Ortega y Gasset
Abstract
‘What is happening in Europe?’: newspapers never touch the historical reality, which is never ‘current affairs’, and abstract generalizations (decadence, crisis) say far too little. The method must be symptomatic, and the symptom chosen is the Revue Hebdomadaire’s survey of young French writers’ political thought, cut short because it exposed their political void.
Connections
Assi: Senso della storia
Posizioni: decadenza
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
¿Qué pasa en Europa? Desde hace mucho tiempo es ésta la curiosidad más grande que siento y procuro darme, poco a poco, una contestación. Hay quien se contenta con leer los periódicos y cree que lo que ellos cuentan o narran eso es lo que pasa. Pero aunque fueran rigorosamente veraces, los periódicos no rozan siquiera esa realidad que yo busco. ¡Gran paradoja, pero inexcusable, la realidad histórica no es nunca de «actualidad»! El periódico cuanto más fiel a su propia misión, tanto más la evita y la elude. Obra como Buloz, el famoso fundador de la Revue des Deux Mondes, cuando alguien le presentó un artículo titulado: Dios. «¿Dios? —exclamó—, ¡cuánto lo siento!, pero no es un asunto de actualidad».
Otros se van al extremo opuesto y se contentan con una generalización abstracta. Hablan de «decadencia», de «crisis», etcétera. Pero esto es decir muy poco. Todavía no se ha definido nunca con mediana claridad lo que es una «decadencia» histórica.
A primera vista, parece una idea sencilla e inequívoca; mas, al querer aprisionarla, la mano oprime una nube. La depresión o pérdida de unas cosas suele ir acompañada del crecimiento en otras. Bien, digamos «crisis». Pero crisis no es sino cambio. Siempre hay cambios en la historia. Bueno, digamos cambio más profundo que los habituales. ¿Contentará a nadie tan vaga calificación? Cambio, ¿hacia qué cuadrante? Profunda, ¿hasta qué estratos?
Y, en tanto, oculta a nuestras miradas esa realidad tremenda está ahí, va en nosotros, en cierto modo, lo somos. Los más curiosos, husmeamos como podemos la ráfaga que llega del paisaje, cargada de tufos, a fin de descubrir una pista. Los hechos que llegan hasta nosotros son innumerables, pero la realidad que buscamos no son ellas, sino su ley, un principio claro del cual todas ellas brotan. Y como los hechos históricos nacen del alma, lo que buscamos es la definición del alma nueva que subterránea —como toda raíz— está ya dando sus germinaciones.
El método de la investigación no puede ser otro que desentenderse de la mayoría de los acontecimientos, quedándonos con unos pocos donde el secreto parece reventar. El acierto en la visión histórica depende de no atender a lo insignificante, que es legión, e ir directo a los datos esenciales. Cabría jerarquizar cuantos sucesos llegan hasta nuestra noticia según su importancia reveladora. Mas para ello hace falta desdeñar la importancia aparente que ciertos hechos tienen mirados por sí mismos: hay que observarlos sólo como síntomas, y a lo mejor, un dato de mínimo calibre es un síntoma de primer orden.
Así, hace unas semanas que la Revue Hebdomadaire —una revista pacata, ocupada en halagar los instintos del buen burgués francés— comenzó a publicar una encuesta sobre el pensamiento político de los escritores franceses jóvenes. Yo puse, desde luego, atento oído a lo que dijesen: presumía que esta encuesta iba a convertirse para mí en un síntoma de primer orden para averiguar «lo que pasa en Europa». Y, en efecto, conforme avanzaba la encuesta, más claro aparecía este hecho: los jóvenes escritores franceses no tienen idea alguna política. Se veía que casi ninguno había pensado cinco minutos en los destinos públicos de su país, y si alguno había meditado, el rendimiento había sido nulo. Pero esta incapacidad para pensar en política podía estar compensada por la emoción, por el fervor hacia ideas ajenas o aun tópicas; tampoco, nada de esto. Casi sin excepción, los jóvenes escritores se sitúan a distancia astronómica de toda política. La ingenuidad, la inconsciencia con que gesticulan en esta encuesta, la angostura de su horizonte mental son verdaderamente pavorosas. Tanto, que de repente, el director de la pacata revista, movido a lo que parece por una carta de Maurras, a quien el resultado de la encuesta iba produciendo espanto, la ha cortado en seco. Y no se crea que en ella aparecían respuestas tremebundas donde algún joven proclamase su entusiasmo por principios destructores de todo buen orden social. ¡Todo lo contrario! Lo poco que estos escritores han emitido sobre política de sus ánimas tan literarias ha sido sumamente moderado. El efecto penoso que por lo visto ha causado, consiste más bien en la impresión de néant que trascendía de todas aquellas inteligencias.
Hace cuatro años, en mi España invertebrada, sugería que era un error atribuir el aspecto de Europa a los graves y urgentes problemas de post-guerra. Yo no creo que en la vida humana haya problemas absolutos. Lo único que es absoluto es la muerte y por lo mismo no es un problema, sino una fatalidad. Los problemas —en intensidad y en calidad— son relativos al apetito o potencia vital del sujeto. Si Europa parece deprimida y como retardada por los problemas de post-guerra, se debe —decía yo— no a la guerra, sino a la falta de ilusiones vitales. Si Europa poseyese grandes proyectos de vida futura capaces de incendiar la fantasía y hacer batir los corazones, existirían en este viejo mundo aún más problemas que los que hay, pero unos y otros habrían sido ya resueltos con alegría. Pero la realidad es lo contrario. Por vez primera, en una larga serie de generaciones, tal vez de siglos, Europa no tiene deseos.
La encuesta en la Revue Hebdomadaire confirma inquietadoramente aquella presunción mía. Ya se ve que las nuevas generaciones de Francia carecen de imágenes ardientes en política. No hay proyectos de nuevas instituciones, cuya irrealidad misma sea un prestigio ante las almas. En cambio —y es lo único claro, taxativo y unánime que de la encuesta resulta— existe un general desprestigio de las instituciones vigentes, sobre todo del Parlamento.
He aquí lo que he llamado un síntoma de primer orden, un hecho ejemplar, fugaz sobre el cual puede morder la reflexión y sometiéndolo a análisis y dialécticas, sacar consecuencias. Y como lo mismo acontece en España o en Gran Bretaña —en rigor también en Alemania, aunque su situación anómala lo encubra un poco— puede decirse que es un hecho bastante para orientar nuestras previsiones, al menos, en el orden político. Quien guste de tomar puntos de meditación claros y fértiles, encontrará aquí uno del mayor rango. Yo lo formularía así: ¿cómo pueden vivir estos enormes hacinamientos humanos que son las naciones de veinte, cuarenta, sesenta millones de almas sin un mínimum de fe en las instituciones vigentes o una fe substitutiva en otras instituciones ideales? Porque montones tales de hombres necesitan grandes fuerzas reguladoras, automáticamente reguladoras, de orden espiritual, que los mantengan en cohesión y asiento. Un individuo puede vivir sin fe en ningún principio político, porque la atmósfera social en que se mueve está llena de esa fe; pero un pueblo entero perdería todo su equilibrio sociológico sin esos grandes pesos reguladores. Una sociedad no puede asegurarse la vida de minuto en minuto merced a un esfuerzo heroico. Tiene que vivir sobre un capital dinámico, de firmeza en las convicciones públicas.
En Europa va siendo imposible seguir con las viejas instituciones y a la par, no se puede pensar en revoluciones. Porque esto empiezan, supongo, a ver los más ciegos: la revolución que parecía la destrucción de la sociedad era su fuerza de renovación y, por tanto, de salvación. No se hace una revolución sin un ideal. Y el ideal es el gran gendarme, el gendarme innumerable que pone orden en el interior de cada alma.
La Nación, 21 de marzo de 1926
What is happening in Europe? For a long time this has been the greatest curiosity I feel, and I try to give myself, little by little, an answer. There are those who content themselves with reading the newspapers and believe that what they recount or narrate is what is happening. But even if they were rigorously truthful, the newspapers do not even graze that reality I seek. Great paradox, but inexcusable: historical reality is never of «actuality»! The newspaper, the more faithful to its own mission, the more it avoids and eludes it. It acts like Buloz, the famous founder of the Revue des Deux Mondes, when someone presented him with an article entitled: God. «God? —he exclaimed—, how sorry I am!, but it is not a subject of actuality».
Others go to the opposite extreme and content themselves with an abstract generalization. They speak of «decadence», of «crisis», etcetera. But this is to say very little. It has still never been defined with a moderate clarity what a historical «decadence» is.
At first sight, it seems a simple and unequivocal idea; but, when one wishes to imprison it, the hand presses a cloud. The depression or loss of some things usually goes accompanied by the growth of others. Well, let us say «crisis». But crisis is nothing but change. There are always changes in history. Very well, let us say change deeper than the habitual ones. Will anyone be satisfied with so vague a qualification? Change, toward what quadrant? Deep, down to what strata?
And, meanwhile, hidden from our gaze, that tremendous reality is there, goes within us, in a certain mode, we are it. The most curious, we sniff as best we can the gust that comes from the landscape, laden with smells, in order to discover a trail. The facts that reach us are innumerable, but the reality we seek is not they, but their law, a clear principle from which they all spring. And as historical facts are born of the soul, what we seek is the definition of the new soul that, subterranean —like every root—, is already giving its germinations.
The method of the investigation can be none other than to take no notice of the majority of events, keeping those few where the secret seems about to burst. The success of historical vision depends on not attending to the insignificant, which is legion, and going directly to the essential data. One might hierarchize all the events that reach our notice according to their revealing importance. But for that it is necessary to disdain the apparent importance that certain facts have looked at in themselves: one must observe them only as symptoms, and perhaps a datum of minimal calibre is a symptom of the first order.
Thus, some weeks ago the Revue Hebdomadaire —a staid review, occupied in flattering the instincts of the good French bourgeois— began to publish an inquiry into the political thought of the young French writers. I lent, of course, attentive ear to what they might say: I presumed that this inquiry was going to become for me a symptom of the first order for discovering «what is happening in Europe». And, in effect, as the inquiry advanced, clearer appeared this fact: the young French writers have not any political idea. It was seen that almost none had thought five minutes about the public destinies of his country, and if anyone had meditated, the yield had been null. But this incapacity to think in politics could be compensated by emotion, by fervour toward alien or even topical ideas; neither, none of this. Almost without exception, the young writers place themselves at astronomical distance from all politics. The naivety, the unconsciousness with which they gesticulate in this inquiry, the narrowness of their mental horizon are truly terrifying. So much so, that suddenly, the director of the staid review, moved as it seems by a letter from Maurras, whom the result of the inquiry was filling with dread, has cut it short in full. And let no one think that in it there appeared dreadful answers in which some young man proclaimed his enthusiasm for principles destructive of all good social order. Quite the contrary! The little that these writers have emitted on politics from their so literary souls has been supremely moderate. The painful effect that, as it seems, it has caused consists rather in the impression of néant that transcended from all those intelligences.
Four years ago, in my Invertebrate Spain, I suggested that it was an error to attribute the aspect of Europe to the grave and urgent problems of the post-war. I do not believe that in human life there are absolute problems. The only thing that is absolute is death and for that very reason it is not a problem, but a fatality. Problems —in intensity and in quality— are relative to the appetite or vital power of the subject. If Europe seems depressed and as it were retarded by the problems of the post-war, it is owing —I said— not to the war, but to the lack of vital illusions. If Europe possessed great projects of future life capable of setting the fantasy ablaze and making hearts beat, there would exist in this old world even more problems than there are, but all of them would already have been resolved with joy. But reality is the contrary. For the first time, in a long series of generations, perhaps of centuries, Europe has no desires.
The inquiry in the Revue Hebdomadaire confirms disquietingly that presumption of mine. It is already seen that the new generations of France lack burning images in politics. There are no projects of new institutions, whose very unreality be a prestige before souls. In return —and it is the only clear, categorical and unanimous thing that results from the inquiry— there exists a general discredit of the institutions in force, above all of Parliament.
Here is what I have called a symptom of the first order, an exemplary fact, fleeting, on which reflection can bite and, submitting it to analyses and dialectics, draw consequences. And as the same thing happens in Spain or in Great Britain —strictly speaking also in Germany, although its anomalous situation conceals it a little— one may say that it is a fact sufficient to orient our forecasts, at least, in the political order. Whoever likes to take points of clear and fertile meditation, will find here one of the highest rank. I would formulate it thus: how can these enormous human agglomerations that are the nations of twenty, forty, sixty million souls live without a minimum of faith in the institutions in force or a substitutive faith in other ideal institutions? Because such heaps of men need great regulating forces, automatically regulating, of spiritual order, that keep them in cohesion and seat. An individual can live without faith in any political principle, because the social atmosphere in which he moves is full of that faith; but a whole people would lose all its sociological equilibrium without those great regulating weights. A society cannot assure itself life from minute to minute by means of a heroic effort. It has to live upon a dynamic capital, of firmness in public convictions.
In Europe it is becoming impossible to go on with the old institutions and, at the same time, one cannot think of revolutions. Because this the blindest, I suppose, are beginning to see: the revolution that seemed the destruction of society was its force of renewal and, therefore, of salvation. One does not make a revolution without an ideal. And the ideal is the great gendarme, the innumerable gendarme that puts order in the interior of each soul.
La Nación, 21 March 1926
Che cosa accade in Europa? Da molto tempo questa è la più grande curiosità che sento e cerco di darmene, a poco a poco, una risposta. C’è chi si accontenta di leggere i giornali e crede che quello che essi raccontano o narrano sia appunto ciò che accade. Ma anche se fossero rigorosamente veritieri, i giornali non sfiorano nemmeno quella realtà che io cerco. Grande paradosso, ma inescusabile: la realtà storica non è mai di «attualità»! Il giornale, quanto più è fedele alla propria missione, tanto più la evita e la elude. Opera come Buloz, il famoso fondatore della Revue des Deux Mondes, quando qualcuno gli presentò un articolo intitolato: Dio. «Dio? —esclamò—, quanto me ne dispiace!, ma non è un argomento di attualità».
Altri vanno all’estremo opposto e si accontentano di una generalizzazione astratta. Parlano di «decadenza», di «crisi», eccetera. Ma questo è dire molto poco. Non si è ancora mai definito con una discreta chiarezza che cosa sia una «decadenza» storica.
A prima vista, sembra un’idea semplice e inequivoca; ma, nel volerla imprigionare, la mano stringe una nube. La depressione o perdita di certe cose suole andare accompagnata dalla crescita di altre. Bene, diciamo «crisi». Ma crisi non è altro che cambiamento. Nella storia ci sono sempre cambiamenti. Ebbene, diciamo cambiamento più profondo di quelli abituali. Soddisferà qualcuno una così vaga qualificazione? Cambiamento, verso quale quadrante? Profondo, fino a quali strati?
E, intanto, nascosta ai nostri sguardi, quella realtà tremenda è lì, va in noi, in certo modo, la siamo. I più curiosi, annusiamo come possiamo la raffica che arriva dal paesaggio, carica di tanfi, allo scopo di scoprire una pista. I fatti che giungono fino a noi sono innumerevoli, ma la realtà che cerchiamo non sono essi, bensì la loro legge, un principio chiaro dal quale tutti scaturiscono. E poiché i fatti storici nascono dall’anima, ciò che cerchiamo è la definizione dell’anima nuova che, sotterranea —come ogni radice—, sta già dando le sue germinazioni.
Il metodo della ricerca non può essere altro che disinteressarsi della maggior parte degli avvenimenti, restandocene con quei pochi dove il segreto sembra sul punto di scoppiare. L’esattezza nella visione storica dipende dal non badare all’insignificante, che è legione, e andare diretti ai dati essenziali. Si potrebbero gerarchizzare quanti successi giungono alla nostra notizia secondo la loro importanza rivelatrice. Ma per ciò occorre disdegnare l’importanza apparente che certi fatti hanno guardati in se stessi: bisogna osservarli solo come sintomi, e magari un dato di minimo calibro è un sintomo di prim’ordine.
Così, alcune settimane fa la Revue Hebdomadaire —una rivista pacata, occupata ad adulare gli istinti del buon borghese francese— cominciò a pubblicare un’inchiesta sul pensiero politico dei giovani scrittori francesi. Io porsi, naturalmente, orecchio attento a ciò che dicessero: presumevo che questa inchiesta si sarebbe convertita per me in un sintomo di prim’ordine per scoprire «che cosa accade in Europa». E, in effetti, man mano che l’inchiesta avanzava, più chiaro appariva questo fatto: i giovani scrittori francesi non hanno alcuna idea politica. Si vedeva che quasi nessuno aveva pensato cinque minuti ai destini pubblici del suo paese, e se qualcuno aveva meditato, il rendimento era stato nullo. Ma questa incapacità di pensare in politica poteva essere compensata dall’emozione, dal fervore verso idee altrui o anche topiche; nemmeno, niente di tutto questo. Quasi senza eccezione, i giovani scrittori si situano a distanza astronomica da ogni politica. L’ingenuità, l’inconsapevolezza con cui gesticolano in questa inchiesta, la strettezza del loro orizzonte mentale sono davvero spaventose. Tanto che, all’improvviso, il direttore della pacata rivista, mosso a quanto pare da una lettera di Maurras, che il risultato dell’inchiesta andava terrorizzando, l’ha tagliata di netto. E non si creda che in essa apparissero risposte tremende in cui qualche giovane proclamasse il proprio entusiasmo per principi distruttori di ogni buon ordine sociale. Tutto il contrario! Il poco che questi scrittori hanno emesso sulla politica dalle loro anime così letterarie è stato sommamente moderato. L’effetto penoso che, a quanto si vede, ha causato, consiste piuttosto nell’impressione di néant che traspariva da tutte quelle intelligenze.
Quattro anni fa, nella mia España invertebrada, suggerivo che era un errore attribuire l’aspetto dell’Europa ai gravi e urgenti problemi del dopoguerra. Io non credo che nella vita umana ci siano problemi assoluti. L’unica cosa che è assoluta è la morte e perciò stesso non è un problema, ma una fatalità. I problemi —in intensità e in qualità— sono relativi all’appetito o potenza vitale del soggetto. Se l’Europa sembra depressa e come rallentata dai problemi del dopoguerra, ciò si deve —dicevo io— non alla guerra, ma alla mancanza di illusioni vitali. Se l’Europa possedesse grandi progetti di vita futura capaci di incendiare la fantasia e far battere i cuori, esisterebbero in questo vecchio mondo ancora più problemi di quelli che ci sono, ma gli uni e gli altri sarebbero già stati risolti con allegria. Ma la realtà è il contrario. Per la prima volta, in una lunga serie di generazioni, forse di secoli, l’Europa non ha desideri.
L’inchiesta della Revue Hebdomadaire conferma inquietantemente quella mia presunzione. Si vede già che le nuove generazioni di Francia mancano di immagini ardenti in politica. Non ci sono progetti di nuove istituzioni, la cui stessa irrealtà sia un prestigio dinanzi alle anime. In compenso —ed è l’unica cosa chiara, tassativa e unanime che dall’inchiesta risulta— esiste un generale discredito delle istituzioni vigenti, soprattutto del Parlamento.
Ecco ciò che ho chiamato un sintomo di prim’ordine, un fatto esemplare, fugace, sul quale può mordere la riflessione e che, sottoponendolo ad analisi e dialettiche, può trarne conseguenze. E poiché lo stesso accade in Spagna o in Gran Bretagna —in rigore anche in Germania, sebbene la sua situazione anomala lo nasconda un poco— si può dire che è un fatto sufficiente per orientare le nostre previsioni, almeno nell’ordine politico. Chi ami prendere punti di meditazione chiari e fertili, troverà qui uno del più alto rango. Io lo formulerei così: come possono vivere questi enormi ammassamenti umani che sono le nazioni di venti, quaranta, sessanta milioni di anime senza un minimum di fede nelle istituzioni vigenti o una fede sostitutiva in altre istituzioni ideali? Perché tali mucchi di uomini hanno bisogno di grandi forze regolatrici, automaticamente regolatrici, di ordine spirituale, che li mantengano in coesione e in sede. Un individuo può vivere senza fede in alcun principio politico, perché l’atmosfera sociale in cui si muove è piena di quella fede; ma un intero popolo perderebbe tutto il suo equilibrio sociologico senza quei grandi pesi regolatori. Una società non può assicurarsi la vita di minuto in minuto mercé uno sforzo eroico. Deve vivere sopra un capitale dinamico, di fermezza nelle convinzioni pubbliche.
In Europa va diventando impossibile continuare con le vecchie istituzioni e, al tempo stesso, non si può pensare a rivoluzioni. Perché questo cominciano, suppongo, a vederlo i più ciechi: la rivoluzione che sembrava la distruzione della società era la sua forza di rinnovamento e, quindi, di salvezza. Non si fa una rivoluzione senza un ideale. E l’ideale è il grande gendarme, il gendarme innumerevole che mette ordine nell’interno di ogni anima.
La Nación, 21 marzo 1926