Abstract
On Primo de Rivera’s Directorio: it is right to want an end to the old politics, but Ortega fears the ‘old politics’ being struck is not the one he would see annihilated. The manifesto coincides with public opinion — that is, with the mass that for fifty years lifted no finger; alongside it, though, are small reflective minorities who also have a right to be heard.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Alfa y omega de la faena que se ha impuesto el Directorio militar es acabar con la vieja política. El propósito es tan excelente, que no cabe ponerle reparos. Hay que acabar con la vieja política.
Sin embargo, yo he de confesar que desde el primer manifiesto lanzado por el general Primo de Rivera mi simpatía y mi íntima adhesión a su obra arrastran una grave inquietud. Cada nuevo decreto, cada nueva nota oficiosa, vienen a engrosar este inicial desasosiego. Temo, en efecto, que la vieja política contra la cual dispara sus rayos el Directorio sea un ente muy distinto del que yo quisiera ver aniquilado.
El espíritu de aquel manifiesto y de cuanto ha seguido pudiera, sin tergiversación, ser resumido así: las desdichas de la nación proceden de que unos centenares de hombres, sin moralidad ni competencia, se han adueñado astutamente del Poder público, y, usando de éste en beneficio propio, sin atender a los deseos de la masa nacional, impiden toda obra fértil en lo público y en lo privado, anulan las iniciativas juiciosas, favorecen sólo a los cínicos y mantienen un puro desorden en todas las funciones del Estado. Si esos hombres son eliminados del Poder, España, por sí misma, sanará.
Esta idea, que el primer manifiesto expresaba, coincide exactamente con la opinión pública. La masa española piensa, en efecto, que la culpa de los males patrios la tienen los políticos, y que, extirpados éstos, el pueblo español vivirá feliz y en buen orden. Si el movimiento militar ha querido identificarse con la opinión pública y ser plenamente popular, justo es decir que lo ha conseguido por entero. Nada puede halagar tanto a la gran masa de españoles como que se les diga eso: que unas cuantas personas, con nombres propios y notorios, son las responsables de sus desventuras. Por supuesto, la gran masa de españoles que está convencida de eso no ha sido capaz en cincuenta años de sacudirse el gravamen de tan nefandas personas. No ha sido capaz ni siquiera de intentarlo. Ninguna de las generaciones actuales ha asistido al más leve conato popular para arrancar el poder de aquellas manos fraudulentas. No pocos hombres egregios han consumido su existencia en llamar a sus conciudadanos para que, formando una cruzada de reivindicación, libertasen la máquina pública, detentada por unos salteadores. Todo fue en vano: la muchedumbre no ha acudido. Calcúlese la gratitud que la gran masa nacional sentirá hacia estos magnánimos generales que, generosamente, desinteresadamente, han realizado la aspiración semisecular de veinte millones de españoles, sin que a éstos les cueste esfuerzo alguno.
Todo esto está muy bien, y es perfectamente claro. Pero no lo es menos que España no se compone sólo de esa gran masa. Junto a ella, mejor dicho, frente a ella, existe una pequeña masa de españoles, una serie de reducidas minorías. Da la casualidad de que estas exiguas minorías se componen de los españoles más valiosos, de hombres con la conciencia sobremanera limpia, y que, además, son en sus varios oficios, profesiones y clases lo que más honra a la raza. Estas minorías tienen también derecho a ser atendidas, siempre que sus opiniones y deseos sean razonables y aparezcan formulados con mesura. Estas minorías, unas con temple derechista, otras con temple izquierdista, se caracterizan por una capacidad de reflexión superior a la que goza la gran masa. Han comprendido muy bien que el Directorio necesitaba iniciar su actuación sobre una ancha base de coincidencia con la muchedumbre, y no les extraña que hasta ahora lo que se ha dicho y hecho tenga cierto sabor demagógico y vaya consignado a la galería. Pero están seguros de que en su hora el Directorio no olvidará que ellos también existen, que forman parte muy respetable de España y esperan palabras y actos un poco más consonantes con su sensibilidad.
Estas minorías no dudan de que los más hondos pensamientos del Directorio sobre los problemas de España se hallan todavía inéditos. No pueden creer que estos generales, hombres de mente clara y que sesgan ya las zonas menos juveniles de la vida tengan de los males de España las mismas ideas elementales que se repiten a toda hora en las tertulias de café, en los casinillos de provincia y en las carabas de aldea.
Ante los problemas españoles, como ante todo problema, reacciona la mente, formándose una primera opinión, que es siempre la más obvia y elemental. Luego, si la mente no se para, advierte el error de aquel primer pensamiento y lo sustituye por otro más adecuado que, a su vez, va recibiendo nuevas correcciones. Este movimiento y progreso del intelecto es esencial en toda cuestión, porque, ante toda cuestión, somos primero aprendices, y sólo más tarde maduros conocedores. No pretendo haber llegado a esas altitudes de un maduro conocimiento; pero he de decir que si a los veinte años pensaba, como todo el mundo, que la culpa de los males patrios la tenían los políticos, pronto me hallé muy lejos de tal opinión errónea, pueril y hondamente insincera.
Se comprende muy bien que, aprovechando un momento de descuido, un grupo de audaces se haga dueño de una nación y la gobierne a capricho, violentamente, sin congruencia con las ideas y sentimientos de la sociedad. Pero, ni que decir tiene, este fenómeno histórico sólo es posible con carácter muy transitorio. El pueblo sano, sorprendido un instante, se recobra y no acierta a tolerar que se inveteren en el Poder unos gobernantes cuya índole y manera están en desacuerdo con el sentimiento y el carácter nacionales. No hay mejor síntoma para reconocer lo que es normal en historia —y en todo proceso vital— que la perduración. Lo anormal es, por esencia, fugaz, estado transitorio. Por consiguiente, si vemos que esa anómala disociación entre gobernantes y gobernados se hace crónica y dura casi un siglo —Costa hablaba de tres— pensaremos que se trata de una falsa interpretación de los hechos. Un modo de gobernación y un tipo de gobernantes que se estabilizan durante una centuria sobre un pueblo son inexorablemente un modo de gobernación y un tipo de gobernantes perfectamente ajustados al carácter de la masa nacional. Pensar de otra manera me parece grotesco y monstruoso.
Bastaría esta reflexión genérica para invitarnos a corregir la idea vulgar que se tiene de nuestra «vieja política». Pero el caso de España añade con superabundancia nuevos argumentos. Supongamos que no fuera síntoma inequívoco de la normalidad de un régimen su perduración, ¿qué otro rasgo o señal habría para, al menos, venir en la sospecha de que el sistema de gobierno no coincidía con la voluntad nacional? Sólo éste: que los gobernados hubiesen intentado, reiterada y enérgicamente, eliminar a sus malos gobernantes. Pues bien; ¿quién recuerda un solo intento parecido en España? No lo ha habido, ni siquiera germinal, ni siquiera en sombra o trasunto. La «revolución» del 68 fue, poco más o menos, como el golpe de Estado de 1923, obra de unas cuantas personas, sin verdadera colaboración ni asistencia de la masa nacional. La «revolución» del 68 —no se olvide— fue hecha por palatinos. Una vez y otra ha aparecido algún hombre generoso que se sublevaba contra el sistema constituido. El último fue el señor Maura. Pues bien: siempre ha ocurrido lo mismo: el protestante se quedaba solo y la gran masa nacional seguía sustentando a la «vieja política».
Una de las características de la vieja política era la flojera de la autoridad. El viejo régimen no se ha permitido nunca violencias; al contrario, ha permitido todas las violencias contra el Poder público. Durante su imperio todo el mundo ha hecho lo que le venía en gana. Lo único que no le vino en gana a los españoles fue libertarse de esa ominosa política, contra la cual expectoraban formidables diatribas en las tertulias de café, en los casinillos de provincia, en las carabas de aldea. El que para orientarse sobre el verdadero sentir de los españoles atiende a lo que éstos dicen, no conoce lo más mínimo la psicología nacional.
Advertencias de este linaje nos llevan a la convicción de que es completamente ilusorio reducir la «vieja política» a una detentación del Poder público por unos centenares de audaces. Si fuera esto, carecería de importancia, y hubiera sido muy fácil curar el mal. Mas es preciso reconocer con entereza la pura verdad: la «vieja política» era y es el sistema de gobernación que espontánea y entrañablemente corresponde al modo de ser de los españoles. Pensar otra cosa es ganas de hacerse torpes ilusiones, y es, además, la mayor falta de patriotismo: cobardía para mirar de frente la realidad nacional. Quien de verdad aspire a curar la enfermedad histórica de España tiene que comenzar por atreverse a verla y a denunciarla.
No; la vieja política no es sólo ni siquiera principalmente una serie de abusos —latrocinios, injusticias, ilegalidades— cometidos por unos cuantos hombres. Ha sido, a mi juicio, un error del movimiento militar enfocar exclusivamente por este lado el proceso de rehabilitación nacional. Porque la realidad no es ésa, y la realidad se venga siempre, pronto o tarde, cuando no se la atiende o se la confunde. Es preciso decirlo taxativamente; los políticos españoles no han sido nocivos a la nación por sus abusos. En muchos otros países que llevan vida saludable, los políticos han abusado más que en España. Atacarlos por el frente de los supuestos abusos es caminar ciegamente hacia su reivindicación. Todo lo que se podrá encontrar hurgando en los bajos fondos serán algunas pequeñas canalladas de algún que otro personaje, pero nada que, siquiera a manera de símbolo, explique la profunda desorganización de nuestro cuerpo colectivo y justifique nada menos que un golpe de Estado.
Los viejos políticos, digámoslo galantemente, eran sólo la flor de la «vieja política». La raíz y la causa de todo el régimen estaban y están en los gobernados, no en los gobernantes. El cinismo, la desaprensión, la incompetencia, la ilegalidad, el caciquismo, etcétera, procedían, proceden y procederán de la gran masa española que vive desde hace mucho tiempo, con anterioridad a la instauración de la «vieja política», en un grado de desmoralización superlativo. Y lo más pernicioso que puede hacerse es halagar sus torcidos instintos, dándole a entender que es ella virtuosa y que sus males proceden de individuos determinados, y, al fin y al cabo, sobresalientes. Los viejos políticos fueron creación entrañable de una época española. El pueblo los ha hecho, los ha seleccionado, los ha dirigido, los ha moldeado. La mayor falsedad que se ha dicho —y se ha dicho innumerables veces— era calificar de «ficción» y de «farsa» el régimen que ahora quisiéramos aniquilar. Mirando bien las cosas, se viene al convencimiento de que la política de los últimos cincuenta años ha sido la expresión más exacta del sentimiento colectivo español. No conozco país donde en esa época haya gobernado tan plenamente la opinión pública.
La prueba de todo esto se expone a hallarla muy pronto y superabundantemente el Directorio cuando sus excelentes deseos entren en contacto con la realidad del alma española. Lo que ha hecho hasta ahora era fácil, porque era quitar, cortar, segar, cosas que el Poder público puede hacer solo y por sí. Pero mañana tendrá que comenzar a reconstruir el Estado, y esta magnífica faena —lo más grande y excelso que cabe intentar sobre el planeta— por fuerza ha de hacerse con la intervención del pueblo. Veremos si entonces lo que va apuntado conserva el aspecto de paradoja que ahora tiene.
No es lo importante castigar los abusos de los gobernantes, sino sustituir los usos de los gobernados. Exactamente los mismos defectos que al aparecer en las funciones de Estado atribuimos a la «vieja política» los encontramos en todas las operaciones privadas de los ciudadanos. La economía de los particulares adolece de los mismos vicios que la finanza pública. La incompetencia del ministro y del parlamentario, su arbitrariedad, su caciquismo, reaparecen en el ingeniero, en el industrial, en el agricultor, en el catedrático, en el médico, en el escritor. Por eso es el mayor quid pro quo que cabe cometer imaginarse el caso de España como el de un país donde una sociedad sana sufre los vicios y errores de unos cuantos gobernantes, de suerte que bastaría con desterrar a éstos para que las virtudes nacionales den su lucida cosecha. Desgraciadamente, el caso de España es más bien inverso. Con ser detestables los «viejos políticos», son mucho peores los viejos españoles, esa gran masa inerte y maldiciente sin ímpetu ni fervor ni interna disciplina.
No; la curación de España es faena mucho más grave, mucho más honda de lo que suele pensarse. Tiene que atacar estratos del cuerpo nacional mucho más profundos que la «política», la cual no representa sino la periferia y cutis de la sociedad.
Yo creo firmemente que es posible hacer una España espléndida. Es posible, pero no es fácil, y, sobre todo, me parece inútil desearlo vagamente si no hay resolución para embestir el mal en las zonas subterráneas donde radica. Llevamos cincuenta años en que derechas e izquierdas, altos y bajos, por activa o por pasiva, no hacen otra cosa que halagar a la gran masa de españoles, verdaderos responsables de la mengua histórica nacional. Para rehacer España es forzoso resolverse a no contar con el español medio. Sólo una concentración de todas las minorías selectas que formen una legión sagrada y arremetan contra la masa —por supuesto, sin otras armas que la nuda y pura voluntad—, puede hacer de la materia corrompida, que es nuestra raza, un nuevo Poder histórico.
Y sería entender mal esto que digo suponer que esa rebelión de las minorías contra la masa —del capaz contra el incapaz, del noble contra el vil— excluye cualquiera forma de gobierno. El problema a que me refiero se plantea lo mismo al conservador que al demócrata y al socialista. Todos ellos saben que sus esquemas jurídicos, los moldes de sus instituciones predilectas, fracasarán, porque el material humano en que han de vaciarse es inservible. El dictatorial, lo mismo que el demócrata, si quieren hacer algo acertado, tendrán que revolverse contra la opinión pública. En cambio, con la opinión pública se volverá irremisiblemente a lo que ella ha creado: la «vieja política».
El Sol, 27 de noviembre de 1923