figura de Shylock, que es el peso regulador, aparece todavía más acentuada por la insignificancia de los actores que representan los otros papeles, la obra se vence, pierde totalmente el equilibrio y se derrumba sobre el espectador discreto con todo el gravamen de sus materiales centenarios. Si Antonio, Porcia, Bassanio y Gessica no entran dentro de nuestra sensibilidad, el usurero quedará para nosotros reducido a un can viejo y peludo que desde la puerta de su cubil ladra a los transeúntes.

Y ¡por amor a Shakespeare!, este Shylock significa algo más.

II

Los aullidos misérrimos del judío veneciano dirigen nuestra atención hacia una de las más graves lacras de la historia: el antisemitismo.

Esta pasión no es de hoy ni es de ayer: Shylock no es una anécdota arrancada a un frívolo centón italiano. El pobre judío errante que camina corvo por los caminos históricos, so el gravamen de infinitas desventuras, es un personaje milenario. Todavía vive. Yo le he visto en el Brühl de Leipzig, delante de su escaparate miserable donde se exponen las pieles más caras; le he visto cargado de hombros, cubierto con un raído levitón, la nariz corvina y una barba roja larguísima. Le he visto más enhiesto y en apariencia más tranquilo, paseando por el Zeil de Frankfurt. Y un día, en un vagón de tercera, conforme se va de Witenberg a Berlín, pude reconocerle sentado frente a mí: era una bolita de carne vieja y una cabezuela redonda y una nariz picuda y unos ojos de gorrión, y todo esto en perpetua inquietud. «Yo no puedo estar sin hablar, lo confieso —me dijo. ¿Es usted alemán?… ¡Español!… Yo he leído a López de Vega, yo soy israelita y tengo en Berlín una pequeña tienda de relojes…» El vagón se había llenado de hombres alemanes, de comisionistas, de estudiantes, de soldados; apenas oyeron la palabra israelita, comenzaron a caer chanzas y groserías sobre el menudo viajero. Y yo me avergoncé, lo declaro: temí que aquellas gentes estólidas descubrieran en mi palidez española y en mis barbas negras una filiación hebrea. Me avergoncé y no tomé su defensa, y la otra noche, viendo El mercader, se puso de pie en mi memoria el pequeño relojero judío y me clavó sus ojuelos de avecilla maligna y sentí un pinchazo en el corazón.

¡Cómo ha padecido esta raza egregia! Los demás pueblos han ido destilando gota a gota sobre el judío todo su poder de odiar. Se le ha maltratado, se le ha expoliado millares de veces, se le ha escarnecido. Se le han cercenado todos los derechos, se le ha recluido, como al ganado, en el corral, dentro de los ghetti y juderías: se le ha señalado con las ruedas bermejas. Cuando el cristiano medieval quería alabar a Dios muy especialmente, mataba judíos. Léanse las curiosísimas Ordenanzas de Fernando I a los chuetas o, con otro nombre, individuos de la calle, en que se les vedaba tantas cosas y, entre ellas, el título de Don.

¡Mísera raza inmortal! Desde remotos siglos, los pueblos europeos, los árabes, los turcos más tarde, han ejercitado sobre las carnes hebreas su capacidad de atormentar. En las morenas y pálidas carnes han ensayado el filo de sus puñales. ¿Qué han conseguido? ¡Ah! El dolor, el divino pedagogo, ha sutilizado las almas israelitas, ha dado a este pueblo unas energías ardorosas que le hacen el más apto para las labores sublimes. Hemos matado judíos, y su sangre, conforme se iba enrareciendo, se hacía más exquisita, se espiritualizaba, se convertía en pura energía psíquica, era el mínimum de vehículo y el máximum de poderes inteligentes. Por las venas judaicas ya sólo fluye espíritu: filosofía, revolucionarismo, lirismo y partida doble.

Dondequiera hay judíos, hay siempre dos cosas: melancolía y suciedad. ¡Sobre todo melancolía! Tienen en los sótanos del alma recogida amargura bastante para anegar el planeta: son profesores de melancolía. Lloran sus sabios como trenan sus poetas, y el sol llega sin jovialidad a sus bancas de París. Como dice Heine:

Lloran grandes y pequeños,

lloran hasta los más fríos;

mujeres y flores lloran

y los astros en el cielo.

Y todos los llantos fluyen,

hacia el Sur rodando van;

fluyen todos y se vierten

allá abajo, en el Jordán.

I

A few nights ago I saw The Merchant of Venice at the Lara. Novelli, with his face of an enormous chimpanzee, made a splendid Jew, of Titianesque colours and lines. The rest of the actors committed a collective crime which I shall not let pass without protest.

No one will accuse me of holding an individualistic vision of history: human evolution explained, after Carlyle’s taste, as the pure and exclusive work of a few great men, has always seemed to me a poetic vulgarity, which can only interest us up to twenty years of age; precisely the age at which the hope of being a great man closes for each one. Later we begin to think that, without needing to be great men, life proposes to us some elevated duties, some superior activities that make it worth being lived, and then we feel induced to a more or less collectivist conception of history.

Nevertheless, the second part of the Carlylean formula —Heroes-worship—, the cult of geniuses, seems to me necessary, and deserves that we champion it. There is, in my opinion, no pedagogy without classics, just as there is no initiation into virtue without saints. All men have brought or could have brought their element of collaboration to the great edifice of culture; but there have been great men who have contributed the plan, the directing idea of the construction. The meaning of our life, less powerful and more modest, must be to work within the thought of those men, as a golden bee labours in its cell.

Such men are exemplars, are standards, are models, as is the plan of the temple for the secondary artisan who carves the ornament of a keystone at the back of a cloister. In this way we will discipline our work: the classics are an invitation to historical humanity, and, like foremen, they distribute to us our posts in the task. It is necessary that we work as if we were not geniuses, and this thought, which everywhere is useful, is much more so among the people of Spain, prone to be content with nothing less than discovering the Mediterranean every day.

It is fitting, therefore, to reopen our hearts to the cult of the classics, taking care to give it a sense of greater intimacy, more Protestant and without the official pomp of the ancient rhetoric.

In this respectfulness toward a classic of Shakespeare’s calibre I felt wounded the other night, becoming aware of the frivolous atmosphere that descended from the stage to the stalls.

These Italian companies, formed by a unity followed by zeros, should arouse somewhat greater irritation in the public. Will he perchance be a good actor who limits himself to moving in a certain way the muscles of his face? All contemporary art aspires precisely to the attainment of a total atmosphere: in the picture, in the novel, the argument and the individual traits of the characters have come to be mere material that serves the artist to build a world of unitary relations capable of living with a life independent of the actuality of those materials. Only the art of the comedians persists in not transforming itself in that way. And thus Novelli, despite being a great artist, manages to create only a nightmarish Shylock, trivialized, decomposed; a reductio ad absurdum of the enormous Shakespearean suggestion. This is a lack of respect for the soul of the divine poet, whose way of producing is classical, precisely because he never entertained himself telling us anecdotes nor cutting from the tapestry of existence picturesque profiles. Shakespeare is what he is today for us because each of his works is a small universe, a microcosm that in condensation encloses whole all the substances of the real world, of the macrocosm, a world of lesser intensity, precisely because more extended, where to unite two vigorous emotions we have to walk from one to the other along a stupid road of ten, of twenty years.

The works of Shakespeare, like the paintings of Rubens, gravitate immovably. Shakespeare organizes with prolix care the distribution of the aesthetic weights in each work and thus achieves a perfect equilibrium. He composes like Rubens. If in The Merchant of Venice the figure of Shylock, which is the regulating weight, appears even more accentuated by the insignificance of the actors who play the other roles, the work tilts, loses its equilibrium totally and collapses upon the discreet spectator with all the burden of its centenary materials. If Antonio, Portia, Bassanio and Jessica do not enter within our sensibility, the usurer will remain for us reduced to an old and hairy dog that barks at passers-by from the door of his den.

And, for love of Shakespeare!, this Shylock means something more.

II

The most wretched howls of the Venetian Jew direct our attention toward one of the gravest sores of history: anti-Semitism.

This passion is not of today nor of yesterday: Shylock is not an anecdote torn from a frivolous Italian cento. The poor wandering Jew who walks bent along the historical roads, under the burden of infinite misfortunes, is a millenary character. He still lives. I have seen him on the Brühl of Leipzig, before his miserable shop-window where the most expensive furs are displayed; I have seen him rounded in the shoulders, covered with a shabby overcoat, the hooked nose and a very long red beard. I have seen him more upright and in appearance calmer, strolling along the Zeil of Frankfurt. And one day, in a third-class carriage, going from Witenberg to Berlin, I was able to recognize him seated facing me: he was a little ball of old flesh and a small round head and a pointed nose and sparrow’s eyes, and all this in perpetual restlessness. “I cannot be without speaking, I confess —he told me. Are you German?… Spanish!… I have read López de Vega, I am an Israelite and I have in Berlin a small watch shop…” The carriage had filled with German men, with commercial travellers, with students, with soldiers; hardly did they hear the word Israelite when jokes and coarse remarks began to fall upon the tiny traveller. And I was ashamed, I declare it: I feared that those stolid people might discover in my Spanish pallor and in my black beard a Hebrew lineage. I was ashamed and did not take his defence, and the other night, seeing The Merchant, the little Jewish watchmaker rose up in my memory and fixed on me his little eyes of a malicious little bird, and I felt a prick in my heart.

How this egregious race has suffered! The other peoples have gone distilling drop by drop upon the Jew all their power of hating. He has been maltreated, he has been despoiled thousands of times, he has been mocked. All his rights have been cut off, he has been shut up, like the cattle, in the pen, inside the ghettos and juderías: he has been marked with the vermilion wheels. When the medieval Christian wanted to praise God very especially, he killed Jews. Let the curious ordinances of Ferdinand I be read against the chuetas or, by another name, individuals of the street, in which so many things were forbidden to them and, among them, the title of Don.

Wretched immortal race! From remote centuries, the European peoples, the Arabs, the Turks later, have exercised upon Hebrew flesh their capacity to torment. On the swarthy and pale flesh they have tested the edge of their daggers. What have they achieved? Ah! Pain, the divine pedagogue, has subtilized the Israelite souls, has given to this people ardent energies that make it the most apt for the sublime labours. We have killed Jews, and their blood, as it became rarefied, became more exquisite, spiritualized itself, became pure psychic energy, was the minimum of vehicle and the maximum of intelligent powers. Through the Jewish veins only spirit now flows: philosophy, revolutionarism, lyricism and double-entry bookkeeping.

Wherever there are Jews, there are always two things: melancholy and dirt. Above all melancholy! They have gathered in the cellars of the soul bitterness enough to flood the planet: they are professors of melancholy. Their wise men weep as their poets braid, and the sun arrives without joviality at their benches in Paris. As Heine says:

Weep the great and the small,

weep even the coldest;

women and flowers weep

and the stars in the sky.

And all the weeping flows,

toward the South rolling goes;

all flows and pours itself

down there, into the Jordan.

I

Poche notti fa vidi al Lara Il mercante di Venezia. Novelli, con la sua faccia di enorme scimpanzé, faceva un ebreo splendido, di colori e linee tizianesche. Il resto degli attori commise un crimine collettivo che non lascerò passare senza protesta.

Nessuno mi accuserà di sostenere una visione individualistica della storia: l’evoluzione umana spiegata, secondo il gusto di Carlyle, come opera pura ed esclusiva di pochi grandi uomini, mi è sempre parsa una poetica volgarità, che può interessarci solo fino ai vent’anni; proprio l’età in cui per ciascuno si chiude la speranza di essere un grande uomo. Poi cominciamo a pensare che, senza bisogno di essere grandi uomini, la vita ci propone alcuni doveri elevati, alcune attività superiori che fanno sì che meriti di essere vissuta, e allora ci sentiamo indotti a una concezione più o meno collettivistica della storia.

Tuttavia, la seconda parte della formula carlyliana —Heroes-worship—, culto dei geni, mi sembra necessaria, e merita che propugniamo in suo favore. Non c’è, a mio parere, pedagogia senza classici, come non c’è iniziazione alla virtù senza santi. Tutti gli uomini hanno portato o potuto portare il loro elemento di collaborazione al grande edificio della cultura; ma ci sono stati grandi uomini che hanno apportato la pianta, l’idea direttrice della costruzione. Il senso della nostra vita, meno potente e più modesta, deve essere lavorare dentro il pensiero di quegli uomini, come una bionda ape si affanna nel suo alveolo.

Tali uomini sono esemplari, sono modelli, sono paradigmi, come lo è la pianta del tempio per l’artefice secondario che scolpisce l’ornamento di una chiave di volta in fondo a un chiostro. In questo modo disciplineremo il nostro lavoro: i classici sono un invito all’umanità storica, e, come capisquadra, ci distribuiscono i posti nell’opera. È necessario che lavoriamo come se non fossimo geni, e questo pensiero, che dovunque è utile, lo è molto di più tra le genti di Spagna, propense a non accontentarsi di meno che di scoprire ogni giorno il Mediterraneo.

Conviene, perciò, riaprire i nostri cuori al culto dei classici, avendo cura di dare a questo un senso di maggior intimità, più protestante e senza le pompe ufficiali dell’antica retorica.

In questa rispettosità verso un classico del calibro di Shakespeare mi sentii ferito l’altra notte, accorgendomi dell’ambiente frivolo che dalla scena scendeva alla platea.

Queste compagnie italiane, formate da un’unità seguita da zeri, dovrebbero suscitare un po’ più di irritazione nel pubblico. Sarà per ventura un buon attore chi si limita a muovere in un certo modo i muscoli del suo viso? Tutta l’arte contemporanea aspira precisamente al conseguimento di un’atmosfera totale: nel quadro, nel romanzo, sono arrivati a essere l’argomento e i tratti individuali dei personaggi mero materiale che serve all’artista per costruire un mondo di relazioni unitarie capace di vivere con vita indipendente dall’attualità di quei materiali. Solo l’arte dei commedianti si ostina a non trasformarsi in questo modo. E così Novelli, pur essendo un grande artista, non riesce a creare se non uno Shylock da incubo, trivializzato, scomposto; una reductio ad absurdum dell’enorme suggestione shakespeariana. Questo è una mancanza di rispetto verso l’anima del divino poeta, la cui maniera di produrre è classica, precisamente perché non si intrattenne mai a raccontarci aneddoti né a ritagliare dal tappeto dell’esistenza profili pittoreschi. Shakespeare è ciò che oggi è per noi perché ciascuna delle sue opere è un piccolo universo, un microcosmo che in condensazione racchiude integre tutte le sostanze del mondo reale, del macrocosmo, mondo di minore intensità, proprio perché più esteso, dove per unire due emozioni energiche dobbiamo camminare dall’una all’altra per un cammino stupido di dieci, di vent’anni.

Le opere di Shakespeare, come i quadri di Rubens, gravitano inconmovibilmente. Shakespeare organizza con prolissa cura la ripartizione dei pesi estetici in ogni opera e riesce così a un perfetto equilibrio. Compone come Rubens. Se ne Il mercante di Venezia la figura di Shylock, che è il peso regolatore, appare ancora più accentuata per l’insignificanza degli attori che rappresentano le altre parti, l’opera s’inclina, perde totalmente l’equilibrio e crolla sullo spettatore discreto con tutto il gravame dei suoi materiali secolari. Se Antonio, Porcia, Bassanio e Gessica non entrano nella nostra sensibilità, l’usuraio resterà per noi ridotto a un cane vecchio e peloso che dalla porta della sua tana abbaia ai passanti.

E, per amore di Shakespeare!, questo Shylock significa qualcosa di più.

II

I miserevoli ululati dell’ebreo veneziano dirigono la nostra attenzione verso una delle più gravi piaghe della storia: l’antisemitismo.

Questa passione non è di oggi né di ieri: Shylock non è un aneddoto strappato a un frivolo centone italiano. Il povero ebreo errante che cammina curvo per i sentieri storici, sotto il gravame di infinite sventure, è un personaggio millenario. Vive ancora. Io l’ho visto nel Brühl di Lipsia, davanti alla sua miserabile vetrina dove si espongono le pelli più care; l’ho visto curvo di spalle, coperto con un logoro soprabito, il naso corvino e una barba rossa lunghissima. L’ho visto più eretto e in apparenza più tranquillo, passeggiando per lo Zeil di Francoforte. E un giorno, in un vagone di terza classe, mentre si va da Witenberg a Berlino, potei riconoscerlo seduto di fronte a me: era una pallottola di carne vecchia e una testolina rotonda e un naso aguzzo e occhi di passero, e tutto questo in perpetua inquietudine. «Io non posso stare senza parlare, lo confesso —mi disse. È lei tedesco?… Spagnolo!… Io ho letto López de Vega, io sono israelita e ho a Berlino un piccolo negozio di orologi…» Il vagone si era riempito di uomini tedeschi, di commissionari, di studenti, di soldati; appena udirono la parola israelita, cominciarono a cadere lazzi e grossolanità sul piccolo viaggiatore. E io mi vergognai, lo dichiaro: temetti che quelle genti stolide scoprissero nella mia pallidezza spagnola e nelle mie barbe nere una filiazione ebraica. Mi vergognai e non presi la sua difesa, e l’altra notte, vedendo Il mercante, si levò nella mia memoria il piccolo orologiaio ebreo e mi conficcò i suoi occhietti di uccelletto maligno e sentii un pizzico al cuore.

Come ha patito questa stirpe egregia! Gli altri popoli sono andati distillando goccia a goccia sull’ebreo tutto il loro potere di odiare. Lo si è maltrattato, lo si è spogliato migliaia di volte, lo si è schernito. Gli sono stati recisi tutti i diritti, lo si è rinchiuso, come il bestiame, nel recinto, dentro i ghetti e le giuderie: lo si è segnato con le ruote vermiglie. Quando il cristiano medievale voleva lodare Dio in modo molto speciale, uccideva ebrei. Si leggano le curiosissime Ordinanze di Ferdinando I sui chuetas o, con altro nome, individui della calle, nelle quali erano loro vietate tante cose e, tra esse, il titolo di Don.

Misera stirpe immortale! Da remoti secoli, i popoli europei, gli arabi, i turchi più tardi, hanno esercitato sulle carni ebree la loro capacità di tormentare. Sulle carni brune e pallide hanno provato il filo dei loro pugnali. Che cosa hanno ottenuto? Ah! Il dolore, il divino pedagogo, ha sottilizzato le anime israelite, ha dato a questo popolo energie ardenti che lo rendono il più adatto alle imprese sublimi. Abbiamo ucciso ebrei, e il loro sangue, via via che si rarefaceva, si faceva più squisito, si spiritualizzava, si convertiva in pura energia psichica, era il mínimum di veicolo e il máximum di poteri intelligenti. Per le vene giudaiche ormai fluisce soltanto spirito: filosofia, rivoluzionarismo, lirismo e partita doppia.

Dovunque ci sono ebrei, ci sono sempre due cose: malinconia e sporcizia. Soprattutto malinconia! Hanno nei sotterranei dell’anima raccolta amarezza abbastanza per annegare il pianeta: sono professori di malinconia. Piangono i loro savi come intrecciano i loro poeti, e il sole arriva senza giovialità alle loro panche di Parigi. Come dice Heine:

Piangono grandi e piccoli,

piangono anche i più freddi;

donne e fiori piangono

e gli astri nel cielo.

E tutti i pianti fluiscono,

verso il Sud rotolando vanno;

fluiscono tutti e si versano

laggiù, nel Giordano.

No acabaría de hablar nunca sobre los judíos, ni creo que haya tema más delicado para la sensibilidad de un poeta que este milenario dolor de un pueblo que eligió Dios una vez como vaso en que contenerse. ¡Pobre Jahvé magnífico, dios de la inquietud y de la melancolía; tú que tenías el fuego en la una mano y el maná en la otra y te ponías a arder en las retamas al borde de los caminos, aún la policía rusa azuza un pueblo imbécil, todavía no purificado por la palabra cáustica de los profetas, sobre las gentes de tu elección! ¡Qué horror! Aún ayer Alejandro III expulsaba a los judíos, y las mujeres hebreas, para permanecer, tenían que usar la cédula amarilla de las prostitutas. Eso, ayer; hoy… ¡Kicheneff, Bielostock, sangre, torrentes de sangre; sangre de Rubén, sangre de Neftalí!

Con motivo de las turbulencias antisemitas de 1892, refería Julio Huret desde Rusia al Fígaro una conversación que sostuvo con un judío de Lodz, a quien acababan de asesinar el hijo, y le preguntaba:

—¿No se dice que hay demasiados judíos en Lodz?

—Sí —respondió—, muchos. Pero ¿dónde quiere usted que vayan? Se les ha echado de todas partes… Cuando se les arrojó de Petersburgo, un judío que yo conocía fue a ver a Gresser, el jefe de Policía, y le dijo: «¡Toleráis a los perros en Petersburgo; yo tengo ocho hijos que alimentar, me gano la vida con mucha dificultad, dejadme, andaré a cuatro patas como los perros!

—No —le respondió Gresser—; eres judío, eres menos que un perro; hazte cristiano…»

¡Pobre Jahvé, según Nietzsche, has venido a ser el dios de todos los barrios bajos del mundo!

Signore Novelli, signore Novelli, ¿por qué convertir a Shylock en una figura pintoresca? En el judío veneciano conjura Shakespeare un dolor milenario: impávido, como era su derecho de poeta, ofrece la imagen cruel del odio entre las razas y la enemistad entre los dioses.

Y ahora, señor lector, lee el tomo tercero de la Historia de la novela en España, que acaba de publicarse. Hay en él un espléndido estudio sobre la Celestina, donde cuenta Menéndez y Pelayo cómo anduvo su autor, que era judío, mezclado en un proceso inquisitorial que se formó a su suegro, el viejo Álvaro de Montalbán, por comer pan cenceño (ácimo), por entrar en las cabañuelas (tabernáculos) y por ciertas frases en que desde este mundo ponía algunos reparos al otro; testigo principal, el cura de San Ginés.

Julio, 1910

I would never finish talking about the Jews, nor do I believe there is a more delicate theme for the sensibility of a poet than this millenary pain of a people that God once chose as a vessel in which to contain himself. Poor magnificent Jahweh, god of restlessness and melancholy; you who held the fire in the one hand and the manna in the other and would set yourself burning in the brooms by the roadside, still the Russian police sets an imbecile people, not yet purified by the caustic word of the prophets, upon the people of your choice! What horror! Even yesterday Alexander III expelled the Jews, and the Hebrew women, in order to remain, had to use the yellow card of prostitutes. That, yesterday; today… Kishinev, Bialystok, blood, torrents of blood; blood of Reuben, blood of Naphtali!

On the occasion of the anti-Semitic disturbances of 1892, Jules Huret reported from Russia to the Fígaro a conversation he held with a Jew of Lodz, whose son had just been murdered, and asked him:

“Is it not said that there are too many Jews in Lodz?”

“Yes —he answered—, many. But where do you want them to go? They have been thrown out of everywhere… When they were driven out of Petersburg, a Jew I knew went to see Gresser, the chief of Police, and said to him: “You tolerate dogs in Petersburg; I have eight children to feed, I earn my living with great difficulty, let me be, I will walk on all fours like the dogs!”

“No —Gresser answered him—; you are a Jew, you are less than a dog; make yourself a Christian…""

Poor Jahweh, according to Nietzsche, you have come to be the god of all the slums of the world!

Signore Novelli, signore Novelli, why turn Shylock into a picturesque figure? In the Venetian Jew Shakespeare conjures up a millenary pain: impassive, as was his right as a poet, he offers the cruel image of the hatred between the races and the enmity between the gods.

And now, dear reader, read the third volume of the Historia de la novela en España, which has just been published. There is in it a splendid study on La Celestina, where Menéndez y Pelayo tells how its author, who was a Jew, was entangled in an inquisitorial trial that was formed against his father-in-law, old Álvaro de Montalbán, for eating unleavened bread (azymous), for entering the booths (tabernacles) and for certain phrases with which, from this world, he made some objections to the other; principal witness, the parish priest of San Ginés.

July, 1910

Non finirei mai di parlare degli ebrei, né credo che ci sia tema più delicato per la sensibilità di un poeta di questo dolore millenario di un popolo che Dio scelse una volta come vaso in cui contenersi. Povero Jahvé magnifico, dio dell’inquietudine e della malinconia; tu che avevi il fuoco in una mano e la manna nell’altra e ti mettevi ad ardere nelle ginestre al bordo dei cammini, ancora la polizia russa aizza un popolo imbecille, non ancora purificato dalla parola caustica dei profeti, contro le genti della tua elezione! Che orrore! Ancora ieri Alessandro III espelleva gli ebrei, e le donne ebree, per restare, dovevano usare la cedola gialla delle prostitute. Questo, ieri; oggi… Kicheneff, Bielostock, sangue, torrenti di sangue; sangue di Ruben, sangue di Neftali!

In occasione delle turbolenze antisemite del 1892, Julio Huret riferiva dalla Russia al Fígaro una conversazione che ebbe con un ebreo di Lodz, al quale avevano appena assassinato il figlio, e gli domandava:

—Non si dice che ci sono troppi ebrei a Lodz?

—Sì —rispose—, molti. Ma dove vuole che vadano? Li hanno cacciati da tutte le parti… Quando li scacciarono da Pietroburgo, un ebreo che conoscevo andò a vedere Gresser, il capo della Polizia, e gli disse: «Tollerate i cani a Pietroburgo; io ho otto figli da sfamare, mi guadagno la vita con molta difficoltà, lasciatemi, camminerò a quattro zampe come i cani!

—No —gli rispose Gresser—; sei ebreo, sei meno di un cane; fatti cristiano…»

Povero Jahvé, secondo Nietzsche, sei venuto a essere il dio di tutti i bassifondi del mondo!

Signore Novelli, signore Novelli, perché convertire Shylock in una figura pittoresca? Nell’ebreo veneziano Shakespeare evoca un dolore millenario: impassibile, com’era suo diritto di poeta, offre l’immagine crudele dell’odio tra le razze e dell’inimicizia tra gli dèi.

E ora, signor lettore, leggi il terzo volume della Historia de la novela en España, che è appena stato pubblicato. C’è in esso uno splendido studio sulla Celestina, dove Menéndez y Pelayo racconta come il suo autore, che era ebreo, andò coinvolto in un processo inquisitoriale che si formò contro suo suocero, il vecchio Álvaro de Montalbán, per aver mangiato pane azzimo (ácimo), per essere entrato nelle capanne (tabernacoli) e per certe frasi con cui da questo mondo muoveva alcune obiezioni all’altro; testimone principale, il curato di San Ginés.

Luglio, 1910