Ortega y Gasset

Abstract

A speech: the contemporary State demands everyone’s permanent collaboration, not out of justice but of necessity, and this fusion of State and nation is called democracy — no longer a theory but the anatomy of the age. The Republic means nationalizing public power; the error committed was to remain a revolutionary committee instead of founding a new legality.

Connections

Concetti: Stato

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

¿Cómo iban a marchar así bien las cosas? El Estado contemporáneo exige una constante y omnímoda colaboración de todos sus individuos, y esto no por razones de justicia política, sino por ineludible forzosidad. Las necesidades del Estado actual son de tal cuantía y tan varias que necesitan la permanente prestación de todos sus miembros, y por eso, en la actualidad, gobernar es contar con todos. Por tal necesidad, que inexorablemente imponen las condiciones de la vida moderna, Estado y nación tienen que estar fundidos y en uno: esta fusión se llama democracia. Es decir, que la democracia ha dejado de ser una teoría y un credo político que unos cuantos agitan, para convertirse en la anatomía inevitable de la época actual. Por tanto, es inútil discutir sobre ella; la democracia es el presente, no es que en el presente haya demócratas. (Aplausos).

Pues bien, señores, la República significa nada menos que la posibilidad de nacionalizar el Poder público, de fundirlo con la nación, de que nuestro pueblo vaque libremente a su destino, de dejarle fare da se, que se organice a su gusto, que elija su camino sobre el área imprevisible del futuro, que viva a su modo y según su interna inspiración.

Yo he venido a la República, como otros muchos, movido por la entusiasta esperanza de que, por fin, al cabo de centurias, se iba a permitir a nuestro pueblo, a la espontaneidad nacional, corregir su propia fortuna, regularse a sí mismo, como hace todo organismo sano; rearticular sus impulsos en plena holgura, sin violencia de nadie, de suerte que en nuestra sociedad cada individuo y cada grupo fuese auténticamente lo que es, sin quedar por la presión o el favor deformada su sincera realidad.

Eso es lo que significaba para mí eso que desdeñosamente algunos llaman «simple cambio de forma de gobierno», y que es, a mi juicio, transformación mucho más honda y sustanciosa que todos los aditamentos espectaculares que quieran añadirle los arbitrarios y angostos programas de angostísimos partidos.

Y el error que en estos meses se ha cometido, ignoro por culpa de quién, tal vez sin culpa de nadie, pero que se ha cometido, es que al cabo de ellos, cuando debíamos todos sentirnos embalados en un alegre y ascendente destino común, sea preciso reclamar la nacionalización de la República, que la República cuente con todos y que todos se acojan a la República.

Al día siguiente de sobrevenido el triunfo (no se olvide que en unas elecciones, no en una barricada) pudo elegir el Gobierno, en pleno albedrío, entre una de estas dos cosas: o seguir siendo el antiguo Comité revolucionario, o declararse representante de una nueva y rigorosa legalidad que iniciaba su constitución. Al preferir lo primero, por lo menos al preferirlo más bien que lo otro, quedó ya en su raíz desvirtuada la originalidad del cambio de régimen, de ese hecho histórico esencial, que ha emanado directamente de nuestro pueblo entero como un acto de su colectiva aspiración; ese hecho, que no es de ningún grupo, ni grande ni pequeño, sino de la totalidad del pueblo español, hecho al cual debiera volver su atención y debiera atenerse todo el que no quiera equivocarse en el próximo porvenir. Este hecho es la verdad de España, superior a todo capricho y que aplastará cualquier frívola intención de interpretarlo arbitrariamente. Aquella conducta del pueblo español es el texto fundamental, de que nuestra política tiene que ser el pulcro y fiel comentario. Y esa conducta significaba un ansia de orden nuevo y un asco del desorden en que había ido cayendo la monarquía: primero, el desorden pícaro de los viejos partidos sin fe en el futuro de España; luego, el desorden petulante y sin unción de la dictadura. (Aplausos).

A esa unidad de la voluntad nacional que la República tiene que significar, es preciso que volvamos, porque hay a la puerta de la República, instalados en hileras, unos hombres que perturban la obra de los gobernantes e impiden el ingreso en la República del buen español, pacífico y mesurado. Hacen ellos grandes aspavientos de revolución, la cual podrá en alguno ser sentimiento sincero, pero revolución que hoy, en España, sería, no buena o mala, sino algo más definitivo: históricamente falsa. Exigen esos hombres pruebas de pureza de sangre republicana y se dedican a recitar sin parar las más decrépitas antífonas de la caduca beatería democrática. Urge salvar a la República de esa vieja democracia, que amenaza arrastrarla cien años atrás; urge salvarla en nombre de una nueva democracia más sobria y magra, más constructiva y eficaz; en suma, la democracia de la juventud. Ésta tenemos que constituir.

How could things go well like that? The contemporary State demands a constant and all-embracing collaboration of all its individuals, and this not for reasons of political justice but by ineluctable necessity. The needs of the present State are of such magnitude and so various that they require the permanent contribution of all its members, and for that reason, at present, to govern is to count on everyone. By such necessity, which the conditions of modern life inexorably impose, State and nation have to be fused and one: this fusion is called democracy. That is, democracy has ceased to be a theory and a political creed that a few agitate, to become the inevitable anatomy of the present age. Therefore, it is useless to discuss it; democracy is the present; it is not that there are democrats in the present. (Applause).

Well then, gentlemen, the Republic means nothing less than the possibility of nationalizing the public Power, of fusing it with the nation, of our people going freely to its destiny, of leaving it to fare da se, to organize itself to its taste, to choose its path over the unforeseeable area of the future, to live in its own way and according to its inner inspiration.

I have come to the Republic, like many others, moved by the enthusiastic hope that, at last, after centuries, our people, national spontaneity, was going to be allowed to correct its own fortune, to regulate itself, as every healthy organism does; to rearticulate its impulses in full ease, without anyone’s violence, so that in our society each individual and each group might be authentically what it is, without its sincere reality remaining deformed by pressure or by favour.

That is what that which some disdainfully call “simple change of form of government” meant for me, and which is, in my judgment, a transformation much deeper and more substantial than all the spectacular appurtenances that the arbitrary and narrow programmes of the narrowest parties may wish to add to it.

And the error that in these months has been committed, I know not through whose fault, perhaps through nobody’s fault, but which has been committed, is that at the end of them, when we should all feel ourselves embarked upon a joyful and ascending common destiny, it should be necessary to claim the nationalization of the Republic, that the Republic count on everyone and that everyone take refuge in the Republic.

The day after the triumph came (let it not be forgotten that it was in an election, not on a barricade) the Government could choose, in full liberty, between one of these two things: either to go on being the old revolutionary Committee, or to declare itself representative of a new and rigorous legality that was beginning its constitution. In preferring the first, at least in preferring it rather than the other, the originality of the change of regime was already vitiated at its root, that essential historical fact, which has emanated directly from our whole people as an act of their collective aspiration; that fact, which belongs to no group, great or small, but to the totality of the Spanish people, a fact to which everyone who does not wish to err in the near future should return his attention and should adhere. This fact is the truth of Spain, superior to every whim and which will crush any frivolous intention of interpreting it arbitrarily. That conduct of the Spanish people is the fundamental text, of which our policy has to be the neat and faithful commentary. And that conduct meant a longing for a new order and a loathing of the disorder into which the monarchy had been falling: first, the roguish disorder of the old parties without faith in the future of Spain; then, the petulant and unctionless disorder of the dictatorship. (Applause).

To that unity of the national will which the Republic must signify, it is necessary that we return, because there are at the door of the Republic, installed in rows, some men who disturb the work of the rulers and prevent the entry into the Republic of the good, peaceful and measured Spaniard. They make great show of revolution, which in some may be sincere feeling, but a revolution that today, in Spain, would be, not good or bad, but something more definitive: historically false. Those men demand proofs of purity of republican blood and devote themselves to reciting without pause the most decrepit antiphons of the decrepit democratic bigotry. It is urgent to save the Republic from that old democracy, which threatens to drag it a hundred years back; it is urgent to save it in the name of a new democracy, more sober and lean, more constructive and effective; in sum, the democracy of youth. This one we have to constitute.

Come potevano, così, andare bene le cose? Lo Stato contemporaneo esige una costante e onnicomprensiva collaborazione di tutti i suoi individui, e questo non per ragioni di giustizia politica, ma per ineludibile necessità. I bisogni dello Stato attuale sono di tale quantità e così vari che richiedono la permanente prestazione di tutti i suoi membri, e perciò, al presente, governare è contare su tutti. Per tale necessità, che inesorabilmente impongono le condizioni della vita moderna, Stato e nazione devono essere fusi e in uno: questa fusione si chiama democrazia. Cioè, la democrazia ha cessato di essere una teoria e un credo politico che pochi agitano, per convertirsi nell’anatomia inevitabile dell’epoca attuale. Perciò è inutile discutere su di essa; la democrazia è il presente, non è che nel presente ci siano democratici. (Applausi).

Ebbene, signori, la Repubblica significa niente meno che la possibilità di nazionalizzare il Potere pubblico, di fonderlo con la nazione, che il nostro popolo vada liberamente al suo destino, di lasciarlo fare da se, che si organizzi a suo gusto, che scelga il suo cammino sull’area imprevedibile del futuro, che viva a suo modo e secondo la sua interna ispirazione.

Io sono venuto alla Repubblica, come molti altri, mosso dall’entusiasta speranza che, finalmente, al termine di secoli, si sarebbe permesso al nostro popolo, alla spontaneità nazionale, di correggere la propria fortuna, di regolarsi da sé, come fa ogni organismo sano; di riarticolare i suoi impulsi in piena agiatezza, senza violenza di nessuno, di modo che nella nostra società ogni individuo e ogni gruppo fosse autenticamente ciò che è, senza che restasse deformata dalla pressione o dal favore la sua sincera realtà.

Questo significava per me ciò che alcuni sdegnosamente chiamano «semplice cambiamento di forma di governo», e che è, a mio giudizio, trasformazione molto più profonda e sostanziosa di tutti gli additamenti spettacolari che vogliano aggiungerle gli arbitrari e angusti programmi di angustissimi partiti.

E l’errore che in questi mesi è stato commesso, ignoro per colpa di chi, forse senza colpa di nessuno, ma che è stato commesso, è che al termine di essi, quando tutti dovevamo sentirci imbarcati in un lieto e ascendente destino comune, sia necessario rivendicare la nazionalizzazione della Repubblica, che la Repubblica conti su tutti e che tutti si accolgano alla Repubblica.

Il giorno dopo sopraggiunta la vittoria (non si dimentichi che in elezioni, non in una barricata) poté scegliere il Governo, in pieno arbitrio, tra una di queste due cose: o continuare a essere l’antico Comitato rivoluzionario, o dichiararsi rappresentante di una nuova e rigorosa legalità che iniziava la sua costituzione. Nel preferire la prima, per lo meno nel preferirla piuttosto che l’altra, restò già alla radice svigorita l’originalità del cambiamento di regime, di quel fatto storico essenziale, che è emanato direttamente da tutto il nostro popolo come un atto della sua collettiva aspirazione; quel fatto, che non è di nessun gruppo, né grande né piccolo, ma della totalità del popolo spagnolo, fatto al quale dovrebbe volgere la sua attenzione e dovrebbe attenersi chiunque non voglia sbagliarsi nel prossimo avvenire. Questo fatto è la verità della Spagna, superiore a ogni capriccio e che schiaccerà qualsiasi frivola intenzione di interpretarlo arbitrariamente. Quella condotta del popolo spagnolo è il testo fondamentale, del quale la nostra politica deve essere il nitido e fedele commento. E quella condotta significava un’ansia di ordine nuovo e un disgusto del disordine in cui era andata cadendo la monarchia: prima, il disordine furfantesco dei vecchi partiti senza fede nel futuro della Spagna; poi, il disordine petulante e senza unzione della dittatura. (Applausi).

A quell’unità della volontà nazionale che la Repubblica deve significare, è necessario che torniamo, perché c’è alla porta della Repubblica, installati in file, degli uomini che perturbano l’opera dei governanti e impediscono l’ingresso nella Repubblica del buon spagnolo, pacifico e misurato. Fanno essi grandi spaventi di rivoluzione, la quale potrà in qualcuno essere sentimento sincero, ma rivoluzione che oggi, in Spagna, sarebbe, non buona o cattiva, ma qualcosa di più definitivo: storicamente falsa. Esigono questi uomini prove di purezza di sangue repubblicano e si dedicano a recitare senza sosta le più decrepite antifone della caduca bigotteria democratica. Urge salvare la Repubblica da quella vecchia democrazia, che minaccia di trascinarla cent’anni indietro; urge salvarla in nome di una nuova democrazia più sobria e magra, più costruttiva ed efficace; in somma, la democrazia della gioventù. Questa dobbiamo costituire.