Ortega y Gasset
Abstract
Ortega praises Azorín as a born artist and demolishes him as a thinker: his few weighty readings led him to write on politics and philosophy, turning a great man of letters into a very poor thinker. The occasion is Azorín’s defence of the bishop of Orihuela and his muddle about the ‘two democracies’. Polemical literary criticism.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Azorín, uno de los más hondos artistas que ha producido nuestra raza, se desentiende ahora de sus amores estéticos y dedica la limpidez de su estilo a una campaña política más confusa que discreta. Dentro de pocos días hablaré de su nueva obra —El político— y entonces expondré largamente las razones que me mueven a estimarle en tan alto grado como literato de casta viva, con profundas raíces en las emociones étnicas fundamentales que, por venturosas trazas, han hallado en él blando y sereno manantial. Hoy quisiera sólo recoger una de sus últimas confusiones políticas. Porque Azorín tiene de ventaja sobre casi todos los demás literatos nuevos la amplitud de sus lecturas: no se ha encerrado en la consideración de las obras maestras literarias; ha leído algunos libros de historia y de filosofía. Gracias a ello, es para él la poética una labor de valor y significado humanos y no un problema meramente técnico. Esto lleva Azorín de ventaja como literato. Lo malo es que no se contenta con ser literato, y esas pocas lecturas trascendentes de la poética le han inducido a escribir de política y de filosofía, y son culpables de que un gran literato se convierta en un paupérrimo pensador. El nervio motor de su producción artística es el más sano realismo, la honradez de su retina que se complace en imponerse la continencia de las cosas, en sujetarse a lo que se aparece ante ella y descompone las tres sustancias visuales. Describiendo un paisaje, Azorín es incapaz de decir una cosa por otra, de inventar algo que no puso ante él la naturaleza, de fingir un misterio, de mostrarse enterado de lo que no lo está. Pero Azorín pensando… Cuando Azorín se aparta del arte y se pone a pensar, las nueve musas, que tanto le favorecen, comienzan a plañir.
El otro día creyó Azorín conveniente salir a la defensa del señor obispo de Orihuela, don Juan Maura y Gelabert. A esta familia ilustre y bienhadada, que tan grandes respetos me merece, sólo falta para semejar una clara familia del Renacimiento tener algún Poggio o Aretino que refiera y celebre sus virtudes domésticas. El señor Azorín va poniendo en torno a esta familia patricia el ornamento de su literatura, y en prosa tan deleitable pasará probablemente a la posteridad. Nada de esto merece ser censurado: después de todo, no es ínfima misión del poeta perpetuar en resonancias seculares las acciones magníficas, pero momentáneas. De esta manera, las pastorales del señor obispo de Orihuela serán casi seguramente inmortales. Yo no las conozco, y sentiría mucho que algún lector pensara que las desdeño sin haberlas leído: el desdén, sobre todo el desdén preconcebido hacia una página escrita, me parece el primero de los pecados capitales, el cual va recto contra el Espíritu Santo y hiere en el corazón a la cándida palomita.
Afortunadamente, Azorín no se refiere en su artículo de ABC al contenido de la pastoral; en general, Azorín no se preocupa nunca del contenido de las cosas: lector aficionado de Schopenhauer, convierte la equívoca fórmula de su maestro: el mundo es mi representación en esta otra más decisiva: el mundo es una superficie.
Azorín protestaba de una observación de El País a la susodicha pastoral. «Excusado es decir —decía El País— que en la pastoral de don Juan Maura se combate la democracia verdadera». Esto es lo que ha parecido incorrecto a Azorín, y para demostrar que lo es, hace una ligera excursión a la filosofía.
«Ante todo, ¿por qué es “excusado decir” que en esta pastoral se combate la democracia verdadera? Al hablar de democracia “verdadera”, ¿no se supone la existencia de otra? ¿Cuál es esa otra democracia? Y sobre todo, ¿cuál es la verdadera? La dilucidación de todas estas preguntas nos ocuparía mucho espacio. Para el que escribe estas líneas no hay más que una sola democracia, como no hay más que una sola aristocracia».
Nos quedamos sin saber cuál es la única y verdadera democracia para el señor Azorín. Únicamente aprendemos que la «más pura y más reciente doctrina científica» es antidemocrática, y que, por tanto, puede un obispo católico ser, sin grave esfuerzo, hombre discreto y científico.
¿De dónde ha sacado el señor Azorín esa nueva ciencia? Las noticias que de ella nos da parecen un poco ridículas, y desde luego, impropias de quien tanta humildad ante los hechos predica. Las noticias son éstas: «Lo positivo, lo innegable, es que la democracia se halla en bancarrota… Lo dicen las más recientes corrientes científicas». Si preguntamos cuáles son estas corrientes, Azorín nos cita dos nombres: Remigio de Gourmont y Wells. No se olvide que el señor Azorín cultiva la ironía: esos dos nombres son dos ironías. Remigio de Gourmont no ha sido nunca un hombre de ciencia: es un periodista que escribe folletones al gusto filosófico predominante; ni es «uno de los más fuertes cerebros de Francia», sino meramente un escritor irrespetuoso, con lo cual no basta para ser buen escritor, y mucho menos para ser científico. En cuanto a Wells, comprendo aún menos qué viene su nombre a hacer aquí: Wells es un novelista genial, un poeta en prosa, y además… un socialista.
Otra corriente científica es el pragmatismo: no hace falta analizar esta filosofía detenidamente: lo característico del pragmatismo es no prejuzgar dogma ninguno. Todas las filosofías son verdaderas, según la nueva-vieja teoría, cuando sirven para entonar el corazón del individuo. La acción decide de la contemplación y discrimina sus soluciones. Por consiguiente, no es el pragmatismo enemigo de la democracia: es mucho más enemigo de la discreción.
Mas no se crea que espíritu tan delicado como el de Azorín considera cosa seria todas estas nuevas corrientes científicas. Sabe muy bien que es antihistórico creer que todos los días se trasmuta la sabiduría: tiene una noción de lo clásico que me parece muy justa.
«Todas estas fantasías son puras entelequias, vanas cavilaciones, y en el terreno de la filosofía no se ha hecho nada —ni es posible que se haga en mucho tiempo— después de la Crítica de la razón pura, de Kant».
Todo esto me halaga, porque fomenta mis convicciones. ¡Lástima que quede en ello un punto oscurísimo!
Es, con efecto, absolutamente falso que no se haya hecho nada en el terreno de la filosofía después de la Crítica de la razón pura. Luego de esta obra, publicada en 1781, se compuso el Fundamento de la metafísica de las costumbres (1785) y la Crítica de la razón práctica (1788), ambas por el mismo Kant. La Crítica de la razón pura es una obra genial: en ella se expone la teoría idealista del conocimiento con claridad incomparable: el problema del saber queda planteado con precisión tal, que los siglos futuros no tendrán que retocar sino detalles y menudencias. Pero la afirmación contenida en esa obra no es nueva; es más bien viejísima: toda ella, íntegramente, se hallaba en Platón, y luego en Descartes, y más tarde en Leibniz. Si Kant hubiera compuesto sólo ese volumen, no tendría el lugar preeminente entre todos los filósofos habidos. Su invento fue otro: lo nuevo en filosofía lo trajeron los dos libros siguientes citados: la moral como ciencia.
¿De dónde proviene el error del señor Azorín? Muy sencillo, y esto es lo ejemplar. El señor Azorín, tan cauto y veraz artista, dedica a la sabiduría las partes menos atentas, nobles y agudas de su espíritu. Como todos los realistas, no está hecho a la respetuosidad casta en el manejo de las abstracciones: en saliendo de las cosas sensibles, le parece que todo es indiferente y que, por tanto, huelga el rigor del método y la continencia del intelecto. El señor Azorín no conoce la Crítica de la razón pura; ha leído a Schopenhauer, que es mucho más ameno. Y Schopenhauer, que era un mal hombre, fue, por consiguiente, un mal filósofo: fue un gran sofista y, por consiguiente, un gran literato. Azorín le ha leído para enriquecer su estilo, y no ha notado que Schopenhauer desconoció por completo a Kant y que, con gravísima mengua de la honradez científica, llegó a falsificar sus citas. En este gran folletonista de la metafísica ha leído Azorín que la Crítica de la razón pura es una obra clásica, pero que la Crítica de la razón práctica es una necedad. Sin cuidarse de rectificar tales opiniones, las ha repetido, siendo así que hoy valen como prototipo de vulgaridades.
Azorín, one of the deepest artists our race has produced, now disengages from his aesthetic loves and dedicates the limpidity of his style to a political campaign more confused than discreet. Within a few days I shall speak of his new work —El político— and then I shall expound at length the reasons that move me to esteem him in so high a degree as a man of letters of living stock, with deep roots in the fundamental ethnic emotions which, by fortunate traces, have found in him a soft and serene spring. Today I should only like to gather one of his latest political confusions. Because Azorín has, as an advantage over almost all the other new men of letters, the amplitude of his readings: he has not shut himself up in the consideration of literary masterpieces; he has read some books of history and philosophy. Thanks to this, poetics is for him a labor of human value and meaning and not a merely technical problem. This Azorín carries as an advantage as a man of letters. The bad thing is that he is not content to be a man of letters, and those few transcendent readings of poetics have induced him to write of politics and philosophy, and are guilty that a great man of letters should turn into a paupers thinker. The motor nerve of his artistic production is the healthiest realism, the honesty of his retina, which takes pleasure in imposing upon itself the continence of things, in subjecting itself to what appears before it and decomposes the three visual substances. Describing a landscape, Azorín is incapable of saying one thing for another, of inventing something that nature did not place before him, of feigning a mystery, of showing himself informed of that which he is not. But Azorín thinking… When Azorín separates himself from art and sets to thinking, the nine muses, who favor him so much, begin to wail.
The other day Azorín thought it fitting to come out in defense of the Bishop of Orihuela, Don Juan Maura y Gelabert. To this illustrious and well-fated family, which deserves of me such great respects, there is missing only, to resemble a clear Renaissance family, a Poggio or Aretino to recount and celebrate its domestic virtues. Mr. Azorín goes placing around this patrician family the ornament of his literature, and in prose so delightful he will probably pass to posterity. Nothing of this deserves to be censured: after all, it is not a mean mission of the poet to perpetuate in secular resonances the magnificent, but momentary, actions. In this way, the pastorals of the Bishop of Orihuela will almost surely be immortal. I do not know them, and I would greatly regret that some reader should think that I disdain them without having read them: disdain, above all preconceived disdain toward a written page, seems to me the first of the capital sins, which goes straight against the Holy Spirit and wounds in the heart the candid little dove.
Fortunately, Azorín does not refer in his ABC article to the content of the pastoral; in general, Azorín never worries about the content of things: an amateur reader of Schopenhauer, he converts the equivocal formula of his master —the world is my representation— into this other more decisive one: the world is a surface.
Azorín protested an observation of El País about the aforesaid pastoral. «It is superfluous to say —said El País— that in the pastoral of Don Juan Maura true democracy is combated». This is what has seemed incorrect to Azorín, and to demonstrate that it is so, he makes a light excursion into philosophy.
«First of all, why is it “superfluous to say” that in this pastoral true democracy is combated? In speaking of “true” democracy, is not the existence of another supposed? Which is that other democracy? And above all, which is the true one? The elucidation of all these questions would occupy us much space. For the one who writes these lines there is only a single democracy, just as there is only a single aristocracy».
We are left without knowing which is the one and true democracy for Mr. Azorín. We only learn that the «purest and most recent scientific doctrine» is antidemocratic, and that, therefore, a Catholic bishop can be, without great effort, a discreet and scientific man.
Where has Mr. Azorín gotten this new science from? The news he gives us of it seems a little ridiculous, and of course, improper of one who preaches so much humility before the facts. The news is this: «The positive, the undeniable, is that democracy is in bankruptcy… The most recent scientific currents say it». If we ask which these currents are, Azorín cites us two names: Remy de Gourmont and Wells. Let it not be forgotten that Mr. Azorín cultivates irony: those two names are two ironies. Remy de Gourmont has never been a man of science: he is a journalist who writes serials to the predominant philosophical taste; nor is he «one of the strongest brains of France», but merely a disrespectful writer, with which it does not suffice to be a good writer, and much less to be a scientist. As for Wells, I understand still less what his name comes to do here: Wells is a genial novelist, a poet in prose, and moreover… a socialist.
Another scientific current is pragmatism: it is not necessary to analyze this philosophy carefully: the characteristic thing of pragmatism is not to prejudge any dogma. All philosophies are true, according to the new-old theory, when they serve to lift the heart of the individual. Action decides over contemplation and discriminates its solutions. Consequently, pragmatism is not the enemy of democracy: it is much more the enemy of discretion.
But let it not be believed that a spirit as delicate as Azorín’s considers a serious thing all these new scientific currents. He knows very well that it is antihistorical to believe that wisdom is transformed every day: he has a notion of the classical that seems to me very just.
«All these fantasies are pure entelechies, vain cavilings, and in the field of philosophy nothing has been done —nor is it possible that it be done for a long time— after the Critique of Pure Reason, of Kant».
All this flatters me, because it fosters my convictions. Pity that there remains in it a most obscure point!
It is, in effect, absolutely false that nothing has been done in the field of philosophy after the Critique of Pure Reason. After this work, published in 1781, there were composed the Groundwork of the Metaphysics of Morals (1785) and the Critique of Practical Reason (1788), both by the same Kant. The Critique of Pure Reason is a genial work: in it the idealist theory of knowledge is expounded with incomparable clarity: the problem of knowledge remains posed with such precision that the future centuries will not have to retouch but details and minutiae. But the affirmation contained in that work is not new; it is rather very old: all of it, integrally, was to be found in Plato, and then in Descartes, and later in Leibniz. If Kant had composed only that volume, he would not have the preeminent place among all the philosophers there have been. His invention was another: the new thing in philosophy was brought by the two following cited books: morality as science.
Whence does the error of Mr. Azorín come from? Very simple, and this is the exemplary thing. Mr. Azorín, so cautious and truthful an artist, devotes to wisdom the least attentive, noble, and acute parts of his spirit. Like all realists, he is not made for chaste respectfulness in the handling of abstractions: as soon as he leaves the sensible things, it seems to him that everything is indifferent and that, therefore, the rigor of method and the continence of the intellect are superfluous. Mr. Azorín does not know the Critique of Pure Reason; he has read Schopenhauer, who is much more entertaining. And Schopenhauer, who was a bad man, was, consequently, a bad philosopher: he was a great sophist and, consequently, a great man of letters. Azorín has read him to enrich his style, and has not noticed that Schopenhauer completely failed to know Kant and that, with the gravest detriment to scientific honesty, he went so far as to falsify his quotations. In this great feuilletonist of metaphysics Azorín has read that the Critique of Pure Reason is a classical work, but that the Critique of Practical Reason is a stupidity. Without taking care to rectify such opinions, he has repeated them, when today they are worth as the prototype of vulgarities.
Azorín, uno dei più profondi artisti che abbia prodotto la nostra razza, si sgancia ora dai suoi amori estetici e dedica la limpidezza del suo stile a una campagna politica più confusa che discreta. Tra pochi giorni parlerò della sua nuova opera —El político— e allora esporrò lungamente le ragioni che mi muovono a stimarlo in così alto grado come letterato di casta viva, con profonde radici nelle emozioni etniche fondamentali che, per venturose tracce, hanno trovato in lui blanda e serena sorgente. Oggi vorrei solo raccogliere una delle sue ultime confusioni politiche. Perché Azorín ha il vantaggio su quasi tutti gli altri nuovi letterati dell’ampiezza delle sue letture: non si è chiuso nella considerazione dei capolavori letterari; ha letto alcuni libri di storia e di filosofia. Grazie a ciò, è per lui la poetica un lavoro di valore e significato umani e non un problema meramente tecnico. Questo porta Azorín di vantaggio come letterato. Il male è che non si contenta di essere letterato, e quelle poche letture trascendenti della poetica lo hanno indotto a scrivere di politica e di filosofia, e sono colpevoli che un grande letterato si converta in un poverissimo pensatore. Il nervo motore della sua produzione artistica è il più sano realismo, l’onestà della sua retina che si compiace d’imporre la continenza delle cose, di soggettarsi a ciò che si appare dinanzi ad essa e scompone le tre sostanze visive. Descrivendo un paesaggio, Azorín è incapace di dire una cosa per un’altra, d’inventare qualcosa che non pose dinanzi a lui la natura, di fingere un mistero, di mostrarsi al corrente di ciò che non è. Ma Azorín pensando… Quando Azorín si allontana dall’arte e si mette a pensare, le nove muse, che tanto lo favoriscono, cominciano a piangere.
L’altro giorno Azorín credette conveniente uscire alla difesa del signor vescovo di Orihuela, don Juan Maura y Gelabert. A questa famiglia illustre e bene avventurata, che mi merita tanto grandi rispetti, manca solo, per somigliare a una chiara famiglia del Rinascimento, avere qualche Poggio o Aretino che riferisca e celebri le sue virtù domestiche. Il signor Azorín va ponendo intorno a questa famiglia patrizia l’ornamento della sua letteratura, e in prosa tanto deliziosa passerà probabilmente alla posterità. Nulla di questo merita di essere censurato: dopo tutto, non è infima missione del poeta perpetuare in risonanze secolari le azioni magnifiche, ma momentanee. In questo modo, le pastorali del signor vescovo di Orihuela saranno quasi sicuramente immortali. Io non le conosco, e sentirei molto che qualche lettore pensasse che le disdegno senza averle lette: il disdegno, soprattutto il disdegno preconcetto verso una pagina scritta, mi sembra il primo dei peccati capitali, il quale va diritto contro lo Spirito Santo e ferisce nel cuore la candida colombella.
Fortunatamente, Azorín non si riferisce nel suo articolo di ABC al contenuto della pastorale; in generale, Azorín non si preoccupa mai del contenuto delle cose: lettore appassionato di Schopenhauer, converte l’equivoca formula del suo maestro: il mondo è la mia rappresentazione in quest’altra più decisiva: il mondo è una superficie.
Azorín protestava di un’osservazione di El País alla suddetta pastorale. «Escluso è dire —diceva El País— che nella pastorale di don Juan Maura si combatte la democrazia vera». Questo è ciò che è parso incorretto ad Azorín, e per dimostrare che lo è, fa una leggera escursione alla filosofia.
«Innanzi tutto, perché è “escluso dire” che in questa pastorale si combatte la democrazia vera? Parlando di democrazia “vera”, non si suppone l’esistenza di un’altra? Qual è quell’altra democrazia? E soprattutto, qual è la vera? La dilucidazione di tutte queste domande ci occuperebbe molto spazio. Per chi scrive queste righe non c’è che una sola democrazia, come non c’è che una sola aristocrazia».
Restiamo senza sapere quale sia l’unica e vera democrazia per il signor Azorín. Solo apprendiamo che la «più pura e più recente dottrina scientifica» è antidemocratica, e che, quindi, può un vescovo cattolico essere, senza grave sforzo, uomo discreto e scientifico.
Da dove ha tirato fuori il signor Azorín questa nuova scienza? Le notizie che ce ne dà sembrano un po’ ridicole, e senz’altro, improprie di chi predica tanta umiltà dinanzi ai fatti. Le notizie sono queste: «Il positivo, l’innegabile, è che la democrazia si trova in bancarotta… Lo dicono le più recenti correnti scientifiche». Se domandiamo quali siano queste correnti, Azorín ci cita due nomi: Remigio de Gourmont e Wells. Non si dimentichi che il signor Azorín coltiva l’ironia: quei due nomi sono due ironie. Remigio de Gourmont non è mai stato un uomo di scienza: è un giornalista che scrive feuilleton al gusto filosofico predominante; né è «uno dei più forti cervelli di Francia», ma meramente uno scrittore irrispettoso, con il che non basta per essere buono scrittore, e molto meno per essere scientifico. Quanto a Wells, comprendo ancora meno che cosa venga a fare qui il suo nome: Wells è un romanziere geniale, un poeta in prosa, e inoltre… un socialista.
Un’altra corrente scientifica è il pragmatismo: non fa bisogno analizzare questa filosofia a fondo: il caratteristico del pragmatismo è non pregiudicare dogma alcuno. Tutte le filosofie sono vere, secondo la nuova-vecchia teoria, quando servono a intonare il cuore dell’individuo. L’azione decide della contemplazione e discrimina le sue soluzioni. Per conseguenza, non è il pragmatismo nemico della democrazia: è molto più nemico della discrezione.
Ma non si creda che spirito tanto delicato come quello di Azorín consideri cosa seria tutte queste nuove correnti scientifiche. Sa molto bene che è antistorico credere che tutti i giorni si trasmuti la saggezza: ha una nozione del classico che mi sembra molto giusta.
«Tutte queste fantasie sono pure entelechie, vane cavillazioni, e nel terreno della filosofia non si è fatto nulla —né è possibile che si faccia in molto tempo— dopo la Critica della ragion pura, di Kant».
Tutto questo mi lusinga, perché alimenta le mie convinzioni. Peccato che resti in esso un punto oscurissimo!
È, in effetti, assolutamente falso che non si sia fatto nulla nel terreno della filosofia dopo la Critica della ragion pura. Dopo quest’opera, pubblicata nel 1781, si compose il Fondamento della metafisica dei costumi (1785) e la Critica della ragion pratica (1788), entrambe dello stesso Kant. La Critica della ragion pura è un’opera geniale: in essa si espone la teoria idealista della conoscenza con chiarezza incomparabile: il problema del sapere resta posto con tale precisione, che i secoli futuri non dovranno ritoccare che dettagli e minuzie. Ma l’affermazione contenuta in quell’opera non è nuova; è piuttosto vecchissima: tutta, integralmente, si trovava in Platone, e poi in Cartesio, e più tardi in Leibniz. Se Kant avesse composto solo quel volume, non avrebbe il luogo preminente tra tutti i filosofi esistiti. Il suo invento fu un altro: il nuovo in filosofia lo portarono i due libri seguenti citati: la morale come scienza.
Da dove proviene l’errore del signor Azorín? Molto semplice, e questa è la cosa esemplare. Il signor Azorín, così cauto e verace artista, dedica alla saggezza le parti meno attente, nobili e acute del suo spirito. Come tutti i realisti, non è fatto alla rispettosità casta nel maneggio delle astrazioni: appena esce dalle cose sensibili, gli sembra che tutto sia indifferente e che, quindi, sia superfluo il rigore del metodo e la continenza dell’intelletto. Il signor Azorín non conosce la Critica della ragion pura; ha letto Schopenhauer, che è molto più ameno. E Schopenhauer, che era un cattivo uomo, fu, per conseguenza, un cattivo filosofo: fu un grande sofista e, per conseguenza, un grande letterato. Azorín lo ha letto per arricchire il suo stile, e non ha notato che Schopenhauer sconobbe completamente Kant e che, con gravissima menomazione dell’onestà scientifica, giunse a falsificare le sue citazioni. In questo grande feuilletonista della metafisica ha letto Azorín che la Critica della ragion pura è un’opera classica, ma che la Critica della ragion pratica è una sciocchezza. Senza curarsi di rettificare tali opinioni, le ha ripetute, mentre oggi valgono come prototipo di volgarità.
Y es lamentable; porque justamente en esas otras dos obras de Kant habría hallado la fundamentación científica de la única y verdadera democracia, la democracia como ley de la moralidad. Demás de esto, habría advertido que siendo la democracia producto y fórmula de la moral autonómica, es «excusado decir» que un obispo católico ha de combatirla. Yo sentiría mucho que esto enoje al señor Azorín, pero la idea democrática, en su plenario y estricto sentido, no es posible dentro del catolicismo y de su moral heteronómica. Tan no es posible, que históricamente viene a ser la flor del «cactus» luterano abierta al cabo de tres siglos de gestación.
Muy bien me parece —repito— que el señor Azorín contribuya con su prosa cristalina al engrandecimiento del presidente del Consejo; muy bien que procure poetizar su historia y componer en torno suyo una espléndida genealogía: le debe agradecimiento y afectuosidad. En cambio, al señor Moret no le debe nada: en lo cual señalamos un nuevo error político del jefe liberal. ¿Qué culpa cabe al señor Azorín de que los prohombres del partido liberal, cuyo partido, antes que ningún otro, debía ser el de los llamados intelectuales, muestren desvío semejante hacia los sabios, los profesores, los artistas, los escritores? ¿Cree el señor Moret que para cosechar espigas opimas de liberalismo basta sembrar en un reducido huerto de abogados sin escuela ni tradición intelectual? Grave error suyo fue no atraerse pluma tan eficaz como la de Azorín. Más avisado el señor Maura, favorece en torno suyo una literatura de familiares, y no olvida en su encasillado el famoso distrito del Parnaso. Así, en las futuras elecciones veremos las nueve doncellas hijas de Apolo, las hermanas Musas, ir en coro citereo, golpeando la tierra con alterno pie, uncidas de guirnaldas, a votar en sentido conservador, guiadas por Azorín, pequeño filósofo y clásico poeta.
Yo sería el último en censurar por todo esto al señor Azorín. Ni siquiera me opongo a que se haga del «maurismo» una religión con sus dioses y sus vírgenes, su falsificación alícuota de la historia y sus evangelistas rotativos. Lo que censuro es que complique con el nombre del señor Maura la historia de la filosofía.
El Imparcial, 13 de abril de 1908
And it is lamentable; because precisely in those other two works of Kant he would have found the scientific foundation of the only and true democracy, democracy as law of morality. Besides this, he would have noticed that, democracy being product and formula of autonomous morality, it is “needless to say” that a Catholic bishop must combat it. I would be very sorry if this angers Mr. Azorín, but the democratic idea, in its full and strict sense, is not possible within Catholicism and its heteronomous morality. So much is it not possible, that historically it comes to be the flower of the Lutheran “cactus” opened at the end of three centuries of gestation.
Very well it seems to me —I repeat— that Mr. Azorín contributes with his crystalline prose to the aggrandizement of the president of the Council; very well that he seeks to poeticize his history and to compose around him a splendid genealogy: he owes him gratitude and affection. On the other hand, to Mr. Moret he owes nothing: in which we point out a new political error of the liberal leader. What blame attaches to Mr. Azorín if the leading men of the liberal party, whose party, before any other, ought to have been that of the so-called intellectuals, show such coldness toward the learned, the professors, the artists, the writers? Does Mr. Moret believe that to reap rich ears of liberalism it suffices to sow in a small garden of lawyers without school or intellectual tradition? Grave was his error in not attracting so effective a pen as Azorín’s. More prudent Mr. Maura favors around him a literature of intimates, and does not forget in his electoral list the famous district of Parnassus. Thus, in the future elections we shall see the nine maidens daughters of Apollo, the sister Muses, go in Cytherean chorus, striking the earth with alternating foot, yoked with garlands, to vote in the conservative direction, guided by Azorín, little philosopher and classical poet.
I would be the last to censure Mr. Azorín for all this. I do not even oppose making of “Maurism” a religion with its gods and its virgins, its aliquot falsification of history and its rotating evangelists. What I censure is that the history of philosophy be complicated with the name of Mr. Maura.
El Imparcial, 13 April 1908
Ed è deplorevole; perché proprio in quelle altre due opere di Kant avrebbe trovato la fondazione scientifica dell’unica e vera democrazia, la democrazia come legge della moralità. Oltre a ciò, avrebbe notato che, essendo la democrazia prodotto e formula della morale autonoma, è «inutile dire» che un vescovo cattolico debba combatterla. Mi dispiacerebbe molto che questo irriti il signor Azorín, ma l’idea democratica, nel suo senso pieno e rigoroso, non è possibile all’interno del cattolicesimo e della sua morale eteronoma. A tal punto non è possibile, che storicamente viene a essere il fiore del «cactus» luterano dischiusosi al termine di tre secoli di gestazione.
Molto bene mi pare —ripeto— che il signor Azorín contribuisca con la sua prosa cristallina all’ingrandimento del presidente del Consiglio; molto bene che procuri di poetizzare la sua storia e di comporre intorno a lui una splendida genealogia: gli deve gratitudine e affettuosità. Invece, al signor Moret non deve nulla: nel che segnaliamo un nuovo errore politico del capo liberale. Che colpa ha il signor Azorín se i prominenti del partito liberale, il cui partito, prima di ogni altro, doveva essere quello dei cosiddetti intellettuali, mostrano un simile distacco verso i sapienti, i professori, gli artisti, gli scrittori? Crede il signor Moret che per raccogliere pingui spighe di liberalismo basti seminare in un piccolo orto di avvocati senza scuola né tradizione intellettuale? Grave errore suo fu non attirarsi una penna tanto efficace come quella di Azorín. Più accorto il signor Maura, favorisce intorno a sé una letteratura di familiari, e non dimentica nel suo elenco elettorale il famoso distretto del Parnaso. Così, nelle future elezioni vedremo le nove fanciulle figlie di Apollo, le sorelle Muse, andare in coro citerio, battendo la terra con piede alterno, inghirlandate, a votare in senso conservatore, guidate da Azorín, piccolo filosofo e poeta classico.
Io sarei l’ultimo a censurare per tutto questo il signor Azorín. Non mi oppongo nemmeno a che si faccia del «maurismo» una religione con i suoi dèi e le sue vergini, la sua falsificazione aliquota della storia e i suoi evangelisti a rotazione. Quello che censuro è che complicchi con il nome del signor Maura la storia della filosofia.
El Imparcial, 13 aprile 1908