Abstract
A lament on the Rull trial: in Spain even crimes are sterile. Ortega quotes, from Cicero’s De natura deorum II, the Stoic Chrysippus’s saying that Nature gave the pig a soul in place of salt so it would not rot, and makes of it a definition of the soul as the principle against corruption and inertia; its analogue in a society is political culture.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Algún genio avieso ha condenado a España a la esterilidad; no es sólo nuestro campo estéril, no sólo nuestros ríos se van muriendo, faltos de caudal, en los malditos estuarios, no sólo en las almas tórridas se agostan las menguadas espigas de las ideas… La esterilidad es aún más honda, más íntima, casi metafísica; la solución probable del proceso Rull va a revelarnos un síntoma terrible: en España todo es estéril, hasta los crímenes.
Por convicción intelectual soy optimista; el pesimismo nace de un razonamiento defectuoso. Mirando el ancho mar de humanidad, es un deber el optimismo. Pero este optimismo universal puede ser sazonado con algunas emociones pesimistas ante destinos particulares. Y de esta manera, vuelto el rostro hacia Francia, donde todo, desde los inventos matemáticos hasta los crímenes, aciertan a ser fecundos, políticamente, siento ese alborozo cerebral del optimismo, porque preveo, al través de aquella raza, un porvenir humano cada vez más henchido de luminosidad. Y luego, tornando la mirada a Celtiberia, se me pone el corazón dolorido, porque advierto que, como dicen los proverbios, su casa está inclinada hacia la muerte, y las veredas de mi raza orientadas van hacia los muertos.
Cicerón en el libro segundo de la Naturaleza de los dioses, menta el decir de Crisipo, estoico: «La Naturaleza dio al puerco, en lugar de sal, un alma, para que no se pudriera». Yo no he hallado jamás una definición más bella y melancólica del alma que ésta; tampoco la conozco más exacta, aunque parecen esas palabras una facecia. El alma es el principio que defiende la materia de la corrupción. El alma es una guerra incesante contra la inercia.
Lo que en el cuerpo podéis llamar ánima, se llama en una sociedad cultura política. Procúrese que no se apague en una raza, si se busca que la raza no muera. Désela pasto y substancia; oriéntense todos los órganos étnicos a la destilación de esa divina esencia, que da vida, como en el cuerpo del individuo todos los sistemas de órganos están puestos sólo para convertir todo en quimo y en quilo, en trotadora sangre.
Voy a traer otra comparación. ¿Conocéis las experiencias con la lámpara eolípila? Una plancha sobre ella, pónese tan ardiente que, si dejáis caer una gota, al punto se convierte en vapor. Que algo semejante venga a acaecer en todo pueblo; que cuanto en él sobrevenga, se convierta al punto en atmósfera política, en ideas políticas.
Hay una manera tosca y sin agudeza de sopesar el valor histórico de las naciones, que suele nacer en las testas demasiado circunscritas a los problemas económicos. Según esta opinión, la robustez de un país depende única o principalmente de su potencia industrial, agrícola o comerciante. Esto me parece una grosería y, además, falso. El capital de un pueblo no es el numismático ni, en general, el económico; es el capital político, la energía productora de ideas civiles. Al hilo de esta noción, podríamos marcar una escala de las naciones, poniendo en el lugar ínfimo España, donde no existe energía política, y en el más alto a Francia, donde todo se convierte en sustancia gris social.
Año tras año, han ido muriendo, por un crimen anónimo, en Barcelona, querida ciudad, criaturas humanas; la expectación de todo el país ante esos crímenes ha llegado a ser enorme. ¡Aquí, donde tan difícil es lograr para nada expectación! Barcelona ha sufrido considerables pérdidas, y los nervios murientes de España han adquirido, al cabo, una apariencia de sensibilidad. Abierto el proceso, existían tres resultados posibles: que los crímenes procedieran del anarquismo, que fueran oriundos de los reaccionarios catalanes, que sus autores carecieran de intenciones políticas y se tratara de unos vulgares asesinos.
Los dos primeros resultados hubieran traído a la conciencia española enseñanzas y emociones políticas; a ser anarquistas las bombas, el señor Maura habría iniciado una campaña estentórea de leyes contra las ideas subversivas en particular, y contra todas las ideas en general. Esto nos hubiera hecho posible a liberales y socialistas destacar inequívocamente sobre el fondo del materialismo conservador nuestra enérgica fisonomía idealista. De otro lado, se habría impuesto un movimiento favorable a las leyes sociales y de cultura, con lo que se elevaría un tanto la presión de la justicia.
Si el terrorismo fuera solidario, la Solidaridad desaparecería. Y, quitada esta mala inteligencia, iríamos a Barcelona los restantes españoles de buena voluntad y confraternaríamos con las nuevas generaciones catalanas en un ideal universal, discreto, moral y científico. Reunidos en torno a ese centro radiante de energía, convendríamos en que era preciso romper la inercia intelectual de nuestra raza, y que era necesario insertar su acción dentro de la armonía cultural europea. Nadie más convencido que yo de que ha de salir de Barcelona —aunque no sólo de los barceloneses— la anhelada restauración española. ¿Cómo no, si este resurgimiento sólo puede venir de la idea socialista, y sólo en Barcelona puede comenzar su cristalización?
«Soñemos, alma soñemos»… Según parece, las bombas de Barcelona las han puesto Rull y sus cómplices, y nadie más; muertes, expectación, inquietud, todo ha sido vano, terriblemente estéril. Unos estafadores de montón, unos criminales sin preocupaciones políticas, han usufructuado esos adarmes de sensibilidad española que, a la hora de ahora, valen, por su rareza, mil vidas. Y todo pasará, sin que nos deje aprendizaje ni emoción.
Viene de lejos, muy torcido y triste, nuestro destino; ¿habrá quien lo enderece?
Creía de buena fe Prudencio que Dios había mirado con peculiar benignidad a los españoles, y esto, además de que se me antoja un exceso hacer desembocar el patriotismo en la teodicea, parece sobremanera dudoso. Cierto que no pocos compatriotas perduran en la opinión del vate aragonés, después de quince siglos, y están muy seguros de que el Corazón de Jesús reinará en España con predilección a otros lugares. En fin de cuentas, ningún principio cósmico se opone a que así acaezcan las cosas, y todo sería que las españolas se empeñaran absolutamente en hacérnoslo realidad; si bien, llegado el caso, preferiría al corazón otra víscera divina; el cerebro, por ejemplo.
De todas suertes, me atrevo a pensar que faltan motivos sobre que se apoye esa creencia, y aunque lo soberano de la fe consista en no necesitar de razones, motivos, a lo menos, requiere, que, como al pájaro una rama o el alero de un tejado, le sirvan de punto resistente donde tomar el primer empuje del vuelo. Y más siendo el pájaro de la fe avión de alas largas y pies cortos. No considero, pues, motivada la creencia en aquella originaria benignidad de la mirada divina ni en ese futuro reino sentimental. Antes bien, tendríamos substancia sobrada para lamentarnos los que aún somos jóvenes y en nuestra vida no hemos presenciado otra cosa que derrumbamientos, errores, angustias nacionales, ni hemos respirado más que desconfianzas, irresoluciones, ni aprendido sino desesperanza en este panorama de sordidez ideal, que representa la existencia española.
Yo me conformo con que nuestros abuelos no nos hayan dejado riquezas; pero les acuso de que no nos hayan dejado en herencia ni ideas ni virtudes públicas. Es posible que a ellos ocurriera lo propio, y así hasta tres siglos arriba; pero esto no disminuye su responsabilidad para con nosotros. Al tiempo que pasaban cabalgando heroicamente por los campos fértiles de Europa nuevas y nuevas cruzadas ideales, nuevas maneras de exaltación moral, nuestros antepasados dejaban pasar los días ante ellos en la holganza de sus espíritus, y recelosos de toda labor intelectiva, tomábalos el sol africano, al ponerse y al salir sobre la ardorosa estepa, royendo tercamente el grano de putrefactas supersticiones.
Hispanos Deus aspicit benignus —cantaba el alma áurea de cantor que había en Prudencio; veía en torno hombres que se dejaban morir por vivificar las ideas, y llegaba a él el optimismo que humea siempre de la sangre de los mártires. Esto explica su patriotismo teológico; medía la Historia y el genio de los pueblos por la altura de la fe religiosa, y muy justamente ensalzaba nuestra fe genial de entonces. Pero la perspectiva ha cambiado: no es ya para nosotros la historia el proceso de encarnación de una fe escatológica, sino el engrandecimiento de la cultura y la aproximación infinita a una imagen de humanidad virtuosa y sabia. No es extraño, pues, que me parezca más exacto decir de nosotros lo que de sí decían los guanches de Canarias, quienes no sospecharon durante siglos cómo a pocos largos de sus islas estaba anclado un enorme continente, y al preguntarles los misioneros de qué modo habían venido en la edad primera a sus tierras, respondieron: «Dios nos puso en estas islas y luego se olvidó de nosotros».
Faro, 12 de abril de 1908