Abstract
A critical analysis of syndicalism: unlike socialism, which is at once democratic and liberal, it wants a society with no State and no public power, organized by trade unions. Ortega objects that the coal union would in fact exercise coercion: abolishing public power does not abolish the State, it revives the arbitrary State of the absolute kings. It is antiliberal and antidemocratic.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
El sindicalismo no es simplemente la sindicación. Es una aspiración política perfectamente definida y toto coelo diversa del socialismo. Con éste sólo tiene de común el propósito de eliminar al capitalista. Pero mientras el socialismo se hace solidario de todos los principios democráticos y liberales creando un poder público en que todos los ciudadanos intervengan por igual (democracia), y que, a la vez, se imponga a sí mismo límites, garantizando ciertos derechos individuales (liberalismo), el sindicalismo aspira a organizar una sociedad sin poder público, sin Estado. Los hombres estarán asociados por oficios, cada uno de los cuales formará un gran Sindicato con un núcleo directivo elegido por votación. Cada Sindicato regulará los menesteres de su oficio o industria o gremio, exigirá a los demás sindicatos estas o las otras condiciones, y en caso de desacuerdo, luchará con ellos mediante huelgas fulminantes y otros procedimientos eficaces. Una conjunción de representantes de los diversos sindicatos constituirá una especie de Sindicato central que tratará de concordar en las horas normales la convivencia de todos.
Lo esencial del sindicalismo es, pues, la eliminación del Estado. No nos asustemos de las palabras. El Estado contemporáneo es un organismo creado por la sociedad con el fin de que ejerza determinadas funciones. De éstas hay unas más importantes que otras. Hay, por ejemplo, la conservación de carreteras. ¿Los sindicalistas creen que un Sindicato de peones camineros sabría conservar mejor las carreteras? Pues no habría inconveniente en castrar al Estado esa función. Lo decisivo para nosotros es que la función se ejerza bien, y admitimos discusión, cuanta se quiera, sobre qué organismo es el más adecuado para servirla.
Que las carreteras queden abandonadas a sí mismas traería, sin duda, bastantes enojos a los ciudadanos y muy graves males al tráfico y a la riqueza públicos; pero, en fin, no es un supuesto que ofenda lo más íntimo de nuestra personalidad civil. Mas hay otras funciones absolutamente ineludibles. Por ejemplo: el Sindicato de tipógrafos resuelve impedir la publicación de papel alguno que no sea afecto a las opiniones de su Comité directivo. La libertad de imprenta queda decapitada por la voluntad particular de unos cuantos. El directorio del Sindicato metalúrgico decide arrojar de sus casas a unos obreros del gremio, sus enemigos. La libertad de morada queda suprimida. La función de impedir esos atropellos es, entre otras cosas, lo que hoy llamamos Poder público. Hemos encargado al organismo Estado de ejercerla. Ahora bien, para el sindicalismo, el individuo no tiene derecho alguno, realidad alguna jurídica fuera de su Sindicato —como no los tenía en el antiguo régimen. Consecuencia de ello es que el sindicalismo no acepte la existencia de una función garantizadora de esos derechos, a saber, un Poder público. El sindicalismo es antiliberal.
Pero hay más: en la sociedad sindicalista, un buen día el Sindicato del carbón exige tales o cuales ventajas al resto de la sociedad que son palmariamente injustas. Al no serle otorgadas, suprime el servicio de carbón. Todas las industrias se paran: la gente muere de frío y come los alimentos sin condimentar. Es decir, la voluntad privada de una porción social gravita imperativamente sobre el todo popular. Exactamente lo mismo que acontecía en el antiguo régimen, en el viejo Estado arbitrario. El Sindicato del carbón ejercería de hecho la coacción, esto es, el Poder. No diga el sindicalismo que elimina el Estado: lo que hace es resucitar el Estado arbitrario de los Reyes absolutos. Pues aquellos gremios ocupados en las condiciones materialmente forzosas para la vida serían nuevos Capetos, Borbones y Habsburgos.
Tras lucha de cien años habíamos conseguido hacer del Poder arbitrario un Poder público, en el cual todos tenemos participación. El sindicalismo nos retrotrae a edades bárbaras: negando las libertades, renueva la Inquisición; suprimiendo el Poder público en su forma de soberanía popular, restaura la peluca de Luis XIV. El sindicalismo es declaradamente antidemocrático.
El advenimiento del bolchevismo ruso ha empujado al sindicalismo hasta sus últimas consecuencias. Siempre había éste excluido, o cuando menos desatendido, al trabajador intelectual; pero el bolchevismo intentó romper con él por completo y ensayó la dictadura de los obreros manuales. Los sindicalistas aspiran hoy a lo mismo. Se trata, pues, paladinamente, de dictadura. No crea el lector que al calificar al sindicalismo de antiliberal y antidemocrático pretendíamos ponerle dos objeciones. Para él no lo son: antes bien, comienza por proclamar su hostilidad a los principios de libertad y democracia.
Hemos procurado exponer, sin patética alguna, los rasgos distintivos de estas tres facetas que ofrece el problema obrero actual. En otro tiempo, tales distinciones y exposiciones urgían sólo en las cátedras de Derecho político o de Sociología. Hoy, estas aclaraciones adquieren un significado de necesaria e inmediata aplicación. En ellas ha de fundar cada cual su actitud política. ¿Cuál de esas facetas parece digna de ser aceptada y fomentada? ¿Qué posición se debe tomar ante cada una? Nadie tendrá la avilantez o la estulticia de resolverse por la negación rotunda y la violencia frenética ante el problema obrero en su integridad. Pero es ya obligatorio precisar los matices de la actitud que cada uno adopte. ¿Se acepta, en lo esencial, el socialismo o no? Si se acepta el socialismo, ¿cuál es, cuál debe ser la posición ante el sindicalismo?
Quede para mañana el definir la conducta que hallamos más adecuada, más justa y a la que habremos de atenernos en lo sucesivo.
Publicado sin firma, El Sol, 30 de octubre de 1919
III
COINCIDENCIAS PRINCIPALES
Dibujábamos ayer esquemáticamente las tres caras que presenta el movimiento obrero. Ese dibujo acusa con toda claridad que existe en la agitación del proletariado una serie de aspiraciones progresivas y justas junto a una serie de aspiraciones retrógradas, ética y políticamente reaccionaras. Por lo tanto, la actitud que nos parece obligada, la que apoyaremos en todo momento, será aquélla que acepte sin equívocos y con creador entusiasmo las aspiraciones progresivas de los obreros, y se oponga, también sin equívocos y pertrechada de severa resolución, a sus aspiraciones retrógradas.
¿Qué es lo progresivo, qué es lo retrógrado del movimiento social?
El criterio para distinguir lo uno de lo otro es bien claro: toda doctrina y toda acción que tiendan a aumentar el volumen de la justicia social es progresiva; toda doctrina y toda acción que tiendan a menguarlo es retrógrada. Ahora bien: el que, anheloso de implantar la justicia económica, un más justo reparto de la riqueza, aniquila el resto de la justicia pública, aplasta las libertades individuales, arranca el Poder público de la comunidad y lo enfeuda a un grupo o a una clase, es, guste o no de ello, un retrógrado.
Aplicando este criterio, que nos parece bastante firme e intacto de todo interés privado, llegamos a ciertas conclusiones que expondremos según el espacio lo vaya permitiendo.