Ortega y Gasset

Abstract

A diagnosis of the progressive ‘publication’ of European life: street noise abolishes the right to silence and invades the private corner; the family contracts, and Ortega drily notes that its support was never the household god but the servant. Walls thin out, the hours of solitude shrink — and solitude was the smith that made a person compact.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Desde mediados del siglo último se advierte en Europa una progresiva publicación de la vida. En los últimos años ha avanzado vertiginosamente. La existencia privada, oculta o solitaria, cerrada al público, al gentío, a los demás, va siendo cada vez más difícil.

Este hecho toma, por lo pronto, caracteres corpóreos. El ruido de la calle. La calle se ha vuelto estentórea. Una de las franquías mínimas que antes gozaba el hombre era el silencio. El derecho a cierta dosis de silencio, anulado. La calle penetra en nuestro rincón privado, lo invade y anega de rumor público. El que quiera meditar, recogerse en sí, tiene que habituarse a hacerlo sumergido en el estruendo público, buzo en océano de ruidos colectivos. Materialmente no se deja al hombre estar solo, estar consigo. Quiera o no, tiene que estar con los demás. La gran vía y la plazuela rezuman su alboroto anónimo a través de los muros domésticos.

Todo lo que significaba acotamiento frente a la ilimitada publicidad mengua día por día. Sobre todo, el castillo de la familia. La vida de familia, minúscula sociedad hacia adentro y erizada contra la gran sociedad civil, queda reducida a un mínimo. Cuanto más delante va un país, menos es ya en él la familia. Por cierto que es curiosa la causa inmediata de su acelerada evaporación. Siempre se había reconocido que el corazón de la familia era el hogar; pero, como suele, el hombre había comenzado por dar de ello una interpretación romántica. El hogar es altar (Vesta) y es cocina. ¡Vaya por el altar! ¡El sagrado de la familia, de la paternidad, de los lares!… Pero ello es que tan pronto como empezó a ser difícil encontrar servidumbre doméstica, los lares, la paternidad, el altar familiar, comenzaron a volatilizarse. Se ha visto a la postre que el sostén de la familia no era el dios Lar ni el pater familias, sino simplemente el criado. Hasta el punto de que puede formularse el hecho casi con el rigor de una ley funcional, como las de la física; en cada país queda hoy de vida familiar tanto cuanto queda de servidumbre. En los Estados Unidos, donde es más difícil tener una criada que una jirafa, la vida familiar se ha contraído hasta la extrema abreviatura. Y con ella se ha reducido el tamaño de la casa. ¿Para qué, si no se puede estar en casa? Sin criados, es forzoso simplificar la existencia doméstica, y al simplificarla se ha hecho incómoda. El complicado rito semirreligioso de la condimentación —altar-cocina— ha tenido que minimizarse. El hombre se ha proyectado hacia lo público, arrojado del recinto doméstico. El puchero era el dios Lar[183].

Centrifugación de la familia. Diferencia entre el número de horas que antes se pasaba en casa y el que ahora se pasa. En aquellas horas largas y lentas de interior, el hombre fomentaba en sí la cristalización de una parte de sí mismo, privada, no pública, fácilmente antipública.

Un diagrama podría mostrar la evolución sufrida por el espesor de los muros desde la Edad Media hasta el día. En el siglo XIV, la casa es una fortaleza. Hoy, el edificio de pisos es una colmena; es ella misma una ciudad, y las paredes son tenues tabiques que apenas nos separan de la calle. Todavía en el siglo XVIII, las casas son espaciosas y profundas. El hombre vive en ellas la mayor porción de su jornada, en recatada y defendida soledad. La soledad, hora tras hora goteando sobre el alma, hace faena de forjador sobre ella. La soledad tiene algo de herrero trascendente que hace a nuestra persona compacta y la repuja. Bajo su tratamiento, el hombre consolida su destino individual y puede salir impunemente a la calle sin contaminarse por completo de lo público, mostrenco, endémico. En el aislamiento se produce de manera automática una criba y discriminación de nuestras ideas, afanes, fervores, y aprendemos los que son de verdad nuestros y los que son anónimos, ambientes, caídos sobre nosotros como la polvareda del camino.

No se sabe cuál será el término de este proceso. La historia de Europa ha sido hasta ahora una educación y fomento de la individualidad. Se había propuesto que la vida tomase cada vez con mayor intensidad la forma individual. Es decir, que al vivir, cada cual se sintiese único. Único en el goce, como en el deber y en el dolor. ¿Y no es ésta la verdad, la pura verdad trascendental sobre la vida humana? Magnífico o humilde, para el hombre, vivir es, en su raíz misma, haberse quedado solo —conciencia de unicidad, de exclusividad en el destino, que sólo él posee. No se vive en compañía. Cada cual tiene que vivir por sí su vida, apurarla con sus únicos labios, como una copa llena de lo dulce y lo agrio. A uno le pasa hallarse acompañado; pero el pasarle a uno no admite copartícipes.

Y, sin embargo, no puede dudarse de que hoy experimentamos un inesperado cambio de dirección. Desde hace dos generaciones, la vida del europeo tiende a desindividualizarse. Todo obliga al hombre a perder unicidad y a hacerse menos compacto. Como la casa se ha hecho porosa, así la persona y el aire público —las ideas, propósitos, gustos— van y vienen a nuestro través y cada cual empieza a sentir que acaso él es cualquier otro. ¿Es esto sólo una finta, un cambio transitorio, un paso atrás para dar un brinco más alto de individualización? No se sabe; pero es un hecho que a estas horas gran número de europeos sienten una lujuriosa fruición en dejar de ser individuos y disolverse en lo colectivo. Hay una delicia epidémica en sentirse masa, en no tener destino exclusivo. El hombre se socializa.

La cosa carece de novedad en la historia humana. Casi ha sido lo más frecuente. Lo raro fue lo inverso: el afán de ser individuo, intransferible, incanjeable, único. Lo que ahora acontece nos aclara la situación del hombre en los buenos tiempos de Grecia y de Roma. No se concedía a la persona libertad para vivir por sí y para sí. El Estado tenía derecho a la totalidad de su existencia. Cuando Cicerón sentía gana de retraerse en su villa tusculana y vacar al estudio de los libros griegos, necesitaba justificarse públicamente y hacerse perdonar aquella su momentánea secesión del cuerpo colectivo. El gran crimen que costó la vida a Sócrates fue su pretensión de poseer un demonio particular, privado; es decir, una inspiración individual.

La socialización del hombre es una faena pavorosa. Porque no se contenta con exigirme que lo mío sea para los demás —propósito excelente que no me causa enojo alguno—, sino que me obliga a que lo de los demás sea mío. Por ejemplo: a que yo adopte las ideas y gustos de los demás, de todos. Prohibido todo aparte, toda propiedad privada, incluso ésa de tener convicciones para uso exclusivo de cada uno.

La divinidad abstracta de «lo colectivo» vuelve a ejercer su tiranía y está ya causando estragos en toda Europa. La Prensa se cree con derecho a publicar nuestra vida privada, a juzgarla, a sentenciarla. El Poder público nos fuerza a dar cada día mayor cantidad de nuestra existencia a la sociedad. No se deja al hombre un rincón de retiro, de soledad consigo. Las masas protestan airadas contra cualquier reserva de nosotros que hagamos.

Probablemente, el origen de esta furia antiindividual está en que las masas se sienten allá en su fondo íntimo débiles y medrosas ante el destino. En una página agudísima y terrible hace notar Nietzsche cómo en las sociedades primitivas, débiles frente a las dificultades de la existencia, todo acto individual, propio, original, era un crimen, y el hombre que intentaba hacer su vida señera, un malhechor. Había que comportarse en todo conforme a uso común.

Ahora, por lo visto, vuelven muchos hombres a sentir nostalgia del rebaño. Se entregan con pasión a lo que en ellos había aún de ovejas. Quieren marchar por la vida bien juntos, en ruta colectiva, lana contra lana y la cabeza caída. Por eso, en muchos pueblos de Europa andan buscando un pastor y un mastín.

El odio al liberalismo no procede de otra fuente. Porque el liberalismo, antes que una cuestión de más o menos en política, es una idea radical sobre la vida: es creer que cada ser humano debe quedar franco para henchir su individual e intransferible destino.

Agosto, 1930

Since the middle of the last century there has been noticeable in Europe a progressive publicization of life. In the last years it has advanced vertiginously. Private existence, hidden or solitary, closed to the public, to the crowd, to others, is becoming more and more difficult.

This fact takes, for the moment, corporeal characters. The noise of the street. The street has become stentorian. One of the minimal franchises man used to enjoy was silence. The right to a certain dose of silence, annulled. The street penetrates our private corner, invades it and floods it with public rumour. He who wishes to meditate, to withdraw into himself, has to accustom himself to doing it submerged in the public din, a diver in an ocean of collective noises. Materially man is not left to be alone, to be with himself. Whether he wants to or not, he has to be with the others. The great avenue and the little square ooze their anonymous clamour through the domestic walls.

Everything that signified enclosure against the limitless publicity wanes day by day. Above all, the castle of the family. Family life, a minuscule society turned inward and bristling against the great civil society, is left reduced to a minimum. The further ahead a country goes, the less family there is in it. Certainly it is curious the immediate cause of its accelerated evaporation. It had always been recognized that the heart of the family was the hearth; but, as usual, man had begun by giving of it a romantic interpretation. The hearth is altar (Vesta) and is kitchen. Hooray for the altar! The sacred of the family, of paternity, of the lares!… But the fact is that as soon as it began to be difficult to find domestic service, the lares, paternity, the family altar, began to volatilize. It has been seen at last that the support of the family was not the household god nor the pater familias, but simply the servant. To the point that the fact can be formulated almost with the rigour of a functional law, like those of physics; in each country there remains today as much family life as there remains of domestic service. In the United States, where it is more difficult to have a maid than a giraffe, family life has contracted to the extreme abbreviation. And with it the size of the house has been reduced. What for, if one cannot be at home? Without servants, it is forced to simplify domestic existence, and in simplifying it, it has become uncomfortable. The complicated semi-religious rite of cookery —altar-kitchen— has had to be minimized. Man has been projected toward the public, cast out of the domestic precinct. The pot was the household god[183].

Centrifugation of the family. Difference between the number of hours one used to spend at home and that now spent. In those long and slow hours of the interior, man fostered in himself the crystallization of a part of himself, private, not public, easily anti-public.

A diagram could show the evolution undergone by the thickness of the walls from the Middle Ages to the present day. In the fourteenth century, the house is a fortress. Today, the apartment building is a beehive; it is itself a city, and the walls are tenuous partitions that barely separate us from the street. Still in the eighteenth century, the houses are spacious and deep. Man lives in them the greatest portion of his day, in demure and defended solitude. Solitude, hour after hour dripping upon the soul, does a forger’s work upon it. Solitude has something of a transcendent blacksmith that makes our person compact and chases it. Under its treatment, man consolidates his individual destiny and can go out into the street with impunity without completely contaminating himself with the public, the common, the endemic. In isolation there is produced automatically a sifting and discrimination of our ideas, strivings, fervours, and we learn which are truly ours and which are anonymous, ambient, fallen upon us like the dust of the road.

It is not known what the term of this process will be. The history of Europe has been up to now an education and fostering of individuality. It had been proposed that life take with ever greater intensity the individual form. That is, that in living, each one should feel himself unique. Unique in enjoyment, as in duty and in pain. And is this not the truth, the pure transcendental truth about human life? Magnificent or humble, for man, to live is, in its very root, to have remained alone —consciousness of uniqueness, of exclusiveness in destiny, which only he possesses. One does not live in company. Each one has to live his own life for himself, to drain it with his only lips, like a cup full of the sweet and the sour. It happens to one to find himself accompanied; but its happening to one does not admit of copartakers.

And, nevertheless, it cannot be doubted that today we experience an unexpected change of direction. For two generations, the life of the European tends to de-individualize itself. Everything obliges man to lose uniqueness and to become less compact. As the house has become porous, so the person and the public air —the ideas, purposes, tastes— go and come through us and each one begins to feel that perhaps he is any other. Is this only a feint, a transitory change, a step backward to take a higher leap of individualization? It is not known; but it is a fact that at this hour a great number of Europeans feel a luxurious fruition in ceasing to be individuals and dissolving into the collective. There is an epidemic delight in feeling oneself mass, in having no exclusive destiny. Man socializes himself.

The thing lacks novelty in human history. It has almost been the most frequent thing. The rare thing was the inverse: the eagerness to be an individual, untransferable, unexchangeable, unique. What now happens clarifies for us the situation of man in the good times of Greece and Rome. Liberty was not conceded to the person to live for himself and for himself. The State had right to the totality of his existence. When Cicero felt the desire to withdraw to his Tusculan villa and devote himself to the study of the Greek books, he needed to justify himself publicly and get himself forgiven that momentary secession of his from the collective body. The great crime that cost Socrates his life was his pretension to possess a particular, private demon; that is, an individual inspiration.

The socialization of man is a frightful task. Because it does not content itself with demanding of me that what is mine be for others —an excellent purpose that causes me no annoyance—, but it obliges me to have what is of others be mine. For example: that I adopt the ideas and tastes of others, of everyone. Prohibited every apartness, every private property, even that of having convictions for the exclusive use of each one.

The abstract divinity of «the collective» returns to exercise its tyranny and is already causing ravages in all Europe. The Press believes itself with right to publish our private life, to judge it, to sentence it. The public Power forces us to give each day a greater quantity of our existence to society. Man is not left a corner of retreat, of solitude with himself. The masses protest angrily against any reserve of ourselves that we make.

Probably, the origin of this anti-individual fury is that the masses feel themselves there in their intimate depth weak and fearful before destiny. In a page most acute and terrible Nietzsche makes note how in primitive societies, weak before the difficulties of existence, every individual, proper, original act was a crime, and the man who attempted to make his life separate, a malefactor. One had to behave in everything according to common use.

Now, as it seems, many men return to feel nostalgia for the herd. They deliver themselves with passion to what there was still in them of sheep. They want to march through life well together, in collective route, wool against wool and head hanging. For that reason, in many peoples of Europe they are going about looking for a shepherd and a mastiff.

The hatred of liberalism proceeds from no other source. Because liberalism, before being a question of more or less in politics, is a radical idea about life: it is believing that every human being should remain free to fill out his individual and untransferable destiny.

August, 1930

Da metà dell’ultimo secolo si avverte in Europa una progressiva pubblicizzazione della vita. Negli ultimi anni è avanzata vertiginosamente. L’esistenza privata, nascosta o solitaria, chiusa al pubblico, alla folla, agli altri, va diventando ogni giorno più difficile.

Questo fatto prende, per ora, caratteri corporei. Il rumore della strada. La strada è diventata stentorea. Una delle franchigie minime che prima godeva l’uomo era il silenzio. Il diritto a una certa dose di silenzio, annullato. La strada penetra nel nostro angolo privato, lo invade e lo inonda di rumore pubblico. Chi voglia meditare, raccogliersi in sé, deve abituarsi a farlo immerso nello strepito pubblico, palombaro in oceano di rumori collettivi. Materialmente non si lascia all’uomo stare solo, stare con sé. Voglia o no, deve stare con gli altri. La grande via e la piazzetta trasudano il loro chiasso anonimo attraverso i muri domestici.

Tutto ciò che significava recinzione di fronte alla illimitata pubblicità scema giorno per giorno. Soprattutto, il castello della famiglia. La vita di famiglia, minuscola società verso l’interno e irta contro la grande società civile, resta ridotta a un minimo. Quanto più un paese va avanti, tanto meno famiglia c’è in esso. Per certo è curiosa la causa immediata della sua accelerata evaporazione. Si era sempre riconosciuto che il cuore della famiglia era il focolare; ma, come suole, l’uomo aveva cominciato col darne un’interpretazione romantica. Il focolare è altare (Vesta) ed è cucina. Evviva l’altare! Il sacro della famiglia, della paternità, dei lari!… Ma il fatto è che, appena cominciò a essere difficile trovare servitù domestica, i lari, la paternità, l’altare familiare cominciarono a volatilizzarsi. Si è visto alla fine che il sostegno della famiglia non era il dio Lare né il pater familias, ma semplicemente il domestico. Al punto che il fatto può formularsi quasi con il rigore di una legge funzionale, come quelle della fisica; in ogni paese resta oggi di vita familiare tanto quanto resta di servitù. Negli Stati Uniti, dove è più difficile avere una domestica che una giraffa, la vita familiare si è contratta fino all’estrema abbreviazione. E con essa si è ridotta la grandezza della casa. A che pro, se non si può stare in casa? Senza domestici, è forza semplificare l’esistenza domestica, e semplificandola è diventata scomoda. Il complicato rito semireligioso della condimentazione —altare-cucina— ha dovuto minimizzarsi. L’uomo si è proiettato verso il pubblico, cacciato dal recinto domestico. La pentola era il dio Lare[183].

Centrifugazione della famiglia. Differenza tra il numero di ore che prima si passava in casa e quello che ora vi si passa. In quelle ore lunghe e lente d’interno, l’uomo fomentava in sé la cristallizzazione di una parte di se stesso, privata, non pubblica, facilmente antipubblica.

Un diagramma potrebbe mostrare l’evoluzione subita dallo spessore dei muri dal Medioevo a oggi. Nel XIV secolo, la casa è una fortezza. Oggi, l’edificio a piani è un alveare; è esso stesso una città, e le pareti sono tenui tramezzi che appena ci separano dalla strada. Ancora nel XVIII secolo, le case sono spaziose e profonde. L’uomo vive in esse la maggior porzione della sua giornata, in ritirata e difesa solitudine. La solitudine, ora dopo ora gocciolando sull’anima, fa opera di forgiatore su di essa. La solitudine ha qualcosa di trascendente fabbro che rende la nostra persona compatta e la cesella. Sotto il suo trattamento, l’uomo consolida il suo destino individuale e può uscire impunemente in strada senza contaminarsi del tutto del pubblico, sciatto, endemico. Nell’isolamento si produce in maniera automatica una setacciatura e discriminazione delle nostre idee, dei nostri affanni, dei nostri fervori, e impariamo quali sono veramente nostri e quali anonimi, ambientali, caduti su di noi come la polvere della strada.

Non si sa quale sarà il termine di questo processo. La storia d’Europa è stata finora una educazione e un fomento dell’individualità. Ci si era proposto che la vita prendesse ogni volta con maggiore intensità la forma individuale. Cioè, che vivendo, ciascuno si sentisse unico. Unico nel godimento, come nel dovere e nel dolore. E non è questa la verità, la pura verità trascendentale sulla vita umana? Magnifico o umile, per l’uomo, vivere è, nella sua radice stessa, essere rimasti soli —coscienza di unicità, di esclusività nel destino, che solo lui possiede. Non si vive in compagnia. Ciascuno deve vivere per sé la sua vita, sorbirla con le sue sole labbra, come una coppa piena del dolce e dell’agro. A uno accade di trovarsi accompagnato; ma l’accadergli a uno non ammette compartecipi.

E, tuttavia, non può dubitarsi che oggi sperimentiamo un inatteso cambiamento di direzione. Da due generazioni, la vita dell’europeo tende a deindividualizzarsi. Tutto obbliga l’uomo a perdere unicità e a farsi meno compatto. Come la casa si è fatta porosa, così la persona e l’aria pubblica —le idee, i propositi, i gusti— vanno e vengono attraverso di noi e ciascuno comincia a sentire che forse lui è qualunque altro. È questo solo una finta, un cambiamento transitorio, un passo indietro per fare un balzo più alto di individualizzazione? Non si sa; ma è un fatto che a quest’ora gran numero di europei sentono una lussuriosa fruizione nel cessare di essere individui e dissolversi nel collettivo. C’è una delizia epidemica nel sentirsi massa, nel non avere destino esclusivo. L’uomo si socializza.

La cosa manca di novità nella storia umana. Quasi è stata la più frequente. Il raro fu l’inverso: l’ansia di essere individuo, intrasferibile, insostituibile, unico. Ciò che ora accade ci chiarisce la situazione dell’uomo nei bei tempi di Grecia e di Roma. Non si concedeva alla persona libertà di vivere per sé e per sé. Lo Stato aveva diritto alla totalità della sua esistenza. Quando Cicerone sentiva voglia di ritrarsi nella sua villa tuscolana e vacare allo studio dei libri greci, doveva giustificarsi pubblicamente e farsi perdonare quella sua momentanea secessione dal corpo collettivo. Il grande crimine che costò la vita a Socrate fu la sua pretesa di possedere un demone particolare, privato; cioè, un’ispirazione individuale.

La socializzazione dell’uomo è una faccenda spaventosa. Perché non si accontenta di esigermi che il mio sia per gli altri —proposito eccellente che non mi cagiona alcun fastidio—, ma mi obbliga a che quello degli altri sia mio. Per esempio: a che io adotti le idee e i gusti degli altri, di tutti. Proibito ogni aparte, ogni proprietà privata, anche quella di avere convinzioni per uso esclusivo di ciascuno.

La divinità astratta del «collettivo» torna a esercitare la sua tirannia e sta già causando stragi in tutta Europa. La Stampa si crede con diritto a pubblicare la nostra vita privata, a giudicarla, a sentenziarla. Il Potere pubblico ci forza a dare ogni giorno maggiore quantità della nostra esistenza alla società. Non si lascia all’uomo un angolo di ritiro, di solitudine con sé. Le masse protestano adirate contro ogni riserva di noi che facciamo.

Probabilmente, l’origine di questa furia antiindividuale sta nel fatto che le masse si sentono, là nel loro fondo intimo, deboli e paurose dinanzi al destino. In una pagina acutissima e terribile fa notare Nietzsche come nelle società primitive, deboli di fronte alle difficoltà dell’esistenza, ogni atto individuale, proprio, originale, era un crimine, e l’uomo che tentava di fare la sua vita solitaria, un malfattore. Bisognava comportarsi in tutto conforme all’uso comune.

Ora, a quanto si vede, molti uomini tornano a sentire nostalgia del gregge. Si consegnano con passione a ciò che in loro c’era ancora di pecore. Vogliono marciare per la vita ben uniti, in rotta collettiva, lana contro lana e la testa china. Per questo, in molti popoli d’Europa vanno cercando un pastore e un mastino.

L’odio al liberalismo non procede da altra fonte. Perché il liberalismo, prima che una questione di più o di meno in politica, è un’idea radicale sulla vita: è credere che ogni essere umano debba restare franco per riempire il suo individuale e intrasferibile destino.

Agosto, 1930