Abstract

A polemical reply to Cambó: Ortega recapitulates the three points of his earlier article (Cambó’s haughtiness, the claim that European politics now reduces to concrete rather than constituent problems, monetary stabilization) and answers the ‘psychograph’ Cambó draws of him, citing his own writings on the electoral regime. Newspaper polemic.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

Hubiera preferido dejar al señor Cambó la última palabra —al menos en lo que de mí depende. Por muchas razones. Una de ellas es eludir el carácter de match personal que su contestación da a esta disputa. Cuando aprietan tan gravemente como ahora urgencias de toda la nación, repugna mucho distraer la atención pública en combates de hombre a hombre. Me importa, por lo mismo, hacer constar que en mi artículo «Los problemas concretos» no se rozaba la persona del señor Cambó sino en tres puntos, que significaban a la vez y con estricta contigüidad problemas objetivos de nuestra nación. Uno era salir al frente de la superlativa impertinencia y las ínfulas de injustificada altanería con que en artículos y notas recientes se ha dirigido al país el señor Cambó, repartiendo a diestra y siniestra denuestos y desdenes —intentando provocar hostilidades entre clases sociales, entre ciudades— sin tomarse el trabajo de probar sus afirmaciones y negaciones. En este vicio logró contaminar al duque de Maura, que se acostumbraba indebida y gratuitamente a parejo libertinaje. (Sólo como detalle muy secundario, pero que debo refrescar ante el lector, recordaré que este señor, desde una altitud intelectual sobremanera problemática, se permitía calificar de «frases hueras» las que con entrañable preocupación de la grave crisis nacional algunos escribíamos. Esas supuestas «frases hueras» anunciaban lo que hoy es ya un hecho notorio y sentenciado: el error de la política que fue encomendada al señor Berenguer).

Otro punto era la afirmación exorbitante de que hoy la política se reducía en todas las partes de Europa a problemas concretos y no «constituyentes».

El tercero, ejemplo de la anterior generalización, se refería al problema de la moneda, e insinuaba cómo por no ofrecer el señor Cambó confianza al país en una política integral, no podría intentar siquiera la política «concreta» de la estabilización.

A esos tres puntos añadía mi sorpresa y mi censura por el hecho de que se quisiese afrontar la situación presente de la vida pública con un partido formado muy principalmente por hombres de negocios.

A todo ello responde el señor Cambó resumiendo poco menos que toda mi existencia y dibujando una psicografía de mi persona, tal vez acertada en lo que tiene de juicio, pero contraria radicalmente a la verdad en cuantos hechos enuncia. Así, ejemplifica mi facultad espléndida de contradecirme o de ser tornadizo y voltario, mostrando que ahora, precisamente ahora, me preocupo del régimen electoral, mientras antes me traía sin cuidado. No obstante, salen ahora, reunidos en volumen con el título La redención de las provincias, los diecisiete artículos que en el año 1927 dediqué a una reforma del Poder público, centrada íntegramente en el análisis histórico de nuestro procedimiento electoral, cosa que en tal forma nunca se había hecho. Y esos artículos no eran sino ampliación de las ideas expuestas en otra serie publicada uno o dos años antes en homenaje a don Antonio Maura, cuya muerte estaba reciente. Y no sólo eso; sino que en mis libros antiguos se halla todo un esquema donde se intenta aclarar la historia entera de Roma —¡nada menos!— al hilo del problema electoral. De suerte, que éste sin ventura que soy yo, presunto olvidadizo de la importancia del régimen electoral, es, casualmente y quizá, el escritor que más importancia le ha dado y que ha querido inclusive transportarlo de la política actual a la filosofía de la Historia. Si en un tema tan circunscrito y simple opera el señor Cambó con tan poco empeño en ser verídico, va a ser forzoso someter a lazareto y visado todas sus frases y datos.

Pareja inadaptación a los hechos e injusticia en la fórmula manifiesta al llamarme dilettante de la política. Por la sencillísima razón de que en pura verdad yo no he sido nunca ni siquiera eso. Dilettante vale tanto como «aficionado», y yo he sido siempre muy desaficionado a la política. Cualquiera que ignorase por completo mi biografía imaginará que yo he andado de por vida entrando y saliendo de la política, como ha acontecido al señor Cambó cuando creyó debido desatender unos años —sin abandonarla— su profesión de hombre público para vacar a edificarse una fortuna.

Más de una vez he citado, al propósito de mi relación con la política, una frase de Schlegel, que me impresionó mucho cuando la leí por vez primera: «Para lo que se tiene gusto se tiene genio». Como yo no sentía jamás gusto por la política, me era ello síntoma sobrado de que no tenía dotes. Pero España, esta España a cuya aventura he ligado desde niño mi existencia personal, me imponía cierta atención a la vida pública. En cada sazón he procurado reducir ésta a lo que sentía ser mi deber inexcusable. Hasta ahora, con rara continuidad, he creído que estaba obligado sólo a meditar y escribir sobre temas políticos, sobre la estructura del pueblo español, de su pasado y el gálibo preferible de su futuro. He esperado cuarenta y siete años para convencerme de que era preciso arriesgar más por el destino público de España y que debía entregarme, bien que en compromiso muy definido, a la áspera intemperie de las luchas políticas, aun quitándome horas de las que necesito para mí. ¡Esto es lo que el verídico y constructivo señor Cambó llama diletantismo político! Yo creía que en mi actitud política había sido, frente a unos y a otros, constante, pertinaz: por lo menos lo he sido en rechazar carteras, una de las cuales me ofrecía el señor Cambó en febrero o marzo del pasado, no sé bien en cuál mes de ambos, porque, como estos políticos sin diletantismo ofrecen muchas, tiene uno un poco de lío en la cabeza.

Esta convicción de poseer escasas dotes para el ejercicio plenario de la gobernación ha hecho que me preocupe mucho de descubrir otros hombres mejor pertrechados que yo o cuidar de ellos cuando eran ya notorios. Como hace dieciséis años que en España no hay propiamente vida pública normal, es inevitable que el número de hombres mínimamente aptos para regir el país sea escasísimo. Uno de ellos era, sin duda, el señor Cambó. Lo era, a pesar de sus lacras —como son su peligrosa manía de intervenir en negocios acromegálicos, su insuficiente cultura, su falta de efusión. En cambio, se dan en el señor Cambó dos condiciones que, aisladas, son dos defectos, pero juntas forman el esqueleto de un hombre de gobierno: ser duro, tenaz, con poca alma y propender a combinaciones quiméricas. Aquello hace al hombre compacto; esto impide la anquilosis. Añádase que el señor Cambó era uno de los poquísimos personajes políticos granados en toda una generación. Por la tradición de su política regional, nervio auténtico de toda su historia y del futuro español, no había quedado en incrustación dentro de los viejos partidos, y por su distancia a lo constituido podía en el momento actual ponerse al frente de la reforma estatal a que —¡por fin!— inexorablemente vamos. He aquí por qué yo he procurado en la cuantía bien angosta de mis medios mantener en franquía al señor Cambó cuando acabó la primera Dictadura. Porque mostró súbitamente el señor Cambó la más extraña urgencia de ocupar el Poder, siempre —¡claro está!— que no hubiera Cortes y que no pudiese levantarse frente a él Indalecio Prieto. Yo le instaba a demorar su entrega al régimen vigente, a que esperase la reacción del país y fuese entonces lo que por su tradición política podía y debía haber sido: el «conductor» de España en esta hora de gran viraje. Claro es que era ineludible un previo abandono de los negocios y el resuelto canje de algunos gestos provincianos por otros mejor adaptados a grandes horizontes. Yo he esperado en esta esperanza hasta que pocas semanas ha el señor Cambó desertaba resueltamente de su alto destino y contribuía a fundar un partido de vía estrecha.

He aquí cómo no me duelen prendas y puedo contar al público el contenido de esas conversaciones ahora exhumadas por el señor Cambó. Cotéjese lo dicho con el artículo «Los problemas concretos» y se notará el ajuste preciso. En esta su contestación, que es más bien un puro ataque o, si se empeña, un contraataque, finge suponer que en mi artículo allanaba yo lo que es sustancial y valioso en su pasado, como pretende hacerlo con el mío. Compárese esta ficción con mi texto y pase el caso a sentencia.

En lo anterior he querido aceptar el papel de reo, aunque no soy yo el político-hombre de negocios, sino el señor Cambó; aunque no soy yo el que pretenda reducir la política a problemas concretos ni quien ha estado o está en el ministerio de Hacienda. Y de estas cosas precisamente se trataba. Sin embargo, he querido contestar a los ataques del señor Cambó dándoles yo mismo un aire de cuestiones políticas que no tienen, pues son, a lo sumo, apreciaciones sobre mi carácter intelectual, sobre mi versatilidad y extremada presunción.

El hecho de no tener yo pasado de actuación política, y el señor Cambó uno largo y nutrido, da a mi posición en este match una ventaja excesiva: es difícil atacarme y me es fácil defenderme. Pero me repugna aprovechar esa ventaja negativa que no he ganado por haber hecho, sino por no haber hecho, se entiende, política; por eso trato las objeciones a lo La Bruyère que se hacen a mi carácter con igual patetismo que si me dijesen cómo siendo yo hombre público había discutido el pago al Tesoro de unos impuestos.

Esto por lo que hace a mí; pero ahora sigamos con el señor Cambó.

El Sol, 19 de marzo de 1931

II

Dice el señor Cambó en su contestación:

«Todas las agrias censuras que me dedica mi ilustre amigo parten del supuesto de que yo soy el inspirador y conductor de un movimiento político que tiene por bandera la exaltación exclusiva de los “problemas concretos” (que, según el señor Ortega, son aquéllos que afectan a los problemas materiales), repudiando los “problemas abstractos”, entre los cuales figuran los problemas de derecho público y de orden moral y cultural.

»Pero ¿de qué palabra, de qué texto, de qué referencia ha podido sacar el señor Ortega y Gasset que yo haya dicho jamás semejante majadería?»

Con la habilidad de un prestímano que en el circo convierte una palmatoria en un conejo albar, quiere aquí el señor Cambó sugerir a sus lectores que yo he entendido el «concretismo» del partido del centro como una reducción de su programa político a los problemas materiales. Pero es lo cierto que mi artículo mostraba cómo el intento de esta política «concreta» se dirigía más bien a escamotear los problemas «integrales», suscitando una polvareda de problemas «particulares». De materia y de espíritu no se hablaba una palabra. Tomé como ejemplo la moneda por ser la cuestión que manipula con más gracia el señor Cambó y que constituye efectivamente un tema serio, grave, urgente; pero sin motejarlo yo de problema «material», en el sentido peyorativo de la palabra. Para mí, lo económico no es «material», en oposición a espiritual. Mi obra combate siempre el trasnochado «idealismo» —en la ciencia, en la política y en la vida privada. Pero lo que se quiere es producir la «desmaterialización», el escamoteo, del gran asunto español a la hora presente: la necesidad de crear un nuevo Estado. Para ello se emplean todos los medios, se tergiversa despreocupadamente lo que dice el adversario, se levanta polvo en derredor a fin de oscurecer y cegar a las gentes. Pero nosotros nos opondremos tenazmente a ese confusionismo, para no tener que decir como el romance:

Con la grande polvareda

perdimos a Don Beltrane.

El señor Cambó ha dicho en 10 de diciembre, aunque ahora se resista a admitirlo, que es preciso abandonar los problemas políticos y adscribirse a los problemas concretos:

«Hoy precisa buscar la colaboración de los hombres capaces, vengan de donde vinieren, que puedan coincidir en la apreciación de problemas reales y concretos, ante los cuales las divergencias de criterio, por el hecho de ser conmensurables, puedan ser reducidas y eliminadas…»

«Cuando están planteados en España tantos y tan importantes problemas, que sólo pueden tener adecuada solución en el Parlamento, la convocatoria de Cortes constituyentes significaría la postergación de aquellos problemas para que el Parlamento consumiera todas sus energías en debates puramente políticos de orden constitucional».

Aquí los problemas políticos de que se quiere prescindir son taxativamente los constitucionales, que por lo visto no están planteados en España.

Pero más aún: en 13 de diciembre remachaba:

«La realidad presente nos dice que hoy el problema de la forma de gobierno no interesa, excepto España, a ningún país civilizado, ni de Europa ni de América. En todos ellos (monarquías o repúblicas) son los formidables problemas sustantivos de la hora presente los que absorben la atención de gobernantes y gobernados».

Ver que cosa semejante se aseveraba me produjo estupor. Porque media Europa se compone hoy de repúblicas recentísimas, calentitas aún de su natividad, no bien seguras aún de su perduración. En ninguna etapa histórica han caído juntas más monarquías. Donde la Monarquía se ha conservado, como en Italia, el cambio de «forma de gobierno» ha sido aún más radical, porque no es aceptable llamar «forma de gobierno» al hecho de que subsista la figura de un Rey. Sobre esto he de hablar pronto con algún pormenor, aunque ya dije lo esencial en 1914 (véase Vieja y nueva política). En América del Sur, las endémicas revoluciones toman ahora el carácter de transformaciones constitucionales y cambio en las «formas de gobierno», que antes no solían tener. Y si el señor Cambó conociese más a fondo la política, por ejemplo, de los Estados Unidos y no se atuviese a lo palmario y al dato periodístico, se miraría mucho antes de asegurar que no esté inclusive el lóbulo norte del nuevo continente en vísperas de transformar la «forma» de su Estado (véase la serie de estudios que he comenzado a publicar en La Nación, de Buenos Aires, con el título «Los “nuevos” Estados Unidos», y que procuraré extractar para el público peninsular).

Hubiera el señor Cambó dicho inversamente: En España está planteado un enorme problema de Estado que urge atacar frente a frente y con magnanimidad; pero es ineludible radicar en él todos los otros problemas técnicos, minuciosos y más grises, impidiendo así que la emotividad política suscitada por la gran cuestión civil se consuma en vagos ardores —que hubiera dicho esto, sobre todo que con sus grandes medios lo hubiese hecho, llamando a las gentes todas hacia un movimiento de reconstrucción nacional, y habría estado él al nivel de sí mismo y yo quieto en mi rincón o movilizado en filas. Pero en vez de esto ha dicho y ha hecho una gran frivolidad y nos deja temer que no siente la historia de España como hay que sentirla para gobernarla: íntegramente, con su esplendor y su miseria.


Decía yo en mi artículo, después de dar al viento mi entusiasmo por los hombres de negocios que no son sino hombres de negocios:

«Pero otra cosa es que esos hombres de negocios estén en el Poder, y en vez de hacer sus negocios los compliquen con la política. Por ejemplo: no obtiene España la menor ventaja de que sea ministro de Hacienda el señor Ventosa, que es a la par vicepresidente de la Chade. Y menos todavía cuando en ese ministerio existe un expediente sobre tributación de la Chade. Rechazo toda insinuación maligna que pretenda rebasar lo más mínimo la significación estricta de esas palabras; pero la significación estricta de esas palabras quiero que conste de la manera más taxativa. Yo no admito dentro de mí el pensar mal gratuitamente de nadie; pero como español protesto de que se me obligue a pensar bien de situaciones nacionalmente delicadas. Por eso, porque ni es lícito pensar mal ni es aceptable que se nos obligue a pensar bien, es por lo que no pueden estar en el Poder los hombres de negocios».

A lo que el señor Cambó ha contestado:

«Aprovecha el señor Ortega la ocasión que le deparan los artículos que me dedica para dirigir al ministro de Hacienda, señor Ventosa, un ataque embozado, con todas las apariencias de una insidia. El señor Ortega conoce íntimamente al señor Ventosa, y estoy seguro que tiene de él la misma opinión que cuantos le conocen y le tratan. El señor Ortega, precisamente por su amistad con el señor Ventosa, tiene el deber heroico de acusarle cara a cara si tiene noticia de que ha realizado un acto reprobable. Si no la tiene, si no puede acusarle, las líneas que ha escrito, no son dignas de él; todos sus amigos las habrán leído con pena, y él mismo es imposible que sienta, en relación con este acto, aquella interior satisfacción que es juicio decisivo para los hombres de espíritu recto y de conciencia limpia».

Esto es —no necesito interpretárselo al lector— un insulto que el señor Cambó me dirige. Es un insulto retórico de aquéllos que antaño solían disparar los políticos bravucones, como el calamar lanza su tinta para escabullirse al amparo de la turbiedad que él mismo ha emanado.

Pero es vano el empeño. El señor Cambó, que intimidaría con el menor de sus gestos audaces mi habitual timidez en la vida privada, no conseguirá nunca —siento hacérselo saber— intimidarme lo más mínimo cuando se trata de asuntos públicos. No, señor Cambó; un poco de mesura. Yo, en vez de inmutarme ante su insulto, voy a analizar tranquilamente su párrafo.

Hay en él la intención de presentarme como un hombre a quien la polémica política lleva a violar una amistad íntima. Mas es el caso que mi amistad con el señor Ventosa no tiene ese carácter, aunque yo lo desearía. Nuestro trato se ha reducido a seis u ocho encuentros en toda nuestra vida. Pero no se crea que va esto dicho con ánimo de volatilizar mi relación con este señor. Todo lo contrario. Lo digo para añadir en esta ocasión tan penosa, y cuando razones más fuertes que mi albedrío me obligan a vejarlo, que mi simpatía y estimación por su persona privada son muy superiores al grado de nuestra efectiva amistad.

Pero todo esto no tiene que ver con lo que yo escribí de él, y el melodramatismo del insulto que el señor Cambó me dirige, dejando intacta mi conciencia, recae, sin que yo lo quiera, sobre la suya. Pues fueren cuantos sean los quilates de mi amistad con el señor Ventosa, acaece que yo no tengo por qué acusarle cara a cara. Por la simple razón de que no le he acusado tampoco oblicuamente. Copiadas quedan arriba mis palabras. No cabe salvar más taxativamente el alcance de una censura. Porque de eso se trata: no de acusar, sino de censurar. Mas el señor Cambó, con una habilidad de abogadete subalterno, a que ha querido descender para amenguarse, aspira a confundir ambas cosas, como si se dirigiera a gente aldeana, que se pierde entre lo negro de lo impreso.

No, señor Cambó; mis palabras resumen con alguna precisión toda una doctrina formal sobre la actitud que a todo ciudadano le es obligado tomar frente a la actuación de los hombres de negocios en el Poder, actitud que un maestro tan lejano y sereno como Adam Smith nos recomienda. (Para decir —como el señor Cambó— que Adam Smith, el discípulo de David Hume y el amigo de Voltaire, era un reaccionario y defendía a los nobles contra la intrusión en el Gobierno de los simples burgueses, hace falta poseer de un tamaño descomunal lo que suelen llamarse agallas).

Que el señor Ventosa intervenga en negocios de monta no sólo es lícito, sino plausible. Que este señor sea ministro de Hacienda, también, porque sus condiciones lo justifican. Lo que he censurado —y ahora de nuevo censuro— es que quiera unir lo uno con lo otro. Y luego, con mayor especialización, censuro que se encargue de la cartera de Hacienda cuando en este ministerio existe desde hace tiempo un asunto sobre tributación —no se le llame «expediente»— que afecta a las sociedades que operan en el Extranjero, entre las cuales se halla la Chade. Porque ese asunto ha motivado deliberaciones y acuerdos de técnica administrativa y resoluciones de Gobierno en la etapa inmediatamente anterior a su ingreso en el ministerio. La Chade discutía sus intereses con perfecto derecho. Pero ya no es tan derecho que sus hombres se encarguen de la cartera de Hacienda, que ayer aboguen como particulares y hoy regenten como ministros. Por mucho que ejercite la táctica del calamar, no podrá el señor Cambó perturbar la diafanidad de la situación a que aludo y de la doctrina que defiendo.

¡Bueno fuera que bastase con la procacidad de un insulto para hipnotizar al ciudadano que quiere defender de presiones a la burocracia española! Y éste, éste es el trance de ahora. Yo no frecuento las oficinas públicas; mas podría asegurar por indicios suficientes que empieza a constituirse en el burócrata español un «alma profesional», una «disciplina íntima», cuyas dos dimensiones son: moral de servicio al Estado y seria competencia. Perdurarán aún grandes fallas del pasado y habrá todavía mucha obra muerta. Pero es indudable que la nueva burocracia quiere serlo de verdad. Y una burocracia con su moral específica y admirable, con su independencia profesional, es el supuesto del Estado contemporáneo. Pues bien: desde la primera dictadura esa burocracia se siente humillada y maltraída por el aumento pavoroso de las presiones extraestatales que recibe constantemente. Yo no soy más que un pequeño escritor del barrio de Salamanca; pero mientras la pluma sea dócil a mi mente he de defender como un jabato la nueva burocracia española frente a las asechanzas de los negociantes. Porque me importa mucho que España sea plenamente un Estado.

Claro es que no me refiero ahora especialmente ni al señor Ventosa ni al señor Cambó, sino in genere al político-hombre de negocios. Por eso me pareció un error que se formase el partido del centro sin la amplitud que sólo una fusión más total con la situación íntegra de España hubiera permitido. Aún a estas horas quiero confiar en una rectificación de su perfil. Recurro de sus promotores distraídos a sus promotores atentos.

Pase que formen parte de un grupo político algunos hombres de negocios; pero es preciso que queden de sobra compensados por otra fauna muy diferente. Recuérdese lo que Laboulaye decía del Parlamento francés: «Unos cuantos abogados son la sal de una Asamblea; pero que sean abogados sus cuatro quintas partes, ¡caray!, es demasiado». En el partido del centro predominan con grave desequilibrio los financieros. Haga el lector lo siguiente: tome un papel, escriba en él los nombres de las personas —individualmente respetables— que forman su plana mayor; al lado de cada nombre haga constar la denominación de los negocios en que intervienen, y verá que el total forma un tupido enrejado de intereses opuestos a los del Estado español.

Un punto razonable en la contestación del señor Cambó es proclamar la necesidad de concluir con la suspicacia como estado permanente de la opinión pública. Muchas veces he insistido yo en tema parecido desde mis primeros escritos. Pero es evidente que la eliminación de un estado de espíritu tan negativo y estéril, no se consigue ordenando, sin más, a los españoles que dejen de ser suspicaces, sino exigiendo a los políticos que dejen de ser hombres de negocios.

Éste es el asunto, y no mi conciencia. Ni la del señor Cambó ni la mía son cuestión de palabras. La conciencia está impresa en la vida de cada cual con letras mayúsculas y va gritada en el repertorio de nuestros actos visibles y tangibles. Por tanto, inútil hacer aspavientos de otrora y andar verbificando sobre la conciencia.

El Sol, 24 de marzo de 1931