Ortega y Gasset

Abstract

A greeting to the Gaceta Literaria and a theory of three genres: the book is intellectual flow crystallized, and Ortega recalls that Plato felt horror at the book, sensing in it a cadaverous rigidity. The review’s mission is ‘placental’ — publishing the premature and the confidential; the literary newspaper’s is literature as living event.

Connections

Figure: Platone
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Los jóvenes escritores que fletan esta novísima carabela de La Gaceta Literaria pueden hacer faena muy de alta mar.

Es ya necesario, ineludible, que exista un periódico de la literatura española —literatura en el sentido más amplio, española en un sentido enorme. Diré brevemente por qué me parece así.

Hay el libro, hay la revista, hay el periódico. Hay el libro que es la obra misma, desprendida y ajena ya a su autor, encerrada en sí, pequeño astro de irrealidad, flotando a merced de gravitaciones trascendentes. El autor al publicar su obra tiene la impresión de que ha enajenado un trozo de sí mismo, que ya no le pertenece, como el anillo que del anélido escapa por estrangulación se hace otro gusano con destino propio e incoercible. La gente se encuentra con el libro y por muy firmado que vaya cree que es anónimo: se ignora de dónde viene, con qué propósito fue expedido, cuáles son sus motivos supuestos. ¡Cuántas veces una palabra sobre el libro que no está en el libro enciende dentro de éste, a nuestros ojos asombrados, inesperadas iluminaciones!

Pero verdaderamente un libro, aun el más perfecto, es siempre una abstracción, un fragmento. La mitad de él quedó en la placenta maternal, donde se ha nutrido, en el secreto ambiente de ideas, preferencias, postulados, datos que fueron su atmósfera de germinación. Sólo el autor y el grupo en que vive conocen ese secreto, que es la clave decisiva del libro. Los otros lo ignoran. Si son sinceros advierten que tienen en la mano un jeroglífico; si son perspicaces, ven las esquirlas de la fractura y buscan el otro pedazo.

Como todo lo esencial, padece la literatura una contradicción inexorable. Porque no tiene duda que la literatura es, a la postre, el libro; en él culmina, en él fructifica y, como los frutales, de él recibe el nombre. Mas, por otra parte, el libro es sólo un momento de la fluencia intelectual que en él se detiene, cristaliza y congela. Hay en todo libro algo de falsificación de la vida intelectual efectiva —una falsificación del mismo orden que la ejecutada en el movimiento por la fotografía instantánea. Así se explica que formidables escritores, el primero Platón, hayan sentido horror al libro, venteando en él algo de la rigidez cadavérica —pensamiento de pronto paralizado, gesto que se ha quedado perlático como Don Bartolo en el final del Barbero al golpe súbito sobre el suelo de las culatas de los fusiles. La instantánea deja a la ola defraudada en su afán de ondulación y la castiga por siempre a eréctil espasmo.

Para corregir en aproximación ese defecto congénito del libro debía servir la revista. Hoy es un centón de pequeños libros dispares que vuelan en fortuita bandada mensual. Yo creo que la revista tiene otra misión, una misión placentaria. La revista debiera diferenciarse del libro como lo público de lo privado. El libro es la obra hecha cosa, orgánica e impersonal. Pero la vida intelectual actúa también en formas previas, preparatorias, confidenciales —se compone también de juicios tiernos, de sospechas, de curiosidades, de insinuaciones, fauna exquisita y delicada que no puede vivir aún en perfecta separación de su autor, que sólo alienta en un clima de confesión, de intimidad. A mí me complacería sobre todas una revista donde los escritores publicasen lo que no llega nunca a sus libros, lo prematuro, nonnato, recóndito; donde discutiesen sin forma ni pretensión pública alguna, donde no fuese peligroso avanzar una vislumbre problemática, una pregunta vacilante. Este elemento móvil y como líquido establecería una continuidad entre los islotes distantes que son los libros, expresaría adecuadamente la inquietud sustantiva del pensamiento, devolviéndole su fluencia, su ondulación y su venturosa inestabilidad. Nos gusta el libro cuando es miel, mas por lo mismo nos gustaría asistir a la melificación, ver el temblor de las abejas en sus corsés de oro. ¡Qué fabulosa fecundación y educación mutuas produciría una revista así escrita al oído!

Mas, libro y revista son obra —sólida o flúida. Queda todo un haz de literatura intacto en ambos: el hecho social e histórico de la obra y el autor. Queda, pues, íntegra la literatura como «suceso», como acontecimiento real y viviente en medio de toda la realidad y de cuanto vive. Ésta es la dimensión del fenómeno literario que sólo un periódico puede reflejar.

En otros tiempos pudo ser menos urgente un periódico de las letras porque la vida literaria era menos numerosa, menos varia de direcciones, entrelazamientos y heterogeneidades. Hoy el público y los mismos escritores andan perdidos en medio de la selva impresa ejercitando un vago robinsonismo.

El público no sabe nada de nosotros más que, si acaso, lo exorbitante, como de la jirafa sabe el cuello superlativo. Pero nosotros mismos nos desconocemos los unos a los otros, mucho más de lo que se cree. Un ejemplo concreto: no creo que haya nadie en Madrid enterado con alguna precisión de lo que las letras madrileñas representan hoy en Europa. Lo poco que, por azar, conozco de ello, sé que lo ignoran los demás, y, sin embargo, es cosa sobremanera reconfortante. ¿Reconfortante? Más, mucho más que eso, como al punto diré.

Pero si el escritor de Madrid ignora en tal medida la figura de las letras madrileñas, menos han de conocerse entre sí éste y los otros centros intelectuales de la gran pluralidad española. Es preciso, pues, objetivar la vida de las letras, dotarlas de presencia y perfil notorio —como se ha conseguido en el siglo XIX dar al Estado una corporeidad perfecta ante la conciencia de cada ciudadano. Y si esto ha logrado el periódico, también podrá lograr aquello.

La condición es que el periódico de las letras se proponga ser periódico y no otra cosa. A diferencia del libro y la revista, que son la literatura haciéndose, deberá mirar la literatura desde fuera, como hecho, e informarnos sobre sus vicisitudes, describirnos la densa pululación de ideas, obras y personas, dibujar las grandes líneas de la jerarquía literaria siempre cambiante, pero siempre existente.

Fuera un error de La Gaceta Literaria contentarse con ser un semanario más de juventud, en que un nuevo equipo lírico empuja hacia una meta alucinada el balón de su programa particular. Esta táctica ha puesto en grave peligro la salud de las letras francesas. El propósito debe ser estrictamente inverso: excluir toda exclusión, contar con la integridad del orbe literario español y sus espacios afines —como hace el periódico, que no comienza mutilando la sociedad para hablar sólo de un rincón.

De esta suerte podrá esta hoja —aparte otras ventajas subalternas— contribuir a la mayor y más urgente empresa, que es: curar definitivamente a las letras españolas de su pertinaz provincialismo. Provincialismo es angostura, frivolidad y pequeñez de radio moral. Madrid, Barcelona, Lisboa, Buenos Aires se reparten diversos atributos de la mente provincial. Y si esto fue siempre deplorable, hoy equivaldría a una deserción. Pues todos los signos auguran que cae sobre las letras españolas una nueva y magnífica responsabilidad.

Las otras grandes unidades de cultura comienzan a fatigarse: tres siglos de esfuerzo continuado por fuerza embotan las retinas que han permanecido de hito en hito fijas en los mismos temas. Todo el que sepa leer entre líneas y oír entre palabras percibe esta situación. El relativo descanso de España, la mocedad de nuestra América tienen que ser la fuerza de reserva que acude a la brecha. Tenemos que pensar y escribir, no sólo para la ciudad, sino para el orbe. Es hora, pues, de sacudir los restos de provincialismo y montar las almas en más prócer disciplina. Hay que resolverse a pensar y a sentir en onda larga.

Por este motivo me parece tan acertado el afán que esta Gaceta declara, de dilatarse hasta los confines de la Gramática y aun de prestar su resonancia a las lenguas más próximas. Es cosa probada: uno de los factores decisivos que regulan las costumbres de una población es el número de sus habitantes. Cuando éste pasa de dos millones, la ciudad queda inmunizada al provincialismo. Lo mismo en la villa literaria. Si Madrid, Barcelona, Lisboa, Buenos Aires llegan, en efecto, a sentirse barrios de una gigante urbe de las letras, neutralizarán mutuamente sus provincialidades íntimas y vivirán y trabajarán con radio ecuménico. Esto es lo único que merece la pena.

La Gaceta Literaria, 1 de enero de 1927

The young writers who charter this brand-new caravel of La Gaceta Literaria can do very high-seas work.

It is now necessary, ineluctable, that a newspaper of Spanish literature exist —literature in the widest sense, Spanish in an enormous sense. I shall briefly say why it seems so to me.

There is the book, there is the review, there is the newspaper. There is the book that is the work itself, detached and already alien to its author, enclosed in itself, small star of unreality, floating at the mercy of transcendent gravitations. The author in publishing his work has the impression that he has alienated a piece of himself, which no longer belongs to him, as the ring that escapes from the annelid by strangulation becomes another worm with a destiny of its own and incoercible. People come upon the book and, however signed it is, believe it is anonymous: it is ignored whence it comes, with what purpose it was dispatched, what its supposed motives are. How many times a word about the book that is not in the book kindles within it, to our astonished eyes, unexpected illuminations!

But truly a book, even the most perfect, is always an abstraction, a fragment. Half of it remained in the maternal placenta, where it was nourished, in the secret environment of ideas, preferences, postulates, data that were its atmosphere of germination. Only the author and the group in which he lives know that secret, which is the decisive key of the book. The others are ignorant of it. If they are sincere they notice that they hold in their hand a hieroglyph; if they are perspicacious, they see the splinters of the fracture and seek the other piece.

Like everything essential, literature suffers an inexorable contradiction. Because there is no doubt that literature is, in the last resort, the book; in it it culminates, in it it fructifies and, like the fruit trees, from it receives its name. But, on the other hand, the book is only a moment of the intellectual flux that in it stops, crystallizes and freezes. There is in every book something of falsification of the effective intellectual life —a falsification of the same order as that executed on movement by the instantaneous photograph. Thus it is explained that formidable writers, the first Plato, have felt horror of the book, sniffing in it something of the cadaverous rigidity —thought suddenly paralysed, gesture that has remained paralytic like Don Bartolo at the end of The Barber at the sudden blow on the ground of the rifle butts. The snapshot leaves the wave defrauded in its eagerness of undulation and punishes it forever with erectile spasm.

To correct in approximation that congenital defect of the book the review was to serve. Today it is a cento of disparate little books that fly in a fortuitous monthly flock. I believe that the review has another mission, a placental mission. The review ought to differentiate itself from the book as the public from the private. The book is the work made thing, organic and impersonal. But intellectual life also acts in previous, preparatory, confidential forms —it is composed also of tender judgements, of suspicions, of curiosities, of insinuations, exquisite and delicate fauna that cannot yet live in perfect separation from its author, that only breathes in a climate of confession, of intimacy. It would please me above all a review where writers published what never reaches their books, the premature, unborn, recondite; where they discussed without any public form or pretension, where it were not dangerous to advance a problematic glimpse, a hesitant question. This mobile and as it were liquid element would establish a continuity between the distant islets that are the books, would adequately express the substantive restlessness of thought, returning to it its flux, its undulation and its fortunate instability. We like the book when it is honey, but for that very reason we would like to attend the mellification, to see the trembling of the bees in their corsets of gold. What fabulous mutual fecundation and education a review thus written to the ear would produce!

But book and review are work —solid or fluid. There remains a whole sheaf of literature intact in both: the social and historical fact of the work and the author. There remains, then, whole literature as «event», as real and living occurrence in the midst of all reality and of all that lives. This is the dimension of the literary phenomenon that only a newspaper can reflect.

In other times a newspaper of letters could be less urgent because literary life was less numerous, less various in directions, intertwinings and heterogeneities. Today the public and the writers themselves go lost in the midst of the printed jungle practising a vague Robinsonism.

The public knows nothing of us beyond, at most, the exorbitant, as of the giraffe it knows the superlative neck. But we ourselves do not know one another, far more than is believed. A concrete example: I do not believe there is anyone in Madrid informed with some precision of what Madrid letters represent today in Europe. The little that, by chance, I know of it, I know the others ignore, and, nevertheless, it is a thing exceedingly comforting. Comforting? More, much more than that, as I shall presently say.

But if the writer of Madrid ignores to such a degree the figure of Madrid letters, even less will this one and the other intellectual centres of the great Spanish plurality know each other. It is necessary, then, to objectify the life of the letters, to endow them with presence and notorious profile —as in the nineteenth century it was achieved to give the State a perfect corporeity before the consciousness of every citizen. And if the newspaper has achieved this, it will also be able to achieve that.

The condition is that the newspaper of letters propose to itself to be a newspaper and nothing else. Unlike the book and the review, which are literature making itself, it ought to look at literature from outside, as fact, and inform us of its vicissitudes, describe to us the dense swarming of ideas, works and persons, draw the great lines of the literary hierarchy ever changing, but ever existing.

It would be an error of La Gaceta Literaria to content itself with being one more youth weekly, in which a new lyrical team pushes toward a delusive goal the ball of its particular programme. This tactic has put in grave danger the health of French letters. The purpose must be strictly inverse: to exclude all exclusion, to count upon the integrity of the Spanish literary orb and its kindred spaces —as the newspaper does, which does not begin by mutilating society in order to speak only of one corner.

In this manner this sheet could —apart from other subaltern advantages— contribute to the greatest and most urgent enterprise, which is: definitively to cure Spanish letters of their pertinacious provincialism. Provincialism is narrowness, frivolity and smallness of moral radius. Madrid, Barcelona, Lisbon, Buenos Aires share out diverse attributes of the provincial mind. And if this was always deplorable, today it would amount to a desertion. For all the signs augur that a new and magnificent responsibility falls upon Spanish letters.

The other great units of culture begin to tire: three centuries of continued effort perforce dull the retinas that have remained fixed, unblinkingly, on the same themes. Whoever knows how to read between the lines and hear between the words perceives this situation. The relative rest of Spain, the youth of our America have to be the reserve force that runs to the breach. We have to think and write, not only for the city, but for the orb. It is time, then, to shake off the remains of provincialism and mount the souls to a more stately discipline. One must resolve to think and to feel in long wave.

For this reason the eagerness that this Gaceta declares seems to me so well aimed, to dilate itself to the confines of Grammar and even to lend its resonance to the nearest languages. It is a proven thing: one of the decisive factors that regulate the customs of a population is the number of its inhabitants. When this passes two million, the city remains immunized against provincialism. The same in the literary town. If Madrid, Barcelona, Lisbon, Buenos Aires come, in effect, to feel themselves quarters of a giant city of letters, they will mutually neutralize their intimate provincialisms and will live and work with ecumenical radius. This is the only thing worth the while.

La Gaceta Literaria, 1 January 1927

I giovani scrittori che noleggiano questa nuovissima caravella de La Gaceta Literaria possono fare opera d’altissimo mare.

È ormai necessario, ineludibile, che esista un giornale della letteratura spagnola —letteratura nel senso più ampio, spagnola in un senso enorme. Dirò brevemente perché mi sembra così.

C’è il libro, c’è la rivista, c’è il giornale. C’è il libro che è l’opera stessa, staccata e già estranea al suo autore, chiusa in sé, piccolo astro di irrealtà, fluttuante a mercede di gravitazioni trascendenti. L’autore pubblicando la sua opera ha l’impressione di aver alienato un pezzo di se stesso, che non gli appartiene più, come l’anello che dall’anellide sfugge per strozzamento si fa altro verme con destino proprio e incoercibile. La gente si trova con il libro e, per quanto firmato sia, crede che sia anonimo: si ignora donde venga, con quale proposito sia stato spedito, quali siano i suoi motivi sottintesi. Quante volte una parola sul libro che non sta nel libro accende dentro di esso, ai nostri occhi stupiti, inattese illuminazioni!

Ma veramente un libro, anche il più perfetto, è sempre un’astrazione, un frammento. La metà di esso è rimasta nella placenta materna, dove si è nutrito, nel segreto ambiente di idee, preferenze, postulati, dati che furono la sua atmosfera di germinazione. Solo l’autore e il gruppo in cui vive conoscono quel segreto, che è la chiave decisiva del libro. Gli altri lo ignorano. Se sono sinceri avvertono di avere in mano un geroglifico; se sono perspicaci, vedono le schegge della frattura e cercano l’altro pezzo.

Come tutto ciò che è essenziale, la letteratura patisce una contraddizione inesorabile. Perché non c’è dubbio che la letteratura è, in ultima analisi, il libro; in esso culmina, in esso fruttifica e, come gli alberi da frutto, da esso riceve il nome. Ma, d’altra parte, il libro è solo un momento della fluenza intellettuale che in esso si arresta, cristallizza e congela. C’è in ogni libro qualcosa di falsificazione della vita intellettuale effettiva —una falsificazione dello stesso ordine di quella eseguita sul movimento dalla fotografia istantanea. Così si spiega che formidabili scrittori, il primo Platone, abbiano provato orrore per il libro, fiutando in esso qualcosa della rigidità cadaverica —pensiero d’improvviso paralizzato, gesto rimasto perlitico come Don Bartolo alla fine del Barbiere al colpo improvviso delle calciate dei fucili sul suolo. L’istantanea lascia l’onda defraudata nel suo anelito di ondulazione e la castiga per sempre a erettile spasmo.

Per correggere in approssimazione quel difetto congenito del libro doveva servire la rivista. Oggi è un centone di piccoli libri disparati che volano in fortuita banda mensile. Io credo che la rivista abbia un’altra missione, una missione placentare. La rivista dovrebbe differenziarsi dal libro come il pubblico dal privato. Il libro è l’opera fatta cosa, organica e impersonale. Ma la vita intellettuale agisce anche in forme previe, preparatorie, confidenziali —si compone anche di giudizi teneri, di sospetti, di curiosità, di insinuazioni, fauna squisita e delicata che non può vivere ancora in perfetta separazione dal suo autore, che solo respira in un clima di confessione, di intimità. A me piacerebbe sopra tutte una rivista dove gli scrittori pubblicassero ciò che non arriva mai ai loro libri, il prematuro, nonnato, recondito; dove discutessero senza forma né pretesa pubblica alcuna, dove non fosse pericoloso avanzare un barlume problematico, una domanda titubante. Questo elemento mobile e come liquido stabilirebbe una continuità tra gli isolotti distanti che sono i libri, esprimerebbe adeguatamente l’inquietudine sostantiva del pensiero, restituendogli la sua fluenza, la sua ondulazione e la sua venturosa instabilità. Il libro ci piace quando è miele, ma per ciò stesso ci piacerebbe assistere alla melificazione, vedere il tremore delle api nei loro corsetti d’oro. Che favolosa fecondazione e reciproca educazione produrrebbe una rivista così scritta all’orecchio!

Ma libro e rivista sono opera —solida o fluida. Rimane tutto un fascio di letteratura intatto in entrambi: il fatto sociale e storico dell’opera e dell’autore. Rimane, dunque, integra la letteratura come «avvenimento», come accadimento reale e vivente in mezzo a tutta la realtà e a quanto vive. Questa è la dimensione del fenomeno letterario che solo un giornale può riflettere.

In altri tempi poté essere meno urgente un giornale delle lettere perché la vita letteraria era meno numerosa, meno varia di direzioni, intrecci ed eterogeneità. Oggi il pubblico e gli stessi scrittori vanno perduti in mezzo alla selva stampata esercitando un vago robinsonismo.

Il pubblico non sa nulla di noi più che, semmai, l’esorbitante, come della giraffa sa il collo superlativo. Ma noi stessi ci ignoriamo gli uni gli altri, molto più di quanto si creda. Un esempio concreto: non credo che ci sia nessuno a Madrid informato con qualche precisione di ciò che le lettere madrilene rappresentano oggi in Europa. Quel poco che, per caso, ne conosco, so che gli altri lo ignorano, e, tuttavia, è cosa sopra ogni dire riconfortante. Riconfortante? Più, molto più di questo, come subito dirò.

Ma se lo scrittore di Madrid ignora in tale misura la figura delle lettere madrilene, meno ancora si conosceranno tra loro questo e gli altri centri intellettuali della grande pluralità spagnola. È necessario, dunque, oggettivare la vita delle lettere, dotarle di presenza e profilo notorio —come si è ottenuto nell’Ottocento di dare allo Stato una corporeità perfetta dinanzi alla coscienza di ogni cittadino. E se questo lo ha conseguito il giornale, anche quello potrà conseguirlo.

La condizione è che il giornale delle lettere si proponga di essere giornale e non altra cosa. A differenza del libro e della rivista, che sono la letteratura che si fa, dovrà guardare la letteratura dal di fuori, come fatto, e informarci sulle sue vicissitudini, descriverci la densa pullulazione di idee, opere e persone, disegnare le grandi linee della gerarchia letteraria sempre cangiante, ma sempre esistente.

Sarebbe un errore de La Gaceta Literaria accontentarsi di essere un ennesimo settimanale di gioventù, in cui una nuova squadra lirica spinge verso una meta allucinata il pallone del suo programma particolare. Questa tattica ha messo in grave pericolo la salute delle lettere francesi. Il proposito deve essere strettamente inverso: escludere ogni esclusione, fare i conti con l’integrità dell’orbe letterario spagnolo e i suoi spazi affini —come fa il giornale, che non comincia mutilando la società per parlare solo di un angolo.

In questa guisa potrà questo foglio —a parte altri vantaggi subalterni— contribuire alla maggiore e più urgente impresa, che è: guarire definitivamente le lettere spagnole dal loro pertinace provincialismo. Provincialismo è strettezza, frivolità e piccolezza di raggio morale. Madrid, Barcellona, Lisbona, Buenos Aires si ripartiscono diversi attributi della mente provinciale. E se questo fu sempre deplorevole, oggi equivarrebbe a una diserzione. Poiché tutti i segni fanno presagire che cade sulle lettere spagnole una nuova e magnifica responsabilità.

Le altre grandi unità di cultura cominciano a stancarsi: tre secoli di sforzo continuato per forza ottundono le retine che sono rimaste fisse, di punto in bianco, sugli stessi temi. Chiunque sappia leggere tra le righe e ascoltare tra le parole percepisce questa situazione. Il relativo riposo della Spagna, la giovinezza della nostra America devono essere la forza di riserva che accorre alla breccia. Dobbiamo pensare e scrivere, non solo per la città, ma per l’orbe. È ora, dunque, di scuotere i resti del provincialismo e montare le anime a più procera disciplina. Bisogna risolversi a pensare e a sentire in onda lunga.

Per questo motivo mi sembra tanto azzeccato l’ansia che questa Gaceta dichiara, di dilatarsi fino ai confini della Grammatica e anche di prestare la sua risonanza alle lingue più vicine. È cosa provata: uno dei fattori decisivi che regolano i costumi di una popolazione è il numero dei suoi abitanti. Quando questo supera i due milioni, la città resta immunizzata dal provincialismo. Lo stesso nella villa letteraria. Se Madrid, Barcellona, Lisbona, Buenos Aires giungono, in effetti, a sentirsi quartieri di una gigantesca urbe delle lettere, neutralizzeranno a vicenda le loro provincialità intime e vivranno e lavoreranno con raggio ecumenico. Questa è l’unica cosa che merita la pena.

La Gaceta Literaria, 1 gennaio 1927