Ortega y Gasset
Abstract
A presentation of Max Weber’s study on the social causes of the decline of ancient culture, translated in the Revista de Occidente. Ortega prefaces it with a meditation on decadences (Spengler, Europe’s new fear of death, Nietzsche’s ‘melancholy of eternal constructions’) and summarizes Weber’s economic thesis: Rome moves from wars for land to wars for slaves, and the latifundium structure shifts ancient life from the coast to the hinterland.
Connections
Assi: Senso della storia
Posizioni: decadenza
Concetti: lavoro
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
La Revista de Occidente, en su número XXXVII, realiza un deseo que desde hace años sentía: ofrecer a los lectores españoles una versión del espléndido estudio de Max Weber sobre las Causas sociales de la decadencia de la cultura antigua. Aunque Spengler no hubiera lanzado su libro apocalíptico, la situación de Europa predisponía toda mente alerta para una meditación de las decadencias. El ocaso de un enorme organismo histórico es el hecho de mayores dimensiones dramáticas que puede ofrecerse al hombre. Mayor que él, sólo sería la agonía sideral de nuestro planeta, su muerte como astro; pero a tan grande espectáculo no estamos invitados. Por eso digo que el fenecimiento de una civilización es, para el hombre, la escena más saturada de melancolía.
Bien o mal, nos hemos habituado a la idea de que nuestra individualidad habrá de aniquilarse; pero nos resistimos a admitir que la sociedad donde aquélla iba inserta y como arraigada puede morir también. Esto nos acongoja más gravemente y duplica nuestra mortalidad. La sociedad en que vivimos es nuestro suelo, nuestro espacio moral, y nos parece que al morir queda en él de alguna manera nuestro hueco. La imagen de que ese hueco desaparezca también en todo el cuerpo social, que nos rodeó y sostuvo, da el último golpe a nuestra muerte y nos hace morir del todo. Ya sólo cabe la supervivencia abstracta que la fe religiosa propone al creyente: una inmortalidad transmundana y etérea, que para sustentarse tiene que soltar el lastre de nuestra figura histórica.
El pavor que este pensamiento sugiere inspira al hombre automáticamente la tendencia a creer que su civilización no morirá. Recuérdese la certidumbre con que el europeo de hace veinte años daba como definitiva la forma europea del mundo. Se pensaba que era ya imposible una cesura histórica como aquélla atroz en que sucumbió el Imperio romano. Y, sin embargo, los hechos del último decenio han hecho vacilar esta convicción. Europa siente que su impulso mengua y entrevé por vez primera el peligro de muerte. De aquí que haya surgido en todas partes, espontáneamente, el tema de las decadencias. ¿Ha sido un bien, ha sido un mal suscitar tan grave cuestión? Hay temperamentos que al contacto con el peligro aumentan su vitalidad. Son los mejores. La existencia amenazada, llena de inminencias, cobra nuevo sabor. Lo demasiado seguro y estable que se alza con un gesto de invulnerable eternidad produce en nosotros una específica angustia. Si hay la melancolía de las ruinas, existe también lo que Nietzsche llamaba la melancolía de las construcciones eternas que se apoderaba del provincial cuando iba a Roma y contemplaba los edificios imperiales. Un mundo en que nada puede cambiar ni nada cabe emprender sería un sepulcro.
El estudio de Max Weber, escrito bastantes años antes que el libro de Spengler, lleva una intención opuesta a la de éste. En vez de mostrar lo que hay de semejante entre la cultura antigua y la nuestra, se propone marcar su diferencia esencial. El título del estudio no es, tal vez, adecuado. De las «causas sociales» apenas si analiza más que una: la económica. Pero ésta aparece tan claramente desarrollada, que es una verdadera delicia intelectual seguir con la mirada el denso resumen formulado por Weber.
Roma es un pueblo de campesinos guerreros. Combaten para ganar tierras. Sus dotes geniales de mando y batalla dan frutos tan superlativos que pronto los campos conquistados exceden a las fuerzas para labrarlos. La cultura antigua no llegó a la máquina. No cuenta con más instrumento de trabajo que el hombre y el animal doméstico. Esto movió a una segunda época de guerras en que ya no se busca ganar glebas, sino esclavos —el instrumentum vocale, el utensilio parlante. Pero esto trae consigo la progresiva desaparición del pequeño propietario, que había sido a la vez el primer conquistador. No puede luchar con el capitalista de esclavos. El mundo romano se constituye en enormes latifundios.
La nueva estructura económica trae consigo un completo desplazamiento de la existencia antigua. Había sido ésta una vida costera en que el comercio, nunca muy intenso, servía de nexo y ligamen entre las ciudades. La nueva agricultura traslada al hinterland la gravitación social. Pero en las tierras no hay comercio ni medios de ejercitarlo. Los caminos son calzadas militares y administrativas. (El camino militar calzado se llamó originariamente pons; los ingenieros mágicos se llamaron pontífices). Sólo existía el canje entre la industria urbana y los productos del campo próximo. Pero el pequeño propietario, no pudiendo competir con el latifundio, comienza a cubrir por sí mismo todas sus necesidades. Ya no compra en la ciudad. Se aísla en su gleba. Por otra parte, el ciudadano rico se surte de sus propios oficiales. Consecuencia: el obrero industrial urbano que nunca había sido muy numeroso, pierde toda importancia y comienza la emigración al campo.
Este sencillo ciclo de marea resume la historia antigua en su haz económico. Se inicia formando las urbes: el campesino va a la ciudad. Los sinoikismos o ayuntamientos que originan siempre la ciudad clásica, no consisten en otra cosa. Los propietarios ricos del primer tiempo se van a vivir juntos en civilidad; ellos forman las «gentes», el «senado». A este flujo sigue el reflujo; la ciudad es reabsorbida por el campo. El gran propietario, con excepción de las viejas familias romanas, se recluye en su villa, en su latifundio, donde acaba por ejercer autoridad y hacerse señor. De este modo, el Imperio queda atomizado, casi literalmente hecho polvo.
Pero las fabulosas conquistas imperiales requieren un ejército gigantesco, y este ejército, una cantidad muy grande de numerario. El Estado aprieta entonces a las ciudades, único lugar donde los últimos restos de comercio en moneda perduran. El campo, compuesto de islillas económicas, cada una de las cuales se basta a sí misma, ha vuelto al comercio en especie. La vida en la urbe se hace imposible. Los ricos son obligados a ejercer los cargos municipales y tienen que responder con su fortuna del contingente municipal ante el erario. Otro motivo para la fuga al campo.
En esto las guerras han llegado a la expansión máxima. Se ha acabado la caza de esclavos. El utensilio humano escasea y se encarece. La economía antigua se estrangula a sí misma.
La escasez de mano de obra obliga a no permitir trashumar al obrero ni al esclavo: quedan adscritos a la gleba. Pero, a la par, el Estado renuncia a extraer del campo soldados y se entrega a las razas extremas del Imperio, a las menos romanizadas. El ejército se hace puramente mercenario, con lo cual aumenta el presupuesto de guerra, al paso que hay menos numerario en el mundo. Como dice Weber, toda la política del Imperio en sus últimos siglos es buscar dinero.
Entretanto, los bárbaros fatigan el flanco norte del enorme cuerpo romano. ¿Cómo sostener con ejércitos interiores el limes, el valladar que corre de las Islas Británicas al Cáucaso? Llegó un momento en que no hubo más remedio que buscar en los mismos bárbaros a los defensores. Los germanos pedían tierras, y el Imperio, haciéndoles pasar los grandes ríos fronterizos, los alojaba en su propio cuerpo, encargándoles de la defensa.
Éste fue el final. Como se ve, no hubo tal irrupción. Fue, al contrario, una absorción que el Imperio realizó a fin de poder respirar militarmente. Sus defensores, inevitablemente, acabaron por hacerse sus dueños. Por eso decía Schopenhauer que el Estado debe prevenir «la defensa frente a los enemigos extraños, la defensa frente a los enemigos interiores, y, por fin, la defensa frente a sus defensores».
II
La doctrina de Weber sobre la muerte de Roma puede resumirse así: la economía romana respira esclavitud. Cuando los esclavos faltan, el pez imperial muere ahogado. Conviene, sin embargo, advertir que Weber no pretende analizar en la integridad de sus factores la decadencia de Roma. No es un historiador materialista que reduzca al proceso económico los destinos de un pueblo. Precisamente ha sido nuestro maestro sin par en el arte de descubrir el maravilloso entrecruzamiento de las «causas» dentro de la realidad histórica. La economía influye en todo, claro está. Por eso se puede proyectar la historia entera de un pueblo sobre el plano económico, como la bola del mundo en el planisferio. Pero también es verdad la viceversa. En la economía influye, a su vez, todo. Por ejemplo, lo más remoto de ella en apariencia: la religión. Uno de los magnos trabajos de este magistral autor ha sido justamente volver del revés la tesis marxista y mostrar cómo la religión contribuye a regir el proceso económico. Una raza budista usará coeteris paribus diferente economía que el pueblo israelita.
No es, pues, la intención de Weber decir: porque la economía romana fue tal, Roma sucumbió; sino más bien esto otro: porque Roma fue como fue se desarrolló en ella un proceso económico morboso que acaba estrangulándose a sí mismo. No aspira a revelarnos por qué muere, sino cómo es su muerte mirada por el haz económico.
I
The Revista de Occidente, in its issue XXXVII, fulfills a desire it had felt for years: to offer Spanish readers a version of Max Weber’s splendid study on the Social causes of the decline of ancient culture. Even had Spengler not launched his apocalyptic book, the situation of Europe predisposed every alert mind to a meditation on declines. The sunset of an enormous historical organism is the fact of the greatest dramatic dimensions that can be offered to man. Greater than it, only the sidereal agony of our planet would be, its death as a star; but to so great a spectacle we are not invited. For this reason I say that the perishing of a civilization is, for man, the scene most saturated with melancholy.
Well or ill, we have accustomed ourselves to the idea that our individuality will have to be annihilated; but we resist admitting that the society in which it went inserted and, as it were, rooted, can also die. This distresses us more gravely and doubles our mortality. The society in which we live is our soil, our moral space, and it seems to us that upon dying there remains in it in some way our empty place. The image that that empty place should disappear also throughout the whole social body, which surrounded and sustained us, gives the last blow to our death and makes us die altogether. Only the abstract survival that religious faith proposes to the believer now remains: a transmundane and ethereal immortality, which, to sustain itself, has to drop the ballast of our historical figure.
The dread that this thought suggests automatically inspires in man the tendency to believe that his civilization will not die. Let one recall the certainty with which the European of twenty years ago gave as definitive the European form of the world. It was thought that a historical caesura like that atrocious one in which the Roman Empire succumbed was already impossible. And, nevertheless, the facts of the last decade have made this conviction waver. Europe feels that its impulse wanes and glimpses for the first time the danger of death. Hence the theme of declines has arisen everywhere, spontaneously. Has it been a good, has it been an evil to raise so grave a question? There are temperaments that, at contact with danger, increase their vitality. They are the best. The threatened existence, full of imminences, acquires a new savor. That which is too secure and stable, rising with a gesture of invulnerable eternity, produces in us a specific anguish. If there is the melancholy of ruins, there exists also what Nietzsche called the melancholy of eternal constructions, which took hold of the provincial when he went to Rome and contemplated the imperial buildings. A world in which nothing can change and nothing can be undertaken would be a sepulcher.
Max Weber’s study, written quite a few years before Spengler’s book, carries an intention opposite to that of the latter. Instead of showing what is similar between ancient culture and ours, it proposes to mark their essential difference. The title of the study is not, perhaps, adequate. Of the «social causes» it scarcely analyzes more than one: the economic. But this one appears so clearly developed that it is a veritable intellectual delight to follow with the eye the dense summary formulated by Weber.
Rome is a people of warrior peasants. They fight to win lands. Their genial gifts of command and battle bear such superlative fruits that soon the conquered fields exceed the forces to till them. Ancient culture did not arrive at the machine. It counts on no more instrument of work than man and the domestic animal. This moved to a second epoch of wars in which one no longer seeks to win clods, but slaves —the instrumentum vocale, the speaking utensil. But this brings with it the progressive disappearance of the small owner, who had been at once the first conqueror. He cannot fight with the capitalist of slaves. The Roman world constitutes itself in enormous latifundia.
The new economic structure brings with it a complete displacement of ancient existence. This had been a coastal life in which commerce, never very intense, served as nexus and bond between the cities. The new agriculture transfers to the hinterland the social gravitation. But in the lands there is no commerce nor means of exercising it. The roads are military and administrative causeways. (The paved military road was originally called pons; the magical engineers were called pontiffs). There existed only the exchange between urban industry and the products of the nearby countryside. But the small owner, not being able to compete with the latifundium, begins to cover by himself all his needs. He no longer buys in the city. He isolates himself on his clod. On the other hand, the rich citizen supplies himself from his own craftsmen. Consequence: the urban industrial worker, who had never been very numerous, loses all importance, and the emigration to the countryside begins.
This simple tidal cycle sums up ancient history in its economic bundle. It begins by forming the cities: the peasant goes to the city. The synoecisms or municipalities that always originate the classical city consist in nothing else. The rich owners of the first period go to live together in civility; they form the «gentes», the «senate». This flow is followed by the ebb; the city is reabsorbed by the countryside. The great owner, with the exception of the old Roman families, shuts himself up in his villa, in his latifundium, where he ends by exercising authority and becoming a lord. In this way, the Empire remains atomized, almost literally made into dust.
But the fabulous imperial conquests require a gigantic army, and this army, a very large quantity of currency. The State then presses the cities, the only place where the last remnants of trade in money endure. The countryside, composed of economic islets, each of which suffices to itself, has returned to trade in kind. Life in the city becomes impossible. The rich are obliged to exercise the municipal offices and have to answer with their fortune for the municipal contingent before the treasury. Another motive for the flight to the countryside.
In this the wars have reached their maximum expansion. The hunting of slaves has come to an end. The human utensil grows scarce and dearer. The ancient economy strangles itself.
The scarcity of labor forces one not to allow the worker or the slave to move about: they remain bound to the soil. But, at the same time, the State renounces drawing soldiers from the countryside and gives itself to the extreme races of the Empire, to the least Romanized. The army becomes purely mercenary, whereby the war budget increases, while there is less currency in the world. As Weber says, all the policy of the Empire in its last centuries is to seek money.
Meanwhile, the barbarians tire the northern flank of the enormous Roman body. How to sustain with interior armies the limes, the rampart that runs from the British Isles to the Caucasus? A moment came in which there was no remedy but to seek in the very barbarians the defenders. The Germans asked for lands, and the Empire, making them cross the great frontier rivers, lodged them in its own body, charging them with the defense.
This was the end. As one sees, there was no such irruption. It was, on the contrary, an absorption that the Empire carried out in order to be able to breathe militarily. Its defenders, inevitably, ended up becoming its masters. For this reason Schopenhauer said that the State must prevent «defense against foreign enemies, defense against interior enemies, and, finally, defense against its defenders».
II
Weber’s doctrine on the death of Rome can be summed up thus: the Roman economy breathes slavery. When slaves are lacking, the imperial fish dies drowned. It is fitting, however, to note that Weber does not pretend to analyze the decline of Rome in the integrity of its factors. He is not a materialist historian who reduces the destinies of a people to the economic process. Precisely he has been our unrivalled master in the art of discovering the marvelous intertwining of the «causes» within historical reality. The economy influences everything, to be sure. For this reason one can project the whole history of a people onto the economic plane, like the globe of the world onto the planisphere. But the converse is also true. In the economy, everything, in turn, influences. For example, that which in appearance is most remote from it: religion. One of the great works of this masterful author has been precisely to turn the Marxist thesis inside out and show how religion contributes to governing the economic process. A Buddhist race will use, coeteris paribus, a different economy than the Israelite people.
It is not, then, Weber’s intention to say: because the Roman economy was such, Rome succumbed; but rather this other thing: because Rome was as it was, there developed in it a morbid economic process that ends up strangling itself. He does not aspire to reveal to us why it dies, but what its death is like looked at from the economic bundle.
I
La Revista de Occidente, nel suo numero XXXVII, realizza un desiderio che da anni sentiva: offrire ai lettori spagnoli una versione del splendido studio di Max Weber sulle Cause sociali della decadenza della cultura antica. Se anche Spengler non avesse lanciato il suo libro apocalittico, la situazione dell’Europa predisponeva ogni mente vigile a una meditazione delle decadenze. Il tramonto di un enorme organismo storico è il fatto di maggiori dimensioni drammatiche che possa offrirsi all’uomo. Più grande di esso, solo sarebbe l’agonia siderale del nostro pianeta, la sua morte come astro; ma a così grande spettacolo non siamo invitati. Per questo dico che il perire di una civiltà è, per l’uomo, la scena più satura di malinconia.
Bene o male, ci siamo abituati all’idea che la nostra individualità dovrà annientarsi; ma ci resistiamo ad ammettere che la società dove quella andava inserita e come radicata possa morire anche lei. Questo ci angoscia più gravemente e duplica la nostra mortalità. La società in cui viviamo è il nostro suolo, il nostro spazio morale, e ci sembra che morendo resti in esso in qualche modo il nostro vuoto. L’immagine che quel vuoto scompaia anche in tutto il corpo sociale, che ci circondò e sostenne, dà l’ultimo colpo alla nostra morte e ci fa morire del tutto. Ormai resta solo la sopravvivenza astratta che la fede religiosa propone al credente: un’immortalità transmondana ed eterea, che per sostenersi deve mollare la zavorra della nostra figura storica.
Il terrore che questo pensiero suggerisce ispira automaticamente all’uomo la tendenza a credere che la sua civiltà non morirà. Si ricordi la certezza con cui l’europeo di vent’anni fa dava come definitiva la forma europea del mondo. Si pensava che fosse ormai impossibile una cesura storica come quella atroce in cui soccombette l’Impero romano. E, tuttavia, i fatti dell’ultimo decennio hanno fatto vacillare questa convinzione. L’Europa sente che il suo impulso scema e intravede per la prima volta il pericolo di morte. Di qui che sia sorto dappertutto, spontaneamente, il tema delle decadenze. È stato un bene, è stato un male suscitare così grave questione? Ci sono temperamenti che al contatto col pericolo aumentano la loro vitalità. Sono i migliori. L’esistenza minacciata, piena di imminenze, acquista nuovo sapore. Il troppo sicuro e stabile che si leva con un gesto di invulnerabile eternità produce in noi una specifica angoscia. Se c’è la malinconia delle rovine, esiste anche ciò che Nietzsche chiamava la malinconia delle costruzioni eterne che s’impadroniva del provinciale quando andava a Roma e contemplava gli edifici imperiali. Un mondo in cui nulla può cambiare né nulla si può intraprendere sarebbe un sepolcro.
Lo studio di Max Weber, scritto parecchi anni prima del libro di Spengler, porta un’intenzione opposta a quella di quest’ultimo. Invece di mostrare ciò che c’è di simile tra la cultura antica e la nostra, si propone di marcarne la differenza essenziale. Il titolo dello studio non è, forse, adeguato. Delle «cause sociali» appena se ne analizza più di una: l’economica. Ma questa appare tanto chiaramente sviluppata, che è una vera delizia intellettuale seguire con lo sguardo il denso riassunto formulato da Weber.
Roma è un popolo di contadini guerrieri. Combattono per guadagnare terre. Le loro doti geniali di comando e battaglia danno frutti tanto superlativi che presto i campi conquistati eccedono le forze per coltivarli. La cultura antica non giunse alla macchina. Non conta su più strumento di lavoro che l’uomo e l’animale domestico. Questo mosse a una seconda epoca di guerre in cui non si cerca più di guadagnare glebe, ma schiavi —l’instrumentum vocale, l’utensile parlante. Ma questo porta con sé la progressiva scomparsa del piccolo proprietario, che era stato a un tempo il primo conquistatore. Non può lottare col capitalista di schiavi. Il mondo romano si costituisce in enormi latifondi.
La nuova struttura economica porta con sé un completo spostamento dell’esistenza antica. Questa era stata una vita costiera in cui il commercio, mai molto intenso, serviva da nesso e legame tra le città. La nuova agricoltura traslada all’hinterland la gravitazione sociale. Ma nelle terre non c’è commercio né mezzi per esercitarlo. I cammini sono strade militari e amministrative. (Il cammino militare selciato si chiamò originariamente pons; gli ingegneri magici si chiamarono pontefici). Esisteva solo il cambio tra l’industria urbana e i prodotti del campo vicino. Ma il piccolo proprietario, non potendo competere col latifondo, comincia a coprire da sé stesso tutte le sue necessità. Non compra più in città. Si isola nella sua gleba. D’altra parte, il cittadino ricco si fornisce dai suoi propri artigiani. Conseguenza: l’operaio industriale urbano che non era mai stato molto numeroso, perde ogni importanza e comincia l’emigrazione al campo.
Questo semplice ciclo di marea riassume la storia antica nel suo fascio economico. Si inizia formando le urbi: il contadino va in città. I sinoikismi o comuni che originano sempre la città classica, non consistono in altro. I proprietari ricchi del primo tempo vanno a vivere insieme in vita civile; essi formano le «gentes», il «senato». A questo flusso segue il riflusso; la città è riassorbita dal campo. Il grande proprietario, con eccezione delle vecchie famiglie romane, si reclude nella sua villa, nel suo latifondo, dove finisce per esercitare autorità e farsi signore. In questo modo, l’Impero resta atomizzato, quasi letteralmente fatto polvere.
Ma le favolose conquiste imperiali richiedono un esercito gigantesco, e questo esercito, una quantità molto grande di numerario. Lo Stato stringe allora le città, unico luogo dove perdurano gli ultimi resti di commercio in moneta. Il campo, composto di isolette economiche, ciascuna delle quali basta a sé stessa, è tornato al commercio in natura. La vita nell’urbe si fa impossibile. I ricchi sono obbligati a esercitare le cariche municipali e devono rispondere col loro fortuna del contingente municipale dinanzi all’erario. Un altro motivo per la fuga al campo.
In questo le guerre sono giunte all’espansione massima. È finita la caccia agli schiavi. L’utensile umano scarseggia e si rincara. L’economia antica si strangola da sé stessa.
La scarsità di manodopera obbliga a non permettere né all’operaio né allo schiavo di transumare: restano ascritti alla gleba. Ma, a un tempo, lo Stato rinuncia a estrarre dal campo soldati e si consegna alle razze estreme dell’Impero, alle meno romanizzate. L’esercito si fa puramente mercenario, con che aumenta il bilancio di guerra, mentre c’è meno numerario nel mondo. Come dice Weber, tutta la politica dell’Impero nei suoi ultimi secoli è cercare denaro.
Frattanto, i barbari affaticano il fianco nord dell’enorme corpo romano. Come sostenere con eserciti interni il limes, il vallo che corre dalle Isole Britanniche al Caucaso? Giunse un momento in cui non ci fu più rimedio che cercare negli stessi barbari i difensori. I germani chiedevano terre, e l’Impero, facendo loro passare i grandi fiumi di frontiera, li alloggiava nel suo proprio corpo, incaricandoli della difesa.
Questo fu la fine. Come si vede, non ci fu tale irruzione. Fu, al contrario, un’assorbimento che l’Impero realizzò al fine di poter respirare militarmente. I suoi difensori, inevitabilmente, finirono per farsene padroni. Per questo diceva Schopenhauer che lo Stato deve prevedere «la difesa dinanzi ai nemici stranieri, la difesa dinanzi ai nemici interiori, e, infine, la difesa dinanzi ai suoi difensori».
II
La dottrina di Weber sulla morte di Roma può riassumersi così: l’economia romana respira schiavitù. Quando gli schiavi mancano, il pesce imperiale muore annegato. Conviene, tuttavia, avvertire che Weber non pretende analizzare nell’integrità dei suoi fattori la decadenza di Roma. Non è uno storico materialista che riduca al processo economico i destini di un popolo. Precisamente è stato il nostro maestro senza pari nell’arte di scoprire il meraviglioso intrecciarsi delle «cause» dentro la realtà storica. L’economia influisce su tutto, è chiaro. Per questo si può proiettare la storia intera di un popolo sul piano economico, come la palla del mondo nel planisfero. Ma è vero anche il viceversa. Nell’economia influisce, a sua volta, tutto. Per esempio, ciò che in apparenza le è più remoto: la religione. Uno dei magni lavori di questo magistrale autore è stato appunto rivoltare la tesi marxista e mostrare come la religione contribuisca a reggere il processo economico. Una razza buddista userà coeteris paribus diversa economia del popolo israelita.
Non è, dunque, l’intenzione di Weber dire: perché l’economia romana fu tale, Roma soccombette; ma piuttosto quest’altro: perché Roma fu come fu si sviluppò in essa un processo economico morboso che finisce per strangolarsi da sé stesso. Non aspira a rivelarci perché muore, ma come sia la sua morte guardata dal fascio economico.
Nadie ha explicado todavía por qué un gran organismo histórico llega al aniquilamiento. De lo único que podemos estar seguros es de que cuanto mayor sea aquél, menos poder tendrán sobre él las causas externas. Un Municipio puede ser destruido por un terremoto o por una epidemia. Una pequeña nación puede sucumbir en unas cuantas batallas. Pero todo un «mundo», como fue Roma, está inmunizado para accidentes parejos. Tiene, pues, razón Weber cuando empieza su ensayo diciendo: «El Imperio romano no se derrumbó por causas exteriores, tal vez como consecuencia de una evidente superioridad de sus enemigos». Los «mundos» sólo mueren de muerte natural. Dentro de ellos hay que buscar los asesinos. No hay, pues, irrupción de los bárbaros. Esta idea, tan de viejo cuadro histórico, fue inventada por los literatos de la decadencia romana, que eran, como suelen ser los literatos de todas las épocas difíciles, superlativamente reaccionarios. Incapaces de crear cultura, llamaban así a la tradicional. Cuando los escritores tenían todavía talento —Tácito, por ejemplo—, entrevén que lo verdaderamente nuevo, progresivo, es el bárbaro, aunque o, precisamente, porque ni tiene Senado ni compone párrafos ciceronianos. Esta intuición fresca y abierta a lo real se pierde muy pronto y los literatos vuelven a creer que el progreso es el Senado y la elocuencia. Siempre se ha repetido el mismo curioso fenómeno: los «progresistas» de ayer son los más nocivos reaccionarios de hoy, los que impiden la verdadera acomodación a lo absolutamente nuevo que el tiempo aporta. Son progresistas en línea recta. Los chinos creen que los diablos avanzan sólo rectilíneamente, y por eso, les basta poner un biombo ante la puerta de la habitación para que el tozudo diablo tenga que detenerse. De aquí también el encorvamiento de los tejados: el diablo, al deslizarse por ellos, no puede caer a tierra, sino que sale despedido otra vez en línea recta hacia el espacio, como la pelota de la cesta vasca. El buen literato de decadencia se dedica a componer acrósticos indolentes mientras ve llegar a los grandes bárbaros blancos. Luego se queja e inventa la irrupción en largas elegías verbipotentes, mientras los pueblos salían a recibir a las huestes francas o godas como a salvadores.
La verdad es que ya en tiempo de Alejandro Severo, en el ejército no había romanos ni casi latinos. Los mejores soldados eran germanos, y en el antiguo marco de la legión comienza a articularse el sentimiento feudal.
Pero la frase de Weber antes transcrita añade algo que no comprendo bien: «El Imperio romano no se derrumbó por causas exteriores, tal vez como consecuencia de una evidente superioridad de sus enemigos o de la incapacidad de sus conductores políticos». Sorprende de que la incapacidad de los conductores políticos sea considerada como una causa externa. Si por capaz se entiende sólo la figura genial —y a ello apunta extrañamente Weber nombrando a Estilicón—, no hay duda que su advenimiento o su ausencia son puro azar, y, por tanto, hechos externos al destino íntimo de un pueblo. Pero los genios no son la potencia decisiva en historia —quede para otra vez la precisión de este pensamiento—, sino que, por el contrario, el factor decisivo es el tipo medio de los individuos. Aun en los casos de aspecto absolutista no son nunca uno o varios hombres quienes conducen un pueblo, sino clases enteras de que aquél o aquéllos son el exponente y el símbolo.
Pues bien: el tipo medio del romano es, desde tiempos de César, evidentemente incapaz para la colosal misión que le incumbía. Los romanos tuvieron siempre el don de mando, un talento específico que no debe confundirse con otras calidades próximas. Pero fueron de sólito muy poco inteligentes. (Aproximadamente, los mismos síntomas que presenta el inglés). Mientras bastó con las dotes de mando, floreció la historia romana; mas en cuanto las circunstancias se fueron haciendo más apretadas, más sutiles y exigían una dosis mayor de agilidad mental, de plasticidad intelectual, comenzaron a fallar. En Roma no había más que políticos en seco, sin atmósfera intelectual ideológica, científica. Aquellos magistrados poseían unas cabezas de sillería como la empleada en sus formidables edificios. Vivían de ciertas ideas elementales y «eternas», que habían inspirado la vida romana desde su iniciación. Sería interesante y nada difícil mostrar cómo paso a paso, desde tiempo de los Gracos, la realidad se va apartando de las ideas canónicas alojadas en la inmutable testa del romano. La distancia es cada vez mayor, hasta hacerse prácticamente absoluta. En su esencia última, las instituciones son en tiempo de Diocleciano las mismas que en tiempo de Escipión. El romano no inventa.
Yo he sostenido que en los últimos dos siglos de Europa la política ha padecido un exceso de intelectualidad, con perjuicio de las dotes imperativas. El caso de Roma es perfectamente inverso: sobra de don de mando —terquedad, dureza y soberbia— y falta de aquel mínimo de deporte intelectual que mantiene alerta el espíritu y le permite modelarse blanda y exactamente sobre la cambiante realidad. En esto, como en todo lo vital, el acierto es cuestión de tacto y mesura. Ni política de ideas, ni política sin ideas.
Pero conviene describir concretamente, siquiera sea en esquema, esa limitación de la mente romana que le impidió inventar modos de gobierno donde la realidad se holgase fructuosamente. Ello dejará en el ánimo como un dibujo ideal de la ecuación perfecta en que debe hallarse el don de mando y la agudeza intelectual. Siempre he sido hostil a Platón, porque sostuvo que los filósofos debían gobernar. ¿Qué mal habían hecho a Platón para desearles semejante destino? Preferible es que los filósofos se ocupen sólo en pensar y que, de cuando en cuando, los gobernantes lean lo que los filósofos han pensado, no para hacerles caso —¡eso de ninguna manera!—, sino tan sólo por vía gimnástica y como puro ejercicio.
III
Sabido es que el Mediterráneo no da a gusto otros frutos políticos que el Estado—Ciudad, la Polis, una urbe con su breve cinturón de campiña en derredor que se otea desde la plaza ciudadana. La urbe es, ante todo, esto: plazuela, foro, ágora. Lugar para la conversación, la disputa, la elocuencia, la política. En rigor, la urbe clásica no debía tener casas, sino sólo las fachadas que son necesarias para cerrar una plaza, escena artificial que el animal político acota sobre el espacio agrícola. Esto fue Roma también. A esto tendería, abandonado a sí mismo, nuestro Levante. Siempre que se le deja, echa a correr hacia el cantonalismo.
El Estado romano es una democracia, bien que aristocrática. El pueblo —populus— decide, mediante elecciones periódicas, de los destinos nacionales.
El campesino viene a votar a la ciudad, en persona. Perfectamente. ¡El ideal de la democracia! Pero he aquí que Roma conquista el Lacio. Al cabo de poco tiempo, y a fin de asegurar la solidaridad de los latinos, les otorga la ciudadanía. Ya tenemos con esto la primera incongruencia entre la forma política romana y la realidad social bajo ella. Porque el Lacio no es ya la franja rural en torno a la urbe. Es una ancha provincia. ¿Cómo pretender que los ciudadanos latinos vengan a votar a la ciudad? Inevitablemente empieza a crearse un número de electores profesionales que suplantan la voluntad ausente de los lejanos. La urbe propiamente tal ha crecido. Se ha formado en ella una plebe numerosa, que formará el material votante sobre el cual van a ejercer sus manejos los inquietos, los ambiciosos, los díscolos.
Pero he aquí que Roma conquista toda Italia. Los italiotas —como en su tiempo los latinos— aparecen primero bajo la especie de aliados. Esto quiere decir que soportan todas las cargas y no tienen casi ningún derecho. En este momento sobrevienen los Gracos, cabezas confusas de revolucionarios siglo XIX. No saben bien lo que quieren ni lo que no quieren. Valientes y torpes, ambiciosos y a la par generosos, pertenecen a ese tipo de hombres nacidos para disparar juntos todos los problemas y no resolver ninguno. Son mentes vagas, almas patéticas, atraídas teatralmente por gesticulaciones heroicas que han visto antes en libros. Los Gracos se embriagan hablando, por cierto, muy bien, a lo Chateaubriand, en tiradas sentimentales que producen la borrachera demagógica en la enorme plazuela de los comicios. Ello es que los Gracos desencadenan de golpe la tempestad de todos los conflictos latentes, y Roma no vuelve nunca a estar tranquila. Prometen a los italiotas la ciudadanía, revuelven a los pobres contra los ricos (ley agraria), indisponen a la burguesía (equites) contra los nobles (senatoriales). El primer resultado fue la rebelión de los aliados y la penosa guerra subsecuente.
Hubo un momento en que los aliados tuvieron ganada la partida. Entonces deciden crear frente a Roma otro Estado. Pero el Estado que forman es idéntico al romano. Las mismas instituciones, el mismo método electoral con presencia de cuerpo. Designaron como capital a Corfinium —si no padezco error.
No one has yet explained why a great historical organism arrives at annihilation. The only thing of which we can be sure is that the greater that one is, the less power external causes will have over it. A municipality can be destroyed by an earthquake or by an epidemic. A small nation can succumb in a few battles. But a whole «world», as Rome was, is immunized against such accidents. Weber is, then, right when he begins his essay by saying: «The Roman Empire did not collapse from external causes, perhaps as a consequence of an evident superiority of its enemies». «Worlds» die only of natural death. Within them one must seek the assassins. There is, then, no irruption of the barbarians. This idea, so much of the old historical picture, was invented by the men of letters of the Roman decline, who were, as the men of letters of all difficult epochs usually are, superlatively reactionary. Incapable of creating culture, they called thus the traditional one. When the writers still had talent —Tacitus, for example—, they glimpse that the truly new, progressive thing is the barbarian, although, or precisely because, he has neither Senate nor composes Ciceronian paragraphs. This fresh intuition, open to the real, is lost very soon, and the men of letters return to believing that progress is the Senate and eloquence. The same curious phenomenon has always repeated itself: the «progressives» of yesterday are the most noxious reactionaries of today, those who impede the true accommodation to the absolutely new that time brings. They are progressives in a straight line. The Chinese believe that devils advance only rectilinearly, and for this reason, it suffices them to place a screen before the door of the room for the stubborn devil to have to stop. Hence also the curving of the roofs: the devil, sliding over them, cannot fall to the ground, but is sent off again in a straight line toward space, like the ball of the Basque basket. The good man of letters of the decline devotes himself to composing indolent acrostics while he sees the great white barbarians arriving. Then he complains and invents the irruption in long word-weaving elegies, while the peoples went out to receive the Frankish or Gothic hordes as saviors.
The truth is that already in the time of Alexander Severus, in the army there were no Romans nor hardly Latins. The best soldiers were Germans, and in the old frame of the legion the feudal sentiment begins to articulate itself.
But the phrase of Weber transcribed before adds something I do not well understand: «The Roman Empire did not collapse from external causes, perhaps as a consequence of an evident superiority of its enemies or of the incapacity of its political leaders». It surprises that the incapacity of the political leaders should be considered as an external cause. If by capable one understands only the genial figure —and toward that Weber strangely points by naming Stilicho—, there is no doubt that his advent or his absence are pure chance, and, therefore, facts external to the intimate destiny of a people. But geniuses are not the decisive power in history —let the precision of this thought remain for another time— but, on the contrary, the decisive factor is the average type of the individuals. Even in the cases of absolutist aspect it is never one or several men who lead a people, but entire classes of which that one or those are the exponent and the symbol.
Well then: the average type of the Roman is, from the times of Caesar, evidently incapable for the colossal mission that fell to him. The Romans always had the gift of command, a specific talent that should not be confused with other neighboring qualities. But they were usually very little intelligent. (Approximately, the same symptoms that the Englishman presents). While the gifts of command sufficed, Roman history flourished; but as soon as the circumstances began to grow tighter, more subtle, and demanded a greater dose of mental agility, of intellectual plasticity, they began to fail. In Rome there were only dry politicians, without an intellectual, ideological, scientific atmosphere. Those magistrates possessed heads of ashlar like that employed in their formidable buildings. They lived on certain elementary and «eternal» ideas, which had inspired Roman life from its beginning. It would be interesting and nothing difficult to show how step by step, from the time of the Gracchi, reality goes separating itself from the canonical ideas lodged in the immutable head of the Roman. The distance is ever greater, until it becomes practically absolute. In its ultimate essence, the institutions are in the time of Diocletian the same as in the time of Scipio. The Roman does not invent.
I have maintained that in the last two centuries of Europe politics has suffered an excess of intellectuality, to the detriment of the imperative gifts. The case of Rome is perfectly inverse: there is a surplus of the gift of command —obstinacy, hardness, and pride— and a lack of that minimum of intellectual sport that keeps the spirit alert and allows it to model itself softly and exactly upon the changing reality. In this, as in everything vital, success is a question of tact and measure. Neither politics of ideas, nor politics without ideas.
But it is fitting to describe concretely, be it only in outline, that limitation of the Roman mind which prevented it from inventing modes of government in which reality could be fruitfully at ease. This will leave in the soul something like an ideal drawing of the perfect equation in which the gift of command and intellectual sharpness must be found. I have always been hostile to Plato, because he maintained that philosophers should govern. What harm had they done to Plato to wish upon them such a destiny? It is preferable that philosophers occupy themselves only in thinking and that, from time to time, rulers read what philosophers have thought, not to heed them —that, by no means!— but only by way of gymnastics and as pure exercise.
III
It is known that the Mediterranean gives, to one’s liking, no other political fruits than the City—State, the Polis, a city with its brief belt of countryside around that is espied from the city square. The city is, above all, this: little square, forum, agora. A place for conversation, dispute, eloquence, politics. Strictly, the classical city should not have had houses, but only the facades that are necessary to close a square, an artificial scene that the political animal demarcates over the agricultural space. This Rome also was. Toward this our Levante would tend, abandoned to itself. Whenever one leaves it, it starts running toward cantonalism.
The Roman State is a democracy, albeit an aristocratic one. The people —populus— decides, by means of periodic elections, the national destinies.
The peasant comes to vote in the city, in person. Perfectly. The ideal of democracy! But lo, Rome conquers Latium. After a short time, and in order to assure the solidarity of the Latins, it grants them citizenship. We already have with this the first incongruity between the Roman political form and the social reality beneath it. Because Latium is no longer the rural fringe around the city. It is a broad province. How to pretend that the Latin citizens should come to vote in the city? Inevitably there begins to be created a number of professional voters who supplant the absent will of the distant ones. The city as such has grown. There has formed in it a numerous plebs, which will form the voting material upon which the restless, the ambitious, the unruly are going to exercise their maneuvers.
But lo, Rome conquers all Italy. The Italiots —like the Latins in their time— appear first under the species of allies. This means that they bear all the burdens and have almost no rights. At this moment the Gracchi arrive, confused heads of nineteenth-century revolutionaries. They do not well know what they want nor what they do not want. Brave and clumsy, ambitious and at the same time generous, they belong to that type of men born to fire off all problems together and resolve none. They are vague minds, pathetic souls, theatrically attracted by heroic gesticulations they have seen before in books. The Gracchi get drunk speaking, by the way, very well, à la Chateaubriand, in sentimental tirades that produce the demagogic drunkenness in the enormous little square of the assemblies. The fact is that the Gracchi unleash at one blow the storm of all the latent conflicts, and Rome never returns to being calm. They promise citizenship to the Italiots, stir the poor against the rich (agrarian law), set the bourgeoisie (equites) against the nobles (senatorial class). The first result was the rebellion of the allies and the painful subsequent war.
There was a moment in which the allies had won the game. Then they decide to create, facing Rome, another State. But the State they form is identical to the Roman one. The same institutions, the same electoral method with bodily presence. They designated Corfinium as capital —unless I am mistaken.
Nessuno ha spiegato ancora perché un grande organismo storico giunga all’annientamento. Dell’unica cosa di cui possiamo essere sicuri è che quanto maggiore sia quello, tanto meno potere avranno su di esso le cause esterne. Un Municipio può essere distrutto da un terremoto o da un’epidemia. Una piccola nazione può soccombere in poche battaglie. Ma tutto un «mondo», come fu Roma, è immunizzato per accidenti pari. Ha, dunque, ragione Weber quando comincia il suo saggio dicendo: «L’Impero romano non crollò per cause esterne, forse come conseguenza di un’evidente superiorità dei suoi nemici». I «mondi» muoiono solo di morte naturale. Dentro di essi bisogna cercare gli assassini. Non c’è, dunque, irruzione dei barbari. Questa idea, tanto da vecchio quadro storico, fu inventata dai letterati della decadenza romana, che erano, come sogliono essere i letterati di tutte le epoche difficili, superlativamente reazionari. Incapaci di creare cultura, chiamavano così quella tradizionale. Quando gli scrittori avevano ancora talento —Tacito, per esempio—, intravedono che il veramente nuovo, progressivo, è il barbaro, sebbene o, precisamente, perché non ha né Senato né compone paragrafi ciceroniani. Questa intuizione fresca e aperta al reale si perde molto presto e i letterati tornano a credere che il progresso sia il Senato e l’eloquenza. Sempre si è ripetuto lo stesso curioso fenomeno: i «progressisti» di ieri sono i più nocivi reazionari di oggi, quelli che impediscono il vero accomodamento all’assolutamente nuovo che il tempo apporta. Sono progressisti in linea retta. I cinesi credono che i diavoli avanzino solo rettilineamente, e per questo, basta loro mettere un paravento dinanzi alla porta della stanza perché il tozzo diavolo debba fermarsi. Di qui anche l’incurvamento dei tetti: il diavolo, scivolando per essi, non può cadere a terra, ma viene sbalzato di nuovo in linea retta verso lo spazio, come la palla della cesta vasca. Il buon letterato di decadenza si dedica a comporre acrostici indolenti mentre vede arrivare i grandi barbari bianchi. Poi si lamenta e inventa l’irruzione in lunghe elegie verbipotenti, mentre i popoli uscivano a ricevere le schiere franche o gote come salvatori.
La verità è che già al tempo di Alessandro Severo, nell’esercito non c’erano romani né quasi latini. I migliori soldati erano germani, e nell’antico quadro della legione comincia ad articolarsi il sentimento feudale.
Ma la frase di Weber prima trascritta aggiunge qualcosa che non comprendo bene: «L’Impero romano non crollò per cause esterne, forse come conseguenza di un’evidente superiorità dei suoi nemici o dell’incapacità dei suoi conduttori politici». Sorpende che l’incapacità dei conduttori politici sia considerata come una causa esterna. Se per capace s’intende solo la figura geniale —e a ciò mira stranamente Weber nominando Stilicone—, non c’è dubbio che il suo avvento o la sua assenza siano puro azzardo, e, quindi, fatti esterni al destino intimo di un popolo. Ma i geni non sono la potenza decisiva in storia —resti per un’altra volta la precisione di questo pensiero—, ma, al contrario, il fattore decisivo è il tipo medio degli individui. Anche nei casi di aspetto assolutista non sono mai uno o più uomini a condurre un popolo, ma classi intere di cui quello o quelli sono l’esponente e il simbolo.
Ebbene: il tipo medio del romano è, dai tempi di Cesare, evidentemente incapace per la colossale missione che gli incombeva. I romani ebbero sempre il dono di comando, un talento specifico che non deve confondersi con altre qualità vicine. Ma furono di solito molto poco intelligenti. (Approssimativamente, gli stessi sintomi che presenta l’inglese). Mentre bastarono le doti di comando, fiorì la storia romana; ma appena le circostanze andarono facendosi più strette, più sottili ed esigevano una dose maggiore di agilità mentale, di plasticità intellettuale, cominciarono a mancare. In Roma non c’erano che politici in secco, senza atmosfera intellettuale ideologica, scientifica. Quei magistrati possedevano delle teste di pietra squadrata come quella impiegata nei loro formidabili edifici. Vivevano di certe idee elementari ed «eterne», che avevano ispirato la vita romana dal suo inizio. Sarebbe interessante e nulla difficile mostrare come passo a passo, dal tempo dei Gracchi, la realtà vada allontanandosi dalle idee canoniche alloggiate nell’immutabile testa del romano. La distanza è sempre maggiore, fino a farsi praticamente assoluta. Nella sua essenza ultima, le istituzioni sono al tempo di Diocleziano le stesse che al tempo di Scipione. Il romano non inventa.
Io ho sostenuto che negli ultimi due secoli d’Europa la politica ha patito un eccesso di intellettualità, con pregiudizio delle doti imperative. Il caso di Roma è perfettamente inverso: sovrabbonda il dono di comando —testardaggine, durezza e superbia— e manca quel minimo di sport intellettuale che mantiene vigile lo spirito e gli permette di modellarsi morbidamente ed esattamente sulla realtà cangiante. In questo, come in tutto il vitale, il riuscire è questione di tatto e misura. Né politica di idee, né politica senza idee.
Ma conviene descrivere concretamente, sia pure in schema, quella limitazione della mente romana che le impedì di inventare modi di governo dove la realtà si sollazzasse fruttuosamente. Ciò lascerà nell’animo come un disegno ideale dell’equazione perfetta in cui devono trovarsi il dono di comando e l’acutezza intellettuale. Sempre sono stato ostile a Platone, perché sostenne che i filosofi dovessero governare. Che male avevano fatto a Platone per desiderargli simile destino? Preferibile è che i filosofi si occupino solo di pensare e che, di quando in quando, i governanti leggano ciò che i filosofi hanno pensato, non per dar loro retta —questo in nessun modo!—, ma solo per via ginnastica e come puro esercizio.
III
È noto che il Mediterraneo non dà a gusto altri frutti politici che lo Stato—Città, la Polis, un’urbe col suo breve cinturone di campagna in giro che si scorge dalla piazza cittadina. L’urbe è, innanzitutto, questo: piazzetta, foro, agorà. Luogo per la conversazione, la disputa, l’eloquenza, la politica. In rigor di termini, l’urbe classica non doveva avere case, ma solo le facciate che sono necessarie per chiudere una piazza, scena artificiale che l’animale politico delimita sullo spazio agricolo. Questo fu anche Roma. A questo tenderebbe, abbandonato a sé stesso, il nostro Levante. Ogni volta che lo si lascia, si mette a correre verso il cantonalismo.
Lo Stato romano è una democrazia, sebbene aristocratica. Il popolo —populus— decide, mediante elezioni periodiche, dei destini nazionali.
Il contadino viene a votare in città, di persona. Perfettamente. L’ideale della democrazia! Ma ecco che Roma conquista il Lazio. Dopo poco tempo, e al fine di assicurare la solidarietà dei latini, concede loro la cittadinanza. Già abbiamo con questo la prima incongruenza tra la forma politica romana e la realtà sociale sotto di essa. Perché il Lazio non è più la striscia rurale intorno all’urbe. È un’ampia provincia. Come pretendere che i cittadini latini vengano a votare in città? Inevitabilmente comincia a crearsi un numero di elettori professionali che soppiantano la volontà assente dei lontani. L’urbe propriamente tale è cresciuta. Si è formata in essa una plebe numerosa, che formerà il materiale votante sul quale andranno a esercitare le loro manovre gli inquieti, gli ambiziosi, i riottosi.
Ma ecco che Roma conquista tutta l’Italia. Gli italici —come a suo tempo i latini— appaiono prima sotto la specie di alleati. Questo vuol dire che sopportano tutti i carichi e non hanno quasi nessun diritto. In questo momento sopravvengono i Gracchi, teste confuse di rivoluzionari del XIX secolo. Non sanno bene ciò che vogliono né ciò che non vogliono. Coraggiosi e goffi, ambiziosi e a un tempo generosi, appartengono a quel tipo di uomini nati per sparare insieme tutti i problemi e non risolverne nessuno. Sono menti vaghe, anime patetiche, attratte teatralmente da gesticolazioni eroiche che hanno visto prima nei libri. I Gracchi si inebriano parlando, peraltro, molto bene, alla Chateaubriand, in tirate sentimentali che producono l’ubriacatura demagogica nell’enorme piazzetta dei comizi. Il fatto è che i Gracchi scatenano di colpo la tempesta di tutti i conflitti latenti, e Roma non torna mai più ad essere tranquilla. Promettono agli italici la cittadinanza, rivoltano i poveri contro i ricchi (legge agraria), indisporiscono la borghesia (equites) contro i nobili (senatoriali). Il primo risultato fu la ribellione degli alleati e la penosa guerra susseguente.
Ci fu un momento in cui gli alleati ebbero vinta la partita. Allora decidono di creare dinanzi a Roma un altro Stato. Ma lo Stato che formano è identico al romano. Le stesse istituzioni, lo stesso metodo elettorale con presenza di corpo. Designarono come capitale Corfinio —se non erro.
(Los lectores sabrán ser indulgentes si se desliza alguna equivocación adjetiva; no escribo rodeado de libros ni de notas sino como un romántico, entre rocas ásperas y lentiscos, mientras delante, al horizonte, forma el mar su gran curva de ballesta pronta a disparar nuestro corazón, que siente afanes de flecha y es ya de suyo una cruenta herida).
Poco después concede Roma de buen grado a los italiotas los plenos derechos civiles. Pero ¿cómo unos y otros no advierten el carácter ilusorio de éstos? ¿Cómo iban a votar en Roma electores tan distantes? Italia está ya hecha. Es un cuerpo enorme; pero se sigue queriendo que venga a votar a la plazuela, junto al Tíber.
Los pueblos se van haciendo mediante la aglutinación progresiva de elementos extraños entre sí. Viven de la cohesión lograda, y mueren por disociación de lo que un tiempo estuvo unido, sólido, compacto.
Si antes hemos tomado, siguiendo a Weber, una vista económica de la decadencia romana, ahora podemos verla en su aspecto político. Y nos sorprende encontrar que un simple defecto de técnica electoral pueda traer consigo la ruina de tan magnífico cuerpo social. Sin embargo, es así. Parece inconcebible que no viniera a la mente del romano una idea tan simple, para nosotros tan obvia, que desde sus comienzos, como la cosa más natural del mundo, existió en las naciones europeas: la idea de la representación política. La porción ausente y lejana de la sociedad puede estar presente de manera virtual, sin más que elegir un representante de ella. Para poseer tal idea, basta con ejecutar una sencilla abstracción y advertir que la voluntad de un ser puede actuar donde no llega su cuerpo. Si el romano no arriba a ella, es simplemente porque era incapaz de esta abstracción. Topamos, pues, con una limitación absoluta, en seco, sin motivo ni justificación. No se trata, sin embargo, de un azar. Todo lo contrario. Al romano le faltó esta idea de representación política, lo mismo que al carnero le faltan las alas. Es una limitación constitutiva. Las causas internas de toda gran decadencia histórica no son más que esto: las limitaciones nativas, iniciales. Cada raza ha llegado al área histórica con su destino preformado, su curva prescrita, y no ha habido manera de reformar su trayectoria. La salvación sólo podría venir si en un cierto momento esa raza tuviese la clara conciencia de su limitación y se esforzase en corregirla con heroico denuedo, tanto más heroico cuanto que habría de ejercitarse sobre su propio ser. Éste es hoy el problema de Europa en general, y de España en particular. O vemos bien nuestras limitaciones y nos resolvemos a subsanarlas, o moriremos sin remisión.
La estupidez de los que predican casticismo no les deja ver esta razón profunda e irónica que me ha llevado siempre a no halagar las viejas virtudes españolas y a pedir, en cambio, su complemento. Las virtudes que no tenemos son las que más importan. Los flancos restantes se hallan de sobra defendidos.
La exigencia de que el votante estuviese presente, no representado, produjo en Roma efectos tan decisivos como desastrosos.
Sobre todo, el más grave: la disociación entre la provincia y Roma. Los habitantes de ésta son, a la postre, los únicos votantes efectivos y, en consecuencia, la única porción políticamente activa de aquel inmenso Imperio. El resto del cuerpo social no cuenta. Esto trae consigo una condensación fabulosa de politicismo en Roma, una hiperactividad francamente neurótica, formalista, sin contenido. Por el contrario, la provincia se acostumbra a no intervenir en los destinos del Imperio, ni en los suyos, cada vez más absorbidos por el Poder central. La depresión, la desmoralización, la inercia crecen. No puede surgir ningún movimiento que reúna en amplia solidaridad un territorio provincial. Al revés: la provincia se atomiza políticamente —como la vimos atomizarse económicamente. Es inútil esperar que en ella se preparen nuevas fuerzas directoras para el Imperio. No pudiendo actuar, los provinciales pierden todo entrenamiento público y, sin la enérgica selección, que sólo es posible sobre gente que está en ejercicio, degeneran día por día.
Entretanto, la política de Roma va siendo presa exclusiva de la técnica electoral, y tiene que entregarse a los jefes de bandas. Pronto estas bandas operan con armas. Hacia el año 70 antes de Cristo dominan en Roma unas cuantas partidas de la porra —las famosas bandas de Clodio, ni siquiera compuestas por verdaderos ciudadanos. Hay una carta de Cicerón —no puedo recordar su signatura— donde se queja amargamente de esto y hace notar que en los comicios ya no intervienen romanos, sino frigios y misios, griegos y judíos, esclavos y gladiadores. Se ha llegado, como siempre en estos procesos de degeneración política, a la acción directa. No va a tardar en producirse el hecho irremisible: las legiones recabarán para sí el exclusivo ejercicio electoral y nombrarán emperador. Pero esto pertenece a otro haz de la historia romana, que apuntaré otro día; es la otra grande y progresiva disociación entre el cuerpo de votantes y el cuerpo de guerreros que primitivamente eran uno solo y formaban el populus, vocablo que significa propiamente «nación armada». Hay un momento decisivo en la historia de Roma: el siglo I antes de Cristo. Vemos hoy con suficiente claridad que la civilización antigua pudo salvarse, a no ser por las limitaciones y la testarudez de la mente romana. El organismo social gobernado por ésta había adquirido proporciones gigantescas y no podía ya vivir políticamente de Roma. Era menester vivir de otras potencias sociales nuevas, y éstas no podían ser más que las provincias. Siempre hubiera quedado a Roma el papel tradicional de cabeza pública y suprema rectora de los pueblos. Pero el tratamiento a que las provincias estaban sometidas las habían envilecido.
Un hombre maravilloso tuvo la genial intuición de que para salvar a Roma era preciso exaltar la provincia. Este hombre, para mi gusto el más grande que ha existido nunca, se llamaba César y era de la gente Julia.
Como decía Goethe, todo ser en que una especie culmina no pertenece ya a esa especie. En César, el alma romana se escapa de sí misma. Es milagroso el caso, pero en medio de las limitaciones «antiguas» aparece de pronto un hombre «moderno». Lo es en tal medida, que no nos extraña su «modernidad» en el detalle; por ejemplo, su invención del periódico y del Diario de Sesiones, que debía unir a Roma con todo el orbe —Urbi et Orbi—; su preocupación por la medida del tiempo (reforma Juliana del calendario), todo en él nos parece perfecto, elegante, sustancioso y sublime. «Formidable y encantador» le llama un autor reciente. Lo único que nos perturba un poco es su pederastia accidental.
Pues bien: este César, hijo de Venus, en quien se ha destilado exquisitamente todo el pasado de Roma, comprende que el Estado tiene que cambiar de forma y de fondo. Es preciso inventar nuevas instituciones y despertar nuevas energías sociales de especie orgánica. Él va a dignificar la provincia frente a Roma. Y como las provincias asiáticas son razas caducas, enquistadas en arcaicas y petulantes civilizaciones, César se vuelve hacia los pueblos jóvenes y se determina a poner en forma «las naciones bárbaras». De aquí la conquista de las Galias. Pero la idea era demasiado sutil, demasiado compleja y vasta para alojarse en las cabezas putrefactas de la vieja aristocracia romana, inscritas fatalmente dentro de la idea «República», es decir: Senado, tribunos, comicios con presencia corporal. «La república es ya sólo un vocablo» —decía el genio de César. Y esto le ponía frenético a Cicerón, literato y orador, para quien los vocablos lo eran todo. El intento de superar la limitación romana costó la vida a César. Ninguna otra mente antigua logró «ver» de nuevo su idea. Menos que nadie su heredero, el discreto Augusto, que se instala, desde luego, en los límites del alma romana.
En grande o en pequeño, toda historia nacional llega a un punto en que para recrecer necesita dejar descansar la vieja capital y esperarlo todo de la provincia; un momento en que es preciso despertar la periferia del gran cuerpo político y gritar: «¡Eh, vosotras, las provincias: es preciso que dejéis de ser provincianas! He aquí llegada la hora en que tenéis que aprontar vuestros impulsos intactos. El Estado renacerá de vosotras o no renacerá. ¡Eh, las provincias: de pie!»
Agosto, 1926
(Readers will know to be indulgent if some adjectival mistake slips in; I do not write surrounded by books nor by notes but like a romantic, among rough rocks and mastics, while ahead, at the horizon, the sea forms its great curve of a crossbow ready to shoot our heart, which feels yearnings of an arrow and is already of itself a bloody wound).
Shortly after, Rome willingly grants the Italiots full civil rights. But how do both parties not notice the illusory character of these? How were such distant voters going to vote in Rome? Italy is already made. It is an enormous body; but one keeps wanting it to come to vote in the little square, beside the Tiber.
Peoples come to be made through the progressive agglutination of elements foreign to one another. They live on the cohesion achieved, and die by dissociation of what at one time was united, solid, compact.
If before we have taken, following Weber, an economic view of the Roman decline, now we can see it in its political aspect. And it surprises us to find that a simple defect of electoral technique can bring with it the ruin of so magnificent a social body. Nevertheless, it is so. It seems inconceivable that an idea so simple, for us so obvious, which from its beginnings, as the most natural thing in the world, existed in the European nations, should not have come to the mind of the Roman: the idea of political representation. The absent and distant portion of society can be present in a virtual manner, with no more than electing a representative of it. To possess such an idea, it suffices to execute a simple abstraction and note that the will of a being can act where its body does not reach. If the Roman does not arrive at it, it is simply because he was incapable of this abstraction. We stumble, then, upon an absolute limitation, in the dry, without motive or justification. It is not, however, a matter of chance. Quite the contrary. The Roman lacked this idea of political representation, just as the ram lacks wings. It is a constitutive limitation. The internal causes of every great historical decline are nothing more than this: the native, initial limitations. Every race has arrived at the historical area with its preformed destiny, its prescribed curve, and there has been no way to reform its trajectory. Salvation could only come if at a certain moment that race had the clear consciousness of its limitation and strove to correct it with heroic boldness, all the more heroic in that it would have to exercise itself upon its own being. This is today the problem of Europe in general, and of Spain in particular. Either we see our limitations well and resolve to remedy them, or we shall die without remission.
The stupidity of those who preach casticismo does not let them see this profound and ironic reason that has always led me not to flatter the old Spanish virtues and to ask, instead, for their complement. The virtues we do not have are the ones that matter most. The remaining flanks are more than defended.
The requirement that the voter be present, not represented, produced in Rome effects as decisive as disastrous.
Above all, the gravest one: the dissociation between the province and Rome. The inhabitants of the latter are, in the last resort, the only effective voters and, consequently, the only politically active portion of that immense Empire. The rest of the social body does not count. This brings with it a fabulous condensation of politicization in Rome, a frankly neurotic, formalist hyperactivity, without content. On the contrary, the province accustoms itself to not intervening in the destinies of the Empire, nor in its own, each time more absorbed by the central Power. Depression, demoralization, inertia grow. No movement can arise that unites a provincial territory in broad solidarity. On the contrary: the province atomizes politically —as we saw it atomize economically. It is useless to expect that in it new directing forces for the Empire be prepared. Not being able to act, the provincials lose all public training, and without the energetic selection, which is only possible over people who are in exercise, they degenerate day by day.
Meanwhile, the politics of Rome becomes exclusive prey of the electoral technique, and has to surrender to the chiefs of gangs. Soon these gangs operate with weapons. Toward the year 70 BC a few clubs’ bands dominate in Rome —the famous gangs of Clodius, not even composed of true citizens. There is a letter of Cicero —I cannot recall its shelfmark— where he bitterly complains of this and makes note that in the assemblies Romans no longer intervene, but Phrygians and Mysians, Greeks and Jews, slaves and gladiators. One has arrived, as always in these processes of political degeneration, at direct action. The irrevocable fact will not be long in coming: the legions will claim for themselves the exclusive electoral exercise and will name an emperor. But this belongs to another bundle of Roman history, which I shall note another day; it is the other great and progressive dissociation between the body of voters and the body of warriors, which primitively were one single one and formed the populus, a word that properly means «armed nation». There is a decisive moment in the history of Rome: the first century BC. We see today with sufficient clarity that ancient civilization could have saved itself, were it not for the limitations and the obstinacy of the Roman mind. The social organism governed by it had acquired gigantic proportions and could no longer live politically from Rome. It was necessary to live from other new social powers, and these could not be other than the provinces. There would always have remained to Rome the traditional role of public head and supreme rector of the peoples. But the treatment to which the provinces were subjected had debased them.
A marvelous man had the genial intuition that to save Rome it was necessary to exalt the province. This man, for my taste the greatest who has ever existed, was called Caesar and was of the Julian gens.
As Goethe said, every being in which a species culminates no longer belongs to that species. In Caesar, the Roman soul escapes from itself. The case is miraculous, but in the midst of the «ancient» limitations there suddenly appears a «modern» man. He is so to such a degree that his «modernity» in detail does not surprise us; for example, his invention of the newspaper and of the Journal of Sessions, which was to unite Rome with the whole orb —Urbi et Orbi—; his concern for the measure of time (Julian reform of the calendar), everything in him seems to us perfect, elegant, substantial, and sublime. «Formidable and charming» a recent author calls him. The only thing that perturbs us a little is his accidental pederasty.
Well then: this Caesar, son of Venus, in whom all the past of Rome has been exquisitely distilled, understands that the State has to change in form and in substance. It is necessary to invent new institutions and awaken new social energies of an organic species. He is going to dignify the province before Rome. And since the Asian provinces are decadent races, encysted in archaic and petulant civilizations, Caesar turns toward the young peoples and determines to put in shape «the barbarian nations». Hence the conquest of Gaul. But the idea was too subtle, too complex and vast to lodge in the putrefied heads of the old Roman aristocracy, fatally inscribed within the idea «Republic», that is: Senate, tribunes, assemblies with bodily presence. «The republic is now only a word» —said the genius of Caesar. And this drove Cicero, man of letters and orator, for whom words were everything, frantic. The attempt to overcome the Roman limitation cost Caesar his life. No other ancient mind managed to «see» his idea anew. Least of all his heir, the discreet Augustus, who installs himself, of course, within the limits of the Roman soul.
In great or in small, every national history arrives at a point in which, to grow again, it needs to let the old capital rest and expect everything from the province; a moment in which it is necessary to awaken the periphery of the great political body and shout: «Hey, you, the provinces: it is necessary that you cease to be provincial! Here has come the hour in which you have to make ready your intact impulses. The State will be reborn from you or it will not be reborn. Hey, provinces: on your feet!»
August 1926
(I lettori sapranno essere indulgenti se si lascia scorrere qualche equivocazione aggettiva; non scrivo circondato di libri né di note ma come un romantico, tra rocce aspre e lentischi, mentre davanti, all’orizzonte, il mare forma la sua grande curva di balestra pronta a scoccare il nostro cuore, che sente brama di freccia ed è già da sé una cruenta ferita).
Poco dopo Roma concede di buon grado agli italici i pieni diritti civili. Ma come fanno gli uni e gli altri a non avvertire il carattere illusorio di questi? Come sarebbero andati a votare in Roma elettori tanto distanti? L’Italia è già fatta. È un corpo enorme; ma si continua a volere che venga a votare nella piazzetta, accanto al Tevere.
I popoli si vanno facendo mediante l’aglutinazione progressiva di elementi estranei tra loro. Vivono della coesione raggiunta, e muoiono per dissociazione di ciò che un tempo fu unito, solido, compatto.
Se prima abbiamo preso, seguendo Weber, una vista economica della decadenza romana, ora possiamo vederla nel suo aspetto politico. E ci sorprende trovare che un semplice difetto di tecnica elettorale possa portare con sé la rovina di così magnifico corpo sociale. Tuttavia, è così. Sembra inconcepibile che non venisse in mente al romano un’idea tanto semplice, per noi tanto ovvia, che dai suoi inizi, come la cosa più naturale del mondo, esistette nelle nazioni europee: l’idea della rappresentanza politica. La porzione assente e lontana della società può essere presente in maniera virtuale, senza più che eleggere un suo rappresentante. Per possedere tale idea, basta eseguire una semplice astrazione e avvertire che la volontà di un essere può agire dove non arriva il suo corpo. Se il romano non arriva ad essa, è semplicemente perché era incapace di questa astrazione. Inciampiamo, dunque, in una limitazione assoluta, in secco, senza motivo né giustificazione. Non si tratta, tuttavia, di un azzardo. Tutto il contrario. Al romano mancò questa idea di rappresentanza politica, allo stesso modo che al montone mancano le ali. È una limitazione costitutiva. Le cause interne di ogni grande decadenza storica non sono altro che questo: le limitazioni native, iniziali. Ogni razza è giunta all’area storica col suo destino preformato, la sua curva prescritta, e non c’è stato modo di riformare la sua traiettoria. La salvezza potrebbe venire solo se in un certo momento quella razza avesse la chiara coscienza della sua limitazione e si sforzasse di correggerla con eroico ardimento, tanto più eroico in quanto dovrebbe esercitarsi sul suo proprio essere. Questo è oggi il problema dell’Europa in generale, e della Spagna in particolare. O vediamo bene le nostre limitazioni e ci risolviamo a sanarle, o moriremo senza remissione.
La stupidità di quelli che predicano il casticismo non lascia loro vedere questa ragione profonda e ironica che mi ha portato sempre a non lusingare le vecchie virtù spagnole e a chiedere, invece, il loro complemento. Le virtù che non abbiamo sono quelle che più importano. I fianchi restanti si trovano fin troppo difesi.
L’esigenza che l’elettore fosse presente, non rappresentato, produsse in Roma effetti tanto decisivi quanto disastrosi.
Soprattutto, il più grave: la dissociazione tra la provincia e Roma. Gli abitanti di questa sono, in fin dei conti, gli unici votanti effettivi e, in conseguenza, l’unica porzione politicamente attiva di quell’immenso Impero. Il resto del corpo sociale non conta. Questo porta con sé una condensazione favolosa di politicismo in Roma, un’iperattività francamente nevrotica, formalista, senza contenuto. Per il contrario, la provincia si abitua a non intervenire nei destini dell’Impero, né nei propri, sempre più assorbiti dal Potere centrale. La depressione, la demoralizzazione, l’inerzia crescono. Non può sorgere alcun movimento che riunisca in ampia solidarietà un territorio provinciale. Al rovescio: la provincia si atomizza politicamente —come la vedemmo atomizzarsi economicamente. È inutile aspettare che in essa si preparino nuove forze direttrici per l’Impero. Non potendo agire, i provinciali perdono ogni allenamento pubblico e, senza l’energica selezione, che è possibile solo su gente che è in esercizio, degenerano giorno per giorno.
Frattanto, la politica di Roma va facendosi preda esclusiva della tecnica elettorale, e deve consegnarsi ai capi di bande. Presto queste bande operano con armi. Verso l’anno 70 avanti Cristo dominano in Roma alcune partite di randello —le famose bande di Clodio, nemmeno composte da veri cittadini. C’è una lettera di Cicerone —non posso ricordare la sua segnatura— dove si lamenta amaramente di questo e fa notare che nei comizi non intervengono più romani, ma frigi e misi, greci e giudei, schiavi e gladiatori. Si è giunti, come sempre in questi processi di degenerazione politica, all’azione diretta. Non tarderà a prodursi il fatto irremissibile: le legioni reclameranno per sé l’esclusivo esercizio elettorale e nomineranno imperatore. Ma questo appartiene a un altro fascio della storia romana, che annoterò un altro giorno; è l’altra grande e progressiva dissociazione tra il corpo dei votanti e il corpo dei guerrieri che primitivamente erano uno solo e formavano il populus, vocabolo che significa propriamente «nazione armata». C’è un momento decisivo nella storia di Roma: il secolo I avanti Cristo. Vediamo oggi con sufficiente chiarezza che la civiltà antica poté salvarsi, se non fosse stato per le limitazioni e la testardaggine della mente romana. L’organismo sociale governato da questa aveva acquistato proporzioni gigantesche e non poteva già più vivere politicamente di Roma. Era necessario vivere di altre potenze sociali nuove, e queste non potevano essere che le province. Sempre sarebbe rimasto a Roma il ruolo tradizionale di testa pubblica e suprema rettrice dei popoli. Ma il trattamento a cui le province erano sottoposte le aveva avvilite.
Un uomo meraviglioso ebbe la geniale intuizione che per salvare Roma era necessario esaltare la provincia. Questo uomo, per il mio gusto il più grande che sia mai esistito, si chiamava Cesare ed era della gente Giulia.
Come diceva Goethe, ogni essere in cui una specie culmina non appartiene già più a quella specie. In Cesare, l’anima romana si sfugge da sé stessa. È miracoloso il caso, ma in mezzo alle limitazioni «antiche» appare d’un tratto un uomo «moderno». Lo è in tale misura, che non ci stupisce la sua «modernità» nel dettaglio; per esempio, la sua invenzione del giornale e del Diario delle Sedute, che doveva unire Roma con tutto l’orbe —Urbi et Orbi—; la sua preoccupazione per la misura del tempo (riforma giuliana del calendario), tutto in lui ci sembra perfetto, elegante, sostanzioso e sublime. «Formidabile e incantevole» lo chiama un autore recente. L’unica cosa che ci turba un poco è la sua pederastia accidentale.
Ebbene: questo Cesare, figlio di Venere, in cui si è distillato squisitamente tutto il passato di Roma, comprende che lo Stato deve cambiare di forma e di fondo. È necessario inventare nuove istituzioni e svegliare nuove energie sociali di specie organica. Egli andrà a dignificare la provincia dinanzi a Roma. E poiché le province asiatiche sono razze caduche, incistate in arcaiche e petulanti civiltà, Cesare si volge verso i popoli giovani e si determina a mettere in forma «le nazioni barbare». Di qui la conquista delle Gallie. Ma l’idea era troppo sottile, troppo complessa e vasta per alloggiarsi nelle teste putrefatte della vecchia aristocrazia romana, inscritte fatalmente dentro l’idea «Repubblica», cioè: Senato, tribuni, comizi con presenza corporale. «La repubblica è ormai solo un vocabolo» —diceva il genio di Cesare. E questo metteva frenetico Cicerone, letterato e oratore, per il quale i vocaboli erano tutto. Il tentativo di superare la limitazione romana costò la vita a Cesare. Nessun’altra mente antica riuscì a «vedere» di nuovo la sua idea. Meno di tutti il suo erede, il discreto Augusto, che si installa, senz’altro, nei limiti dell’anima romana.
In grande o in piccolo, ogni storia nazionale giunge a un punto in cui per ricrescere ha bisogno di lasciare riposare la vecchia capitale e aspettare tutto dalla provincia; un momento in cui è necessario svegliare la periferia del grande corpo politico e gridare: «Ehi, voi, le province: è necessario che smettiate di essere provinciali! Ecco giunta l’ora in cui dovete approntare i vostri impulsi intatti. Lo Stato rinascerà da voi o non rinascerà. Ehi, le province: in piedi!»
Agosto 1926