Ortega y Gasset
Abstract
A marginal note to the Kant reflections: the virtue proper to our harsh age is sincerity, because classical ages were essentially insincere. Before a Greek statue no fault can be found, yet a dissatisfaction remains: classical perfection is measured against its own module, and what delights in it is not the individual person but an abstract, exemplary ‘pedagogical I’.
Connections
Concetti: bellezza
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
En el número anterior de esta Revista —en la primera parte de mis notas sobre Kant— opongo a las épocas de vida clásica la nuestra, y a la suavidad, la perfección, la quietud de aquéllas, nuestro modo de existir, áspero, agrio, roto, lleno de inminencias. Esto no implica —añado— que las edades agrias no tengan sus virtudes propias, ausentes de las dulces.
Algunos lectores me preguntan cuáles son esas virtudes adscritas a nuestro tiempo, y yo he de reiterar que no podría satisfacer esa curiosidad de una manera concisa. Fuera necesario comparar con algún detalle la psicología del hombre clásico con la del hombre de transición, su tipo antagónico. Tarea semejante no es ahora oportuna. Sin embargo, quisiera no dejar por completo insatisfechas a gentes que poseen la genialidad menos sólita en nuestro tiempo, la genialidad de ser curiosos. Ya que no pueda ofrecerles el sistema de las virtudes actuales, les hablaré, en breve nota marginal, de una de ellas —tal vez la substantiva, la que soporta todas las demás.
Es un poco difícil de decir, un poco audaz, pero yo voy a atreverme. Las épocas clásicas son épocas esencialmente insinceras. Ya está dicho. Hace mucho, mucho tiempo que sentía la necesidad de decir eso. ¡Pero era tan peligroso enunciarlo! Ciertamente que no iba a ser decapitado por la osadía. Nadie habría de protestar ni de indignarse. En los países de habla española lo mismo da escribir una gran verdad que una insolente inepcia: nada trae consecuencias. Pero se trataba de un peligro íntimo —el temor de decir algo poco escrupuloso, abierto a las malas inteligencias, de caprichosa apariencia. Cuanta menos disciplina nos imponga el contorno moral de nuestra sociedad, mayor rigor íntimo necesita poseer el que escribe… Pero aquí, en una nota, como al oído, ¿por qué no atreverse?
Las épocas clásicas —en arte como en política— han sido posibles gracias a la insinceridad de los hombres que en ellas vivieron. Esto es muy especialmente verdad referido al clasicismo por excelencia, al clasicismo griego.
No creo que me sea exclusiva esta impresión; al leer una obra clásica se siente siempre, junto a la complacencia por la perfección objetiva de la obra, una peculiar insatisfacción. No sería ésta peculiar si consistiese en la advertencia de tales o cuales defectos padecidos por la obra. Pero la insatisfacción que sentimos delante de todo lo griego, por ejemplo, se acusa tanto más sutilmente cuanto menos reparos nos ocurren. La grecofilia ha heredado de su ídolo cultural la insinceridad —la misma insinceridad esencial que ahora intento definir—, y es muy difícil entenderse con ella. Siempre creerá que nuestras objeciones al arte helénico significan la negación de sus gracias perfectas. Pero no hay tal. Es prácticamente imposible encontrar defectos a ciertas estatuas griegas. Son lo que tenían que ser. Todo lo clásico es siempre lo que tenía que ser; no ofrece poro alguno a la crítica. Pero el grecófilo olvida que esa valoración de una obra con respecto a su propio módulo ideal es sólo relativa. Frente a ella actúa, debe actuar, otra valoración absoluta en que estimamos no tanto la obra concreta como el estilo a que ella aspira. Una estatua griega me parece perfecta, pero esa perfección griega me deja insatisfecho. Y esto que me acontece le acontece a todo el mundo, aunque casi nadie sepa ver que le acontece. Los clásicos ejercen un indelicado terrorismo sobre las pobres almas contemporáneas, tan poco seguras de sí. El hombre que no se entusiasma con lo clásico se avergüenza de sí mismo. ¡Superstición! Con lo clásico es psicológicamente imposible entusiasmarse (si excluimos los falsos fervores suscitados por motivos ajenos a la obra clásica). La obra clásica se siente siempre como distante de nuestra sensibilidad, como si no encajase exactamente en el perfil de nuestro apetito. Queda siempre circunscribiendo éste vagamente, sin ceñirse bien a él. Nos parece que quien se complace en aquella belleza no es nuestra persona individual, sino un yo abstracto y ejemplar que lleváramos dentro y que nos fuese común con todo el género humano, un yo pedagógico. Es el mismo yo que asiente al 2 + 2 = 4. Un yo sin duda respetable, pero que no es el nuestro inalienable e insustituible; un yo que forma sólo la periferia del auténtico; un yo que fuese un polígono dentro del cual está inscrito nuestro verdadero yo, deliciosa o trágicamente circular.
En vez de decir que la obra clásica nos queda distante, podríamos formular el mismo hecho íntimo, la misma impresión, diciendo que la obra clásica es pobre. Pobre como lo es el polígono con respecto al círculo, la recta emparejada con la curva.
La vida clásica se compone de tópicos. Con esto no pretendo descalificar las ideas y valores característicos de las épocas culminantes. Sus ideas son discretísimas, sus valores son de alta nobleza, pero tienen la condición abstracta, genérica y mostrenca propia a todos los tópicos. Todavía en el siglo XVIII se consideraba como uno de los valores esenciales a toda obra bella «la unidad en la variedad». Pero ¿es posible entusiasmarse con esa virtud? Podrá ser reconocida y alguna reflexión nos moverá hasta aplaudirla; pero con la contemplación de lo uno en lo vario no puede embriagarse nadie. Lo propio cabe decir del principio monárquico a lo Luis XIV o de la democracia ateniense. Son ideas tópicas de que hoy no podríamos vivir. Aunque la reflexión las encuentre plausibles, son demasiado inconcretas para coincidir con nuestras exigencias individuales. El tópico es la verdad impersonal, y cuando hallamos que una época se ha satisfecho respirando tópicos, necesitamos pensar que los hombres de ella eran impersonales. Pero ¿qué significa esto? No es posible admitir que a esos hombres faltase la sensación de su propia individualísima personalidad. Lo que ocurría era otra cosa. Por unas u otras razones históricas, existía en ellos la propensión a creer que la vida debe consistir en una acomodación del individuo a ciertas formas oficiales, convencionales, de reacción intelectual o estética. Sólo así es posible un estilo colectivo, y sólo bajo el imperio de un estilo colectivo es posible una época clásica.
Nuestra sensibilidad es rigorosamente opuesta. Vivir es para nosotros huir del tópico, recurrir de él a nuestra personalísima reacción. Aquella otra tendencia incluye una radical insinceridad. No porque esos hombres ocultasen lo que sentían, sino porque sentían conforme a un patrón. Eran insinceros en segunda potencia.
En una conferencia reciente hacía notar Valéry que en el arte clásico hay siempre un elemento convencional. Yo aguzaría el diagnóstico. Todo arte clásico, toda vida clásica, es convencionalidad constituida. Sólo cuando los hombres llegan a ser en su sustancia misma convencionales, puede levantarse el admirable edificio de un clasicismo.
Nuestra edad, en cambio, siente, quiera o no, una grave incompatibilidad con todo lo convencional. Es menester que la idea, que la gracia, que el dogma y el imperativo se amolden exactamente al pulso de cada persona. Y como todo gran edificio social supone artificios sobreindividuales, va a ser muy difícil que nuestro tiempo produzca arte grande, sistemas ejemplares, política constructiva.
Algunos ensayan oponerse a la sinceridad contemporánea, por considerarla, muy justamente, una fuerza deletérea. Pero, sin remedio, sus predicaciones suenan a un extemporáneo convencionalismo. Así, los que predican el retorno al arte clásico o el señor Maurras, que se obstina en restaurar la política clásica de Europa. Ya el hecho de predicar es un convencionalismo. Implica el propósito de suplantar nuestro efectivo y sincero modo de sentir con otro que el predicador considera debido.
El hecho de que parezca el mundo haberse vaciado de prestigios, de glorias, de disciplinas, de «principios», etcétera, no es sino un resultado de la sinceridad operante. Como un reactivo mordiente, actúa ésta sobre toda la noble convencionalidad clásica y la desvirtúa. El mundo vuelve a estar desnudo, a ser simplemente lo que es, sin halos patéticos, sin resonancias convenidas, sin «piezas montadas». ¿Podremos sobre esa nuda realidad fabricar un modo vigoroso de existencia? Éste es el problema presente. ¿Cabe un clasicismo asentado en sinceridad? ¿No es una contradicción?
Pero el destino de la vida en el cosmos ha sido siempre resolver las contradicciones que nuestra razón afila.
La cuestión puede resumirse así. Hay dos clases de épocas: aquéllas en que la «buena acción» es la acción que repite un modelo —lo estimado en ella es el esfuerzo por no ser individual, por pasar íntegra la persona al tipo o esquema genérico. Y aquéllas otras en que, por el contrario, lo estimable de la acción es su sinceridad, ese tufo de espontaneidad que en ella encontramos cuando la vemos brotar del individuo como la hoja del botón en el árbol. Lo que en ella nos complace es el esfuerzo por no ser conforme al modelo. Se trata, pues, de dos preferencias inversas.
Revista de Occidente, mayo, 1924
In the previous issue of this Review —in the first part of my notes on Kant— I oppose to the epochs of classical life our own, and to the softness, the perfection, the stillness of those, our way of existing, harsh, bitter, broken, full of imminences. This does not imply —I add— that the bitter ages do not have their own virtues, absent from the sweet ones.
Some readers ask me which are those virtues ascribed to our time, and I must reiterate that I could not satisfy that curiosity in a concise manner. It would be necessary to compare with some detail the psychology of classical man with that of the man of transition, his antagonistic type. Such a task is not opportune now. Nevertheless, I should not like to leave entirely unsatisfied people who possess the least customary genius in our time, the genius of being curious. Since I cannot offer them the system of present-day virtues, I shall speak to them, in a brief marginal note, of one of them —perhaps the substantive one, the one that supports all the others.
It is a little difficult to say, a little audacious, but I am going to dare. Classical epochs are essentially insincere epochs. There it is said. For a very, very long time I had felt the need to say that. But it was so dangerous to enunciate it! Certainly I was not going to be beheaded for the audacity. No one would have protested or become indignant. In the Spanish-speaking countries it is the same to write a great truth as an insolent ineptitude: nothing brings consequences. But it was a matter of an intimate danger —the fear of saying something not over-scrupulous, open to misunderstanding, of capricious appearance. The less discipline the moral surround of our society imposes on us, the greater inner rigor he who writes must possess… But here, in a note, as if in the ear, why not dare?
The classical epochs —in art as in politics— have been possible thanks to the insincerity of the men who lived in them. This is especially true with reference to classicism par excellence, to Greek classicism.
I do not believe this impression is exclusive to me; upon reading a classical work one always feels, alongside the complacency for the objective perfection of the work, a peculiar dissatisfaction. It would not be peculiar if it consisted in the noticing of such and such defects suffered by the work. But the dissatisfaction we feel before everything Greek, for example, is accused the more subtly the fewer objections occur to us. Grecophilia has inherited from its cultural idol insincerity —the same essential insincerity that I now attempt to define—, and it is very difficult to come to an understanding with it. It will always believe that our objections to Hellenic art mean the negation of its perfect graces. But there is no such thing. It is practically impossible to find defects in certain Greek statues. They are what they had to be. Everything classical is always what it had to be; it offers no pore whatever to criticism. But the grecophile forgets that that valuation of a work with respect to its own ideal module is only relative. Against it acts, must act, another absolute valuation in which we esteem not so much the concrete work as the style to which it aspires. A Greek statue seems to me perfect, but that Greek perfection leaves me dissatisfied. And this which happens to me happens to everyone, although almost no one knows how to see that it happens to him. The classics exercise an indelicate terrorism over the poor contemporary souls, so little sure of themselves. The man who does not enthuse over the classical is ashamed of himself. Superstition! With the classical it is psychologically impossible to enthuse (if we exclude the false fervors raised by motives alien to the classical work). The classical work is always felt as distant from our sensibility, as if it did not fit exactly into the profile of our appetite. It always remains vaguely circumscribing this, without fitting closely to it. It seems to us that the one who takes pleasure in that beauty is not our individual person, but an abstract and exemplary self that we carried within and that was common to us with the whole human genus, a pedagogical self. It is the same self that assents to 2 + 2 = 4. A self without doubt respectable, but which is not ours, inalienable and irreplaceable; a self that forms only the periphery of the authentic one; a self that would be a polygon within which our true self is inscribed, deliciously or tragically circular.
Instead of saying that the classical work remains distant from us, we could formulate the same intimate fact, the same impression, saying that the classical work is poor. Poor as the polygon is with respect to the circle, the straight line paired with the curve.
Classical life is composed of commonplaces. With this I do not pretend to disqualify the ideas and values characteristic of the culminating epochs. Their ideas are most discreet, their values are of high nobility, but they have the abstract, generic and trite condition proper to all commonplaces. Still in the eighteenth century there was considered as one of the essential values of every beautiful work “unity in variety.” But is it possible to enthuse over that virtue? It may be recognized and some reflection will move us to applaud it; but with the contemplation of the one in the varied no one can become intoxicated. The same may be said of the monarchical principle à la Louis XIV or of Athenian democracy. They are topical ideas of which today we could not live. Although reflection finds them plausible, they are too unconcrete to coincide with our individual exigencies. The commonplace is impersonal truth, and when we find that an epoch has satisfied itself breathing commonplaces, we need to think that the men of it were impersonal. But what does this mean? It is not possible to admit that those men lacked the sensation of their own most individual personality. What was happening was something else. For one or another historical reason, there existed in them the propensity to believe that life must consist in an accommodation of the individual to certain official, conventional forms of intellectual or aesthetic reaction. Only thus is a collective style possible, and only under the empire of a collective style is a classical epoch possible.
Our sensibility is rigorously opposite. To live is for us to flee the commonplace, to appeal from it to our most personal reaction. That other tendency includes a radical insincerity. Not because those men hid what they felt, but because they felt in accordance with a pattern. They were insincere to the second power.
In a recent lecture Valéry was noting that in classical art there is always a conventional element. I would sharpen the diagnosis. All classical art, all classical life, is constituted conventionality. Only when men come to be in their very substance conventional, can the admirable edifice of a classicism rise.
Our age, in contrast, feels, whether it wishes to or not, a grave incompatibility with everything conventional. It is necessary that the idea, that grace, that the dogma and the imperative mold themselves exactly to the pulse of each person. And since every great social edifice presupposes supra-individual artifices, it is going to be very difficult for our time to produce great art, exemplary systems, constructive politics.
Some attempt to oppose contemporary sincerity, considering it, very justly, a deleterious force. But, without remedy, their preachings sound like an untimely conventionalism. Thus, those who preach the return to classical art or Mr. Maurras, who persists in restoring the classical politics of Europe. The very fact of preaching is a conventionalism. It implies the purpose of supplanting our effective and sincere way of feeling with another that the preacher considers due.
The fact that the world seems to have emptied itself of prestiges, of glories, of disciplines, of “principles,” etcetera, is nothing but a result of operative sincerity. Like a biting reagent, it acts upon all the noble classical conventionality and denatures it. The world returns to being naked, to being simply what it is, without pathetic halos, without agreed resonances, without “mounted pieces.” Shall we be able upon that naked reality to fabricate a vigorous mode of existence? This is the present problem. Is a classicism seated on sincerity possible? Is it not a contradiction?
But the destiny of life in the cosmos has always been to resolve the contradictions that our reason sharpens.
The question can be summarized thus. There are two kinds of epochs: those in which the “good action” is the action that repeats a model —what is esteemed in it is the effort not to be individual, for the person to pass wholly into the generic type or schema. And those others in which, on the contrary, what is estimable in the action is its sincerity, that whiff of spontaneity that we find in it when we see it spring from the individual like the leaf from the bud on the tree. What pleases us in it is the effort not to conform to the model. It is a matter, then, of two inverse preferences.
Revista de Occidente, May 1924
Nel numero precedente di questa Rivista —nella prima parte delle mie note su Kant— oppongo alle epoche di vita classica la nostra, e alla soavità, alla perfezione, alla quiete di quelle, il nostro modo di esistere, aspro, acre, rotto, pieno di imminenze. Questo non implica —aggiungo— che le età acri non abbiano le loro virtù proprie, assenti da quelle dolci.
Alcuni lettori mi domandano quali siano quelle virtù ascritte al nostro tempo, e io devo ribadire che non potrei soddisfare quella curiosità in maniera concisa. Sarebbe necessario confrontare con qualche dettaglio la psicologia dell’uomo classico con quella dell’uomo di transizione, il suo tipo antagonico. Compito simile non è ora opportuno. Tuttavia, vorrei non lasciare del tutto insoddisfatte persone che possiedono la genialità meno consueta del nostro tempo, la genialità di essere curiosi. Giacché non posso offrire loro il sistema delle virtù attuali, parlerò loro, in breve nota marginale, di una di esse —forse la sostantiva, quella che regge tutte le altre.
È un po’ difficile da dire, un po’ audace, ma io voglio osare. Le epoche classiche sono epoche essenzialmente insincere. Detto sta. Da molto, moltissimo tempo sentivo il bisogno di dirlo. Ma era così pericoloso enunciarlo! Certamente non sarei stato decapitato per l’audacia. Nessuno avrebbe protestato né si sarebbe indignato. Nei paesi di lingua spagnola fa lo stesso scrivere una grande verità che un’insolente inezia: nulla porta conseguenze. Ma si trattava di un pericolo intimo —il timore di dire qualcosa di poco scrupoloso, aperto alle cattive intelligenze, di capricciosa apparenza. Quanta meno disciplina ci impone il contorno morale della nostra società, tanto maggior rigore intimo deve possedere chi scrive… Ma qui, in una nota, come all’orecchio, perché non osare?
Le epoche classiche —nell’arte come nella politica— sono state possibili grazie all’insincerità degli uomini che in esse vissero. Questo è specialmente vero riferito al classicismo per eccellenza, al classicismo greco.
Non credo che questa impressione mi sia esclusiva; leggendo un’opera classica si sente sempre, accanto alla compiacenza per la perfezione oggettiva dell’opera, una peculiare insoddisfazione. Non sarebbe peculiare se consistesse nell’avvertire tali o quali difetti patiti dall’opera. Ma l’insoddisfazione che sentiamo davanti a tutto ciò che è greco, per esempio, si accusa tanto più sottilmente quanto meno appunti ci vengono in mente. La grecofilia ha ereditato dal suo idolo culturale l’insincerità —la stessa insincerità essenziale che ora tento di definire—, ed è molto difficile intendersi con essa. Crederà sempre che le nostre obiezioni all’arte ellenica significhino la negazione delle sue grazie perfette. Ma non c’è nulla di tutto ciò. È praticamente impossibile trovare difetti a certe statue greche. Sono ciò che dovevano essere. Tutto ciò che è classico è sempre ciò che doveva essere; non offre poro alcuno alla critica. Ma il grecofilo dimentica che quella valutazione di un’opera rispetto al proprio modulo ideale è soltanto relativa. Di fronte ad essa agisce, deve agire, un’altra valutazione assoluta in cui stimiamo non tanto l’opera concreta quanto lo stile a cui essa aspira. Una statua greca mi pare perfetta, ma quella perfezione greca mi lascia insoddisfatto. E questo che accade a me accade a tutti, sebbene quasi nessuno sappia vedere che gli accade. I classici esercitano un indelicato terrorismo sulle povere anime contemporanee, così poco sicure di sé. L’uomo che non si entusiasma per il classico si vergogna di se stesso. Superstizione! Con il classico è psicologicamente impossibile entusiasmarsi (se escludiamo i falsi fervori suscitati da motivi estranei all’opera classica). L’opera classica si sente sempre come distante dalla nostra sensibilità, come se non incastrasse esattamente nel profilo del nostro appetito. Rimane sempre circoscrivendo questo vagamente, senza cingervisi bene. Ci pare che chi si compiace di quella bellezza non sia la nostra persona individuale, ma un io astratto ed esemplare che portassimo dentro e che ci fosse comune con tutto il genere umano, un io pedagogico. È lo stesso io che assente a 2 + 2 = 4. Un io senza dubbio rispettabile, ma che non è il nostro inalienabile e insostituibile; un io che forma soltanto la periferia dell’autentico; un io che fosse un poligono dentro il quale è inscritto il nostro vero io, deliziosamente o tragicamente circolare.
Invece di dire che l’opera classica ci resta distante, potremmo formulare lo stesso fatto intimo, la stessa impressione, dicendo che l’opera classica è povera. Povera come lo è il poligono rispetto al cerchio, la retta accoppiata alla curva.
La vita classica si compone di luoghi comuni. Con questo non pretendo di squalificare le idee e i valori caratteristici delle epoche culminanti. Le loro idee sono discretissime, i loro valori sono di alta nobiltà, ma hanno la condizione astratta, generica e trita propria di tutti i luoghi comuni. Ancora nel Settecento si considerava come uno dei valori essenziali di ogni opera bella «l’unità nella varietà». Ma è possibile entusiasmarsi per quella virtù? Potrà essere riconosciuta e qualche riflessione ci muoverà fino ad applaudirla; ma con la contemplazione dell’uno nel vario nessuno può inebriarsi. Lo stesso si può dire del principio monarchico alla Luigi XIV o della democrazia ateniese. Sono idee topiche di cui oggi non potremmo vivere. Sebbene la riflessione le trovi plausibili, sono troppo inconcrete per coincidere con le nostre esigenze individuali. Il luogo comune è la verità impersonale, e quando troviamo che un’epoca si è soddisfatta respirando luoghi comuni, abbiamo bisogno di pensare che gli uomini di essa erano impersonali. Ma che cosa significa questo? Non è possibile ammettere che a quegli uomini mancasse la sensazione della propria individualissima personalità. Quello che accadeva era un’altra cosa. Per l’una o per l’altra ragione storica, esisteva in loro la propensione a credere che la vita debba consistere in un accomodamento dell’individuo a certe forme ufficiali, convenzionali, di reazione intellettuale o estetica. Solo così è possibile uno stile collettivo, e solo sotto l’impero di uno stile collettivo è possibile un’epoca classica.
La nostra sensibilità è rigorosamente opposta. Vivere è per noi fuggire dal luogo comune, ricorrere da esso alla nostra personalissima reazione. Quell’altra tendenza include una radicale insincerità. Non perché quegli uomini nascondessero ciò che sentivano, ma perché sentivano conforme a un modello. Erano insinceri in seconda potenza.
In una conferenza recente Valéry faceva notare che nell’arte classica c’è sempre un elemento convenzionale. Io aguzzerei la diagnosi. Tutta l’arte classica, tutta la vita classica, è convenzionalità costituita. Solo quando gli uomini arrivano a essere nella loro sostanza stessa convenzionali, può levarsi l’ammirevole edificio di un classicismo.
La nostra età, invece, sente, voglia o no, una grave incompatibilità con tutto ciò che è convenzionale. È necessario che l’idea, che la grazia, che il dogma e l’imperativo si modellino esattamente sul polso di ogni persona. E poiché ogni grande edificio sociale suppone artifici sovraindividuali, sarà molto difficile che il nostro tempo produca grande arte, sistemi esemplari, politica costruttiva.
Alcuni tentano di opporsi alla sincerità contemporanea, per considerarla, molto giustamente, una forza deleteria. Ma, senza rimedio, le loro predicazioni suonano come un convenzionalismo estemporaneo. Così, quelli che predicano il ritorno all’arte classica o il signor Maurras, che si ostina a restaurare la politica classica d’Europa. Già il fatto di predicare è un convenzionalismo. Implica il proposito di soppiantare il nostro effettivo e sincero modo di sentire con un altro che il predicatore considera dovuto.
Il fatto che il mondo sembri essersi svuotato di prestigi, di glorie, di discipline, di «principi», eccetera, non è che un risultato della sincerità operante. Come un reattivo mordente, essa agisce su tutta la nobile convenzionalità classica e la snatura. Il mondo torna a essere nudo, a essere semplicemente ciò che è, senza aloni patetici, senza risonanze convenute, senza «pezzi montati». Potremo su quella nuda realtà fabbricare un modo vigoroso di esistenza? Questo è il problema presente. È possibile un classicismo assestato sulla sincerità? Non è una contraddizione?
Ma il destino della vita nel cosmo è stato sempre risolvere le contraddizioni che la nostra ragione aguzza.
La questione può riassumersi così. Ci sono due classi di epoche: quelle in cui la «buona azione» è l’azione che ripete un modello —ciò che in essa si stima è lo sforzo per non essere individuale, per passare integra la persona al tipo o schema generico. E quelle altre in cui, al contrario, ciò che è stimabile nell’azione è la sua sincerità, quel tanfo di spontaneità che in essa troviamo quando la vediamo sbocciare dall’individuo come la foglia dal bocciolo nell’albero. Ciò che in essa ci compiace è lo sforzo per non essere conforme al modello. Si tratta, dunque, di due preferenze inverse.
Revista de Occidente, maggio 1924