Ortega y Gasset
Abstract
An essay on Baroja: his inspiration is philosophical and social, not aesthetic — he cares not for his characters but for the constitution of the real society he lives in. Ortega praises his demolishing drive but judges it frivolous for lacking the awareness that destruction is necessary and sad. It carries the thesis that the human individual is not an individual of the biological species but of society.
Connections
Assi: Natura umana
Posizioni: animale sociale
Concetti: abitudine
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Esta inadecuación entre la sensibilidad de Baroja y lo que logra expresar es un dato típico que comprueba su manera dispersa de ser. La inspiración energética que le anima es una inspiración filosófica, no literaria. Las novelas de Baroja no suelen mostrar inspiración genuinamente estética.
Leemos página tras página y vamos adquiriendo la convicción de que no interesan al autor los personajes, ni lo que hacen, ni el aire que entre ellos se desliza, ni el arte de la novela, ni el arte en general. Sólo le interesa la constitución de la sociedad real en que vive él, Baroja, no la sociedad imaginaria en que debían vivir sus personajes.
La sociedad es el problema de Baroja. Si no fuera por su exquisita sensibilidad ante los colores que visten los personajes, podríamos imaginar el sistema nervioso de Baroja como un sistema de tentáculos para las cosas sociales. No es, empero, un sociólogo. Para el sociólogo, aun el más insistente, significa la sociedad un fenómeno secundario. Para Baroja, la sociedad es un modo o manifestación de la sustancia cósmica, es la emanación de las potencias individuas.
Su inspiración filosófica es más concretamente una inspiración social.
Se me dirá con acierto que tal inspiración sólo puede conducir directamente a una de las dos formas de actividad; la ciencia ética o la operación política. Esto es muy probable, y acaso Baroja sea novelista por cortedad de genio, quiero decir, por comodidad.
Ética o política son dos faenas penosas. Escribir novelas, en cambio, una ocupada ociosidad, como del escribir las Memorias decía Goetz de Berlichingen, el soldado maniferro que Goethe puso en un drama.
El alma española de estos días anda acuciada de la preocupación política. Todos tenemos el espíritu encharcado de política. Es natural. El individuo humano no es el individuo de la especie biológica; el individuo humano es el individuo de la sociedad. Por eso, cuando la sociedad en que uno vive no es tal sociedad; cuando el medio moral que nos rodea se halla inorganizado y roto el instinto de conservación de la individualidad humana, nos obliga a pugnar con todas nuestras fuerzas por la organización de la sociedad. En España el problema político ha tomado caracteres tan perentorios, que no deja lugar en las almas para la vacación a otras preocupaciones.
Sin embargo, me parecen de gran valor los efectos a que lleva en Baroja la inspiración social. Ante todo, la impetuosidad demoledora. Hay libros, como Paradox Rey, donde al ritmo de una charla de café parece que van quedando pulverizadas todas las organizaciones de la sociedad. Esta obra de demolición es necesaria. Si yo no tuviera la sospecha de que Baroja lleva a esa labor un poco de frivolidad y no tuviera la certeza de que en sus páginas se halla ausente la conciencia de que esa destrucción es necesaria, pero triste, me extendería en largas alabanzas. Mas para Baroja la demolición es divertida. Y esto es fatal, es fatal para su propia obra. Cuando la novela de Baroja ha pasado arrasando la civilidad, lo destruido vuelve por sí mismo a alzarse, como un siempretieso. La destrucción ha sido superficial y una facecia.
Yo quisiera que fuera más profunda. Quien ama verdaderamente la sociedad ha de querer profundamente perfeccionarla. El amor es el amor a la perfección de lo amado. Y, por consiguiente, ha de procurar romper su realidad para hacer posible su perfección. Así, el escultor rompe el mármol por amor a la estatua que, entre ansias, dentro germina, prisionera del grano duro y compacto. Un novelista inglés contemporáneo escribía hace poco que el sentido de la novela ha de ser fabricar costumbres nuevas. Es menester, pues, que en el gesto triturador de la costumbre estéril y sin virtud vaya preformada y como idealmente anticipada la nueva costumbre. En Baroja esta nota afirmativa suena muy débilmente.
Sin embargo, suena. Baroja nos hace patente la dureza de las costumbres en España. ¡Qué libro podría escribirse con este título: De la dureza de las costumbres españolas! Indigna un poco la vislumbre de lo que realmente existe bajo la aparente camaradería de los españoles. En realidad, un terrible resorte de acero los mantiene separados, prestos, si cediera, a lanzarse unos sobre otros. Cada conversación está a punto de convertirse en un combate cuerpo a cuerpo; cada palabra, en un bote de lanza; cada gesto, en un navajazo. Cada español es un centro de fiereza que irradia en torno odio y desprecio.
Y como siendo ésta la sustancia de nuestra vida resultaría imposible la convivencia, un mutuo y tácito acuerdo aherroja a cada español dentro de un mecanismo de costumbres rígidas. Las formas de relación social se hallan reducidas a una mínima variedad de categorías. Yo no sé si esto procede de una definitiva predisposición étnica o si viene exclusivamente de que España vive todavía en un estadio anacrónico de la evolución económica. Me inclino a creer esto último.
Una economía de reducidas proporciones modela una sociedad muy poco diferenciada. Así, en los pueblos primitivos el individuo puede elegir entre ser sacerdote, o guerrero, o forjador, u ollero, o pastor. En estos moldes férreos y esquemáticos tiene que vaciarse la individualidad; es decir, lo que se resiste a toda forma general, a todo esquema y moldura. En España hay dos docenas de maneras de vivir y nada más. El individuo, al llegar a la mocedad, es forzado a aceptar una de ellas, y quiera o no tiene que verificar la ablación o la compresión de aquellos miembros espirituales que no coinciden con el volumen del molde. Y así se compone nuestro pueblo de individuos fracasados, de cojos, de mancos, de ciegos, de paralíticos, de desasosegados, de descontentos; gentes esterilizadas por su oficio, que no coincide con su genialidad personal, con sus facultades e inclinaciones. Ni los hombres pueden ejercer suficientemente la función que aparentan servir, ni ésta permite la expansión de las energías peculiarísimas que cada hombre trae al mundo. Piénsese lo que ocurrirá cuando la evolución general de la economía europea acabe, sin necesidad de nuestro concurso, por adelantar la nuestra. Sobrevendrá una mayor diferenciación de las funciones sociales, con ella una multiplicación de las categorías del vivir, consecuentemente el aumento del número de individuos que arriban a plenitud.
Hace algunos años salí yo un día huyendo del achabacanamiento de mi patria, y como un escolar medieval llegué otro a Leipzig, famosa por sus librerías y su Universidad. Según es allá uso, mandé insertar un anuncio en los periódicos solicitando cambio de conversación con un estudiante.
Entre las varias ofertas que recibí, fue una la de Max Funke, studiosus rerum naturalium et linguarum orientalium. Me pareció la más pintoresca y la elegí. Una tarde, el propio Max Funke se presentó; era un mozo de mi tiempo, sajón, braquicéfalo si los hay, de narices anchas y pómulos rojos.
¡Cómo te he de olvidar, Max Funke! ¡Cómo he de olvidar los paseos que dábamos, en las frígidas siestas de invierno, por el Rosenthal, el Valle de las Rosas, aquel parque enorme, donde había largas praderas de grama verdinegra, unas sendas de tierra oscura, árboles altos y dormidos, con troncos verdosos de humedad, bandadas de cuervos que graznaban, y ni una sola rosa!
Max Funke me dijo que era su padre un modesto viajante de comercio; que él estudiaba en la Universidad Geografía, Mineralogía, Botánica, Zoología y, además, chino y tibetano.
—Pero, ¿qué quiere usted ser, señor Max Funke? —le pregunté.
Y él:
—Explorador del Tíbet, señor doctor.
Yo entonces pedí algunas aclaraciones, y mi amigo me las dio. De niño cayole en las manos el libro en que Sven Hedin narra su famoso viaje a Lhasa, ciudad santa de los chinos, en la entraña misteriosa del Tíbet. Fue una revelación. Él sería explorador del Tíbet. Luego de cursar sus estudios comenzaría a publicar en los periódicos y en las revistas especiales trabajos sobre aquella región; llegaría a hacerse un nombre científico. Más tarde conseguiría una subvención del Gobierno y una participación de capitales privados para realizar la expedición.
A la vuelta publicaría un libro refiriendo su excursión; como es sabido, estos libros rinden una pequeña fortuna. Entonces sería profesor o, cuando menos, hallaría una señorita de buena dote que le haría posible la secuencia de sus investigaciones.
Todo esto, rigurosamente histórico. Hoy leo con frecuencia en la Frankfürter Zeitung artículos de Max Funke sobre asuntos del Tíbet.
Está ya en el segundo paso de su carrera de explorador asiático, y no dudo que la concluya con la normalidad y el buen compás con que el hijo de un cacique se hace en España bachiller primero, luego licenciado en Derecho, y al cabo juez o registrador o notario. Max Funke valía para muy poco; acaso valía sólo para ir una vez al Tíbet. Si llega a ir, habrá realizado su definición. Y no tardará Alemania en tener en Lhasa una factoría.
This inadequacy between Baroja’s sensibility and what he manages to express is a typical datum that verifies his dispersed manner of being. The energetic inspiration that animates him is a philosophical, not literary, inspiration. Baroja’s novels do not usually show genuinely aesthetic inspiration.
We read page after page and go acquiring the conviction that the author does not take interest in the characters, nor in what they do, nor in the air that slips among them, nor in the art of the novel, nor in art in general. Only the constitution of the real society in which he lives, Baroja, interests him, not the imaginary society in which his characters ought to have lived.
Society is the problem of Baroja. If it were not for his exquisite sensibility before the colors that clothe the characters, we could imagine Baroja’s nervous system as a system of tentacles for social things. He is not, however, a sociologist. For the sociologist, even the most insistent, society means a secondary phenomenon. For Baroja, society is a mode or manifestation of the cosmic substance, it is the emanation of the individual powers.
His philosophical inspiration is more concretely a social inspiration.
It will be said to me rightly that such inspiration can lead directly only to one of the two forms of activity; ethical science or political operation. This is very probable, and perhaps Baroja is a novelist out of shortness of genius, I mean, out of convenience.
Ethics or politics are two painful tasks. Writing novels, on the other hand, an occupied idleness, as of the writing of the Memoirs said Goetz de Berlichingen, the iron-handed soldier that Goethe placed in a drama.
The Spanish soul of these days goes harassed by the political preoccupation. We all have the spirit soaked with politics. It is natural. The human individual is not the individual of the biological species; the human individual is the individual of society. For that reason, when the society in which one lives is not such a society; when the moral medium that surrounds us is found disorganized and broken the instinct of conservation of human individuality, it obliges us to fight with all our forces for the organization of society. In Spain the political problem has taken such peremptory characters, that it leaves no room in souls for vacation to other preoccupations.
Nevertheless, the effects to which social inspiration leads in Baroja seem to me of great value. Before all, the demolishing impetuosity. There are books, like Paradox Rey, where at the rhythm of a café chat it seems that all the organizations of society go remaining pulverized. This work of demolition is necessary. If I did not have the suspicion that Baroja brings to that labour a little of frivolity and did not have the certainty that in his pages there is absent the consciousness that that destruction is necessary, but sad, I would extend myself in long praises. But for Baroja demolition is amusing. And this is fatal, it is fatal for his own work. When Baroja’s novel has passed razing civility, the destroyed returns by itself to rise, like an everlasting. The destruction has been superficial and a joke.
I would wish that it were deeper. He who truly loves society must deeply want to perfect it. Love is the love of the perfection of the loved. And, consequently, he must seek to break its reality in order to make possible its perfection. Thus, the sculptor breaks the marble out of love for the statue that, amid anxieties, germinates within, prisoner of the hard and compact grain. A contemporary English novelist wrote recently that the sense of the novel must be to fabricate new customs. It is necessary, then, that in the triturating gesture of the sterile and virtueless custom there go preformed and as ideally anticipated the new custom. In Baroja this affirmative note sounds very weakly.
Nevertheless, it sounds. Baroja makes patent to us the hardness of customs in Spain. What a book could be written with this title: De la dureza de las costumbres españolas! The glimpse of what really exists under the apparent comradeship of the Spaniards indignates a little. In reality, a terrible spring of steel keeps them separated, ready, if it gave way, to throw themselves one upon another. Every conversation is on the point of becoming a hand-to-hand combat; every word, a lance thrust; every gesture, a knife slash. Every Spaniard is a centre of fierceness that radiates around hatred and contempt.
And since, this being the substance of our life, coexistence would result impossible, a mutual and tacit accord fetters each Spaniard within a mechanism of rigid customs. The forms of social relation are found reduced to a minimal variety of categories. I do not know whether this proceeds from a definitive ethnic predisposition or whether it comes exclusively from Spain still living in an anachronistic stage of economic evolution. I incline to believe the latter.
An economy of reduced proportions models a very little differentiated society. Thus, in primitive peoples the individual can choose between being priest, or warrior, or forger, or potter, or shepherd. In these iron and schematic moulds the individuality has to be emptied; that is, that which resists every general form, every scheme and moulding. In Spain there are two dozen manners of living and nothing more. The individual, on arriving at youth, is forced to accept one of them, and whether he wants or not must verify the ablation or the compression of those spiritual members that do not coincide with the volume of the mould. And thus our people is composed of failed individuals, of lame, of one-armed, of blind, of paralytic, of restless, of discontented; people sterilized by their trade, which does not coincide with their personal genius, with their faculties and inclinations. Neither can the men sufficiently exercise the function they appear to serve, nor does this permit the expansion of the most peculiar energies that each man brings to the world. Let one think what will happen when the general evolution of the European economy finishes, without need of our concurrence, by advancing ours. There will supervene a greater differentiation of the social functions, with it a multiplication of the categories of living, consequently the increase of the number of individuals who arrive at fullness.
Some years ago I went out one day fleeing from the coarsening of my fatherland, and like a medieval scholar I arrived another to Leipzig, famous for its bookshops and its University. As is the use there, I had inserted an announcement in the newspapers soliciting exchange of conversation with a student.
Among the various offers I received, one was that of Max Funke, studiosus rerum naturalium et linguarum orientalium. It seemed to me the most picturesque and I chose it. One afternoon, Max Funke himself presented himself; he was a young man of my time, Saxon, brachycephalic if ever there was one, of wide nostrils and red cheekbones.
How must I forget you, Max Funke! How must I forget the walks we took, in the frigid winter siestas, through the Rosenthal, the Valley of Roses, that enormous park, where there were long meadows of blackish-green grass, paths of dark earth, tall and sleeping trees, with trunks greenish with humidity, flocks of crows that cawed, and not a single rose!
Max Funke told me that his father was a modest commercial traveller; that he studied at the University Geography, Mineralogy, Botany, Zoology and, in addition, Chinese and Tibetan.
—But what do you want to be, Mr. Max Funke? —I asked him.
And he: —Explorer of Tibet, Mr. Doctor.
I then asked for some clarifications, and my friend gave them to me. As a child there fell into his hands the book in which Sven Hedin narrates his famous journey to Lhasa, holy city of the Chinese, in the mysterious entrails of Tibet. It was a revelation. He would be an explorer of Tibet. Then, after finishing his studies, he would begin to publish in the newspapers and in the special reviews works about that region; he would come to make a scientific name for himself. Later he would obtain a subsidy from the Government and a participation of private capitals in order to realize the expedition.
On his return he would publish a book relating his excursion; as is known, these books yield a small fortune. Then he would be a professor or, at least, would find a young lady of good dowry who would make possible to him the sequence of his investigations.
All this, rigorously historical. Today I frequently read in the Frankfürter Zeitung articles of Max Funke on Tibetan matters.
He is already at the second step of his career of Asiatic explorer, and I do not doubt that he concludes it with the normality and good measure with which the son of a cacique becomes in Spain first bachiller, then graduate in Law, and at length judge or registrar or notary. Max Funke was worth for very little; perhaps he was worth only for going once to Tibet. If he comes to go, he will have realized his definition. And Germany will not be long in having in Lhasa a factory.
Questa inadeguatezza tra la sensibilità di Baroja e ciò che riesce a esprimere è un dato tipico che comprova il suo modo disperso di essere. L’ispirazione energetica che lo anima è un’ispirazione filosofica, non letteraria. I romanzi di Baroja non sogliono mostrare ispirazione genuinamente estetica.
Leggiamo pagina dopo pagina e andiamo acquistando la convinzione che non interessano all’autore i personaggi, né ciò che fanno, né l’aria che tra essi scorre, né l’arte del romanzo, né l’arte in generale. Soltanto gli interessa la costituzione della società reale in cui vive lui, Baroja, non la società immaginaria in cui dovevano vivere i suoi personaggi.
La società è il problema di Baroja. Se non fosse per la sua squisita sensibilità davanti ai colori che vestono i personaggi, potremmo immaginare il sistema nervoso di Baroja come un sistema di tentacoli per le cose sociali. Non è, però, un sociologo. Per il sociologo, anche il più insistente, la società significa un fenomeno secondario. Per Baroja, la società è un modo o manifestazione della sostanza cosmica, è l’emanazione delle potenze individue.
La sua ispirazione filosofica è più concretamente un’ispirazione sociale.
Mi si dirà con ragione che tale ispirazione può condurre direttamente soltanto a una delle due forme di attività; la scienza etica o l’operazione politica. Questo è molto probabile, e forse Baroja è romanziere per cortezza di genio, voglio dire, per comodità.
Etica o politica sono due faccende penose. Scrivere romanzi, invece, una occupata oziosità, come dello scrivere le Memorie diceva Goetz de Berlichingen, il soldato maniferro che Goethe pose in un dramma.
L’anima spagnola di questi giorni va assillata dalla preoccupazione politica. Tutti abbiamo lo spirito inzuppato di politica. È naturale. L’individuo umano non è l’individuo della specie biologica; l’individuo umano è l’individuo della società. Perciò, quando la società in cui uno vive non è tale società; quando il mezzo morale che ci circonda si trova disorganizzato e rotto l’istinto di conservazione dell’individualità umana, ci obbliga a lottare con tutte le nostre forze per l’organizzazione della società. In Spagna il problema politico ha preso caratteri così perentori, che non lascia posto nelle anime per la vacanza ad altre preoccupazioni.
Tuttavia, mi sembrano di gran valore gli effetti a cui conduce in Baroja l’ispirazione sociale. Anzitutto, l’impetuosità demolitrice. Ci sono libri, come Paradox Rey, dove al ritmo di una chiacchierata da caffè sembra che vadano rimanendo polverizzate tutte le organizzazioni della società. Quest’opera di demolizione è necessaria. Se io non avessi il sospetto che Baroja porta a quel lavoro un po’ di frivolezza e non avessi la certezza che nelle sue pagine si trova assente la coscienza che quella distruzione è necessaria, ma triste, mi estenderei in lunghe lodi. Ma per Baroja la demolizione è divertente. E questo è fatale, è fatale per la sua stessa opera. Quando il romanzo di Baroja è passato radendo al suolo la civiltà, il distrutto torna da sé a sollevarsi, come un siemprevivo. La distruzione è stata superficiale e una facezia.
Io vorrei che fosse più profonda. Chi ama veramente la società deve volere profondamente perfezionarla. L’amore è amore alla perfezione dell’amato. E, per conseguenza, deve procurare di rompere la sua realtà per rendere possibile la sua perfezione. Così, lo scultore rompe il marmo per amore della statua che, tra le ansie, dentro germina, prigioniera del grano duro e compatto. Un romanziere inglese contemporaneo scriveva poco fa che il senso del romanzo deve essere fabbricare costumi nuovi. È mestieri, dunque, che nel gesto trituratore del costume sterile e senza virtù vada preformata e come idealmente anticipata la nuova costumanza. In Baroja questa nota affermativa suona molto debolmente.
Tuttavia, suona. Baroja ci rende patente la durezza dei costumi in Spagna. Che libro si potrebbe scrivere con questo titolo: De la dureza de las costumbres españolas! Indigna un poco la vislumbre di ciò che realmente esiste sotto l’apparente cameratismo degli spagnoli. In realtà, una terribile molla d’acciaio li mantiene separati, pronti, se cedesse, a lanciarsi gli uni sugli altri. Ogni conversazione sta per convertirsi in un combattimento corpo a corpo; ogni parola, in un colpo di lancia; ogni gesto, in una coltellata. Ogni spagnolo è un centro di fierezza che irradia intorno odio e disprezzo.
E poiché essendo questa la sostanza della nostra vita risulterebbe impossibile la convivenza, un mutuo e tacito accordo incatena ogni spagnolo dentro un meccanismo di costumi rigidi. Le forme di relazione sociale si trovano ridotte a una minima varietà di categorie. Io non so se questo procede da una definitiva predisposizione etnica o se viene esclusivamente dal fatto che la Spagna vive ancora in uno stadio anacronistico dell’evoluzione economica. Mi inclino a credere quest’ultimo.
Un’economia di ridotte proporzioni modella una società molto poco differenziata. Così, nei popoli primitivi l’individuo può scegliere tra essere sacerdote, o guerriero, o forgiatoratore, o vasaio, o pastore. In questi stampi ferrei e schematici deve svuotarsi l’individualità; cioè, ciò che si resiste a ogni forma generale, a ogni schema e modanatura. In Spagna ci sono due dozzine di modi di vivere e nulla più. L’individuo, giungendo alla giovinezza, è forzato ad accettare uno di essi, e voglia o non voglia deve verificare l’ablazione o la compressione di quei membri spirituali che non coincidono col volume dello stampo. E così si compone il nostro popolo di individui falliti, di zoppi, di monchi, di ciechi, di paralitici, di inquieti, di scontenti; gente sterilizzata dal proprio mestiere, che non coincide con la propria genialità personale, con le proprie facoltà e inclinazioni. Né gli uomini possono esercitare sufficientemente la funzione che appaiono servire, né questa permette l’espansione delle energie peculiarissime che ogni uomo porta al mondo. Si pensi che cosa accadrà quando l’evoluzione generale dell’economia europea finirà, senza bisogno del nostro concorso, per far avanzare la nostra. Sopravverrà una maggiore differenziazione delle funzioni sociali, con essa una moltiplicazione delle categorie del vivere, conseguentemente l’aumento del numero di individui che arrivano a pienezza.
Alcuni anni fa uscii io un giorno fuggendo dall’imbastardimento della mia patria, e come uno scolaro medievale arrivai un altro a Lipsia, famosa per le sue librerie e la sua Università. Secondo l’uso che è là, mandai inserire un annuncio nei giornali chiedendo scambio di conversazione con uno studente.
Tra le varie offerte che ricevetti, una fu quella di Max Funke, studiosus rerum naturalium et linguarum orientalium. Mi parve la più pittoresca e la scelsi. Una sera, il medesimo Max Funke si presentò; era un giovane della mia età, sassone, brachicefalo se mai ve ne furono, di naso largo e zigomi rossi.
Come ti devo dimenticare, Max Funke! Come devo dimenticare le passeggiate che facevamo, nelle frigide sieste d’inverno, per il Rosenthal, la Valle delle Rose, quel parco enorme, dove c’erano lunghe praterie di gramigna verdenera, sentieri di terra scura, alberi alti e addormentati, con tronchi verdastri d’umidità, stormi di corvi che gracchiavano, e neanche una sola rosa!
Max Funke mi disse che suo padre era un modesto commesso viaggiatore; che egli studiava all’Università Geografia, Mineralogia, Botanica, Zoologia e, inoltre, cinese e tibetano.
—Ma che cosa vuole essere lei, signor Max Funke? —gli chiesi.
E lui: —Esploratore del Tibet, signor dottore.
Io allora chiesi alcuni chiarimenti, e il mio amico me li diede. Da bambino gli caddero in mano il libro in cui Sven Hedin narra il suo famoso viaggio a Lhasa, città santa dei cinesi, nella misteriosa viscere del Tibet. Fu una rivelazione. Egli sarebbe stato esploratore del Tibet. Poi, dopo aver compiuto i suoi studi, avrebbe cominciato a pubblicare sui giornali e sulle riviste speciali lavori su quella regione; sarebbe arrivato a farsi un nome scientifico. Più tardi avrebbe ottenuto una sovvenzione dal Governo e una partecipazione di capitali privati per realizzare la spedizione.
Al ritorno avrebbe pubblicato un libro riferendo la sua escursione; come è noto, questi libri rendono una piccola fortuna. Allora sarebbe stato professore o, quanto meno, avrebbe trovato una signorina di buona dote che gli avrebbe reso possibile la sequenza delle sue ricerche.
Tutto questo, rigorosamente storico. Oggi leggo con frequenza nella Frankfürter Zeitung articoli di Max Funke su questioni del Tibet.
È già al secondo passo della sua carriera di esploratore asiatico, e non dubito che la concluda con la normalità e il buon ritmo con cui il figlio di un cacique si fa in Spagna prima bachiller, poi laureato in Diritto, e alla fine giudice o registratore o notaio. Max Funke valeva per molto poco; forse valeva soltanto per andare una volta al Tibet. Se arriva ad andarci, avrà realizzato la sua definizione. E la Germania non tarderà ad avere a Lhasa una fattoria.
Mas no es lo peor que sean tan pocas las maneras de vivir entre que puede elegir el español venido al mundo. Mucho peor es que, siendo tan pocas sean tan rígidas. Entre nosotros no tolera la opinión pública esa penumbra en torno al tipo de vida adscrito a cada oficio, donde puede dar el individuo alimento a las apetencias más delicadas de su fantasía, a las efervescencias de su sentimentalidad.
El caso más grave se ofrece en la categoría de las relaciones sociales entre el hombre y la mujer. ¡Qué dureza, qué usos pétreos regulan el trato de ambos sexos! Ahora bien; sin la mujer es imposible la educación sentimental. Tal vez lo único esencial que la civilización nueva de Occidente ha añadido a la herencia básica de Grecia es la mujer como el otro módulo humano, en persecución del cual llega el hombre a encontrar los últimos tesoros de sí mismo: la mujer, como integración del hombre.
Y el español se encuentra a la mujer en el callejón sin salida de la pasión. Y de la pasión ya conclusa, ya llegada a su momento álgido, en su forma dolorosa y perentoria, cuando se retuerce sobre sí misma, y nacida de la vaga sensualidad salubre, vuelve, luego de levantarse en un arco espiritual, a morder rabiosamente las energías libidinosas[42].
Mi amigo Alcántara suele decir que la sensualidad del español es de candil apagado, como la del hidalgo que, interrumpiendo una castidad de cincuenta años, mata un día la luz, y en la tiniebla aprieta a su ama de llaves. El español conoce a la mujer según el método de la Biblia, como la tangente conoce el arco, como la bala la herida que abre en la carrera. Es de tal suerte momentáneo, solapado y fugaz nuestro trato de la mujer, que el idioma lo ha llamado cita.
¡Ay, ay! ¿Cómo llegar a la vida plenaria sin la mujer, sin la labradora del sentimiento? ¿En qué alma de hombre nacerán espigas? ¿Cómo habrá en nuestro espíritu irisaciones si no lo ha pulido el paso lento y complejo del «eterno femenino»?
Mas en España la única forma de trato con la mujer es el contrato; todas las demás son irregulares.
Como con esta categoría de mutación sentimental acaece con las demás. Mientras la aspereza de nuestros libros nos impide educarnos el intelecto, las rígidas costumbres nacionales nos prohíben la educación del sentimiento y de la fantasía.
Sin que Baroja haya escrito, que yo sepa, formalmente sobre esto que digo, me parece constituir uno de sus impulsos originales el anhelo por unas maneras más complicadas y múltiples de convivencia. Por ello, se siente atraído hacia figuras heteróclitas que rebosan de toda categoría social, de todo oficio y postura y caen de unas en otras, sin llegar a asiento definitivo. Son gentes díscolas que no toleran la sección o poda de sus pretensiones ante la vida, y, en consecuencia, tienen que saltar las normas y convertirse en irregulares ciudadanos.
Si pudiéramos en una sola visión abarcar el mundo interior de una novela de Baroja, si pudiéramos mirar el tomo al trasluz, veríamos lo que se ve en una gota de agua al través de una lente: infusorios que van y vienen, bajan y suben, se persiguen o se evitan, chocan y se ayuntan o se desprenden, según una dinámica brutalmente caprichosa y sin sentido. Es la aspereza de la vida española. Baroja parece, al mostrárnosla, invitarnos a que lubriquemos nuestros usos y conquistemos nuevas costumbres.
Como la ley inmoviliza las costumbres relativamente más flúidas, éstas, a su vez, inmovilizan los ánimos. Baroja no es sólo anárquico o enemigo de las leyes, sino anético o enemigo de las costumbres. Le gustan las gentes que rompen unas y otras, a fin de suscitar mejores cauces donde fluya libremente y en triunfo el elemento más sutil y expansivo: su majestad la Vida.
Todo lo germinal necesita lugares lientos y repuestos, entre la luz tórrida y la sombra gélida, para llegar a dar raíces y sobre ellas erguirse. Así, en la sociedad son menester las penumbras para que las simientes más delicadas prendan. En esa blanda atmósfera se han preparado siempre las cosas humanas de mejor jugo.
But it is not the worst that the manners of living between which the Spaniard come into the world can choose are so few. Much worse is that, being so few, they are so rigid. Among us public opinion does not tolerate that penumbra around the type of life adscribed to each trade, where the individual can give food to the most delicate appetites of his fancy, to the effervescences of his sentimentality.
The most grave case is offered in the category of social relations between man and woman. What hardness, what stony usages regulate the dealings of both sexes! Now then; without woman sentimental education is impossible. Perhaps the only essential thing that the new civilization of the West has added to the basic inheritance of Greece is woman as the other human module, in pursuit of which man comes to find the last treasures of himself: woman, as integration of man.
And the Spaniard finds woman in the blind alley of passion. And of passion already concluded, already arrived at its culminating moment, in its dolorous and peremptory form, when it writhes upon itself, and born of the vague salubrious sensuality, returns, after rising in a spiritual arc, to bite furiously the libidinous energies[42].
My friend Alcántara usually says that the sensuality of the Spaniard is of extinguished lamp, like that of the hidalgo who, interrupting a chastity of fifty years, one day kills the light, and in the darkness presses to himself his housekeeper. The Spaniard knows woman according to the method of the Bible, as the tangent knows the arc, as the bullet the wound it opens in its career. So momentary, underhand and fugitive is our dealing with woman, that the language has called it cita [appointment].
Alas, alas! How to arrive at full life without woman, without the labourer of feeling? In what man’s soul will ears of corn be born? How will there be in our spirit iridescences if the slow and complex step of the «eternal feminine» has not polished it?
But in Spain the only form of dealing with woman is the contract; all the others are irregular.
As with this category of sentimental mutation it happens with the others. While the harshness of our books prevents us from educating the intellect, the rigid national customs forbid us the education of feeling and of fancy.
Without Baroja having written, that I know, formally about this that I say, the longing for more complicated and multiple manners of coexistence seems to me to constitute one of his original impulses. For that, he feels himself attracted toward heteroclite figures that overflow from every social category, from every trade and posture and fall from the one into the others, without arriving at definitive seat. They are unruly people who do not tolerate the section or pruning of their pretensions before life, and, consequently, must jump over the norms and become irregular citizens.
If we could in a single vision embrace the inner world of a Baroja novel, if we could look at the volume against the light, we would see what is seen in a drop of water through a lens: infusoria that go and come, descend and ascend, pursue or avoid one another, collide and couple or detach, according to a brutally capricious and senseless dynamic. It is the harshness of Spanish life. Baroja seems, on showing it to us, inviting us to lubricate our usages and conquer new customs.
As the law immobilizes the relatively more fluid customs, these, in their turn, immobilize the spirits. Baroja is not only anarchic or enemy of the laws, but anethical or enemy of customs. He likes the people who break the one and the others, in order to raise better channels where may flow freely and in triumph the most subtle and expansive element: his majesty Life.
Everything germinal needs damp and retired places, between the torrid light and the gelid shadow, in order to come to give roots and upon them raise itself. Thus, in society the penumbras are necessary so that the most delicate seeds take hold. In that soft atmosphere have always been prepared the human things of better juice.
Ma non è il peggio che siano così pochi i modi di vivere tra cui può scegliere lo spagnolo venuto al mondo. Molto peggiore è che, essendo così pochi, siano così rigidi. Tra noi non tollera l’opinione pubblica quella penombra intorno al tipo di vita ascritto a ogni mestiere, dove può l’individuo dare alimento alle appetenze più delicate della sua fantasia, alle effervescenze della sua sentimentalità.
Il caso più grave si offre nella categoria delle relazioni sociali tra l’uomo e la donna. Che durezza, che usi petrei regolano il tratto di entrambi i sessi! Ora; senza la donna è impossibile l’educazione sentimentale. Forse l’unica cosa essenziale che la civiltà nuova d’Occidente ha aggiunto all’eredità basilare della Grecia è la donna come l’altro modulo umano, alla cui persecuzione l’uomo arriva a trovare gli ultimi tesori di sé stesso: la donna, come integrazione dell’uomo.
E lo spagnolo si trova la donna nel vicolo cieco della passione. E della passione già conclusa, già arrivata al suo momento culminante, nella sua forma dolorosa e perentoria, quando si torce su sé stessa, e nata dalla vaga sensualità salubre, torna, dopo essersi levata in un arco spirituale, a mordere rabbiosamente le energie libidinose[42].
Il mio amico Alcántara suole dire che la sensualità dello spagnolo è da lume spento, come quella dell’hidalgo che, interrompendo una castità di cinquant’anni, spegne un giorno la luce, e nella tenebra stringe a sé la sua governante. Lo spagnolo conosce la donna secondo il metodo della Bibbia, come la tangente conosce l’arco, come la pallottola la ferita che apre nella corsa. È di tal sorta momentaneo, subdolo e fugace il nostro tratto con la donna, che la lingua lo ha chiamato appuntamento.
Ahimè, ahimè! Come arrivare alla vita piena senza la donna, senza la lavoratrice del sentimento? In quale anima d’uomo nasceranno spighe? Come ci saranno nel nostro spirito iridescenze se non lo ha levigato il passo lento e complesso dell’«eterno femminile»?
Ma in Spagna l’unica forma di tratto con la donna è il contratto; tutte le altre sono irregolari.
Come con questa categoria di mutazione sentimentale accade con le altre. Mentre l’asprezza dei nostri libri ci impedisce di educarci l’intelletto, i rigidi costumi nazionali ci proibiscono l’educazione del sentimento e della fantasia.
Senza che Baroja abbia scritto, che io sappia, formalmente su questo che dico, mi pare costituire uno dei suoi impulsi originali l’anelito per dei modi più complicati e molteplici di convivenza. Perciò, si sente attratto verso figure eteroclite che traboccano da ogni categoria sociale, da ogni mestiere e positura e cadono dalle une nelle altre, senza arrivare a sede definitiva. Sono genti indisciplinate che non tollerano la sezione o potatura delle loro pretese di fronte alla vita, e, in conseguenza, devono saltare le norme e convertirsi in irregolari cittadini.
Se potessimo in una sola visione abbracciare il mondo interiore di un romanzo di Baroja, se potessimo guardare il tomo contro luce, vedremmo ciò che si vede in una goccia d’acqua attraverso una lente: infusori che vanno e vengono, scendono e salgono, si inseguono o si evitano, cozzano e si congiungono o si staccano, secondo una dinamica brutalmente capricciosa e senza senso. È l’asprezza della vita spagnola. Baroja sembra, mostrandocela, invitarci a lubrificare i nostri usi e conquistare nuovi costumi.
Come la legge immobilizza i costumi relativamente più fluidi, questi, a loro volta, immobilizzano gli animi. Baroja non è soltanto anarchico o nemico delle leggi, ma anetico o nemico dei costumi. Gli piacciono le genti che rompono le une e le altre, al fine di suscitare migliori alvei dove fluisca liberamente e in trionfo l’elemento più sottile ed espansivo: sua maestà la Vita.
Tutto ciò che è germinale ha bisogno di luoghi umidi e riposti, tra la luce torrida e l’ombra gelida, per arrivare a dare radici e su di esse ergersi. Così, nella società sono mestieri le penombre perché i semi più delicati attecchiscano. In quella molle atmosfera si sono sempre preparate le cose umane di miglior sugo.