Ortega y Gasset

Abstract

An article against the regional statute produced by the Commission: the error was waiting until autonomy became a threatening demand, petrifying a generous idea into the ‘Catalan question’. The autonomy question is neither Catalan nor Basque: what all feel is the discredit of central Power, and the only way back to a respectable State is to rebuild it by creating local powers.

Connections

Concetti: Stato
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

La política rutinaria y faraónica, la política sin tonicidad moral ni agudeza intelectual va de tumbo en tumbo. Cada paso es un traspiés, como era inevitable. Ahí tenemos el estatuto regional parido por esta Comisión de los perpetuos. De tal palo tal astilla. Esta Comisión de palo nos da esa astilla del estatuto, más propia para abrir heridas que para retoñar con frutos.

Hemos protestado reiteradamente de todo el procedimiento que se seguía para traer a solución la cuestión catalana. Se ha debido y se ha podido hacer una obra de alegría y de cordialidad nacional. Las ideas autonómicas no están hoy en España como en la edad del señor Sol y Ortega, el orador de la piedra sin pulimentar. Hoy, más de media España es, con uno u otro matiz, favorable a la organización autonomista del Estado, y de la otra mitad, buena parte habría sido ganada con hacerle ver que la otra mitad la deseaba.

El primer error ha sido esperar a que en algunas regiones la aspiración de autonomía tomase un carácter de exigencia conminatoria. Verdad es que para nuestros gobernantes nada llega a ser «cuestión» mientras no toma los caracteres de motín y de revuelta. Orden o desorden público, ésta es la cuestión. Así, la generosa y fecunda idea de la reorganización administrativa de España en forma de autonomías ha venido a petrificarse en la «cuestión catalana». Y una vez que se ha quitado a un problema público su fluidez y su espiritualidad, una vez que se le ha convertido en piedra, claro es que no puede servir más que para descalabrarnos unos a otros los españoles.

Ahora bien, es falso que la cuestión autonómica sea una cuestión catalana o una cuestión vasca. En ambas regiones ha cobrado ciertamente el movimiento descentralizador una fisonomía más intensa, más resuelta, más agresiva. No discurramos ahora sobre las causas de esa intensificación localizada. Pero en el resto de España existía una aspiración análoga, menos precisa acaso, y, sobre todo, encubierta por la perduración del caciquismo de los antiguos partidos. ¿Qué importan los nombres que cada cual da a sus inquietudes o a sus deseos? Heine se quejaba de dolor de muelas en el corazón. Pues asimismo la desazón general que sentía nuestro pueblo tomaba esta o la otra fórmula para declararse. En el fondo, y aparte la formidable irritación obrera, que es un dolor mundial, lo que sentíamos y sentimos todos los españoles es el desprestigio progresivo del Estado según su actual constitución. El Poder central, entregado a hombres inferiores, ha perdido toda unción autoritaria. Se teme todo de él y no se espera nada. Quien tenga alguna receta clara para que, sin transformarse como institución, pueda el Poder central recobrar su prestigio, su decoro moral, su respetabilidad, debería adelantarla. España entera siente oscuramente que eso es imposible y que la única manera de volver a tener un Estado respetable es reconstruirlo en nueva forma. La creación de poderes locales nuevos que asumiesen grandísima parte de las atribuciones hoy acaparadas por el Poder central es el único ensayo que ofrece algunas esperanzas. La política quedaría desparramada por todo el país, y forzosamente un mayor número de españoles se vería obligado a intervenir en los asuntos públicos. Esto solo equivaldría ya a una enorme ventaja. Como en economía el mero aumento de brazos que trabajan significa un aumento de riqueza, la política, y la vida moral de una nación, mejora por el solo hecho de que colabore en ella mayor número de cabezas y de corazones.

Hay muchos españoles que son autonomistas precisamente a causa de su españolismo. Casi diríamos que los únicos españoles que no simpatizan con la concesión de autonomías son los que se han reunido en esta Comisión. Así han segregado el engrudo de esta prosa estatutaria, compuesto en el estilo menos adecuado a un proyecto de bases.

Es probable que el número de líneas dedicadas en la ponencia a establecer cortapisas para la vida regional sea mucho más crecido que el de frases otorgadoras de libertades. Acritud, enojo y falta de simpatía a la libre vida regional va rezumando el escrito. Cada dejación del Poder central está hecha en tal forma, que sale gritando el dolor con que fue arrancada. A nosotros nos parece indigna esta manera de dejarse arrancar las jurisdicciones. Se ha debido tener el honor de no conceder lo que se ha tenido la miseria de conceder así.

Cualquiera que lea la ponencia sacará la impresión de que los concesionarios consideran un mal gravísimo el regionalismo, una especie de demencia colectiva. El estatuto que otorgan se parece enormemente a una camisa de fuerza.

Y es el caso que con pocas más transferencias de autoridad sobre las que en vigor van hechas en el articulado, se contentarían los catalanes. Pero era preciso organizarlas de otro modo que plasmase mejor el cuerpo regional. Los comisionados se representan la región como una Diputación provincial inflada.

Tócase una vez más el inconveniente de poner asuntos de nuestro siglo en manos prehistóricas.

Todos los grandes problemas que surgen en España son anacrónicos con respecto a los políticos invitados a resolverlos. Ya verá el lector cómo para hacer frente al sindicalismo encrespado entregamos el Gobierno a Melquisedec. Los llamados «círculos políticos» viven en perpetua nostalgia del megaterio.

Cualquiera diría que es el regionalismo un capricho solitario, ajeno a toda trayectoria fundada en las ideas políticas actuales. ¿Por qué se aparenta ignorar que el regionalismo y todas las demás formas de descentralización constituyen un capítulo esencial dentro del nuevo liberalismo? El grande maestro Hauriou, dice, por ejemplo, en su Manual de Derecho público, impreso en 1918: «El problema de la libertad política es una y misma cosa con el de la descentralización de la soberanía». ¿Qué pensará de esto nuestro primigenio don Antonio Maura cuando pretende solventar el problema complejísimo de la soberanía con un par de batimanes oratorios? Pero Hauriou añade: «La descentralización de la soberanía y la descentralización administrativa son un mismo y único movimiento constitucional».

Incluida así en un brote más amplio de progreso nacional y sembrada en una hora de optimismo español, la autonomía habría surgido como espontáneamente, sin que viniera a hacer sobre su cuna muecas adversas ningún hada rencorosa.

En vez de esto, del misterio de la Comisión sale de pronto una ponencia, armada de punta en blanco, con todas sus aristas y sus ángulos; consecuentemente, con grandes probabilidades de herir unos u otros temperamentos. Sin discusión ni atmósfera previas, súbitamente, caerá entre las pasiones. De antiguo se sabe que nada hay más impolítico. A las tres bellas discordes, Paris debió arrojar, no una manzana, sino una ponencia.

Con lo que se ha hecho, sólo puede lograrse enconar el revuelto corazón español. A nadie, y menos a Cataluña, conviene que la autonomía nazca, como el alacrán, envenenada.

Sin embargo, ¿qué es todo esto al lado de la tormenta sindicalista?

Publicado sin firma, El Sol, 17 de enero de 1919

Routine and pharaonic politics, politics without moral tone or intellectual acuteness, goes from stumble to stumble. Every step is a misstep, as was inevitable. There we have the regional statute delivered by this Commission of the perpetuals. Like father, like son. This wooden Commission gives us that splinter of a statute, more suited to opening wounds than to sprouting fruit.

We have repeatedly protested against the whole procedure that was being followed to bring the Catalan question to a solution. A work of joy and national cordiality should and could have been done. The autonomist ideas are not today in Spain what they were in the days of Mr. Sol y Ortega, the orator of the unpolished stone. Today, more than half of Spain is, with one nuance or another, favorable to the autonomist organization of the State, and of the other half, a good part would have been won by making it see that the other half desired it.

The first error has been to wait until in some regions the aspiration to autonomy took on the character of a coercive demand. It is true that for our rulers nothing becomes a «question» until it takes on the character of mutiny and revolt. Public order or public disorder, that is the question. Thus, the generous and fruitful idea of the administrative reorganization of Spain in the form of autonomies has come to be petrified into the «Catalan question». And once a public problem has had its fluidity and its spirituality removed, once it has been turned into stone, clearly it can serve no purpose but to make us Spaniards smash one another’s heads.

Now then, it is false that the autonomist question is a Catalan question or a Basque question. In both regions the decentralizing movement has certainly assumed a more intense, more resolute, more aggressive physiognomy. Let us not discourse now on the causes of that localized intensification. But in the rest of Spain there existed an analogous aspiration, less precise perhaps, and, above all, concealed by the persistence of the caciquismo of the old parties. What do the names matter that each one gives to his restlessness or his desires? Heine complained of a toothache in the heart. Well, likewise the general unease that our people felt took this or that formula to declare itself. At bottom, and apart from the formidable worker irritation, which is a worldwide pain, what we felt and feel all Spaniards is the progressive discredit of the State according to its present constitution. The central Power, handed over to inferior men, has lost all authoritarian unction. Everything is feared from it and nothing is expected. Whoever has some clear recipe by which, without transforming itself as an institution, the central Power could recover its prestige, its moral decorum, its respectability, should put it forward. All Spain feels obscurely that this is impossible and that the only way to have again a respectable State is to rebuild it in a new form. The creation of new local powers that would assume a very great part of the attributions today monopolized by the central Power is the only experiment that offers some hopes. Politics would be scattered throughout the country, and necessarily a greater number of Spaniards would be obliged to intervene in public affairs. This alone would already amount to an enormous advantage. As in economics the mere increase of the arms that work means an increase of wealth, politics, and the moral life of a nation, improves by the mere fact that a greater number of heads and hearts collaborate in it.

There are many Spaniards who are autonomists precisely on account of their Spanishness. We would almost say that the only Spaniards who do not sympathize with the granting of autonomies are those who have gathered in this Commission. Thus they have secreted the paste of this statutory prose, composed in the style least suited to a draft of bases.

It is probable that the number of lines devoted in the report to establishing restrictions for regional life is much greater than the number of phrases granting liberties. Acrimony, anger, and lack of sympathy for the free regional life the writing keeps oozing. Each renunciation by the central Power is made in such a way that the pain with which it was torn away comes out crying. To us this manner of letting one’s jurisdictions be torn away seems unworthy. One should have had the honor of not conceding what one has had the misery of conceding in that way.

Anyone who reads the report will gain the impression that those who concede consider regionalism a very grave evil, a kind of collective dementia. The statute they grant resembles enormously a straitjacket.

And it is the case that with a few more transfers of authority over and above those already in force in the articles, the Catalans would be content. But it was necessary to organize them in another way that would better mold the regional body. The commissioners represent the region to themselves as an inflated provincial deputation.

Once again we touch upon the inconvenience of putting matters of our century in prehistoric hands.

All the great problems that arise in Spain are anachronistic with respect to the politicians invited to solve them. The reader will see how, to face the ruffled syndicalism, we hand over the Government to Melchizedek. The so-called «political circles» live in perpetual nostalgia for the megatherium.

Anyone would say that regionalism is a solitary whim, foreign to every trajectory grounded in present-day political ideas. Why is it pretended to ignore that regionalism and all the other forms of decentralization constitute an essential chapter within the new liberalism? The great master Hauriou says, for example, in his Manual of Public Law, printed in 1918: «The problem of political liberty is one and the same thing as that of the decentralization of sovereignty». What will our primordial don Antonio Maura think of this when he claims to solve the highly complex problem of sovereignty with a couple of oratorical flourishes? But Hauriou adds: «The decentralization of sovereignty and the administrative decentralization are one and the same constitutional movement».

Included thus in a wider shoot of national progress and sown in an hour of Spanish optimism, autonomy would have arisen as if spontaneously, without any rancorous fairy coming to make adverse faces over its cradle.

Instead of this, from the mystery of the Commission there suddenly emerges a report, armed cap-à-pie, with all its edges and its angles; consequently, with great probabilities of wounding one or another temperament. Without prior discussion or atmosphere, suddenly it will fall among the passions. It has long been known that nothing is more impolitic. To the three beautiful discordant goddesses, Paris should have thrown, not an apple, but a report.

With what has been done, the only thing that can be achieved is to inflame the turbulent Spanish heart. To no one, and least of all to Catalonia, is it convenient that autonomy be born, like the scorpion, poisoned.

However, what is all this next to the syndicalist storm?

Published unsigned, El Sol, January 17, 1919

La politica di routine e faraonica, la politica senza tonicità morale né acutezza intellettuale va di capitombolo in capitombolo. Ogni passo è un inciampo, come era inevitabile. Eccolo lì lo statuto regionale partorito da questa Commissione dei perpetui. Tale il legno, tale la scheggia. Questa Commissione di legno ci dà quella scheggia dello statuto, più adatta ad aprire ferite che a germogliare con frutti.

Abbiamo protestato ripetutamente contro tutta la procedura che si seguiva per portare a soluzione la questione catalana. Si doveva e si poteva fare un’opera di gioia e di cordialità nazionale. Le idee autonomistiche non stanno oggi in Spagna come al tempo del signor Sol y Ortega, l’oratore della pietra grezza. Oggi, più di mezza Spagna è, con una sfumatura o con l’altra, favorevole all’organizzazione autonomistica dello Stato, e dell’altra metà, buona parte sarebbe stata guadagnata facendole vedere che l’altra metà la desiderava.

Il primo errore è stato aspettare che in alcune regioni l’aspirazione all’autonomia assumesse un carattere di esigenza minacciosa. Vero è che per i nostri governanti nulla diventa «questione» finché non assume i caratteri del tumulto e della rivolta. Ordine o disordine pubblico, questa è la questione. Così, la generosa e feconda idea della riorganizzazione amministrativa della Spagna in forma di autonomie è venuta a pietrificarsi nella «questione catalana». E una volta che si è tolta a un problema pubblico la sua fluidità e la sua spiritualità, una volta che lo si è convertito in pietra, è chiaro che non può più servire se non a farci scontrare gli uni con gli altri, noi spagnoli.

Ora, è falso che la questione autonomistica sia una questione catalana o una questione basca. In entrambe le regioni il movimento decentratore ha certo assunto una fisionomia più intensa, più risoluta, più aggressiva. Non discorriamo ora sulle cause di quella intensificazione localizzata. Ma nel resto della Spagna esisteva un’aspirazione analoga, meno precisa forse, e, soprattutto, occultata dalla perdurazione del caciquismo dei vecchi partiti. Che importano i nomi che ciascuno dà alle proprie inquietudini o ai propri desideri? Heine si lamentava di un mal di denti nel cuore. Ebbene, allo stesso modo il disagio generale che sentiva il nostro popolo prendeva questa o quella formula per dichiararsi. In fondo, e a parte la formidabile irritazione operaia, che è un dolore mondiale, ciò che sentivamo e sentiamo tutti gli spagnoli è lo screditamento progressivo dello Stato secondo la sua attuale costituzione. Il Potere centrale, consegnato a uomini inferiori, ha perduto ogni unzione autoritaria. Si teme tutto da lui e non si spera nulla. Chi abbia qualche ricetta chiara perché, senza trasformarsi come istituzione, il Potere centrale possa ricuperare il suo prestigio, il suo decoro morale, la sua rispettabilità, dovrebbe farsi avanti. Tutta la Spagna sente oscuramente che ciò è impossibile e che l’unico modo di tornare ad avere uno Stato rispettabile è ricostruirlo in forma nuova. La creazione di poteri locali nuovi che assumessero grandissima parte delle attribuzioni oggi accentrate dal Potere centrale è l’unico esperimento che offre qualche speranza. La politica resterebbe sparpagliata per tutto il paese, e per forza un maggior numero di spagnoli si vedrebbe obbligato a intervenire negli affari pubblici. Questo solo equivarrebbe già a un enorme vantaggio. Come in economia il mero aumento delle braccia che lavorano significa un aumento di ricchezza, la politica, e la vita morale di una nazione, migliora per il solo fatto che vi collabori un maggior numero di teste e di cuori.

Ci sono molti spagnoli che sono autonomisti precisamente a causa del loro spagnolismo. Quasi diremmo che gli unici spagnoli che non simpatizzano con la concessione delle autonomie sono quelli che si sono riuniti in questa Commissione. Così hanno segregato l’impasto di questa prosa statutaria, composto nello stile meno adatto a un progetto di basi.

È probabile che il numero di righe dedicate nella relazione a stabilire limitazioni per la vita regionale sia molto più cospicuo di quello delle frasi che concedono libertà. Acrimonia, stizza e mancanza di simpatia per la libera vita regionale va stillando lo scritto. Ogni rinuncia del Potere centrale è fatta in modo tale che ne grida il dolore con cui fu strappata. A noi sembra indegna questa maniera di lasciarsi strappare le giurisdizioni. Si doveva avere l’onore di non concedere ciò che si è avuta la miseria di concedere così.

Chiunque legga la relazione trarrà l’impressione che i concedenti considerino un gravissimo male il regionalismo, una specie di demenza collettiva. Lo statuto che concedono somiglia enormemente a una camicia di forza.

E il caso è che con poche più trasferenze di autorità su quelle che già in vigore sono fatte nell’articolato, i catalani si accontenterebbero. Ma era necessario organizzarle in altro modo che plasmasse meglio il corpo regionale. I commissari si rappresentano la regione come una Diputazione provinciale gonfiata.

Si tocca ancora una volta l’inconveniente di mettere faccende del nostro secolo in mani preistoriche.

Tutti i grandi problemi che sorgono in Spagna sono anacronici rispetto ai politici invitati a risolverli. Vedrà il lettore come per far fronte al sindacalismo increspato consegniamo il Governo a Melchisedec. I cosiddetti «ambienti politici» vivono in perpetua nostalgia del megaterio.

Chiunque direbbe che il regionalismo è un capriccio solitario, estraneo a ogni traiettoria fondata sulle idee politiche attuali. Perché si finge di ignorare che il regionalismo e tutte le altre forme di decentramento costituiscono un capitolo essenziale dentro il nuovo liberalismo? Il grande maestro Hauriou dice, per esempio, nel suo Manuale di Diritto pubblico, stampato nel 1918: «Il problema della libertà politica è una stessa cosa con quello del decentramento della sovranità». Che penserà di ciò il nostro primigenio don Antonio Maura quando pretende di risolvere il complessissimo problema della sovranità con un paio di fendenti oratori? Ma Hauriou aggiunge: «Il decentramento della sovranità e il decentramento amministrativo sono un medesimo e unico movimento costituzionale».

Inclusa così in un germoglio più ampio di progresso nazionale e seminata in un’ora di ottimismo spagnolo, l’autonomia sarebbe sorta come spontaneamente, senza che venisse a fare smorfie avverse sulla sua culla nessuna fata rancorosa.

Invece di ciò, dal mistero della Commissione esce a un tratto una relazione, armata di tutto punto, con tutti i suoi spigoli e i suoi angoli; conseguentemente, con grandi probabilità di ferire gli uni o gli altri temperamenti. Senza discussione né atmosfera previe, all’improvviso, cadrà in mezzo alle passioni. Da antico si sa che nulla c’è di più impolitico. Alle tre belle discordi, Paride doveva gettare, non una mela, ma una relazione.

Con ciò che si è fatto, si può soltanto ottenere di inacerbire il turbato cuore spagnolo. A nessuno, e meno alla Catalogna, conviene che l’autonomia nasca, come lo scorpione, avvelenata.

Tuttavia, che cos’è tutto questo a petto della tempesta sindacalista?

Pubblicato senza firma, El Sol, 17 gennaio 1919