Ortega y Gasset

Abstract

A literary essay on Azorín’s Un pueblecito and the priest Bejarano: Azorín writes the man’s biography and his own in it. Following Goethe, Ortega coins ‘sinfronismo’ — a coincidence of sense and style between men scattered across ages, opposed to synchronism — illustrating it with Helmholtz’s resonators and the constellation of names that lights up behind Nietzsche.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

En la feria de libros que se reúne por septiembre junto a las frondas otoñales del Jardín Botánico, halla Azorín un libro, publicado en 1791 por don Jacinto Bejarano, cura párroco de Arévalo. El autor es en la historia literaria un desconocido.

La lectura de la obra revela en este desconocido un temperamento de selección, un hombre delicado, fino, inteligente, sensual.

Don Jacinto Bejarano escribió su libro mientras servía la parroquia de Riofrío, en Ávila, un pueblecito, casi una aldea, donde la vida es ingrata, áspera, elemental, bárbara.

Esto nos sugiere Azorín en las primeras páginas de Un pueblecito, y en seguida venimos a la sospecha de que Azorín va a hacernos su autobiografía al hacernos la biografía de don Jacinto Bejarano. Porque, en efecto, es Azorín un «hombre delicado, fino, inteligente, sensual —sensual como Montaigne—», que atraviesa desconocido la vida española, tan «ingrata, áspera, elemental y bárbara». En una de las postreras páginas nuestra sospecha recibe plena confirmación. Azorín escribe: «¡Adiós, querido Bejarano Galavis! No creía encontrar aquí, en la aldea, un hombre tan culto y tan delicado. Siento, como si fueran míos, tus dolores». Como si fueran míos…, subraya Azorín.

En los libros de acústica suele verse dibujado el aparato de resonadores que Helmholtz ideó. Fórmalo una serie de esferas metálicas huecas, cada una de las cuales comunica con un mechero de gas. Los sonidos, según su varia calidad, hallan resonancia en una u otra de estas esferas, que al producirla envía un aliento a su llama adjunta, la cual vemos alargarse trémula, ondear, estremecerse, súbitamente dotada de más intensa combustión.

Algo parecido acontece en nosotros. Gira la vida en torno nuestro, presentando sucesivamente sus facetas innumerables. De pronto una de éstas envía a nuestro ser no sabemos bien qué reflejo alentador, y algo que, apenas sospechado, iba en nosotros, cobra repentina robustez. El germen de una idea, un sentimiento indeciso crecen en tal sazón rápidamente, hasta su completo desarrollo, afirmando e imponiendo su fisonomía dentro de nuestro ánimo.

Una lectura, una persona, un hecho sobrevenido prestan de súbito tal misteriosa corroboración a nuestras íntimas germinaciones. Dijérase que esa circunstancia exterior y esta posibilidad en mí latente poseyeran una previa, radical fraternidad y una misma calidad de sangre pulsara en ambas, de suerte que mutuamente potencian su energía sin modificar lo más mínimo el sentido, la curvatura en que coinciden.

Así en este libro la afinidad preexistente entre la vida del cura y la vida de nuestro escritor duplica la intensidad de cada una. Gracias a Azorín entendemos mejor la emoción vital del pobre Bejarano. Gracias a Bejarano entendemos mejor la amarga ironía que gime en el corazón de Azorín. Y este mismo, al hallarse resonado en aquel otro hombre, ha oído más claramente sus voces interiores.

Es extraño, pero es innegable este robustecimiento que logra nuestra personalidad cuando se encuentra a sí misma en otra. No se diga que esto acontece sólo a los temperamentos poco originales. Es precisamente característico de todo innovador que al conquistar su nombre a los hombres aparezca acompañado, como de un arpegio arrancado a los siglos, de otros nombres a quien su innovación dota de nueva actualidad. Así no podemos nombrar a Nietzsche sin que en el ámbito de la historia espiritual se produzcan resonancias y oigamos: Stendhal, Galliani, La Rochefoucauld, Montaigne, Tucídides, Píndaro, Heráclito… «Vivimos —decía este último— la muerte de otros y morimos la vida ajena». Repercutimos a otros y somos de ellos repercusión. Atraviesan el espacio corrientes de esencial afinidad, que pasan por los individuos elegidos, forzándoles a adoptar ante la tragedia de la vida una idéntica actitud.

Como hablamos de sincronismo o coincidencia de fecha entre hombres o circunstancias heterogéneas —advierte Goethe no sé dónde— debemos hablar de sinfronismo o coincidencia de sentido, de módulo, de estilo entre hombres o entre circunstancias desparramados por todos los tiempos[56].

Cuanto más fuerte sea una personalidad menos se cuidará del sincronismo, de coincidir con los hombres y los hechos de su época, y más denodadamente se internará por la selva de los siglos en busca de egregios sinfronismos.

Una dama, de rostro “armonioso y divino” —como dice la Antología del monje Planudio—, de alma iridiscente, me escribía a propósito de un libro que le había hecho yo leer:

«L’auteur dit tout haut des choses que je me répétais obscurément tout bas. Je lui sais gré d’avoir fait cela, comme d’une délivrance. “La crítica literaria —dites-vous, (El Espectador, I)—, consiste en enseñar a leer los libros adaptando los ojos del lector a la intención del autor”. Rien de plus juste. Mais ce qui l’est moins… ce qui ne l’est même plus du tout c’est ma façon de lire. Je ne m’intéresse véritablement qu’aux livres qui peuvent… m’éclairer sur moi-même, qui poussent les cris que je porte en silence, qui fassent le geste que mon immobilité souffre, contient… dont elle est faite, pour ainsi dire».

A este párrafo respondería yo:

—Señora, la manera de leer que usted ejercita no es injusta e indebida. Fuera innecesario tranquilizar a usted sobre ello. En primer lugar, porque una mujer capaz de escribir y de pensar con tanta gentileza no se inquieta, de seguro, cuando comete una injusticia. En segundo lugar, porque es, en efecto, la única manera de leer que existe, y el resto es… erudición. La lectura, en su más noble forma, constituye un lujo espiritual: no es estudio, aprendizaje, adquisición de noticias útiles para la lucha social. Es un virtual aumento y dilatación que ofrecemos a nuestras germinaciones interiores; merced a ella conseguimos realizar lo que sólo como posibilidad latía en nosotros[57].

Pero ¿quién dice a usted que su corazón, tan raudo en su girar por la vida, no pasa desatento ante una página capaz de libertar, al modo de los héroes legendarios, alguno de esos lamentos prisioneros en el blanco silencio de su alma? El benéfico ministerio de la crítica literaria consiste simplemente en detener su corazón sobre esa página, señora, como a una abeja sobre un tulipán.

Bien sé, por lo demás, que es usted una intrépida cazadora de resonancias y afinidades —de sinfronismos—, y que, en todo parecida a Diana, atraviesa usted el mundo esbelta y rápida, azuzando los lebreles de sus sentimientos. Y a fin de que le conste mi admiración pido a usted permiso para plagiar su literatura, y decir que el libro de don Jacinto Bejarano, cura párroco de Riofrío, lanza el grito que Azorín conduce en silencio, y hace el gesto mismo de que sufre su inmovilidad.

In the book fair that gathers in September beside the autumnal fronds of the Botanical Garden, Azorín finds a book, published in 1791 by don Jacinto Bejarano, parish priest of Arévalo. The author is in literary history an unknown.

The reading of the work reveals in this unknown a temperament of selection, a man delicate, fine, intelligent, sensual.

Don Jacinto Bejarano wrote his book while he served the parish of Riofrío, in Ávila, a little town, almost a village, where life is ungrateful, harsh, elementary, barbarous.

This Azorín suggests to us in the first pages of Un pueblecito, and at once we come to the suspicion that Azorín is going to give us his autobiography by giving us the biography of don Jacinto Bejarano. Because, in effect, Azorín is a «man delicate, fine, intelligent, sensual —sensual like Montaigne—», who crosses unknown the Spanish life, so «ungrateful, harsh, elementary and barbarous». On one of the last pages our suspicion receives full confirmation. Azorín writes: «Farewell, dear Bejarano Galavis! I did not believe I would find here, in the village, a man so cultured and so delicate. I feel, as if they were mine, your sorrows». As if they were mine…, Azorín underlines.

In the books of acoustics one usually sees drawn the apparatus of resonators that Helmholtz devised. It is formed by a series of hollow metallic spheres, each one of which communicates with a gas burner. The sounds, according to their varying quality, find resonance in one or another of these spheres, which, on producing it, sends a breath to its adjacent flame, which we see lengthen tremulous, wave, quiver, suddenly endowed with more intense combustion.

Something similar happens in us. Life turns around us, presenting successively its innumerable facets. Suddenly one of these sends to our being we know not well what encouraging reflection, and something that, barely suspected, went in us, acquires sudden robustness. The germ of an idea, an undecided feeling grow in such a season rapidly, up to their complete development, affirming and imposing their physiognomy within our mind.

A reading, a person, a fact that supervenes lend suddenly such mysterious corroboration to our intimate germinations. One would say that that exterior circumstance and this possibility latent in me possessed a previous, radical fraternity and the same quality of blood pulsed in both, so that they mutually potentiate their energy without modifying in the least the meaning, the curvature in which they coincide.

Thus in this book the preexisting affinity between the life of the priest and the life of our writer doubles the intensity of each one. Thanks to Azorín we understand better the vital emotion of the poor Bejarano. Thanks to Bejarano we understand better the bitter irony that groans in the heart of Azorín. And this very one, on finding himself echoed in that other man, has heard more clearly his inner voices.

It is strange, but it is undeniable this strengthening that our personality achieves when it finds itself in another. Let it not be said that this happens only to temperaments of little originality. It is precisely characteristic of every innovator that on conquering his name to men he appears accompanied, as by an arpeggio torn from the centuries, by other names with which his innovation endows new actuality. Thus we cannot name Nietzsche without that in the ambit of spiritual history resonances are produced and we hear: Stendhal, Galliani, La Rochefoucauld, Montaigne, Thucydides, Pindar, Heraclitus… «We live —said this last one— the death of others and die the alien life». We re-echo in others and are of them the echo. Traverse the space currents of essential affinity, which pass through the chosen individuals, forcing them to adopt before the tragedy of life an identical attitude.

As we speak of synchronism or coincidence of date between men or heterogeneous circumstances —Goethe warns I know not where— we must speak of sinfronism or coincidence of sense, of module, of style between men or between circumstances scattered through all times[56].

The stronger a personality be the less will it care for synchronism, for coinciding with the men and the facts of its epoch, and the more valiantly will it plunge into the forest of the centuries in search of egregious sinfronisms.

A lady, of face “harmonious and divine” —as says the Anthology of the monk Planudes—, of iridescent soul, was writing to me about a book that I had made her read:

«L’auteur dit tout haut des choses que je me répétais obscurément tout bas. Je lui sais gré d’avoir fait cela, comme d’une délivrance. “La crítica literaria —dites-vous, (El Espectador, I)—, consiste en enseñar a leer los libros adaptando los ojos del lector a la intención del autor”. Rien de plus juste. Mais ce qui l’est moins… ce qui ne l’est même plus du tout c’est ma façon de lire. Je ne m’intéresse véritablement qu’aux livres qui peuvent… m’éclairer sur moi-même, qui poussent les cris que je porte en silence, qui fassent le geste que mon immobilité souffre, contient… dont elle est faite, pour ainsi dire».

To this paragraph I would reply:

—Madam, the manner of reading that you exercise is not unjust and undue. It would be unnecessary to reassure you about that. In the first place, because a woman capable of writing and of thinking with so much gentleness does not grow uneasy, surely, when she commits an injustice. In the second place, because it is, in effect, the only manner of reading that exists, and the rest is… erudition. Reading, in its noblest form, constitutes a spiritual luxury: it is not study, learning, acquisition of news useful for the social struggle. It is a virtual increase and dilation that we offer to our interior germinations; by virtue of it we manage to realize what only as possibility lay latent in us[57].

But who tells you that your heart, so rapid in its turning through life, does not pass inattentive before a page capable of freeing, in the manner of the legendary heroes, some of those laments prisoner in the white silence of your soul? The beneficent ministry of literary criticism consists simply in stopping your heart upon that page, madam, like a bee upon a tulip.

Well do I know, besides, that you are an intrepid huntress of resonances and affinities —of sinfronisms—, and that, in all things like Diana, you traverse the world slender and rapid, urging on the hounds of your feelings. And so that my admiration may be known to you I ask your permission to plagiarize your literature, and to say that the book of don Jacinto Bejarano, parish priest of Riofrío, launches the cry that Azorín carries in silence, and makes the very gesture of which his immobility suffers.

Nella fiera di libri che si aduna per settembre accanto alle fronde autunnali del Giardino Botanico, trova Azorín un libro, pubblicato nel 1791 da don Jacinto Bejarano, curato parroco di Arévalo. L’autore è nella storia letteraria uno sconosciuto.

La lettura dell’opera rivela in questo sconosciuto un temperamento di selezione, un uomo delicato, fine, intelligente, sensuale.

Don Jacinto Bejarano scrisse il suo libro mentre serviva la parrocchia di Riofrío, in Ávila, un paesino, quasi un borgo, dove la vita è ingrata, aspra, elementare, barbara.

Questo ci suggerisce Azorín nelle prime pagine di Un pueblecito, e subito veniamo al sospetto che Azorín ci farà la sua autobiografia facendoci la biografia di don Jacinto Bejarano. Perché, in effetti, è Azorín un «uomo delicato, fine, intelligente, sensuale —sensuale come Montaigne—», che attraversa sconosciuto la vita spagnola, così «ingrata, aspra, elementare e barbara». In una delle ultimissime pagine il nostro sospetto riceve piena conferma. Azorín scrive: «¡Addio, caro Bejarano Galavis! Non credevo di trovare qui, nel borgo, un uomo così culto e così delicato. Sento, come se fossero miei, i tuoi dolori». Come se fossero miei…, sottolinea Azorín.

Nei libri di acustica si suole vedere disegnato l’apparecchio dei risonatori che Helmholtz ideò. Lo forma una serie di sfere metalliche cave, ciascuna delle quali comunica con un becco a gas. I suoni, secondo la loro varia qualità, trovano risonanza nell’una o nell’altra di queste sfere, la quale, producendola, invia un alito alla sua fiamma adiacente, che vediamo allungarsi tremula, ondeggiare, agitarsi, improvvisamente dotata di più intensa combustione.

Qualcosa di simile accade in noi. Gira la vita intorno a noi, presentando successivamente le sue innumerevoli facce. A un tratto una di queste invia al nostro essere non sappiamo bene quale riflesso incoraggiante, e qualcosa che, appena sospettato, andava in noi, acquista repentina robustezza. Il germe di un’idea, un sentimento indeciso crescono in tale stagione rapidamente, fino al loro completo sviluppo, affermando e imponendo la loro fisionomia dentro il nostro animo.

Una lettura, una persona, un fatto sopravvenuto prestano a un tratto tale misteriosa corroborazione alle nostre intime germinazioni. Si direbbe che quella circostanza esteriore e questa possibilità in me latente possedessero una previa, radicale fraternità e una stessa qualità di sangue pulsasse in entrambe, di sorte che mutuamente potenziano la loro energia senza modificare il minimo il senso, la curvatura in cui coincidono.

Così in questo libro l’affinità preesistente tra la vita del curato e la vita del nostro scrittore duplica l’intensità di ciascuna. Grazie ad Azorín intendiamo meglio l’emozione vitale del povero Bejarano. Grazie a Bejarano intendiamo meglio l’amara ironia che geme nel cuore di Azorín. E questi stesso, trovandosi risonato in quell’altro uomo, ha udito più chiaramente le sue voci interiori.

È strano, ma è innegabile questo irrobustimento che la nostra personalità consegue quando si ritrova sé stessa in un’altra. Non si dica che questo accade soltanto ai temperamenti poco originali. È precisamente caratteristico di ogni innovatore che conquistando il suo nome agli uomini appaia accompagnato, come da un arpeggio strappato ai secoli, da altri nomi a cui la sua innovazione dota di nuova attualità. Così non possiamo nominare Nietzsche senza che nell’ambito della storia spirituale si producano risonanze e udiamo: Stendhal, Galliani, La Rochefoucauld, Montaigne, Tucidide, Pindaro, Eraclito… «Viviamo —diceva quest’ultimo— la morte di altri e moriamo la vita altrui». Riverberiamo in altri e siamo di loro riverbero. Attraversano lo spazio correnti di essenziale affinità, che passano per gli individui eletti, forzandoli ad adottare di fronte alla tragedia della vita un’identica attitudine.

Come parliamo di sincronismo o coincidenza di data tra uomini o circostanze eterogenee —avverte Goethe non so dove— dobbiamo parlare di sinfronismo o coincidenza di senso, di modulo, di stile tra uomini o tra circostanze sparsi per tutti i tempi[56].

Quanto più forte sia una personalità meno si curerà del sincronismo, di coincidere con gli uomini e i fatti della sua epoca, e più denodatamente si inoltrerà per la selva dei secoli in cerca di egregi sinfronismi.

Una dama, dal volto «armonioso e divino» —come dice l’Antologia del monaco Planude—, dall’anima iridescente, mi scriveva a proposito di un libro che le avevo fatto leggere:

«L’auteur dit tout haut des choses que je me répétais obscurément tout bas. Je lui sais gré d’avoir fait cela, comme d’une délivrance. “La crítica literaria —dites-vous, (El Espectador, I)—, consiste en enseñar a leer los libros adaptando los ojos del lector a la intención del autor”. Rien de plus juste. Mais ce qui l’est moins… ce qui ne l’est même plus du tout c’est ma façon de lire. Je ne m’intéresse véritablement qu’aux livres qui peuvent… m’éclairer sur moi-même, qui poussent les cris que je porte en silence, qui fassent le geste que mon immobilité souffre, contient… dont elle est faite, pour ainsi dire».

A questo paragrafo risponderei io:

—Signora, il modo di leggere che lei esercita non è ingiusto né indebito. Sarebbe inutile rassicurarla su questo. In primo luogo, perché una donna capace di scrivere e di pensare con tanta gentilezza non si inquieta, di certo, quando commette un’ingiustizia. In secondo luogo, perché è, in effetti, l’unico modo di leggere che esista, e il resto è… erudizione. La lettura, nella sua forma più nobile, costituisce un lusso spirituale: non è studio, apprendimento, acquisizione di notizie utili per la lotta sociale. È un virtuale aumento e dilatazione che offriamo alle nostre germinazioni interiori; mercé di essa riusciamo a realizzare ciò che soltanto come possibilità giaceva in noi[57].

Ma chi le dice che il suo cuore, così rapido nel suo girare per la vita, non passi disattento davanti a una pagina capace di liberare, al modo degli eroi leggendari, alcuni di quei lamenti prigionieri nel bianco silenzio della sua anima? Il benefico ministero della critica letteraria consiste semplicemente nel fermare il suo cuore su quella pagina, signora, come un’ape su un tulipano.

Ben so, del resto, che lei è una intrepida cacciatrice di risonanze e affinità —di sinfronismi—, e che, in tutto simile a Diana, attraversa il mondo snella e rapida, aizzando i segugi dei suoi sentimenti. E affinché le consti la mia ammirazione le chiedo permesso di plagiare la sua letteratura, e dire che il libro di don Jacinto Bejarano, curato parroco di Riofrío, lancia il grido che Azorín conduce in silenzio, e fa il gesto stesso di cui soffre la sua immobilità.