Abstract

A reply to Gabriel Maura on the ‘empty phrase’ in the article ‘El error Berenguer’: Ortega grants the expression’s stylistic vulgarity and confesses he is no ‘good writer’, but rejects the charge of political inanity. He claims an aristocratic interpretation of history distinct from ‘señoritismo’ and asks whether republic might not mean rigour, will to a State, aristocracy.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Hemos procurado conocer la contestación del señor Ortega y Gasset a la carta de don Gabriel Maura que ayer publicábamos. El señor Ortega y Gasset nos ha rogado que reproduzcamos el párrafo textual donde aquella «frase huera» aparecía. Es, en efecto, el último de su famoso artículo «El error Berenguer». Helo aquí:

«Por tanto, si el Régimen la aceptó obligado —la Dictadura— razón de más para que al terminar se hubiese, con leal entereza, con natural efusión, abrazado al pueblo y le hubiese dicho: Hemos padecido una incalculable desdicha. La normalidad que constituía la unión civil de los españoles se ha roto. La continuidad de la historia legal se ha quebrado. No existe el Estado español. ¡Españoles: reconstruid vuestro Estado!»

«Como ven ustedes —nos comunica literalmente nuestro colaborador— la frase “que el Rey se echase en brazos del pueblo” forma parte de una frase más amplia, donde se declara un poco el sentido de aquélla. La expresión misma es literalmente muy vulgar y sin ningún refinamiento. Si don Gabriel Maura hubiera dicho esto me habría inclinado y reconocido lo certero de su juicio estético. Caídas semejantes abundan en mi escritura por la sencilla razón de que yo no soy lo que se llama un “buen escritor”, y en los círculos literarios consta de sobra que no pretendo ser tenido por tal. Aparte congénitas insuficiencias, me lo impide mi manera de producir bajo un gravamen de ocupaciones, que resultan más bien excesivas. Escribo en un rincón del día, y a matacaballo, y en El Sol saben que no he corregido jamás mi prosa, la cual, redactada a altas velocidades, no suele llevar tampoco rectificaciones manuscritas. Sobre todo, los artículos políticos van sin que yo revise siquiera las pruebas con el fin de evitar las erratas de imprenta. Harto veo que esta conducta es reprobable; pero, por otra parte, no tiene remedio: mi vida es demasiado apretada, y bien quisiera poseer los ocios de un procónsul romano para escribir con acribia “párrafos indolentes con un estilete de oro donde danza la languidez del sol”.

»Pero don Gabriel Maura no califica esa expresión de estéticamente “huera”, sino de políticamente inane y con un “misterioso contenido”. En esto hay ya falta de derechura y voluntad denigratoria. Porque leído ese párrafo, que resume todo el artículo, no resulta su sentido demasiado enigmático. Frente al error de querer birlar la discontinuidad radical de la ley pública, la absoluta anormalidad en que se ha caído, intentando soluciones “normales” que dan aquel enorme hecho por inexistente, se declara allí que hubiera sido el acierto recurrir al conjunto de los ciudadanos y restaurar en unas Cortes Constituyentes la legalidad triturada. La cosa sería sencilla como “¡buenos días!”, en cualquier país donde los grupos que representa o cuyo apoyo acepta don Gabriel Maura no considerasen que pueden impunemente deshacer una Constitución, pero que hacer otra es un crimen o poco menos.

»Entusiasta de una interpretación aristocrática de la historia humana, no es del todo fácil encontrar un escritor suelto y sin arrimos que haya halagado menos que yo a las muchedumbres —sean éstas obreras, periodísticas, estudiantiles, “aristocráticas” o financieras. Hablo a su tiempo del “pueblo”, pero no soy muy populachero. Todo esto fingen ahora olvidar esos señores, cuya única posibilidad de triunfo es que las realidades queden mágicamente borradas. Pero el verdadero aristocratismo, a diferencia del “señoritismo”, siente siempre al “pueblo” como su elemento recíproco. Por eso, tal vez, una de las damas más auténticamente aristócratas que ha habido en el último período español fue aquella “ricahembra” de Toledo que quiso morir y murió —simbólicamente— en brazos de uno de sus pastores, como su antepasado el conde de Orgaz en brazos del santo africano.

»Una de las desdichas profundas de nuestra España, sobre todo de la actual, es la escasez de almas sustancialmente aristocráticas. Su hueco lo ha ocupado el espíritu “señoritil”. Y ese siente vahídos en cuanto tropieza con una frase en donde aparece la palabra “pueblo”.

»Comprendo que irrite mi actuación. ¿Cómo un escritor antimultitudinario puede ser, a la vez, republicano? ¿Entonces, “república” significa, o al menos puede significar, orden, rigor, sacro imperio, voluntad de un Estado —en suma: aristocracia?… Aristocracia es, por lo pronto, fair play, juego limpio».

Publicado sin firma, El Sol, 21 de marzo de 1931