Abstract

Ortega praises Azorín as a born artist and demolishes him as a thinker: his few weighty readings led him to write on politics and philosophy, turning a great man of letters into a very poor thinker. The occasion is Azorín’s defence of the bishop of Orihuela and his muddle about the ‘two democracies’. Polemical literary criticism.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Azorín, uno de los más hondos artistas que ha producido nuestra raza, se desentiende ahora de sus amores estéticos y dedica la limpidez de su estilo a una campaña política más confusa que discreta. Dentro de pocos días hablaré de su nueva obra —El político— y entonces expondré largamente las razones que me mueven a estimarle en tan alto grado como literato de casta viva, con profundas raíces en las emociones étnicas fundamentales que, por venturosas trazas, han hallado en él blando y sereno manantial. Hoy quisiera sólo recoger una de sus últimas confusiones políticas. Porque Azorín tiene de ventaja sobre casi todos los demás literatos nuevos la amplitud de sus lecturas: no se ha encerrado en la consideración de las obras maestras literarias; ha leído algunos libros de historia y de filosofía. Gracias a ello, es para él la poética una labor de valor y significado humanos y no un problema meramente técnico. Esto lleva Azorín de ventaja como literato. Lo malo es que no se contenta con ser literato, y esas pocas lecturas trascendentes de la poética le han inducido a escribir de política y de filosofía, y son culpables de que un gran literato se convierta en un paupérrimo pensador. El nervio motor de su producción artística es el más sano realismo, la honradez de su retina que se complace en imponerse la continencia de las cosas, en sujetarse a lo que se aparece ante ella y descompone las tres sustancias visuales. Describiendo un paisaje, Azorín es incapaz de decir una cosa por otra, de inventar algo que no puso ante él la naturaleza, de fingir un misterio, de mostrarse enterado de lo que no lo está. Pero Azorín pensando… Cuando Azorín se aparta del arte y se pone a pensar, las nueve musas, que tanto le favorecen, comienzan a plañir.

El otro día creyó Azorín conveniente salir a la defensa del señor obispo de Orihuela, don Juan Maura y Gelabert. A esta familia ilustre y bienhadada, que tan grandes respetos me merece, sólo falta para semejar una clara familia del Renacimiento tener algún Poggio o Aretino que refiera y celebre sus virtudes domésticas. El señor Azorín va poniendo en torno a esta familia patricia el ornamento de su literatura, y en prosa tan deleitable pasará probablemente a la posteridad. Nada de esto merece ser censurado: después de todo, no es ínfima misión del poeta perpetuar en resonancias seculares las acciones magníficas, pero momentáneas. De esta manera, las pastorales del señor obispo de Orihuela serán casi seguramente inmortales. Yo no las conozco, y sentiría mucho que algún lector pensara que las desdeño sin haberlas leído: el desdén, sobre todo el desdén preconcebido hacia una página escrita, me parece el primero de los pecados capitales, el cual va recto contra el Espíritu Santo y hiere en el corazón a la cándida palomita.

Afortunadamente, Azorín no se refiere en su artículo de ABC al contenido de la pastoral; en general, Azorín no se preocupa nunca del contenido de las cosas: lector aficionado de Schopenhauer, convierte la equívoca fórmula de su maestro: el mundo es mi representación en esta otra más decisiva: el mundo es una superficie.

Azorín protestaba de una observación de El País a la susodicha pastoral. «Excusado es decir —decía El País— que en la pastoral de don Juan Maura se combate la democracia verdadera». Esto es lo que ha parecido incorrecto a Azorín, y para demostrar que lo es, hace una ligera excursión a la filosofía.

«Ante todo, ¿por qué es “excusado decir” que en esta pastoral se combate la democracia verdadera? Al hablar de democracia “verdadera”, ¿no se supone la existencia de otra? ¿Cuál es esa otra democracia? Y sobre todo, ¿cuál es la verdadera? La dilucidación de todas estas preguntas nos ocuparía mucho espacio. Para el que escribe estas líneas no hay más que una sola democracia, como no hay más que una sola aristocracia».

Nos quedamos sin saber cuál es la única y verdadera democracia para el señor Azorín. Únicamente aprendemos que la «más pura y más reciente doctrina científica» es antidemocrática, y que, por tanto, puede un obispo católico ser, sin grave esfuerzo, hombre discreto y científico.

¿De dónde ha sacado el señor Azorín esa nueva ciencia? Las noticias que de ella nos da parecen un poco ridículas, y desde luego, impropias de quien tanta humildad ante los hechos predica. Las noticias son éstas: «Lo positivo, lo innegable, es que la democracia se halla en bancarrota… Lo dicen las más recientes corrientes científicas». Si preguntamos cuáles son estas corrientes, Azorín nos cita dos nombres: Remigio de Gourmont y Wells. No se olvide que el señor Azorín cultiva la ironía: esos dos nombres son dos ironías. Remigio de Gourmont no ha sido nunca un hombre de ciencia: es un periodista que escribe folletones al gusto filosófico predominante; ni es «uno de los más fuertes cerebros de Francia», sino meramente un escritor irrespetuoso, con lo cual no basta para ser buen escritor, y mucho menos para ser científico. En cuanto a Wells, comprendo aún menos qué viene su nombre a hacer aquí: Wells es un novelista genial, un poeta en prosa, y además… un socialista.

Otra corriente científica es el pragmatismo: no hace falta analizar esta filosofía detenidamente: lo característico del pragmatismo es no prejuzgar dogma ninguno. Todas las filosofías son verdaderas, según la nueva-vieja teoría, cuando sirven para entonar el corazón del individuo. La acción decide de la contemplación y discrimina sus soluciones. Por consiguiente, no es el pragmatismo enemigo de la democracia: es mucho más enemigo de la discreción.

Mas no se crea que espíritu tan delicado como el de Azorín considera cosa seria todas estas nuevas corrientes científicas. Sabe muy bien que es antihistórico creer que todos los días se trasmuta la sabiduría: tiene una noción de lo clásico que me parece muy justa.

«Todas estas fantasías son puras entelequias, vanas cavilaciones, y en el terreno de la filosofía no se ha hecho nada —ni es posible que se haga en mucho tiempo— después de la Crítica de la razón pura, de Kant».

Todo esto me halaga, porque fomenta mis convicciones. ¡Lástima que quede en ello un punto oscurísimo!

Es, con efecto, absolutamente falso que no se haya hecho nada en el terreno de la filosofía después de la Crítica de la razón pura. Luego de esta obra, publicada en 1781, se compuso el Fundamento de la metafísica de las costumbres (1785) y la Crítica de la razón práctica (1788), ambas por el mismo Kant. La Crítica de la razón pura es una obra genial: en ella se expone la teoría idealista del conocimiento con claridad incomparable: el problema del saber queda planteado con precisión tal, que los siglos futuros no tendrán que retocar sino detalles y menudencias. Pero la afirmación contenida en esa obra no es nueva; es más bien viejísima: toda ella, íntegramente, se hallaba en Platón, y luego en Descartes, y más tarde en Leibniz. Si Kant hubiera compuesto sólo ese volumen, no tendría el lugar preeminente entre todos los filósofos habidos. Su invento fue otro: lo nuevo en filosofía lo trajeron los dos libros siguientes citados: la moral como ciencia.

¿De dónde proviene el error del señor Azorín? Muy sencillo, y esto es lo ejemplar. El señor Azorín, tan cauto y veraz artista, dedica a la sabiduría las partes menos atentas, nobles y agudas de su espíritu. Como todos los realistas, no está hecho a la respetuosidad casta en el manejo de las abstracciones: en saliendo de las cosas sensibles, le parece que todo es indiferente y que, por tanto, huelga el rigor del método y la continencia del intelecto. El señor Azorín no conoce la Crítica de la razón pura; ha leído a Schopenhauer, que es mucho más ameno. Y Schopenhauer, que era un mal hombre, fue, por consiguiente, un mal filósofo: fue un gran sofista y, por consiguiente, un gran literato. Azorín le ha leído para enriquecer su estilo, y no ha notado que Schopenhauer desconoció por completo a Kant y que, con gravísima mengua de la honradez científica, llegó a falsificar sus citas. En este gran folletonista de la metafísica ha leído Azorín que la Crítica de la razón pura es una obra clásica, pero que la Crítica de la razón práctica es una necedad. Sin cuidarse de rectificar tales opiniones, las ha repetido, siendo así que hoy valen como prototipo de vulgaridades.

Y es lamentable; porque justamente en esas otras dos obras de Kant habría hallado la fundamentación científica de la única y verdadera democracia, la democracia como ley de la moralidad. Demás de esto, habría advertido que siendo la democracia producto y fórmula de la moral autonómica, es «excusado decir» que un obispo católico ha de combatirla. Yo sentiría mucho que esto enoje al señor Azorín, pero la idea democrática, en su plenario y estricto sentido, no es posible dentro del catolicismo y de su moral heteronómica. Tan no es posible, que históricamente viene a ser la flor del «cactus» luterano abierta al cabo de tres siglos de gestación.

Muy bien me parece —repito— que el señor Azorín contribuya con su prosa cristalina al engrandecimiento del presidente del Consejo; muy bien que procure poetizar su historia y componer en torno suyo una espléndida genealogía: le debe agradecimiento y afectuosidad. En cambio, al señor Moret no le debe nada: en lo cual señalamos un nuevo error político del jefe liberal. ¿Qué culpa cabe al señor Azorín de que los prohombres del partido liberal, cuyo partido, antes que ningún otro, debía ser el de los llamados intelectuales, muestren desvío semejante hacia los sabios, los profesores, los artistas, los escritores? ¿Cree el señor Moret que para cosechar espigas opimas de liberalismo basta sembrar en un reducido huerto de abogados sin escuela ni tradición intelectual? Grave error suyo fue no atraerse pluma tan eficaz como la de Azorín. Más avisado el señor Maura, favorece en torno suyo una literatura de familiares, y no olvida en su encasillado el famoso distrito del Parnaso. Así, en las futuras elecciones veremos las nueve doncellas hijas de Apolo, las hermanas Musas, ir en coro citereo, golpeando la tierra con alterno pie, uncidas de guirnaldas, a votar en sentido conservador, guiadas por Azorín, pequeño filósofo y clásico poeta.

Yo sería el último en censurar por todo esto al señor Azorín. Ni siquiera me opongo a que se haga del «maurismo» una religión con sus dioses y sus vírgenes, su falsificación alícuota de la historia y sus evangelistas rotativos. Lo que censuro es que complique con el nombre del señor Maura la historia de la filosofía.

El Imparcial, 13 de abril de 1908