Abstract

A May Day meditation: socialism has three strata — the Party, socialist theory, and finally its historical mission. Ortega declares ‘I am a socialist out of love for aristocracy’, understood not as rule by the best but as a social state where the best opinions prevail. Capitalism is the state in which aristocracies are impossible because money rules: here, he says, lies Marx’s deep insight, quality crushed by quantity.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

He aquí una manera de mirar el Socialismo muy adecuada para servir de tema a la meditación en este día de mayo, consagrado por los obreros de todas las tierras a la afirmación de su clase como poder creador de nueva historia. En brevísimas palabras, y expuesto con toda llaneza, he aquí lo que pienso:

El Socialismo es una realidad tan profunda que contiene en sí varios pisos o estratos y sería empequeñecerlo creer que todo él se reduce a uno solo de ellos. El estrato del Socialismo que más se ve porque ocupa la superficie es el Partido Socialista. Bajo éste, ya un poco más repuesto a la mirada de la muchedumbre, se halla el Socialismo como teoría socialista, como proyecto ideal de reforma humana. No conviene, en mi entender, confundir estos dos órdenes de Socialismo, so pena de renunciar al valor incalculable que encierra el Socialismo en su integridad. El Partido Socialista es el instrumento del Socialismo, y está constituido por no pocas afirmaciones que le son tal vez necesarias, pero que huelgan en el Socialismo como proyecto de solución a las enfermedades actuales de la sociedad. Así, el Partido Socialista pone al frente de su ideología la lucha de clases, que el Socialismo, es decir, la organización socialista de la comunidad, comienza por excluir.

Hay, pues, de un lado el Socialismo como idea política, y de otro el Socialismo como táctica consciente de unos hombres férvidos para llevar aquélla al triunfo.

Pero aún hay otra tercera calidad en el Socialismo. Así como el Partido Socialista es sólo un medio para la organización socialista del mundo, es ésta a su vez un medio, una táctica que sigue la historia para obtener ciertos resultados maravillosos, acaso no previstos hoy por los proletarios militantes. Y como al Socialismo puede irse sin desdoro por cien caminos distintos, yo no vacilo en declarar que la sospecha de esos resultados maravillosos ha sido quien, en definitiva, me conquistó años hace para el Socialismo.

El caso es en su primera apariencia burdamente paradójico: yo soy socialista por amor a la aristocracia. Ahora bien, urge destruir el semblante paradójico de esta afirmación.

Aristocracia quiere decir estado social donde influyen decisivamente los mejores.

No se entienda, desde luego, gobierno de los mejores, porque esto sería una manera pequeña de ver la cuestión. A mí no me importa que no gobiernen, es decir, que no dispongan de medios violentos para imponerse. Lo que me importa es que, gobernando o no, las opiniones más acertadas, más nobles, más justas, más bellas, adquieran el predominio que les corresponde en los corazones de los hombres. Para esto es necesario que haya tales opiniones, y para que las haya no existe otro procedimiento que suscitar, que hacer posibles hombres sabios, justos y de sentimientos delicados. La Humanidad no puede vivir sin aristócratas, sin fuertes hombres óptimos. Si pudiera vivir sin ellos, el Socialismo carecería de sentido. Porque lo grande, lo profundo del Socialismo, su misión histórica, aquello a que tiende con energía irresistible de cósmica potencia, es a la producción de aristocracias verdaderas, y si ha nacido en nuestra época débese a que en ésta se ha hecho más imposible que nunca la existencia de aristocracias.

El Socialismo combate la forma actual de sociedad que llama capitalismo. El Socialismo no trata de otra cosa que de superar, vencer, aniquilar el capitalismo. Pues bien; el capitalismo puede definirse como el estado social en que las aristocracias son imposibles.

Hoy no rigen al mundo las aristocracias de sangre, las guerreras, ni las aristocracias del mito, los sacerdotes. Hoy rigen el mundo los capitalistas. La aristocracia actual consiste, no en cualidades internas a los hombres, sino en un poder material anónimo, cuantitativo: el dinero. Ésta es la clara y honda visión de Marx: lo humano, que es pura cualidad, yace oprimido por la cuantidad, que es una fuerza física. Hoy el hombre no puede dedicarse a adquirir las virtudes interiores, impalpables, sabrosas que aumentan la Humanidad. El régimen capitalista le obliga a consumir sus energías en la conquista del dinero, de un tanto para vivir. Un extremo de la sociedad está compuesto de obreros, es decir, de hombres cuya existencia se resuelve en puro trabajo, trabajo que se mide por la producción, producción que se valora por el precio de la mercancía en el mercado. El obrero, como individuo, como cualidad, como corazón, desaparece; queda sólo una cantidad. El obrero no sólo vive del jornal, sino que es un jornal.

Al otro extremo de la sociedad tampoco hay individuos cualidades: hay el capitalista. En el capitalista el hombre es un soporte del capital, un siervo del dinero.

Ahora bien; toda renovación del panorama histórico que no suponga la reforma de la estructura económica actual será ilusoria. Las viejas, venerables categorías sociales —el sacerdote, el guerrero, el legislador, el noble, el pequeño propietario que goza sorbo a sorbo de la vida, el aventurero, el soñador, el galante, etcétera— murieron trituradas bajo la presión del capitalismo. El capitalismo creó en su lugar al capitalista y al proletario; ambas categorías, según hemos visto, son incapaces de producir hombres que se ocupen de sí mismos, que aumenten la calidad humana, que perfeccionen el tipo hombre.

El Socialismo sirve al progreso histórico para demoler esta cárcel del imperio cuantitativo. El día que, si no cese, disminuya la preocupación por el pan cotidiano, el día en que ganar unos dineros deje de ser la faena central de la vida, se abrirá la posibilidad de que el género humano ensaye nuevas categorías de individuos. La concurrencia no versará exclusivamente, como ahora, sobre la adquisición de cosa tan extrínseca al espíritu como es el capital: la gente luchará por… ¿Quién sabe por qué?

La historia es siempre invención, no puede anticiparse. Sólo podemos decir que aquello por que luchen los hombres se parecerá más a lo que en otro tiempo llamóse fama, gloria, amor, que a lo que hoy llamamos fortuna.

Volverán las clases, ¿quién lo duda? Pero no serán económicas, no se dividirán los hombres en ricos y pobres, pero sí en mejores o peores. El Arte, la Ciencia, la Delicadeza, la Energía moral, volverán a ser valores sociales.

Y el Socialismo habrá sido el encargado de preparar el planeta para que broten de él nuevamente aristocracias.

El Socialista, 1 de mayo de 1913