Ortega y Gasset

Abstract

A reply to Ramiro de Maeztu, with an interlude on Unamuno: both agree Spain lacks morality but differ on how to obtain it. Ortega restates the Socratic and Platonic question — is virtue innate or teachable? — and sides with Plato: virtue can be acquired because it is knowledge, against Maeztu, for whom it is an almost blind impulse, that is, an instinct.

Connections

Assi: Fondamento della morale
Posizioni: virtù
Concetti: virtù, educazione
Figure: Socrate, Platone
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Ramiro de Maeztu contesta en Nuevo Mundo (3 de septiembre) a las rápidas notas que escribí de carrerilla un mes hace. Les otorga, en verdad, excesivo honor discutiéndolas, y me veo obligado a seguir en la liza, cuando pensaba retirarme. ¡Hay tantas personas de ánimo ambiguo en este país con quienes es un deber pelear a toda hora para que distraigamos nuestras minúsculas energías hostilizando tercamente los corazones fraternales! Nos exponemos a que el inatento público crea que discrepamos por completo y, sobre todo, que divergen nuestras intenciones y proyectos cuando más aunados caminan. Hoy mismo —quiero cuanto antes quitarme este peso— he publicado unos párrafos en El Imparcial acerca del último discurso de Unamuno. Creía haber compuesto en ellos una apología prudente de la acción política que con tanto nervio y firmeza va ejerciendo sobre la muerta nación el rector de Salamanca. Ni podía hacer yo otra cosa cuando las ideas políticas de Unamuno son exactamente las mismas que trato de defender con la ruin lancilla moderna de mi pluma.

Sin embargo, algunas personas han querido ver en aquellos párrafos no sé qué invectiva contra el gran publicista que pretendían honrar y aplaudir. Tenemos el ánimo hecho a las admiraciones integrales y, exentos de hábitos críticos, toda continencia en el loor nos parece una censura general. Y es que alabamos o contradecimos con los nervios, los cuales son esencialmente irreflexivos y funcionan por descargas, brutalmente como un carrete Rumford. Unamuno, el político, el campeador, me parece uno de los últimos baluartes de las esperanzas españolas, y sus palabras suelen ser nuestra vanguardia en esta nueva guerra de independencia contra la estolidez y el egoísmo ambientes. A él sólo parece encomendada por una divinidad sórdida la labor luciferina —Aufklärung— que en el siglo XVIII realizaron para Alemania un Lessing, un Klopstock, un Amann, un Jacobi, un Herder, un Mendelssohn. Y aunque no esté conforme con su método, soy el primero en admirar el atractivo extraño de su figura, silueta descompasada de místico energúmeno que se lanza sobre el fondo siniestro y estéril del achabacanamiento peninsular, martilleando con el tronco de encina de su yo sobre las testas celtíberas. Pero si Unamuno dice, como no hace mucho en Faro, que Madrid es lo único europeo de España y, poco después en Bilbao, que Madrid es un patrimonio de la frivolidad, me reservo el derecho de pensar que esas caprichosas psicologías de las ciudades son tonterías, imprudencias o injusticias. El espíritu de Unamuno es demasiado turbulento y arrastra en su corriente vertiginosa, junto a algunas sustancias de oro, muchas cosas inútiles y malsanas. Conviene que tengamos fauces discretas.

Y ahora vuelvo a este otro hombre afable y ferviente, a este Maeztu, nuestro querido y torrencial optimista, que está de acuerdo conmigo en el quid del problema español, y sólo discrepa en el quo modo de su solución.

Nos falta moralidad, dice Maeztu, y es preciso que seamos morales. Yo creo lo mismo. Pero ¿cómo lograrla? No se trata de que éste u otro amigo nuestro convierta su ánimo a la honradez, a la justicia, al trabajo, a la veracidad. Para esto, acaso bastara un poco de unción y de amor, tal vez unos ejercicios espirituales laicos. Se trata de ejercer sobre la innumerabilidad de un pueblo influjo tan poderoso que haga buenos una mitad siquiera de sus individuos. Al problema puesto así, respondo: Sócrates toda su vida, y Platón hasta los cincuenta años, no se preocuparon de otra cosa: ¿cómo puede hacerse virtuosa una ciudad? ¿Es la virtud una predisposición nativa que trae el hombre, como una esencia, en el ánfora de su alma, cuando llega a las costas de la vida? ¿O es la virtud un bien que se puede adquirir? Platón se decide por esta última opinión: la virtud puede ser adquirida, puede ser enseñada, porque es conocimiento, es ciencia.

Maeztu piensa de otro modo: la virtud, la moralidad, es para él «un impulso casi ciego, poco intelectual, un llamamiento vago del espíritu». Maeztu no quiere pronunciar la palabra propia a que todas estas citadas sirven de paráfrasis: la moralidad es un instinto, puesto que instinto es toda volición, poco o nada intelectual. Ahora bien, lo moral es, por definición, lo que no es instintivo.

Me parece que este escritor habiendo ingresado, un poco atropelladamente, en la secta del pragmatismo, tergiversa sus dogmas. No voy a discutir el pragmatismo, aun cuando considero semejante filosofía como una vergüenza para la seriedad científica del siglo XX, pues lo único profundo y respetable que hay en ella lo dijo ya de manera más exacta el gran Fichte. Sea lo que fuere, el pragmatismo no niega, ni mucho menos, que la ciencia produzca virtud, como la alquitara agua de flores. Pues qué, ¿ha encontrado Maeztu muchos intelectuales españoles que no desdeñen la moral por cosa vieja y sin sostén apodíctico y que no repitan las vulgaridades de Nietzsche sobre lo que se encuentra más allá del bien y del mal? En algunos casos procede esto de una convicción sincera, pero en los más no significa otra cosa que ignorancia.

«Si Don Juan hubiera tenido ingenio habría descubierto la virtud» —dice Stendhal. Si en España hubiese habido economistas, se habría robado menos; si hubiera habido filósofos, el materialismo religioso no habría raído de nuestras entrañas étnicas todas las aspiraciones nobles; si hubiera habido ciencia ética sobre la económica, la idea severa de democracia no habría fenecido. En una palabra: la ciencia hubiera plantado sus riquezas del futuro, de porvenir, de ideal en la línea de nuestro horizonte y hoy tendríamos algo que anhelar, que querer.

Aunque le juzgo errado, voy a conceder a Maeztu, para reducir al mínimo nuestra discrepancia, que la voluntad crea originariamente su objeto, que lo inicial es siempre la voluntad, el conato, la tendencia; por un momento y en holocausto a tan ferviente amigo, quiero hacerme pragmatista. Mas precisamente para crear su objeto, la libertad, forja antes el instrumento de la conceptuación. Esto le será simpático; el origen del pragmatismo habría que buscarlo en el enojo que algunos sienten contra la ciencia, porque no ha demostrado aún la realidad de Dios y la inmortalidad del alma. Por eso cuando llaman a la ciencia instrumento sienten fruición, como si al hermano enemigo llamaran raca.

Me contento con esto; la ciencia es una máquina, que en cuanto ciencia natural, produce el perfeccionamiento físico de la vida humana, arrancando a la naturaleza una comodidad tras otra, y, en cuanto ciencia moral, favorece el adiestramiento espiritual de los individuos. Con esto me contento. No tornemos a la discusión inacabable de si son antes los hombres o las ideas, cosa que no cabe discutir ligeramente, por cuanto supone resolver o traer a comento siquiera los problemas principales de la metodología histórica. Por otro lado, nuestro asunto es muy susceptible de simplificación, entrando a mano airada en la evolución secular de nuestra historia y tajándola, según el plano correspondiente a la hora actual. La visión dinámica de un pueblo quizá no puede ser nunca precisa; pretender descubrir todos los hilos históricos que, unidos, componen esta soga de deshonra y dolor que al cuello llevamos, me parece una aspiración inmodesta. Satisfagámonos contemplando estáticamente nuestra estructura, analizando simplemente lo que hoy somos y lo que hoy no somos.

Maeztu cree que apenas hay hombres en España para quienes la moralidad existe; he ahí el hecho estático, indudable y en este punto su optimismo coincide con mi pesimismo.

Pero Maeztu no admite, como yo, un medio que nos podemos proporcionar para hacer hombres buenos, como el que compra una pócima en la botica: ciencia. Por consiguiente, no nos queda otra salida, si seguimos su opinión, que cruzarnos de brazos y esperar a que Dios, aprovechando el paso de una constelación favorable, haga llover sobre España hombres honrados. Tal doctrina fatalista me encoge el corazón.

Desearía que Maeztu no objetara lo siguiente: Es erróneo afirmar que yo no descubro medio alguno bueno para favorecer la cosecha de españoles buenos; en mi artículo va expresado uno: «la propaganda y difusión de la vida de fe». Sobre la inutilidad de esta propaganda sí que no cabe duda alguna. Pensar otra cosa equivale a suprimir por completo la historia. Bien que merced a un artificio metódico cortemos nuestra continuidad secular por el día de hoy, para obtener una sección representando el siglo XX español; pero no nos olvidemos de que, pobres o ricos, vivimos en el siglo XX.

Ramiro de Maeztu answers in Nuevo Mundo (3 September) the rapid notes that I wrote in a hurry a month ago. He grants them, in truth, excessive honor by discussing them, and I see myself obliged to continue in the lists, when I thought of retiring. There are so many persons of ambiguous spirit in this country with whom it is a duty to fight at every hour so that we distract our minuscule energies by doggedly hostile-izing fraternal hearts! We expose ourselves to the inattentive public believing that we disagree completely and, above all, that our intentions and projects diverge when most united they walk. This very day —I want as soon as possible to take this weight off myself— I have published some paragraphs in El Imparcial about the latest speech of Unamuno. I believed I had composed in them a prudent apology of the political action that with so much nerve and firmness the rector of Salamanca is going exercising over the dead nation. Nor could I do otherwise when Unamuno’s political ideas are exactly the same as those that I try to defend with the wretched little modern lance of my pen.

Nevertheless, some persons have wanted to see in those paragraphs I know not what invective against the great publicist whom they pretended to honor and applaud. We have our spirit made to integral admirations and, exempt from critical habits, every continence in praise seems to us a general censure. And it is that we praise or contradict with the nerves, which are essentially unreflective and function by discharges, brutally like a Rumford spool. Unamuno, the politician, the champion, seems to me one of the last bastions of Spanish hopes, and his words usually are our vanguard in this new war of independence against the ambient stolidity and egoism. To him alone seems entrusted by a sordid divinity the Luciferine labor —Aufklärung— that in the eighteenth century a Lessing, a Klopstock, an Amann, a Jacobi, a Herder, a Mendelssohn realized for Germany. And although I do not agree with his method, I am the first to admire the strange attraction of his figure, ill-proportioned silhouette of a mystic energumen who hurls himself upon the sinister and sterile background of the peninsular triteness, hammering with the oak trunk of his ego upon the Celtiberian heads. But if Unamuno says, as not long ago in Faro, that Madrid is the only European thing in Spain and, shortly after in Bilbao, that Madrid is a patrimony of frivolity, I reserve the right to think that those capricious psychologists of the cities are foolishness, imprudence or injustice. The spirit of Unamuno is too turbulent and drags in its vertiginous current, alongside some substances of gold, many useless and unhealthy things. It is fitting that we have discreet jaws.

And now I return to this other affable and fervent man, to this Maeztu, our dear and torrential optimist, who agrees with me on the quid of the Spanish problem, and only differs on the quo modo of its solution.

We lack morality, says Maeztu, and it is necessary that we be moral. I believe the same. But how to achieve it? It is not a matter of this or that friend of ours converting his spirit to honesty, to justice, to work, to truthfulness. For this, perhaps a little unction and love would suffice, perhaps some lay spiritual exercises. It is a matter of exercising over the innumerability of a people an influence so powerful that it makes good at least one half of its individuals. To the problem thus posed, I answer: Socrates all his life, and Plato until fifty years of age, concerned themselves with nothing else: how can a city be made virtuous? Is virtue a native predisposition that man brings, like an essence, in the amphora of his soul, when he arrives at the coasts of life? Or is virtue a good that can be acquired? Plato decides for this last opinion: virtue can be acquired, can be taught, because it is knowledge, it is science.

Maeztu thinks in another way: virtue, morality, is for him “an almost blind impulse, little intellectual, a vague calling of the spirit.” Maeztu does not wish to pronounce the proper word of which all these cited ones serve as paraphrase: morality is an instinct, since instinct is every volition, little or nothing intellectual. Now, the moral is, by definition, what is not instinctive.

It seems to me that this writer, having entered, a little precipitately, into the sect of pragmatism, misrepresents its dogmas. I am not going to discuss pragmatism, even though I consider such a philosophy a shame for the scientific seriousness of the twentieth century, since the only deep and respectable thing there is in it was already said in a more exact manner by the great Fichte. Be that as it may, pragmatism does not deny, far from it, that science produces virtue, as the still flower-water. Well then, has Maeztu found many Spanish intellectuals who do not disdain morality as an old thing and without apodictic support and who do not repeat the vulgarities of Nietzsche about what is found beyond good and evil? In some cases this proceeds from a sincere conviction, but in most it means nothing other than ignorance.

“If Don Juan had had wit he would have discovered virtue” —says Stendhal. If in Spain there had been economists, less would have been stolen; if there had been philosophers, religious materialism would not have scraped from our ethnic entrails all the noble aspirations; if there had been ethical science over the economic one, the severe idea of democracy would not have perished. In a word: science would have planted its riches of the future, of tomorrow, of ideal on the line of our horizon and today we would have something to long for, to want.

Although I judge him mistaken, I am going to concede to Maeztu, to reduce to the minimum our discrepancy, that the will originally creates its object, that what is initial is always the will, the conatus, the tendency; for a moment and in holocaust to such a fervent friend, I want to make myself a pragmatist. But precisely to create its object, freedom, it forges before the instrument of conceptualization. This will be sympathetic to him; the origin of pragmatism one would have to seek in the anger that some feel against science, because it has not yet demonstrated the reality of God and the immortality of the soul. For this reason when they call science an instrument they feel fruition, as if to the enemy brother they called raca.

I content myself with this; science is a machine, which as natural science, produces the physical perfecting of human life, wresting from nature one comfort after another, and, as moral science, favors the spiritual training of individuals. With this I content myself. Let us not return to the unending discussion of whether men or ideas come first, a thing that cannot be lightly discussed, since it supposes resolving or bringing to commentary at least the principal problems of historical methodology. On the other hand, our matter is very susceptible to simplification, entering with armed hand into the secular evolution of our history and cutting it, according to the plan corresponding to the present hour. The dynamic vision of a people perhaps can never be precise; to pretend to discover all the historical threads that, united, compose this rope of dishonor and pain that we carry at our neck, seems to me an immodest aspiration. Let us satisfy ourselves contemplating statically our structure, analyzing simply what today we are and what today we are not.

Maeztu believes that there are scarcely men in Spain for whom morality exists; there is the static fact, undoubted and on this point his optimism coincides with my pessimism.

But Maeztu does not admit, as I do, a means that we can provide ourselves to make good men, like the one who buys a potion in the apothecary: science. Consequently, there remains to us no other way out, if we follow his opinion, than to cross our arms and wait for God, taking advantage of the passing of a favorable constellation, to make honest men rain upon Spain. Such fatalist doctrine grips my heart.

I should desire that Maeztu not object the following: It is erroneous to affirm that I discover no good means whatever to favor the harvest of good Spaniards; in my article one is expressed: “the propaganda and diffusion of the life of faith.” On the uselessness of this propaganda indeed there is no doubt whatever. To think otherwise is equivalent to suppressing history entirely. True that thanks to a methodic artifice we cut our secular continuity at today, to obtain a section representing the Spanish twentieth century; but let us not forget that, poor or rich, we live in the twentieth century.

Ramiro de Maeztu risponde in Nuevo Mundo (3 settembre) alle rapide note che scrissi di fretta un mese fa. Concede loro, in verità, eccessivo onore discutendole, e mi vedo obbligato a seguire nella lizza, quando pensavo di ritirarmi. Ci sono tante persone di animo ambiguo in questo paese con le quali è un dovere combattere a ogni ora perché distraiamo le nostre minuscole energie ostilizzando tenacemente i cuori fraterni! Ci esponiamo a che il pubblico distratto creda che discrepiamo per intero e, soprattutto, che divergano le nostre intenzioni e i nostri progetti quando più allineati camminano. Oggi stesso —voglio quanto prima togliermi questo peso— ho pubblicato alcuni paragrafi in El Imparcial sull’ultimo discorso di Unamuno. Credevo di aver composto in essi un’apologia prudente dell’azione politica che con tanto nervo e fermezza va esercitando sulla morta nazione il rettore di Salamanca. Né potevo io fare altra cosa quando le idee politiche di Unamuno sono esattamente le stesse che tento di difendere con la meschina lanciolina moderna della mia penna.

Tuttavia, alcune persone hanno voluto vedere in quei paragrafi non so quale invettiva contro il grande pubblicista che pretendevano di onorare e applaudire. Abbiamo l’animo fatto alle ammirazioni integrali e, esenti da abitudini critiche, ogni continenza nella lode ci pare una censura generale. Ed è che lodiamo o contraddiciamo con i nervi, i quali sono essenzialmente irriflessivi e funzionano per scariche, brutalmente come un rocchetto di Rumford. Unamuno, il politico, il campeador, mi pare uno degli ultimi baluardi delle speranze spagnole, e le sue parole sogliono essere la nostra avanguardia in questa nuova guerra di indipendenza contro la stolidezza e l’egoismo ambienti. A lui solo sembra affidata da una divinità sordida la labor luciferina —Aufklärung— che nel Settecento realizzarono per la Germania un Lessing, un Klopstock, un Amann, un Jacobi, un Herder, un Mendelssohn. E sebbene non sia conforme al suo metodo, sono il primo ad ammirare l’attratto strano della sua figura, silhouette scomposta di mistico energumeno che si lancia sul fondo sinistro e sterile dell’incipruttimento peninsulare, martellando con il tronco di quercia del suo io sulle teste celtibere. Ma se Unamuno dice, come non molto tempo fa in Faro, che Madrid è l’unica cosa europea della Spagna e, poco dopo a Bilbao, che Madrid è un patrimonio della frivolezza, mi riservo il diritto di pensare che quelle capricciose psicologie delle città sono sciocchezze, imprudenze o ingiustizie. Lo spirito di Unamuno è troppo turbolento e trascina nella sua corrente vertiginosa, accanto ad alcune sostanze d’oro, molte cose inutili e malsane. Conviene che abbiamo fauci discrete.

E ora torno a quest’altro uomo affabile e fervente, a questo Maeztu, nostro caro e torrentizio ottimista, che è d’accordo con me nel quid del problema spagnolo, e discrepa soltanto nel quo modo della sua soluzione.

Ci manca moralità, dice Maeztu, ed è necessario che siamo morali. Io credo lo stesso. Ma come conseguirla? Non si tratta che questo o quell’altro nostro amico converta il suo animo all’onestà, alla giustizia, al lavoro, alla veracità. Per questo, forse basterebbe un po’ di unzione e di amore, forse alcuni esercizi spirituali laici. Si tratta di esercitare sull’innumerabilità di un popolo un influsso tanto potente che faccia buoni almeno una metà dei suoi individui. Al problema posto così, rispondo: Socrate tutta la sua vita, e Platone fino ai cinquant’anni, non si preoccuparono d’altro: come può farsi virtuosa una città? È la virtù una predisposizione nativa che l’uomo porta, come un’essenza, nell’anfora della sua anima, quando arriva alle coste della vita? O è la virtù un bene che si può acquistare? Platone si decide per quest’ultima opinione: la virtù può essere acquistata, può essere insegnata, perché è conoscenza, è scienza.

Maeztu pensa in altro modo: la virtù, la moralità, è per lui «un impulso quasi cieco, poco intellettuale, un vago richiamo dello spirito». Maeztu non vuole pronunciare la parola propria a cui tutte queste citate servono di parafrasi: la moralità è un istinto, poiché istinto è ogni volizione, poco o nulla intellettuale. Ora, ciò che è morale è, per definizione, ciò che non è istintivo.

Mi pare che questo scrittore, essendo entrato, un po’ precipitosamente, nella setta del pragmatismo, travisi i suoi dogmi. Non andrò a discutere il pragmatismo, anche se considero simile filosofia una vergogna per la serietà scientifica del secolo XX, poiché l’unica cosa profonda e rispettabile che c’è in esso la disse già in maniera più esatta il grande Fichte. Sia quel che sia, il pragmatismo non nega, né molto meno, che la scienza produca virtù, come l’alambicco acqua di fiori. Ebbene, ha trovato Maeztu molti intellettuali spagnoli che non disdegnino la morale come cosa vecchia e senza sostegno apodittico e che non ripetano le volgarità di Nietzsche su ciò che si trova al di là del bene e del male? In alcuni casi procede questo da una convinzione sincera, ma nei più non significa altra cosa che ignoranza.

«Se Don Giovanni avesse avuto ingegno avrebbe scoperto la virtù» —dice Stendhal. Se in Spagna ci fossero stati economisti, si sarebbe rubato meno; se ci fossero stati filosofi, il materialismo religioso non avrebbe raschiato dalle nostre viscere etniche tutte le aspirazioni nobili; se ci fosse stata scienza etica sopra quella economica, l’idea severa di democrazia non sarebbe perita. In una parola: la scienza avrebbe piantato le sue ricchezze del futuro, di avvenire, di ideale nella linea del nostro orizzonte e oggi avremmo qualcosa da anelare, da volere.

Sebbene lo giudichi errate, andrò a concedere a Maeztu, per ridurre al minimo la nostra discrepanza, che la volontà crei originariamente il suo oggetto, che ciò che è iniziale sia sempre la volontà, il conato, la tendenza; per un momento e in olocausto a così fervente amico, voglio farmi pragmatista. Ma precisamente per creare il suo oggetto, la libertà, forgia prima lo strumento della concettualizzazione. Questo gli sarà simpatico; l’origine del pragmatismo bisognerebbe cercarla nell’ira che alcuni sentono contro la scienza, perché non ha ancora dimostrato la realtà di Dio e l’immortalità dell’anima. Per questo quando chiamano la scienza strumento sentono fruizione, come se al fratello nemico chiamassero raca.

Mi contento con questo; la scienza è una macchina, che in quanto scienza naturale, produce il perfezionamento fisico della vita umana, strappando alla natura una comodità dopo l’altra, e, in quanto scienza morale, favorisce l’addestramento spirituale degli individui. Con questo mi contento. Non torniamo alla discussione inestinguibile di se vengono prima gli uomini o le idee, cosa che non si può discutere leggermente, poiché suppone risolvere o portare a commento almeno i problemi principali della metodologia storica. Dall’altro lato, il nostro argomento è molto suscettibile di semplificazione, entrando a mano armata nell’evoluzione secolare della nostra storia e tagliandola, secondo il piano corrispondente all’ora attuale. La visione dinamica di un popolo forse non può mai essere precisa; pretendere di scoprire tutti i fili storici che, uniti, compongono questa corda di disonore e dolore che al collo portiamo, mi pare un’aspirazione immodesta. Soddisfiamoci contemplando staticamente la nostra struttura, analizzando semplicemente ciò che oggi siamo e ciò che oggi non siamo.

Maeztu crede che appena ci siano in Spagna uomini per i quali la moralità esista; ecco il fatto statico, indubbio e in questo punto il suo ottimismo coincide con il mio pessimismo.

Ma Maeztu non ammette, come me, un mezzo che ci possiamo procurare per fare uomini buoni, come quello che compra una pozione in farmacia: scienza. Di conseguenza, non ci resta altra uscita, se seguiamo la sua opinione, che incrociare le braccia e aspettare che Dio, approfittando del passaggio di una costellazione favorevole, faccia piovere sulla Spagna uomini onesti. Tale dottrina fatalista mi stringe il cuore.

Desidererei che Maeztu non obiettasse quanto segue: È erroneo affermare che io non scopra mezzo alcuno buono per favorire il raccolto di spagnoli buoni; nel mio articolo va espresso uno: «la propaganda e diffusione della vita di fede». Sull’inutilità di questa propaganda certo non c’è dubbio alcuno. Pensare altra cosa equivale a sopprimere per intero la storia. Benché mercé un artificio metodico tagliamo la nostra continuità secolare per il giorno d’oggi, per ottenere una sezione rappresentante il secolo XX spagnolo; ma non dimentichiamoci che, poveri o ricchi, viviamo nel secolo XX.

Ahora bien, la característica de los movimientos sociales es que multitudes e individuos tórnanse cada vez más exigentes, más difíciles de conmover. Los viejos pueblos asiáticos pudieron estremecerse fácilmente a la voz enfática y ungida de hombres que predicaban fórmulas indecisas y que como tales parecían infinitas a las muchedumbres. Hoy necesitamos un gran esfuerzo de abstracción para hacernos explicable el nacimiento de aquellas religiones: siglo tras siglo nuestro espíritu se ha ido afinando, adquiriendo precisión crítica, robusteciendo su poder de inhibición, apartando la ganga sentimental del oro de las ideas. Aquellas razas, según dice una autoridad, no necesitaban para exaltarse más que de una kibla y un kitab, una dirección para orar y un libro. Tan lejano se halla de nosotros un estrato semejante de humanidad que aún no se ha logrado reconstruir satisfactoriamente el espíritu que hacía posible aquella forma de educación y aglutinación sociales. Las religiones, como sustancias transferibles y expansivas, han fenecido para siempre. Los movimientos políticos del siglo XIX, en cambio, han nacido de representaciones científicas. Una propaganda de actos de fe es un anacronismo. Otra cosa sería una propaganda con fe de ideas científicas o, por lo menos, precisas. Pero de esto último no se me ha ocurrido nunca dudar.

Por lo demás, no sé muy bien qué se propone demostrar Maeztu. ¿Que hay más sol en España que en Inglaterra? Sin duda, el padre sol nos favorece y nos mata a obsequios, como acaeció al mísero Lentejica; pero esto no prueba que anden en regla nuestras funciones representativas. El señor Boutmy (q. e. p. d.) me perdonará; pero no me satisface su explicación del positivismo inglés. La mayor o menor fuerza de la luz no influye en lo más mínimo en el vigor de la conciencia. La conciencia del sol de mediodía no es menos precisa que la conciencia de la luna de media noche: los contenidos son distintos, aquél más luminoso, éste menos, y aquí para todo. La psicología se resiste cada vez más a admitir grados en la conciencia. Los hombres del Norte no tienen, pues, representaciones más torpes y oscuras que los hombres del Sur, contra la opinión de Maeztu, sino representaciones de lo torpe y de lo oscuro.

El señor Boutmy emplea unos métodos muy divertidos: de la brumosidad atmosférica en la Gran Bretaña deduce «la relativa ineptitud de los ingleses para concebir ideas generales». Lo cual no empece que de una brumosidad análoga y aún mayor sacarán los alemanes su absoluta aptitud para las abstracciones. Añádase que la ineptitud de los ingleses, para la suma teoría, es tan relativa, que aparte Grecia y Alemania ningún pueblo ha impuesto al mundo tantas verdades abstractas como el inglés. Mas no es esto sólo; mano a mano viven y miran bajo el mismo paralelo los beduinos de la Arabia y los arios del Penchab: de aquéllos (y de sus hermanos hebreos) pudo decir Renan: «La abstracción es desconocida en las lenguas semíticas, la metafísica imposible». De los indoarios, por el contrario, cabe afirmar que comían, bebían y palpaban la metafísica. Buckle apunta la idea de que esta facultad provínoles del gran consumo de arroz (¡!)

Declaro honestamente que esta manera de hablar sobre cuestiones tan delicadas me parece ilícita. Sólo conseguimos de tal suerte fomentar la perduración en nuestra sociedad de la indisciplina intelectual, cuando debiéramos esforzarnos, más bien, por implantar hábitos de parsimonia en el juicio y veracidad en la razón.

Estimo sobremanera las intenciones de Maeztu, y su fuego patriótico; pero no cumpliría el deber de franqueza que le debo si no censurara la irrespetuosidad con que toca cuestiones que sólo pueden ser resueltas con métodos técnicos difícilmente improvisables. Su energía espiritual le impele a lanzarse dentro de selvas problemáticas y el ardor de su sangre valiente al golpearle las venas le enciende tanto que no advierte los tallos, los arbustos y los gérmenes que al paso destroza. No trato de estorbarle la entrada en territorio alguno ideal: no pretendo convertir el alma nacional en feudo de unos cuantos brahmines universitarios, como dijo él una vez. Si otros que los brahmines averiguan los enigmas, vengan acá y les pondremos la cabeza entre flores. Pero acontece que el estudio científico no es un mero pasatiempo inventado por algunos ociosos, sin el cual pueden alcanzarse las mismas cosas que con él. La verdad no tiene otro camino que la ciencia: la fe sólo lleva a creer. Benditas nos son las buenas intenciones; pero preferimos los buenos métodos. Delante de una orquesta lamentable exclamaba un día Heine: «¡Estas buenas gentes y malos músicos!…»

No quiero insistir sobre el artículo de Maeztu; es muy afectuoso para mi modesta incipiente persona; y en general, es simpático, irradia benevolencia y ternura hacia todos los dolores de esta raza sin fortuna ni esperanzas. Si prosiguiera la crítica caería en horrible pedantería: aquí es lícito todo, salvo ser exacto, buscar la precisión, pesar las palabras, rectificar las comparaciones. Maeztu achaca a Platón y a Kant cosas que me parecen insustentables, no sólo desde mi punto de vista, sino desde cualquiera que no renuncie a la exactitud. Dice, como muestra de la vaguedad en el contenido de las palabras germánicas, que denken significa pensar y dar las gracias. ¡Como si nuestro pensar no tuviera asimismo una raíz significando ideal, pensar, colgar y dar pienso! Es verdaderamente peregrino que se trate de recabar para las lenguas germánicas la riqueza sinonímica. Acaso olvida Maeztu el famoso desdén con que Fichte llamó a las lenguas románicas, lenguas muertas, porque los pueblos neolatinos no entendemos, con concreción e inmediatez, las raíces de nuestras palabras, las cuales viven hoy en el idioma anquilosadas e insignificantes.

Para concluir estos párrafos advertiré que Ramiro de Maeztu no cree que la raíz última de nuestro añejo decaimiento esté en la falta de inteligencia, pero tampoco cree que se halle en la falta de voluntad. Ignoro de qué facultad psicológica echará mano, porque a la postre alguna tendrá que ser.

Faro, 20 de septiembre de 1908

Now then, the characteristic of social movements is that multitudes and individuals become ever more exacting, more difficult to move. The old Asiatic peoples could be easily stirred by the emphatic and unctuous voice of men who preached indecisive formulas and who, as such, seemed infinite to the crowds. Today we need a great effort of abstraction to make the birth of those religions explicable to ourselves: century after century our spirit has been refining itself, acquiring critical precision, strengthening its power of inhibition, separating the sentimental dross from the gold of ideas. Those races, as an authority says, needed nothing more, in order to be exalted, than a kibla and a kitab, a direction for praying and a book. So far from us lies such a stratum of humanity that the spirit which made possible that form of social education and aggregation has still not been satisfactorily reconstructed. Religions, as transferable and expansive substances, have perished forever. The political movements of the nineteenth century, on the contrary, have been born of scientific representations. A propaganda of acts of faith is an anachronism. Another matter would be a propaganda with faith in scientific ideas or, at least, precise ideas. But of this last matter I have never conceived any doubt.

For the rest, I do not know very well what Maeztu proposes to demonstrate. That there is more sun in Spain than in England? Without doubt, father sun favors us and overwhelms us with gifts, as happened to the wretched Lentejica; but this does not prove that our representative functions are in good order. Monsieur Boutmy (may he rest in peace) will forgive me; but his explanation of English positivism does not satisfy me. The greater or lesser force of the light does not influence in the least the vigour of consciousness. The consciousness of the noonday sun is no less precise than the consciousness of the midnight moon: the contents are distinct, the former more luminous, the latter less, and here it all ends. Psychology resists more and more admitting degrees in consciousness. The men of the North have, then, no more torpid and obscure representations than the men of the South, against the opinion of Maeztu, but representations of the torpid and of the obscure.

Monsieur Boutmy employs very diverting methods: from the atmospheric fogginess of Great Britain he deduces «the relative ineptitude of the English for conceiving general ideas». Which does not prevent the Germans from drawing from an analogous and even greater fogginess their absolute aptitude for abstractions. Add that the ineptitude of the English for the highest theory is so relative that, apart from Greece and Germany, no people has imposed upon the world so many abstract truths as the English. But this is not all; side by side live and gaze under the same parallel the Bedouins of Arabia and the Aryans of the Punjab: of the former (and of their Hebrew brothers) Renan could say: «Abstraction is unknown in the Semitic languages, metaphysics impossible». Of the Indo-Aryans, on the contrary, one may affirm that they ate, drank and palpated metaphysics. Buckle puts forward the idea that this faculty came to them from the great consumption of rice (!)

I honestly declare that this manner of speaking about such delicate questions seems to me illicit. In this way we only succeed in fostering in our society the perpetuation of intellectual indiscipline, when we ought rather to strive to implant habits of parsimony in judgement and veracity in reason.

I greatly esteem Maeztu’s intentions, and his patriotic fire; but I would not fulfil the duty of frankness I owe him if I did not censure the irreverence with which he touches questions that can only be resolved with technical methods difficult to improvise. His spiritual energy impels him to fling himself into problematic jungles, and the ardour of his brave blood, beating in his veins, inflames him so much that he does not notice the stems, the shrubs and the germs he destroys in passing. I do not try to hinder his entry into any ideal territory: I do not pretend to turn the national soul into a fief of a few university brahmins, as he once said. If others besides the brahmins solve the enigmas, let them come here and we shall put their head among flowers. But it happens that scientific study is not a mere pastime invented by some idle men, without which one can attain the same things as with it. Truth has no other road than science: faith only leads to believing. Blessed be good intentions; but we prefer good methods. Before a lamentable orchestra Heine one day exclaimed: «These good people and bad musicians!…»

I do not wish to insist on Maeztu’s article; it is very affectionate toward my modest incipient person; and in general it is likeable, it radiates benevolence and tenderness toward all the sorrows of this race without fortune or hopes. If I continued the criticism I should fall into horrible pedantry: here everything is licit, save being exact, seeking precision, weighing words, rectifying comparisons. Maeztu attributes to Plato and to Kant things that seem to me untenable, not only from my point of view, but from any point of view that does not renounce exactness. He says, as a sample of the vagueness in the content of the Germanic words, that denken means to think and to give thanks. As if our pensar were not likewise a root meaning ideal, to think, to hang and to give feed! It is truly singular that one should try to claim for the Germanic languages the synonymic richness. Perhaps Maeztu forgets the famous disdain with which Fichte called the Romance languages dead languages, because we Neo-Latin peoples do not understand, with concreteness and immediacy, the roots of our words, which today live in the language ankylosed and insignificant.

To conclude these paragraphs I shall note that Ramiro de Maeztu does not believe that the ultimate root of our old decline lies in the lack of intelligence, but neither does he believe that it is to be found in the lack of will. I do not know what psychological faculty he will have recourse to, because in the end some faculty there will have to be.

Faro, 20 September 1908

Orbene, la caratteristica dei movimenti sociali è che moltitudini e individui diventano ogni giorno più esigenti, più difficili da commuovere. I vecchi popoli asiatici poterono scuotersi facilmente alla voce enfatica e unta di uomini che predicavano formule indecise e che, come tali, parevano infinite alle folle. Oggi ci occorre un grande sforzo di astrazione per farci spiegabile la nascita di quelle religioni: secolo dopo secolo il nostro spirito si è andato affinando, acquistando precisione critica, irrobustendo il proprio potere d’inibizione, separando la ganga sentimentale dall’oro delle idee. Quelle razze, come dice un’autorità, per esaltarsi non avevano bisogno che di una qibla e di un kitab, una direzione per pregare e un libro. Tanto lontano da noi si trova un simile strato di umanità che non si è ancora riusciti a ricostruire in modo soddisfacente lo spirito che rendeva possibile quella forma di educazione e di agglutinazione sociali. Le religioni, come sostanze trasferibili ed espansive, sono perite per sempre. I movimenti politici dell’Ottocento, invece, sono nati da rappresentazioni scientifiche. Una propaganda di atti di fede è un anacronismo. Altra cosa sarebbe una propaganda con fede in idee scientifiche o, per lo meno, precise. Ma di quest’ultima cosa non mi è mai venuto in mente di dubitare.

Del resto, non so molto bene che cosa si proponga di dimostrare Maeztu. Che c’è più sole in Spagna che in Inghilterra? Senza dubbio, il padre sole ci favorisce e ci colma di regali, come accadde al povero Lentejica; ma questo non prova che le nostre funzioni rappresentative siano in regola. Il signor Boutmy (che riposi in pace) mi perdonerà; ma non mi soddisfa la sua spiegazione del positivismo inglese. La maggiore o minore forza della luce non influisce minimamente sul vigore della coscienza. La coscienza del sole di mezzogiorno non è meno precisa della coscienza della luna di mezzanotte: i contenuti sono diversi, quello più luminoso, questa meno, e qui finisce tutto. La psicologia resiste sempre più ad ammettere gradi nella coscienza. Gli uomini del Nord non hanno, dunque, rappresentazioni più ottuse e oscure degli uomini del Sud, contro l’opinione di Maeztu, ma rappresentazioni dell’ottuso e dell’oscuro.

Il signor Boutmy impiega metodi molto divertenti: dalla nebbiosità atmosferica della Gran Bretagna deduce «la relativa inettitudine degli inglesi a concepire idee generali». Il che non impedisce che da una nebbiosità analoga e anche maggiore i tedeschi trarranno la loro assoluta attitudine alle astrazioni. Si aggiunga che l’inettitudine degli inglesi, per la più alta teoria, è così relativa che, a parte Grecia e Germania, nessun popolo ha imposto al mondo tante verità astratte quanto l’inglese. Ma non è solo questo; fianco a fianco vivono e guardano sotto lo stesso parallelo i beduini dell’Arabia e gli ari del Punjab: di quelli (e dei loro fratelli ebrei) poté dire Renan: «L’astrazione è sconosciuta nelle lingue semitiche, la metafisica impossibile». Degli indoari, al contrario, si può affermare che mangiavano, bevevano e palpavano la metafisica. Buckle avanza l’idea che questa facoltà provenisse loro dal grande consumo di riso (!)

Dichiaro onestamente che questo modo di parlare su questioni così delicate mi sembra illecito. Solo così riusciamo a fomentare nella nostra società la perpetuazione dell’indisciplina intellettuale, quando dovremmo piuttosto sforzarci di instaurare abitudini di parsimonia nel giudizio e veracità nella ragione.

Stimo grandemente le intenzioni di Maeztu, e il suo fuoco patriottico; ma non adempirei il dovere di franchezza che gli devo se non censurassi l’irriverenza con cui tocca questioni che possono essere risolte solo con metodi tecnici difficilmente improvvisabili. La sua energia spirituale lo spinge a lanciarsi dentro selve problematiche e l’ardore del suo sangue coraggioso, battendogli nelle vene, lo accende a tal punto che non avverte i fusti, gli arbusti e i germogli che al passaggio distrugge. Non cerco di impedirgli l’ingresso in alcun territorio ideale: non pretendo di convertire l’anima nazionale in feudo di pochi bramini universitari, come disse una volta lui. Se altri, invece dei bramini, scoprono gli enigmi, vengano qui e metteremo loro la testa tra i fiori. Ma accade che lo studio scientifico non è un mero passatempo inventato da alcuni oziosi, senza il quale si possono raggiungere le stesse cose che con esso. La verità non ha altra via che la scienza: la fede porta solo a credere. Benedette siano le buone intenzioni; ma preferiamo i buoni metodi. Davanti a un’orchestra deplorevole esclamava un giorno Heine: «Queste brave persone e cattivi musicisti!…»

Non voglio insistere sull’articolo di Maeztu; è molto affettuoso verso la mia modesta incipiente persona; e in generale è simpatico, irradia benevolenza e tenerezza verso tutti i dolori di questa razza senza fortuna né speranze. Se proseguissi la critica cadrei in un’orribile pedanteria: qui tutto è lecito, salvo essere esatti, cercare la precisione, pesare le parole, rettificare i paragoni. Maeztu attribuisce a Platone e a Kant cose che mi sembrano insostenibili, non solo dal mio punto di vista, ma da qualsiasi che non rinunci all’esattezza. Dice, come esempio della vaghezza nel contenuto delle parole germaniche, che denken significa pensare e ringraziare. Come se il nostro pensare non avesse anch’esso una radice che significa ideale, pensare, appendere e dare biada! È davvero singolare che si pretenda di rivendicare per le lingue germaniche la ricchezza sinonimica. Forse Maeztu dimentica il famoso disdegno con cui Fichte chiamò le lingue romanze lingue morte, perché noi popoli neolatini non comprendiamo, con concretezza e immediatezza, le radici delle nostre parole, le quali oggi vivono nella lingua anchilosate e insignificanti.

Per concludere questi paragrafi avvertirò che Ramiro de Maeztu non crede che la radice ultima del nostro antico decadimento stia nella mancanza di intelligenza, ma non crede nemmeno che si trovi nella mancanza di volontà. Ignoro di quale facoltà psicologica farà uso, perché alla fin fine qualche facoltà dovrà pur essere.

Faro, 20 settembre 1908